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Mi Novia la Bailarina puta

Que paso con marcos?

Marcos cerró la puerta  con más fuerza de la necesaria. A los diez minutos marcó a Fabián.

—Necesito quedarme en tu casa esta noche —dijo apenas contestó. No hubo saludo, no hubo rodeos.

—¿Qué pasó? —La voz de Fabián sonaba alerta.

—Te cuento cuando llegue.

Fabián vivió a unos minutos, pero a Marcos se le hicieron eternos. Las luces de los semáforos se le mezclaban en la vista, borrosas, y no supo si era por el enojo o porque tenía los ojos llenos de algo que se negaba a llamar lágrimas.

Cuando llegó, Fabián ya lo esperaba con la puerta entreabierta y una botella de whisky sobre la mesa de la sala, dos vasos al lado, como si hubiera sabido que la noche iba a ser larga.

—Siéntate —le dijo, sirviendo sin preguntar.

Marcos se dejó caer en el sillón. El cuero frío le raspó los brazos al apoyarse. Afuera se escuchaba el zumbido lejano del tráfico y, más cerca, el tictac ridículamente tranquilo del reloj de pared de Fabián, ajeno por completo a lo que estaba pasando.

—Habla —dijo Fabián, encendiendo un cigarro y pasándole el paquete.

Marcos negó con la cabeza al principio, pero después estiró la mano y sacó uno. No fumaba desde la universidad, pero esa noche no le importó romper esa regla..

Y habló. Al principio con frases cortas, cortadas, como si cada palabra le costara. Después, ayudado por el segundo vaso, todo empezó a salir de corrido, los videos que había encontrado, la discusión, el portazo, las mentiras de Maya que ahora, vistas con la luz fría de la verdad, encajaban perfecto con todo lo que antes él había preferido no ver.

Fabián no lo interrumpió ni una vez. Solo fumaba, escuchaba, y de a poco su expresión se fue endureciendo hasta quedar completamente inmóvil, la mandíbula tensa, los ojos fijos en el humo que subía en espiral hacia el techo.

—Esa mujer... —dijo al fin, con un rencor tan seco que sonó casi calmado— te destrozó, Marcos. Te destrozó a vos, que sos de las pocas personas buenas que quedan.

—No sé si soy tan bueno —murmuró Marcos, mirando el vaso vacío—. Fui un idiota. No vi nada.

—No fuiste un idiota. Confiaste. Eso no es lo mismo.

El silencio que siguió se llenó solo con el sonido de los cubos de hielo chocando cuando Fabián sirvió otra ronda, y con la lluvia que había empezado a golpear la ventana. Marcos sintió que los párpados le pesaban. Entre el cansancio, la rabia y el alcohol, terminó quedándose dormido ahí mismo, en el sillón, con el cigarro todavía humeante apagándose solo en el cenicero.

Se despertó al mediodía siguiente con la boca seca y la cabeza doliendo. Fabián le había dejado un vaso de agua y una nota: "Andá a resolver esto cuando estés listo. Yo estoy acá si me necesitás."

Marcos recordó lo que le había dicho a Maya la noche anterior, le había dado plazo hasta el mediodía para irse. Miró la hora. Ya había pasado. Y sin embargo no se movió del sillón. Se quedó ahí, con el vaso entre las manos, escuchando cómo la ciudad seguía funcionando afuera como si nada, como si su mundo no se hubiera partido a la mitad.

No tenía el valor de ir. Sabía que si la encontraba ahí, empacando o rogándole perdón otra vez, no sabría qué hacer con esa mezcla de bronca y ganas de abrazarla que lo carcomía por dentro. Pero tampoco soportaba la idea de no verla, de que ese hubiera sido el último portazo entre los dos.

Pasó la tarde en el departamento de Fabián, dando vueltas, revisando el teléfono cada cinco minutos sin recibir nada. Ya con la noche encima, se armó de un coraje y fue de regreso a lo que, hasta hacía poco, había sido su hogar.

Subió las escaleras despacio. Cada escalón crujía bajo su peso, un sonido que conocía de memoria pero que esa noche le pareció distinto, casi hostil. Metió la llave en la cerradura y la giró. E

Adentro, todo estaba oscuro. Ni un ruido, ni sus pasos, ni ese perfume que siempre lo recibía antes que ella. Encendió la luz de la sala.

No estaba Maya.

Marcos caminó por el departamento con pasos lentos, como si estuviera visitando la escena de un accidente. Recorrió la sala, la cocina, el pasillo. Notó los espacios vacíos ante las cosas que faltaban, el hueco en el perchero donde siempre colgaba su chamarra favorita, el estante del baño sin sus cremas, el cajón entreabierto de donde había sacado, a las apuradas, algo de ropa.

—Se llevó lo justo —murmuró para sí mismo, con la voz ronca de no haberla usado en horas.

Había prometido, casi gritando, que si volvía a encontrar algo de ella iba a tirarlo por la ventana, o dejarlo amontonado en la puerta como basura. Pero ahora, parado ahí, con las pocas cosas que Maya había dejado no fue capaz de tocar nada. 

Fue al cuarto. La cama seguía destendida, tal como la habían dejado esa mañana. Se dejó caer sobre ella, boca abajo, hundiendo la cara en la almohada de Maya. Todavía olía a ella, el aroma de su shampoo. Cerró los ojos, y el cansancio de los últimos días lo venció.

Se despertó tarde, con la luz por la persiana mal cerrada. Por un segundo, medio dormido, estiró el brazo esperando encontrarla ahí, a su lado. Solo tocó sábana fría. Ese vacío lo terminó de despertar de golpe.

Se sentó en el borde de la cama.

—No puedo seguir acá —dijo en voz alta, aunque no había nadie que lo escuchara.

Cada rincón le devolvía un recuerdo. Cada uno de esos detalles insignificantes le apretaba el pecho.

Agarró una mochila, metió lo mínimo, y volvió a manejar hasta el departamento de Fabián.

—¿De nuevo por acá? —le dijo Fabián al abrirle la puerta, pero sin sorpresa. Se hizo a un lado para dejarlo pasar—. Quedate el tiempo que necesites. Total, el sillón yo casi ni lo uso.

Marcos soltó una risa, sin ganas, más un resoplido que otra cosa.

—Gracias, en serio.

Los primeros días fueron horribles. Marcos agarraba el celular cada dos por tres, el pulgar flotando sobre el nombre de Maya en los contactos, listo para escribirle, para llamarla, para preguntarle cualquier estupidez con tal de escuchar su voz. Y cada vez, como si tuviera un sexto sentido para eso, Fabián aparecía.

—Ni se te ocurra —le decía, sacándole el teléfono de la mano—. Vas a arruinar todo lo que avanzaste en un segundo.

—No avancé nada, Fabián. Sigo hecho mierda.

—Pero no la llamaste. Eso ya es algo.

Con el paso de los días, la tristeza de Marcos empezó a contagiarse en algo que nacía en su mejor amigo, cada vez que Fabián lo veía tirado en el sillón, con los ojos rojos y la mirada perdida en el techo, el rencor hacia Maya le crecía un poco más adentro, como si la tristeza de su amigo fuera abono para ese odio.

El jueves de esa semana espantosa, Marcos se sentó de golpe en el sillón, con una decisión ya tomada en la cabeza.

—Voy a vender el departamento —soltó, mirando a Fabián como esperando aprobación.

Fabián dejó el vaso que tenía en la mano sobre la mesa, con un golpe seco.

—No. Ni loco.

—Fabián, no puedo vivir ahí. Cada cosa me la recuerda.

—Justamente por eso no lo vas a vender —le dijo, sentándose frente a él—. Es un departamento groso, Marcos. Bien ubicado, espacioso, lindo. Te costó un montón conseguirlo. ¿Y lo vas a perder, encima, por ella? No. Ella ya te sacó bastante. No le vas a regalar también tu casa.

Marcos se quedó callado, masticando el argumento.

—¿Y qué hago entonces? No puedo seguir durmiendo ahí con todo intacto, como si ella fuera a volver en cualquier momento.

—Lo vaciamos. Guardamos sus cosas, las metemos en una caja, y listo. Ese lugar deja de ser el nido de los dos y pasa a ser tuyo. Solo tuyo.

El viernes, ambos manejaron hasta el departamento con cajas de cartón. Fueron cuarto por cuarto, sacando cada objeto que le recordaba a Maya, su ropa, sus zapatillas, los frascos de perfume, las fotos enmarcadas que antes decoraban el pasillo. Marcos evitaba tocarlas directamente, dejaba que Fabián las envolviera en papel periódico y las acomodara en las cajas.

—¿Esto también? —preguntó Fabián, sosteniendo un peluche pequeño, gastado, que Maya tenía desde antes de conocerlo.

Marcos tragó saliva. —También.

Cerraron todas las cajas y las apilaron en un rincón del cuarto extra, el que usaban como zona de planchado, casi escondidas detrás de la tabla y la ropa sin doblar.

Cuando terminaron, Marcos se paró en medio de la sala y miró alrededor. El lugar se veía más vacío, sí, con esos huecos donde antes había fotos y adornos. Pero por primera vez en días, sintió que podía respirar ahí adentro.

—Se siente raro —dijo, pasando la mano por el respaldo del sillón—. Pero ya no se siente como una tumba.

—Es tu cueva ahora —le dijo Fabián, dándole una palmada en la espalda—. Empezá de cero, hermano. De a poco.

Cuando Marcos volvió al trabajo el lunes siguiente a la mudanza de cosas de Maya, lo primero que vio al sentarse en su escritorio fue esa carpeta. Ahí, tirada entre otros expedientes, con la etiqueta "Contrato — Servicios Legales / Artistas PR" escrita. Sintió que el estómago se le revolvía, como si esa carpeta fuera un recordatorio de todo lo que había pasado. La empujó al costado del escritorio, boca abajo, y siguió con otros pendientes.

—Eso lo dejo para después —murmuró, aunque sabía que tarde o temprano tendría que abrirla para redactar el informe de conclusión del contrato.

Y así pasaron los días. Cada tarde, saliendo del trabajo, Marcos se detenía en alguna tienda antes de volver a su departamento. Un día fue a una tienda de artículos deportivos, de donde salió con una bandera enorme de su equipo, esa que llevaba años queriendo colgar pero que Maya consideraba "de mal gusto para la sala". La clavó justo donde antes había un cuadro con una foto de los dos en la playa.

—Ahora sí —dijo, dando un paso atrás para admirarla, con el martillo todavía en la mano.

Otro día reacomodó los sillones, girándolos hacia el televisor grande que casi nunca prendían porque a Maya le aburría. Compró cervezas, de esas que antes ni se animaba a poner en el carrito por el precio, y una botella de whisky caro que llevaba meses queriendo probar pero que consideraba un gasto irresponsable, considerando que Maya dependía económicamente de él.

—Ya no tengo que dar explicaciones de en qué gasto la plata —dijo en voz alta, para nadie, mientras acomodaba la botella en la vitrina del comedor.

El jueves de esa semana, revisando la cuenta donde guardaba lo ahorrado para el regalo de Navidad de Maya, tomó una decisión. Contó los billetes dos veces, como dudando, y después fue directo a una tienda.

—Esta, la última generación —le dijo al vendedor, señalando la consola en la vitrina—. Y también esa saga, la del asesino de dioses. 

Volvió a casa con las bolsas colgando de ambas manos, con una sonrisa que hacía días no se le veía en la cara, como un niño en su cumpleaños. Instaló todo ahí mismo, sentado en el piso de la sala con los cables desparramados, y no se movió de ahí en toda la noche. El sonido de las explosiones y la música del juego llenó el departamento hasta la madrugada.

No durmió nada, sabiendo perfectamente que al otro día tenía que trabajar. Cuando el reloj marcó las seis, se levantó de un salto, se bañó rápido, se sirvió un café bastante más cargado de lo normal y salió disparado a la oficina.

Llegó agotado, con los párpados pesados y bostezando cada diez minutos. Pero notó algo raro, algo que hacía rato no le pasaba, en toda esa noche, ni una sola vez había pensado en Maya. Se sintió cansado, sí, pero también aliviado, como si por fin pudiera vislumbrar noches enteras sin que ella apareciera en su cabeza.

Fue casi terminando la jornada, con los ojos ardiendo del sueño, que volvió a ver esa carpeta gruesa asomando entre sus pendientes. La abrió por fin.

Empezó a leer los antecedentes, un tal Mike, con varios conflictos con sus bailarines varones, pagos de fianza, multas de hoteles destrozados, multas por escándalos en la vía pública. Pero lo que le llamó la atención no fue el contenido en sí, sino el grosor. Esa carpeta era casi cuatro veces más gruesa que la de cualquier otro artista al que la firma le ofrecía el mismo servicio de blindaje legal.

—Esto no es normal —murmuró, pasando las hojas cada vez más rápido.

Se la llevó a su casa esa noche. Tenía ganas de dormir, tenía ganas de seguir jugando, pero algo más fuerte se encendió dentro de él, la posibilidad de la venganza, de usar esa información para hacer daño. Ese fin de semana lo pasó intercalando entre la consola, la carpeta y el sueño, en ese orden exacto. Para el lunes, tenía todo resumido, cada número, cada multa, cada conflicto.

Llegó a la oficina esa mañana y redactó el informe con una calma casi fría, la misma calma que usaba para los casos más grandes de la firma. Terminando su jornada, agarró el celular y marcó a Fabián.

—Debemos reunirnos, debo contarte algo —dijo, sin dar más detalles.

—¿Pasó algo malo? —preguntó Fabián, la voz alerta del otro lado.

—No. Para variar, algo bueno. O algo que puede llegar a serlo.

Esa noche se juntaron en el departamento de Marcos, su cueva de hombre recién estrenada. Fabián llegó con una bolsa de hielo que había comprado en el camino, y entre los dos descorcharon el whisky caro que Marcos tenía esperando una excusa para abrirlo. 

—Bueno, contá —dijo Fabián, sirviendo dos dedos de whisky en cada vaso—. Porque esa cara que tenés no es de mal augurio.

Marcos dio un trago largo antes de hablar, saboreando el licor que le bajaba por la garganta.

—¿Te acordás de la carpeta de los puertorriqueños? ¿El contrato que teníamos con esos artistas y su representante, el tal Mike?

—Algo, sí.

—La estuve leyendo todo el fin de semana. Y hay algo raro. —Marcos dejó el vaso sobre la mesa y sacó unas hojas de su maletín, extendiéndolas frente a Fabián—. Sumé todo. Multas, fianzas, costos de "solucionar" sus quilombos, viáticos, todo. Y comparé con lo que generan en ganancias.

Fabián se inclinó sobre las hojas, entrecerrando los ojos para leer los números en la penumbra de la sala.

—¿Y? —preguntó, sin despegar la vista del papel.

—Generan, ponele, cien mil dólares por gira. Pero entre todo lo que cuesta "cubrirlos" legalmente, entre multas, fianzas y arreglos con hoteles y demás, el gasto ronda los doscientos mil.

Fabián levantó la cabeza de golpe, los ojos bien abiertos.

—Esperá... ¿me estás diciendo que esos hijos de puta le hacen perder plata a la productora?

—Exacto. Una fortuna.

Fabián soltó una carcajada seca, sin humor, y se recostó en el sillón con el vaso apoyado en la rodilla.

—Hazlos mierda —dijo, con una sonrisa que no le había visto a su amigo en mucho tiempo.

Marcos sacó entonces el informe completo de su maletín, las hojas grapadas prolijamente, y lo puso sobre la mesa, entre los dos vasos.

—Acá está todo —dijo, dando un golpecito con el dedo sobre la carátula—. Con esto, entregándolo a los proveedores y a la productora, no los vuelven a traer al país. O al menos no con este representante. Pero sería una lástima... —hizo una pausa, dejando que el silencio se estirara un segundo de más— que este informe se filtrara a absolutamente todos los contratistas de artistas grandes del país.

Fabián se quedó pensando, dando vueltas al vaso entre los dedos, el hielo tintineando contra el vidrio. No era abogado, pero después de tantos años de amistad con Marcos, se le habían pegado algunas mañas del oficio. fin del primer capitulo,

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