You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

El cumpleaños de papá

Nat Alvarado cumplió 18 años haceexactamente once días.
Esa mañana se miró al espejo delbaño de su habitación, todavía con el cabello húmedo y la piel canela brillandocomo si acabara de salir de la ducha. El top blanco se le pegaba al cuerpo sin piedad:los senos 36C, redondos y altos, empujaban la tela y marcaban los pezonesapenas endurecidos por el aire acondicionado. La cintura estrecha, las caderasanchas, el culo tan respingón que los jeans azul oscuro parecían una segundapiel. Se giró de medio lado, miró por encima del hombro y sonrió. Esa sonrisade lado, con el hoyuelo en la mejilla izquierda. Sabía exactamente lo queprovocaba.
“Ya está”, pensó. “Ya soy mayorde edad de verdad. Y no voy a volver a la escuela ni loca.”
La prepa la había terminado dosmeses atrás. La universidad le daba náuseas. Horarios, exámenes, chicos de suedad que olían a desodorante barato y hablaban de “proyectos” como si eso fueravida. No. Ella ya había descubierto que su cuerpo y su cara eran una monedamucho más poderosa. Un story en tanga y top corto, y llegaban ofertas demarcas, DMs de hombres con dinero, invitaciones a fiestas donde solo tenía quesonreír y dejar que la miraran. ¿Para qué perder cinco años estudiando si encinco meses podía tener más dinero que una licenciada de 28?
Esa misma tarde, mientras sumadre gritaba en la cocina por algo insignificante, Nat bajó las escalerasdescalza, con los jeans que le marcaban cada curva y el top blanco sinsujetador. Su padre estaba sentado en el sofá de la sala, con la mandíbula tensa,mirando el celular. La pelea había sido fuerte: la madre le reclamaba que“siempre defendía a la niña” y que “ya parecía que vivían en una casa de tres,pero dos contra una”.
Nat se acercó despacio. Se sentóa su lado, muy cerca. Apoyó la cabeza en su hombro y le pasó la mano por elpecho, despacio.
—Papi… —susurró—. No le hagascaso. Siempre está igual.
Él suspiró, pero no la apartó. Alcontrario, le pasó el brazo por los hombros y la atrajo más.
—Tu mamá no entiende nada, mireina. Nunca entiende.
Nat sonrió contra su cuello. Ledio un besito suave en la mejilla, luego otro, y otro. Besitos cortos, húmedos,repetidos. Él cerró los ojos.
—Qué haría sin ti, Naty…—murmuró.
Ella sintió ese calor familiarentre las piernas. No era exactamente deseo, o sí, pero era más que eso: erapoder. Era saber que ella era la que lo calmaba, la que lo hacía suspirar dealivio, la que lo hacía olvidar a la mujer que gritaba en la cocina.
Esa fue la primera vez que losintió tan claro.
Un mes antes, otra pelea. Másfuerte. La madre había encontrado fotos de Nat en bikini en el celular delpadre y había explotado: “¿Por qué guardas eso? ¿Qué clase de padre eres?” Élhabía respondido con voz grave y cortante: “Es mi hija, y es hermosa. No voy aborrar las fotos porque a ti te dé envidia”.
Nat escuchó todo desde laescalera. Sonrió en la oscuridad. Cuando la madre subió llorando y cerró lapuerta de su habitación, Nat bajó.
Su padre estaba en el estudio,con un whisky en la mano, mirando por la ventana. Ella entró sin tocar, seacercó por detrás y lo abrazó por la cintura, pegando los senos contra suespalda.
—Papi… —le dijo bajito—. No tepongas así. Yo estoy aquí.
Él se giró, la miró con esos ojoscansados pero llenos de algo más. La abrazó fuerte. Nat levantó la cara yempezó a darle besitos: mejilla, otra mejilla, comisura de los labios casi,cuello. Besitos lentos, suaves, prolongados. Él le acarició el cabello.
—Eres lo único bueno que tengo enesta casa, hija —dijo con voz ronca.
Nat sintió que se mojaba. No dijonada. Solo siguió besándolo despacito, como si fuera lo más natural del mundo.
Y luego vinieron las salidas a lacafetería.
La primera vez fue un sábado porla mañana. “Vamos a desayunar los dos solos”, le dijo él. Nat se puso losmismos jeans ajustados y un top blanco parecido al de siempre. Se sentaron enuna mesa pequeña, cerca de la ventana. Café latte para ella, americano para él.
—Tu mamá otra vez con lo mismo—empezó él—. Dice que te visto muy provocativa. Que pareces mayor de lo queeres.
Nat puso carita de inocente y seinclinó hacia adelante, dejando que el escote se abriera un poco.
—¿Y tú qué le dijiste, papi?
—Que eres una mujer hermosa y queno voy a permitir que nadie te haga sentir mal por eso. Ni siquiera ella.
Nat sonrió, ese hoyuelo apareció.
—Gracias… —susurró—. Nadie meentiende como tú.
Y entonces él empezó a contar.Historias de cuando tenía 25, de las fiestas, de las mujeres que lo buscaban,de cómo cerraba negocios solo con una sonrisa y una mirada. Nat lo escuchabacon los ojos muy abiertos, la barbilla apoyada en la mano, mordiéndose el labioinferior de vez en cuando.
—¿Y qué hiciste cuando esa chicase te metió al carro en la disco? —preguntaba.
Él reía bajito.
—Pues… lo que cualquier hombreharía, mi reina. Pero eso no se le cuenta a una hija, ¿verdad?
Nat se reía, pero por dentroardía. Imaginaba a ese hombre joven, fuerte, seguro de sí mismo, cogiéndose aquien quisiera. Y se preguntaba cómo sería que ese mismo hombre, ahora concanas y barba, la mirara a ella de esa forma.
Otra tarde, en otra cafetería, élestaba más serio.
—Tu mamá me está volviendo loco,Naty. Ya no soporto las peleas.
Ella le tomó la mano por encimade la mesa, entrelazó los dedos.
—Entonces no pelees más. O… peleay luego ven conmigo. Yo siempre te voy a hacer sentir bien.
Él la miró largo rato. Natsostuvo la mirada sin parpadear. Y entonces, sin soltarse las manos, él siguióhablando. De lo frustrado que estaba, de lo solo que se sentía en su propiomatrimonio. Nat escuchaba, asentía, le acariciaba los nudillos con el pulgar.
—Eres tan madura para tu edad…—dijo él al final.
Nat sonrió por dentro. “Madurano, papi. Solo sé lo que quiero. Y quiero que sigas mirándome así.”
Así ha sido su vida los últimosmeses.
A los 18 años, Nat ya no quiereestudiar. No quiere chicos de su edad. No quiere a su madre.
Solo quiere seguir sintiendo esepoder que le da ser la preferida, la consoladora, la que lo calma con besitos ycaricias, la que escucha sus historias y se moja en silencio imaginando cómosería ser la mujer que él realmente desea.
Llegaron a casa pasadas las sietede la tarde. El sol ya se había escondido detrás de la casa grande y la luzdorada se filtraba por las ventanas altas. Nat iba sentada en el asiento delcopiloto, con las piernas cruzadas, los jeans tan ajustados que cada vez que semovía sentía la costura presionándole justo entre las nalgas. Su padre conducíaen silencio, pero de vez en cuando le ponía la mano en el muslo y le daba unapretón suave, como diciendo “gracias por escucharme”.
Apenas estacionó el coche frentea la entrada principal, la puerta de la casa se abrió de golpe.
La madre estaba ahí, con losbrazos cruzados y la cara roja de rabia.
—¿Dónde carajos estaban? —gritóapenas los vio bajar—. ¡Dos horas y media para un “café”! ¿Te parece normal?
El padre cerró la puerta delcoche con calma.
—Fuimos a tomar café, nada más.No empieces otra vez.
—¡Claro! Porque con tu hija sítienes tiempo, ¿verdad? A mí me dejas hablando sola como una idiota.
Nat se quedó quieta junto alcoche un segundo, luego entró rápido a la casa pero dejó la puertaentreabierta. Se pegó al marco, medio escondida en la penumbra del vestíbulo,mirando todo. El corazón le latía fuerte. Le encantaba esto. Le encantaba vercómo su mamá perdía el control y su papá se mantenía firme.
—¡Estás obsesionado con ella!—siguió la madre, casi gritando—. ¡Mírala cómo se viste, cómo te mira! ¡Parecesun viejo verde!
—Cállate —dijo él con voz grave ybaja, esa voz que siempre hacía que Nat se mojara un poco—. No voy a permitirque hables así de mi hija.
La madre soltó una risa amarga.
—Tu hija… claro. Tu princesita.Yo soy la loca, ¿verdad?
Se dio media vuelta, subió alcoche de ella y arrancó con un chirrido de llantas. El portón eléctrico seabrió solo y desapareció por la calle.
Silencio.
Nat sintió esa calidez conocidabajándole por el vientre. Ganó otra vez. Papá la eligió otra vez.
Él entró a la casa, cerró lapuerta y se pasó la mano por la cara. Parecía cansado, pero también aliviado.Nat salió de la sombra del vestíbulo y se acercó despacio. Llevaba todavía elmismo top blanco y los jeans que le marcaban todo.
—Papi… —susurró.
Se pegó a él, le rodeó la cinturacon los brazos y apoyó la mejilla contra su pecho. Él la abrazó fuerte, casilevantándola del suelo.
—Ven aquí, mi reina —murmurócontra su cabello.
Nat levantó la cara y empezó conlos besitos: primero uno suave en la mejilla, luego otro más lento, húmedo,justo donde terminaba la barba. Otro en la comisura de los labios. Otro en elcuello. Él cerró los ojos y suspiró.
—Qué haría sin ti, Naty… deverdad.
Ella le acarició el pecho porencima de la camisa, despacio, sintiendo cómo el corazón de él se iba calmandobajo su palma.
—Shhh… ya pasó. Yo estoy aquí.Siempre voy a estar aquí para ti.
Le dio otro besito largo en lamejilla, casi rozando la boca. Él le apretó la cintura con las dos manos, justodonde la piel era más suave.
—Eres lo único bueno que tengo—dijo bajito.
Nat sonrió contra su piel. Sequedó ahí pegada un rato largo, sintiendo cómo su propio cuerpo reaccionaba:los pezones duros contra la tela del top, la entrepierna caliente y húmeda.Sabía que esto estaba mal… y eso la excitaba todavía más.
Tres días después.
El cumpleaños 50 de su papá erael sábado siguiente.
Nat estaba sola en su habitación,acostada boca abajo en la cama, con el culo en pompa dentro de unos shortscortísimos. Abrió Instagram en modo incógnito y creó una cuenta nueva:@secret.desire.18. Foto de perfil: una imagen borrosa de una espalda desnuda,cabello largo oscuro cayendo hasta la cintura. Bio: “Solo para quien sepaguardar un secreto 😉”.
Buscó la cuenta de su papá. Éltenía una privada, pero ella ya la seguía desde su cuenta real. Le mandósolicitud desde la nueva. Él aceptó en menos de diez minutos.
Ella empezó suave.
secret.desire.18: Felizcumpleaños adelantado, guapo… ¿puedo preguntarte algo personal?
Él respondió casi de inmediato.
papá: Gracias, preciosa. ¿Quéquieres saber?
Ella sonrió en la oscuridad de suhabitación, mordiéndose el labio.
secret.desire.18: ¿Qué es lo quemás deseas para tus 50? Algo que nadie te haya dado nunca… algo que realmentete haga sentir hombre otra vez.
Pasaron varios minutos. Natsentía el corazón en la garganta.
Entonces llegó el mensaje:
papá: Jajaja… eres directa, eh.Lo que realmente quiero… es una noche. Una mujer joven, hermosa, que me mirecomo si yo fuera lo único que existe. Que se entregue sin preguntas, sinculpas. Que me deje hacer lo que quiera con ella… despacio, sin prisa. Que medeje sentirla toda la noche. Eso es lo que quiero. Una mujer que me hagaolvidar todo lo demás.
Nat leyó el mensaje tres veces.Se le secó la boca. Sintió un latido fuerte entre las piernas, tan intenso quetuvo que apretar los muslos.
“Una mujer joven… que se entreguesin preguntas… que me deje hacer lo que quiera…”
Era ella. Era exactamente lo queella hacía todos los días con él, pero llevado al límite. Era lo que él queríade verdad.
Se quedó mirando el celular unrato largo, respirando agitada.
Podría enviarle una foto suya…disfrazada, con filtro, con el cabello tapándole la cara. Podría decirle queella es el regalo. Podría aparecer la noche del sábado en su habitación, conlencería debajo de una bata, y decirle “feliz cumpleaños, papi… soy yo”.
O podría seguir jugando anónimoun poco más, calentándolo hasta que él mismo le pida una foto, un encuentro.
Nat cerró los ojos, metió la manodentro de los shorts y se tocó despacio, imaginando todo.
Todavía no sabía qué iba a hacerexactamente.
Pero sabía una cosa con absolutacerteza:
El sábado, su papá iba a recibirexactamente lo que deseaba.
Y ella iba a ser quien se lodiera.
El sábado llegó cargado de unaelectricidad densa, casi palpable. La madre se había marchado temprano, otravez, tras una discusión que apenas duró diez minutos pero dejó el aire de lacasa pesado. Portazo, llantas chirriando, silencio. Nat sonrió para sí mismamientras terminaba de guardar las cosas del desayuno. Todo salía perfecto.
Había comprado el pastel esamisma mañana: un pastel de chocolate intenso, de tres capas esponjosasde bizcocho de chocolate húmedo, cubierto por una ganache oscura y brillanteque parecía espejo líquido. Encima, una cascada de virutas de chocolate negro yperlitas doradas crujientes, con la cifra 50 en velas doradas altas yelegantes, como si fueran joyas encendidas. El aroma a cacao puro y vainillallenaba toda la cocina. Era pecaminosamente rico, igual de decadente que lo queella planeaba regalarle.
Su padre entró a la sala con unasonrisa que no había mostrado en semanas. La abrazó fuerte por la cintura alverla con la caja del pastel en las manos.
—Mi reina… ¿esto lo hiciste tú?—preguntó, aunque sabía que no.
—No, papi, pero lo elegí pensandoen ti —respondió ella con esa voz suave, casi ronroneante—. Feliz cumpleaños.
Lo besó en la mejilla, lento,dejando que sus labios se demoraran un segundo más de lo necesario. Él suspiró,agradecido, feliz. No paraba de repetirle lo mucho que significaba para él queestuviera ahí, que lo entendiera, que lo quisiera tanto. Nat solo sonreía,sintiendo cómo el calor le subía por el cuello.
Llegó el momento del pastel. Locolocaron en la mesa del comedor, sobre un plato grande de porcelana. Encendiólas velas una por una, el 50 brillando con luz dorada y temblorosa.
—Cierra los ojos, papi… pide undeseo —susurró ella, acercándose mucho, su aliento rozándole la oreja.
Él obedeció. Cerró los ojos, lamandíbula tensa, las manos apoyadas en la mesa. En su mente apareció claro, sinfiltro: ese cuerpo joven, suave, canela, curvas que lo volvían loco desdehacía meses. Los senos firmes que se marcaban bajo el top, el culo redondoque se movía cuando caminaba delante de él, la forma en que se mojaba solo conmirarlo. No era solo deseo; era una obsesión que había crecido en silencio,alimentada por cada besito inocente, cada abrazo demasiado largo, cada “papi”susurrado. Quería tomarla, romper esa barrera invisible, hacerla suya dela forma más absoluta. Quería ser el primero. El único.
Sopló fuerte. Las velas seapagaron. Abrió los ojos y la miró con una intensidad que hizo que a Nat letemblaran ligeramente las rodillas.
—Ahora el regalo —dijo ella,mordiéndose el labio inferior—. Pero es… único. Algo que nadie más te puededar. Un tesoro que he guardado solo para ti… algo que nunca ha sido tocado pornadie más.
No dijo “virginidad”. No hacíafalta. Las palabras flotaron entre ellos, cargadas, y él entendió. Tragósaliva. Sus pupilas se dilataron.
—¿Puedo pedirlo ya? Antes delpastel —preguntó con voz ronca, casi suplicante.
Nat sonrió despacio, ese hoyueloapareciendo.
—Claro, papi… pero primero déjameprepararte algo para que estés fuerte. Siéntate, relájate. Ya vengo.
Fue a la cocina. Sacó el batidor,la licuadora. Preparó un batido de proteína espeso: dos scoops deproteína de vainilla, leche entera, una banana madura, un chorrito de miel… y,disimuladamente, añadió el suplemento que había comprado días antes en unatienda especializada. No era solo un potenciador de testosterona barato; era unafórmula fuerte, diseñada para disparar el deseo, la dureza, la resistencia.Mezcló todo hasta que quedó cremoso, ligeramente dulce, irresistible.
Se lo llevó en un vaso alto yfrío.
—Toma, papi… bébelo despacito. Espara que te sientas como en tus mejores años.
Él lo tomó, bebió un trago largo.Saboreó. Sus ojos no se apartaban de ella.
—Está delicioso… —murmuró—. Igualque tú.
Nat sintió un latigazo de calorentre las piernas. Se fue sin decir más.
En la sala, cerró las cortinasgruesas. La habitación quedó en penumbra, solo una lámpara de pie con luz ámbartenue, cálida, casi íntima. Gritó desde el pasillo:
—¡Papi! Espérame en el sillóngrande… y ponte cómodo.
Él obedeció. Se sentó en el sofáamplio, piernas abiertas, el batido ya casi terminado. El suplemento empezaba ahacer efecto: sentía la sangre correr más rápido, el pulso en las sienes, yentre las piernas… una erección que crecía lenta pero implacable, gruesa,pesada, como no recordaba desde sus veintitantos. Sospechaba. Sabía. Lacuenta secreta, los mensajes, la forma en que ella lo había calentado. Eraella. Tenía que ser ella.
Mientras tanto, en su habitación,Nat se miró al espejo de cuerpo entero. Llevaba el vestido rojo satinado quehabía elegido: off-shoulder, el escote profundo abrazando sus senos 36C,levantándolos como ofrenda. El gran lazo dorado —un moño enorme,brillante, con cintas gruesas— estaba atado alrededor de su torso, justo bajoel pecho, como si fuera el envoltorio de un regalo gigante. Las colas del lazocaían por los lados, rozando sus caderas. El vestido tenía una abertura alta enel muslo izquierdo, dejando ver la piel canela hasta casi la ingle. En lacabeza, otro lazo más pequeño, dorado, sujetando su cabello largo y oscuro.Tacones altos negros. Labios rojos intensos. Se veía obscena, perfecta,pecaminosa.
Se miró y sintió nervios deverdad por primera vez. El estómago le dio un vuelco. Respiró hondo.
—Vamos, Nat… él te desea. Losabes —se dijo en voz baja.
Salió descalza al principio,tacones en la mano, caminando con pasos lentos, sensuales, hacia la sala.
Él la vio entrar.
El corazón le dio un vuelcobrutal. La verga, ya dura, se tensó aún más contra el pantalón, palpitando,larga y gruesa como nunca en años. Sintió que se volvía animal, un toro encelo. La luz ámbar le bañaba la piel, hacía brillar el satén rojo y el lazodorado que gritaba “regálame”. Era la fantasía hecha carne: joven, curvilínea,suya.
—Luces… divina —murmuró él, vozronca, casi rota.
Se puso de pie despacio. Caminóhacia ella.
Nat se detuvo a mitad del camino,piernas temblorosas, el pulso retumbándole en el clítoris. Lo vio acercarse:alto, ancho de hombros, canas en las sienes, barba recortada, ojos oscurosllenos de hambre. El bulto en su pantalón era imposible de ignorar, grueso,evidente, apuntando hacia ella.
Ambos sentían lo mismo: el airese volvió espeso, eléctrico. El corazón les latía tan fuerte que parecía que seescuchaba en la sala. Ella sintió que las rodillas le flaqueaban, que lahumedad le empapaba la tanga diminuta que llevaba debajo. Él sentía la sangrerugir, la necesidad de tocarla, de olerla, de romperla.
Cuando quedaron a un metro, élextendió la mano. Ella la tomó, temblando.
—Mi regalo… —susurró él,mirándola de arriba abajo, devorándola con los ojos—. ¿De verdad eres tú?
Nat levantó la cara, labiosentreabiertos, respiración agitada.
—Feliz cumpleaños, papi… abre turegalo.
Y en ese instante, el espacioentre ellos desapareció.
Él la besó con una pasióndesbordante, como si todos los meses de deseo contenido, de miradas robadas ycaricias prohibidas, se desataran en ese instante. Sus labios capturaron los deella con hambre voraz, la lengua invadiendo su boca caliente y húmeda,explorándola con urgencia lujuriosa. Una mano grande y fuerte se enredó en sucabello largo, tirando ligeramente para inclinarle la cabeza, mientras la otrase clavaba en su cintura, apretándola contra su cuerpo duro. Nat se entregó porcompleto, el cuerpo temblando, las rodillas flaqueando tanto que sintió que sedesvanecía en sus brazos musculosos. El mundo giraba; solo existía el calor desu boca, el sabor a batido dulce mezclado con whisky residual, el aromamasculino de su colonia y sudor.
—Papi… besas tan rico —susurróella contra sus labios, voz entrecortada, jadeante, con ese tonoinocente-perverso que lo volvía loco.
Él gruñó bajo, profundizando elbeso un segundo más antes de separarse apenas para mirarla a los ojos, pupilasdilatadas de pura lujuria incestuosa.
—Mi princesita… mi putita virgen…besas como una zorra en celo, tan dulce y tan puta para tu papi. Estos labioscarnosos están hechos para chupar mi verga gorda, pero primero te voy a follarla boca con mi lengua hasta que te corras solo de besos, hija mía.
Sus palabras perversas lahicieron gemir bajito, un calor líquido inundando su tanga.
De pronto, él miró hacia lapuerta entreabierta, el pulso acelerado.
—Aquí no, mi reina… tu madrepuede volver en cualquier momento y jodernos todo. Ven, vamos a tu habitación.Ahí te voy a romper ese coñito virgen como se merece.
La tomó de la mano con posesiónabsoluta, entrelazando dedos, y la guió por el pasillo. Nat lo siguió con laspiernas temblorosas, el corazón latiéndole en la garganta, excitada y nerviosa.
Entraron a su habitación: unsantuario adolescente lleno de contradicciones deliciosas. Paredes pintadas derosa suave y blanco, con posters de cantantes guapos y fotos de ella en bikinide Instagram pegadas con cinta. Una cama queen size con sábanas de satén rosa,dosel ligero con luces LED tenues alrededor del cabecero, peluches gigantes (unoso panda y un unicornio) tirados a un lado como testigos inocentes. Elescritorio repleto de maquillaje desordenado —paletas de sombras, labialesrojos, frascos de perfume—, un espejo de cuerpo entero con luces de vanidad,ropa sexy tirada en la silla (tangas, tops cortos), el celular cargando en lamesita de noche junto a un vibrador escondido bajo la almohada, y un armarioentreabierto revelando jeans ajustados y vestidos provocativos. Olía a vainillay crema corporal de fresa. Pura juventud prohibida.
Él cerró la puerta con llave y segiró hacia ella, ojos devoradores.
—Mi regalo perfecto… —murmuró,empezando a desvestirla despacio.
Le bajó el vestido rojo satinadocentímetro a centímetro, besando cada porción de piel canela que exponía: loshombros suaves, la curva del cuello, el valle entre sus senos 36C que seliberaron con un rebote jugoso, duros y sensibles. Besos húmedos, succionadores,bajando por su vientre plano, lamiendo el ombligo, hasta que el vestido cayó alsuelo. Le quitó el lazo dorado como desempaquetando un tesoro, besándole lascaderas anchas, el culo respingón al bajarle la tanga empapada. Besos en losmuslos, detrás de las rodillas, tobillos. Hasta que estuvo completamentedesnuda, temblando, vulnerable y empapada.
Se arrodilló un momento paradevorarle los senos con maestría: succionó un pezón erecto con fuerza,mordisqueando suavemente, lamiendo círculos mientras masajeaba el otro con lapalma callosa. Nat arqueó la espalda, gimiendo alto.
—¡Papi! ¡Ay, dios… qué rico!
—Estas tetas de hija puta sonmías, Naty… tan firmes, tan jugosas. Voy a mamarlas hasta que te duela deplacer.
La llevó a la cama, la acostó yse desnudó rápido, revelando su verga enorme: gruesa como una muñeca, larga,venosa, cabezota hinchada y brillante de semen, huevos grandes y pesados comolos de un toro en celo. Se posicionó entre sus piernas abiertas.
—Voy a desvirgarte, mi reina… voya ser el primero y por siempre el único en esta cueva apretada y virgen.
Empujó la vergota contra suentrada virginal, lubricada con su jugos. Entró lento pero triunfal, centímetroa centímetro, rompiendo la barrera. Nat gritó de dolor agudo, uñas clavadas ensu espalda, lágrimas en los ojos mientras su himen cedía y su canal estrecho seestiraba dolorosamente alrededor de esa invasión monstruosa.
—¡Duele, papi! ¡Es muy grande!
—Shhh, mi putita… aguanta. Papite está marcando su coño para siempre. ¡Qué estrecha, joder… como un guantevirgen chupándome la verga!
El placer para él fue inmenso:calor abrasador, presión asfixiante, la sensación de conquistar lo prohibido,de follar a su propia hija. Gruñó como animal, sudando, empujando hasta elfondo.
Poco a poco, el dolor de Nat setransformó en placer ardiente. Su cuerpo se acostumbró al tamaño y grosorbrutal; las paredes vaginales palpitaban, apretándolo, lubricando más. Empezó agemir de puro éxtasis.
—Papi… ya… ya se siente rico…¡fóllame!
Ella lo empujó hacia atrás, semontó encima y lo cabalgó con ferocidad juvenil: rebotando sobre esa vergagruesa, senos saltando, caderas girando, gimiendo como una hembra en celo.
—¡Sí, papi! ¡Tu verga me llenatanto!
Él la agarró por las caderas,embistiendo desde abajo.
—Me vengo, hija… ¡me corro!
—¡No, papi, fuera! ¡Estoy en misdías fértiles… por favor, no adentro!
Él sonrió con morbo oscuro,perverso, ojos brillando de lujuria incestuosa.
—Creo que mi verdadero regaloestá por venir… en este instante lo encargo y me llegará en 9 meses. Voy aembarazarte, mi reina. Voy a plantar mi semilla en el coño de mi propia hija yhacerte un bebé nuestro.
Sus palabras activaron algoprimal en ella: un chip de procrear que la hizo contraerse más fuerte alrededorde él, gimiendo en éxtasis prohibido.
Él rugió, la sostuvo clavada ensu verga y descargó. Litros de semen espeso, caliente, chorros potentessaliendo de sus huevos grandes y pesados como un toro reproductor. Nat sintiócada pulsación: el calor inundándola profundo, inundando su útero fértil, semenespeso y abundante rebosando, chorreando por sus muslos. Era viscoso, calientecomo lava, tanto que sintió el vientre hincharse ligeramente, el morboincestuoso explotando en un orgasmo brutal mientras imaginaba a su padreprocreando con ella, su semen marcándola para siempre como su hembra, suhija-madre.
—Papi… ¡lo siento todo! ¡Cuántosemen… me estás llenando como a tu virgen preñada!
Él jadeó, todavía dentro,bombeando las últimas gotas.
—Ese es tu regalo, Naty… mi hijava a parir para mí. Te amo, mi reina.




P.D. Si quieren el vídeo creado:
si les gusta el video haganmelo saber para seguir creando este tipo de contenido.

https://www.mediafire.com/file/jvefxipgzxphei8/el_cumple_de_pap%25C3%25A1.mp4/file

0 comentarios - El cumpleaños de papá