Por un error...

(los nombres, oficios, y demás posibles datos de carácter personal han sido modificados para proteger la identidad de los implicados, empezando por yo mismo)

Estaba yo tan tranquilo el viernes por la tarde, haciendo una maratón de Game of Thrones cuando de pronto noté que algo vibraba en el bolsillo. Mi teléfono. Lo saqué. Cuatro mensajes de WhatsApp de Serena. Qué raro, normalmente hablábamos poco. Y si me enviaba tantos, podía ser algo grave.

Lo abrí de inmediato. Y no me lo pude creer. Cuatro fotos de ella. Cada una más provocativa que la anterior. Literalmente.

De arriba abajo, en la primera podía verla de cuerpo entero (complexión normal, pelirroja, su piercing en la nariz) en sujetador y bragas. La segunda se había quitado el sostén, tapándose los pechos con el brazo. En la tercera exponía sus senos, mientras se había quitado las braguitas, y su mano tapaba su vagina. La cuarta y última se exponía completamente, y tenía un texto planchado en un lateral. “Sólo para ti 😘”.

Me sorprendió por el simple detalle de que Serena tenía novio. Así que, temiendo lo que pudiera ocurrir, le mandé un mensaje. “Creo que te has equivocado de persona”, y ahí podría haber quedado la cosa, de no ser porque a los cinco minutos me envió otro mensaje. “NO. MIERDA. BÓRRALO.

Porque soy su amigo lo borré como me pidió. De hecho había intentado no fijarme mucho, aunque todo me indicaba que, como yo pensaba, estaba muy bien sin ropa. Con ropa también, pero siempre me gusta confirmar mis pensamientos. El caso es que entré en la galería, eliminé las fotos, y continué con la primera temporada de la serie.

El problema fue que esa misma noche, mientras echaba un vistazo a mis correos, recibí una notificación. “Se han añadido cuatro archivos a su OneDrive”. Me extrañé, ya que rara vez subía archivos a mi trocito de nube particular. Entré a revisarlo. Y maldita sea. Ahí estaban las fotos. Claro, mi teléfono sincronizaba automáticamente los archivos que yo recibía. Y ahí estaban las tetas de mi amiga, digoooo, mi amiga Serena, debajo de toneladas de fotos de mi familia y memes.

Lo admito, me pasé un rato viendo bien las fotos, en una resolución en condiciones, me puse cachondo… Evité masturbarme viéndolas, pero esas imágenes estaban a fuego en mi retina, y no salieron, al menos, hasta la paja de la noche.

El sábado, encima, había cena de amigos en mi casa. A la que por supuesto, iba a acudir Serena y su novio. Pues genial. Fue la última en llegar, y sola.

“¿Y Mario?”

“No ha podido venir. Tenía trabajo”, me dijo con cansancio. “¿Están ya todos?”

“Sí, sólo quedabas tú”.

“Fenomenal”.

Entró en el salón y disfrutamos de una velada entre los siete que estábamos a base de cena, bebida, música y hablar de gilipolleces varias. Yo no probé ni una gota de alcohol en toda la noche. Serena, por lo que comprobé, apenas medio vaso de cerveza.

Terminada la noche (era ya técnicamente domingo, de hecho), mis amigos se fueron. Cerré la puerta pero me sorprendió comprobar que Serena estaba en mi sofá en ese momento. Mirando el móvil. Vaya. Di una vuelta a la llave (la había cerrado ya, quería abrirla de nuevo para ella) y me acerqué.

“¿Todo bien?”

“No. Este se cree que soy gilipollas…”

“¿De quién hablas?”

“De Mario. Lleva cinco minutos conectado. Y eso que me ha dicho que estaría liadísimo”.

“Estará hablando con su jefe…”

Serena negó con la cabeza.

“No. Está hablando con otra.”

“¿Cómo lo puedes saber?”

“Porque lo sé. Ya le he pillado alguna vez, de hecho. Se cree que soy tonta o algo. Me está poniendo los cuernos pero bien puestos. Creo que te he dejado marca en el techo”

Intenté no reirme con el chiste por estar en una situación tan comprometida.

“Ayer… después de mandarte esas fotos por error… se las envié a él, claro. Intentaba reavivar la llama… Le vi conectarse, las vio… y pasó de responderme hasta una hora después”.

“Joder… ¿tan mal… estáis?”

Mi pregunta fue interrumpida porque en ese momento se echó a llorar sobre mi hombro. No escandalosamente. Fue una llantina silenciosa, pero me dejó la camisa empapada. Esperé a que se le pasara antes de intentar consolarla.

“Serena…”

“Lo siento. Tenía que desahogarme. Pensé que… bueno, que sería cosa de una vez, pero creo que últimamente está más con ella que conmigo… y voy y me arrastro enseñándole esas fotos”.

“Bueno, tenías que intentarlo…”

“¡Joder, es que no lo entiendo! ¿Tan fea soy como para que me engañe? ¡Follamos casi todos los días!... Follábamos… perdona, no querrás saber esto”

“No, no pasa nada…”, dije. Mentía, pero bueno. Había que intentarlo.

“En fin. Espero que al menos a ti te gustaran las fotos”.

“Eeeehh… esto… las borré como me dijiste, no me fijé en…”

“Claro. Y yo soy tonta, ¿verdad?”, me dijo irónica. “¿De verdad las borraste sin mirarlas?”

“Ay. Vale, las miré. Lo siento, pero si me mandan unos nudes, pues miro, como todo el mundo”.

“¿Y qué tal?”

“No estoy cómodo respondiendo a eso”.

Serena entonces pasó una pierna por encima de mi. Me miró a los ojos muy seria.

“¿Y ahora estás cómodo?”

“No…”

“Deja que lo arregle”

Y me besó. Una buena persona habría controlado la situación. La habría separado suavemente, recordado que ella tenía novio, que eso no podía ser, que éramos amigos, ella diría que es verdad, se iría a su casa. Pero no fui una buena persona.

Devolví el beso con pasión. Con ganas. Serena era una buena besadora pero yo no quería quedarme atrás. Puse las manos en su cintura. Ella se quitó la camiseta y me permitió tocar su piel por primera vez. Suave… y ardiente. Se podría haber quedado ahí la cosa. Unos besos por despecho en un sofá.

Pero antes de que me diera cuenta, ella me desabrochaba la camisa… Antes de que me diera cuenta, estaba poniéndome encima de ella… antes de que me diera cuenta, su sujetador descansaba en el suelo mientras se quitaba aquel short... antes de que me diera cuenta, mi pantalón había desaparecido… antes de que me diera cuenta estábamos desnudos en mi sofá, yo sobre ella, desgastando nuestros labios.

“Serena… me lo estoy pasando muy bien pero esto se nos está yendo de las manos…”

“No digas eso, mira cómo estoy”, dijo llevándose las manos a los pechos. Tenía los pezones erectos, como si me dijeran “chúpanos”. Y así lo hice. Los chupé, los lamí, me dejé la lengua ahí. Apreté suavemente con mis dientes mientras ella chillaba de gusto y gemía como si fuera una actriz porno. “Me gusta… sigue…”

“Serena, me gustas mucho”, le solté. “Me encantas. Me encanta esto”

“Me alegro. Porque ahora mismo yo quiero esto”, dijo, y llevó una mano a mi entrepierna, agarrándome el pene. “No sé si me va a caber…”, añadió, imitando la voz de una jovencita traviesa.

“Sólo hay una forma de averiguarlo, ¿verdad?”, pregunté, demasiado cachondo como para entrar en debates éticos.

Y le cupo. Enterita. Mi polla se abrió paso suavemente en su cavidad vaginal. “Joder… qué coñito más apretado, pensé, aunque lo compensaba sobradamente con lo lubricado que estaba. Se aferró a mi como si fuera un koala y follamos como locos durante un buen rato.

Hubo un momento en que nos cansamos de estar yo embistiéndola una y otra vez, aunque me gustaba mucho. Ella soltaba un ligero gemido cada vez que mi rabo entraba por completo dentro de ella. Pero al final me propuso movernos, y empezó a cabalgar encima de mí, como una cowgilr del lejano oeste. Si hasta hacía el gesto de girar el brazo, cosa que me excitaba mogollón. Bueno, eso y ver sus tetas arriba, abajo, arriba, abajo… hipnótico.

Le advertí de que iba a correrme, pero ella estaba a lo suyo. Eyaculé como un bendito, pero ella siguió sobre mi. Me sorprendió mi propia capacidad para mantener la erección hasta el momento en que ella se dio por satisfecha, y se dejó caer sobre mi sofá.

“Voy a tener que lavar las fundas…”, fue lo mejor que atiné a decir. Me acababa de follar a una amiga, que en teoría era intocable, un plato prohibido. No sabía qué otra cosa comentar.

“Yo de ti esperaría a que acabemos… Aún me quedan fuerzas”, dijo con una sonrisa que no tenía nada de inocencia.

“Serena, ha estado genial, pero tú… sabes que esto no está bien.”

“Cierto. Está mejor”, dijo, mientras se dejaba caer al suelo suavemente. Gateó hasta quedar entre mis piernas. Me sujetó el pene, y apuntó hacia ella. “Repite eso de que esto no está bien”.

Y me la chupó. Me la mamó con ganas. Qué arte, qué buena era. Me miraba casi todo el rato a los ojos, salvo en ciertos momentos en que cerraba los ojos, como si estuviera disfrutando de un manjar exquisito en lugar de practicarme una felación. Llevó una mano a su coñito y debió empezar a tocarse, porque temblaba de placer.

“Joder…”, fue mi señal de aviso al correrme. Y ella tragó como pudo todo lo que brotó de mi erección, la cual aún se negaba a relajarse.

Cuatro veces más follamos en aquella noche. Cuando terminamos estaba a punto de amanecer ya. Habíamos pasado toda la noche teniendo sexo en el sofá. La invité a que nos tomáramos un café y luego a ir a la cama.

“¿Invitas a una señorita a tu cama? ¡Pervertido!” bromeó. “Si… necesitamos dormir un poco. Estoy agotada”.

No me atreví a responder.

“No te preocupes. Mario nunca sabrá nada de esto”, me aseguró. “Tal vez volvamos a hacerlo, pero ya no estaré con él… y después de esto, no lo lamentaré mucho”.

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1 comentario - Por un error...

c10z +1
Buen relato!!! Fueron puntos!!!
PepeluRui +1
Muchas Gracias!