Mis amigos - 2 - Confesiones de él

En el capítulo anterior:

1. Confesiones de ella

(los nombres, oficios, y demás posibles datos de carácter personal han sido modificados para proteger la identidad de los implicados, empezando por yo mismo)

Habían pasado tres semanas desde que me había follado a Lola y mi sentimiento de culpa no hacía más que crecer. Sobre todo porque Tony y ella aún no se habían arreglado en la cama y ella, que volvía a vivir con sus padres, había venido a buscar consuelo entre mis brazos (y mis piernas) más de una ocasión. Y el verles así y que Tony me considerase un amigo todavía por no saber nada me rompía la cabeza. Tenía que hablar con él. Aunque ella no quisiera.

Y fue una noche de sábado cuando recibí un mensaje de Tony. “Tenemos que hablar. Seriamente. Ven a mi casa”. Pensé que Lola había confesado y que me quería asesinar. Así que me dirigí a su casa a paso nervioso.

Subí a su piso y espere. Si yo estaba nervioso, lo de Tony no era nada. Me metió en su casa de un tirón de brazo y me llevó directamente a su habitación. Parecía que estábamos solos en la casa. Ni sus padres ni Lola estaban allí. Bien, sería un asesinato sin testigos.

“Tony…”

“No, escucha. Tengo algo que decirte. Algo que puede acabar con nuestra amistad… pero no puedo seguir así…”

“Pero qué…”

“Espera aquí, por favor”.

Salió de allí y se metió en el baño. Yo me quedé sentado en su cama. Lo mismo salía de allí con una máscara de hockey y una motosierra. Bueno, tendría que esperar a ver qué me contaba.

Y la puerta del baño se abrió y no me creí lo que vi.

Una chica guapa, con una larga melena castaña, vestida con un traje negro de una sola pieza que cubría desde sus pechos hasta la rodilla sin llegar a taparla. Iba en unos zapatos oscuros. Una de esas chicas preciosas que uno se suele encontrar bailando en la pista de la discoteca y no sabe como acercarse a ellas.

“¿Qué te parezco?”

Y a pesar del tono femenino en su voz, me di cuenta. No estaba delante de una chica. Ella era…

“¡Tony!”

“Isabel, por favor”, me dijo él. Bueno, ella. “¿Qué te parezco?”

Estaba claramente nerviosa. Entrelazó las manos esperando mi respuesta. Y ante mi silencio parecía a punto de echarse a llorar. Yo no sabía muy bien qué decir, ya que no entendía bien lo que pasaba, así que se lo pregunté.

“T-Isabel, ¿puedes explicarme lo que me he perdido?”

En un esfuerzo por contener las lágrimas, habló.

“Hace un tiempo… bueno, me dio por probarme ropa de chica… empecé apenas por una camiseta, y un pantalón corto… era de Lola, claro… y me gustó… poco a poco fui probando más y más y… joder, me siento muy cómoda así…” ahora sí tenía un par de lágrimas cayendo por sus mejillas, “pero me daba miedo decirlo… por el rechazo y… tenía que contártelo porque… eres mi mejor… amigo y… necesitaba poder exp-presarme como realmente me siento…”

La atrapé entre mis brazos antes de que se derrumbase por el llanto. Caímos en la cama y dejé que llorase sobre mi cuerpo. No me lo podía creer. Mi mejor amigo amaba vestirse de chica… e incluso considerarse como tal. Tenía que ser delicado. No podía hacerle daño. Necesitaba mi apoyo.

“¿Estás mejor?”, le pregunté.

“Sí… gracias. Eres un gran amigo”, me dijo. Eso me incomodó pero no era el momento de hablar de eso. Se incorporó y se secó las lágrimas. Yo saqué un pañuelo y se sonó.

“Siempre amigos, Isabel”, dije, intentando remarcar que iba a llamarla como prefiriese. “Espero que lo sepas”.

“Me alegro”, añadió con una sonrisa. Volvió a incorporarse. “Y bueno… ¿Qué te parezco?”, dijo, girando sobre sí misma para que la viera bien.

“... Realmente preciosa”, tuve que decir, y creo que me puse rojo al decirlo. Y ella también.

“Esperaba poder pedirte un favor. Mira, nunca me atrevería a salir así a la calle, pero hoy estando contigo… querría animarme. Sólo salir a tomar una copa, nada más. Por favor”.

Diez minutos después estábamos de camino a un bar de la zona. No lo frecuentábamos, y ella se sentía más cómoda así. La vi feliz caminando a mi lado. Se había puesto unos zapatos con muy poco tacón, y según caminábamos parecía sentirse mejor consigo misma.

“Y con Lola…”

“Tengo que hablar con ella. Algún día”, dijo en tono serio. “La quiero muchísimo… Y me dolería que me rechazase por esto”.

Inconscientemente, pasé un brazo por encima de sus hombros para reconfortarla. Eso complicaba las cosas. La seguía amando, y por tanto lo mío seguía siendo una traición imperdonable. Pero no era la noche de hablar de eso. Era la noche de salir con mi amiga.

Pedimos en la barra y de pronto me alarmé. Una chica de nombre Claudia estaba por allí. Había intentado tener algo conmigo pero la había rechazado. Estaba buena pero su actitud de divs asquerosa hacían que no me apeteciera tocarla ni con un palo.

“¿Vienes a bailar?”, me preguntó de pronto Isa, sin saber lo que pasaba por mi mente.

“¿Eh? No, gracias. Sabes que no bailo”, me acerqué a su oído. ”¿Estarás bien?”

“Es lo que quiero saber”, me respondió y tras dedicarme una sonrisa se dirigió a la pista de baile.

Me distraje un rato mirando Twitter hasta que la cobertura decidió morirse y volví a prestar atención al ambiente. Me fijé en la pista, y ahí estaba Isa. Bailando sensualmente al lado de otras chicas, entre las cuales se cubrían para evitar a los babosos… moviendo las caderas, el cuerpo… era hipnótico.

“Hoooooooola”, saludó una voz que no me costó reconocer.

“Hola, Claudia”, dije sin entusiasmo. Iba rodeada de un grupo de idiotas.

“Estaba a punto de irme” lastima que no lo hayas hecho, pensé. “Cuando te he visto aquí. Qué solito estás, ¿no?”

“Ya ves tú qué pena”, dije.

“Oye, que sabes que tenemos una cuenta pendiente, ¿eh?”, me dijo con aliento a JB. “Tienes cierta fama… Y conoces la mía…”

“¿Qué ocurre aquí?”

Isa había vuelto y nos miraba. Parecía serena. Sonreía, pero algo ocultaba su sonrisa. Sabía lo que estaba pasando.

“Nada, niña. ¿Por qué no vas a tomar el aire?”, soltó Claudia, desafiante.

“Mejor ve tú, querida”, respondió Isa sin alterarse. “Él ya tiene compañía hoy”.

“¿Tú? Claro, por eso estabas por ahí en la pista”.

“A él no le importa”.

“A mí no me importa”, dije.

“Y yo voy y me lo creo. ¿Te crees que soy tonta?”

“Si no estuviéramos juntos…”, empezó Isa, “¿crees que haría esto?”

Y de pronto me vi rodeado por sus brazos. La calidez de sus labios tocó los míos. Intenté contener la sorpresa. No sólo por el hecho de que me hubiera besado (me di cuenta de sus intenciones cuando empezó su frase) sino porque besaba muy bien. Me estaba gustando mucho.

Es Tony, me recordé a mí mismo, pero eso no significaba nada en ese momento. Era Isa. No me di cuenta de que acaricié sus cabellos. Noté sus manos en mi cintura. Y me molestó mucho que separase sus labios de los míos. Aún así me contuve.

“Se ha ido”, dijo con una sonrisa. “Me di cuenta de que te estaba molestando. Espero que no te haya molestado esto…”, añadió. Estaba claro que temía haberse pasado.

“En absoluto”, dije, intentando quitarle importancia.

“Podríamos irnos ya. Yo me lo he pasado de maravilla”, dijo Isa.

Pagamos y fuimos de vuelta. Normalmente nos separabamos a la hora de irnos, pero aquella noche decidí acompañarla. No hablábamos de nada. Simplemente caminábamos. Era un silencio algo tenso. Me había gustado muchísimo su beso. Y aunque sabía que en el fondo era él, yo me estaba pillando por ella.

“¿Subes?”, me preguntó. “Es temprano. Podemos echar un Fifa”, me dijo. Se confirmaba que seguía siendo la misma persona que yo había conocido. No había cambiado nada. Sólo un ínfimo detalle que me daba igual.

No te da igual. Es MUY guapa. Te gusta cómo besa. Maldición. ¿Tan rápido le veía como una chica? ¿De verdad? Me di cuenta de que la respuesta era sí al notar que iba mirándole el culo según subíamos las escaleras. Me pregunté si pasaría algo si lo acariciaba. Que te dará una hostia, gilipollas. Controla, me recriminé.

Entramos en su casa. Ni un ruido. Estábamos sólos. Fuimos al salón. Me ofreció sentarme en el sofá mientras preparaba la consola. Aparté la mirada, se había agachado y su culo se me hacía mucho más atractivo. Joder, lo estaba pasando mal. Lo mejor era irme.

“Creo que voy a ir a casa. Ha sido una gran noche, Isa”.

“Pe-pero… ¿por qué?”

“Estoy cansado”, mentí, no muy bien.

“Podrías quedarte entonces”

“No…”

“¿Por qué? No es la primera vez que te quedas… Y no me apetece dormir sóla”

La miré a los ojos. No podía quedarme sin volverme loco. Era guapa. Pero aquello sería raro. Y si te vas se dará cuenta, idiota. Quédate.

“De acuerdo”

“Gracias”, me sonrió diciendo esa palabra.

Fuimos a su dormitorio. Cómo no. Tenía una cama de matrimonio. Pensé en la cantidad de veces que se habría acostado ahí con Lola (como yo había hecho, me recordé). Me pregunté qué sería lo correcto. Tal vez limitarme a tumbarme en el colchón.

“¿No vas a ponerte cómodo? ¿Tanto frío tienes?”, me preguntó al verme con mi camisa y mis vaqueros tendido en la cama, más tieso que una vela.

“Un poco…”, mentira.

“Estarás más cómodo si te metes en la cama. Ni que no hubiéramos dormido ya así”, dijo suavemente.

Me di la vuelta, y me desvestí. Solamente la camisa y el pantalón. Por lo menos me había puesto unos boxer decentes. Me metí entre las sábanas y miré a Isa. La madre que la parió.

Se estaba quitando el vestido. ¡Llevaba ropa interior femenina! ¡Y sexy! De espaldas a mi con ese cabello sedoso… se quitó el sujetador, de espaldas a mí, y se puso un camisón transparente. Y se metió en la cama con la mayor naturalidad.

“Buenas noches”

“Buenas noches”

Cerré los ojos. Sentí que se movía un poco. Bueno, hacía bien en acomodarse. Ya lo haría yo cuando se durmiera, porque esa noche yo pensaba que sería incapaz de conciliar el sueño. Sentí que se quedaba quieta.

Giré la cabeza para mirarla. Y no estaba dormida, sino con los ojos muy abiertos y una sonrisa mientras me miraba.

“Eres muy guapo”

“Gra-gracias”

“¿Puedo pedirte algo?”

“¿Qué?”

“¿Me dejas domrbazsdti…?”

O tenía un tapón de cera en el oído o no se entendía nada de lo que me había dicho.

“¿Disculpa?”

Su respuesta pasó por acercarse más a mi. Acomodó su cabeza sobre mi hombro. Pasó un brazo por encima de mi torso. Y una pierna sobre la mía. Me tensé un poco. Pero su aroma… indudablemente se sabía hacer mujer. Colonia femenina… desodorante femenino… olores femeninos en general.

“Isa, esto es impropio…”

“Nunca tendré una oportunidad como esta de dormir con un hombre. Por favor. No te pediría nada de esto si no lo necesitara”.

Me quedé en silencio. Empecé a acariciar sus cabellos. Mierda. No podía pensar con claridad, y eso que no tenía alcohol en mi cuerpo. Bueno, había tomado un gin-tonic pero eso no tenía alcohol suficiente para hacerme perder la razón. En cambio, ahí me veía. Recordando que había ido a ver a un amigo… pero en ese momento me veía en la cama con una chica.

“Espero que te gustase el beso”, susurró de pronto.

“... Mucho. Besas muy bien”.

“Gracias”.

Otro largo silencio incómodo. Como hiciera el más mínimo movimiento yo iba a perder el control. Y desconozco si me leyó la mente, pero su mano se movió muy suavemente por mi torso.

“A la mierda”

Agarré a Isa por la cintura y la hice subir sobre mi cuerpo. Parecía no entender lo que pasaba hasta que mis labios entraron en contacto con los suyos. Mis manos acariciaron sus caderas. Esperaba que en cualquier momento me detuviera. Se apartase. Me abofetease por lo inapropiado. Lo que no me esperaba era que correspondiese al beso. Antes con la sorpresa no me había percatado, pero sus labios sabían a cereza.

La miré, y estaba sonriendo. Le brillaban los ojos. Madición. ¿Por qué no me detenía? ¿Es que acaso era lo que buscaba? Sus labios volviendo a presionar los míos me lo confirmó. Quizá si me propasaba aquello acabara. Bajé mis manos a por su culo. Su delicioso culito firme. Por encima de la tela de sus bragas me gustaba, pero por debajo era todavía mejor.

“¿Sabes que es lo mejor de esto? Cuando terminan los preliminares”, dijo con una sonrisa.

“¿Preliminares?”

“Quiero sentirme como una mujer. Una a la que le encantan los hombres. Los hombres como tú”.

Sentí que se bajaba de encima mía. Temblé cuando me puso las manos sobre el boxer. ¿Qué diablos? Me deslizó suavemente la tela hasta quitármelo, liberando mi polla. La miraba con ganas. Se relamió. Debía detenerla. Nuestra amistad pendía de un hilo, y si hacía algo…

Como empezar a darme besitos por el pene. Empezó por la base, mientras acariciaba mis pelotas. Fue subiendo por toda mi longitud, hasta que me miró a los ojos al llegar a la punta. Su beso tornó en una verdadera mamada. Engulló mi rabo con cierta dificultad. Y aún así, tenía cierta habilidad. Me pregunté si ya había probado con anterioridad.

Qué placer, joder. Quería detenerla, eso no estaba bien. Y en su lugar la estaba acariciando la cabeza mientras me la chupaba. Esa preciosidad dándome sexo oral no ocurría con frecuencia. Y me corrí. Directamente en su boquita. Y sobre su cara.

“Perdón…” alcancé a decir.

“No pasa nada”, respondió. Vi que cogía su teléfono móvil y… no me lo podía creer. Se estaba haciendo un selfie con los labios sobre mi pene, mostrando su lengua y rostro manchados con mi semen.

“¿Por qué haces eso?”, pregunté.

“Porque me encanta”, respondió una vez se hubo limpiado. Volvió a la cama y me comió los labios durante varios minutos.

“¿Es que ya se la habías…?”, no me atrevía ni a decirlo.

“¿Chupado a alguien? No. A algo”, respondió. Sacó una caja de debajo de la cama, y sacó algo. Un consolador de goma, de esos que emulan la forma del pene. “He practicado con esto”.

“Joder…”

“Y me moría de ganas de probar con uno real. Aunque ha sido difícil”, dijo, y puso su juguete al lado de mi polla. “Tú la tienes más grande”.

“Bueno… me alegro de haberte ayudado… esto no va a salir de aquí…”

No sé por qué lo dije. Isa pensaba que aquello era una señal para continuar. Se puso de espaldas a mí, y bajó discretamente sus braguitas. Su delicioso culo temblaba aguaedándome.

“Vamos… no podemos quedarnos sin probar esto” me dijo. “Hazme gemir. Dame placer. Soy tuya”.

“¿Estás segura de esto?”

“Nunca me atrevería a hacerlo con otro”

Femenina, femenina, femenina. Ni un rebelde pelito por sus piernas, las cuales terminaban en su culo limpio. Incluso con las bragas tapándole un poco, me estaba maravillando. La tenía durísima por su culpa. Y como era su culpa, iba a pagar el precio, por supuesto. Acaricié sus suaves nalgas y puse mi polla entre ellas.

La froté con ganas. Mi deseo estaba creciendo, pero no tanto como el de Isa, que gemía como si fuera una actriz porno. Quise ponerme condón, pero a ella parecía no gustarle la idea. “Quiero sentirte directamente dentro”, dijo. Empecé a dilatarle el culo muy suavemente. Dejé resbalar un poco de saliva sobre su agujerito y continué preparándola.

“Estoy lista… métemela ya…” suplicó.

Puse mi glande sobre su ano. Era el momento. Empujé suavemente, y mi cabeza estaba dentro de ella. Protestó. La saqué. Volví a intentarlo. Deslicé un poco de mi pene en su culo. No estaba mal. Pero ella parecía incómoda. Le pregunté pero quería continuar. Pero cuando estuve por completo dentro de ella quiso detenerse.

“¿Te duele?”

“Un poco… estás muy bien dotado…”

“Gracias… no pasa nada… lo dejamos aquí y…”

“Ni hablar…”

Se tumbó bocarriba, levantó las piernas, y me esperó. Aún tenía las braguitas enganchadas en las piernas, tapando…

Tiré de la prenda. Se quedó congelada. Sin las bragas podía verle el pene. Estaba totalmente excitada. Pero ahora parecía tener miedo. Algo que se le pasó cuando me tumbé sobre ella (nuestras pollas frotándose entre sí) y la besé de nuevo.

“No te preocupes. Me sigues pareciendo una chica preciosa que me encanta, Isa”, susurré su nombre en su oído. “¿Quieres que siga la noche?”

Asintió repetidas veces. Sonrió, con los ojos brillantes. Esta vez noté su culo más relajado. Haciéndolo frente a ella parecía incluso más preciosa. Mi pene se deslizó fácilmente dentro de su culo. Gimió de placer. Esta vez estaba siendo mucho mejor.

Levanté su cuerpo suavemente y continué follándomela con ganas. Me puso las manos en las muñecas con suavidad. Me miraba suplicante. Quería más. Me agaché sobre ella y nos volvimos a fundir en un beso mientras sentía su pene rozándose entre nuestros cuerpos. Gimió entre embestida y embestida. Iba a correrme dentro de poco y se lo advertí.

“No te contengas… dame con todo lo que tienes”

Me incorporé y sujeté sus caderas con ganas mientras seguía penetrándola. Aceleré el ritmo. Iba a correrme. Lo contuve todo lo que pude hasta que estallé en mi orgasmo. Y según mi semen resbalaba por su culo, lo vi. Su propia erección escupía un chorro de semen que empapó todo su cuerpo. Impresionado, saqué mi pene de dentro de ella. No había terminado de eyacular, de forma que manché sus testículos y su rabo con mi propio esperma.

“Hazme una foto así”, me pidió. Sonreía de felicidad.

Se fue a dar una ducha y luego volvió a la cama conmigo. Desnuda. Yo la seguía viendo preciosa. Se tumbó en la cama conmigo y volvimos a besarnos un largo rato antes de decidir que era hora de dormir.

“¿Quieres ser mi novio?”

“¿Qué dices? Tú sales con Lola…”

Tony sale con Lola. Yo, Isa, estoy soltera, y me gustas mucho”.

Y a pesar de que aún tenía que confesarle mi aventura con Lola, y que aquello me parecía una locura, me vi tumbado abrazando a aquella amiga tan especial.

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