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El reencuentro SEXO en el asiento trasero

Hola de nuevo a todos mis lectores. Tras la buena acogida que tuvo mi primera historia, y como muchos me habéis pedido por privado que siga contando cómo cambió mi vida, hoy me he decidido a relataros el siguiente capítulo. Quiero insistir en que esto no es una fantasía inventada ni un cuento para pasar el rato; es una escena completamente real de mi vida, una de esas vivencias que me han hecho descubrir la mujer apasionada que llevaba dentro. Ocurrió unos meses después de mi despertar, en pleno invierno. 
Era una tarde de enero de esas que son grises, frías y desapacibles. Para refugiarme del viento helado, decidí pasar las últimas horas de la tarde en un gran centro comercial de las afueras. Iba vestida para la ocasión: unas botas altas de cuero negro, unos pantalones ajustados que marcaban bien mi silueta y mis curvas, y un abrigo largo. 
Estaba distraída mirando unos escaparates cuando escuché una voz madura y varonil a mi espalda:—¿Sonia? ¿Eres tú? Al darme la vuelta, el corazón me dio un vuelco. Era Carlos. Fuimos juntos al instituto hacía ya tres décadas. Los cincuenta le habían sentado de maravilla: el pelo canoso en las sienes le daba un aire interesantísimo, vestía una cazadora elegante y mantenía esa misma mirada pícara que recordaba de cuando éramos jóvenes. Llevaba una alianza bien visible en su mano izquierda, igual que yo. Nos saludamos con dos besos que se alargaron un segundo de más, devorándonos con la mirada y comprobando cómo nos había tratado el tiempo. 
—Estás espectacular, Sonia. Los años no pasan por ti —me dijo, clavando sus ojos en los míos. —Tú tampoco te quedas atrás, Carlos —le respondí, sintiendo un cosquilleo familiar en el vientre—. ¿Qué haces por aquí? 
Resultó que Carlos trabajaba allí mismo, encargándose de una de las tiendas de moda del centro comercial. Miró su reloj y me sonrió con cierta resignación:—Aún me queda un rato, Sonia. Cierro la tienda a las nueve de la noche, son las ocho y cuarto. ¿Te importa esperar un poco? Me encantaría tomar algo contigo y ponernos al día. —Para nada —le respondí con una sonrisa pícara—. Aprovecharé para dar una última vuelta por los locales a ver si veo algo que me interese. Además, hoy no tengo ninguna prisa; mi marido está de guardia y tengo la noche libre para mí entera. Te busco aquí en la puerta a las nueve. 
A Carlos se le iluminaron los ojos al escuchar que no tenía horarios. Nos despedimos con una mirada cómplice y me alejé por los pasillos del centro comercial. Caminando sin rumbo, terminé entrando en una conocida tienda de lencería íntima. Al recorrer los percheros, me encapriché de un conjunto de encaje negro precioso, muy atrevido, de esos que la antigua Sonia jamás se habría comprado. Pensé en mí, en mi nueva sensualidad, y decidí regalármelo. Salí de la tienda con una bolsa de papel discreta en la mano, ocultando ese secreto entre mis dedos. 
A las nueve en punto, regresé a su tienda. Carlos ya estaba bajando el cierre metálico. Al verme llegar con mi abrigo largo y mi bolsa, le cambió la cara. Se puso la cazadora de cuero y me guió hacia una cafetería restaurante del piso superior que se mantenía abierta hasta las once de la noche, un lugar bastante tranquilo y con luces tenues ideales para el invierno. 
Nos sentamos en una mesa apartada, al fondo del local. Pedimos algo de picar y, para entrar en calor, una botella de vino. Al principio, la conversación fluyó con la nostalgia de los viejos tiempos del instituto, pero poco a poco el vino fue haciendo su efecto y la charla se volvió mucho más madura e íntima. Hablamos de nuestras vidas actuales. 
Carlos me confesó que él estaba muy bien con su mujer, que la quería, pero que a veces echaba de menos esa chispa de la juventud. Yo, en cambio, fui sincera sobre mi matrimonio:—Lo mío es diferente, Carlos... En mi casa solo hay una rutina gris y aburrida. Estoy en un punto en el que ya no me conformo con eso —le dije, sosteniéndole la mirada mientras jugaba con el tallo de mi copa de vino. Carlos suspiró de forma pausada y me miró con una mezcla de melancolía y admiración. —Te entiendo perfectamente, Sonia. Yo quiero a mi mujer, de verdad, estamos bien... pero a veces miro atrás y echo de menos esa electricidad de cuando teníamos veinte años. Esa sensación de que cada noche podía pasar algo inesperado. Al final, los años nos van apagando sin darnos cuenta. —Pues yo me he cansado de estar apagada —respondí con firmeza, entornando los ojos—. Me pasé demasiado tiempo siendo la esposa perfecta que solo se preocupaba por la limpieza y la cena. Pero he despertado, Carlos. Y he descubierto que sigo teniendo el mismo fuego que antes... o incluso más. 
Él sonrió, impresionado por mi seguridad. Se reclinó un poco en la silla, recorriendo mi rostro con atención, deteniéndose en mi boca y luego en la forma en que el abrigo entreabierto dejaba intuir mi silueta. —Ya veo que no eres la misma chica tímida del instituto, Sonia. Recuerdo que en clase eras muy callada y tímida. Y mírate ahora... desprendes una seguridad que abruma. Me estás poniendo de los nervios, si te soy sincero. 
Me reí suavemente, sintiendo un calor delicioso recorriéndome el pecho. El vino estaba haciendo su trabajo, desinhibiéndome por completo. —Es que en esa época tú eras el chico rebelde de la clase, Carlos. Yo solo miraba y pasaba los cursos en silencio. Pero ya no me quedo con las ganas de nada. De hecho... hace unos meses me atreví a hacer algo que jamás pensé que haría. Carlos dejó su copa sobre la mesa, completamente intrigado por mi tono de voz. Se inclinó hacia delante, cruzando los brazos sobre la madera, acortando la distancia entre los dos. —¿Ah, sí? ¿Y qué fue eso tan atrevido que hiciste? Cuéntame, me muero de curiosidad. Fue en ese momento exacto, con nuestras miradas clavadas y la complicidad al máximo tras servirnos la tercera copa de vino, cuando decidí soltar la bomba y hablarle de Javi... 
Apoyé los codos en la mesa, acercándome un poco más a él y bajando la voz para darle un toque de misterio. —Digamos que un día de tormenta me cansé de esperar a que mi marido me hiciera caso... y encontré el calor que me faltaba en un sitio inesperado. Con un hombre bastante más joven que yo, que me demostró lo viva que sigo estando —le solté, mirándolo fijamente a los ojos mientras jugaba con el borde de mi copa. Carlos abrió los ojos de par en par, completamente descolocado. La revelación le pilló por sorpresa, y pude notar cómo su respiración se volvía un poco más pesada. Estaba asimilando mis palabras, fascinado por la audacia de mi confesión. —¿De verdad hiciste eso, Sonia? —preguntó en un susurro, con una mezcla de sorpresa y un morbo evidente en la mirada—. Jamás me lo habría imaginado de ti... Dios, no sé ni qué decirte. —No tienes que decir nada, Carlos. Hay cosas que es mejor sentirlas que explicarlas —le respondí con una sonrisa enigmática, disfrutando de lo mucho que lo estaba picando. 
En ese momento, Carlos carraspeó, sintiéndose de repente muy acalorado bajo su chaqueta. Decidió levantarse un segundo para pedir otra ronda de vino directamente en la barra y refrescarse un poco. Al mover la silla hacia atrás con prisa, su zapato tropezó con algo debajo de la mesa. Escuché un pequeño crujido de papel. —Vaya, perdón, le he dado un golpe a tu bolsa —dijo, agachándose de inmediato para recogerla. 
La bolsa de papel discreta se había volcado un poco en el suelo del local. Al levantarla, la luz tenue de la cafetería iluminó la marca de lencería de lujo impresa en el lateral y, justo en la abertura, asomaba la esquina de la caja con parte del sujetador de encaje negro. Carlos se quedó congelado de rodillas, mirando fijamente la prenda. Se incorporó despacio, dejando la bolsa sobre la mesa con las manos temblando un poco. Su mirada iba del encaje negro a mis ojos, completamente abrumado por la combinación del vino, mi historia con Javi y lo que acababa de ver. —Vaya... Veo que te has comprado algo muy especial —comentó con la voz un poco más ronca, intentando mantener la compostura. —Sí, me apetecía darme un capricho a mí misma —le respondí con seguridad, acomodando el paquete—. Ahora que sé lo que valgo, me gusta sentirme guapa por dentro. No es para nadie más que para mí. 
Carlos tragó saliva y apoyó las manos en la mesa, inclinándose hacia mí. El deseo brillaba en sus ojos de una forma madura e intensa, pero sus modales seguían siendo los de un caballero. —Sonia... me estás volviendo completamente loco. Entre todo lo que me has contado y ver lo mujer que te has vuelto, no sé cómo contenerme. Dime una cosa... ¿te apetecería que saliéramos de aquí? Tengo el coche abajo en una zona muy discreta del parking, donde podemos seguir hablando con más intimidad. Solo si a ti te apetece, claro. 
Le miré fijamente, dejando la copa vacía sobre la mesa. Por un segundo fingí dudar, arqueando una ceja y jugando con el asa de mi bolso. El morbo de la propuesta me aceleraba el pulso, pero no quería que él pensara que me tenía ganada tan fácilmente. —No sé yo si es buena idea, Carlos... —le dije con voz suave, dilatando el momento—. Además, el parking del centro comercial no me convence. Está lleno de cámaras y no es lugar para nosotros. 
Él asintió de inmediato, respetando mis palabras, pero antes de que pudiera sugerir otra cosa, decidí dar un giro completo y tomar las riendas de la situación. Me levanté de la silla de golpe, me puse el abrigo largo sin abotonar y agarré la bolsa de la lencería con una sonrisa decidida. —Pero hoy mi marido está de guardia, el vino me ha sentado de maravilla y no tengo ganas de volver a una casa vacía —añadí, mirándole con descaro—. Pagamos la cuenta, nos subimos a tu coche y me sacas de este centro comercial. De mi época de joven conozco un mirador apartado a diez minutos de aquí, junto a la carretera forestal. Llévame allí. FIN DEL PRIMER CAPITULO

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