Para que se pueda entender bien el relato, recordare que estuve el último año viviendo en una zona de Galicia. Para mí, para no perder la cabeza y recuperar el ánimo, mi medicina particular, era correr por caminos y montes, respirando aire puro. Había días que según el ánimo llegaba a correr más de tres horas fácilmente y a buen ritmo. El agotamiento producido por correr y el deporte en general me dejaban agotado y dormía perfectamente como un bebe. A mi regreso al mundanal ruido seguí con la misma costumbre y en un maratón por una causa benéfica me apunté y lo corrí. Que al final no fue lo que se dice un maratón, pero estuvo bien y uno de los responsables o colaborador del evento, al que conocía de vista, quiso hablar conmigo.
En la primera parte de la conversación me di cuenta de que sabia más de mí de lo que podría haber pensado, algo que me dejo descuadrado. El llevaba una franquicia con varias “sucursales” “oficinas” o “tiendas” y como hobby tenía organizar o colaborar con eventos de este tipo. Despues de decirme parte de lo que sabía de mí, empezó la conversación:
— Te he visto correr otros días por el cauce y hoy lo he visto mejor. Corres mucho mejor que el año pasado, ritmo consistente y estable, buena gestión del esfuerzo, no se te ve un agotamiento extremo y te has recuperado rápido. Has llevado una zancada buena y eficiente, tu respiración la llevabas bien controlada...
— Disculpa que te interrumpa... ¿ahora es cuando te pones de rodillas y te declaras?
— Jajajajaja, discúlpame que tienes razon, te he entrado de una manera incorrecta. Me llamo Enric y estoy buscando a alguien como tu para una carrea distinta a esta, no sé si has oído hablar de las Ultra Trail, supermaratones o ultramaratones...
— La verdad que no, ya tengo bastante con estos y no me interesa. Ya tengo mi trabajo y por lo que me dices o por lo que entiendo, buscas gente para correr en esas carreras y yo no soy un profesional.
— Precisamente por eso me he fijado en ti, no corres para ganar, corres para llegar y te dosificas muy bien. Yo tampoco me dedico a esto profesionalmente, que mis negocios son otros, antes corría yo, pero un desgraciado accidente me retiro de correr ese tipo de carreras. Estamos preparando una fuera de España, que es por equipos o mejor dicho por parejas y aquí es donde entras tu.
— Si tú no puedes correr y para mí es la primera vez... ¿dónde está el chiste?
— No he dicho que tendrías que hacer pareja conmigo, porque son parejas mixtas, seria con una mujer experimentada en este tipo de carreras. Es una carrera distinta, de este tipo la primera, queremos ver el resultado.
— ¿Y qué mujer es? ¿Ha corrido hoy aquí?
— No ha corrido y es mi mujer. Esta muy preparada.
Luego me explico onde entrenaban y me pareció que lo mismo era una captación para darme de alta en ese gimnasio y rápidamente no se si es que se dio cuenta, me dejo claro que preguntara por el al entrar que no me tenía que dar de alta. A continuación, me dio una tarjeta suya donde además de su nombre venía a lo que se dedicaba y eso me dio un poco más de confianza. Hice varias llamadas hasta que encontré a alguien que conocía a este sujeto. Le conté lo sucedido y me dijo que eran buenas personas él y su mujer.
— Es un buen tío, muy deportista hasta que se metió un viaje con la moto, quedó jodido, pero remonto, aunque con alguna pequeña limitación en una de sus piernas. Te puedes fiar de él, es una distracción, ya que no tienen hijos pues se dedica a ese tipo de cosas. Su mujer la Nuria, es más complicada, porque no es que sea mala persona, diré que un poco rara.
— ¿A qué te refieres con rara?
— Hombre, yo no me meto con la condición sexual de nadie, pero esta es asexual y eso ya la hace rara, claro como dice mi mujer y otras, como van a tener hijos y no hay tema.
— Pero eso será problema de ella y n todo caso de su marido, no de los demás.
— No es solo eso. Tú ves al gimnasio, conoce a la señora Cereza y ya me cuentas la próxima vez.
La conversación poco más dio de sí y entendí que se apellidaba cereza. Acudo al gimnasio y Enric esta con un pantalón corto y camiseta, esta mega fuerte y musculado, siendo visibles varias cicatrices en una de sus piernas. Despues de saludarnos me dice que un segundo y habla por el móvil. Mientras me fijo en una mujer que está haciendo ejercicios de fuerza. No llegaba a los 40, 1,70, delgada, melena morena, enroscada como si fuera una ensaimada, ojos color ámbar. El pecho difícil de saber con exactitud porque llevaba un sujetador deportivo que comprime. Mallas ajustadas de estas que es como si abrieran las nalgas y el culo con buena forma y para ser tan delgada, se veía grande pero no exagerado. Y el resto del cuerpo con muy buena silueta. Me vio, se giró y me di cuenta, aunque lo disimulara que me observaba a través de un espejo.
Enric una vez que acaba se acerca y me lleva junto a esa mujer y me la presenta como Nuria, como había dicho mi amigo. Nada de dos besos, me tendió la mano y quisiera más de un hombre apretar la mano como me la apretó ella. La conversación fue corta y ella me emplazo o nos emplazó el sábado para correr. Porque dijo que ella no era de las que le gustaba hacer el ridículo. Evidentemente refiriéndose a mi capacidad de correr y si daba la talla. Nuria llevaba todo de color vino, pero fijándome más podía ser color cereza, incluida las uñas y pintalabios, porque iba echa un pincel en el gimnasio.
El sábado ella solo dijo además de los buenos días —si ves que no puedes seguir mi ritmo me lo dices y abortamos la carrera—, lo dijo en un tono, que, si bien no era chulesco, si era condescendiente. Es día llevaba otro tipo de equipación pero del mismo color cereza. Empezamos a calentar y me fascinaba la flexibilidad que tenía ese cuerpo y en alguno de sus ejercicios de calentamiento, me excitaba la forma que adoptaba su culo. Era temprano y no hacia todavía calor, pero el día no iba a perdonar. Desde el principio su ritmo fue endiablado, pero no algo que no se pudiera aguantar, aunque si hubiera llevado yo la marcha, seria a un ritmo más bajo. No sabía ni cuanto íbamos a recorrer, era la zona de un embalse y despues de más de hora y media, vi el coche de Enric. Cuando paramos ellas de forma solemne dijo —me equivoque, no es solo fachada y un chico mono, puede valer—, de nuevo ese aire de suficiencia o de amargada. No quise decir nada en ese momento, pero al día siguiente Enric me trajo un cuadernillo montado por el e imagino que, con la participación de su mujer, para que supiera las normas de la carrea, ejercicios para prepararme etc.
—Mira no me caes mal, pero no me gusta la actitud de tu mujer, como me habla... tú se lo aguantarás, pero yo no tengo porque— le dije. Se quedo blanco y sin saber que decir, porque no se lo esperaba y supongo que no estaba acostumbrado a ese tipo de respuestas. Trato de convencerme y me decía que su mujer una vez que se la conocía se la veía de otra manera. No cambie de opinión y se marchó.
La mujer se hizo la encontradiza conmigo, me hizo gracia, no lo de el “encuentro” si no su vestuario, esta vez no era de color cereza, pero el modelito que llevaba era más o menos del mimo estilo. Color único y el resto todo a juego. Uñas, maquillaje, sandalias... lo más las piernas, porque llevaba minifalda y se le notaba la musculación y tonificación, eran unas piernas para hacer no uno, por lo menos dos ultras Trail y sin descanso. Acabo convenciéndome o sus piernas acabaron convenciéndome, decirlo, fui muy facilón. Los siguientes días fueron una vorágine. Sería una semana muy intensa. Aun así, me faltaban datos y fue el día que salimos de viaje, en el avión, Enric sentado en medio de los dos, dando explicaciones detalladas y según las iba diciendo, se me estaba revolviendo el estómago y pensaba que a alguien se le había ido la cabeza, pero mucho. Lo que me dejaba fuera de juego, era la indiferencia que mostraba Enric y la normalidad con la que recibía Nuria la información.
Eran unos recorridos de locos y de la distancia ya no digo, mi cabeza era una calculadora y salíamos amaneciendo y en el mejor de los casos llegaríamos anocheciendo. Una cosa estaba clara quien no llegara en unos tiempos fijados, se iban para casa y no valía que uno hiciera bien el tiempo. Tenían que ser los dos. Lo que veía imposible o casi imposible. Sobre todo, la tercera jornada, era una etapa de morirse. Me quede el resto del viaje yo solo mirando los recorridos, que además Enric había dejado anotaciones, para que supiéramos al detalle onde estaban los peores tramos y donde los mejores para recuperar, pues bien, los mejores eran una locura.
Al llegar había mucha camadería porque prácticamente todos se conocían. Enric mientras su mujer iba saludando a todo el mundo me termino de explicar la parte del funcionamiento. Al final de la etapa el estaría para recibirnos, luego que viera que estábamos bien él se marcharía al siguiente punto y allí fue cando me dijo que nosotros dormiríamos en tiendas de campaña.
La mañana estaba muy fría y a correr. Pasados los primeros 12 km, me empezaba a costar seguir a Nuria, que iba tan pancha. Había tramos que me recordaba a Galicia y eso me gustaba, pero otros eran simplemente una tortura para las piernas. Aunque mientras mi cabeza funcionara bien, el resto del cuerpo aguantaría. Cada vez que pasábamos junto a un avituallamiento, Nuria mee avisaba que coger y el resto ni mirarlo, era como un sargento. En el kilómetro treinta y algo, me entro una ligera pájara, —VENGA PELAYO, NO ME JODAS, AGUANTA, AGUANTA... TOMATE EL MARRON, EL MARRRON— se había dado cuenta y yo le decía que estaba bien que no se volviera loca. Ella mordió el plástico del “marrón” como decía ella y me lo hizo tomar, era un jarabe de glucosa o algo parecido, luego me tenía preparado como un zumo y me lo bebi. No sé lo que era, pero me dio más fuerza.
Llegamos con muy buen tiempo, lo que alegro a Nuria. Yo quería irme a la tienda que me tocara y echarme a dormir. No me dejaron, me llevaron a comer algo. Me pille una fuente de espaguetis a la boloñesa y fue pura lujuria. Nuria se reía y Enric también, se despidió, me dijo que descansara bien y que mi tienda era la numero 14. Una vez terminé de cenar me fui a dar una ducha caliente en unos aseos montados al efecto. Luego llegué a la tienda 14 y caí en el suelo sobre una colchoneta 2X2, estaba para hacerme una foto. Desnudo salvo unos boxers que estrenaba, no era mi marca de siempre y estos eran como un torniquete para mi polla de lo que apretaban, pero era mi talla según la etiqueta.
Ya me encontraba en un nirvana, cuando se abre la tienda y aparece en albornoz Nuria, —¿Como se encuentra mi compi? ¿Preparado para mañana?— solo recordarme lo del día siguiente me corto todo el rollo y me pregunte que de donde había sacado un albornoz y ella imaginándoselo, me dijo que Enric era su porteador. La notaba más relajada y simpática, imagino porque al final hicimos muy buen tiempo. Que a mí con llegar de una pieza ya me bastaba. No tenía fuerzas ni para abrir los ojos y mucho menos para hablar. Hasta que se quitó el albornoz y se quedó en pelotas picadas. Su cuerpo era como una bella escultura, el culo grande y hermoso, que quiero dejarlo claro, cuando digo grande, es porque no encajaba en ese cuerpo tan delgado y fibrado, pero tampoco encajaban sus tetas que le pasaban lo mismo. Bien hermosas, llamativas y con una caída que resultaba sensual. Y en su coño llevaba un buen mochete de pelo. Se puso un pijama y se me quedo mirando:
— ¿Es que nunca has visto a una mujer desnuda? O ¿Hace mucho que no ves a una?
— (MENTÍ) Te equivocas porque no te miraba a ti o bueno sí, pero lo que miraba es ese tatuaje que llevas. Nunca vi ninguno igual. Porque no lo he llegado a ver bien, pero parecía algo si no diabólico, extraño, aunque ponga “MENS SANA IN CORPORE SANO”
— Jajajajaja, sí que te fijas...
— Y lo de si hace mucho que no veo a una mujer.
— Porque ya me contó Enric lo que te paso con esa gran puta.
— Mejor durmamos que mañana nos hará falta estar descansados.
En ningún momento vi que se le escapara una mirada a mi paquete que se marcaba mucho. A mitad de la noche y sin querer, me medio desperté, pegado a su culo y con mi rabo a tope. Me aparte y ella seguía durmiendo. Por la mañana nos despertamos a la vez, ella se puso tanto arriba como abajo prendas deportivas, nos terminamos de preparar y fuimos al desayuno, que más que desayuno era una comida en toda regla. Era una etapa peor que la del día anterior, pero imaginándome su culo, follándomelo mentalmente como que la carrera se me hacía más llevadera. En un tramo de subida, ella gira un poco la cabeza para avisarme que viene una zona pedregosa que cuidado al pisar y me pilla mirándole el culo descaradamente, pero también normal por la posición de cada uno. Lo único que me decía yo mismo por el pedregal, que pena que fuera asexual.
Terminamos como el día anterior, no los primeros, pero en buen lugar. Y ya varios tuvieron que abandonar. Que era lo que me decía yo mimo, por lo menos no em han tirado a la primera. La tercera etapa era mortal según decian y de oír tantas cosas ya me tenían acojonado, Nuria le quitaba importancia, pero se notaba que lo decía para que no me asustara. Ya me había duchado y estaba en la tienda, estaba mirando el recorrido del día siguiente, todos los datos los estaba estudiando minuciosamente, cuando entra Nuria.
Se quita el albornoz, se queda de nuevo desnuda, me quita la libreta y luego se pone de rodillas entre mis piernas. Me baja el boxers diciéndome —hay que quitarte tensión, si no mañana ni mirándome el culo aguantaras—, lo siguiente que dice al verme el rabo —bendito badajo que tienes. Ahora vamos a ver paras que vale—, nada de preliminares, me pregunto si tenía condones, le dije que no, porque no creía que fuera a haber tiempo para follar, —UUUMMMM— resoplo ella, —pues cuidadito si eres de lo de disparo rápido— y agarro mi rabo, se sentó sobre mí sin más ceremonia, con las rodillas apoyadas a cada lado de mis caderas, y empezó a moverse despacio, buscando el ángulo, como quien se prueba el calzado nuevo. Yo la agarraba de la cintura, todavía sin creérmelo, mirando cómo ese cuerpo de gacela se arqueaba encima de mí. Pero a los pocos segundos dejó de probar y empezó a cabalgarme en serio. Y ahí se le rompió la máscara.
—Joder... joder, joder, joder...— empezó a soltar entre dientes, cada vez más alto. —¿Pero dónde has metido esto, Pelayo? ¿Dónde cojones llevabas escondido esta polla?—
Se le había ido toda la suficiencia del gimnasio. La tía que hacía un mes me miraba por encima del hombro ahora se sujetaba a mis pectorales, clavándome las uñas, y me hablaba como si me hubiera conocido toda la vida. —Nunca... nunca me habían llenado así— jadeaba, echándose el pelo moreno hacia atrás. —Mi marido... que Enric no se entere, pero mi marido la tiene normalita, ¿sabes? Y yo llevo años creyendo que era yo, que era estrecha, que era frígida... ¡JA! Frígida. Menuda mentira.—
—¿Y lo de asexual?— le solté, aguantándome la risa y el gemido a la vez.
—Bulo. Bulo que se ha corrido y se ha quedado— contestó, mordiéndose el labio. —Asexual, asexual... si la gente supiera lo que me aprieta el coño ahora mismo...—
Se echó hacia delante, apoyó las manos en la colchoneta a los lados de mi cabeza y me quedó la cara a un palmo. Empezó a mover las caderas en círculos, embistiéndose ella sola contra mí, y me miraba a los ojos con una fijeza que daba un poco de miedo. Yo, mientras, le subí las manos por el torso y le torturé los pezones, y ahí sí que se le escapó un gemido de verdad, largo, gutural. Se mordió el puño para taparlo, mirando de reojo hacia la lona de la tienda, no fuera que la oyera el campamento entero.
—No pares con eso— me dijo, apartándose el puño. —Los pezones no, que me matas.— Le hice caso a medias y seguí. Le agarré las tetas, hermosas, pesadas, con esa caída sensual que le daba su punto, y se las apreté mientras ella cabalgaba. El ritmo ya era salvaje. La tienda crujía, la colchoneta se movía, y a mí me daba igual que nos oyera toda la organización del ultramaratón.
Se corrió la primera vez así, encima de mí, con un resoplido largo y las uñas clavadas en mi pecho. Noté cómo se le contraía todo, cómo me ordeñaba por dentro, y por poco me voy yo también. Aguanté. No sé de dónde saqué la fuerza, pero aguanté.
Y en cuanto se recuperó del orgasmo, en vez de parar, se puso más fiera. Empezó a embestir hacia atrás, a buscar el fondo, y me susurraba cosas al oído que no me esperaba en una tía que llevaba todo a juego hasta las uñas.
—Que polla tan grande, Pelayo... me lo estás poniendo todo... todo... ¿tú sabes lo que es esto? Llevo este tiempo corriendo contigo al lado sin saber que me ibas a abrir así...
Yo ya no podía ni contestar. Solo aguantaba.
—Y no te corres, ¿eh?— se apartó un momento para mirarme, incrédula. —No te has corrido. ¿Cómo aguantas tanto, cabrón?—
—Dosificación— dije, y ella se rió a carcajadas, ahí, desnuda encima de mí.
—Dosificación, dice. Dosificación el cabrón.—
Y volvió a la carga. Segunda vez. Esta vez me agarró la cara con las dos manos, se echó hacia delante y me besó mientras seguía moviéndose. Un beso sucio, con dientes. Y cuando estaba a punto, me mordió el labio, lo mordió de verdad, hasta hacerme daño, y se corrió otra vez con un gemido ahogado en mi boca. Se le estremeció todo el cuerpo y se quedó unos segundos temblando encima de mí.
Entonces noté que ya no aguantaba más. La estaba sintiendo tan apretada, tan caliente, con ese cuerpo sudado pegado al mío, que la cosa se me venía sí o sí. —Nuria... que me voy a correr— le avisé. —Que me corro ya.—
Y la muy puta se levantó de un salto, sin más. Se salió de mí de golpe, y yo me quedé con el rabo al aire, brillante de ella, a punto de estallar.
—¿Dónde te quieres correr?— me preguntó, con toda la tranquilidad del mundo. —¿En la boca o en el culo?—
No me dio ni tiempo a responder. Antes de que abriera la boca ya se había dado la vuelta, se había puesto a cuatro patas, con la espalda arqueada y ese culo grande y redondo apuntándome directamente. Lo movió un poco, provocándome, y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Decídete, Pelayo. Que se te va a pasar el arroz.—
Y ahí delante lo tenía. Ese culo que llevaba días comiéndome la cabeza en cada tramo de subida, ahora abierto para mí. Cogí un poco de saliva y me la pasé por el rabo, ya resbaladizo de ella, y con los dedos la preparé un momento. Se la notaba húmeda de su propio coño, chorreando todavía del segundo orgasmo, así que recogí algo de eso y se lo llevé hacia atrás. Cuando le toqué el ano, se le escapó un suspiro.
—UUUUUHHHHMMMM... SÍ... POR AHÍ...— murmuró, y empujó un poco hacia atrás. —Ahí también me vas a llenar, ya verás.—
Le puse la punta en la entrada y empujé despacio. Costó, cómo no iba a costar con lo que llevaba. Pero ella aguantó el tipo, respiró hondo, y fue empujando hacia atrás ella sola, metiéndose poco a poco mi rabo hasta que se lo metió entero. Cuando ya no quedó más, se quedó quieta un segundo, con la respiración entrecortada.
—Bendito badajo— repitió, esta vez con un hilo de voz. —Que me estás partiendo en dos, cabrón.—
—¿Duele?— le pregunté.
—¿Duele? Duele rico, Pelayo. Es un dolor excitante.
Y empezó a moverse. Lento al principio, buscando el ritmo, con las manos agarradas a la colchoneta y la espalda arqueada como una gata. Yo la agarré de las caderas y la fui guiando, hasta que encontramos el vaivén. Entonces ya se lo tomó en serio. Cada embestida mía le arrancaba un resoplido, y ella empujaba hacia atrás para clavarse todo. La tienda entera crujía ahora, no había quien lo disimulara.
—JODER, PELAYO... JODER...— con voz más alta. —Que se entere el campamento. Que se entere Enric. Que se entere todo el mundo.— El placer la hacía desvariar. —¿Y qué le decimos a Enric?— le pregunté, entre embestida y embestida. —Nada— dijo, riéndose. —Que no salga de aquí y ya veremos.—
Aceleré. El culo de Nuria era un espectáculo: grande, firme, redondo, y a cada empuje la piel se le sacudía. Le agarré una nalga con cada mano y se las apreté, se las separé para ver cómo entraba y salía de ella. Y la tía, mientras, había vuelto a meterse la mano por delante, buscándose el coño, corriéndose una tercera vez mientras yo la embestía por detrás.
—Pelayo... me voy a correr otra vez... no pares... no pares...—
Y no paré. Aguanté lo justo para sentirla apretarse otra vez en torno a mí, y cuando ya no pude más, me corrí por fin, dentro de su culo, agarrado a esas caderas, con un bufido que seguro que se oyó en la tienda de al lado. Me vacié en ella como si llevara meses sin correrme. Y lo cierto es que, en cierto modo, así había sido.
Me quedé encima unos segundos, apoyado, recuperando el aliento. Ella se dejó caer poco a poco hasta tumbarse boca abajo, con las piernas abiertas y la cara girada de lado sobre la colchoneta. Yo me salí despacio y me tumbé a su lado.
—Bueno— dijo ella, sin abrir los ojos, con una sonrisa de gata. —Igual sí que eres de fiar después de todo.—
—Eso— contesté. —Pero mañana, la tercera etapa.—
—La tercera etapa— repitió, y se rió. —Pelayo, después de esto la tercera etapa me la como con patatas.— Se incorporó sobre un codo, me miró de arriba abajo y luego se echó el pelo hacia atrás.
—Ahora duérmete de una vez— dijo, y me pasó una mano por el pecho. —Y ya mañana, si quieres, seguimos hablando de tu dosificación.—
Dijo dosificación con un retintín que prometía más de lo que había pasado esa noche. Y se quedó ahí, desnuda a mi lado, con el tatuaje ese raro en la espalda, el "MENS SANA IN CORPORE SANO" que ya no me parecía tan sano, porque ese cuerpo, desde luego, era lo más sucio y lo más rico que me había echado encima en mucho tiempo. Me quedé mirándola un rato antes de cerrar los ojos. Y pensé, ya medio dormido, que el amigo que me avisó de que la señora Cereza era "rara" no tenía ni puñetera idea de lo que se perdía.
A la mañana siguiente, antes de que sonara la alarma, ya estaba el móvil de Nuria vibrando encima de la colchoneta. Ella, todavía con el sueño pegado a los ojos, miró la pantalla y me la enseñó.
—Es Enric.—
Descolgó y lo puso en altavoz, medio a propósito medio sin querer, y se quedó tumbada boca arriba, tapándole a medias ese cuerpo que la noche anterior me había dejado seco. Yo, a su lado, escuchaba.
—Buenos días, campeones— dijo la voz de Enric, animosa. —Hoy es la gorda, ¿eh? La tercera. Quería oíros la voz antes de que salgáis, daros un poco de ánimo.—
—Buenos días, Enric— contestó ella, con una voz que no le reconocí del todo, más suave, más doméstica. —Aquí estamos, preparándonos.—
—¿Y Pelayo? ¿Cómo anda el chaval? Porque hoy es de las de verdad. ¿Tú crees que aguantará, o me lo vas a traer de vuelta hecho un guiñapo?—
—Aguantara— dijo ella, rápida.
—No sé, no sé...— dudó él. —Hoy son siete horas de monte, y la última parte es criminal. El chaval corre bien, pero aguantar a tu lado en la etapa dura...—
—Que aguanta, Enric. Te lo digo yo. Es un toro.—
—Un toro— repitió él, con una risilla. —¿Y si flaquea? ¿Tienes plan B?—
Y ahí ella se giró de medio lado, me miró con una sonrisa torcida, y dijo, muy tranquila:
—Si le veo flaquear, le digo que mi culo es suyo. Y eso le hace volar, ya verás.— Enric se calló un segundo. Luego soltó una carcajada. —Capaz serías. Capaz serías de decírselo y de cumplirlo.— Se quedó un momento pensativo al otro lado. —Pero oye, no le tontees, ¿eh? Que el chaval tiene fama. Fama de dos cosas: de buen follador y de pollón. Lo sé de buena tinta.—
Nuria se echó a reír a carcajadas, tapándose la boca con el dorso de la mano.
—¿Y quién te ha contado a ti eso?—
—Uno que lo conoce. Uno que se llama igual que tú, anda.— Y se rió él también. —Venga, en serio. Hoy os quiero los dos enteros y de una pieza. Cuidado con el tramo de las piedras, que el año pasado se lesionó gente ahí. Y si hay que parar, se para, que la carrera no vale una lesión. ¿Me lo prometes?—
—Prometido y Pelayo acaba de llegar, te lo digo para que no vayas a decir algo que no debas— dijo ella.
—Prometido, aunque no se que es lo que prometo, jajajaja—dije yo para que supiera que estaba ahí.
—¡Ah, hola, toro!— me saludó Enric, muerto de risa. —Pues hala, a por ellos. Al final de etapa os espero. Un abrazo a los dos.— Colgó. Nuria dejó el móvil a un lado, se estiró como un gato y me miró.
—¿Qué?— dije.
—Nada. Que tenía razón tu amigo. Tienes fama.—
—Fama de qué—
—De pollón, Pelayo. De pollón.— Y se levantó de la colchoneta antes de que pudiera replicar.
La tercera etapa fue, en efecto, la hija puta que todos decían. Salimos con el día aún gris y a las tres horas ya llevábamos el cuerpo hecho un mapa de barro y sudor. Hubo un tramo de subida que se me hizo eterno, un pedregal que te rompía los tobillos, una bajada que me destrozó las rodillas. En el kilómetro cuarenta, más o menos, noté que se me apagaba la cabeza, esa pájara que ya conocía del día anterior. Y entonces Nuria, sin girarse del todo, me lo soltó.
—Pelayo. Ese culo es tuyo. Tira de él.—
Y funcionó. Vaya si funcionó. No sé si fue la tontería, la promesa o el hambre que traía, pero le apreté los dientes, me agarré a esa imagen y seguí subiendo como si me hubieran cambiado las piernas. Ella, delante, iba igual de entera que siempre, marcando el ritmo, mirándome de reojo para ver si aún la seguía.
—Eso es— me animaba, ahora sí sin condescendencia, con ganas de verdad. —Así, toro. Así, mi torito—
Llegamos. No los primeros, tampoco los últimos, pero llegamos enteros y con buen tiempo, y eso, después de la etapa que era, era un milagro. Al ver la meta, ahí estaba Enric, esperándonos con las dos manos en las caderas y una sonrisa de oreja a oreja. Nos dio agua, nos echó un ojo, nos preguntó cómo andábamos de piernas y de tobillos.
Y luego, cuando ya respirábamos, se acercó a su mujer y le dijo, con retintín:
—No le habrás dicho ninguna tontería, ¿eh?— Nuria se ofendió de verdad. Se le notó. —¿Tontería? ¿Por qué iba a decirle una tontería?—
—Porque te conozco. Cuando te pones a arengar a la gente se te escapan cosas.—
—Pues no le he dicho nada raro. Le he dicho la verdad. Que hoy aguantaba. Y ha aguantado.
—Ya, ya— dijo Enric, mirándome de reojo y riéndose por lo bajo.
No insistí. Me fui a la ducha y luego a la tienda, y a los pocos minutos, como la noche anterior, apareció ella. Se quitó el albornoz, se metió conmigo, y esta vez ni palabras: me buscó y nos enredamos los dos ahí dentro, sin más ceremonia que la de dos cuerpos que se desean. Yo la puse de espaldas y me metí en ella, y empezamos a follar despacio, disfrutando, sin la urgencia del primer día.
Y en eso, a mitad, vibra el móvil.
Nuria estiró el brazo, miró la pantalla y soltó un taco por lo bajo. fin del primer capitulo
En la primera parte de la conversación me di cuenta de que sabia más de mí de lo que podría haber pensado, algo que me dejo descuadrado. El llevaba una franquicia con varias “sucursales” “oficinas” o “tiendas” y como hobby tenía organizar o colaborar con eventos de este tipo. Despues de decirme parte de lo que sabía de mí, empezó la conversación:
— Te he visto correr otros días por el cauce y hoy lo he visto mejor. Corres mucho mejor que el año pasado, ritmo consistente y estable, buena gestión del esfuerzo, no se te ve un agotamiento extremo y te has recuperado rápido. Has llevado una zancada buena y eficiente, tu respiración la llevabas bien controlada...
— Disculpa que te interrumpa... ¿ahora es cuando te pones de rodillas y te declaras?
— Jajajajaja, discúlpame que tienes razon, te he entrado de una manera incorrecta. Me llamo Enric y estoy buscando a alguien como tu para una carrea distinta a esta, no sé si has oído hablar de las Ultra Trail, supermaratones o ultramaratones...
— La verdad que no, ya tengo bastante con estos y no me interesa. Ya tengo mi trabajo y por lo que me dices o por lo que entiendo, buscas gente para correr en esas carreras y yo no soy un profesional.
— Precisamente por eso me he fijado en ti, no corres para ganar, corres para llegar y te dosificas muy bien. Yo tampoco me dedico a esto profesionalmente, que mis negocios son otros, antes corría yo, pero un desgraciado accidente me retiro de correr ese tipo de carreras. Estamos preparando una fuera de España, que es por equipos o mejor dicho por parejas y aquí es donde entras tu.
— Si tú no puedes correr y para mí es la primera vez... ¿dónde está el chiste?
— No he dicho que tendrías que hacer pareja conmigo, porque son parejas mixtas, seria con una mujer experimentada en este tipo de carreras. Es una carrera distinta, de este tipo la primera, queremos ver el resultado.
— ¿Y qué mujer es? ¿Ha corrido hoy aquí?
— No ha corrido y es mi mujer. Esta muy preparada.
Luego me explico onde entrenaban y me pareció que lo mismo era una captación para darme de alta en ese gimnasio y rápidamente no se si es que se dio cuenta, me dejo claro que preguntara por el al entrar que no me tenía que dar de alta. A continuación, me dio una tarjeta suya donde además de su nombre venía a lo que se dedicaba y eso me dio un poco más de confianza. Hice varias llamadas hasta que encontré a alguien que conocía a este sujeto. Le conté lo sucedido y me dijo que eran buenas personas él y su mujer.
— Es un buen tío, muy deportista hasta que se metió un viaje con la moto, quedó jodido, pero remonto, aunque con alguna pequeña limitación en una de sus piernas. Te puedes fiar de él, es una distracción, ya que no tienen hijos pues se dedica a ese tipo de cosas. Su mujer la Nuria, es más complicada, porque no es que sea mala persona, diré que un poco rara.
— ¿A qué te refieres con rara?
— Hombre, yo no me meto con la condición sexual de nadie, pero esta es asexual y eso ya la hace rara, claro como dice mi mujer y otras, como van a tener hijos y no hay tema.
— Pero eso será problema de ella y n todo caso de su marido, no de los demás.
— No es solo eso. Tú ves al gimnasio, conoce a la señora Cereza y ya me cuentas la próxima vez.
La conversación poco más dio de sí y entendí que se apellidaba cereza. Acudo al gimnasio y Enric esta con un pantalón corto y camiseta, esta mega fuerte y musculado, siendo visibles varias cicatrices en una de sus piernas. Despues de saludarnos me dice que un segundo y habla por el móvil. Mientras me fijo en una mujer que está haciendo ejercicios de fuerza. No llegaba a los 40, 1,70, delgada, melena morena, enroscada como si fuera una ensaimada, ojos color ámbar. El pecho difícil de saber con exactitud porque llevaba un sujetador deportivo que comprime. Mallas ajustadas de estas que es como si abrieran las nalgas y el culo con buena forma y para ser tan delgada, se veía grande pero no exagerado. Y el resto del cuerpo con muy buena silueta. Me vio, se giró y me di cuenta, aunque lo disimulara que me observaba a través de un espejo.
Enric una vez que acaba se acerca y me lleva junto a esa mujer y me la presenta como Nuria, como había dicho mi amigo. Nada de dos besos, me tendió la mano y quisiera más de un hombre apretar la mano como me la apretó ella. La conversación fue corta y ella me emplazo o nos emplazó el sábado para correr. Porque dijo que ella no era de las que le gustaba hacer el ridículo. Evidentemente refiriéndose a mi capacidad de correr y si daba la talla. Nuria llevaba todo de color vino, pero fijándome más podía ser color cereza, incluida las uñas y pintalabios, porque iba echa un pincel en el gimnasio.
El sábado ella solo dijo además de los buenos días —si ves que no puedes seguir mi ritmo me lo dices y abortamos la carrera—, lo dijo en un tono, que, si bien no era chulesco, si era condescendiente. Es día llevaba otro tipo de equipación pero del mismo color cereza. Empezamos a calentar y me fascinaba la flexibilidad que tenía ese cuerpo y en alguno de sus ejercicios de calentamiento, me excitaba la forma que adoptaba su culo. Era temprano y no hacia todavía calor, pero el día no iba a perdonar. Desde el principio su ritmo fue endiablado, pero no algo que no se pudiera aguantar, aunque si hubiera llevado yo la marcha, seria a un ritmo más bajo. No sabía ni cuanto íbamos a recorrer, era la zona de un embalse y despues de más de hora y media, vi el coche de Enric. Cuando paramos ellas de forma solemne dijo —me equivoque, no es solo fachada y un chico mono, puede valer—, de nuevo ese aire de suficiencia o de amargada. No quise decir nada en ese momento, pero al día siguiente Enric me trajo un cuadernillo montado por el e imagino que, con la participación de su mujer, para que supiera las normas de la carrea, ejercicios para prepararme etc.
—Mira no me caes mal, pero no me gusta la actitud de tu mujer, como me habla... tú se lo aguantarás, pero yo no tengo porque— le dije. Se quedo blanco y sin saber que decir, porque no se lo esperaba y supongo que no estaba acostumbrado a ese tipo de respuestas. Trato de convencerme y me decía que su mujer una vez que se la conocía se la veía de otra manera. No cambie de opinión y se marchó.
La mujer se hizo la encontradiza conmigo, me hizo gracia, no lo de el “encuentro” si no su vestuario, esta vez no era de color cereza, pero el modelito que llevaba era más o menos del mimo estilo. Color único y el resto todo a juego. Uñas, maquillaje, sandalias... lo más las piernas, porque llevaba minifalda y se le notaba la musculación y tonificación, eran unas piernas para hacer no uno, por lo menos dos ultras Trail y sin descanso. Acabo convenciéndome o sus piernas acabaron convenciéndome, decirlo, fui muy facilón. Los siguientes días fueron una vorágine. Sería una semana muy intensa. Aun así, me faltaban datos y fue el día que salimos de viaje, en el avión, Enric sentado en medio de los dos, dando explicaciones detalladas y según las iba diciendo, se me estaba revolviendo el estómago y pensaba que a alguien se le había ido la cabeza, pero mucho. Lo que me dejaba fuera de juego, era la indiferencia que mostraba Enric y la normalidad con la que recibía Nuria la información.
Eran unos recorridos de locos y de la distancia ya no digo, mi cabeza era una calculadora y salíamos amaneciendo y en el mejor de los casos llegaríamos anocheciendo. Una cosa estaba clara quien no llegara en unos tiempos fijados, se iban para casa y no valía que uno hiciera bien el tiempo. Tenían que ser los dos. Lo que veía imposible o casi imposible. Sobre todo, la tercera jornada, era una etapa de morirse. Me quede el resto del viaje yo solo mirando los recorridos, que además Enric había dejado anotaciones, para que supiéramos al detalle onde estaban los peores tramos y donde los mejores para recuperar, pues bien, los mejores eran una locura.
Al llegar había mucha camadería porque prácticamente todos se conocían. Enric mientras su mujer iba saludando a todo el mundo me termino de explicar la parte del funcionamiento. Al final de la etapa el estaría para recibirnos, luego que viera que estábamos bien él se marcharía al siguiente punto y allí fue cando me dijo que nosotros dormiríamos en tiendas de campaña.
La mañana estaba muy fría y a correr. Pasados los primeros 12 km, me empezaba a costar seguir a Nuria, que iba tan pancha. Había tramos que me recordaba a Galicia y eso me gustaba, pero otros eran simplemente una tortura para las piernas. Aunque mientras mi cabeza funcionara bien, el resto del cuerpo aguantaría. Cada vez que pasábamos junto a un avituallamiento, Nuria mee avisaba que coger y el resto ni mirarlo, era como un sargento. En el kilómetro treinta y algo, me entro una ligera pájara, —VENGA PELAYO, NO ME JODAS, AGUANTA, AGUANTA... TOMATE EL MARRON, EL MARRRON— se había dado cuenta y yo le decía que estaba bien que no se volviera loca. Ella mordió el plástico del “marrón” como decía ella y me lo hizo tomar, era un jarabe de glucosa o algo parecido, luego me tenía preparado como un zumo y me lo bebi. No sé lo que era, pero me dio más fuerza.
Llegamos con muy buen tiempo, lo que alegro a Nuria. Yo quería irme a la tienda que me tocara y echarme a dormir. No me dejaron, me llevaron a comer algo. Me pille una fuente de espaguetis a la boloñesa y fue pura lujuria. Nuria se reía y Enric también, se despidió, me dijo que descansara bien y que mi tienda era la numero 14. Una vez terminé de cenar me fui a dar una ducha caliente en unos aseos montados al efecto. Luego llegué a la tienda 14 y caí en el suelo sobre una colchoneta 2X2, estaba para hacerme una foto. Desnudo salvo unos boxers que estrenaba, no era mi marca de siempre y estos eran como un torniquete para mi polla de lo que apretaban, pero era mi talla según la etiqueta.
Ya me encontraba en un nirvana, cuando se abre la tienda y aparece en albornoz Nuria, —¿Como se encuentra mi compi? ¿Preparado para mañana?— solo recordarme lo del día siguiente me corto todo el rollo y me pregunte que de donde había sacado un albornoz y ella imaginándoselo, me dijo que Enric era su porteador. La notaba más relajada y simpática, imagino porque al final hicimos muy buen tiempo. Que a mí con llegar de una pieza ya me bastaba. No tenía fuerzas ni para abrir los ojos y mucho menos para hablar. Hasta que se quitó el albornoz y se quedó en pelotas picadas. Su cuerpo era como una bella escultura, el culo grande y hermoso, que quiero dejarlo claro, cuando digo grande, es porque no encajaba en ese cuerpo tan delgado y fibrado, pero tampoco encajaban sus tetas que le pasaban lo mismo. Bien hermosas, llamativas y con una caída que resultaba sensual. Y en su coño llevaba un buen mochete de pelo. Se puso un pijama y se me quedo mirando:
— ¿Es que nunca has visto a una mujer desnuda? O ¿Hace mucho que no ves a una?
— (MENTÍ) Te equivocas porque no te miraba a ti o bueno sí, pero lo que miraba es ese tatuaje que llevas. Nunca vi ninguno igual. Porque no lo he llegado a ver bien, pero parecía algo si no diabólico, extraño, aunque ponga “MENS SANA IN CORPORE SANO”
— Jajajajaja, sí que te fijas...
— Y lo de si hace mucho que no veo a una mujer.
— Porque ya me contó Enric lo que te paso con esa gran puta.
— Mejor durmamos que mañana nos hará falta estar descansados.
En ningún momento vi que se le escapara una mirada a mi paquete que se marcaba mucho. A mitad de la noche y sin querer, me medio desperté, pegado a su culo y con mi rabo a tope. Me aparte y ella seguía durmiendo. Por la mañana nos despertamos a la vez, ella se puso tanto arriba como abajo prendas deportivas, nos terminamos de preparar y fuimos al desayuno, que más que desayuno era una comida en toda regla. Era una etapa peor que la del día anterior, pero imaginándome su culo, follándomelo mentalmente como que la carrera se me hacía más llevadera. En un tramo de subida, ella gira un poco la cabeza para avisarme que viene una zona pedregosa que cuidado al pisar y me pilla mirándole el culo descaradamente, pero también normal por la posición de cada uno. Lo único que me decía yo mismo por el pedregal, que pena que fuera asexual.
Terminamos como el día anterior, no los primeros, pero en buen lugar. Y ya varios tuvieron que abandonar. Que era lo que me decía yo mimo, por lo menos no em han tirado a la primera. La tercera etapa era mortal según decian y de oír tantas cosas ya me tenían acojonado, Nuria le quitaba importancia, pero se notaba que lo decía para que no me asustara. Ya me había duchado y estaba en la tienda, estaba mirando el recorrido del día siguiente, todos los datos los estaba estudiando minuciosamente, cuando entra Nuria.
Se quita el albornoz, se queda de nuevo desnuda, me quita la libreta y luego se pone de rodillas entre mis piernas. Me baja el boxers diciéndome —hay que quitarte tensión, si no mañana ni mirándome el culo aguantaras—, lo siguiente que dice al verme el rabo —bendito badajo que tienes. Ahora vamos a ver paras que vale—, nada de preliminares, me pregunto si tenía condones, le dije que no, porque no creía que fuera a haber tiempo para follar, —UUUMMMM— resoplo ella, —pues cuidadito si eres de lo de disparo rápido— y agarro mi rabo, se sentó sobre mí sin más ceremonia, con las rodillas apoyadas a cada lado de mis caderas, y empezó a moverse despacio, buscando el ángulo, como quien se prueba el calzado nuevo. Yo la agarraba de la cintura, todavía sin creérmelo, mirando cómo ese cuerpo de gacela se arqueaba encima de mí. Pero a los pocos segundos dejó de probar y empezó a cabalgarme en serio. Y ahí se le rompió la máscara.
—Joder... joder, joder, joder...— empezó a soltar entre dientes, cada vez más alto. —¿Pero dónde has metido esto, Pelayo? ¿Dónde cojones llevabas escondido esta polla?—
Se le había ido toda la suficiencia del gimnasio. La tía que hacía un mes me miraba por encima del hombro ahora se sujetaba a mis pectorales, clavándome las uñas, y me hablaba como si me hubiera conocido toda la vida. —Nunca... nunca me habían llenado así— jadeaba, echándose el pelo moreno hacia atrás. —Mi marido... que Enric no se entere, pero mi marido la tiene normalita, ¿sabes? Y yo llevo años creyendo que era yo, que era estrecha, que era frígida... ¡JA! Frígida. Menuda mentira.—
—¿Y lo de asexual?— le solté, aguantándome la risa y el gemido a la vez.
—Bulo. Bulo que se ha corrido y se ha quedado— contestó, mordiéndose el labio. —Asexual, asexual... si la gente supiera lo que me aprieta el coño ahora mismo...—
Se echó hacia delante, apoyó las manos en la colchoneta a los lados de mi cabeza y me quedó la cara a un palmo. Empezó a mover las caderas en círculos, embistiéndose ella sola contra mí, y me miraba a los ojos con una fijeza que daba un poco de miedo. Yo, mientras, le subí las manos por el torso y le torturé los pezones, y ahí sí que se le escapó un gemido de verdad, largo, gutural. Se mordió el puño para taparlo, mirando de reojo hacia la lona de la tienda, no fuera que la oyera el campamento entero.
—No pares con eso— me dijo, apartándose el puño. —Los pezones no, que me matas.— Le hice caso a medias y seguí. Le agarré las tetas, hermosas, pesadas, con esa caída sensual que le daba su punto, y se las apreté mientras ella cabalgaba. El ritmo ya era salvaje. La tienda crujía, la colchoneta se movía, y a mí me daba igual que nos oyera toda la organización del ultramaratón.
Se corrió la primera vez así, encima de mí, con un resoplido largo y las uñas clavadas en mi pecho. Noté cómo se le contraía todo, cómo me ordeñaba por dentro, y por poco me voy yo también. Aguanté. No sé de dónde saqué la fuerza, pero aguanté.
Y en cuanto se recuperó del orgasmo, en vez de parar, se puso más fiera. Empezó a embestir hacia atrás, a buscar el fondo, y me susurraba cosas al oído que no me esperaba en una tía que llevaba todo a juego hasta las uñas.
—Que polla tan grande, Pelayo... me lo estás poniendo todo... todo... ¿tú sabes lo que es esto? Llevo este tiempo corriendo contigo al lado sin saber que me ibas a abrir así...
Yo ya no podía ni contestar. Solo aguantaba.
—Y no te corres, ¿eh?— se apartó un momento para mirarme, incrédula. —No te has corrido. ¿Cómo aguantas tanto, cabrón?—
—Dosificación— dije, y ella se rió a carcajadas, ahí, desnuda encima de mí.
—Dosificación, dice. Dosificación el cabrón.—
Y volvió a la carga. Segunda vez. Esta vez me agarró la cara con las dos manos, se echó hacia delante y me besó mientras seguía moviéndose. Un beso sucio, con dientes. Y cuando estaba a punto, me mordió el labio, lo mordió de verdad, hasta hacerme daño, y se corrió otra vez con un gemido ahogado en mi boca. Se le estremeció todo el cuerpo y se quedó unos segundos temblando encima de mí.
Entonces noté que ya no aguantaba más. La estaba sintiendo tan apretada, tan caliente, con ese cuerpo sudado pegado al mío, que la cosa se me venía sí o sí. —Nuria... que me voy a correr— le avisé. —Que me corro ya.—
Y la muy puta se levantó de un salto, sin más. Se salió de mí de golpe, y yo me quedé con el rabo al aire, brillante de ella, a punto de estallar.
—¿Dónde te quieres correr?— me preguntó, con toda la tranquilidad del mundo. —¿En la boca o en el culo?—
No me dio ni tiempo a responder. Antes de que abriera la boca ya se había dado la vuelta, se había puesto a cuatro patas, con la espalda arqueada y ese culo grande y redondo apuntándome directamente. Lo movió un poco, provocándome, y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Decídete, Pelayo. Que se te va a pasar el arroz.—
Y ahí delante lo tenía. Ese culo que llevaba días comiéndome la cabeza en cada tramo de subida, ahora abierto para mí. Cogí un poco de saliva y me la pasé por el rabo, ya resbaladizo de ella, y con los dedos la preparé un momento. Se la notaba húmeda de su propio coño, chorreando todavía del segundo orgasmo, así que recogí algo de eso y se lo llevé hacia atrás. Cuando le toqué el ano, se le escapó un suspiro.
—UUUUUHHHHMMMM... SÍ... POR AHÍ...— murmuró, y empujó un poco hacia atrás. —Ahí también me vas a llenar, ya verás.—
Le puse la punta en la entrada y empujé despacio. Costó, cómo no iba a costar con lo que llevaba. Pero ella aguantó el tipo, respiró hondo, y fue empujando hacia atrás ella sola, metiéndose poco a poco mi rabo hasta que se lo metió entero. Cuando ya no quedó más, se quedó quieta un segundo, con la respiración entrecortada.
—Bendito badajo— repitió, esta vez con un hilo de voz. —Que me estás partiendo en dos, cabrón.—
—¿Duele?— le pregunté.
—¿Duele? Duele rico, Pelayo. Es un dolor excitante.
Y empezó a moverse. Lento al principio, buscando el ritmo, con las manos agarradas a la colchoneta y la espalda arqueada como una gata. Yo la agarré de las caderas y la fui guiando, hasta que encontramos el vaivén. Entonces ya se lo tomó en serio. Cada embestida mía le arrancaba un resoplido, y ella empujaba hacia atrás para clavarse todo. La tienda entera crujía ahora, no había quien lo disimulara.
—JODER, PELAYO... JODER...— con voz más alta. —Que se entere el campamento. Que se entere Enric. Que se entere todo el mundo.— El placer la hacía desvariar. —¿Y qué le decimos a Enric?— le pregunté, entre embestida y embestida. —Nada— dijo, riéndose. —Que no salga de aquí y ya veremos.—
Aceleré. El culo de Nuria era un espectáculo: grande, firme, redondo, y a cada empuje la piel se le sacudía. Le agarré una nalga con cada mano y se las apreté, se las separé para ver cómo entraba y salía de ella. Y la tía, mientras, había vuelto a meterse la mano por delante, buscándose el coño, corriéndose una tercera vez mientras yo la embestía por detrás.
—Pelayo... me voy a correr otra vez... no pares... no pares...—
Y no paré. Aguanté lo justo para sentirla apretarse otra vez en torno a mí, y cuando ya no pude más, me corrí por fin, dentro de su culo, agarrado a esas caderas, con un bufido que seguro que se oyó en la tienda de al lado. Me vacié en ella como si llevara meses sin correrme. Y lo cierto es que, en cierto modo, así había sido.
Me quedé encima unos segundos, apoyado, recuperando el aliento. Ella se dejó caer poco a poco hasta tumbarse boca abajo, con las piernas abiertas y la cara girada de lado sobre la colchoneta. Yo me salí despacio y me tumbé a su lado.
—Bueno— dijo ella, sin abrir los ojos, con una sonrisa de gata. —Igual sí que eres de fiar después de todo.—
—Eso— contesté. —Pero mañana, la tercera etapa.—
—La tercera etapa— repitió, y se rió. —Pelayo, después de esto la tercera etapa me la como con patatas.— Se incorporó sobre un codo, me miró de arriba abajo y luego se echó el pelo hacia atrás.
—Ahora duérmete de una vez— dijo, y me pasó una mano por el pecho. —Y ya mañana, si quieres, seguimos hablando de tu dosificación.—
Dijo dosificación con un retintín que prometía más de lo que había pasado esa noche. Y se quedó ahí, desnuda a mi lado, con el tatuaje ese raro en la espalda, el "MENS SANA IN CORPORE SANO" que ya no me parecía tan sano, porque ese cuerpo, desde luego, era lo más sucio y lo más rico que me había echado encima en mucho tiempo. Me quedé mirándola un rato antes de cerrar los ojos. Y pensé, ya medio dormido, que el amigo que me avisó de que la señora Cereza era "rara" no tenía ni puñetera idea de lo que se perdía.
A la mañana siguiente, antes de que sonara la alarma, ya estaba el móvil de Nuria vibrando encima de la colchoneta. Ella, todavía con el sueño pegado a los ojos, miró la pantalla y me la enseñó.
—Es Enric.—
Descolgó y lo puso en altavoz, medio a propósito medio sin querer, y se quedó tumbada boca arriba, tapándole a medias ese cuerpo que la noche anterior me había dejado seco. Yo, a su lado, escuchaba.
—Buenos días, campeones— dijo la voz de Enric, animosa. —Hoy es la gorda, ¿eh? La tercera. Quería oíros la voz antes de que salgáis, daros un poco de ánimo.—
—Buenos días, Enric— contestó ella, con una voz que no le reconocí del todo, más suave, más doméstica. —Aquí estamos, preparándonos.—
—¿Y Pelayo? ¿Cómo anda el chaval? Porque hoy es de las de verdad. ¿Tú crees que aguantará, o me lo vas a traer de vuelta hecho un guiñapo?—
—Aguantara— dijo ella, rápida.
—No sé, no sé...— dudó él. —Hoy son siete horas de monte, y la última parte es criminal. El chaval corre bien, pero aguantar a tu lado en la etapa dura...—
—Que aguanta, Enric. Te lo digo yo. Es un toro.—
—Un toro— repitió él, con una risilla. —¿Y si flaquea? ¿Tienes plan B?—
Y ahí ella se giró de medio lado, me miró con una sonrisa torcida, y dijo, muy tranquila:
—Si le veo flaquear, le digo que mi culo es suyo. Y eso le hace volar, ya verás.— Enric se calló un segundo. Luego soltó una carcajada. —Capaz serías. Capaz serías de decírselo y de cumplirlo.— Se quedó un momento pensativo al otro lado. —Pero oye, no le tontees, ¿eh? Que el chaval tiene fama. Fama de dos cosas: de buen follador y de pollón. Lo sé de buena tinta.—
Nuria se echó a reír a carcajadas, tapándose la boca con el dorso de la mano.
—¿Y quién te ha contado a ti eso?—
—Uno que lo conoce. Uno que se llama igual que tú, anda.— Y se rió él también. —Venga, en serio. Hoy os quiero los dos enteros y de una pieza. Cuidado con el tramo de las piedras, que el año pasado se lesionó gente ahí. Y si hay que parar, se para, que la carrera no vale una lesión. ¿Me lo prometes?—
—Prometido y Pelayo acaba de llegar, te lo digo para que no vayas a decir algo que no debas— dijo ella.
—Prometido, aunque no se que es lo que prometo, jajajaja—dije yo para que supiera que estaba ahí.
—¡Ah, hola, toro!— me saludó Enric, muerto de risa. —Pues hala, a por ellos. Al final de etapa os espero. Un abrazo a los dos.— Colgó. Nuria dejó el móvil a un lado, se estiró como un gato y me miró.
—¿Qué?— dije.
—Nada. Que tenía razón tu amigo. Tienes fama.—
—Fama de qué—
—De pollón, Pelayo. De pollón.— Y se levantó de la colchoneta antes de que pudiera replicar.
La tercera etapa fue, en efecto, la hija puta que todos decían. Salimos con el día aún gris y a las tres horas ya llevábamos el cuerpo hecho un mapa de barro y sudor. Hubo un tramo de subida que se me hizo eterno, un pedregal que te rompía los tobillos, una bajada que me destrozó las rodillas. En el kilómetro cuarenta, más o menos, noté que se me apagaba la cabeza, esa pájara que ya conocía del día anterior. Y entonces Nuria, sin girarse del todo, me lo soltó.
—Pelayo. Ese culo es tuyo. Tira de él.—
Y funcionó. Vaya si funcionó. No sé si fue la tontería, la promesa o el hambre que traía, pero le apreté los dientes, me agarré a esa imagen y seguí subiendo como si me hubieran cambiado las piernas. Ella, delante, iba igual de entera que siempre, marcando el ritmo, mirándome de reojo para ver si aún la seguía.
—Eso es— me animaba, ahora sí sin condescendencia, con ganas de verdad. —Así, toro. Así, mi torito—
Llegamos. No los primeros, tampoco los últimos, pero llegamos enteros y con buen tiempo, y eso, después de la etapa que era, era un milagro. Al ver la meta, ahí estaba Enric, esperándonos con las dos manos en las caderas y una sonrisa de oreja a oreja. Nos dio agua, nos echó un ojo, nos preguntó cómo andábamos de piernas y de tobillos.
Y luego, cuando ya respirábamos, se acercó a su mujer y le dijo, con retintín:
—No le habrás dicho ninguna tontería, ¿eh?— Nuria se ofendió de verdad. Se le notó. —¿Tontería? ¿Por qué iba a decirle una tontería?—
—Porque te conozco. Cuando te pones a arengar a la gente se te escapan cosas.—
—Pues no le he dicho nada raro. Le he dicho la verdad. Que hoy aguantaba. Y ha aguantado.
—Ya, ya— dijo Enric, mirándome de reojo y riéndose por lo bajo.
No insistí. Me fui a la ducha y luego a la tienda, y a los pocos minutos, como la noche anterior, apareció ella. Se quitó el albornoz, se metió conmigo, y esta vez ni palabras: me buscó y nos enredamos los dos ahí dentro, sin más ceremonia que la de dos cuerpos que se desean. Yo la puse de espaldas y me metí en ella, y empezamos a follar despacio, disfrutando, sin la urgencia del primer día.
Y en eso, a mitad, vibra el móvil.
Nuria estiró el brazo, miró la pantalla y soltó un taco por lo bajo. fin del primer capitulo
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