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mi primera vez con otro

Hace once años que estoy con Martín. Once años de convivencia, de criar a nuestra hija, de domingos de sillón y Netflix, de «¿traés vos la factura de la luz?» y de sexo los sábados a la noche con las luces apagadas, si es que no se nos dormía el ojo antes. La verdad es que estábamos hechos mierda de la rutina, convertidos en compañeros de vida más que en amantes.
Todo cambió esa noche, hace un mes, cuando Martín se armó de valor y me soltó la bomba. Estábamos en la cama, en esa oscuridad que te hace valiente, y me dijo al oído que le recalentaba pensarme con otro tipo. Que quería ser cornudo, pero de verdad, no de esos que fantasean nomás. Que quería que yo volviera a casa con el olor de otro pibe impregnado, que le contara todo mientras él… bueno, mientras él se tocaba.
Me había quedado sin palabras; yo, que siempre fui de las que piensan que el casamiento es sagrado, que la fidelidad es lo único que nos diferencia de los animales, no concebía que él me estuviera planteando semejante fantasía sexual. Pero también soy mujer, y hacía años que no me sentía deseada… y aunque tengo treinta y ocho años, algunos kilos de más que me hacen rondar los noventa y cinco, y una panza que no logro sacar ni con la mejor dieta del mundo, sé que todavía tengo mi onda.
Mis tetas, aunque estén un poco caídas de cuando amamanté —unos noventa y ocho, cien por ahí, separaditas con pezones color chocolate— siguen siendo mi carta de presentación. Y mi cola… esa está intacta, grande, carnosa, el tipo de orto que hace que los pibes se den vuelta en la calle.
Llegó la noche del cumple de Sabrina en su casa, acá en Ituzaingó, el oeste de la provincia de Buenos Aires. Martín se quedó en casa con la nena como siempre; nunca le gustó ir a estas juntadas, ni bailar, ni socializar.
—Andá vos, mi amor —me dijo, y en su mirada había algo nuevo, una mezcla de permiso y de deseo reprimido.
Yo sabía lo que estaba pensando… encima que había tomado un par de vasos de Gancia en casa para darme coraje, salí con esa idea dando vueltas en la cabeza. La fiesta estaba a pleno cuando llegué, llena de gente, música de cumbia y reggaetón mezclada, y una mesa de choris y achuras para picar que hacía agua la boca. Yo, a sabiendas de la fantasía de Martín, me puse lo más zorra que pude: una pollera negra de cuero corta que apenas tapaba lo necesario, unas botas altas que estilizaban mis piernas regordetas y una musculosa roja escotada que dejaba ver la hendidura entre mis tetas. Mi pelo largo y lacio, con ese flequillo que me nace de la izquierda y cae hacia la derecha, me lo había planchado especial y mis ojos negros, casi café, delineados para matar.
Martín me miró pintándome frente al espejo los labios y se volvió loco de calentura y de celos. Se me acercó por detrás y al oído me dijo:
—Debo confesarte que me da celos que vayas así vestida, pero en el fondo me recalienta que te miren… tenés mi permiso para divertirte si se da la ocasión. Si hay alguno que te guste y tengas ganas, cogételo.
Un escalofrío me recorrió la espalda; las palabras de Martín me erizaron la piel y la concha se me puso tensa de calentura. Estaba en una mesa sirviéndose un fernet cuando lo vi; se llamaba Gustavo y era amigo de un amigo de Sabrina. Alto, atlético, morocho, barba bien prolija, pelo corto y bien peinado, seguridad en cada gesto… unos ojos verdes que brillaban con malicia y una sonrisa que me derritió el hielo del vaso. Se acercó sin vueltas.
—¿Bailás? —me preguntó, y su voz era un desastre, profunda, que me hizo cosquillas en la panza.
Y bailamos. Dios, cómo bailamos. Él sabía moverse, tenía ritmo en la cadera, en las manos, en todo el cuerpo. Me tomó de la cintura y yo sentí su calor atravesando la tela de mi remera. Martín nunca bailaba conmigo… nunca. Y ahí estaba yo, sudada, con el pelo empezando a pegarse en mi cara trigueña, sintiéndome mina, sintiéndome deseada por primera vez en años, aunque yo, con mi baja autoestima por mi peso, pensaba que a nadie le llamaba la atención.
Tras varios temas, fuimos a la barra. Ya llevaba cuatro tragos encima y el alcohol me había aflojado las inhibiciones que tanto me costaban soltar.
—¿Y tu novio? —me preguntó Gustavo, acercándose un poco más de lo necesario. Su mano rozaba accidentalmente mi cadera… casi llegando a mi cola—. ¿Por qué no te acompaña a estas cosas?
Sentí un nudo en la garganta. Martín, siempre ausente… Martín, que prefería quedarse en casa. Martín, que me había pedido esto, que me había dado permiso con sus ojos antes de que yo saliera por la puerta.
—Está con nuestra hija —respondí, y mi voz sonó ronca, diferente—. No le gusta salir.
Gustavo me miró de arriba abajo, sin disimulo, deteniéndose en mis tetas, en mis caderas, en mis piernas. Me sentí vista. Realmente vista. No como mamá, no como esposa. Como mina; como conchita que ese macho estaba deseando penetrar.
—Qué lástima para él —dijo, y su mano ahora sí, sin disimulo, apretó mi cintura—. Porque vos sos un monumento.
Reí, una risa nerviosa, excitada. Él me preguntó de mí, de mi vida, de qué me gustaba. Y yo le hablé de mi trabajo como docente y lo cansada que me tenía la profesión entre directivos y niños; y él me escuchó, y cada vez estaba más cerca, y yo sentía su aliento en mi cuello, y el bulto de su pantalón contra mi muslo cuando nos apretamos para pasar entre la gente.
La madrugada avanzaba, la fiesta empezaba a decaer; y yo estaba hecha pelota tras varias cervezas, entre la culpa y el deseo, entre lo que siempre pensé que era correcto y lo que mi cuerpo pedía a gritos.
—Bueno, Roxy, un placer… creo que me voy yendo… ¿querés que te lleve a tu casa? —dijo Gustavo de repente, mirándome fijo a los ojos.
Nuestros ojos se encontraron… yo sabía lo que eso significaba y él lo sabía también. Y en ese segundo pensé en Martín, en su cara cuando me pidió esto, en la excitación que vi en él. Pensé en mí, en los años de monotonía, en mi cuerpo pidiendo ser usado, devorado, deseado sin límites.
—Bueno, dale… —escuché decir a mi voz, como si fuera de otra persona.
Mentira obvia. Él sonrió, una sonrisa de depredador que me hizo mojar la tanga que tenía puesta de una manera que no sentía desde hacía una década.
Salimos juntos… apenas saludé a Sabrina y dije que ya estaba mi Uber en la puerta. La noche de septiembre estaba fresca sobre mi piel caliente… caminamos en silencio hacia el auto, él con su mano en mi cintura, yo temblando, no de frío, sino de lo que estaba por pasar.
Terminamos en un albergue transitorio cercano. En la recepción, mientras él pedía la llave, yo miraba mi reflejo en el espejo. Una mujer de treinta y ocho años, con ojeras de mamá, con kilos de más, con tetas caídas y panza. Pero en ese momento, en ese espejo, me vi hermosa, me vi deseada, me vi viva.
Caminamos sin decir una palabra… el número de habitación era 304. Mis piernas temblaban, mi corazón golpeaba contra mis costillas. Y entre mis piernas, una humedad que no podía negar.
Gustavo abrió la puerta y me hizo pasar con un gesto caballeresco. La habitación estaba oscura, apenas iluminada por la luz de la ciudad entrando por la ventana. Una cama grande esperándonos.
—¿Estás segura? —preguntó él, cerrando la puerta con llave.
Miré mi celular. Un mensaje de Martín: «¿Todo bien, amor?».
Apagué la pantalla. Lo dejé en modo avión… y levanté la vista hacia Gustavo, a ese cuerpo atlético, a esas manos que sabían agarrar, a esa boca que quería probar.
—Segurísima —dije, y mi voz sonó firme, decidida, ajena a la Roxana buena, a la Roxana fiel—. Pero quiero que me hagas gritar. Quiero que me dejes hecha mierda.
Él sonrió y empezó a caminar hacia mí, desabrochándose la camisa, y yo sabía que no había vuelta atrás. De a poco fui viendo ese torso de gimnasio. Dios… y a eso que a mí nunca me llamaron la atención los pibes que viven en el gym, pero este morocho era un bombón. En unas horas volvería a mi casa con el olor de este hombre impregnado en mi piel, con la vergüenza y la excitación mezcladas, lista para contarle todo a Martín, para convertirme en la puta que mi marido tanto deseaba que fuera… y Dios, cómo quería serlo.
Estábamos en el hotel de la avenida, esa habitación con cortinas blackout que olía a limpio y a sexo pendiente. Yo estaba nerviosa, no voy a mentir, pero al mismo tiempo sentía ese calor en la panza que me hacía querer que pase todo ya. Gustavo se me acercó por detrás mientras miraba la ciudad desde la ventana. Me agarró la cintura con esas manos grandes, esas manos que me hacían sentir chiquita a pesar de mis kilos. Me volteó y me miró con esos ojos de morocho hambriento.
—Qué linda que estás, Roxy —me dijo con esa voz grave.
Y ahí nomás empezó. Me sacó la remera por arriba y me quedé en corpiño, sintiendo sus manos en mis rollos, en mi panza, sin vergüenza, sin asco. A mí me da vergüenza mi cuerpo a veces, pero con él no… con él me sentía deseada, completa. Nos fuimos desvistiendo entre besos que me dejaban sin aire. Él con su remera negra ajustada que marcaba esos pectorales, esos brazos con tatuajes tribales que me volvían loca. Cuando se sacó la remera vi todo ese torso definido, esos abdominales que parecían esculpidos, esa barba prolija que me raspaba cuando me besaba.
Yo me saqué el corpiño y mis tetas quedaron al aire. Son grandes, sí, unos ciento diez, separadas, un poco caídas porque amamanté a mi hija cuando era más joven, con pezones marrones y grandotes que se levantaban con el frío y la excitación. Gustavo las miró con hambre, se acercó y me las agarró con las dos manos, masajeándolas, chupándolas, haciéndome gemir.
—Qué buenas que tenés las tetas… —gruñó contra mi piel.
Yo estaba en bolas ya. Él me pidió que me arrodillara y le bajé despacito el bóxer blanco, que escondía un bulto prominente. Y ahí lo vi… me quedé helada por un segundo, con la boca abierta. Era enorme, una verga de unos veinte centímetros, gruesa, con la cabeza rosada y brillante, las venas marcadas, pesada. Comparada con la de Martín… ni hablar. Mi novio tendrá trece, quizá catorce en un buen día, pero esto era otra cosa… era un arma que sentía que me iba a desgarrar la vagina. Al mirarla de cerca se me hizo agua la boca… literal. Sentí que se me mojaba la bombacha solo de mirarla, y él, como buen macho alfa, la sujetaba desde la base y me la exhibía como un trofeo, sintiéndose poderoso y cargado de virilidad.
Y entonces dijo:
—¿Te gusta lo que ves, Roxana? ¿Tu novio la tiene así de grande?
El muy hijo de puta me estaba provocando, y a mí ya me ardía la concha de calentura de solo imaginármela adentro. Entonces dije tímidamente:
—No… la tiene re chiquita comparada con la tuya.
Gustavo sonrió, sintiéndose poderoso, me miró y me ordenó:
—A ver lo que sabés hacer con esa boquita, Roxana. Tenés cara de saber hacer buenos petes.
Me arrodillé sin que me diga nada. Quería esa pija en mi boca, necesitaba sentirla… la agarré con las dos manos y ni siquiera entraba completa entre mis dedos. La acerqué a mi cara, la olí, ese olor a macho, a sudor limpio, a sexo… y la tragué.
Gustavo tiró la cabeza para atrás y soltó un gemido gutural.
—Así, mi amor… chupala toda…
Y yo chupé… metí esa verga hasta donde pude, sentí que me llegaba a la garganta, que me ahogaba un poco, que me hacía lagrimear. Nunca había hecho una garganta profunda con Martín, ¿para qué? Su pijita ni me llegaba al fondo. Pero con Gustavo… me sentía puta, me sentía completa, sintiendo cada centímetro de esa carne dura entrando y saliendo de mi boca.
Lo chupé con ganas, con saliva, haciendo ruidos, mirándolo a los ojos desde abajo. Él me agarraba la cabeza y me guiaba; a veces empujaba un poco fuerte y me atragantaba, pero me gustaba. Me gustaba sentirme dominada, sentir que esa verga me usaba.
—Qué buena que sos chupando pija, Roxy… qué boquita hermosa…
Cuando ya no daba más de la excitación, me levantó. Me llevó a la cama y me puso en cuatro, miró mi culo y se volvió loco; mis enormes nalgas destacaban entre la diminuta tanga negra que se perdía entre ellas. Me abrió las piernas y se metió entre ellas. Yo estaba mojada, empapada, sintiendo mi propio calor.
Y corriendo la tanga para un costado, empezó a chuparme. Dios, qué lengua tenía ese hombre… qué bien lo hacía; se tomó su tiempo. Me lamió los muslos, me mordisqueó los labios de abajo, me metió los dedos mientras me lamía el clítoris con la punta de la lengua, duro, suave, rápido, lento… jugaba conmigo.
Yo me agarraba las propias tetas, me retorcía, gemía como loca.
—Ay, Gustavo… así… no pares…
Y no paró… me dio vuelta boca arriba, me metió dos dedos, tres, me abrió mientras me chupaba el clítoris. Grité.
Fue mi primer orgasmo con él. El primero de muchos, pero ese… ese fue especial: me contraje toda, sentí que me sacaban el alma por la concha, que veía las estrellas. Me convulsioné en la cama, agarrándole la cabeza, presionándola contra mí, sin querer que se vaya nunca.
Cuando bajé, estaba sudada, despeinada, con las tetas rojas de tanto agarrarlas. Gustavo se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa de macho satisfecho.
—Ahora te voy a coger bien —dijo, y yo sentí que se me volvía a prender el fuego.
Gustavo se puso a los pies de la cama, con esa pija enorme apuntándome, dura como una piedra, brillante por la saliva y el presemen. Me miró con esos ojos de depredador y yo sentí que me derretía.
—Dale, perra —me dijo, y me dio un par de nalgadas fuertes que me causaron dolor y placer.
Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo grande, carnoso, esas nalgas que tengo bien grandes y que se mueven cuando camino. Gustavo las agarró con las dos manos, las apretó fuerte, las separó para ver todo: mi concha mojada, mi agujerito apretado.
—Qué culazo que tenés, Roxana —gruñó, y me dio otra nalgada que resonó en la habitación.
Yo grité, no de dolor, de placer. Me encanta que me traten así, como una puta, como una hembra.
Y entonces, tras sujetar con una de sus manos la tanga corrida para el costado, la sentí. La punta de esa verga enorme apoyándose en mi entrada, caliente, gruesa, insistente. Gustavo empujó… Dios; sentí que me partía en dos. Era tan grande, tan gruesa, que tuve que agarrarme a las sábanas y morder la almohada para no gritar como loca. Martín nunca me llenó así, nunca me sentí tan… tomada, tan poseída, tan mujer. Mi vagina tuvo que ensancharse, haciéndome acordar a cuando tuve que parir.
—Ahí está… tomala toda —gruñó él, y me agarró de las caderas para enterrarse hasta el fondo.
Sentí sus huevos golpeándome el clítoris, sentí su piel contra mis nalgas, sentí cada centímetro de esa verga dentro de mí, apretando mis paredes, tocándome lugares que ni sabía que tenía.
Empezó a cogerme fuerte. No suave, no tierno: salvaje. Embestidas secas, profundas, que me hacían mover toda la cama. Mis tetas colgaban y se movían con cada embestida, y yo las agarraba para que no me duelan, pero él iba cada vez más fuerte.
—Así te gusta, ¿no? ¿Así te coge tu novio, putita? —me decía, y yo solo podía gemir como una perra en celo.
—Sí… sí… más fuerte… —balbuceaba.
Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás, y con la otra mano me agarró una nalga, esas nalgas enormes que él ama, y me las apretó mientras me clavaba la pija hasta el fondo. Sentía sus dedos marcándome la piel, dejándome roja, poseída.
Cambiamos de posición. Me puso de costado, levantándome una pierna para entrar de lado, y ahí sentí su verga de otra manera, tocándome el punto G con cada embestida. Grité, lloré de placer, me agarré la propia teta y me pellizqué el pezón.
—Mirame —me ordenó, y yo lo miré a los ojos mientras me cogía—. Decime quién te está cogiendo.
—Vos… Gustavo… vos… —jadeaba.
—¿Y dónde está Martín? —preguntó, burlón, sabiendo que me ponía caliente.
—En… en casa… esperando… —gemí, y la idea me hizo explotar.
—¿Esperando qué?
—Esperando que regrese llena de leche…
Pensar en Martín, mi novio, el cornudo consentido que me espera en casa pensando que estoy «en el cumple de Sabrina», mientras yo estoy acá, en un hotel, entregándole mi culo a este macho que me coge como él nunca pudo… eso me puso al borde.
—Sí… el cornudo de tu novio… debe estar viendo tele mientras yo te lleno de verga —gruñó Gustavo, y me dio una cachetada en la nalga.
Me volvió a poner a cuatro, pero ahora me agarró de las dos nalgas, las separó bien, y me la metió hasta el fondo de una sola embestida. Grité tan fuerte que debieron escucharme en el pasillo.
—Tomala… tomala toda, puta —me ordenaba.
Y yo tomaba. Tomaba cada centímetro de esa verga de macho, sintiendo cómo me estiraba, cómo me dejaba abierta, cómo me marcaba por dentro. Era suya, completamente suya… una puta para él, una hembra entregada al macho alfa.
Gustavo aceleró el ritmo; sus embestidas eran una locura, el sonido de sus caderas golpeando mis nalgas era un plap plap plap constante, húmedo, obsceno.
—Te voy a llenar… te voy a llenar la concha de leche —gruñó.
—Sí… dámela… dámela toda… —supliqué, perdiendo la dignidad, entregada.
Y sentí cómo se tensaba, cómo crecía aún más dentro de mí, cómo sus dedos se clavaban en mis nalgas y me dejaban marcas azules.
Explotó.
Una, dos, tres embestidas profundas, hasta el fondo, y sentí su semen caliente, espeso, llenándome. Chorro tras chorro, llenándome la concha, derramándose, goteando entre mis piernas mientras él seguía moviéndose, sacando cada gota.
Cuando salió, sentí el vacío, sentí su semen corriéndome por los muslos, sentí cómo me temblaban las piernas. Me desplomé en la cama, boca abajo, con el culo todavía en alto, expuesto, usado, lleno de él.
Gustavo se recostó a mi lado, sudado, con esa pija todavía semidura, brillante por nuestras humedades.
—Qué buena que estás, Roxy —dijo, acariciándome la espalda.
Yo solo podía respirar, pensando en que en unas horas volvería a casa, con la concha llena de semen de mi amante, y le daría un beso a Martín en la boca, sabiendo que estaba besando el rastro de la verga que realmente me satisface, y encima después me iba a limpiar toda la concha enchastrada con su lengua, como buen cornudo sumiso.
Y eso… eso me hacía sentir la puta más feliz del mundo. El reloj del hotel marcaba las cinco y media de la mañana; el turno express se había terminado, y yo estaba todavía con las piernas temblorosas, la concha dolorida y llena, sintiendo el semen de Gustavo corriéndome por los muslos cada vez que me movía.
Me vestí frente al espejo, mirándome. Tenía la cara sonrojada, el pelo despeinado, los labios hinchados de tanto chupar. Me puse la bombacha, esa tanga negra de encaje que me gusta, y sentí cómo el semen de él quedaba retenido adentro, húmedo, caliente, obsceno; justo como Martín quería.
Gustavo me llevó en el auto hasta la esquina de mi casa. Antes de bajarme, me agarró de la nuca y me dio un beso húmedo, profundo, metiéndome la lengua hasta el fondo.
—Hasta la próxima, putita —me dijo, y me dio una palmada en el culo.
Caminé por la vereda con mis tacos altos, sintiendo el semen moverse dentro de mí con cada paso. Yo así vestida, con mi minifalda negra que dejaba ver mis piernas gorditas pero lindas, y una cartera bandolera cruzada que me hacía ver como una puta de la noche, que era exactamente lo que era.
Cuando abrí la puerta, lo vi. Estaba en la puerta de la cocina, con la cara de preocupado pero con esa chispa en los ojos que conozco bien. La excitación del cornudo que sabe que su mujer estuvo en otra cama.
Mi corazón se aceleró, pero no de culpa. De poder.
Abrí la puerta y el olor a café recién hecho me golpeó. Martín estaba ahí, las ojeras marcadas de no haber dormido esperándome.
—¿Dónde estabas? —me preguntó, con voz tensa—. Te llamé cien veces. No contestaste.
Saqué el celular de la cartera y lo puse sobre la mesa, apagado.
—Lo apagué a propósito —dije, mirándolo a los ojos, desafiante—. No quería que me jodas mientras me estaba divirtiendo.
Martín tragó saliva. Vi cómo se le marcaba la nuez, cómo sus manos empezaban a temblar un poco.
—¿Te divertiste? —preguntó, con voz apenas audible.
Me acerqué a él, con mis tacos haciendo ese ruido clack clack contra el piso de cerámica. Estaba más alta que él, pero en ese momento yo me sentía gigante.
—Mucho —susurré, y lo besé.
Fue un beso largo, húmedo, con lengua. Yo sabía que él podía sentir el sabor raro en mi boca, el sabor a otra verga, a otra saliva. Y eso lo excitó. Sentí cómo se le paraba la pijita contra mi panza, esa pijita de trece centímetros que nunca me llenó.
—Me porté mal, te hice cornudo, Martín —le dije contra los labios—. Me cogieron toda la noche. Me llenaron de leche.
Martín gimió. Un gemido de perro derrotado, de cornudo feliz…
—¿En serio? —dijo, visiblemente excitado.
Terminamos en la cama… ahí estaba yo, sentada en el borde de nuestra cama matrimonial, con las piernas abiertas, con esa tanga negra empapada de otra leche. Me la saqué despacio, sintiendo el semen frío ahora, húmedo, escurriéndome. La tanga tenía manchas blancas, el olor a sexo intenso, a macho, a infidelidad.
Se la tendí.
—Tomá —ordené—. Huele. Mirá lo que me hizo.
Martín tomó la tanga con las dos manos como si fuera un tesoro. La acercó a la nariz y respiró hondo, cerrando los ojos, con la pija paradísima saliéndole del short.
—Ahora limpiame —le ordené, abriendo bien las piernas, mostrándole mi concha hinchada, roja, abierta, goteando el semen de Gustavo—. Limpiame con la lengua, cornudo. Sacale todo.
Martín cayó de rodillas. No lo pensó dos veces. Se metió entre mis piernas y empezó a lamer.
Dios, era tan diferente a Gustavo. Tan sumiso, tan obediente. Lamía despacio, con reverencia, sacando el semen de otro hombre de mi cuerpo con su lengua chiquita, humilde.
—Así… más profundo… —gemí, agarrándolo de la cabeza, guiándolo.
Y mientras me limpiaba, empecé a contarle.
—Me cogió en cuatro, Martín… me agarró de las nalgas y me dio hasta el fondo… tenía una verga enorme, amor… me partió en dos… me hizo gritar como vos nunca me hiciste gritar…
Martín gemía contra mi concha, lamiendo más rápido, más desesperado. Sentía su lengua temblando, su excitación creciendo.
—Me hizo garganta profunda… me atraganté con su pija… nunca hice eso con vos, ¿sabés? Porque no puedo… la tenés muy chiquita…
Era cruel, pero era verdad. Y a él le encantaba.
—Y después me llenó… me llenó toda de semen, Martín… sentí cómo me derramaba dentro… cómo me dejaba preñada de su leche…
Martín explotó. No necesitó tocarse… se vino solo, acabando en el piso, mientras seguía lamiéndome, limpiándome, sirviéndome. Y yo, con su lengua obediente en mi concha, con la imagen de Gustavo todavía fresca en mi memoria, con el sabor del sexo salvaje todavía en mi piel, me vine otra vez.
Grité de placer, mientras mi novio me limpiaba el semen de otro.
Quedamos los dos en la cama, con las sábanas revueltas y el olor a sexo impregnado en todo. Yo estaba recostada de costado, mirando a Martín, que todavía estaba sin aliento, con la cara roja y los ojos brillosos de excitación. Lo agarré de la pija, que estaba semidura todavía, y empecé a masturbarlo despacio, con caricias largas, sintiendo su propio semen que había quedado en mi mano.
—Querés que te cuente todo, ¿no? —le susurré, acercándome a su oreja.
Martín asintió, tragando saliva, con la respiración agitada.
—Me llevó al Hedonism —empecé, moviendo la mano arriba y abajo en su pija, que se iba poniendo dura de nuevo—. Nos metimos en la habitación y ni bien cerró la puerta me empujó contra la pared. Me levantó la pollera y me tocó por arriba de la bombacha… estaba mojada, amor… empapada…
Martín gimió y se acercó a mis tetas. Empezó a chupar mis pezones, primero uno, después el otro, con la lengua húmeda, con desesperación. Yo seguía masturbándolo, sintiendo cómo crecía en mi mano, aunque nunca llegaba al tamaño de Gustavo.
—Me sacó la remera y me vio las tetas… me dijo que eran hermosas, que le encantaban grandes y caídas… me las agarró con fuerza, me mordió los pezones…
—¿Y después? —preguntó Martín, con voz ahogada contra mi pecho.
—Después me bajó la bombacha… me puso a cuatro en la cama… y me la metió —suspiré, recordando—. Era enorme, Martín… sentí que me partía… me agarró de las nalgas, esas nalgas que vos decís que son muy grandes, y me las abrió bien… me dio con todo.
Martín chupaba más fuerte mis tetas, casi con dolor, pero me gustaba… lo sentía temblar, la pija dura como una piedra chiquita en mi mano.
De repente se movió. Se puso encima de mí, entre mis piernas, y me penetró de una sola embestida. Sentí su pija chiquita entrar fácil, deslizarse en mi concha que todavía estaba abierta, estirada por la verga grande de Gustavo. Me cogió fuerte en misionero, con sus manos agarrándome las tetas, moviéndose como loco, clavándome la pija una y otra vez. Yo lo miraba a los ojos, viendo su cara de cornudo feliz, de hombre derrotado pero excitado.
—¿Te gusta? —le pregunté, jadeando—. ¿Te gusta sentirme abierta? ¿Saber que otro me dejó así? ¿Te gusta que regrese con la conchita cochinita? ¿Toda llena de lechita para vos?
—Sí… —gimió—. Sí…
Me dio vuelta. Me puso a cuatro y me penetró por atrás… agarró mis nalgas, esas nalgas que Gustavo había agarrado horas antes, y empezó a darme con fuerza. El sonido de sus caderas contra mi culo era seco, rápido, desesperado. Y ahí, mientras me cogía de perrito, mientras sentía su pija chiquita entrando y saliendo de mi concha usada, levanté la mano.
La puse al lado de mi cabeza y con los dedos le hice la señal de los cuernos. Martín lo vio… vio la señal de cornudo que le hacía su propia mujer mientras él me cogía, y se puso como loco, aumentando más la intensidad de sus embestidas.
Eso lo detonó, susurrando un grito raro, de dolor y placer mezclados, de vergüenza y gloria. Se clavó hasta el fondo y explotó. Sentí su semen caliente, diferente al de Gustavo, más líquido, menos abundante, pero intenso. Contrajo todo el cuerpo, se sacudió, se desplomó sobre mi espalda.
Se quedó ahí, jadeando, con su pija todavía dentro de mí, derramando lo último.
—Por fin —susurré, volteándome un poco para mirarlo—. Por fin sos cornudo, Martín. Por fin te lo hice oficial.
Él me miró con ojos vidriosos, con la cara de satisfacción total, de hombre que acaba de vivir su fantasía más oscura.
—Te amo —dijo, con voz rota.
—Yo también te amo —respondí, y era verdad—. Pero ahora me pertenecés. Y a veces me voy a ir a que me cojan otros. Y vos me vas a esperar. ¿Entendiste?
Martín asintió, sumiso, feliz, derrotado, completo.
Y nos quedamos así, enredados en nuestras sábanas, en nuestro secreto, en nuestro juego secreto. Uno con los cuernos bien puestos, y la otra con la concha bien ardiendo de tanto sexo.
Autor:Mysterious

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