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​El Despertar del Cornudo III: El ritual de la tanga roja


​Esa mañana el despertador sonó más temprano que de costumbre, pero yo ya estaba despierto. Tenía los ojos clavados en el techo, sintiendo ese vacío en el estómago que te deja saber que sos un espectador de tu propia desgracia. Al lado mío, Dani se desperezó con una sonrisa que no era para mí; era la sonrisa de la que sabe que hoy es el plato principal.
​Me quedé mudo, haciéndome el dormido, mientras la veía ir directo al cajón de lencería. Escuché el ruido de la seda, ese roce suave que me puso los huevos en la garganta. Se la puso frente al espejo, de espaldas a mí, regalándome la vista de ese rojo furioso cortándole el cachete del orto. Era una marca de propiedad. Se subió el pantalón de vestir, ese que le quedaba como una segunda piel, y se pasó la mano por la cadera para acomodar el elástico. Se estaba preparando para "el jefe", y yo, desde la cama, era el testigo mudo de cómo mi mujer se disfrazaba de puta de lujo.
​— ¿Me queda bien, gordo? —me tiró de la nada, mientras se pintaba los labios de ese carmín que te daban ganas de que te muerda todo.
​No me lo preguntaba como tu novia que va a la oficina; me lo preguntaba para ver si yo, en mi rol de cornudo, aprobaba el uniforme con el que el Gerente la iba a desarmar a las 10 de la mañana. Me dio un beso seco en la frente, de esos que te dan cuando ya no te tienen respeto pero te tienen lástima, y sentí el olor a su perfume mezclándose con mi humillación.
​— Hoy llego tarde, amor. El Gerente me pidió que me quede a asistir el cierre del VIP —me dijo, con la caradurez más absoluta mientras se clavaba los tacos aguja.
​Se fue y el silencio de la casa me gritó la verdad: En dos horas, esas manos que me habían acariciado iban a estar sirviendo un café, y ese pantalón negro iba a terminar colgado en el perchero de una oficina mientras el "cavernícola" cobraba la renta de la vacante fija.

​El Despertar del Cornudo III: El ritual de la tanga roja
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​A las 9:50 AM, el celular vibró. El corazón me dio un vuelco. Era ella. Abrí el chat y me quedé sin aire. Era una foto en el espejo del baño del VIP: mármol negro, luces dicroicas y ella... Dios, se había desatado el rodete. Estaba con el pelo revuelto, apoyando ese culazo en el lavatorio y con el pantalón por las rodillas. Mostrando ese orto imperial ensanchado por la tanga roja hundiéndosele en la raya. Por el ángulo de la foto y el brillo en su entrepierna, se notaba que estaba chorreando. Estaba lista.
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​Debajo, el mensaje para tenerme manso:
​"Esta foto me la saqué para vos, amor... mirá la diosa que tenés en casa. Cuidame que acá los buitres me tienen ganas jajaja mentira... sabés que soy toda tuya, bebé. Sos el único que me tiene así de mimosa. Te amo."
​"Toda tuya"... la gran mentira. Yo sabía que esa foto era el trofeo de guerra que se sacaba después de que el jefe le diera el visto bueno a la lencería. Era la foto de una mujer que acababa de ser marcada.
​El Regreso: "Haciendo méritos"
​Llegó a las 12 de la noche, más "eléctrica" que nunca. Entró tirando las llaves y se me colgó del cuello. Tenía ese olor... una mezcla de su perfume con un aroma a tabaco de pipa, el mismo que yo sabía que fumaba el Gerente.
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​— No sabés lo que laburé, gordo —me decía buscándome la boca con desesperación—. El jefe es un sol. Me dijo que ninguna chica tiene mi compromiso. Estuvimos en el VIP repasando planillas y si sigo así, en dos meses paso a planta permanente. ¡Vos sabés lo que luché por un laburo fijo y bien remunerado!
​Se sentó en mis faldas y me empezó a contar cómo el tipo le "enseñaba".
— Me dice que soy su mano derecha... es re buena onda, gordo. Quiere que sea su "preferida" porque soy la más prolija. Me trata con una confianza que me asusta, es medio loquito el viejo, pero yo ni bola... mientras me asegure el laburo soy capaz de darlo todo. Gracias por bancarme, somos un equipo y esto es para que vivamos mejor los dos.
​Mientras me hablaba, yo le miraba el pantalón. Estaba arrugado de una forma que no se arruga en una silla. Estaba manoseado. Me llevó a la cama y me usó como un muñeco de práctica. Me pedía que fuera bruto, que le diera "sin asco". Y ahí soltó la frase que me terminó de liquidar, algo que nunca me había dicho:
— ¡Rompeme toda, bebé! ¡Haceme lo que quieras!
​Yo cerraba los ojos y solo veía al Gerente en el VIP, cobrándose los "méritos" de mi mujer mientras ella le servía el café con la tanga roja a la vista. Esa noche, mientras ella dormía con una sonrisa de satisfacción, entendí que el "equipo" tenía un integrante más. Y lo peor es que el sueldo de esa semana sirvió para pagar la tarjeta que ella había reventado comprándose... más lencería.
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