You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

La infiel: Entre castigo, dolor y placer parte 2

La infiel: Entre castigo, dolor y placer parte 2
De repente, sus manos se posan en mis caderas con firmeza y me levantan del borde de la cama, sentándome en el centro de las sábanas. Antes de que pueda reaccionar, su mano derecha se enreda en mi cabello, tirando suavemente pero con decisión hasta que mi cuerpo queda completamente derecho, mis hombros erguidos y mi rostro alineado con el suyo. La presión en mi cuello me hace respirar un poco más rápido, y siento cómo el aire se me queda en la garganta por la intensidad de su mirada.

Mientras sigo parada sobre la cama, apoyada en mis manos detrás de mí, su mano izquierda desciende hasta mi trasero. Sus dedos se ciernen sobre mi piel aún sensible de los azotes anteriores, y de pronto aprietan con fuerza una de mis nalgas, pellizcándola con una firmeza que hace que mi cuerpo se estire hacia adelante y escape de mi boca un grito gutural que mezcla dolor y placer. El impacto de su pellizco hace que mis piernas tiemblen y que un escalofrío recorra mi espalda, concentrándose en mi entrepierna.

Sin decir una palabra, su agarre en mi cabello se hace más fuerte y me lanza bruscamente sobre la cama, haciendo que mi torso golpee las sábanas con un pequeño ruido. Mi cabeza gira con el movimiento, y antes de que pueda levantarme, él se sube a la cama y se coloca a mi lado, su cuerpo caliente rozando el mío. Con una mano, toma mi pierna derecha y la levanta suavemente, doblando la rodilla hasta que mi muslo queda apoyado contra mi abdomen.

Luego, se inclina hacia adelante y empieza a recoger las almohadas que quedaron desordenadas por la cama después de lo anterior. Las toma una por una, llevándolas hasta mi cuerpo y colocándolas con cuidado debajo de mi entrepierna, ajustándolas para que mi pelvis quede elevada y expuesta. Mientras hace esto, su voz suena baja y ronca cerca de mi oído:

—¿Una puta como tú sigue siendo virgen del ano, verdad? —pregunta con un tono mezclado de curiosidad y malicia, mientras sus manos siguen acomodando las almohadas.

Me quedo un instante en silencio, sintiendo cómo la duda y el nerviosismo invaden mi mente. Sé que esto es nuevo, que nunca hemos llegado a este punto antes, y aunque mi cuerpo sigue respondiendo al contacto, una pequeña voz de preocupación se hace escuchar en mi interior. Finalmente, respondo en un susurro tembloroso:

—Sí… claro que soy virgen ahí. Nunca hemos hecho nada así, nunca me ha tocado nadie más allá de lo que ya conoces…

Él se detiene por un momento, y siento cómo su mano acaricia suavemente mi piel antes de seguir ajustando las almohadas, esta vez debajo de mi panza para que la posición sea más cómoda. Retrocede un poco hasta situarse entre la altura de mis rodillas, con una pierna arrodillada a cada lado de las mías, de manera que sus muslos rozan los míos con cada pequeño movimiento. Sus manos vuelven a descender hasta mi trasero, masajeando suavemente la piel aún sensible mientras mira hacia mí con una expresión que parece combinar deseo y algo que podría ser ternura:

—No te preocupes, zorra… esta vez seré tierno —dice, aunque en sus ojos sigue brillando esa intensidad que me ha acompañado toda la noche—. Solo quiero asegurarme de que estés lista para mí.

Sus manos comienzan a palpar mis nalgas con firmeza, recorriendo cada curva y contorno, apretando la piel de vez en cuando antes de soltarla lentamente. De repente, pellizca un lado y luego el otro, y cada pellizco envía una corriente que mezcla dolor agudo y placer cálido por todo mi cuerpo, haciendo que gemidos suaves se escapen de mi boca. Después de unos instantes, sus dedos se acercan a la zona más sensible, tomando la piel alrededor de mi ano y estirándola con cuidado pero con suficiente fuerza para dejarlo completamente al descubierto. La sensación de estar tan expuesta me hace temblar, mientras mi corazón late con más fuerza.

Siento entonces su aliento caliente rozando la superficie de mi ano, un susurro de aire que hace que mis músculos se tensen de anticipación. Al instante, algo húmedo y cálido comienza a recorrer el área alrededor, trazando círculos lentos y precisos —su lengua— que se desliza suavemente, explorando cada milímetro con una atención que me deja sin aliento.

Mientras su lengua continúa su recorrido, sus dedos ejercen más presión, estirando al máximo la piel para dejar la entrada completamente descubierta. Luego se detiene justo en el borde, comenzando a jugar con la zona: lamiendo con ligereza, chupando suavemente la piel alrededor, como si estuviera saboreando cada instante. La mezcla de sensaciones es abrumadora, y siento cómo el calor en mi entrepierna aumenta cada segundo.

De pronto, siento cómo su lengua empieza a presionar suavemente contra la entrada, avanzando poco a poco y masajeando las paredes de mi recto con movimientos lentos y cuidadosos. La sensación es extraña al principio, llena de ansiedad por lo desconocido, pero rápidamente se convierte en una oleada de excitación que hace que mi cuerpo se arquee hacia adelante, buscando más contacto.

Sus labios se pegan completamente a mi ano, succionando con fuerza mientras su lengua se mueve de forma salvaje dentro de mí, explorando cada rincón. Al mismo tiempo, sus manos apretan mis nalgas con tanta firmeza que siento cómo intenta abrirme más para introducir su lengua aún más profundo. Mis músculos tiemblan, y un gemido gutural se escapa de mi garganta, mezclado con el sonido de su respiración agitada.

Después de lo que parece una eternidad, él se despega bruscamente buscando aire, su respiración entrecortada y su voz rota cuando habla: “Mierda… tu ano está delicioso… ya no aguanto la idea de meter mi miembro ahí… sentir cómo tus paredes lo exprimen, se aprietan contra mí…” Sus palabras hacen que un escalofrío recorra mi espalda, mientras la excitación me consume por completo.

En ese momento, uno de los dedos que mantenía mi ano expuesto se dirige hacia la entrada, rozando la superficie con ligereza antes de empezar a penetrar lentamente y luego salir, en un movimiento de mete y saca despacio que me hace estremecer. Sin previo aviso, el dedo avanza bruscamente hasta el fondo, y en ese instante el orgasmo que llevaba acumulado desde hace mucho tiempo estalla en mi cuerpo con fuerza: mis músculos se tensan hasta el límite, una oleada de placer caliente recorre mi vientre, y mis ojos se cierran con fuerza mientras un grito de éxtasis sale de mi boca.

“Mi erección está casi recuperada…” dice él, su voz cargada de deseo “…te daré el toque final a tu ano.” Siento cómo su boca vuelve a posarse en la entrada, ensalivando la zona con movimientos lentos y cuidadosos para lubricarla. Al mismo tiempo, sus dedos se dirigen hacia mi vagina, buscando el jugo que aún queda de antes, recogiendo la humedad con sus yemas. Luego vuelve a llevar su boca al ano, depositando la humedad allí, repitiendo la acción varias veces hasta que la zona está completamente lubricada, lista para lo que vendrá después.

Él se endereza lentamente, pero sus manos no abandonan mi trasero ni por un instante, manteniendo sus dedos firmes sobre mi piel aún sensible. En cuestión de segundos, pega su cuerpo entero al mío, presionando su abdomen contra mi espalda mientras sus manos se cierran con fuerza sobre cada una de mis nalgas, soltando varias palmadas secas y potentes que hacen que mi cuerpo se estire hacia adelante, gemidos entrecortados escapando de mi boca. El dolor es intenso pero se entrelaza con una excitación que ya no logro contener, sintiendo cómo mi piel arde con cada impacto.

Momentos después, la entrepierna caliente de Marcus se posa sobre mi culo, su peso y el calor de su piel haciendo que tiemble. Siente cómo sus manos se mueven para abrir y separar mis nalgas con cuidado, depositando su miembro duro entre ellas. Comienza a mover las caderas con brusquedad, haciendo que su pene roce con fuerza contra mi piel, enviando corrientes de placer y sorpresa por todo mi cuerpo cada vez que su cuerpo choca con el mío.

Luego, él presiona mis nalgas alrededor de su miembro, apretándolas con justa medida mientras su ritmo se vuelve más suave y controlado. El calor que expulsa su pene se propaga por mi piel, caliente y envolvente, hasta que finalmente suelta mis nalgas, dejando que su miembro siga rozando suavemente entre ellas con cada pequeño movimiento de sus caderas.

Una de sus manos se aprieta contra mis brazos amarrados en la espalda, presionándolos ligeramente mientras la otra se engancha con fuerza en mi cabello. Tira de él hacia abajo, hundiendo mi cabeza en la cama hasta que mi rostro queda pegado a las sábanas, justo en ese momento empieza a embestir mi culo y a frotar su pene violentamente contra la piel, con un ritmo rápido y potente que hace que el colchón cruja bajo nuestro peso.

Cada embestida es acompañada de grandes gemidos guturales que brotan de su pecho, resonando en el cuarto mientras su mano presiona aún más mi cabeza contra la cama. Siento la intensidad con la que él goza al dominarme así, el placer que le produce se transmite a través de cada roce y cada movimiento, haciendo que mi propio cuerpo responda con un calor cada vez más fuerte en mi entrepierna.

Después de varios minutos de ese ritmo frenético, él se detiene bruscamente, jadeando con fuerza mientras intenta recuperar el aliento. Su respiración golpea mi espalda en bocanadas calientes, y siento cómo se mueve ligeramente sobre mí, buscando algo fuera de mi vista —el sonido de plástico rozándose me hace saber que ha encontrado el frasco de lubricante.

Mientras vuelve a mover las caderas, frotando su miembro despacio entre mis nalgas, siento cómo el líquido viscoso del lubricante cae sobre su pene, caliente y espeso. Usa una mano para esparcirlo por todo el largo de su miembro, pasando sus dedos con cuidado desde la base hasta la punta, asegurándose de que esté completamente cubierto.

Finalmente, retira su miembro de entre mis nalgas y lleva sus dedos, con los restos de lubricante, hasta mi ano, extendiendo el líquido con suavidad sobre la entrada y alrededor. Una vez que termino de lubricar la zona, siento cómo la cabeza de su pene se posa en la entrada de mi ano, cálida y firme. Lentamente, muy despacio, empieza a introducirla solo hasta la cabeza, un movimiento cuidadoso que hace que mis músculos se tensen y un suspiro profundo escape de mis labios.

El aire se cortó cuando sus palabras alcanzaron mi oído como una descarga eléctrica: "¿Estás lista, zorra de mierda?". Su aliento caliente y húmedo se mezcló con el perfume que siempre usaba, ese olor a madera quemada y menta artificial. Antes de que pudiera responder, sentí su cuerpo desplomarse sobre el mío con el peso preciso. 

La primera penetración llegó como un cuchillo al rojo vivo. Su miembro, grueso y venoso, se abrió paso a través de mi esfínter con una precisión brutal. Cada centímetro que avanzaba dentro de mi recto sentía como si me rasgaran por dentro, la fricción generando un calor casi insoportable. La sensación de estar siendo rellenada, estirada más allá de lo que creía posible, hizo que mis uñas se clavaran en mis propias palmas atadas.

El grito que escapó de mi garganta no sonó humano. Las lágrimas brotaron instantáneamente, quemando como ácido mientras rodaban por mis mejillas y empapaban las sábanas debajo de mí. Mis intentos de moverme eran inútiles; las ataduras cortaban la circulación en mis muñecas. Cuando su mano se enredó en mi cabello y tiró hacia atrás, crei que varios mechones se desprenderian de mi cuero cabelludo. El dolor agudo se mezcló con la presión constante en mis entrañas.

"Tu culo es una maravilla", escupió contra mi nuca mientras ajustaba su agarre. Su voz sonaba distorsionada, como si hablara a través de una capa de saliva y excitación descontrolada. Mis protestas apenas formaban palabras coherentes: "Detente... por favor... me duele...". Pero mi cuerpo traicionero ya comenzaba a responder, los espasmos involuntarios de mi canal anal apretándose alrededor de su miembro en una contradicción biológica que odié al instante.

Su risa fue tan cortante como el golpe que siguió. "¿En serio creías que las nalgadas serían suficiente castigo para una puta infiel?". Un nuevo tirón de cabello sincronizado con una embestida más profunda. "El verdadero castigo es este." Sentí el lubricante frío mezclándose con mis fluidos, creando un sonido obsceno con cada movimiento. "Deberías agradecer que usé lubricante", murmuró mientras aceleraba el ritmo. "Mi plan original era hacerte llorar de agonía."

De pronto mi cabeza fue arqueada hacia atrás con una fuerza que me hizo soltar un grito. Su brazo rodeó mi cuello como una serpiente constrictora, los músculos de su antebrazo presionando contra mi tráquea. Cuando su rostro se apoyo sobre mí cabeza, pude sentir la intensidad de su respiración agitada.

El ajuste de su postura fue meticulosa. Sus pies se anclaron a cada lado de mis caderas, dándole un apalancamiento perfecto. La madera de la cama gimió bajo nuestro peso combinado. "Prepárate puta", anunció con una determinación aterradora. Su siguiente embestida fue tan violenta que mi cuerpo se desplazó varios centímetros hacia adelante sobre las sábanas arrugadas.

Mis súplicas se convirtieron en un mantra entrecortado: "No más... por favor... no puedo...". Las lágrimas habían formado un charco bajo mi cara. Su mano libre se cerró alrededor de mi cráneo como una abrazadera de metal, los dedos hundiéndose en mis sienes mientras su otro brazo mantenía la presión en mi garganta.

El ritmo era ahora una tortura calculada. Sentía la cabeza de su miembro rozando mi esfínter en cada retroceso parcial, solo para volver a hundirse hasta el fondo con un golpe seco que resonaba en mi pelvis. Cuando disminuía la velocidad, podía sentir cada pulso de su erección dentro de mí. Luego venían las series rápidas, cinco o seis embestidas consecutivas que hacían que la estructura de la cama protestara en sincronía con mis gemidos. Mi mente se fracturó en esemomento, dividiéndose entre el dolor agudo y un placer culpable que ascendía desde lo más profundo de mi ser. Cada golpe enviaba ondas de calor por mi espina dorsal, haciendo que mis músculos se contrajeran involuntariamente alrededor de su miembro. La fricción generaba un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con nuestros jadeos.  

"¡Perdón! ¡Lo siento!" grité entre lágrimas, pero mis palabras sonaban más como un ruego desesperado que como una disculpa genuina. Él respondió con un gruñido gutural: "ya casi... termino...". Y entonces llegó el empujón final, tan brutal que mi visión se nubló por un instante. Su cuerpo se tensó como un arco antes de soltar un rugido animal. El calor de su semen inundó mi interior, espeso y abrasador, llenando cada espacio disponible mientras su miembro palpitaba y se deslizaba fuera de mí.  

El peso de su cuerpo cayó sobre mí como un saco de arena mojada, aplastándome contra el colchón. Cuando rodó hacia un lado, sentí su semen escapando de mi cuerpo, mezclándose con el sudor que cubría mis muslos. Mis sollozos eran ahora silenciosos, agotados. Él respiraba con dificultad, pecho levantándose y bajando con agitación.  

En algún punto, sin darme cuenta, había llegado al clímax. La revelación me golpeó con más fuerza que cualquier impacto anterior, no podía creer que mi cuerpo pudiera encontrar placer en medio de tanta confusión, tanto dolor, tanta humillación. Todo se había mezclado en un cóctel perverso que mis sentidos no pudieron resistir, un torbellino de sensaciones que me dejó temblando contra las sábanas arrugadas de la cama de la cabaña.

"En... unas horas... lo repetiremos de nuevo", murmuró él con voz ronca, su aliento caliente rozando mi piel mientras pasaba un dedo por mi espalda sudorosa, siguiendo las curvas de mis costillas como si estuviera trazando un mapa que apenas comenzaba a descubrir. "Pero está vez seré gentil."

Esa promesa sonó casi tierna en medio del desorden que habíamos creado entre cuatro paredes de madera oscura y desgastada por el tiempo. Cerré los ojos, sintiendo cómo mi cuerpo exhausto comenzaba a hundirse en el sueño, cada músculo latiendo con el eco de lo que habíamos vivido. La habitación olía a sexo violento, a lágrimas secas sobre la tela, a madera vieja y a la bruma del bosque que se colaba por las rendijas de las ventanas. Y en algún rincón oscuro y oculto de mi mente, una parte de mí – una parte que aún no entendía completamente – ya anhelaba la siguiente sesión, preguntándose qué forma tomaría esa gentileza que me prometía.

El resto de nuestra estancia en aquel refugio apartado del mundo pasó entre esos momentos de intensidad cruda y ráfagas de ternura inesperada – besos lentos que sanaban las marcas en mi piel, manos que masajeaban mis músculos tensos mientras el sol se ponía detrás de los árboles de caucho. Cuando llegó el día del regreso, el motor de la camioneta rugió con determinación, alejándonos de los senderos de tierra y llevándonos de vuelta al ritmo de la ciudad. Ahora, dos semanas después, el aroma de madera vieja y polvo de la cabaña ha sido completamente reemplazado por los olores que hacen de este lugar nuestro hogar.

Hoy he puesto la mesa con el mantel de encaje blanco que Marcus dijo que le gustaba, el que me regaló por nuestro tercer aniversario de casados. Las velas aromáticas de lavanda humean suavemente en el centro, y el aroma del estofado de ternera con hierbas que he estado cocinando desde la tarde llena cada rincón de nuestra casa en Pasir Panjang. Siento cómo mis dedos se detienen brevemente sobre la superficie pulida de la hornalla mientras mi mente viaja dos semanas atrás, hasta el momento en que bajamos de su camioneta frente a esta misma puerta después de cuatro días en la cabaña.

Recuerdo que el viaje de regreso fue en silencio por largos tramos, salvo por el suave murmullo del motor y el sonido de las llantas sobre la carretera. Yo estaba exhausta, aún sintiendo el cosquilleo en mis muñecas donde había estado atada, el recuerdo del dolor y el placer entrelazados quemado en mi piel. Cuando paramos en un semáforo, Marcus extendió su mano derecha hasta mi muslo y la apretó con firmeza – no con rudeza, sino con la certeza de alguien que sabe lo que quiere.

Sus condiciones fueron sencillas, recuerdo voz, segura y determinada. "Quiero tu completa sumisión y obediencia en todo lo que pida, no importa si a lo 2 minutos cambio de parecer". No volverás a ocultarme nada, ni siquiera los pensamientos que creas que pueden dolerme. Si desobedeces, incluso veo dudas en tu rostro, habrá castigo – no serán tan extremos como los del primer día, pero siempre justo según lo que merezcas."

Yo asentí sin decir una palabra, mi cabeza aún procesando todo lo que habíamos vivido. No cuestioné nada; en aquel momento, después de ver el peso que había llevado Marcus en silencio durante tanto tiempo, sentí que era lo único correcto. Había roto nuestra confianza, y él – que siempre había sido el esposo más paciente y atento que podría haber deseado – finalmente había dejado salir todo lo que se había reprimido en los cinco años de relación y 3 de matrimonio.

Con el tiempo, fui entendiendo mejor. En una de las noches en que hablábamos hasta tarde en la cabaña, acurrucados en el sofá con una taza de té caliente entre nuestras manos, me contó que siempre había sentido deseos más intensos, más primarios, pero que los había callado por miedo a asustarme, a que pensara que no la veía como más que un objeto de placer. Cuando descubrió que había compartido con otro hombre cosas que él siempre había soñado hacer conmigo, algo dentro suyo se rompió. "Me volví loco", me confesó horas después esa misma noche después un sesión intensa, mirándome a los ojos con una mezcla de pesar y determinación. "Vi que te habías aceptado hacer cosas que yo me negaba a pedirte, y me sentí tan traicionado. El castigo fue extremo porque necesité que entendieras lo profundo que me heriste y había llegado mi dolor – y también lo fuerte que era mi deseo de tenerte completamente para mí."

Nuestra vida sexual ahora plena 
Cada día desde entonces ha sido un descubrimiento. Marcus ya no se contiene, y yo he descubierto partes de mí misma que nunca imaginé existían. Hay momentos de ternura – besos y caricias que parecen durar horas, manos que acarician mi piel con la delicadeza de quien maneja algo preciado – y momentos en los que su pasión se desata con una fuerza que me deja sin aliento.

Ya no hay secretos entre nosotros en la cama. Él me muestra habla de sus fantasías, y yo le cuento las mías, y juntos exploramos lo que nos hace bien. He aprendido que la sumisión que acepté no es debilidad, sino sobre confianza – confiar en que él nunca pasará los límites que me hagan llorar, confiar en que su deseo por mí va de la mano con su amor. A veces, cuando estamos solos en casa, me dice que me sienta libre de decirle que me gusta y que no, que el castigo solo existe cuando he desobedecido.

Cuando llega a casa

El sonido de las llaves en la cerradura me sacan de mis pensamientos y hace que mi corazón dé un salto de alegría – no lo he visto desde hace tres días, estuvo fuera por un viaje de negocios. Escucho sus pasos en el pasillo, el sonido de su maleta apoyándose contra la pared, y cuando aparece en la puerta de la cocina, mis ojos lágrimean de emoción sin que me dé cuenta.

Él lleva el traje gris que le queda tan bien, su camisa azul oscura un poco arrugada por el viaje, pero su sonrisa es la misma que me enamoró hace seis años. Se acerca hasta donde estoy apoyada en la encimera, y antes de que pueda decir nada, pone sus manos en mi cintura y me atrae hacia él.

"Hola, mi preciosa puta", murmura contra mi pelo, besando mi sien con ternura. Ese es nuestro acuerdo: cuando estamos solos, me llama así– palabras que al principio me hicieron sentir avergonzada, pero que ahora me llenan de calor, porque sé que para él no son un insulto, sino una forma de decir que soy suya completamente.

"¡Marcus! ¡Me alegro tanto de que estés de vuelta!", le digo, rodeándole el cuello con mis brazos y presionando mi cuerpo contra el suyo. Siento cómo su aroma – mezcla de su perfume habitual de cedro y un toque de sudor del viaje – invade mis sentidos, y mi piel se eriza de emoción. "He preparado tu estofado favorito, y también he preparado un postre que se, te gustará."

Él sonríe, y sus ojos se oscurecen un poco con el deseo que conozco tan bien ahora. Sus manos bajan hasta mi trasero, apretándolo suavemente antes de deslizarse por mis muslos. Muevo mi mano derecha con lentitud por su pecho, por la tela de su camisa, hasta llegar a su entrepierna, donde ya puedo sentir su erección firme bajo el pantalón. Lo palpo con suavidad, presionando ligeramente mientras mi pulso se acelera.

"Entonces, amor mío", digo, acercándome mi boca a la suya hasta que apenas nos tocamos los labios. "¿Qué quieres comer primero? El mostré o la comida que tengo lista en la cocina?"

Él se queda un instante en silencio, mirándome a los ojos con una intensidad que hace que mi entrepierna se caliente. Luego, baja su cabeza y me besa el cuello, mordisqueando suavemente el lóbulo de mi oreja antes de responder:

"He estado acumulando mucho estrés en estos días fuera, mí putita. He pensado en ti cada noche, imaginándo cada parte y agujeros de tu perfecto cuerpo esperándome para hacerte todo lo que me plazca." Pausa, y sus manos se aferran con más fuerza a mi cuerpo. "¿Estás preparada para una sesión intensa?
Porque vengo bien cargando por a verme reprimido durante estos días, esta noche no vamos a dormir hasta muy tarde."

Mi respiración se hace entrecortada, y siento cómo el calor se concentra en mi interior. Sonrío, acariciándole la mejilla con la mano libre antes de responderle con la misma pasión que siento en el alma:

"Ya sabes que mi cuerpo está para servirte, Marcus. Soy toda tuya – haz conmigo lo que quieras."

 

0 comentarios - La infiel: Entre castigo, dolor y placer parte 2