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Dale duro a Mamá XV

Han pasado casi cinco meses desde que ayudé a Dany a instalarse en su departamento de Guadalajara. Cinco meses que se me han hecho eternos.

Al principio intenté llevarlo bien. Me decía a mí misma que era lo mejor: él tiene su trabajo, su vida, y yo sigo aquí intentando mantener las apariencias con Héctor. Pero la realidad es otra. Mi cuerpo ya no soporta tanto tiempo sin ser cogido como Dios manda.

Uso el consolador que me regaló casi todos los días. A veces en las mañanas, antes de ir al negocio.

Otras en las noches, después de hacer ejercicio. Me pongo en cuatro sobre la cama, empino bien el culo y me lo meto profundo, imaginando que es la verga gruesa y caliente de mi hijo. Me corro… pero no es lo mismo. Me falta su calor, sus nalgadas fuertes, su voz llamándome puta, su forma de agarrarme las caderas y reventarme sin piedad. El consolador me llena, pero no me satisface.

Me he vuelto más caliente que nunca.
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Hace dos semanas fui a visitarlo. Le dije a Héctor que iba a una convención de proveedores en Guadalajara. En realidad solo quería sentir a mi hijo dentro de mí.

Apenas entré al departamento, Dany me empujó contra la pared. No hubo palabras. Me bajó los jeans, me escupió en el culo y me metió la verga de un solo golpe hasta el fondo.

— ¡Ayyy mi rey! ¡Por fin! —gemí como desesperada.

Dale duro a Mamá XV

Me cogió brutalmente en la entrada, después en el sofá, en la terraza y terminamos en su cama. Me dio por la concha y por el culo como yo necesitaba. Me llenó dos veces y yo me corrí como loca, temblando y gritando su nombre. Esa noche dormí pegada a él, con su leche todavía escurriéndome entre las nalgas. Fueron los mejores dos días en mucho tiempo.

Pero regresé a Toluca… y el vacío volvió.
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Ahora voy al gym casi todos los días. Necesito descargar esta calentura que me tiene loca. Mis nalgas están más firmes y levantadas que nunca por tanto ejercicio. Uso leggins que se me entierran entre las cachas y tops deportivos ajustados. Sé que me veo bien. Muy bien.

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Y él también lo sabe.

Se llama Marco. Tiene como 24 años, alto, moreno, con brazos y pecho trabajados. Entrenador personal. Lleva dos semanas acercándose. Al principio eran “correcciones de postura”: manos en mi cintura, en mis caderas, rozando mi culo “sin querer” cuando hago sentadillas.
Ayer se pasó de la raya.

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Estaba haciendo peso muerto y él se puso detrás de mí. Sentí su bulto duro rozándome el culo mientras “me corregía”. Me habló bajito al oído:

—Ana… tienes el culo más perfecto que he visto en mi vida. No sé cómo tu marido te deja venir sola al gym… yo no te dejaría ni un segundo.

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Me sonrojé, pero no me moví. Sentí un calorcito traicionero entre las piernas. No le contesté, solo sonreí y seguí con mis repeticiones. Cuando terminé, me dio su número “por si necesitaba un plan de entrenamiento personalizado”.

Llegué a casa excitada. Me metí a la ducha y me masturbé pensando en Marco… y en Dany. Me corrí con el consolador metido en el culo, pero otra vez me quedé con esa sensación de vacío.
No sé qué estoy haciendo. Tengo 46 años, soy abuela en camino, sigo casada (aunque sea de nombre), y mi hijo es el único que realmente sabe cómo cogerme como me gusta. Pero Dany está lejos… y Marco está aquí, guapo, joven y claramente con ganas de comerme.

Cada día me cuesta más ignorar sus miradas y sus comentarios. Cada día me siento más puta por pensarlo.

¿Hasta cuándo voy a poder resistir?

Al principio solo eran conversaciones cortas entre series: “¿Cómo va ese peso?”, “Tienes muy buena forma”, “Se nota que entrenas duro”. Pero poco a poco fui abriéndome más. Una tarde, después de una sesión especialmente dura, me invitó a tomar un batido en la cafetería del gimnasio. Acepté.

madre e hijo

Le conté lo de mi matrimonio. Le dije que Héctor y yo estamos separados pero seguimos manteniendo contacto por el negocio y por los hijos. Que ya no hay pasión, que él me celaba constantemente y que yo me sentía sola, frustrada y con ganas de sentirme deseada otra vez.

Marco me escuchaba con atención. Tiene ojos oscuros intensos y una forma de mirarme que me hace sentir desnuda. Me dijo que no entendía cómo un hombre podía tener una mujer como yo y no aprovecharla todos los días. Que mi cuerpo era una locura, especialmente mi culo.

Me sonrojé, pero no le pedí que se callara.

Desde ese día las invitaciones empezaron:

Primero fue un café después del gym. Luego una cena “para platicar más tranquilos”. Después me invitó al cine, a un concierto, a tomar vino en un bar bonito. Siempre educado, siempre respetuoso… pero sus miradas y sus comentarios cada vez eran más directos.

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—“Ana, no sabes las ganas que tengo de agarrarte esa cintura y bajarte esos leggins”, me escribió una noche.
—“Eres la mujer más sexy que he conocido. Me tienes loco”, me dijo otra vez mientras me acompañaba al coche.

Yo le contesto con sonrisas, con evasivas, pero la verdad es que sus mensajes me calientan. Cuando llego a casa después de platicar con él, me meto a la habitación, saco el consolador que me regaló Dany y me follo pensando en los dos: en la verga gruesa de mi hijo y en las manos fuertes de Marco.
Dany viene cada vez menos. Entre su trabajo, su novia y la distancia, solo hemos podido vernos dos veces en estos meses. Las dos veces fueron intensas, brutales… pero se me hacen eternas las semanas sin sentirlo dentro de mí.

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Marco, en cambio, está aquí. Cada vez que voy al gym me espera. Me corrige la postura rozándome más de lo necesario, me elogia el culo sin disimulo y me invita a salir constantemente.
Ayer me mandó este mensaje:

Marco: Ana, ya basta de solo platicar. Déjame invitarte a cenar de verdad este viernes. Sin gimnasio, sin prisas. Solo tú y yo. Quiero conocerte mejor… y quiero que tú me conozcas a mí. No te voy a presionar, pero quiero que sepas que me muero por besarte y tocarte como mereces.

Leí el mensaje sentada en la cama, con las piernas abiertas y el consolador todavía dentro de mi culo. Me corrí mientras lo leía.
No le contesté todavía.

Dale duro a Mamá XV

Estoy confundida, caliente y sola. Mi hijo está lejos, mi marido ya casi ni me toca, y Marco está aquí, guapo, insistente y claramente con ganas de cogerme.
No debí aceptar… pero lo hice.

Esa tarde en el gym estaba particularmente caliente. Marco me había estado mirando más descaradamente que nunca mientras hacía sentadillas. Cada vez que bajaba, sentía su mirada clavada en mi culo. Al terminar la sesión, me dijo con esa voz grave:

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—Ana, hoy no trajiste coche, ¿verdad? Déjame llevarte a tu casa. No voy a dejarte tomar un taxi.

Dudé solo unos segundos. Estaba cansada, sudada y con esa calentura acumulada de semanas. Acepté.

En el coche la tensión era insoportable. Marco conducía con una mano en el volante y la otra peligrosamente cerca de mi muslo. Platicábamos de tonterías, pero sus ojos bajaban constantemente a mis piernas y a mi escote. Yo traía unos leggins negros que se me enterraban entre las nalgas y un top deportivo ajustado. Me sentía expuesta… y me gustaba.

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Cuando llegamos a la casa ya estaba anocheciendo. Marco detuvo el coche frente a la puerta y se quedó mirándome.

—Gracias por traerme —le dije, nerviosa.
—No hay de qué… —respondió, acercándose un poco más—. Ana, me tienes loco. No sabes las ganas que tengo de besarte ahora mismo.

Me quedé callada, con el corazón latiéndome fuerte. Marco se inclinó lentamente hacia mí. Sentí su aliento cerca de mis labios…

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Y entonces vi movimiento en la ventana de la sala.
Era Héctor. Nos estaba viendo.
Me aparté bruscamente.

—Marco, tengo que entrar —dije rápido, tomando mis cosas.

Apenas bajé del coche y caminé hacia la puerta, Héctor la abrió de golpe. Tenía la cara roja de furia.

— ¿Quién chingados es ese, Ana? —gritó apenas entré.
—Héctor, no es lo que piensas…
— ¡No me vengas con mamadas! —me interrumpió, cerrando la puerta de un portazo—. ¡Te vi! ¡Ese cabrón te estaba por besar! ¿Desde cuándo te trae a casa? ¿Ya te estás cogiendo a otro?

Estaba fuera de sí. Me agarró del brazo con fuerza, mirándome con ojos llenos de celos y rabia.

— ¡Dime la verdad! ¿Cuánto tiempo llevas viéndote con ese tipo? ¿Por eso ya casi ni me dejas tocarte?
¿Por eso siempre llegas “cansada” del gym?

Me solté de su agarre, molesta y nerviosa al mismo tiempo.

— ¡Suéltame! No estoy con nadie. Solo me trajo porque no traje coche. ¡Tú eres el que siempre anda sospechando de todo!

Héctor soltó una risa amarga.

— ¡Claro! Y yo soy pendejo, ¿verdad? Con ese culo que tienes y vestida como puta para ir al gym… ¿crees que no sé lo que provocas? ¡Todos te quieren coger! ¡Y tú seguro ya les estás dando alas!

Sus palabras me dolieron… pero también me encendieron de una forma extraña. Sentí calor entre las piernas. Tal vez por la adrenalina, tal vez porque llevaba semanas sin que me cogieran como Dios manda.

—Héctor, ya basta. No tengo ningún amante —mentí, mirándolo a los ojos.

Él se acercó más, respirando agitado. Por un segundo pensé que iba a besarme… o a golpearme. Pero solo me miró con desprecio y dolor.

—Más te vale que sea verdad, Ana. Porque si me entero de que me estás poniendo los cuernos… esto se va a acabar de verdad.

Se dio la vuelta y se fue a la recámara, dando otro portazo.

Me quedé sola en la sala, con el corazón acelerado y la concha mojada. Me temblaban las piernas. Subí a mi habitación, me encerré y saqué el consolador de inmediato.

Me puse en cuatro sobre la cama, bajé mis leggins y me metí el consolador hasta el fondo en el culo, imaginando que era Dany… o Marco… o los dos. Me cogí con rabia y desesperación, mordiendo la almohada para no gemir fuerte.

Me corrí dos veces pensando en lo que acababa de pasar.

Estoy jugando con fuego. Y cada día me cuesta más no quemarme.

Después de la escena de celos de Héctor, mi calentura solo empeoró. Marco seguía insistiendo. Un martes me ofreció llevarme a hacer unos trámites del negocio. Acepté, pero llevaba prisa y esquivé sus coqueteos. Aunque sus comentarios sobre mi culo y sus miradas descaradas me mojaban, logré mantenerme firme y regresé temprano a casa.

Pero tres días después… ya no pude más.
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Era viernes. Marco volvió a ofrecerse a llevarme después del gym. Esta vez no tenía excusa. En el camino a casa platicamos normal, pero cuando estacionó frente a mi casa, no me bajé inmediatamente. Nos quedamos platicando un rato. La tensión era insoportable.

De repente tomó mi mano derecha y la llevó directo a su entrepierna. Sentí su verga dura, gruesa y palpitante por encima del pantalón de deporte.

—Mira cómo me pones, Ana… —me dijo con voz ronca, mirándome a los ojos—. Llevo meses soñando con cogerte. No aguanto más.

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Me quedé congelada un segundo. Mi mente decía “no”, pero mi cuerpo traicionero apretó ligeramente la mano. Su verga se sentía grande… muy grande. Empecé a acariciarla por encima de la tela, lentamente. Marco soltó un gemido bajo.

—Vamos a un hotel —susurró—. Ahora. Por favor.

Dudé solo unos segundos más. Miré la casa, pensé en Héctor, en Dany… y contesté:

—Está bien. Pero solo hoy.
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Llegamos al hotel a las 10:15 de la mañana. Apenas cerró la puerta de la habitación, Marco se abalanzó sobre mí. Me besó con hambre, me quitó la blusa y el top deportivo y me chupó las tetas con ganas. Me bajó los leggins y la tanga de un tirón y me puso contra la pared.

Me metió dos dedos y gimió al sentir lo mojada que estaba.

—Estás empapada, Ana… qué puta estás.

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Me cogió primero de pie, contra la pared. Me penetró con fuerza, agarrándome de las nalgas. Gemía como loca. Después me cargó hasta la cama, me puso en misionero y me folló profundo, mirándome a los ojos. Se corrió por primera vez dentro de mi concha, llenándome completamente.

No paramos en horas.

Me cogió en perrito (su posición favorita, no dejaba de agarrarme y nalguearme el culo), de lado, conmigo arriba cabalgándolo, en misionero otra vez… Siempre terminaba adentro. Me llenó la concha cuatro veces. Decía que quería marcarme, que quería que me fuera con su semen escurriéndome.

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A eso de las tres de la tarde intentó metérmela por el culo. Me puso en cuatro, me abrió las nalgas y presionó su verga contra mi ano.

—No… por ahí no —le dije firme, cerrándome—. Eso solo lo hace alguien especial.
Marco insistió un poco, pero al final respetó y volvió a cogerme por la concha hasta correrse otra vez dentro.

Dale duro a Mamá XV

Salimos del hotel a las 5:10 pm. Estaba adolorida, con las piernas temblando y la concha hinchada y llena de su semen. Me sentía sucia, culpable… y extrañamente satisfecha.

En el coche de regreso apenas hablamos. Marco estaba feliz, yo en silencio. Cuando llegué a casa me duché inmediatamente, pero todavía sentía su leche escurriendo entre mis piernas.

Me miro al espejo y me pregunto qué estoy haciendo.

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Extraño a Dany. Extraño que me coja como solo él sabe. Pero Marco está aquí, me desea con locura y me da lo que mi cuerpo lleva meses pidiendo.

No sé si esto va a seguir… pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, me sentí realmente follada.

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