Manuela recordaba el principio como se recuerda un pecado que ya no duele, solo pesa.
Helena tenía veinte años cuando todo empezó de verdad. No fue de golpe. Fue una tarde de verano en la que el calor apretaba y el marido de Manuela estaba de viaje. La casa olía a humedad y a tabaco.
Manuela andaba por el pasillo en bragas negras grandes y un sujetador sin aros que le dejaba las tetas pesadas a medio caer. Llevaba el pelo suelto y la cara sin maquillar. Helena salió del baño envuelta en una toalla y se quedó mirándola.
—Mamá… estás preciosa así.
Manuela se rio por lo bajo, esa risa ronca de quien no se cree los cumplidos.
—Qué dices, niña. Estoy gorda, tengo las tetas caídas y el culo ancho. No exageres.
Pero Helena se acercó. Se quitó la toalla sin decir nada más y se quedó desnuda delante de su madre. Cuerpo joven, tetas firmes, coño afeitado, piel morena y tersa. Manuela tragó saliva. Llevaba semanas sin que su marido la tocara como ella necesitaba. La ninfomanía no entendía de edades ni de tabúes.
—Tócame —dijo Helena bajito—. Quiero que me toques como me toco yo por las noches pensando en ti.
Manuela no contestó con palabras. Le puso las manos en la cintura, bajó hasta las nalgas firmes y las apretó. Luego la besó. Un beso lento, sucio, de lengua y saliva. Helena gimió dentro de su boca. En menos de un minuto estaban en la cama de matrimonio. Manuela se quitó el sujetador y las bragas con torpeza. Su cuerpo maduro quedó al descubierto: barriga suave, caderas anchas, vello espeso y oscuro entre las piernas, tetas pesadas con pezones grandes y oscuros.
Helena se tiró encima y empezó a chupar. Primero un pezón, luego el otro, como una cría hambrienta. Manuela le agarró el pelo y la empujó más abajo.
—Come, hija… come el coño de tu madre. Que lo tengo empapado de solo mirarte.
Helena obedeció. Se abrió paso entre los labios gruesos y peludos, lamió el clítoris hinchado, metió la lengua hasta el fondo. El sabor era fuerte, a mujer madura, a sudor y a ganas acumuladas. Manuela se corrió la primera vez con la cara de su hija enterrada entre sus muslos, sujetándole la cabeza con las dos manos y gimiendo sin cuidado.
—Así… así, mi niña… chúpame ese coño sucio… que soy tuya desde hoy.
Desde aquel día no pararon. Cada vez que el marido se ausentaba, o incluso cuando dormía en el sofá, Helena se colaba en la cama de su madre. Se la follaban con dedos, con lengua, con un consolador grueso que Manuela guardaba en el cajón. Manuela le decía cosas sucias con esa voz cansada y descarada:
—Métete entre mis piernas, tortillera… úsame…
Y Helena la usaba. Le chupaba las tetas hasta dejarlas marcadas, le mordía el culo, le metía la lengua en el culo mientras le follaba el coño con tres dedos. Manuela se corría de placer y de vergüenza a partes iguales. Pero nunca paró.
Hace unos meses Manuela quedó rota con la inesperada muerte de su querido marido. La depresión posterior solo hizo que se agarrara más al sexo. Era lo único que aún la hacía sentir viva.
Un mes atrás llegó Paquito.
El sobrino del marido. Veinte años, alto, delgado pero fuerte, con esa cara que tanto se parecía al difunto. Vino a traer unos papeles y se encontró a Manuela en la habitación, en bragas y sujetador beige, fumando y bebiendo cerveza de lata, con los ojos hinchados de llorar. Ella lo miró y se le cerró la garganta. Era como ver un fantasma joven de su marido.
—Tía… ¿estás bien?
Manuela no contestó. Se levantó, se acercó y le puso las manos en la cara. Lo besó en la boca sin avisar. Paquito se quedó tieso un segundo, pero no se apartó. Manuela notó cómo se le endurecía la polla contra la cadera. Sonrió con tristeza.
—Te pareces tanto a él… —murmuró—. Quítate la ropa. Ahora.
El chaval tragó saliva, pero obedeció. Se quitó la camiseta, el pantalón, los calzoncillos. Se quedó desnudo, la polla dura y gruesa apuntando hacia arriba, las pelotas tensas. Manuela se arrodilló delante de él sin ninguna gracia, solo necesidad. Le cogió la polla con las dos manos y la lamió de abajo arriba, chupó el glande, se la metió entera hasta casi atragantarse. Paquito gemía bajito, como si no creyera lo que estaba pasando.
—Joder, tía… esto no está bien…
—Calla —dijo ella sacándose la polla de la boca—. Fóllame como un hombre. Ahora.
Se tumbó en la cama, se bajó las bragas hasta los tobillos y abrió las piernas. El coño peludo y húmedo quedó a la vista. Paquito se subió encima, nervioso, y empujó. Entró de un golpe. Manuela soltó un gemido largo, casi un grito.
—Así… más fuerte… fóllame como si fuera tu puta… que necesito sentirme llena…
El chico empezó a moverse. Al principio torpe, luego más seguro. Le agarró las caderas anchas, le apretó la barriga blanda, le chupó un pezón mientras la embestía. Manuela lo miraba a la cara y veía a su marido joven. Lloraba y se corría al mismo tiempo. Cuando Paquito se vino dentro, profundo, ella lo abrazó fuerte y le susurró al oído:
—Otra vez… cuando quieras. Esta casa y este coño son tuyos también.
Desde entonces el sobrino venía casi cada dos días. Y Helena lo sabía. Y no solo lo toleraba: a veces se unía. Porque Manuela ya no pertenecía a nadie. Solo a la tristeza y a las manos que quisieran usarla.
Y ahora, esa misma tarde, los dos estaban otra vez a su lado, tocándola, recordándole que todavía podía sentir algo que no fuera vacío.
Manuela estaba sentada en el borde de la cama, las piernas abiertas sin pudor, el peso de su cuerpo maduro hundiendo un poco el colchón viejo. Llevaba solo el sujetador beige, un poco desgastado, que apenas contenía sus tetas y las bragas grandes del mismo color, manchadas ya de humedad y de ese olor a mujer que no se había lavado en dos días.
El cabello moreno, con algunas canas que no se teñía desde la muerte de su marido, le caía revuelto sobre los hombros. Fumaba un cigarrillo con la mano temblorosa y miraba a la pared como si allí estuviera todavía el fantasma de él.
La puerta se abrió sin llamar. Helena entró primero, en shorts y una camiseta corta que dejaba ver el ombligo. Detrás venía Paquito, el sobrino de veinte años, guapo, alto, con esa cara que tanto se parecía al difunto. Los dos ya sabían. Los dos ya habían estado entre esas piernas.
—Mamá… —dijo Helena suavemente, cerrando la puerta—. Otra vez así.
Manuela no contestó. Solo soltó el humo y dejó que la ceniza cayera sobre su muslo ancho. Helena se sentó a su derecha, Paquito a la izquierda. Las manos de los dos empezaron a tocar sin prisa, como quien acaricia a un animal herido.
Helena le bajó primero una tirante del sujetador. La teta izquierda salió pesada, el pezón oscuro y grueso, un poco arrugado por la falta de estimulación reciente. La hija se inclinó y lo tomó en la boca con suavidad, lamiendo alrededor, chupando como si de verdad buscara leche. Manuela cerró los ojos y soltó un gemido bajo, casi un sollozo.
—Hijaputa… —murmuró con esa voz ronca de fumadora—. Chupa, a ver si me sacas la mala leche que tengo dentro. Sigue, niña…
Helena chupó más fuerte, mordisqueó el pezón y luego lo pellizcó con los dedos mientras metía la lengua en la boca abierta de su madre. El beso fue sucio, profundo, con saliva. Manuela gimió dentro de la boca de su hija.
—Ooohhg… sigue así… sigue con tu sucia madre…
—Estás hecha un asco, mamá —dijo Helena entre besos, sin dejar de manosear la otra teta—. Hueles a sudor, a tabaco y a cerveza. Y estas bragas… Dios, están empapadas y apestan. Guarra.
Paquito, mientras tanto, se había arrodillado entre las piernas abiertas de su tía. Sus manos grandes recorrían los muslos gruesos, pellizcando la carne blanda, subiendo hasta las caderas anchas y el vientre suave que sobresalía un poco sobre la goma de las bragas.
Bajó la cabeza y lamió el empeine de un pie desnudo, luego los dedos, chupándolos uno a uno. Manuela soltó una risa triste y cansada.
—Qué asco te doy, ¿verdad, Paquito?… Pero no dejas de lamer. Ven aquí, hijo.
El chico se levantó lo justo para que ella pudiera meterle la mano dentro del pantalón. Sacó la polla ya dura, gruesa, y la puso entre las plantas de sus pies. Manuela, con esa habilidad de mujer que ha follado mucho, empezó a masturbarlo con los pies, rozando el glande con los dedos, apretando el tronco entre las plantas sudadas. Paquito jadeaba bajito.
—Joder, tía… qué pies más carnosos tienes… me voy a correr solo con esto…
—Córrete, anda —dijo ella con voz apagada—. Échamelo encima, que total… ya no me queda nada.
Helena se había bajado del todo el sujetador y ahora tenía las dos tetas de su madre en las manos, amasándolas, chupando de una a otra, dejando saliva brillante en los pezones oscuros. Con una mano bajó hasta las bragas y metió los dedos por el lateral. El vello era espeso, húmedo, y el coño estaba hinchado y caliente.
—Estás empapada, mamá… y hueles a bacalao viejo. Qué coño más sucio tienes.
—Límpiamelo tú, hija… total para eso estoy.
Helena tiró de las bragas hacia un lado y se agachó entre las piernas de su madre. La lengua se abrió paso entre los labios gruesos y peludos, lamiendo el clítoris hinchado, bajando hasta el agujero que ya goteaba. El sabor era fuerte, salado, a sudor y a días sin lavarse. Manuela arqueó la espalda y soltó un gemido largo, casi un llanto.
—Ay, hija mía… así… cómeme ese coño de viuda…
Joder mamá me pones muy cachonda con tu cuerpo y tu sudor, le dijo la hija
Paquito se corrió de pronto entre los pies de su tía. El semen caliente salpicó los dedos, el empeine, y algunas gotas llegaron hasta los tobillos. Manuela miró el desastre con una sonrisa triste y se limpió un poco con la mano, llevándose los dedos a la boca por costumbre.
—Míralo… hasta el semen del sobrino me trago. Qué baja he caído…
Helena no paraba. Tenía la cara empapada en el coño de su madre, lamiendo, chupando, metiendo la lengua lo más hondo que podía. Dos dedos entraron de golpe y empezaron a follarla despacio, curvados, buscando ese punto que hacía temblar a Manuela.fin del primer capitulo
Helena tenía veinte años cuando todo empezó de verdad. No fue de golpe. Fue una tarde de verano en la que el calor apretaba y el marido de Manuela estaba de viaje. La casa olía a humedad y a tabaco.
Manuela andaba por el pasillo en bragas negras grandes y un sujetador sin aros que le dejaba las tetas pesadas a medio caer. Llevaba el pelo suelto y la cara sin maquillar. Helena salió del baño envuelta en una toalla y se quedó mirándola.
—Mamá… estás preciosa así.
Manuela se rio por lo bajo, esa risa ronca de quien no se cree los cumplidos.
—Qué dices, niña. Estoy gorda, tengo las tetas caídas y el culo ancho. No exageres.
Pero Helena se acercó. Se quitó la toalla sin decir nada más y se quedó desnuda delante de su madre. Cuerpo joven, tetas firmes, coño afeitado, piel morena y tersa. Manuela tragó saliva. Llevaba semanas sin que su marido la tocara como ella necesitaba. La ninfomanía no entendía de edades ni de tabúes.
—Tócame —dijo Helena bajito—. Quiero que me toques como me toco yo por las noches pensando en ti.
Manuela no contestó con palabras. Le puso las manos en la cintura, bajó hasta las nalgas firmes y las apretó. Luego la besó. Un beso lento, sucio, de lengua y saliva. Helena gimió dentro de su boca. En menos de un minuto estaban en la cama de matrimonio. Manuela se quitó el sujetador y las bragas con torpeza. Su cuerpo maduro quedó al descubierto: barriga suave, caderas anchas, vello espeso y oscuro entre las piernas, tetas pesadas con pezones grandes y oscuros.
Helena se tiró encima y empezó a chupar. Primero un pezón, luego el otro, como una cría hambrienta. Manuela le agarró el pelo y la empujó más abajo.
—Come, hija… come el coño de tu madre. Que lo tengo empapado de solo mirarte.
Helena obedeció. Se abrió paso entre los labios gruesos y peludos, lamió el clítoris hinchado, metió la lengua hasta el fondo. El sabor era fuerte, a mujer madura, a sudor y a ganas acumuladas. Manuela se corrió la primera vez con la cara de su hija enterrada entre sus muslos, sujetándole la cabeza con las dos manos y gimiendo sin cuidado.
—Así… así, mi niña… chúpame ese coño sucio… que soy tuya desde hoy.
Desde aquel día no pararon. Cada vez que el marido se ausentaba, o incluso cuando dormía en el sofá, Helena se colaba en la cama de su madre. Se la follaban con dedos, con lengua, con un consolador grueso que Manuela guardaba en el cajón. Manuela le decía cosas sucias con esa voz cansada y descarada:
—Métete entre mis piernas, tortillera… úsame…
Y Helena la usaba. Le chupaba las tetas hasta dejarlas marcadas, le mordía el culo, le metía la lengua en el culo mientras le follaba el coño con tres dedos. Manuela se corría de placer y de vergüenza a partes iguales. Pero nunca paró.
Hace unos meses Manuela quedó rota con la inesperada muerte de su querido marido. La depresión posterior solo hizo que se agarrara más al sexo. Era lo único que aún la hacía sentir viva.
Un mes atrás llegó Paquito.
El sobrino del marido. Veinte años, alto, delgado pero fuerte, con esa cara que tanto se parecía al difunto. Vino a traer unos papeles y se encontró a Manuela en la habitación, en bragas y sujetador beige, fumando y bebiendo cerveza de lata, con los ojos hinchados de llorar. Ella lo miró y se le cerró la garganta. Era como ver un fantasma joven de su marido.
—Tía… ¿estás bien?
Manuela no contestó. Se levantó, se acercó y le puso las manos en la cara. Lo besó en la boca sin avisar. Paquito se quedó tieso un segundo, pero no se apartó. Manuela notó cómo se le endurecía la polla contra la cadera. Sonrió con tristeza.
—Te pareces tanto a él… —murmuró—. Quítate la ropa. Ahora.
El chaval tragó saliva, pero obedeció. Se quitó la camiseta, el pantalón, los calzoncillos. Se quedó desnudo, la polla dura y gruesa apuntando hacia arriba, las pelotas tensas. Manuela se arrodilló delante de él sin ninguna gracia, solo necesidad. Le cogió la polla con las dos manos y la lamió de abajo arriba, chupó el glande, se la metió entera hasta casi atragantarse. Paquito gemía bajito, como si no creyera lo que estaba pasando.
—Joder, tía… esto no está bien…
—Calla —dijo ella sacándose la polla de la boca—. Fóllame como un hombre. Ahora.
Se tumbó en la cama, se bajó las bragas hasta los tobillos y abrió las piernas. El coño peludo y húmedo quedó a la vista. Paquito se subió encima, nervioso, y empujó. Entró de un golpe. Manuela soltó un gemido largo, casi un grito.
—Así… más fuerte… fóllame como si fuera tu puta… que necesito sentirme llena…
El chico empezó a moverse. Al principio torpe, luego más seguro. Le agarró las caderas anchas, le apretó la barriga blanda, le chupó un pezón mientras la embestía. Manuela lo miraba a la cara y veía a su marido joven. Lloraba y se corría al mismo tiempo. Cuando Paquito se vino dentro, profundo, ella lo abrazó fuerte y le susurró al oído:
—Otra vez… cuando quieras. Esta casa y este coño son tuyos también.
Desde entonces el sobrino venía casi cada dos días. Y Helena lo sabía. Y no solo lo toleraba: a veces se unía. Porque Manuela ya no pertenecía a nadie. Solo a la tristeza y a las manos que quisieran usarla.
Y ahora, esa misma tarde, los dos estaban otra vez a su lado, tocándola, recordándole que todavía podía sentir algo que no fuera vacío.
Manuela estaba sentada en el borde de la cama, las piernas abiertas sin pudor, el peso de su cuerpo maduro hundiendo un poco el colchón viejo. Llevaba solo el sujetador beige, un poco desgastado, que apenas contenía sus tetas y las bragas grandes del mismo color, manchadas ya de humedad y de ese olor a mujer que no se había lavado en dos días.
El cabello moreno, con algunas canas que no se teñía desde la muerte de su marido, le caía revuelto sobre los hombros. Fumaba un cigarrillo con la mano temblorosa y miraba a la pared como si allí estuviera todavía el fantasma de él.
La puerta se abrió sin llamar. Helena entró primero, en shorts y una camiseta corta que dejaba ver el ombligo. Detrás venía Paquito, el sobrino de veinte años, guapo, alto, con esa cara que tanto se parecía al difunto. Los dos ya sabían. Los dos ya habían estado entre esas piernas.
—Mamá… —dijo Helena suavemente, cerrando la puerta—. Otra vez así.
Manuela no contestó. Solo soltó el humo y dejó que la ceniza cayera sobre su muslo ancho. Helena se sentó a su derecha, Paquito a la izquierda. Las manos de los dos empezaron a tocar sin prisa, como quien acaricia a un animal herido.
Helena le bajó primero una tirante del sujetador. La teta izquierda salió pesada, el pezón oscuro y grueso, un poco arrugado por la falta de estimulación reciente. La hija se inclinó y lo tomó en la boca con suavidad, lamiendo alrededor, chupando como si de verdad buscara leche. Manuela cerró los ojos y soltó un gemido bajo, casi un sollozo.
—Hijaputa… —murmuró con esa voz ronca de fumadora—. Chupa, a ver si me sacas la mala leche que tengo dentro. Sigue, niña…
Helena chupó más fuerte, mordisqueó el pezón y luego lo pellizcó con los dedos mientras metía la lengua en la boca abierta de su madre. El beso fue sucio, profundo, con saliva. Manuela gimió dentro de la boca de su hija.
—Ooohhg… sigue así… sigue con tu sucia madre…
—Estás hecha un asco, mamá —dijo Helena entre besos, sin dejar de manosear la otra teta—. Hueles a sudor, a tabaco y a cerveza. Y estas bragas… Dios, están empapadas y apestan. Guarra.
Paquito, mientras tanto, se había arrodillado entre las piernas abiertas de su tía. Sus manos grandes recorrían los muslos gruesos, pellizcando la carne blanda, subiendo hasta las caderas anchas y el vientre suave que sobresalía un poco sobre la goma de las bragas.
Bajó la cabeza y lamió el empeine de un pie desnudo, luego los dedos, chupándolos uno a uno. Manuela soltó una risa triste y cansada.
—Qué asco te doy, ¿verdad, Paquito?… Pero no dejas de lamer. Ven aquí, hijo.
El chico se levantó lo justo para que ella pudiera meterle la mano dentro del pantalón. Sacó la polla ya dura, gruesa, y la puso entre las plantas de sus pies. Manuela, con esa habilidad de mujer que ha follado mucho, empezó a masturbarlo con los pies, rozando el glande con los dedos, apretando el tronco entre las plantas sudadas. Paquito jadeaba bajito.
—Joder, tía… qué pies más carnosos tienes… me voy a correr solo con esto…
—Córrete, anda —dijo ella con voz apagada—. Échamelo encima, que total… ya no me queda nada.
Helena se había bajado del todo el sujetador y ahora tenía las dos tetas de su madre en las manos, amasándolas, chupando de una a otra, dejando saliva brillante en los pezones oscuros. Con una mano bajó hasta las bragas y metió los dedos por el lateral. El vello era espeso, húmedo, y el coño estaba hinchado y caliente.
—Estás empapada, mamá… y hueles a bacalao viejo. Qué coño más sucio tienes.
—Límpiamelo tú, hija… total para eso estoy.
Helena tiró de las bragas hacia un lado y se agachó entre las piernas de su madre. La lengua se abrió paso entre los labios gruesos y peludos, lamiendo el clítoris hinchado, bajando hasta el agujero que ya goteaba. El sabor era fuerte, salado, a sudor y a días sin lavarse. Manuela arqueó la espalda y soltó un gemido largo, casi un llanto.
—Ay, hija mía… así… cómeme ese coño de viuda…
Joder mamá me pones muy cachonda con tu cuerpo y tu sudor, le dijo la hija
Paquito se corrió de pronto entre los pies de su tía. El semen caliente salpicó los dedos, el empeine, y algunas gotas llegaron hasta los tobillos. Manuela miró el desastre con una sonrisa triste y se limpió un poco con la mano, llevándose los dedos a la boca por costumbre.
—Míralo… hasta el semen del sobrino me trago. Qué baja he caído…
Helena no paraba. Tenía la cara empapada en el coño de su madre, lamiendo, chupando, metiendo la lengua lo más hondo que podía. Dos dedos entraron de golpe y empezaron a follarla despacio, curvados, buscando ese punto que hacía temblar a Manuela.fin del primer capitulo
0 comentarios - Manuela, viuda depresiva y ninfómana de 50 años