Greta llevaba bastante tiempo detrás de aquella exclusiva. Desde que había empezado su carrera como periodista, había intentado conseguir una entrevista con Julián Álvarez, uno de los empresarios más importantes del país y, al mismo tiempo, uno de los más difíciles de encontrar. Apenas concedía entrevistas, rara vez aparecía en público y parecía tener especial cuidado en mantener su vida lejos de los medios. Precisamente por eso, las últimas noticias habían despertado todavía más el interés de Greta: había comprado una enorme extensión de terreno en el campo y, desde entonces, varios vecinos aseguraban haber visto a mujeres entrando en la propiedad, aunque eran pocas las que parecían salir de allí. Muchas mujeres. Demasiadas como para que nadie hiciera preguntas. En los medios ya se hablaba de trata de blancas, de prostitución y de todo tipo de negocios ilegales; circulaban rumores de un lado a otro y, como siempre, había mil teorías, pero ninguna prueba que permitiera sostenerlas.
Y, por fin, Julián le había concedido una entrevista.
La noticia había alegrado de sobremanera a su jefa, que incluso la había dejado salir antes de la redacción aquel día para que pudiera ir a casa a prepararse. Le habían pedido que estuviera allí alrededor de las siete de la tarde, justo cuando Julián terminaba su jornada, y Greta no pensaba desperdiciar ni un minuto de aquella oportunidad. Llevaba demasiado tiempo intentando conseguirla como para presentarse sin estar preparada.
Cuando llegó a casa, se duchó, se lavó el pelo y empezó a arreglarse con más cuidado del habitual. Quería causar una buena impresión, sí, pero sobre todo quería que Julián la tomara en serio. Quería demostrar que era una buena periodista y que, aunque aquella fuera su primera oportunidad con alguien como él, sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Se puso una blusa blanca, abotonada hasta dejar libres los dos primeros botones, y una falda negra que le llegaba a medio muslo. Para completar el conjunto escogió unas botas de cowboy, quizá algo menos formales de lo que habría llevado para otra entrevista, pero que le gustaban demasiado como para descartarlas.
Se plantó frente al espejo mientras terminaba de ondularse el pelo y se pasó los dedos entre los rizos para que quedaran sueltos, cayendo casi hasta la mitad de la espalda. No se consideraba excesivamente guapa, al menos no de esas mujeres que entraban en una habitación y conseguían que todo el mundo se girara a mirarlas, pero sabía que era llamativa. Su cuerpo tenía curvas marcadas y un pecho generoso que encajaba con su figura sin parecer fuera de lugar. La piel muy blanca hacía que las pecas de su rostro destacaran todavía más, y el pelo rubio y rizado terminaba de darle un aspecto difícil de ignorar. Se miró unos segundos más, inclinó ligeramente la cabeza y terminó fijándose en sus ojos marrones, claros. Muy claros.
—Bueno —murmuró para sí, antes de apartarse del espejo—. Vamos allá.
Aquí haría una edición similar a la anterior, manteniendo la tensión sutil de Greta y sin adelantar nada que el texto todavía no quiere revelar. También he corregido algunas construcciones que sonaban algo mecánicas y he integrado mejor las observaciones de Greta en la narración.
Salió de casa y llamó a un taxi. Su coche estaba en el taller y, a esas horas, nadie podía acercarla, así que no tenía demasiadas opciones. Mientras esperaba en la calle, sacó el móvil y le mandó un mensaje a su jefa para avisarle de que ya iba de camino y que, en cuanto terminara la entrevista, le contaría qué tal había ido.
El trayecto duró menos de media hora.
Cuando el taxi se detuvo frente a la propiedad, Greta pagó y bajó, quedándose unos segundos quieta mientras levantaba la vista hacia la verja que tenía delante. Era enorme, alta y completamente opaca; desde fuera no había forma de ver qué había al otro lado. Tragó saliva, se ajustó el bolso sobre el hombro y se acercó al timbre intentando ignorar el pequeño cosquilleo que le recorría el estómago. Había entrevistado a políticos, empresarios y gente bastante más acostumbrada a hablar con periodistas que ella a conseguir una exclusiva, pero aquella vez era diferente. Quizá porque llevaba demasiado tiempo intentando llegar hasta aquel hombre.
Sí. Aquí conviene recortar bastante: la entrevista no necesita tantas preguntas sobre la empresa antes de llegar al asunto central. Mantendría una breve entrada profesional, una o dos preguntas sobre los terrenos y después iría directamente a los rumores. Así la escena avanza y la tensión no se diluye.
Te lo dejaría así:
Pulsó el timbre.
Durante unos segundos solo escuchó un leve ruido de interferencia antes de que una voz masculina sonara al otro lado del telefonillo.
—¿Greta?
La pregunta la pilló desprevenida. Parpadeó y se inclinó ligeramente hacia el aparato.
—Sí —respondió, odiando un poco el tono agudo que había adquirido su voz.
Un clic precedió a la apertura de las enormes verjas. Greta dio un paso atrás mientras observaba el terreno que se extendía al otro lado. Era mucho más grande de lo que había imaginado, con un camino que conducía hasta una casa bastante alejada de la entrada y varios campos que se perdían a ambos lados.
Julián avanzaba hacia ella desde la casa. Greta lo reconoció enseguida por las fotografías que había visto durante los últimos días, aunque en persona resultaba diferente. Llevaba un traje perfectamente planchado, el pelo cuidadosamente peinado y algunas canas comenzaban a asomar en sus sienes. No era un hombre especialmente atractivo, pero había algo en su manera de caminar y en la seguridad con la que parecía moverse por aquel lugar que consiguió ponerla ligeramente nerviosa.
—¡Bienvenida, Greta! Qué puntual eres. Venga, vamos a empezar.
Se hizo a un lado para que pasara y después echó a andar hacia la casa, indicándole con un gesto que lo siguiera.
—¿Tienes una granja? —preguntó ella mientras caminaban.
—Sí. Luego, si quieres, te enseño el terreno.
—Me gustaría.
Greta miró alrededor con discreción. Había imaginado encontrar más movimiento después de todo lo que había leído, pero no vio a ninguna mujer ni a ningún trabajador. Solo estaban ellos dos.
Julián abrió la puerta de la casa y la condujo por un pasillo hasta un despacho amplio, decorado con muebles oscuros y varias estanterías llenas de libros y archivadores. Señaló uno de los sillones mientras se acercaba a una pequeña mesa.
—¿Quieres tomar algo?
—Un refresco, si tienes.
—Claro.
Mientras él salía del despacho, Greta sacó la grabadora y la colocó sobre la mesa junto a su libreta. Cuando Julián regresó con dos latas, le entregó una y se sentó frente a ella.
—¿Te importa que grabe?
—En absoluto.
Greta pulsó el botón y esperó a que apareciera la luz roja.
—Para empezar, muchas gracias por recibirme. Sé que no sueles conceder entrevistas.
—No me gustan demasiado los medios.
—Eso he oído.
Julián sonrió ligeramente.
—Entonces sabrás que has tenido suerte.
Greta correspondió a la sonrisa y bajó la mirada hacia sus notas.
—Tu empresa ha crecido mucho durante los últimos años. ¿A qué atribuyes ese crecimiento?
Durante los siguientes minutos hablaron de sus negocios, de las inversiones que había realizado y de la expansión de su empresa. Julián respondía con tranquilidad y Greta tomaba algunas notas, hasta que finalmente llegó al tema que le interesaba de verdad.
—Una de esas inversiones ha sido la compra de estos terrenos. ¿Por qué decidiste hacerlo?
Julián se tomó unos segundos antes de responder.
—Me interesaba ampliar mis propiedades y aquí encontré una buena oportunidad.
—¿Y qué haces exactamente con ellas?
—Agricultura, principalmente. Tengo algunos cultivos y una granja.
Greta asintió, aunque no apartó los ojos de él.
—También se ha hablado mucho de lo que ocurre aquí.
La expresión de Julián apenas cambió, pero dejó la lata sobre la mesa.
—¿Ah, sí?
—Hay vecinos que aseguran haber visto entrar a muchas mujeres en la propiedad y que algunas no parecen volver a salir. También circulan rumores sobre prostitución y trata de mujeres.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. Julián apoyó los antebrazos sobre los reposabrazos y la miró directamente.
—La gente habla mucho.
—Sí, pero hay personas que dicen haberlas visto.
—¿Personas que han entrado aquí?
—No.
—Entonces han visto lo que ocurre desde fuera. No es exactamente lo mismo.
Greta asintió despacio.
—¿Niegas entonces que haya mujeres aquí?
—No he dicho eso.
Ella levantó ligeramente las cejas y esperó.
Julián sostuvo su mirada unos segundos más antes de continuar.
—Nunca he obligado a una mujer a hacer algo que no quisiera.
Greta dejó el bolígrafo sobre la libreta.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y qué hacen aquí?
Julián se recostó en el sillón.
—Trabajan. Algunas vienen por temporadas. Otras se quedan más tiempo. Depende.
—¿Y por qué tantas?
Él sonrió de una manera difícil de interpretar.
—Eres bastante insistente.
—Es mi trabajo.
—Ya.
Greta bajó la mirada hacia sus notas, pero volvió a sentir los ojos de Julián sobre ella. Intentó seguir escribiendo como si nada, aunque terminó equivocándose en una palabra y tuvo que tacharla.
—Yo no soy así, Greta —dijo él entonces, con un tono más bajo—. No obligaría a una mujer a hacer algo que no quiere.
Greta levantó los ojos. Julián seguía mirándola fijamente y, durante un instante, le costó sostenerle la mirada. Bajó la suya hacia la libreta y pasó una página, aunque todavía no había terminado de escribir lo anterior.
—Entonces supongo que tendré que preguntarte qué ocurre realmente aquí.
La sonrisa de Julián se hizo apenas más evidente.
—Supongo que sí.
Greta volvió a levantar la mirada, pero él ya había cogido de nuevo su lata de refresco.
—¿Algo más?
Ella dudó un segundo.
—Por ahora, no.
Julián asintió y se levantó.
—Entonces creo que hemos terminado.
Greta estuvo a punto de insistir, pero él ya se había levantado. Ella cerró la libreta y apagó la grabadora antes de guardarla con cuidado en el bolso. No estaba completamente satisfecha con la entrevista. Había conseguido declaraciones que podía utilizar, pero seguía teniendo la sensación de haber pasado demasiado cerca de algo sin llegar a verlo realmente. Julián había contestado a todo sin terminar de explicar nada y, cuanto más pensaba en sus respuestas, menos segura estaba de qué podía sacar en claro de ellas.
—Te dije que podía enseñarte los terrenos —comentó él mientras se dirigía hacia la puerta—. Si todavía tienes tiempo.
Greta se levantó y se colgó el bolso del hombro.
—Sí, claro.
Salieron del despacho y atravesaron de nuevo el interior de la casa. Cuando Julián abrió la puerta principal, el aire fresco de la tarde le golpeó el rostro, y Greta agradeció poder salir de aquella habitación, donde las paredes parecían haber estado absorbiendo su respiración durante horas. El camino se extendía delante de ellos y, visto desde allí, el terreno parecía todavía más grande, una extensión de tierra que se perdía más allá de lo que sus ojos alcanzaban a medir.
Julián echó a andar sin prisa, metiendo una mano en el bolsillo del pantalón mientras le señalaba con la otra algunas zonas de la propiedad.
—Aquello son los campos de cultivo —dijo, y su voz sonaba diferente bajo el cielo abierto, más relajada, como si el aire exterior le permitiera respirar con más anchura—. Este año hemos plantado trigo y algunas hortalizas. Más al fondo tenemos los invernaderos.
Greta siguió la dirección de su mano y distinguió varias extensiones perfectamente delimitadas, líneas rectas que cortaban la tierra con precisión casi quirúrgica. Al acercarse pudo ver que, efectivamente, había trabajadores repartidos por los campos. Algunos estaban agachados entre las hileras de cultivo, las espaldas curvadas en ángulos que parecían dolorosos de sostener durante horas, y otros se desplazaban de un lado a otro con herramientas y pequeñas cajas de madera que golpeaban contra sus muslos al caminar. La escena era mucho más normal de lo que había esperado después de todo lo que había escuchado antes de ir allí, esos rumores que ahora le parecían ridículos bajo la luz del sol de la tarde.
—Entonces sí tienes trabajadores —comentó, y notó que su voz salía más alta de lo necesario, como si el silencio del campo la obligara a competir con él.
Julián giró la cabeza hacia ella, y en ese movimiento hubo algo que ella no supo definir, una pausa demasiado breve en el giro de su cuello.
—Nunca he dicho que no los tuviera.
—No. Pero durante la entrevista parecía que aquí no trabajaba nadie.
Él siguió caminando, y ella tuvo que apresurar el paso para mantenerse a su altura. Cuando habló, no la miró.
—Tú preguntabas por mujeres.
Greta lo miró de reojo, pero él continuaba avanzando con la vista fija en algún punto del horizonte, como si no hubiera dicho nada que mereciera una respuesta. Ella dejó escapar una respiración corta, sintiendo cómo el aire se le quedaba atascado en algún lugar entre la garganta y el pecho, y volvió la vista hacia los campos. Uno de los trabajadores levantó la cabeza al verlos pasar y saludó a Julián con un gesto de la mano que dejó suspendido en el aire durante un segundo demasiado largo. Él respondió con un movimiento breve de cabeza antes de seguir avanzando, y Greta se dio cuenta de que no había intercambiado una sola palabra con aquel hombre, que la comunicación entre ellos se había limitado a ese gesto mecánico, casi de autómatas.
Caminaron unos metros en silencio, el sonido de sus pisos sobre la tierra compacta marcando un ritmo que ninguno de los dos intentaba romper. Fue ella quien finalmente habló, cuando la distancia entre ellos y la casa ya era suficiente como para que la pregunta no pudiera viajar de vuelta.
—¿Y la granja? —dijo, y su voz sonó extraña en sus propios oídos, como si perteneciera a otra persona—. Antes dijiste que tenías una.
Julián se detuvo.
Por primera vez desde que habían salido de la casa, no respondió inmediatamente. Se quedó quieto, con las manos a los costados, mirando hacia una zona más alejada de la propiedad, donde varios árboles de hoja perenne ocultaban parte del terreno bajo una sombra densa que parecía más oscura de lo que la hora del día justificaba. Apenas podía distinguirse una construcción al fondo, una masa rectangular que se confundía con el tronco de los árboles. Después volvió la cabeza hacia Greta, y en su rostro apareció algo que ella tardó en identificar como una sonrisa.
No fue una sonrisa abierta ni especialmente amable. Apenas una pequeña curva en sus labios, la comisura izquierda levantada un milímetro más que la derecha, como si aquella pregunta le hubiera hecho gracia por algún motivo que ella desconocía y que, intuía, tampoco le iban a explicar.fin del primer capitulo
Y, por fin, Julián le había concedido una entrevista.
La noticia había alegrado de sobremanera a su jefa, que incluso la había dejado salir antes de la redacción aquel día para que pudiera ir a casa a prepararse. Le habían pedido que estuviera allí alrededor de las siete de la tarde, justo cuando Julián terminaba su jornada, y Greta no pensaba desperdiciar ni un minuto de aquella oportunidad. Llevaba demasiado tiempo intentando conseguirla como para presentarse sin estar preparada.
Cuando llegó a casa, se duchó, se lavó el pelo y empezó a arreglarse con más cuidado del habitual. Quería causar una buena impresión, sí, pero sobre todo quería que Julián la tomara en serio. Quería demostrar que era una buena periodista y que, aunque aquella fuera su primera oportunidad con alguien como él, sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Se puso una blusa blanca, abotonada hasta dejar libres los dos primeros botones, y una falda negra que le llegaba a medio muslo. Para completar el conjunto escogió unas botas de cowboy, quizá algo menos formales de lo que habría llevado para otra entrevista, pero que le gustaban demasiado como para descartarlas.
Se plantó frente al espejo mientras terminaba de ondularse el pelo y se pasó los dedos entre los rizos para que quedaran sueltos, cayendo casi hasta la mitad de la espalda. No se consideraba excesivamente guapa, al menos no de esas mujeres que entraban en una habitación y conseguían que todo el mundo se girara a mirarlas, pero sabía que era llamativa. Su cuerpo tenía curvas marcadas y un pecho generoso que encajaba con su figura sin parecer fuera de lugar. La piel muy blanca hacía que las pecas de su rostro destacaran todavía más, y el pelo rubio y rizado terminaba de darle un aspecto difícil de ignorar. Se miró unos segundos más, inclinó ligeramente la cabeza y terminó fijándose en sus ojos marrones, claros. Muy claros.
—Bueno —murmuró para sí, antes de apartarse del espejo—. Vamos allá.
Aquí haría una edición similar a la anterior, manteniendo la tensión sutil de Greta y sin adelantar nada que el texto todavía no quiere revelar. También he corregido algunas construcciones que sonaban algo mecánicas y he integrado mejor las observaciones de Greta en la narración.
Salió de casa y llamó a un taxi. Su coche estaba en el taller y, a esas horas, nadie podía acercarla, así que no tenía demasiadas opciones. Mientras esperaba en la calle, sacó el móvil y le mandó un mensaje a su jefa para avisarle de que ya iba de camino y que, en cuanto terminara la entrevista, le contaría qué tal había ido.
El trayecto duró menos de media hora.
Cuando el taxi se detuvo frente a la propiedad, Greta pagó y bajó, quedándose unos segundos quieta mientras levantaba la vista hacia la verja que tenía delante. Era enorme, alta y completamente opaca; desde fuera no había forma de ver qué había al otro lado. Tragó saliva, se ajustó el bolso sobre el hombro y se acercó al timbre intentando ignorar el pequeño cosquilleo que le recorría el estómago. Había entrevistado a políticos, empresarios y gente bastante más acostumbrada a hablar con periodistas que ella a conseguir una exclusiva, pero aquella vez era diferente. Quizá porque llevaba demasiado tiempo intentando llegar hasta aquel hombre.
Sí. Aquí conviene recortar bastante: la entrevista no necesita tantas preguntas sobre la empresa antes de llegar al asunto central. Mantendría una breve entrada profesional, una o dos preguntas sobre los terrenos y después iría directamente a los rumores. Así la escena avanza y la tensión no se diluye.
Te lo dejaría así:
Pulsó el timbre.
Durante unos segundos solo escuchó un leve ruido de interferencia antes de que una voz masculina sonara al otro lado del telefonillo.
—¿Greta?
La pregunta la pilló desprevenida. Parpadeó y se inclinó ligeramente hacia el aparato.
—Sí —respondió, odiando un poco el tono agudo que había adquirido su voz.
Un clic precedió a la apertura de las enormes verjas. Greta dio un paso atrás mientras observaba el terreno que se extendía al otro lado. Era mucho más grande de lo que había imaginado, con un camino que conducía hasta una casa bastante alejada de la entrada y varios campos que se perdían a ambos lados.
Julián avanzaba hacia ella desde la casa. Greta lo reconoció enseguida por las fotografías que había visto durante los últimos días, aunque en persona resultaba diferente. Llevaba un traje perfectamente planchado, el pelo cuidadosamente peinado y algunas canas comenzaban a asomar en sus sienes. No era un hombre especialmente atractivo, pero había algo en su manera de caminar y en la seguridad con la que parecía moverse por aquel lugar que consiguió ponerla ligeramente nerviosa.
—¡Bienvenida, Greta! Qué puntual eres. Venga, vamos a empezar.
Se hizo a un lado para que pasara y después echó a andar hacia la casa, indicándole con un gesto que lo siguiera.
—¿Tienes una granja? —preguntó ella mientras caminaban.
—Sí. Luego, si quieres, te enseño el terreno.
—Me gustaría.
Greta miró alrededor con discreción. Había imaginado encontrar más movimiento después de todo lo que había leído, pero no vio a ninguna mujer ni a ningún trabajador. Solo estaban ellos dos.
Julián abrió la puerta de la casa y la condujo por un pasillo hasta un despacho amplio, decorado con muebles oscuros y varias estanterías llenas de libros y archivadores. Señaló uno de los sillones mientras se acercaba a una pequeña mesa.
—¿Quieres tomar algo?
—Un refresco, si tienes.
—Claro.
Mientras él salía del despacho, Greta sacó la grabadora y la colocó sobre la mesa junto a su libreta. Cuando Julián regresó con dos latas, le entregó una y se sentó frente a ella.
—¿Te importa que grabe?
—En absoluto.
Greta pulsó el botón y esperó a que apareciera la luz roja.
—Para empezar, muchas gracias por recibirme. Sé que no sueles conceder entrevistas.
—No me gustan demasiado los medios.
—Eso he oído.
Julián sonrió ligeramente.
—Entonces sabrás que has tenido suerte.
Greta correspondió a la sonrisa y bajó la mirada hacia sus notas.
—Tu empresa ha crecido mucho durante los últimos años. ¿A qué atribuyes ese crecimiento?
Durante los siguientes minutos hablaron de sus negocios, de las inversiones que había realizado y de la expansión de su empresa. Julián respondía con tranquilidad y Greta tomaba algunas notas, hasta que finalmente llegó al tema que le interesaba de verdad.
—Una de esas inversiones ha sido la compra de estos terrenos. ¿Por qué decidiste hacerlo?
Julián se tomó unos segundos antes de responder.
—Me interesaba ampliar mis propiedades y aquí encontré una buena oportunidad.
—¿Y qué haces exactamente con ellas?
—Agricultura, principalmente. Tengo algunos cultivos y una granja.
Greta asintió, aunque no apartó los ojos de él.
—También se ha hablado mucho de lo que ocurre aquí.
La expresión de Julián apenas cambió, pero dejó la lata sobre la mesa.
—¿Ah, sí?
—Hay vecinos que aseguran haber visto entrar a muchas mujeres en la propiedad y que algunas no parecen volver a salir. También circulan rumores sobre prostitución y trata de mujeres.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. Julián apoyó los antebrazos sobre los reposabrazos y la miró directamente.
—La gente habla mucho.
—Sí, pero hay personas que dicen haberlas visto.
—¿Personas que han entrado aquí?
—No.
—Entonces han visto lo que ocurre desde fuera. No es exactamente lo mismo.
Greta asintió despacio.
—¿Niegas entonces que haya mujeres aquí?
—No he dicho eso.
Ella levantó ligeramente las cejas y esperó.
Julián sostuvo su mirada unos segundos más antes de continuar.
—Nunca he obligado a una mujer a hacer algo que no quisiera.
Greta dejó el bolígrafo sobre la libreta.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y qué hacen aquí?
Julián se recostó en el sillón.
—Trabajan. Algunas vienen por temporadas. Otras se quedan más tiempo. Depende.
—¿Y por qué tantas?
Él sonrió de una manera difícil de interpretar.
—Eres bastante insistente.
—Es mi trabajo.
—Ya.
Greta bajó la mirada hacia sus notas, pero volvió a sentir los ojos de Julián sobre ella. Intentó seguir escribiendo como si nada, aunque terminó equivocándose en una palabra y tuvo que tacharla.
—Yo no soy así, Greta —dijo él entonces, con un tono más bajo—. No obligaría a una mujer a hacer algo que no quiere.
Greta levantó los ojos. Julián seguía mirándola fijamente y, durante un instante, le costó sostenerle la mirada. Bajó la suya hacia la libreta y pasó una página, aunque todavía no había terminado de escribir lo anterior.
—Entonces supongo que tendré que preguntarte qué ocurre realmente aquí.
La sonrisa de Julián se hizo apenas más evidente.
—Supongo que sí.
Greta volvió a levantar la mirada, pero él ya había cogido de nuevo su lata de refresco.
—¿Algo más?
Ella dudó un segundo.
—Por ahora, no.
Julián asintió y se levantó.
—Entonces creo que hemos terminado.
Greta estuvo a punto de insistir, pero él ya se había levantado. Ella cerró la libreta y apagó la grabadora antes de guardarla con cuidado en el bolso. No estaba completamente satisfecha con la entrevista. Había conseguido declaraciones que podía utilizar, pero seguía teniendo la sensación de haber pasado demasiado cerca de algo sin llegar a verlo realmente. Julián había contestado a todo sin terminar de explicar nada y, cuanto más pensaba en sus respuestas, menos segura estaba de qué podía sacar en claro de ellas.
—Te dije que podía enseñarte los terrenos —comentó él mientras se dirigía hacia la puerta—. Si todavía tienes tiempo.
Greta se levantó y se colgó el bolso del hombro.
—Sí, claro.
Salieron del despacho y atravesaron de nuevo el interior de la casa. Cuando Julián abrió la puerta principal, el aire fresco de la tarde le golpeó el rostro, y Greta agradeció poder salir de aquella habitación, donde las paredes parecían haber estado absorbiendo su respiración durante horas. El camino se extendía delante de ellos y, visto desde allí, el terreno parecía todavía más grande, una extensión de tierra que se perdía más allá de lo que sus ojos alcanzaban a medir.
Julián echó a andar sin prisa, metiendo una mano en el bolsillo del pantalón mientras le señalaba con la otra algunas zonas de la propiedad.
—Aquello son los campos de cultivo —dijo, y su voz sonaba diferente bajo el cielo abierto, más relajada, como si el aire exterior le permitiera respirar con más anchura—. Este año hemos plantado trigo y algunas hortalizas. Más al fondo tenemos los invernaderos.
Greta siguió la dirección de su mano y distinguió varias extensiones perfectamente delimitadas, líneas rectas que cortaban la tierra con precisión casi quirúrgica. Al acercarse pudo ver que, efectivamente, había trabajadores repartidos por los campos. Algunos estaban agachados entre las hileras de cultivo, las espaldas curvadas en ángulos que parecían dolorosos de sostener durante horas, y otros se desplazaban de un lado a otro con herramientas y pequeñas cajas de madera que golpeaban contra sus muslos al caminar. La escena era mucho más normal de lo que había esperado después de todo lo que había escuchado antes de ir allí, esos rumores que ahora le parecían ridículos bajo la luz del sol de la tarde.
—Entonces sí tienes trabajadores —comentó, y notó que su voz salía más alta de lo necesario, como si el silencio del campo la obligara a competir con él.
Julián giró la cabeza hacia ella, y en ese movimiento hubo algo que ella no supo definir, una pausa demasiado breve en el giro de su cuello.
—Nunca he dicho que no los tuviera.
—No. Pero durante la entrevista parecía que aquí no trabajaba nadie.
Él siguió caminando, y ella tuvo que apresurar el paso para mantenerse a su altura. Cuando habló, no la miró.
—Tú preguntabas por mujeres.
Greta lo miró de reojo, pero él continuaba avanzando con la vista fija en algún punto del horizonte, como si no hubiera dicho nada que mereciera una respuesta. Ella dejó escapar una respiración corta, sintiendo cómo el aire se le quedaba atascado en algún lugar entre la garganta y el pecho, y volvió la vista hacia los campos. Uno de los trabajadores levantó la cabeza al verlos pasar y saludó a Julián con un gesto de la mano que dejó suspendido en el aire durante un segundo demasiado largo. Él respondió con un movimiento breve de cabeza antes de seguir avanzando, y Greta se dio cuenta de que no había intercambiado una sola palabra con aquel hombre, que la comunicación entre ellos se había limitado a ese gesto mecánico, casi de autómatas.
Caminaron unos metros en silencio, el sonido de sus pisos sobre la tierra compacta marcando un ritmo que ninguno de los dos intentaba romper. Fue ella quien finalmente habló, cuando la distancia entre ellos y la casa ya era suficiente como para que la pregunta no pudiera viajar de vuelta.
—¿Y la granja? —dijo, y su voz sonó extraña en sus propios oídos, como si perteneciera a otra persona—. Antes dijiste que tenías una.
Julián se detuvo.
Por primera vez desde que habían salido de la casa, no respondió inmediatamente. Se quedó quieto, con las manos a los costados, mirando hacia una zona más alejada de la propiedad, donde varios árboles de hoja perenne ocultaban parte del terreno bajo una sombra densa que parecía más oscura de lo que la hora del día justificaba. Apenas podía distinguirse una construcción al fondo, una masa rectangular que se confundía con el tronco de los árboles. Después volvió la cabeza hacia Greta, y en su rostro apareció algo que ella tardó en identificar como una sonrisa.
No fue una sonrisa abierta ni especialmente amable. Apenas una pequeña curva en sus labios, la comisura izquierda levantada un milímetro más que la derecha, como si aquella pregunta le hubiera hecho gracia por algún motivo que ella desconocía y que, intuía, tampoco le iban a explicar.fin del primer capitulo
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