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La provocación sexual en la playa

La casa de la playa olía a salitre, a madera caliente y a protector solar barato. Era la segunda semana de agosto y el calor apretaba incluso a media mañana. El sol ya quemaba la terraza de madera. El marido de Laura, Javier, había salido a comprar hielo, cervezas y pan. Había dicho que tardaría al menos una hora porque el supermercado del pueblo estaba hasta arriba de turistas.
Laura se quedó sola con él.
Con Marcos.
El hermano pequeño de su marido. Treinta y cuatro años. Soltero. El problemático de la familia. El que siempre llegaba tarde a las comidas, el que bebía de más, el que miraba demasiado tiempo cuando creía que nadie se daba cuenta. Alto, hombros anchos, piel morena de trabajar al sol, pelo oscuro revuelto, barba de tres días. Llevaba solo unos bañadores negros que se le bajaban un poco de más en las caderas, marcando la forma de la polla incluso en reposo, y una camiseta blanca que ya se había quitado. El pecho se le veía marcado, con una línea de vello oscuro que bajaba hasta desaparecer bajo el bañador.
Laura tenía treinta y siete. Casada desde hacía once años. Cuerpo de mujer que se cuidaba sin obsesionarse: pechos generosos y pesados que llenaban bien cualquier bikini, cintura todavía marcada, culo redondo, alto y firme, piernas largas y tonificadas. El pelo castaño lo llevaba recogido en un moño alto deshecho del que se escapaban mechones. Esa mañana se había puesto el bikini negro más pequeño que tenía. El de abajo era un hilo mínimo que se le perdía entre las nalgas y apenas cubría el coño. El de arriba era dos triángulos de tela que apenas contenían los pezones. Se lo había puesto a propósito. Se había mirado en el espejo del baño antes de salir y había sonreído.
Salió a la terraza de madera que daba directamente a la playa privada. Extendió la toalla blanca. Se tumbó boca arriba primero, sintiendo el sol caliente en la piel. Después se giró boca abajo, desabrochándose la cinta del sujetador del bikini con dedos lentos para que no le quedaran marcas. El aire le rozó los pechos desnudos. Los pezones se le pusieron duros de inmediato. Abrió un poco las piernas. Cerró los ojos.
No tardó ni cuatro minutos en oír los pasos.
Marcos se dejó caer en la tumbona de al lado. No dijo nada al principio. Solo se oyó el ruido metálico de la lata de cerveza al abrirse. Laura no se movió. Seguía boca abajo, la espalda desnuda brillante de sudor y crema, el culo levantado apenas por la postura, el hilo negro del bikini marcando el camino entre las nalgas y desapareciendo entre los labios del coño.
—Te queda mejor ese que el otro —dijo él por fin, voz baja, ronca, como si llevara rato pensando la frase.
Laura no abrió los ojos.
—¿El otro?
—El azul. El de madre de familia decente. Este parece que lo has elegido para que se te vea el coño si te agachas. O para que yo me lo imagine mientras te miras el culo.
Ella sonrió contra la toalla, sin girarse.
—Eres un cerdo, Marcos.
—Y tú te has puesto este bikini de puta sabiendo que íbamos a quedarnos solos. No me jodas. Llevas semanas mirándome cuando crees que no te veo. En la cena del otro día se te puso el pezón duro cuando me quité la camiseta. Lo vi.
Hubo un silencio cargado. Solo el ruido del mar y el de la lata cuando él bebió otro trago.
Laura se giró un poco, lo justo para mirarlo por encima del hombro. El sujetador del bikini seguía desabrochado. Un pecho se le escapó casi por completo, pesado, el pezón oscuro y duro. No se molestó en cubrirlo. Dejó que él mirara.
—Tu hermano vuelve en una hora.
—Entonces tenemos cincuenta y cinco minutos para que me dejes comerte el coño y follarte como llevo meses queriendo.
Marcos dejó la cerveza en el suelo. Se levantó. Se acercó a su tumbona. Se agachó a su lado. Laura notó el olor a crema solar, a piel caliente y a él. Él le pasó un dedo por la columna, despacio, desde la nuca hasta el final de la espalda. Cuando llegó al nudo del bikini de abajo, tiró un poco, solo lo suficiente para que el hilo se le clavara más entre las nalgas.
—Hace meses que te miro —dijo contra su oído—. Desde la boda de mi prima. Te puse la mano en la cintura para la foto y te quedaste quieta de más. Te tembló el culo. Te acordarás. Yo sí me acuerdo. Me acosté esa noche pensando en abrirte las piernas y metértela mientras mi hermano dormía en la habitación de al lado.
Laura tragó saliva. El dedo de él seguía en su piel, bajando ahora por la raja del culo, rozando el hilo del bikini.
—Estás loco.
—No. Estoy duro como una piedra. Y tú estás empapada. ¿O me vas a decir que te has puesto este trozo de tela por casualidad? Ábreme las piernas y te lo demuestro.
Ella se incorporó de golpe, sujetándose el sujetador del bikini con una mano contra el pecho. Se quedó sentada en la tumbona, mirándolo. Marcos estaba de rodillas en la madera de la terraza, a su altura. La polla se le marcaba clara bajo el bañador negro, gruesa, ya medio dura.
—Si tu hermano se entera…
—No se va a enterar. A no ser que grites muy alto cuando te la meta. Y vas a gritar. Te conozco. Eres de las que se mojan cuando les hablan sucio.
La besó.
No fue un beso suave. Fue una invasión. Boca abierta, lengua empujando con fuerza, mano en su nuca tirando de ella hacia él. Laura se resistió un segundo, la mano libre empujándole el pecho marcado. Después abrió la boca y le devolvió el beso con la misma violencia. El sujetador del bikini se le cayó del todo. Marcos le agarró un pecho con la mano libre, apretando fuerte, rozándole el pezón con el pulgar hasta hacerlo todavía más duro.
—Qué tetas más putas tienes —murmuró contra su boca—. Llevo meses queriendo chuparlas mientras te follo.
Laura soltó un gemido. Marcos la empujó hacia atrás en la tumbona. Se colocó encima, entre sus piernas abiertas. Le bajó el hilo del bikini de un tirón seco. El coño de Laura quedó al aire, depilado, los labios ya hinchados y brillantes de humedad. Él se agachó y le pasó la lengua de abajo arriba, despacio, saboreando el sabor a crema solar y a coño caliente.
—Joder… estás empapada. Qué asco de casada más puta.
Laura arqueó la espalda, una mano en el pelo oscuro de él, la otra agarrada al borde de la tumbona. Marcos se dedicó a comerla sin prisa. Lengua plana barriendo los labios, después punta golpeando el clítoris, después dos dedos gruesos empujando dentro mientras chupaba con fuerza. El sonido húmedo se mezclaba con el de las olas. Laura se corrió rápido, demasiado rápido, con las piernas temblando y un grito ahogado.
Marcos no se detuvo. Le levantó las piernas, se las puso sobre los hombros y le separó las nalgas con las manos. La lengua bajó más. Le lamió el culo con la misma hambre, rodeando el agujero, empujando la punta dentro. Laura gritó más alto, sorprendida.
—Marcos… joder… eso…
—Cállate y empújame el culo. Quiero comerte el culo mientras mi hermano compra cervezas.
La limó sin piedad. Lengua dentro, fuera, rodeando, mientras dos dedos le follaban el coño. Laura se corrió otra vez, más fuerte, el cuerpo sacudido. Cuando Marcos se levantó, tenía la cara brillante de ella. Se bajó el bañador de un movimiento. La polla saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza ya mojada de precúm, más gruesa de lo que Laura había imaginado.
—Ahora me toca a mí —dijo ella, la voz rota.fin del primer capitulo

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