Alex era un chavo cualquiera de Tlaxcala: 22 años, vivía con su papá y su hermano menor en una casa modesta, su mamá había muerto hacía unos años de cáncer. Trabajaba en una tiendita, ahorraba para sus gustos simples. Ese día soleado de vacaciones de verano acababa de comprar el videojuego que tanto esperaba, el último de su saga favorita. Caminaba por la banqueta con la bolsa en la mano, tarareando, cuando de pronto la vio: una morra altísima, piel morena, vestido ajustado que marcaba todo. Sus pechos eran enormes, rebotaban con cada paso como si tuvieran vida propia, pesados, hipnóticos. Alex se quedó mirando sin querer, el cerebro en pausa, y no vio venir el auto que se pasó el alto.
El impacto fue seco, negro total.


Cuando abrió los ojos, todo era diferente. La habitación olía a perfume dulce y a tela limpia. Se incorporó en la cama y sintió... algo raro. Pesado. Tirante. Bajó la mirada y ahí estaban: dos senos grandes, redondos, firmes pero con ese peso real que nunca imaginó. Se movían ligeramente con su respiración, como si tiraran del torso hacia adelante. Tocó uno con cuidado, y la piel era tan sensible que un escalofrío le recorrió la espalda. Eran cálidos, suaves por fuera, pero debajo se sentía la densidad, el volumen que hacía que todo el pecho se balanceara un poco incluso al respirar hondo. La cintura era estrecha, las caderas anchas, el cuerpo curvo de una forma que nunca había experimentado. Entre las piernas... nada. Solo una suavidad húmeda, rosada, que le provocó un calor inmediato en el vientre.
"¿Qué chingados...?" murmuró, pero la voz salió aguda, femenina, suave.
Se levantó y los pechos se movieron con él: un rebote pesado, como si cargara dos bolsas de agua calientes pegadas al pecho. Cada paso hacía que rozaran contra el camisón de algodón, la tela fina arrastrándose sobre los pezones que se endurecían al instante por la fricción. Era extraño, incómodo al principio, pero también... excitante. El peso constante le hacía arquear un poco la espalda sin querer, y sentía cómo los músculos del cuello y hombros se tensaban para compensar.



Alguien tocó la puerta. Era su hermana —la misma de siempre, pero ahora lo miraba como a una igual—. "¡Hermana, ya despierta! Papá dice que desayunamos en familia."
Hermana. La palabra le pegó. Recordó el auto, la muerte, y entendió: había renacido en un universo paralelo. Mismo papá, mismo hermano, pero él era ahora ella. Una chica con el mismo nombre adaptado: Alexa.
Para no levantar sospechas, decidió actuar normal. Abrió el clóset: blusas escotadas, vestidos ajustados, jeans que abrazaban las caderas. Eligió una blusa ligera y un brasier que, al ponérselo, sintió cómo los tirantes se clavaban un poco en los hombros por el peso. Pero una vez ajustado, los pechos se sintieron... contenidos, aunque seguían moviéndose suavemente con cada movimiento. Caminar por la casa era toda una experiencia: cada paso hacía que rebotaran levemente, un vaivén rítmico que le mandaba pequeñas ondas de sensación por todo el torso. El roce contra la tela era constante, erótico sin quererlo.




Al caminar por la casa, cada paso hacía que sus pechos se movieran con un rebote pesado, casi hipnótico: subían un poco con la inercia y caían con un tirón suave pero firme, como dos bolsas llenas de agua tibia colgando del pecho. El peso tiraba hacia adelante todo el tiempo, obligándola a arquear ligeramente la espalda para no encorvarse, y sentía cómo los músculos del cuello y los hombros se tensaban para compensar. Sin brasier, el roce piel con piel debajo era constante: la parte inferior de los senos descansaba directamente sobre la caja torácica, cálida, un poco sudorosa, generando esa humedad pegajosa que se acumulaba en el pliegue y hacía que la piel se irritara sutilmente con cada movimiento.
Se tocó uno con curiosidad: la superficie era suave, aterciopelada, pero debajo había una densidad real, un tejido más firme y pesado que se sentía al presionar ligeramente. Los pezones, rosados y grandes, se endurecían al instante con el roce de sus propios dedos o incluso con el aire fresco de la habitación —una punzada eléctrica que bajaba directo al vientre, haciendo que su nueva vagina se contrajera involuntariamente, húmeda y caliente.
Al vestirse, el brasier era una mezcla de alivio y tortura: los tirantes se clavaban en los hombros por el peso, dejando marcas rojas al final del día, pero una vez ajustado, contenía el movimiento... aunque no del todo. Al inclinarse para recoger algo, los senos se balanceaban hacia adelante, colgando pesados, y sentía el tirón en la piel del escote, la forma en que todo el pecho se sentía "lleno" y tirante.




Pasaron las semanas. Alexa se adaptó rápido. Al salir con sus amigas —chavas que la trataban como siempre habían sido cuates—, notó las miradas. Hombres volteando en la calle, ojos clavados en su escote. Al principio le dio vergüenza, un nudo en el estómago, pero poco a poco... le gustó. Sentía el poder en cómo su cuerpo se movía: caderas contoneándose, pechos rebotando con cada paso, el balanceo pesado que hacía que todos supieran que estaba ahí. Se sentía femenina, deseada, y eso encendía algo nuevo entre sus piernas: un calor húmedo, pulsante, que nunca había conocido.
Una tarde entró al baño sin tocar. Su papá estaba en la regadera, salió mojado, desnudo. El pene grueso, largo, semierecto por el agua caliente colgaba pesado. Alexa se quedó helada en el asiento, piernas abiertas, la vagina rosada expuesta con solo unos pelitos finos. Él la miró: los pechos enormes asomando por el camisón abierto, los pezones duros por el susto y la excitación inesperada. Se tapó rápido con la toalla, pero ya era tarde. Los dos se quedaron callados, pero esa imagen se quedó grabada.
Después de eso, todo cambió sutilmente. Se rozaban más en la cocina, miradas más largas, toques "accidentales". Él le pasaba la mano por la cintura al pasar, ella sentía el calor de su cuerpo y cómo sus pechos rozaban contra su brazo. La hermana notaba, pero no decía nada.
Una noche no aguantaron. Estaban solos en la cocina. Él la miró, ella sintió el peso de sus pechos subir y bajar rápido por la respiración agitada. La tomó por la cintura, la giró, la puso en cuatro sobre la mesa. Le bajó los shorts y entró de golpe. Alexa gritó de placer y sorpresa: la sensación de ser llenada, el roce profundo, el pene grueso estirándola. Sus pechos colgaban pesados, balanceándose con cada embestida, golpeando contra sus brazos, los pezones rozando la madera fría. El peso los hacía rebotar más fuerte, enviando ondas de placer mezclado con esa tensión constante en la espalda que ahora se volvía erótica. Sentía cada movimiento como un tirón delicioso, la piel sensible ardiendo, el sudor acumulándose debajo donde el calor era sofocante.






Terminaron en la cama. Él encima, chupando sus pechos: la lengua caliente rodeando los pezones hipersensibles, succionando fuerte. Alexa arqueó la espalda, sintiendo cómo el peso de sus senos se distribuía, cómo se movían contra su boca, cómo cada lamida mandaba electricidad directo a su clítoris. Él la penetraba profundo, lento al principio, luego rápido, y ella se perdía en las sensaciones: el rebote constante de sus tetas, el calor húmedo entre sus piernas, el roce de su piel contra la de él, el olor a sexo llenando la habitación.
No sabía cómo había llegado ahí, pero le gustaba. Le gustaba demasiado. El cuerpo femenino que al principio le pareció extraño ahora era suyo, y lo disfrutaba con cada fibra: el peso erótico, el movimiento hipnótico, la sensibilidad que hacía que todo fuera más intenso.
Y siguieron cogiendo hasta el amanecer.
Al día siguiente, Alexa se despertó con el sol colándose por las cortinas de la habitación, el cuerpo aún pesado por el cansancio delicioso de la noche anterior. Se estiró lentamente en la cama, y de inmediato sintió cómo todo el torso respondía de forma nueva y abrumadora.
Los pechos le dolían con una sensibilidad profunda, no un dolor agudo que la hiciera gritar, sino una ternura constante, como si la piel estuviera inflamada por dentro. Cada movimiento hacía que se movieran ligeramente, y ese rebote suave pero pesado enviaba pequeñas punzadas placenteras-dolorosas por todo el pecho. El tejido interno se sentía hinchado, más denso de lo normal, probablemente por el flujo sanguíneo extra de la excitación prolongada y las embestidas intensas que los habían hecho rebotar sin control. Los pezones, en particular, estaban hipersensibles: rozaban contra la sábana fina y era como si alguien les pasara un dedo áspero —una mezcla de ardor y cosquilleo eléctrico que la hacía jadear bajito y apretar las piernas instintivamente.




Al sentarse en la orilla de la cama, el peso tiró hacia adelante con más fuerza de lo habitual. Sentía los músculos del pecho y la espalda tensos, como después de un ejercicio intenso que no había hecho: un tirón sordo en los pectorales, en los hombros, incluso en la parte baja de la espalda donde siempre compensaba el balanceo constante. El pliegue debajo de los senos estaba un poco irritado, con esa humedad pegajosa residual del sudor de la noche —el famoso "boob sweat" amplificado por horas de movimiento— que hacía que la piel se sintiera caliente y ligeramente enrojecida al tocarla.
Se levantó despacio y caminó hacia el espejo. Al dar pasos, el rebote era más pronunciado de lo normal: cada pisada hacía que subieran y bajaran con un vaivén lento, pesado, enviando ondas de esa ternura por todo el torso. Era incómodo al principio —un recordatorio físico de lo rudo que había sido todo—, pero también... excitante. El cuerpo aún respondía: un calor sutil entre las piernas, la vagina un poco hinchada y sensible por la fricción de la penetración profunda y repetida, un leve ardor placentero al caminar que la hacía consciente de cada músculo interno.




Se tocó un pecho con cuidado: la superficie estaba tibia, la piel más suave y estirada de lo usual, y al presionar ligeramente sentía esa densidad interna más marcada, como si las glándulas hubieran retenido algo de la hinchazón post-excitación. Los pezones se endurecieron al instante con el roce de sus dedos, mandando una descarga directa al clítoris —un pulso que la hizo morderse el labio. Era demasiado sensible para tocarse fuerte, pero el mínimo contacto era eléctrico, casi abrumador.
Bajó a la cocina, poniéndose una blusa holgada sin brasier para no presionar más. El roce de la tela contra los pezones era tortura dulce: cada roce enviaba chispas, y el peso sin soporte hacía que se balancearan libremente con cada paso, amplificando la sensación de "tirón" en la espalda. Su papá ya estaba ahí, preparando café, y cuando sus miradas se cruzaron, ambos recordaron la noche: el calor subió a las mejillas de Alexa, y sintió cómo sus pechos subían y bajaban más rápido con la respiración agitada, los pezones endureciéndose visiblemente bajo la tela fina.
Se sentó con cuidado —al inclinarse, los senos colgaban pesados, rozando la mesa y enviando otra oleada de sensibilidad—. El cuerpo entero estaba en un estado de "resaca erótica": músculos cansados, piel hipersensible, un leve dolor en la pelvis por las embestidas, pero todo envuelto en una calidez satisfecha. No era solo dolor; era la prueba física de lo que había vivido, y aunque le dolía un poco al moverse, le gustaba recordarlo. Le gustaba sentirse marcada por el placer, el cuerpo respondiendo aún horas después.
Su papá le pasó una taza, rozando accidentalmente su brazo contra un pecho. Alexa contuvo un gemido: la fricción ligera fue como fuego sobre la piel tierna. Se miraron en silencio, sabiendo que la tensión no había desaparecido... solo se había calmado temporalmente.
Y mientras tomaba el café, sintiendo cada pequeño movimiento como una caricia fantasma, Alexa pensó: "Este cuerpo... duele, pero joder, cómo me gusta."
🔥
Alexa se levantó temprano esa mañana, el cuerpo aún cargado con esa resaca erótica de la noche anterior. El sol entraba tibio por la ventana del baño, y decidió que una ducha caliente era exactamente lo que necesitaba para relajar los músculos tensos y calmar la sensibilidad que aún latía en todo su torso.
Se quitó la blusa holgada con cuidado —al levantar los brazos, los pechos se movieron hacia arriba y luego cayeron con ese rebote pesado característico, enviando una punzada dulce-dolorosa por la piel hinchada—. Entró al baño, abrió la llave y dejó que el agua empezara a caer. El vapor empezó a llenar el espacio rápidamente, el calor húmedo envolviéndola como una caricia.



Primero se metió bajo el chorro directo, pero ajustó la regadera para que el agua cayera más suave sobre los hombros y corriera hacia abajo, porque sabía (o mejor dicho, su cuerpo nuevo lo sabía instintivamente) que un chorro fuerte directo en los pechos podía ser demasiado. El agua caliente tocó la piel sensible de los senos y fue como si miles de agujitas tibias pincharan al mismo tiempo: los pezones, ya de por sí hipersensibles por la noche anterior, se endurecieron al instante, enviando descargas eléctricas directas al vientre. Era intenso, casi abrumador —un ardor placentero que hacía que su respiración se acelerara.
Bajó la mirada: el agua corría por la curva superior de los pechos, se acumulaba en el valle entre ellos y luego caía en cascada por el pliegue inferior, donde la piel estaba un poco irritada y pegajosa por el sudor residual. El calor del agua ayudaba a soltar esa humedad atrapada, pero al mismo tiempo generaba más: el vapor hacía que todo se sintiera más cálido, más húmedo, y el pliegue debajo se volvía resbaladizo, la piel deslizándose suave contra sí misma con cada respiración profunda.
Tomó el jabón y empezó a enjabonarse. Al pasar las manos por los senos, la espuma resbaló fácil sobre la superficie suave, pero debajo sentía esa densidad interna más marcada que nunca —el tejido hinchado por la excitación prolongada respondía al toque con una ternura profunda. Al masajearlos suavemente (solo para limpiarlos, se dijo), el peso se sentía diferente bajo el agua: menos tirante, más flotante, como si el agua aligerara un poco esa carga constante que siempre tiraba hacia adelante. Pero al mismo tiempo, el movimiento hacía que rebotaran levemente contra sus palmas —un vaivén lento, pesado, que mandaba ondas de sensibilidad por todo el pecho.
Los pezones eran lo más intenso: al rozarlos con los dedos enjabonados, era como si alguien les pasara una pluma eléctrica. El jabón hacía todo más resbaladizo, más suave, pero la hipersensibilidad amplificaba cada roce hasta convertirlo en placer puro. Alexa soltó un gemido bajito sin querer, las piernas temblándole un poco. El agua caliente seguía cayendo, relajando los músculos tensos de la espalda y hombros (esos que siempre compensaban el peso), pero al mismo tiempo avivando el calor entre las piernas —la vagina aún un poco hinchada y sensible de la noche anterior respondía al vapor y al pulso constante en el torso.






Se inclinó un poco para enjuagar la espalda, y los pechos colgaban pesados hacia adelante, el agua golpeando directamente en la parte inferior donde la piel estaba más sensible. El contraste —agua caliente corriendo por la zona irritada— era delicioso y un poco doloroso: aliviaba la irritación del pliegue, pero hacía que la piel se sintiera viva, despierta, como si cada gota fuera una caricia fantasma de la noche pasada.
Se quedó ahí un rato más, solo sintiendo: el vapor envolviéndola, el agua resbalando por las curvas, el rebote sutil con cada movimiento, la sensibilidad que no se iba del todo sino que se transformaba en algo más calmado, más erótico. El cuerpo que al principio le había parecido extraño ahora la reclamaba por completo —cada sensación en la ducha era un recordatorio de lo femenino, lo pesado, lo sensible que era todo.
Salió de la ducha envuelta en una toalla suave, pero incluso secarse era una experiencia: la tela rozando los pezones endurecidos enviaba chispas, y al secar debajo, el pliegue húmedo se sentía fresco y aliviado por fin. Se miró al espejo empañado: los pechos aún un poco enrojecidos por el calor, más hinchados de lo normal, pero con una calidez satisfecha que la hacía sonreír.
Bajó a la cocina así, solo con la toalla, sabiendo que su papá estaría ahí... y la tensión de la noche anterior ya empezaba a reconstruirse, gota a gota, como el agua que aún le corría por la piel.
Alexa bajó las escaleras envuelta solo en la toalla blanca, aún húmeda del vapor de la ducha. El cabello le caía en mechones mojados sobre los hombros, gotas resbalando por la clavícula y perdiéndose en el valle entre sus pechos. La toalla estaba anudada flojo sobre el pecho, apenas conteniendo el volumen: cada paso hacía que los senos se movieran sutilmente debajo de la tela, rozando contra el algodón áspero por el uso, enviando pequeñas chispas de sensibilidad residual de la noche anterior.
Entró a la cocina oliendo a café recién hecho y a pan tostado. Su papá estaba de espaldas, sirviendo una taza, pero se giró al oírla. Sus ojos bajaron instintivamente al escote donde la toalla se tensaba, la curva superior de los pechos asomando húmeda y brillante por el agua. Alexa sintió el calor subirle al rostro... y también más abajo. El cuerpo aún estaba en modo "post-ducha": la piel tibia, los poros abiertos, todo más receptivo.
—Buenos días... —murmuró él, la voz ronca, sin apartar la mirada.
—Buenos días, pa' —respondió ella, acercándose al mostrador como si nada, pero cada movimiento era calculado. Al inclinarse un poco para tomar una taza, la toalla se aflojó ligeramente; los pechos se balancearon hacia adelante, colgando pesados por un segundo antes de que ella los ajustara con una mano. El peso tiró de la piel aún sensible, enviando una punzada dulce que le hizo morderse el labio inferior.
Él se acercó por detrás, "ayudándola" a alcanzar el azúcar que estaba alto. Su pecho rozó la espalda de ella, y Alexa sintió el calor de su cuerpo a través de la toalla fina. Las manos de él bajaron a su cintura, firmes pero temblorosas, y la giraron despacio para que quedaran frente a frente.
La toalla se deslizó un poco más. Un pecho quedó casi expuesto, el pezón rosado endureciéndose al aire fresco de la cocina contrastando con la piel aún caliente de la ducha. Él lo miró fijamente, y Alexa sintió el pulso acelerarse: los pezones hipersensibles respondían al mínimo cambio de temperatura, al roce invisible del aire, mandando oleadas directas entre las piernas donde la vagina aún estaba un poco hinchada y húmeda de la excitación matutina.






—No deberíamos... —susurró él, pero sus manos ya subían por los costados de la toalla, rozando la curva inferior de los senos. Al tocarlos, la piel estaba tibia y suave por el jabón residual, resbaladiza aún. Presionó ligeramente, y Alexa jadeó: la ternura post-sexo hacía que cada apretón fuera intenso, casi doloroso de tan placentero. El tejido interno se sentía más denso, hinchado, cediendo bajo sus palmas como masa tibia. El pliegue debajo, ahora seco pero sensible, se contrajo cuando él deslizó los dedos ahí, aliviando y avivando al mismo tiempo la irritación leve que quedaba.
Ella se apoyó en el mostrador, la toalla cayendo del todo. Los pechos quedaron libres, pesados y balanceándose con su respiración agitada. Él los tomó con ambas manos, levantándolos un poco para sentir el peso real —como si midiera cuánto habían "sufrido" la noche anterior—. El rebote al soltarlos fue lento, hipnótico: subieron y cayeron con un movimiento que tiraba de la piel del escote, enviando ondas de esa sensibilidad profunda por todo el torso. Los pezones, endurecidos por el aire y la excitación, rozaron contra su camisa áspera cuando él se acercó más; el roce fue eléctrico, como si le lamiera sin tocar.
Alexa gimió bajito cuando él bajó la cabeza y tomó un pezón en la boca: la lengua caliente contrastaba con la piel fresca post-ducha, succionando suave al principio, luego más fuerte. Cada succión mandaba descargas al clítoris, haciendo que sus caderas se movieran involuntariamente. El otro pecho colgaba libre, rozando contra su brazo, el peso amplificando cada latido. El sudor empezó a acumularse de nuevo debajo por el calor que subía entre los dos —ese boob sweat familiar, pegajoso y cálido, que hacía que la piel resbalara contra sí misma con cada movimiento.
Él la levantó sobre el mostrador de un tirón. Las piernas de ella se abrieron, la toalla en el suelo. Sintió el frío del granito contra las nalgas y la espalda baja, contrastando con el calor de su cuerpo. Los pechos se apoyaron en el borde, aplastándose ligeramente contra la superficie fría —el contraste de temperaturas hizo que los pezones se pusieran aún más duros, casi dolorosos de tan sensibles. Él se arrodilló un momento, besando el interior de los muslos, subiendo hasta lamer la humedad que ya goteaba.





Luego se levantó, desabrochándose el pantalón. Entró lento al principio, estirándola de nuevo, y Alexa arqueó la espalda: los pechos se balancearon hacia adelante con cada embestida, golpeando contra su pecho a él, el rebote pesado rítmico enviando placer mezclado con esa ternura residual. Cada thrust hacía que el peso tirara hacia abajo, amplificando la sensación de ser "llena", de movimiento constante en el torso. Las manos de él volvieron a los senos, apretando, masajeando, pellizcando pezones que respondían con chispas que la llevaban al borde.
El orgasmo llegó rápido: el pulso en la vagina, el calor expandiéndose, los pechos temblando con cada contracción, el sudor resbalando por el valle entre ellos. Él gruñó y terminó dentro, profundo, y se quedaron así un momento, jadeando, los pechos de ella aplastados contra su torso sudoroso, aún moviéndose con la respiración agitada.
Después, ella se bajó del mostrador con piernas temblorosas. Los senos dolían un poco más ahora —más sensibles, más pesados—, pero era un dolor que le gustaba. Un recordatorio vivo de cada roce, cada embestida, cada sensación que este cuerpo le regalaba.
Se miraron, sonriendo culpable. El café se había enfriado en la mesa, pero ninguno lo notó.
Después de ese encuentro intenso en la cocina, Alexa se quedó un momento apoyada en el mostrador, respirando hondo mientras el cuerpo intentaba recuperar el ritmo normal. Los pechos aún le latían con esa sensibilidad amplificada: cada inhalación profunda hacía que subieran y bajaran pesados, rozando contra su propio brazo, enviando pequeñas chispas residuales que se mezclaban con el cansancio placentero. La toalla seguía en el suelo, olvidada; ella se sentía expuesta, vulnerable, pero también poderosa. El semen de su papá aún goteaba un poco por el interior de sus muslos, cálido y pegajoso, un recordatorio físico que la hacía contraer involuntariamente la vagina hinchada.
Se agachó despacio a recoger la toalla —el movimiento hizo que los senos colgaran hacia adelante, balanceándose con un vaivén lento y pesado que tiró de la piel del escote y mandó una punzada dulce a la espalda baja—. Se envolvió de nuevo, aunque la tela ya estaba húmeda por el sudor y el vapor de sus cuerpos, y subió a su habitación para vestirse. Eligió algo simple para el resto del día: un top ajustado de tirantes finos y unos shorts cortos de algodón. Al ponérselo, el top se tensó inmediatamente sobre los pechos aún hinchados; los tirantes se clavaron un poco en los hombros por el peso extra, y sin brasier (porque la idea de apretar más la piel sensible le parecía insoportable), sintió el roce constante de la tela contra los pezones endurecidos. Cada paso por la casa hacía que rebotaran suavemente, un recordatorio rítmico de todo lo que había pasado.





El hermano menor, Diego, llegó poco después del mediodía. Venía de jugar fútbol con los cuates y entró sudado, gritando un "¡qué onda, hermana!" casual. Alexa lo saludó desde la sala, sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Al inclinarse para tomar el control remoto, los pechos se apretaron contra el borde del top, el escote bajando lo suficiente para que Diego desviara la mirada un segundo más de lo normal. Ella lo notó —y sintió un cosquilleo inesperado entre las piernas—. No era deseo hacia él (al menos no todavía), pero la atención, incluso de su hermano, empezaba a encender esa parte nueva de su mente: saber que su cuerpo provocaba reacciones, que el rebote de sus tetas al moverse, el contoneo de caderas al caminar, generaba miradas.
Pasaron la tarde tranquilos: vieron una película en la sala, comieron tacos que pidieron a domicilio. Cada vez que Alexa se levantaba —para ir por agua, por servilletas, por más salsa—, sentía el vaivén constante: los pechos subiendo y cayendo con cada paso, el sudor acumulándose de nuevo debajo por el calor de la casa y el top pegado a la piel. El pliegue inferior estaba un poco irritado otra vez, esa humedad pegajosa que se generaba con el movimiento y el roce, pero ahora ya no le molestaba tanto; se había convertido en parte de la conciencia corporal, en una señal erótica sutil de que su cuerpo estaba vivo, despierto, receptivo.
Su papá apareció y desapareció varias veces: entraba a la cocina, salía al patio, volvía a pasar por la sala. Cada cruce de miradas era eléctrico. En un momento, cuando Diego fue al baño, él se acercó al sofá por detrás, puso una mano en su hombro y bajó despacio hasta rozar el costado de un pecho con el pulgar. Solo un toque ligero, casi accidental, pero suficiente para que el pezón se endureciera al instante bajo la tela y Alexa soltara un suspiro corto. Él se alejó rápido cuando oyeron pasos, pero la tensión quedó flotando en el aire.
Al atardecer, las amigas de Alexa le mandaron mensaje: "Órale, vente al centro, hay una tocada en la plaza". Ella dudó un segundo —el cuerpo aún estaba sensible, los pechos dolían un poco con el roce constante—, pero decidió ir. Se cambió rápido: un vestido corto negro, escotado pero no exagerado, con un brasier push-up que levantó y contuvo los senos (alivio momentáneo para la espalda, aunque los tirantes seguían clavándose). Al caminar hacia la plaza con sus amigas, el rebote volvió: más controlado gracias al brasier, pero igual hipnótico. Los hombres volteaban, algunos silbaban bajito, otros se quedaban mirando fijo. Al principio sintió vergüenza, pero luego... placer. El contoneo de caderas, el balanceo rítmico de los pechos, la forma en que el vestido se pegaba a la cintura estrecha y se abría en las caderas anchas —todo eso la hacía sentirse deseada, femenina, poderosa.
En la tocada bailó un rato. Cada salto, cada giro, hacía que los senos rebotaran dentro del brasier, enviando ondas de sensibilidad que se mezclaban con la música y el calor de la gente. El sudor volvió a acumularse debajo, el pliegue húmedo y caliente, pero en ese contexto era excitante: sentía su propio olor mezclado con perfume, el calor del cuerpo moviéndose, la atención constante.
Regresó a casa tarde, casi a medianoche. La casa estaba en silencio. Su papá la esperaba en la sala, luz tenue, cerveza en la mano. Diego ya dormía.
—Llegaste —dijo él, voz baja.
Ella se acercó, quitándose los zapatos. El vestido se pegaba a la piel sudorosa. Se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaron.
—No pude dormir pensando en ti —confesó él.
Alexa sonrió, se inclinó y lo besó lento. Las manos de él subieron directo a los pechos, masajeándolos sobre la tela. Ella gimió contra su boca: la sensibilidad del día entero había acumulado, y cada apretón era fuego. Se levantó, lo llevó a su habitación en silencio.
En la cama, se quitaron la ropa despacio. Él la puso boca arriba esta vez, besando cada centímetro: el cuello, el valle entre los senos, los pezones hipersensibles que respondían con temblores. Cuando entró, fue lento, profundo, dejando que ella sintiera cada centímetro estirándola de nuevo. Los pechos se movían con cada embestida, balanceándose hacia los lados, el peso tirando y amplificando el placer. Ella arqueó la espalda, sintiendo el tirón en los hombros, el sudor resbalando por el pliegue, el calor sofocante debajo convirtiéndose en parte del éxtasis.
Terminaron exhaustos, abrazados. Alexa se quedó sintiendo el peso de sus propios senos sobre el pecho mientras respiraba, el cuerpo dolorido pero satisfecho, la piel sensible pero viva.
El día había sido largo, intenso, lleno de sensaciones que nunca imaginó... y aún quedaba toda la noche, y quién sabe cuántos días más en este cuerpo que ya no quería dejar.
Continuara....
El impacto fue seco, negro total.


Cuando abrió los ojos, todo era diferente. La habitación olía a perfume dulce y a tela limpia. Se incorporó en la cama y sintió... algo raro. Pesado. Tirante. Bajó la mirada y ahí estaban: dos senos grandes, redondos, firmes pero con ese peso real que nunca imaginó. Se movían ligeramente con su respiración, como si tiraran del torso hacia adelante. Tocó uno con cuidado, y la piel era tan sensible que un escalofrío le recorrió la espalda. Eran cálidos, suaves por fuera, pero debajo se sentía la densidad, el volumen que hacía que todo el pecho se balanceara un poco incluso al respirar hondo. La cintura era estrecha, las caderas anchas, el cuerpo curvo de una forma que nunca había experimentado. Entre las piernas... nada. Solo una suavidad húmeda, rosada, que le provocó un calor inmediato en el vientre.
"¿Qué chingados...?" murmuró, pero la voz salió aguda, femenina, suave.
Se levantó y los pechos se movieron con él: un rebote pesado, como si cargara dos bolsas de agua calientes pegadas al pecho. Cada paso hacía que rozaran contra el camisón de algodón, la tela fina arrastrándose sobre los pezones que se endurecían al instante por la fricción. Era extraño, incómodo al principio, pero también... excitante. El peso constante le hacía arquear un poco la espalda sin querer, y sentía cómo los músculos del cuello y hombros se tensaban para compensar.



Alguien tocó la puerta. Era su hermana —la misma de siempre, pero ahora lo miraba como a una igual—. "¡Hermana, ya despierta! Papá dice que desayunamos en familia."
Hermana. La palabra le pegó. Recordó el auto, la muerte, y entendió: había renacido en un universo paralelo. Mismo papá, mismo hermano, pero él era ahora ella. Una chica con el mismo nombre adaptado: Alexa.
Para no levantar sospechas, decidió actuar normal. Abrió el clóset: blusas escotadas, vestidos ajustados, jeans que abrazaban las caderas. Eligió una blusa ligera y un brasier que, al ponérselo, sintió cómo los tirantes se clavaban un poco en los hombros por el peso. Pero una vez ajustado, los pechos se sintieron... contenidos, aunque seguían moviéndose suavemente con cada movimiento. Caminar por la casa era toda una experiencia: cada paso hacía que rebotaran levemente, un vaivén rítmico que le mandaba pequeñas ondas de sensación por todo el torso. El roce contra la tela era constante, erótico sin quererlo.




Al caminar por la casa, cada paso hacía que sus pechos se movieran con un rebote pesado, casi hipnótico: subían un poco con la inercia y caían con un tirón suave pero firme, como dos bolsas llenas de agua tibia colgando del pecho. El peso tiraba hacia adelante todo el tiempo, obligándola a arquear ligeramente la espalda para no encorvarse, y sentía cómo los músculos del cuello y los hombros se tensaban para compensar. Sin brasier, el roce piel con piel debajo era constante: la parte inferior de los senos descansaba directamente sobre la caja torácica, cálida, un poco sudorosa, generando esa humedad pegajosa que se acumulaba en el pliegue y hacía que la piel se irritara sutilmente con cada movimiento.
Se tocó uno con curiosidad: la superficie era suave, aterciopelada, pero debajo había una densidad real, un tejido más firme y pesado que se sentía al presionar ligeramente. Los pezones, rosados y grandes, se endurecían al instante con el roce de sus propios dedos o incluso con el aire fresco de la habitación —una punzada eléctrica que bajaba directo al vientre, haciendo que su nueva vagina se contrajera involuntariamente, húmeda y caliente.
Al vestirse, el brasier era una mezcla de alivio y tortura: los tirantes se clavaban en los hombros por el peso, dejando marcas rojas al final del día, pero una vez ajustado, contenía el movimiento... aunque no del todo. Al inclinarse para recoger algo, los senos se balanceaban hacia adelante, colgando pesados, y sentía el tirón en la piel del escote, la forma en que todo el pecho se sentía "lleno" y tirante.




Pasaron las semanas. Alexa se adaptó rápido. Al salir con sus amigas —chavas que la trataban como siempre habían sido cuates—, notó las miradas. Hombres volteando en la calle, ojos clavados en su escote. Al principio le dio vergüenza, un nudo en el estómago, pero poco a poco... le gustó. Sentía el poder en cómo su cuerpo se movía: caderas contoneándose, pechos rebotando con cada paso, el balanceo pesado que hacía que todos supieran que estaba ahí. Se sentía femenina, deseada, y eso encendía algo nuevo entre sus piernas: un calor húmedo, pulsante, que nunca había conocido.
Una tarde entró al baño sin tocar. Su papá estaba en la regadera, salió mojado, desnudo. El pene grueso, largo, semierecto por el agua caliente colgaba pesado. Alexa se quedó helada en el asiento, piernas abiertas, la vagina rosada expuesta con solo unos pelitos finos. Él la miró: los pechos enormes asomando por el camisón abierto, los pezones duros por el susto y la excitación inesperada. Se tapó rápido con la toalla, pero ya era tarde. Los dos se quedaron callados, pero esa imagen se quedó grabada.
Después de eso, todo cambió sutilmente. Se rozaban más en la cocina, miradas más largas, toques "accidentales". Él le pasaba la mano por la cintura al pasar, ella sentía el calor de su cuerpo y cómo sus pechos rozaban contra su brazo. La hermana notaba, pero no decía nada.
Una noche no aguantaron. Estaban solos en la cocina. Él la miró, ella sintió el peso de sus pechos subir y bajar rápido por la respiración agitada. La tomó por la cintura, la giró, la puso en cuatro sobre la mesa. Le bajó los shorts y entró de golpe. Alexa gritó de placer y sorpresa: la sensación de ser llenada, el roce profundo, el pene grueso estirándola. Sus pechos colgaban pesados, balanceándose con cada embestida, golpeando contra sus brazos, los pezones rozando la madera fría. El peso los hacía rebotar más fuerte, enviando ondas de placer mezclado con esa tensión constante en la espalda que ahora se volvía erótica. Sentía cada movimiento como un tirón delicioso, la piel sensible ardiendo, el sudor acumulándose debajo donde el calor era sofocante.






Terminaron en la cama. Él encima, chupando sus pechos: la lengua caliente rodeando los pezones hipersensibles, succionando fuerte. Alexa arqueó la espalda, sintiendo cómo el peso de sus senos se distribuía, cómo se movían contra su boca, cómo cada lamida mandaba electricidad directo a su clítoris. Él la penetraba profundo, lento al principio, luego rápido, y ella se perdía en las sensaciones: el rebote constante de sus tetas, el calor húmedo entre sus piernas, el roce de su piel contra la de él, el olor a sexo llenando la habitación.
No sabía cómo había llegado ahí, pero le gustaba. Le gustaba demasiado. El cuerpo femenino que al principio le pareció extraño ahora era suyo, y lo disfrutaba con cada fibra: el peso erótico, el movimiento hipnótico, la sensibilidad que hacía que todo fuera más intenso.
Y siguieron cogiendo hasta el amanecer.
Al día siguiente, Alexa se despertó con el sol colándose por las cortinas de la habitación, el cuerpo aún pesado por el cansancio delicioso de la noche anterior. Se estiró lentamente en la cama, y de inmediato sintió cómo todo el torso respondía de forma nueva y abrumadora.
Los pechos le dolían con una sensibilidad profunda, no un dolor agudo que la hiciera gritar, sino una ternura constante, como si la piel estuviera inflamada por dentro. Cada movimiento hacía que se movieran ligeramente, y ese rebote suave pero pesado enviaba pequeñas punzadas placenteras-dolorosas por todo el pecho. El tejido interno se sentía hinchado, más denso de lo normal, probablemente por el flujo sanguíneo extra de la excitación prolongada y las embestidas intensas que los habían hecho rebotar sin control. Los pezones, en particular, estaban hipersensibles: rozaban contra la sábana fina y era como si alguien les pasara un dedo áspero —una mezcla de ardor y cosquilleo eléctrico que la hacía jadear bajito y apretar las piernas instintivamente.




Al sentarse en la orilla de la cama, el peso tiró hacia adelante con más fuerza de lo habitual. Sentía los músculos del pecho y la espalda tensos, como después de un ejercicio intenso que no había hecho: un tirón sordo en los pectorales, en los hombros, incluso en la parte baja de la espalda donde siempre compensaba el balanceo constante. El pliegue debajo de los senos estaba un poco irritado, con esa humedad pegajosa residual del sudor de la noche —el famoso "boob sweat" amplificado por horas de movimiento— que hacía que la piel se sintiera caliente y ligeramente enrojecida al tocarla.
Se levantó despacio y caminó hacia el espejo. Al dar pasos, el rebote era más pronunciado de lo normal: cada pisada hacía que subieran y bajaran con un vaivén lento, pesado, enviando ondas de esa ternura por todo el torso. Era incómodo al principio —un recordatorio físico de lo rudo que había sido todo—, pero también... excitante. El cuerpo aún respondía: un calor sutil entre las piernas, la vagina un poco hinchada y sensible por la fricción de la penetración profunda y repetida, un leve ardor placentero al caminar que la hacía consciente de cada músculo interno.




Se tocó un pecho con cuidado: la superficie estaba tibia, la piel más suave y estirada de lo usual, y al presionar ligeramente sentía esa densidad interna más marcada, como si las glándulas hubieran retenido algo de la hinchazón post-excitación. Los pezones se endurecieron al instante con el roce de sus dedos, mandando una descarga directa al clítoris —un pulso que la hizo morderse el labio. Era demasiado sensible para tocarse fuerte, pero el mínimo contacto era eléctrico, casi abrumador.
Bajó a la cocina, poniéndose una blusa holgada sin brasier para no presionar más. El roce de la tela contra los pezones era tortura dulce: cada roce enviaba chispas, y el peso sin soporte hacía que se balancearan libremente con cada paso, amplificando la sensación de "tirón" en la espalda. Su papá ya estaba ahí, preparando café, y cuando sus miradas se cruzaron, ambos recordaron la noche: el calor subió a las mejillas de Alexa, y sintió cómo sus pechos subían y bajaban más rápido con la respiración agitada, los pezones endureciéndose visiblemente bajo la tela fina.
Se sentó con cuidado —al inclinarse, los senos colgaban pesados, rozando la mesa y enviando otra oleada de sensibilidad—. El cuerpo entero estaba en un estado de "resaca erótica": músculos cansados, piel hipersensible, un leve dolor en la pelvis por las embestidas, pero todo envuelto en una calidez satisfecha. No era solo dolor; era la prueba física de lo que había vivido, y aunque le dolía un poco al moverse, le gustaba recordarlo. Le gustaba sentirse marcada por el placer, el cuerpo respondiendo aún horas después.
Su papá le pasó una taza, rozando accidentalmente su brazo contra un pecho. Alexa contuvo un gemido: la fricción ligera fue como fuego sobre la piel tierna. Se miraron en silencio, sabiendo que la tensión no había desaparecido... solo se había calmado temporalmente.
Y mientras tomaba el café, sintiendo cada pequeño movimiento como una caricia fantasma, Alexa pensó: "Este cuerpo... duele, pero joder, cómo me gusta."
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Alexa se levantó temprano esa mañana, el cuerpo aún cargado con esa resaca erótica de la noche anterior. El sol entraba tibio por la ventana del baño, y decidió que una ducha caliente era exactamente lo que necesitaba para relajar los músculos tensos y calmar la sensibilidad que aún latía en todo su torso.
Se quitó la blusa holgada con cuidado —al levantar los brazos, los pechos se movieron hacia arriba y luego cayeron con ese rebote pesado característico, enviando una punzada dulce-dolorosa por la piel hinchada—. Entró al baño, abrió la llave y dejó que el agua empezara a caer. El vapor empezó a llenar el espacio rápidamente, el calor húmedo envolviéndola como una caricia.



Primero se metió bajo el chorro directo, pero ajustó la regadera para que el agua cayera más suave sobre los hombros y corriera hacia abajo, porque sabía (o mejor dicho, su cuerpo nuevo lo sabía instintivamente) que un chorro fuerte directo en los pechos podía ser demasiado. El agua caliente tocó la piel sensible de los senos y fue como si miles de agujitas tibias pincharan al mismo tiempo: los pezones, ya de por sí hipersensibles por la noche anterior, se endurecieron al instante, enviando descargas eléctricas directas al vientre. Era intenso, casi abrumador —un ardor placentero que hacía que su respiración se acelerara.
Bajó la mirada: el agua corría por la curva superior de los pechos, se acumulaba en el valle entre ellos y luego caía en cascada por el pliegue inferior, donde la piel estaba un poco irritada y pegajosa por el sudor residual. El calor del agua ayudaba a soltar esa humedad atrapada, pero al mismo tiempo generaba más: el vapor hacía que todo se sintiera más cálido, más húmedo, y el pliegue debajo se volvía resbaladizo, la piel deslizándose suave contra sí misma con cada respiración profunda.
Tomó el jabón y empezó a enjabonarse. Al pasar las manos por los senos, la espuma resbaló fácil sobre la superficie suave, pero debajo sentía esa densidad interna más marcada que nunca —el tejido hinchado por la excitación prolongada respondía al toque con una ternura profunda. Al masajearlos suavemente (solo para limpiarlos, se dijo), el peso se sentía diferente bajo el agua: menos tirante, más flotante, como si el agua aligerara un poco esa carga constante que siempre tiraba hacia adelante. Pero al mismo tiempo, el movimiento hacía que rebotaran levemente contra sus palmas —un vaivén lento, pesado, que mandaba ondas de sensibilidad por todo el pecho.
Los pezones eran lo más intenso: al rozarlos con los dedos enjabonados, era como si alguien les pasara una pluma eléctrica. El jabón hacía todo más resbaladizo, más suave, pero la hipersensibilidad amplificaba cada roce hasta convertirlo en placer puro. Alexa soltó un gemido bajito sin querer, las piernas temblándole un poco. El agua caliente seguía cayendo, relajando los músculos tensos de la espalda y hombros (esos que siempre compensaban el peso), pero al mismo tiempo avivando el calor entre las piernas —la vagina aún un poco hinchada y sensible de la noche anterior respondía al vapor y al pulso constante en el torso.






Se inclinó un poco para enjuagar la espalda, y los pechos colgaban pesados hacia adelante, el agua golpeando directamente en la parte inferior donde la piel estaba más sensible. El contraste —agua caliente corriendo por la zona irritada— era delicioso y un poco doloroso: aliviaba la irritación del pliegue, pero hacía que la piel se sintiera viva, despierta, como si cada gota fuera una caricia fantasma de la noche pasada.
Se quedó ahí un rato más, solo sintiendo: el vapor envolviéndola, el agua resbalando por las curvas, el rebote sutil con cada movimiento, la sensibilidad que no se iba del todo sino que se transformaba en algo más calmado, más erótico. El cuerpo que al principio le había parecido extraño ahora la reclamaba por completo —cada sensación en la ducha era un recordatorio de lo femenino, lo pesado, lo sensible que era todo.
Salió de la ducha envuelta en una toalla suave, pero incluso secarse era una experiencia: la tela rozando los pezones endurecidos enviaba chispas, y al secar debajo, el pliegue húmedo se sentía fresco y aliviado por fin. Se miró al espejo empañado: los pechos aún un poco enrojecidos por el calor, más hinchados de lo normal, pero con una calidez satisfecha que la hacía sonreír.
Bajó a la cocina así, solo con la toalla, sabiendo que su papá estaría ahí... y la tensión de la noche anterior ya empezaba a reconstruirse, gota a gota, como el agua que aún le corría por la piel.
Alexa bajó las escaleras envuelta solo en la toalla blanca, aún húmeda del vapor de la ducha. El cabello le caía en mechones mojados sobre los hombros, gotas resbalando por la clavícula y perdiéndose en el valle entre sus pechos. La toalla estaba anudada flojo sobre el pecho, apenas conteniendo el volumen: cada paso hacía que los senos se movieran sutilmente debajo de la tela, rozando contra el algodón áspero por el uso, enviando pequeñas chispas de sensibilidad residual de la noche anterior.
Entró a la cocina oliendo a café recién hecho y a pan tostado. Su papá estaba de espaldas, sirviendo una taza, pero se giró al oírla. Sus ojos bajaron instintivamente al escote donde la toalla se tensaba, la curva superior de los pechos asomando húmeda y brillante por el agua. Alexa sintió el calor subirle al rostro... y también más abajo. El cuerpo aún estaba en modo "post-ducha": la piel tibia, los poros abiertos, todo más receptivo.
—Buenos días... —murmuró él, la voz ronca, sin apartar la mirada.
—Buenos días, pa' —respondió ella, acercándose al mostrador como si nada, pero cada movimiento era calculado. Al inclinarse un poco para tomar una taza, la toalla se aflojó ligeramente; los pechos se balancearon hacia adelante, colgando pesados por un segundo antes de que ella los ajustara con una mano. El peso tiró de la piel aún sensible, enviando una punzada dulce que le hizo morderse el labio inferior.
Él se acercó por detrás, "ayudándola" a alcanzar el azúcar que estaba alto. Su pecho rozó la espalda de ella, y Alexa sintió el calor de su cuerpo a través de la toalla fina. Las manos de él bajaron a su cintura, firmes pero temblorosas, y la giraron despacio para que quedaran frente a frente.
La toalla se deslizó un poco más. Un pecho quedó casi expuesto, el pezón rosado endureciéndose al aire fresco de la cocina contrastando con la piel aún caliente de la ducha. Él lo miró fijamente, y Alexa sintió el pulso acelerarse: los pezones hipersensibles respondían al mínimo cambio de temperatura, al roce invisible del aire, mandando oleadas directas entre las piernas donde la vagina aún estaba un poco hinchada y húmeda de la excitación matutina.






—No deberíamos... —susurró él, pero sus manos ya subían por los costados de la toalla, rozando la curva inferior de los senos. Al tocarlos, la piel estaba tibia y suave por el jabón residual, resbaladiza aún. Presionó ligeramente, y Alexa jadeó: la ternura post-sexo hacía que cada apretón fuera intenso, casi doloroso de tan placentero. El tejido interno se sentía más denso, hinchado, cediendo bajo sus palmas como masa tibia. El pliegue debajo, ahora seco pero sensible, se contrajo cuando él deslizó los dedos ahí, aliviando y avivando al mismo tiempo la irritación leve que quedaba.
Ella se apoyó en el mostrador, la toalla cayendo del todo. Los pechos quedaron libres, pesados y balanceándose con su respiración agitada. Él los tomó con ambas manos, levantándolos un poco para sentir el peso real —como si midiera cuánto habían "sufrido" la noche anterior—. El rebote al soltarlos fue lento, hipnótico: subieron y cayeron con un movimiento que tiraba de la piel del escote, enviando ondas de esa sensibilidad profunda por todo el torso. Los pezones, endurecidos por el aire y la excitación, rozaron contra su camisa áspera cuando él se acercó más; el roce fue eléctrico, como si le lamiera sin tocar.
Alexa gimió bajito cuando él bajó la cabeza y tomó un pezón en la boca: la lengua caliente contrastaba con la piel fresca post-ducha, succionando suave al principio, luego más fuerte. Cada succión mandaba descargas al clítoris, haciendo que sus caderas se movieran involuntariamente. El otro pecho colgaba libre, rozando contra su brazo, el peso amplificando cada latido. El sudor empezó a acumularse de nuevo debajo por el calor que subía entre los dos —ese boob sweat familiar, pegajoso y cálido, que hacía que la piel resbalara contra sí misma con cada movimiento.
Él la levantó sobre el mostrador de un tirón. Las piernas de ella se abrieron, la toalla en el suelo. Sintió el frío del granito contra las nalgas y la espalda baja, contrastando con el calor de su cuerpo. Los pechos se apoyaron en el borde, aplastándose ligeramente contra la superficie fría —el contraste de temperaturas hizo que los pezones se pusieran aún más duros, casi dolorosos de tan sensibles. Él se arrodilló un momento, besando el interior de los muslos, subiendo hasta lamer la humedad que ya goteaba.





Luego se levantó, desabrochándose el pantalón. Entró lento al principio, estirándola de nuevo, y Alexa arqueó la espalda: los pechos se balancearon hacia adelante con cada embestida, golpeando contra su pecho a él, el rebote pesado rítmico enviando placer mezclado con esa ternura residual. Cada thrust hacía que el peso tirara hacia abajo, amplificando la sensación de ser "llena", de movimiento constante en el torso. Las manos de él volvieron a los senos, apretando, masajeando, pellizcando pezones que respondían con chispas que la llevaban al borde.
El orgasmo llegó rápido: el pulso en la vagina, el calor expandiéndose, los pechos temblando con cada contracción, el sudor resbalando por el valle entre ellos. Él gruñó y terminó dentro, profundo, y se quedaron así un momento, jadeando, los pechos de ella aplastados contra su torso sudoroso, aún moviéndose con la respiración agitada.
Después, ella se bajó del mostrador con piernas temblorosas. Los senos dolían un poco más ahora —más sensibles, más pesados—, pero era un dolor que le gustaba. Un recordatorio vivo de cada roce, cada embestida, cada sensación que este cuerpo le regalaba.
Se miraron, sonriendo culpable. El café se había enfriado en la mesa, pero ninguno lo notó.
Después de ese encuentro intenso en la cocina, Alexa se quedó un momento apoyada en el mostrador, respirando hondo mientras el cuerpo intentaba recuperar el ritmo normal. Los pechos aún le latían con esa sensibilidad amplificada: cada inhalación profunda hacía que subieran y bajaran pesados, rozando contra su propio brazo, enviando pequeñas chispas residuales que se mezclaban con el cansancio placentero. La toalla seguía en el suelo, olvidada; ella se sentía expuesta, vulnerable, pero también poderosa. El semen de su papá aún goteaba un poco por el interior de sus muslos, cálido y pegajoso, un recordatorio físico que la hacía contraer involuntariamente la vagina hinchada.
Se agachó despacio a recoger la toalla —el movimiento hizo que los senos colgaran hacia adelante, balanceándose con un vaivén lento y pesado que tiró de la piel del escote y mandó una punzada dulce a la espalda baja—. Se envolvió de nuevo, aunque la tela ya estaba húmeda por el sudor y el vapor de sus cuerpos, y subió a su habitación para vestirse. Eligió algo simple para el resto del día: un top ajustado de tirantes finos y unos shorts cortos de algodón. Al ponérselo, el top se tensó inmediatamente sobre los pechos aún hinchados; los tirantes se clavaron un poco en los hombros por el peso extra, y sin brasier (porque la idea de apretar más la piel sensible le parecía insoportable), sintió el roce constante de la tela contra los pezones endurecidos. Cada paso por la casa hacía que rebotaran suavemente, un recordatorio rítmico de todo lo que había pasado.





El hermano menor, Diego, llegó poco después del mediodía. Venía de jugar fútbol con los cuates y entró sudado, gritando un "¡qué onda, hermana!" casual. Alexa lo saludó desde la sala, sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Al inclinarse para tomar el control remoto, los pechos se apretaron contra el borde del top, el escote bajando lo suficiente para que Diego desviara la mirada un segundo más de lo normal. Ella lo notó —y sintió un cosquilleo inesperado entre las piernas—. No era deseo hacia él (al menos no todavía), pero la atención, incluso de su hermano, empezaba a encender esa parte nueva de su mente: saber que su cuerpo provocaba reacciones, que el rebote de sus tetas al moverse, el contoneo de caderas al caminar, generaba miradas.
Pasaron la tarde tranquilos: vieron una película en la sala, comieron tacos que pidieron a domicilio. Cada vez que Alexa se levantaba —para ir por agua, por servilletas, por más salsa—, sentía el vaivén constante: los pechos subiendo y cayendo con cada paso, el sudor acumulándose de nuevo debajo por el calor de la casa y el top pegado a la piel. El pliegue inferior estaba un poco irritado otra vez, esa humedad pegajosa que se generaba con el movimiento y el roce, pero ahora ya no le molestaba tanto; se había convertido en parte de la conciencia corporal, en una señal erótica sutil de que su cuerpo estaba vivo, despierto, receptivo.
Su papá apareció y desapareció varias veces: entraba a la cocina, salía al patio, volvía a pasar por la sala. Cada cruce de miradas era eléctrico. En un momento, cuando Diego fue al baño, él se acercó al sofá por detrás, puso una mano en su hombro y bajó despacio hasta rozar el costado de un pecho con el pulgar. Solo un toque ligero, casi accidental, pero suficiente para que el pezón se endureciera al instante bajo la tela y Alexa soltara un suspiro corto. Él se alejó rápido cuando oyeron pasos, pero la tensión quedó flotando en el aire.
Al atardecer, las amigas de Alexa le mandaron mensaje: "Órale, vente al centro, hay una tocada en la plaza". Ella dudó un segundo —el cuerpo aún estaba sensible, los pechos dolían un poco con el roce constante—, pero decidió ir. Se cambió rápido: un vestido corto negro, escotado pero no exagerado, con un brasier push-up que levantó y contuvo los senos (alivio momentáneo para la espalda, aunque los tirantes seguían clavándose). Al caminar hacia la plaza con sus amigas, el rebote volvió: más controlado gracias al brasier, pero igual hipnótico. Los hombres volteaban, algunos silbaban bajito, otros se quedaban mirando fijo. Al principio sintió vergüenza, pero luego... placer. El contoneo de caderas, el balanceo rítmico de los pechos, la forma en que el vestido se pegaba a la cintura estrecha y se abría en las caderas anchas —todo eso la hacía sentirse deseada, femenina, poderosa.
En la tocada bailó un rato. Cada salto, cada giro, hacía que los senos rebotaran dentro del brasier, enviando ondas de sensibilidad que se mezclaban con la música y el calor de la gente. El sudor volvió a acumularse debajo, el pliegue húmedo y caliente, pero en ese contexto era excitante: sentía su propio olor mezclado con perfume, el calor del cuerpo moviéndose, la atención constante.
Regresó a casa tarde, casi a medianoche. La casa estaba en silencio. Su papá la esperaba en la sala, luz tenue, cerveza en la mano. Diego ya dormía.
—Llegaste —dijo él, voz baja.
Ella se acercó, quitándose los zapatos. El vestido se pegaba a la piel sudorosa. Se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaron.
—No pude dormir pensando en ti —confesó él.
Alexa sonrió, se inclinó y lo besó lento. Las manos de él subieron directo a los pechos, masajeándolos sobre la tela. Ella gimió contra su boca: la sensibilidad del día entero había acumulado, y cada apretón era fuego. Se levantó, lo llevó a su habitación en silencio.
En la cama, se quitaron la ropa despacio. Él la puso boca arriba esta vez, besando cada centímetro: el cuello, el valle entre los senos, los pezones hipersensibles que respondían con temblores. Cuando entró, fue lento, profundo, dejando que ella sintiera cada centímetro estirándola de nuevo. Los pechos se movían con cada embestida, balanceándose hacia los lados, el peso tirando y amplificando el placer. Ella arqueó la espalda, sintiendo el tirón en los hombros, el sudor resbalando por el pliegue, el calor sofocante debajo convirtiéndose en parte del éxtasis.
Terminaron exhaustos, abrazados. Alexa se quedó sintiendo el peso de sus propios senos sobre el pecho mientras respiraba, el cuerpo dolorido pero satisfecho, la piel sensible pero viva.
El día había sido largo, intenso, lleno de sensaciones que nunca imaginó... y aún quedaba toda la noche, y quién sabe cuántos días más en este cuerpo que ya no quería dejar.
Continuara....
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