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¿Por qué te follas a mamá y quieres que yo lo vea?

Después de ver el vídeo donde yo aparecía que, como un asqueroso mirón, observaba babeando como un pervertido se follaba a mi madre, me entró tal estado de angustia y ansiedad que prácticamente me subía por las paredes.
No podía hablar con nadie de lo sucedido porque nadie podía ayudarme. No podía decírselo a mi madre porque era ya una vergüenza para ella que fuera infiel a mi padre y que yo no solo lo supiera sino que además había sido espectador y no había hecho nada por evitarlo. Tampoco podría decírselo a mi padre porque no sabía de la infidelidad de su mujer y podría ser motivo de divorcio y de escarnio público. Tampoco a mis amigos porque se correría la voz y lo sabría todo el mundo para vergüenza mía y de mi familia. A los profesores tampoco ni a la policía ni a nadie al no ser un acto delictivo, sino un asunto interno de mi familia. Tenía que resolverlo yo solo, pero no sabía cómo.
Lo que era evidente para mí que no podía permitir que el vídeo llegara a mi madre ni a mi padre. Estaba en las manos del pervertido que podía hacer conmigo lo que quisiera.
En medio de mis cavilaciones sonó mi móvil. Lo cogí sin pensármelo y sin mirar quien era.
¿Sí?Contesté breve y bruscamente.
¿No me dirás que esta vez no lo has visto?Escuché una voz grave al otro lado de la línea, pero no sabía ni quien era ni de qué hablaba, por lo que respondí con una pregunta:
¿Cómo?¿Tampoco me dirás que no te ha gustado, porque, por la cara que tenías, a punto estuviste de correrte allí mismo?Escuchándole me di cuenta de pronto quien me había llamado, pero, sorprendido y aterrado, me mantuve en silencio, provocando que el tipo me amenazara en un tono más seco y violento:
No intentes bloquearme, chaval, porque le envío el vídeo no solo a tu madre sino a todos los contactos que tiene ella en su móvil, incluido al cornudo de tu padre.Ahora sí respondí, aterrado con un monosílabo:
¡No!¿No qué?No … no … no le bloqueo.¡Buen chico!¡No … no es mi madre!¿Qué? ¿Quién no es tu madre? ¿A la que viste follando?No era ella. No la vi la cara.Pero bien que la viste el culo y el coño mientras me la tiraba.Tras una breve pausa continuó:
¿No la reconociste por el culo, porque bien grande lo tiene y tú no dejaste de mirárselo empalmado?Se rió después de la pregunta.
No era ella.Continué negando tozudo la evidencia, a lo que el sujeto me replicó:
Si lo que quieres es verla la cara de puta mientras me la tiro, estás invitado al siguiente polvazo que la eche.Permanecí asustado y en silencio. Fue el tipo él que continuó:
Ya sabes donde vivo. Mañana te espero a la una menos cuarto en mi casa y se puntual si no quieres que te pille tu dulce mamaíta.¡No … no quiero!¿No quieres qué? ¿No quieres ver cómo me la tiro? Pues ayer bien que lo viste babeando como el vicioso hijo de puta que eres y a punto estuviste de correrte allí mismo, chaval.Como seguía sin hablar, el tipo continuó:
Y como no estés aquí, en mi casa, mañana a la una menos cuarto le envío el vídeo a tu querida mamaíta ¿Lo captas, chaval?¡Sí … sí … iré! Pero ¡no ... no quiero que lo sepa … no quiero que me vea!¡Vaya! ¡Sí que eres contradictorio, chaval! Si no es tu mamita, ¿qué más da que te vea o no?Una breve pausa y continuó:
Yo tampoco quiero que te vea. Me la quiero seguir tirando y, si te ve como espectador, quizá se corte un poco. ¿No, chaval? O quizá la ponga todavía más cachonda y quiera que hagamos un trio, que se la metas tú también por ese coño peludo que tiene.Como yo continuaba en silencio, finalizó con amenaza:
Ven solo y no bloquees mi número si no quieres que envié el vídeo a todo dios.Y colgó la llamada, dejándome mirando conmocionado mi móvil.
Ahora sí que estaba abrumado, aunque … también empalmado. Pensar que iba a ver cómo se follaba a mi madre me había puesto la polla a cien, pero … ¿era mi madre a la que iba a ver follar? ¿Era mi madre a la que se había follado al menos en dos ocasiones?
No me fiaba nada del pervertido. Me estaba chantajeando, pero ¿para qué? ¿Qué buscaba? ¿Chantajeaba también a mi madre y por eso se la follaba?
Y además ¿cómo había conseguido mi número de móvil? Entonces me di cuenta de lo que había él dicho, que tenía todos los contactos del móvil de mi madre. ¿Cómo los había obtenido? ¿Había accedido al móvil de ella o ella se los había dado?
Un montón de preguntas acudieron a mi mente, pero estaba preocupado, muy preocupado, y … excitado … empalmado. ¡Era contradictorio, como me había dicho el pervertido!
Rehuí a mi madre y luego a mi padre en toda la noche y, en la cama, me costó dormir, pensando qué hacer, y soñé que era yo el que se la tiraba delante de un montón de conocidos, entre los que estaba mi padre, mis abuelos, mis amigos, los profesores, …, todo dios como dijo el pervertido.
A la mañana siguiente me desperté mojado y no era precisamente que me hubiera orinado, sino más bien corrido, porque el olor que impregnaba la parte frontal de mi calzón y del pantalón de mi pijama era de esperma.
Me tomé el desayuno a la carrera para no coincidir con mi madre que estaba ocupada en otra parte de la casa.
Y a la una menos cuarto, estaba llamando al interfono del pervertido, no sin antes percatarme de que mi madre no estuviera a la vista y pudiera verme. Fui a la cita por miedo a que el sujeto cumpliera su amenaza y enviara el vídeo, aunque también por morbo de ver otra vez follando a la sabrosa hembra de tetas grandes y erguidas y culo macizo y carnoso… ¿a mi madre? Tenía también la certeza de que me estaba metiendo en la boca del lobo y que me traería todavía más problemas, pero, inconscientemente, decidí continuar., seguramente impulsado por la fuerza del deseo, de ver follar a … mi madre desnuda.
 Enseguida escuché el ruido de que la puerta del portal se desbloqueaba y, empujando, pude entrar al interior del edificio, llamando esta vez al ascensor. Estaba muy nervioso, con el corazón latiéndome a mil, e incluso avergonzado de seguir el peligroso juego al pervertido.
La espera fue corta, aunque me dio tiempo a leer el nombre que figuraba en los buzones de correo del portal y no recuerdo haber escuchado u oído su nombre y apellidos con anterioridad, o quizá sí, al ser un nombre de tantos, el nombre más común de todo el mundo hispano, ordinario como era él, el pervertido.
Nada más llegar al piso me encontré la puerta de la vivienda del tipo cerrada y, al ir a pulsar el timbre, una voz grave sonó a mis espaldas, sorprendiéndome y asustándome.
¡Bienvenido, chaval!Me giré hacia él con tanta rapidez que me desequilibré y casi caigo al suelo.
¡Tranquilo, chaval!Me dijo el pervertido, mirándome con una sonrisa, entre irónica y depravada, y, cuando yo, aunque muy nervioso, estaba estabilizado, me ordenó:
¡Quítate la ropa!¿Có … cómo?¡Qué te quites la ropa, nene, si no quieres que te la quite yo a ostias!Me quedé helado de puro terror, sin mover ni un solo músculo y sin decir nada. Mi rostro mostraba el grado de agitación que tenía y que seguramente motivo que el tipo quisiera tranquilizarme, no por piedad sino para que no le jodiera el perverso juego.
¡Tranquilo, chaval, que no soy un maricón que quiera partirte el culo! ¡Solo quiero ver si llevas algo escondido, como, por ejemplo, una navaja! ¡algo con lo que puedas atacarme!¡No … no llevo nada!¡Desnúdate … y no te lo digo otra vez!¿Aquí?Sí, aquí mismo.Procedí a quitarme la ropa y, conforme me la iba quitando, él me la iba cogiendo y revisando.
Me detuve cuando solo me quedaba el calzón y le interrogué con la mirada, por si se apiadaba de mi vergüenza, pero él, implacable, me respondió sin dejar de sonreírme:
¡Sí, todo! ¡Quédate en bolas, que te vea el rabo!Quitándome deprisa la única prenda que me quedaba, se la tendí a él, mientras me cubría con una mano la entrepierna.
¡Vale! ¡Coge tu ropa y adentro!Me dijo tras un prácticamente instantáneo repaso de mi última prenda y, abriendo la puerta de su vivienda, me indicó con un movimiento de cabeza que pasara primero.
Abrazando el amasijo en el que se había convertido mi ropa, entré dentro, cerrando el tipo la puerta a mis espaldas al tiempo que me indicaba, ante mis dudas:
¡Al fondo! ¡Ya conoces el camino! ¡Sigue el inconfundible olor de coño de tu mamaíta!Caminé en pelotas con el amasijo de ropa entre mis brazos, cayéndose uno de mis deportivas al suelo. Me incliné a cogerla, escuchando al pervertido que se reía y me daba un puntapié en una de las nalgas.
Avergonzado y asustado, entré al dormitorio donde se había tirado el tipo a … ¿mi madre?, y él bien que me lo recordó riéndose:
¡Bienvenido a la cama donde me trajino a tu mamaíta!En ese momento sonó el timbre del interfono.
¡Ya está aquí la cachonda de tu mamita! ¡Viene a por el rico polvo diario!Dijo el pervertido y, tras una breve mirada por la pantalla del aparato, pulsó un botón que debía ser el que abría la puerta del portal.
Se acercó rápido hacia donde yo estaba y, abriendo la puerta del único armario que había en el dormitorio, cogió mi ropa y la tiró a su interior. A continuación me empujó también dentro, al tiempo que me decía:
¡Desde aquí lo verás todo, chaval, pero, como hagas cualquier ruido, te pillara tu mamaíta en pelotas, y a ver que la cuentas!Cerrando la puerta del armario me dejó allí conmocionado, pisando mis propias ropas. Aunque no había luz dentro, podía ver por las ranuras de la puerta el exterior.
No tardé en escuchar el ruido de la puerta de la vivienda abrirse y la voz del tipo, preguntando:
¿Llevas el tanga que te di?Sí.Escuché la respuesta en voz baja de una mujer que no identifiqué con mi madre.
¡Enseguida lo veremos! ¡Pasa! ¡Ya sabes dónde!Dijo el sujeto, escuchando a continuación unos tacones que se acercaban.
Mi corazón latía a mil y, si hubiera podido, me hubiera marchado de allí tan rápido como me fuera posible.
Alguien entró al dormitorio. Lo vi a través de las rendijas de la puerta del armario. Era una mujer.
Olí su perfume y me resultó familiar, demasiado familiar.
¡La vi el rostro! ¡Era … mi madre! ¡Mi madre! ¡Mi madre!
Reculé asustado al identificarla, chocando mi espalda contra el fondo del armario, aunque afortunadamente no hice ruido o eso creí.
Sin perder tiempo, procedió ella a soltarse los botones de la falda que llevaba puesta y, al quitársela por los pies, la vi las nalgas desnudas. Una medias negras de rejilla la cubrían sus torneadas piernas hasta prácticamente la totalidad de sus muslos.
Colocó su falda sobre la única silla que había en la habitación y empezó a desabotonarse la camisa que llevaba puesta. La vi el sostén, negro de encaje, que cubría sus grandes y erguidos senos.
Se despojó de la camisa y ahora si pude verla las macizas nalgas y un minúsculo tanga, negro y transparente, que desaparecía en la raja de su carnoso culo, y que por delante apenas la cubría el sexo aunque sus transparencias no dejaban nada a la imaginación.
Después de colocar la camisa en la silla, encima de la falda, llevó una de sus manos hacia su espalda para soltarse el sujetador que apenas sostenía sus grandes tetas, apareciendo en ese momento el pervertido que la dijo:
¡Yo te lo quito!Un ligero empujoncito la dio el tipo de forma que la colocó de frente al armario donde yo estaba.
La vi el rostro de cerca, a menos de medio metro de donde yo estaba.
Tenía los labios pintados de rojo chillón y sombra oscura en los ojos. ¡Nunca la había visto salir así a la calle! ¡Tan … ! Y una palabra cruzó en ese momento por mi mente: ¡Puta! ¡Tan puta!
La soltó el sostén el tipo, dejando sus redondas y erguidas tetas al descubierto.
Dejando caer la prenda al suelo, las manos del pervertido cogieron las tetas de mi madre, sobándoselas lentamente, al tiempo que la decía al oído:
¡Cómo me gustan tus tetas, Rosi! ¡Tan grandes, tan suaves, con esos pezones gordos y duros como piedras!Dejándose sobar las tetas, cerró mi madre los ojos y los labios, apretándolos con fuerza con una sensación de asco mal contenida, mientras el sujeto ahora la daba largos lengüetazos a un lateral del cuello y a una de sus orejas.
Ante la falta de reacción de mi madre, el pervertido, soltándola los senos, la propinó un fuerte y sonoro azote en una de sus nalgas desnudas, y la ordenó:
¡Venga a la cama! ¡A follar!En ese momento me di cuenta que el tipo estaba completamente desnudo y una fuerte erección levantaba su grueso y congestionado cipote hacia el techo.
Acercándose ambos a la cama, el hombre, cogiéndola por uno de sus antebrazos, le hizo girarse hacia él y, empujándola levemente, la hizo caer boca arriba sobre la cama.
Llevaba mi madre como únicas prendas el minúsculo tanga, las medias negras y los zapatos de tacón.
Poco la duró el tanga puesto porque el tipo, inclinándose hacia delante, lo cogió por los laterales, una mano en cada lateral, y, tirando de él, se lo quitó por los pies, para lo que ella contribuyó levantando las piernas para facilitar que se lo quitara.
La vi entonces la vulva, apenas cubierta por una fina franja de vello púbico de color castaño claro.
Una vez el tanga en su mano el tipo se lo llevó a la nariz y, sin apartar su mirada de mi madre, lo olió profundamente durante varios segundos para lanzarlo despectivamente hacia el armario donde yo estaba escondido.
A continuación separó con sus manos los muslos de mi madre, situándose entre ellos, e, inclinándose hacia delante, colocó sus manos sobre el colchón, uno a cada lado de la cabeza de mi madre.
Dirigió entonces su cipote erecto a la vulva y se lo restregó insistentemente entre los labios vaginales, provocando que ella emitiera un profundo suspiro y cerrara los ojos, penetrándola a continuación lentamente, poco a poco, y, cuanto más iba entrando el miembro más suspiraba mi madre, poniendo sus ojos en blanco e incluso cerrándolos.
No me dio impresión en ese momento que la estuviera violando, que la estuviera follando en contra de su voluntad, sino más bien que ella gozaba que se la follara.
Una vez que todo el cipote desapareció dentro, lo mantuvo allí, en las profundidades del coño de mi madre durante unos segundos que parecieron eternos, mirándola el pervertido en todo momento el rostro, sonriéndola morboso, sabiendo que la tenía en su poder, tanto a ella como a su hijo, y que podía hacer con ellos todo lo que quisiera.
Abriendo mi madre los ojos le vio la cara de superioridad y de perversión, y una mueca de miedo contrajo su rostro.
Fue entonces cuando el tipo, sin dejar de mirarla sonriente, procedió, con la fuerza de sus caderas y glúteos, a ir sacando lentamente el cipote y, cuando lo tenía casi fuera, se lo volvió a meter despacio, sin prisa.
Repitió el mete-saca varias veces, aumentando poco a poco el ritmo del folleteo, tanto como los gemidos y suspiros de mi madre iban en aumento.
El ritmo era frenético, cabalgando sobre mi madre, y ésta chillaba de placer a punto de alcanzar el orgasmo, cuando … ¡sonó un móvil!
¡Era el mío! ¡Mi corazón dio un vuelco! ¡No, no lo había apagado y ahora atronaba en toda la habitación!
¡Me quedé petrificado! Y cuando reaccioné, me agaché para cogerlo, provocando un estruendo, e incluso estuve a punto de caerme fuera del armario, derribando la puerta.
Rebuscando desesperado en los bolsillos, lo encontré y, cogiéndolo con mi mano, me incorporé en el preciso momento que se abrió la puerta del armario, apareciendo el pervertido con cara de muy mala leche y me lo arrebató en un instante de la mano, cerrando otra vez la puerta del armario.
¿Quién cojones eres, hijo de puta, que me jodes un polvo de la ostia?Le escuché gritar furioso a través del móvil al que me había llamado.
Mirando por las ranuras de la puerta, le vi que hacía un gesto a mi madre, que seguía tumbada bocarriba sobre la cama y con las piernas bien abiertas. La indicaba que no se levantara de la cama.
Con el móvil en la mano debió salir de la habitación porque dejé de verle aunque le escuché vociferando por teléfono, hasta que sus gritos se amortiguaron cuando cerró la puerta, dejando solos a mi madre y a mí dentro del dormitorio.
Aun así le podía escuchar gritando:
¿Qué quién soy? ¡Soy el tipo que se está tirando a la zorra de tu mujer!¿Qué donde está tu hijo? ¡Ahora está ocupado! ¡Se está matando a pajas viendo como me tiro a su mamaíta!¡Sí sé quién eres! ¡Por supuesto que lo sé! ¡Eres el marido cornudo de la zorra a la que me tiro todos los días!Aunque le oía, no le prestaba atención, observando a través de las rendijas de la puerta, que ella seguía tumbada bocarriba sobre la cama, completamente desnuda y con los muslos bien separados, mostrando muy abierta su jugosa y brillante sonrisa vertical.
Apoyándose en los antebrazos, dirigió, con suspicacia, su mirada hacia el armario donde yo estaba. No creía que pudiera verme a través de las ranuras de la puerta, pero lo que si sospechaba era que había gato encerrado, que había alguien espiando dentro del armario como se la tiraban.
El corazón me latía a mil y sudaba copiosamente de puro miedo de que mi madre me descubriera en pelotas viendo como un desconocido se la tiraba.
La vi por un momento dudar que hacer, hasta que, por fin, sin dejar de mirar el armario, se levantó despacio de la cama y se dirigió hacia donde yo estaba. Estiró su brazo hacia el picaporte de la puerta y, cuando estuve a punto de gritar y de sufrir un infarto, se abrió la puerta del dormitorio, apareciendo el pervertido que, al verla levantada, la gritó furioso, arrojando el móvil a una esquina de la habitación:
¿Qué cojones haces? ¿Te he dicho que te levantes? ¡No! ¿Verdad? ¡Venga a la cama! ¡A follar!De un salto se alejó mi madre del armario, acercándose otra vez a la cama, pero el tipo, agarrándola por un antebrazo, la detuvo gritando otra vez:
¡Espera! ¡No has sido obediente y tienes que ser castigada!Se sentó a continuación sobre el colchón y, tirando de mi madre, la colocó bocabajo sobre sus muslos, y empezó a darla fuertes y sonoros azotes en las nalgas, provocando que ella chillara de dolor e intentara bloquear infructuosamente los azotes con uno de sus brazos, mientras pateaba en el aire.
¡Ay, ay, no, no, por favor, no!Chillaba ella sollozando y pateaba en el aire, mientras el pervertido sin dejar de azotarla con fuerza las nalgas, la gritaba:
¡Has sido mala, muy mala, y toda niña mala tiene que ser castigada!Duró poco tiempo la azotaina, aunque el suficiente para que mi verga palpitara y empezara a soltar lefa. Ver cómo azotaban el culo a mi madre desnuda me había puesto pero que muy cachondo y mi polla reaccionó de la forma más natural.
Me corrí sin hacer el menor ruido o, al menos eso supuse, sujetando con una de mis manos el miembro palpitante y con la otra taponando la salida del placentero fluido.
Cuando volví a mirar por las ranuras, observé al tipo sentado sobre el colchón con las piernas abiertas y a mi madre de rodillas entre las piernas de éste. Estaba de espaldas a donde yo estaba, y solo podía verla las macizas nalgas y un más que sospechoso movimiento de cabeza y de brazos.
¡Le estaba comiendo la polla! ¡Se la estaba mamando! fin del primer capitulo

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