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Así traiciono a mi marido, follando con mi mejor amigo

Mi nombre es Alina y tengo una enorme contrariedad. Algo en la cabeza y en mi cuerpo. Algo que puede destruirme, destruir cosas hermosas que pensaba que estarían siempre en mi vida. Debo confesar que no diré mi nombre real. Prefiero cambiar algunas cosas y proteger lo que pueda ser protegido. Ya le he causado mucho daño a muchas personas, entre ellos mi marido, para exponer a los protagonistas de una forma tan descara da y poco elegante. Sin embargo, necesito liberarme del secreto, de lo que es a la vez mi vergüenza, mi pena y, pese al dolor que me produce, mi más dulce placer.

Siendo sincera, he tenido problemas de este tipo desde hace mucho tiempo. Desde que en la universidad empecé a socializar e irme de fiesta. En esos días, después de una vida dedicada a la familia y experimentar el mundo como una niña más que como una mujer, descubrí que, en mi carne, y quizás también en mi espíritu, habitaba alguien diferente, una persona que escudriñaba en cada momento de la vida. Una mujer que buscaba soslayar los límites. Primero fueron los numerosos novios que desfilaron durante los primeros dos años de universidad, cosa escandalosa para mis padres, que esperaban que me mantuviera con el primer novio, Daniel, ese amor del colegio. Daniel había sido del agrado de mis padres. Tierno y responsable, pero un prototipo que mis padres me habían impuesto durante la crianza.

Después de años de mantener a duras penas mi virginidad, después de años de ser la princesita inmaculada, probé el alcohol y el sexo. En ese orden. Aquellos días eran hitos de descubrimiento personal. Quién hubiera creído que una chica que en principio quería llegar virgen al matrimonio ahora estaba tan desatada. Descubrí la pasión, la personalidad, el voyerismo y la exhibición. Después vinieron otras cosas: otras experiencias y otras sustancias. Nada me parecía suficiente y nada me llenaba. Cuando me di cuenta, ya estaba en muchos problemas: a punto de perder mi carrera y mi futuro. Con líos de todo tipo.

Cómo logré salir de eso, es otra historia. Una historia que tiene claroscuros. Sin embargo, al final, tras un camino bastante tortuoso, me enderecé. O eso parecía a ojos de todos. Y yo creía que era así. Fingí en consecuencia. Fingir hasta que el hábito se hiciera normalidad.

Y después vino lo que parecía una vida normal. Noviazgo y matrimonio. Conocí a Ernesto en una reunión de amigos. Él es ingeniero y trabaja en una empresa constructora y también, parcialmente, en una empresa inmobiliaria. Trabaja bastante, pero deja siempre tiempo para sus dos grandes pasiones: el rugby y su hermosa esposa. Ernesto es un tipo alto, musculoso, gracioso y que me ha dado siempre lo que necesitaba: amor y estabilidad. Fue natural que nos casáramos por la iglesia. Tal como lo habían soñado mis padres y su familia.

Después vino lo que tenía que venir. Una nueva casa y en mi caso un trabajo parcial como asesora de un diputado y unos trabajos en redes. Algunos dirían que soy creadora de contenido, pero yo me veo a mí misma como una vendedora. Y soy buena vendiendo. Y esto no sólo se trata de vender productos. También debes venderte a ti misma: tus capacidades, tu imagen y tu intelecto; todo lo tangible e intangible. Que sepan de lo que eres capaz. Me ayuda, debo ser sincera, tener una genética envidiable. Cabello trigueño muy claro, ojos grandes de un bonito color celeste y una cara que de nariz y pómulos definidos. Bonita, guapa y hermosa son cumplidos que he recibido muchas veces. Además, soy alta y con un buen cuerpo, lo que me ha permitido tener trabajos como modelo desde que tengo trece años. Cosa que me sirvió para ganar mi propio dinero y conocer un poco el mundo. Aunque a mi padre no le gustaba nada el asunto y yo siempre lo hice desde un punto de vista de la curiosidad. Por suerte, mi madre me apoyó y me acompañó en todos mis trabajos. Así que nunca tuve una mala experiencia. Siempre estuve muy acompañada y protegida.

El problema era que también ansiaba mi emancipación, hacer las cosas por mi misma y vivir la vida a mi modo. Ese siempre fue una de mis fortalezas… y debilidades.

2

Las cosas se torcieron una semana como cualquier otra. Pasó en donde menos lo esperaba. Ernesto estaba metido mucho en el rugby, no solo era jugador, sino también formaba parte de la dirigencia. Para mi esposo, todo era el trabajo, el rugby y nuestro matrimonio. Siempre giraba entre esas tres cosas. El decía que yo era su favorita, pero siempre parecía querer entrenar y hacer cosas con sus compañeros de rugby.

Un día, en verano, durante el final de nuestras vacaciones, Ernesto organizó un encuentro regional de rugby. Vendrían una docena de equipos y el estaba a cargo. Me pidió ayuda y como yo tenía algo de tiempo, no tuve problema en hacerlo. Sin embargo, estar ahí, con tanto hombre alto y fuerte me provocó algo raro. En mi trabajo solía relacionarme con más mujeres o en ambientes muy mixtos. En cambio, en la organización de aquel evento de rugby, la gran mayoría eran hombres. Y hombres igual de fuertes y altos que mi esposo. Pero si fuera solo eso. Entre estos hombres estaba Fabricio Zulueta, un viejo conocido de mis tiempos oscuros en la universidad.

Con Fabricio habíamos tenido algo pasional y bastante salvaje. Algo que se podría denominar cómo escandaloso. Y yo estuve en aquel tiempo muy enganchada a él. El sexo era muy bueno con Fabricio. Pero no era solo eso. Fabricio era una puerta a un montón de cosas en esos tiempos. Alcohol, fiestas, drogas y sobre todo sexo del más loco.

Por suerte, Fabricio desapareció un día. Y no lo volví a ver más. Escuché con posterioridad que había tenido un lio gordo, que había fallado en la universidad y que sus padres lo habían enviado a una academia. Incluso corría el rumor que había terminado en la cárcel. Sin embargo, nunca supe nada a ciencia cierta. Y ahora me lo encontraba en el encuentro de rugby.

Era parte de un equipo que venía de fuera, de una pequeña ciudad que quedaba en el límite de nuestra región. ¿Qué hacía ahí y cómo había cambiado su vida? No lo sabía. Pero lo que si sabía era que cuando nos encontramos noté algo.

Por supuesto, nos saludamos de forma amistosa. Éramos viejos conocidos. Pero ninguno hizo un comentario fuera de lugar. Aunque había tensión. Y no solo era por la presencia de mi esposo.

3

Volvimos a vernos durante los partidos. Debido a la nubosidad y el viento de los primeros dos días, fui bastante abrigada. Pero el tercer día salió el sol y el calor se notó. Así que aproveche de usar un top y una falda corta. Nada excesivamente provocador. Pero sexy. Noté las miradas. Pero era natural para mí despertar esas reacciones. Era alta, guapa y tenía mis curvas. Pero lo que no fue natural fue la rección de Fabricio. De un momento para otro se transformó. Y aprovechando una pausa y que Ernesto estaba en un juego, se acercó hasta mi asiento. Yo estaba observando a mi esposo, así que no noté su presencia hasta que noté que alguien se había sentado a mi lado, muy pegado a mí.

—Estas más guapa que antes —dijo, antes que saludarme con un beso en la cara.

Lo saludé y al principio a penas el hablé. Fabricio al principio hizo solo comentarios del partido. Pero después… después me empezó a hablar en susurros a mi oído. Que se acordaba de mí y que soñaba con volver a encontrarnos. Que podríamos salir a tomar algo los dos y recordar viejos tiempos. Mi negativa, algo suave, diplomática, pareció incitarlo más. Fue bastante incómodo, especialmente porque había muchas miradas. Tuve que escabullirme.

Sinceramente, la situación me complicaba. Pero también me tenía halagada. Se me venían pensamientos muy locos del pasado. Así que intentaba mantener la calma, pero había algo en mi cabeza que empezaba a pasar. Pensé incluso en dejar de ir a los partidos. Pero como iba a dejar de apoyar a mi marido.

El problema es que mi mente y mis actos ya me estaba empezando a traicionar. La cuarta jornada me presenté en las gradas con el cabello recogido y una falda corta, estilo tenis, y un top algo escotado, y unas Snickers. El calor había sido mi aliado y mi excusa. Y para eso también me había traído una botella de agua y una sombrilla. De inmediato, noté las miradas de los hombres. Sobre todo, la mirada de Fabricio. A penas mi esposo me dejó para ir a jugar su partido, apareció Fabricio para coquetearme. Me mantuve digna y lo mantuve a raya. Sin embargo, por dentro algo pasó. La forma en que me miraba, lo que me decía en voz baja, cuando nadie parecía prestar atención.

—¿Por qué no cenamos una noche, rusa? —me decían rusa en la universidad por mi nombre y apellido de origen eslavo—. Podríamos probar algo diferente, algo que te recordara esos viejos y buenos tiempos.

—¿Sabes, parece que están más grandes? —dijo.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Fabricio solo sonrió travieso. Tenía una sonrisa bastante atractiva. Me hacía reír.

—rusa, tu decías que desfilabas en pasarelas ¿no? —su mirada estaba clavada en mis largas piernas—. ¿Podrías desfilar para mí?

Yo no le respondía, fingiendo con una sonrisa que no pasaba nada.

—Quiero ver esas largas piernas caminando, mostrándose como se debe-

Por suerte tenía un partido contra el equipo de mi esposo.

Con las horas y los días, noté que mi esposo notaba los movimientos de Fabricio. Esto me puso nerviosa y generó tensión entre los dos. Aunque ninguno de los dos, sobre todo yo, había hecho algo indebido. Algo no estaba completamente bien y mi esposo lo notaba.

Además, tal vez debido a mis constantes rechazos, noté la mala saña de Fabricio con mi esposo mientras jugaban. Como lo buscaba para taclearlo, de mala manera. A veces, parecía que Fabricio se lo tomaba con Ernesto como algo personal, como si tuviera que demostrar que era más fuerte. Y lo era. Era al menos media cabeza más alto y mucho más musculosos y grueso. Mientras Ernesto era guapo, Fabricio era como una bestia colosal. Y mi esposo lo sufría pese a su agilidad y deportividad. Al final del tercer encuentro, estuvieron a punto de irse a las manos. Por suerte, los detuvieron. Pero era claro que esos dos se habían tomado chirria.

4

Era el final de la primera semana. El sol de la tarde caía ya inclinado sobre el predio, tiñendo de un dorado cansado el césped pisoteado y las gradas vacías. Los equipos se retiraban hacia las duchas con el ruido sordo de tacos contra el cemento y voces roncas que se entremezclaban con el olor a barro, sudor masculino y césped recién cortado. Yo me separé del grupo con la excusa de ir al baño antes del almuerzo de camaradería.

Ernesto me había indicado que los baños de mujeres que quedaban un poco apartados, detrás de un edificio lateral, eran los más limpios. Mi esposo conocía mi manía con la higiene. Caminé por el sendero de tierra apisonada, sintiendo cómo el calor del día todavía se pegaba a la piel bajo la falda corta y el top. El aire era espeso, cargado de esa humedad de final de tarde que hace que cada roce de tela se note más.

Estaba a pocos metros de la puerta cuando escuché los pasos detrás. No eran los pasos ligeros de otra mujer. Eran pesados, seguros, demasiado familiares. Me giré justo cuando Fabricio salía de la sombra del edificio.

—¿Qué haces aquí?

Su voz era baja, casi ronca. Me miraba con esa intensidad que yo recordaba de años atrás, la misma que me había hecho perder la cabeza más de una vez.

—Ya no puedo aguantar más —dijo, acercándose un paso—. Alina, te deseo.

Retrocedí instintivamente, intentando ampliar la distancia entre nosotros. El corazón me dio un vuelco traicionero.

—¿De qué hablas? Soy una mujer casada. Vete, Fabricio.

—No puedo hacerlo.

Fue rápido. Su mano grande me tomó del antebrazo con una fuerza que no era del todo brutal, pero sí decisiva. Me empujó hacia dentro del baño antes de que pudiera reaccionar. La puerta se cerró tras nosotros con un clic suave. El espacio era estrecho: azulejos blancos manchados de humedad en las juntas, un espejo con el borde oxidado que reflejaba la luz amarillenta del único tubo fluorescente, olor a desinfectante barato mezclado con el rastro lejano de jabón y orina. No había nadie más. Solo nosotros dos y el eco de nuestra respiración.fin del primer capitulo

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