Hola a todos, soy nueva, les quiero compartir una historia vida que ya no puedo seguir guardando, hace meses que quiero desahogarme, en esta historia no usaré mi nombre real por evidentes motivos, espero hacer eso muy resumido para no aburrirlos con demasiada lectura
Comenzare diciendo que me llamo Valeria, tengo 26 años y soy arquitecta. Quienes me conocen en el ámbito profesional suelen decir que tengo un aspecto inocente, casi angelical: baja de estatura, de facciones finas, cabello castaño claro y una mirada que a menudo transmite una timidez que no encaja del todo con el rudo ambiente de la construcción. Sin embargo, como residente de obra, he tenido que aprender a pararme con firmeza frente a decenas de obreros.
Aquella tarde de viernes, el sol comenzaba a caer, tiñendo el cielo de un tono anaranjado sobre la estructura de hormigón y ladrillos expuestos de la residencia que supervisaba. El reloj marcaba las seis y la construcción quedó solitaria después del horario laboral. El silencio se apoderó del lugar, a excepción de una zona en el primer piso donde Don Ramiro y Don Carlos, dos de mis mejores albañiles, ambos rondando los 50 años, corpulentos, de piel curtida por el sol y manos callosas, guardaban sus herramientas mientras escuchaban música en una pequeña radio.
Al pasar junto a ellos para despedirme, Don Ramiro me miró con una sonrisa franca, sosteniendo una botella de tequila casi llena.
—Arquitecta, ya es fin de semana. No se vaya todavía, acompáñenos a echarnos un trago para quitar el polvo de la garganta —dijo con tono amable.
—Gracias, Don Ramiro, pero ya es tarde. Tengo que volver a la oficina a cerrar unos planos —respondí, acomodándome el casco, intentando mantener la distancia profesional.
Don Carlos se sumó a la invitación, dando un paso hacia mí con respeto pero con insistencia.
—Ande, jefa, no sea mala. Un traguito nada más. Ha estado presionada toda la semana con la entrega. Nos haría un honor si nos acepta un vaso. Un brindis por que la losa quedó perfecta.
Dudé un momento. Ellos siempre habían sido sumamente respetuosos conmigo, cuidando su lenguaje y acatando mis órdenes sin chistar desde el primer día. Pensé que no pasaría nada malo por aceptar una cortesía.
—Está bien, solo uno pequeño —cedí, sonriendo de medio lado.
Don Ramiro limpió un vaso de plástico y me sirvió una generosa porción de tequila. El primer trago me quemó la garganta, haciéndome toser un poco, lo que provocó las risas contenidas de ambos.
—Despasito, arquitecta, que este pega duro —bromeó Carlos.
Hablar de la obra nos llevó al segundo trago, y luego al tercero. La timidez inicial comenzó a disiparse y el alcohol empezó a nublar mis inhibiciones. La música norteña sonaba de fondo y, poco a poco, el ambiente fue cambiando. Los hombres, que al inicio mantenían una distancia prudente, comenzaron a entrar en confianza, acercándose más a mí al hablar.
—Qué bien le sienta el calor de la tarde, arquitecta. Con todo respeto, se ve muy bonita cuando se le ponen las mejillas rojas por el alcohol —soltó Ramiro, mirándome fijamente a los ojos.
—Don Ramiro, por favor... —dije, sintiendo un cosquilleo extraño, pero sin apartar la mirada.
—Es la verdad, jefa —intervino Carlos, dando un paso al frente—. Mire, ya anda contenta. ¿Por qué no baila esta pieza conmigo? No me vaya a despreciar.
Miré a Carlos. Sus brazos fuertes y su pecho ancho se adivinaban bajo la camisa de franela sudada. El alcohol ya controlaba mi cuerpo, así que acepté. Al ritmo de la música, Carlos me tomó de la cintura. Su mano era enorme y áspera, y no tardó en apretarme contra su cuerpo más de lo estrictamente necesario. Sentí su masculinidad madura rozando mi vientre.
Ramiro no se quedó atrás; se acercó por la espalda y colocó sus manos sobre mis caderas, siguiéndonos el paso. Los manoseos durante el baile comenzaron a encenderme por dentro. La delicadeza que siempre me había caracterizado se desvanecía con cada roce de esas manos rudas que recorrían mi espalda y bajaban sutilmente hacia mis glúteos. El calor del alcohol y la audacia de los dos hombres me estaban excitando de una manera que jamás imaginé.
De repente, la música terminó, pero ellos no me soltaron. El ambiente se volvió denso, cargado de una tensión puramente sexual. Ramiro me obligó a mirarlo, tomándome del mentón.
—Mírala nomás, Carlos... la jefa se mira algo nerviosa. Se le nota en los ojos —dijo Ramiro, con una voz profunda, despojada ya de toda timidez laboral.
—Sí, hermano. Tan seria que se ve en el día, y mira cómo tiembla cuando baila con nosotros—respondió Carlos, pasando una mano pesada por encima de mi blusa, apretando uno de mis pechos con fuerza.
El pánico mezclado con el deseo me hizo reaccionar e intenté dar un paso atrás, buscando recuperar el respeto y la autoridad que correspondían a mi puesto.
—A ver, esperen... suéltenme. Ya fue suficiente. Soy su jefa y exijo que me respeten —dije, intentando que mi voz sonara firme, aunque me flaqueaban las piernas.
Carlos soltó una carcajada ronca, tomándome del brazo con firmeza.
—¿Por qué arqui? Si se nota que está pasandola bien con nosotros. Ya déjese de la formalidad y diviértanse con nosotros.
—Mira qué bonito cuerpo tiene la jefa —añadió Ramiro, acariciando mi cintura con sus manos callosas que me hizo soltar un suspiro—. Tranquila arqui, hoy todos la vamos a pasar muy bien añadió.
— Tranquilos muchachos, eso se está saliendo de control– dije con la voz un poco temblorosa
—Mi arqui, usted déjese llevar y va a ver qué nos vamos a divertir – dijo Carlos con un tono un poco burlón
Cómo yo intentaba resistirme por el miedo que estaba comenzando a sentir, los dos comenzaron a ser un poco mas intensos con los toqueteos mientras bailaban, hasta que decidí que eso era suficiente.
—Ya basta - grite con algo de enojo, fingiendo no tener miedo
Al escucharme, los dos se enojaron mucho.
Mira jefa, ya estuvo bueno, hemos sido muy ambles contigo, pero si pones así, no tenemos otro remedio, ahora te vas a callar y vas a hacer lo que te digamos, ¿entendiste? Te gusta que te hablemos claro, ¿verdad, perra?
Esas palabras vulgares cayeron sobre mí como un balde de agua hirviendo. El morbo de escucharlos hablarme así, despojándome de mi estatus, tratándome como a una cualquiera, quebró mi última resistencia. Decidí entregarme por completo a la lujuria y adoptar una actitud sumisa ante ellos.
—es... Está bien —susurré, perdiendo toda la delicadeza, jadeando mientras mi cuerpo exigía ser poseído por aquellos hombres rudos.
Carlos me empujó contra uno de los muros de ladrillo sin aplanar. La superficie áspera raspaba mi espalda, pero no me importó. Me levantó la falda con brusquedad, desgarrando mis bragas de un solo tirón.
—Mira nada más qué delicia, Carlos, cómo está de empapada la niña —dijo Ramiro, metiendo dos dedos toscos en mi intimidad, haciéndome gemir fuerte.
—Pónmela flojita, Ramiro, que se la voy a meter entera —ordenó Carlos.
Carlos se desabrochó el pantalón, liberando su miembro grueso y maduro. Me tomó de las muslos, cargándome a medias, y me penetró de un solo impulso limpio y violento. Solté un grito de dolor y placer que resonó en toda la obra vacía. Me embistió con una intensidad salvaje, tratándome como un objeto diseñado solo para su goce. Mientras Carlos me poseía con fuerza, Ramiro me devoraba la boca, metiendo su lengua con rudeza y saboreando mi saliva mezclada con el tequila.
—¿Te gusta cómo te da el albañil, arquitecta? —me susurró Carlos al oído, dándome embestidas brutales que me hacían chocar contra la pared—. Háblame, perra, dime si te gusta.
—¡Sí, me encanta! ¡Le da muy duro, Don Carlos... sí, más fuerte! —respondí sumisamente, gimiendo sin control, entregada al morbo de sus palabras sucias.
Después de unos minutos de ritmo frenético, Carlos me soltó de golpe. Antes de que pudiera recuperarme o ponerme en pie, Ramiro me tomó del cabello y me arrastró hacia la mesa de madera donde yo solía revisar los planos. Me empujó hacia adelante con rudeza, obligándome a colocarme en cuatro patas sobre los papeles técnicos y los croquis de la obra.
—A ver, jefa, enséñanos bien ese culito que tanto nos costó conseguir —dijo Ramiro, dándome otra bofetada en las nalgas que las dejó rojas y calientes.
Ramiro se colocó inmediatamente detrás de mí. Sentí el calor de su hombría rozando mi entrada y, sin previo aviso, se hundió en mi interior hasta el fondo. El cambio de ángulo me hizo arquear la espalda y enterrar las uñas en la madera de la mesa. Ramiro era aún más intenso y violento; me sujetaba firmemente de las caderas, dejando marcas moradas con sus dedos callosos mientras me azotaba con su pubis.
—Mira cómo se mueve esta puta, Carlos. Le encanta que la traten como se merece —decía Ramiro, jadeando, sudando sobre mi espalda desnuda.
—Déjamela bien floja, que ya me toca otra vez —le respondió Carlos, quien se colocó justo frente a mí, sacando su miembro erecto y metiéndolo directamente en mi boca.
Me obligaron a trabajar por ambos lados en esa posición. Estaba completamente sometida, gimiendo entre el miembro de Carlos y las embestidas salvajes de Ramiro en mi retaguardia. Ya no había rastro de la arquitecta educada; era una mujer insaciable devorada por el deseo y el maltrato lascivo de mis obreros.
Ramiro llegó a su límite y, tras unos últimos empujones brutales, me sacó para terminar encima de mis glúteos. Me empujaron de lado y caí directo sobre el frío suelo de concreto de la construcción, que estaba cubierto por una fina capa de polvo y arena. Carlos me tomó por los tobillos y me arrastró sobre el suelo, obligándome a acostarme boca arriba. Me abrió las piernas por completo, subiendo mis rodillas hasta casi tocar mis hombros. Desde esa posición, yo era completamente vulnerable ante su mirada ebria.
—Ahora mírame bien a la cara mientras te lleno, chamaca —dijo Carlos, acomodándose entre mis piernas.
Se dejó caer sobre mí con todo su peso y me penetró de nuevo. En esta nueva postura, cada embestida llegaba al fondo de mi matriz. El dolor placentero era insoportable. Carlos se movía con una energía animal, sin importarle mi cansancio, buscando únicamente su propia satisfacción. Yo solo podía mover la cabeza de un lado a otro, llorando de puro placer, completamente dominada por la tosquedad y la experiencia de aquel hombre de cincuenta años.
—Eres una perrita muy sucia, arquitecta. Mañana vas a regresar a darnos órdenes, pero los dos sabremos que eres nuestra —me decía Carlos, mirándome con ojos lascivos y llenos de lujuria ebria.
Antes de que Carlos terminara de saciarse en el suelo, Ramiro caminó unos pasos y se sentó en un bulto de cemento cercano. Carlos me levantó del concreto como si no pesara nada y me llevó a tirones hacia su compañero.
—Siente el juguete de Ramiro otra vez, jefa. Súbete ahí —me ordenó Carlos con brusquedad, empujándome.
Me obligaron a sentarme sobre el regazo de Ramiro, de espaldas a él, de modo que su miembro volvió a entrar por completo en mí, aprovechando la gravedad de mi propio peso. Ramiro me sujetaba fuertemente por el vientre, moviéndome de arriba abajo con violencia, mientras Carlos se colocaba detrás de mí, apretándome los pechos y plantando besos rudos en mi cuello.
El estímulo era demasiado. Entre las palabras vulgares que me susurraban al oído, el vaivén salvaje y la intensidad de ambos, sentí que una ola de calor me recorría entera. Solté un grito desgarrador mientras mi cuerpo entraba en un orgasmo violento que me hizo temblar. Segundos después, Ramiro soltó un gruñido ronco y se vino profundamente dentro de mí, llenándome con su calidez. Carlos, excitado por la escena, se masturbó rápidamente y terminó esparciendo su calor sobre mi vientre y mis pechos.
El silencio volvió a inundar la obra, interrumpido solo por nuestras respiraciones agitadas. Los hombres se apartaron, subiéndose los pantalones mientras daban los últimos tragos a la botella, riendo entre dientes y regresando gradualmente a su actitud habitual, aunque con una chispa de complicidad en la mirada.
Me levanté del suelo como pude, con las piernas temblorosas y el cuerpo cubierto de polvo, sudor y fluidos. Me arreglé la ropa destrozada en silencio, sin atreverme a mirarlos a la cara. Mientras salía de la construcción hacia mi auto, bajo la luz de la luna que ya dominaba el cielo, un vacío inmenso me invadió el pecho. La adrenalina del morbo se había evaporado, dejando en su lugar un frío sentimiento de culpa. Me sentía sucia, abochornada por haberme dejado llevar de esa manera por mis propios trabajadores, sabiendo que el lunes tendría que volver a mirarlos a los ojos y pretender que seguía siendo la jefa.
Comenzare diciendo que me llamo Valeria, tengo 26 años y soy arquitecta. Quienes me conocen en el ámbito profesional suelen decir que tengo un aspecto inocente, casi angelical: baja de estatura, de facciones finas, cabello castaño claro y una mirada que a menudo transmite una timidez que no encaja del todo con el rudo ambiente de la construcción. Sin embargo, como residente de obra, he tenido que aprender a pararme con firmeza frente a decenas de obreros.
Aquella tarde de viernes, el sol comenzaba a caer, tiñendo el cielo de un tono anaranjado sobre la estructura de hormigón y ladrillos expuestos de la residencia que supervisaba. El reloj marcaba las seis y la construcción quedó solitaria después del horario laboral. El silencio se apoderó del lugar, a excepción de una zona en el primer piso donde Don Ramiro y Don Carlos, dos de mis mejores albañiles, ambos rondando los 50 años, corpulentos, de piel curtida por el sol y manos callosas, guardaban sus herramientas mientras escuchaban música en una pequeña radio.
Al pasar junto a ellos para despedirme, Don Ramiro me miró con una sonrisa franca, sosteniendo una botella de tequila casi llena.
—Arquitecta, ya es fin de semana. No se vaya todavía, acompáñenos a echarnos un trago para quitar el polvo de la garganta —dijo con tono amable.
—Gracias, Don Ramiro, pero ya es tarde. Tengo que volver a la oficina a cerrar unos planos —respondí, acomodándome el casco, intentando mantener la distancia profesional.
Don Carlos se sumó a la invitación, dando un paso hacia mí con respeto pero con insistencia.
—Ande, jefa, no sea mala. Un traguito nada más. Ha estado presionada toda la semana con la entrega. Nos haría un honor si nos acepta un vaso. Un brindis por que la losa quedó perfecta.
Dudé un momento. Ellos siempre habían sido sumamente respetuosos conmigo, cuidando su lenguaje y acatando mis órdenes sin chistar desde el primer día. Pensé que no pasaría nada malo por aceptar una cortesía.
—Está bien, solo uno pequeño —cedí, sonriendo de medio lado.
Don Ramiro limpió un vaso de plástico y me sirvió una generosa porción de tequila. El primer trago me quemó la garganta, haciéndome toser un poco, lo que provocó las risas contenidas de ambos.
—Despasito, arquitecta, que este pega duro —bromeó Carlos.
Hablar de la obra nos llevó al segundo trago, y luego al tercero. La timidez inicial comenzó a disiparse y el alcohol empezó a nublar mis inhibiciones. La música norteña sonaba de fondo y, poco a poco, el ambiente fue cambiando. Los hombres, que al inicio mantenían una distancia prudente, comenzaron a entrar en confianza, acercándose más a mí al hablar.
—Qué bien le sienta el calor de la tarde, arquitecta. Con todo respeto, se ve muy bonita cuando se le ponen las mejillas rojas por el alcohol —soltó Ramiro, mirándome fijamente a los ojos.
—Don Ramiro, por favor... —dije, sintiendo un cosquilleo extraño, pero sin apartar la mirada.
—Es la verdad, jefa —intervino Carlos, dando un paso al frente—. Mire, ya anda contenta. ¿Por qué no baila esta pieza conmigo? No me vaya a despreciar.
Miré a Carlos. Sus brazos fuertes y su pecho ancho se adivinaban bajo la camisa de franela sudada. El alcohol ya controlaba mi cuerpo, así que acepté. Al ritmo de la música, Carlos me tomó de la cintura. Su mano era enorme y áspera, y no tardó en apretarme contra su cuerpo más de lo estrictamente necesario. Sentí su masculinidad madura rozando mi vientre.
Ramiro no se quedó atrás; se acercó por la espalda y colocó sus manos sobre mis caderas, siguiéndonos el paso. Los manoseos durante el baile comenzaron a encenderme por dentro. La delicadeza que siempre me había caracterizado se desvanecía con cada roce de esas manos rudas que recorrían mi espalda y bajaban sutilmente hacia mis glúteos. El calor del alcohol y la audacia de los dos hombres me estaban excitando de una manera que jamás imaginé.
De repente, la música terminó, pero ellos no me soltaron. El ambiente se volvió denso, cargado de una tensión puramente sexual. Ramiro me obligó a mirarlo, tomándome del mentón.
—Mírala nomás, Carlos... la jefa se mira algo nerviosa. Se le nota en los ojos —dijo Ramiro, con una voz profunda, despojada ya de toda timidez laboral.
—Sí, hermano. Tan seria que se ve en el día, y mira cómo tiembla cuando baila con nosotros—respondió Carlos, pasando una mano pesada por encima de mi blusa, apretando uno de mis pechos con fuerza.
El pánico mezclado con el deseo me hizo reaccionar e intenté dar un paso atrás, buscando recuperar el respeto y la autoridad que correspondían a mi puesto.
—A ver, esperen... suéltenme. Ya fue suficiente. Soy su jefa y exijo que me respeten —dije, intentando que mi voz sonara firme, aunque me flaqueaban las piernas.
Carlos soltó una carcajada ronca, tomándome del brazo con firmeza.
—¿Por qué arqui? Si se nota que está pasandola bien con nosotros. Ya déjese de la formalidad y diviértanse con nosotros.
—Mira qué bonito cuerpo tiene la jefa —añadió Ramiro, acariciando mi cintura con sus manos callosas que me hizo soltar un suspiro—. Tranquila arqui, hoy todos la vamos a pasar muy bien añadió.
— Tranquilos muchachos, eso se está saliendo de control– dije con la voz un poco temblorosa
—Mi arqui, usted déjese llevar y va a ver qué nos vamos a divertir – dijo Carlos con un tono un poco burlón
Cómo yo intentaba resistirme por el miedo que estaba comenzando a sentir, los dos comenzaron a ser un poco mas intensos con los toqueteos mientras bailaban, hasta que decidí que eso era suficiente.
—Ya basta - grite con algo de enojo, fingiendo no tener miedo
Al escucharme, los dos se enojaron mucho.
Mira jefa, ya estuvo bueno, hemos sido muy ambles contigo, pero si pones así, no tenemos otro remedio, ahora te vas a callar y vas a hacer lo que te digamos, ¿entendiste? Te gusta que te hablemos claro, ¿verdad, perra?
Esas palabras vulgares cayeron sobre mí como un balde de agua hirviendo. El morbo de escucharlos hablarme así, despojándome de mi estatus, tratándome como a una cualquiera, quebró mi última resistencia. Decidí entregarme por completo a la lujuria y adoptar una actitud sumisa ante ellos.
—es... Está bien —susurré, perdiendo toda la delicadeza, jadeando mientras mi cuerpo exigía ser poseído por aquellos hombres rudos.
Carlos me empujó contra uno de los muros de ladrillo sin aplanar. La superficie áspera raspaba mi espalda, pero no me importó. Me levantó la falda con brusquedad, desgarrando mis bragas de un solo tirón.
—Mira nada más qué delicia, Carlos, cómo está de empapada la niña —dijo Ramiro, metiendo dos dedos toscos en mi intimidad, haciéndome gemir fuerte.
—Pónmela flojita, Ramiro, que se la voy a meter entera —ordenó Carlos.
Carlos se desabrochó el pantalón, liberando su miembro grueso y maduro. Me tomó de las muslos, cargándome a medias, y me penetró de un solo impulso limpio y violento. Solté un grito de dolor y placer que resonó en toda la obra vacía. Me embistió con una intensidad salvaje, tratándome como un objeto diseñado solo para su goce. Mientras Carlos me poseía con fuerza, Ramiro me devoraba la boca, metiendo su lengua con rudeza y saboreando mi saliva mezclada con el tequila.
—¿Te gusta cómo te da el albañil, arquitecta? —me susurró Carlos al oído, dándome embestidas brutales que me hacían chocar contra la pared—. Háblame, perra, dime si te gusta.
—¡Sí, me encanta! ¡Le da muy duro, Don Carlos... sí, más fuerte! —respondí sumisamente, gimiendo sin control, entregada al morbo de sus palabras sucias.
Después de unos minutos de ritmo frenético, Carlos me soltó de golpe. Antes de que pudiera recuperarme o ponerme en pie, Ramiro me tomó del cabello y me arrastró hacia la mesa de madera donde yo solía revisar los planos. Me empujó hacia adelante con rudeza, obligándome a colocarme en cuatro patas sobre los papeles técnicos y los croquis de la obra.
—A ver, jefa, enséñanos bien ese culito que tanto nos costó conseguir —dijo Ramiro, dándome otra bofetada en las nalgas que las dejó rojas y calientes.
Ramiro se colocó inmediatamente detrás de mí. Sentí el calor de su hombría rozando mi entrada y, sin previo aviso, se hundió en mi interior hasta el fondo. El cambio de ángulo me hizo arquear la espalda y enterrar las uñas en la madera de la mesa. Ramiro era aún más intenso y violento; me sujetaba firmemente de las caderas, dejando marcas moradas con sus dedos callosos mientras me azotaba con su pubis.
—Mira cómo se mueve esta puta, Carlos. Le encanta que la traten como se merece —decía Ramiro, jadeando, sudando sobre mi espalda desnuda.
—Déjamela bien floja, que ya me toca otra vez —le respondió Carlos, quien se colocó justo frente a mí, sacando su miembro erecto y metiéndolo directamente en mi boca.
Me obligaron a trabajar por ambos lados en esa posición. Estaba completamente sometida, gimiendo entre el miembro de Carlos y las embestidas salvajes de Ramiro en mi retaguardia. Ya no había rastro de la arquitecta educada; era una mujer insaciable devorada por el deseo y el maltrato lascivo de mis obreros.
Ramiro llegó a su límite y, tras unos últimos empujones brutales, me sacó para terminar encima de mis glúteos. Me empujaron de lado y caí directo sobre el frío suelo de concreto de la construcción, que estaba cubierto por una fina capa de polvo y arena. Carlos me tomó por los tobillos y me arrastró sobre el suelo, obligándome a acostarme boca arriba. Me abrió las piernas por completo, subiendo mis rodillas hasta casi tocar mis hombros. Desde esa posición, yo era completamente vulnerable ante su mirada ebria.
—Ahora mírame bien a la cara mientras te lleno, chamaca —dijo Carlos, acomodándose entre mis piernas.
Se dejó caer sobre mí con todo su peso y me penetró de nuevo. En esta nueva postura, cada embestida llegaba al fondo de mi matriz. El dolor placentero era insoportable. Carlos se movía con una energía animal, sin importarle mi cansancio, buscando únicamente su propia satisfacción. Yo solo podía mover la cabeza de un lado a otro, llorando de puro placer, completamente dominada por la tosquedad y la experiencia de aquel hombre de cincuenta años.
—Eres una perrita muy sucia, arquitecta. Mañana vas a regresar a darnos órdenes, pero los dos sabremos que eres nuestra —me decía Carlos, mirándome con ojos lascivos y llenos de lujuria ebria.
Antes de que Carlos terminara de saciarse en el suelo, Ramiro caminó unos pasos y se sentó en un bulto de cemento cercano. Carlos me levantó del concreto como si no pesara nada y me llevó a tirones hacia su compañero.
—Siente el juguete de Ramiro otra vez, jefa. Súbete ahí —me ordenó Carlos con brusquedad, empujándome.
Me obligaron a sentarme sobre el regazo de Ramiro, de espaldas a él, de modo que su miembro volvió a entrar por completo en mí, aprovechando la gravedad de mi propio peso. Ramiro me sujetaba fuertemente por el vientre, moviéndome de arriba abajo con violencia, mientras Carlos se colocaba detrás de mí, apretándome los pechos y plantando besos rudos en mi cuello.
El estímulo era demasiado. Entre las palabras vulgares que me susurraban al oído, el vaivén salvaje y la intensidad de ambos, sentí que una ola de calor me recorría entera. Solté un grito desgarrador mientras mi cuerpo entraba en un orgasmo violento que me hizo temblar. Segundos después, Ramiro soltó un gruñido ronco y se vino profundamente dentro de mí, llenándome con su calidez. Carlos, excitado por la escena, se masturbó rápidamente y terminó esparciendo su calor sobre mi vientre y mis pechos.
El silencio volvió a inundar la obra, interrumpido solo por nuestras respiraciones agitadas. Los hombres se apartaron, subiéndose los pantalones mientras daban los últimos tragos a la botella, riendo entre dientes y regresando gradualmente a su actitud habitual, aunque con una chispa de complicidad en la mirada.
Me levanté del suelo como pude, con las piernas temblorosas y el cuerpo cubierto de polvo, sudor y fluidos. Me arreglé la ropa destrozada en silencio, sin atreverme a mirarlos a la cara. Mientras salía de la construcción hacia mi auto, bajo la luz de la luna que ya dominaba el cielo, un vacío inmenso me invadió el pecho. La adrenalina del morbo se había evaporado, dejando en su lugar un frío sentimiento de culpa. Me sentía sucia, abochornada por haberme dejado llevar de esa manera por mis propios trabajadores, sabiendo que el lunes tendría que volver a mirarlos a los ojos y pretender que seguía siendo la jefa.
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