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Me volví la puta de un viejo.

Hola amores soy hanna sumisa me borraron mi otra cuenta aun que me costo mucho tiempo recuperarla les dejo los links a mis anteriores relatos.

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Me volví la puta de un viejo.


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amateur


AQUI EL NUEVO RELATO.

# El verano en que aprendí lo que era ser una puta

Me llamo Hanna. Tengo veintidós años y una cara que engaña.

Tez clara, casi de porcelana, con las venas azules dibujándose finitas en las muñecas y en la parte alta del pecho. Ojos café oscuro, grandes, de esos que se agrandan solos cuando algo me interesa de verdad. Cabello negro lacio que me llega a media espalda, brillante, que en verano llevo casi siempre en una coleta alta porque el calor me vuelve loca. Pómulos suaves, nariz pequeña y respingada, labios gruesos de nacimiento, pestañas largas sin necesidad de rímel, y unos hoyuelos que se me marcan cada vez que sonrío. Cara de niña buena. Cara de "esta no rompe un plato". Cara de que le puedes confiar las llaves de tu casa.
culona


Y luego el cuerpo. Porque ahí es donde el asunto se pone interesante. Busto lleno, redondo, pesado, que me obliga a comprar sujetadores una talla más grandes de lo que la gente espera. Cintura estrecha, de esas que hacen que todo lo demás se vea exagerado. Caderas anchas, nalgas duras y paradas de tanto caminar por el barrio, piernas largas con los muslos firmes y separados apenas en el centro. Piel suave en todas partes menos donde debería serlo. La combinación perfecta para arruinarle la tarde a cualquier hombre: carita de ángel, cuerpo de pecado.

Lo sabía. Claro que lo sabía. Desde los quince años aprendí que podía conseguir casi cualquier cosa con una sonrisa, una inclinación de cadera y un "ay, perdón" bien puesto. Y lo usaba. Vaya si lo usaba.

Vivía entonces en una casa chica, de un solo piso, en un barrio tranquilo y aburrido donde todos se conocían y todos se metían en la vida de todos. Mi cuarto daba al patio, y el patio daba, separado apenas por una barda baja y un portón de lámina, a la casa de al lado.

Don Ramiro tenía cincuenta y ocho años. Era gordo. No gordo elegante, no gordo de gimnasio: gordo de verdad, de barriga cervecera enorme que le colgaba por encima del pantalón y le tapaba el cinturón completo. Gordo de cuello ancho y papada, de brazos gruesos con el vello canoso y las manos grandes, ásperas, con los dedos como salchichas y las uñas siempre con una línea negra de grasa que no se le quitaba ni con piedra pómez. Había sido mecánico toda su vida y se le notaba. Calvo de la coronilla, con una corona de pelo blanco alrededor que se peinaba hacia atrás cuando salía a la calle. Bigote espeso, medio canoso, medio rubio. Y unos ojos pequeños, oscuros, hundidos en la cara hinchada, que tenían una costumbre muy específica: mirarme.

Siempre me miraba. Desde el primer día.

Era viudo desde hacía seis años. Los hijos ya grandes, viviendo lejos, uno en el norte y la otra en otro país. Vivía solo en esa casa con un perro viejo, un radio viejo y una rutina vieja: levantarse temprano, regar las plantas, lavar el carro los sábados, sentarse en una silla de plástico en el patio con una cerveza en la mano y ver pasar la tarde. Y mirarme a mí.

Porque yo, en verano, salía al patio en shorts. Y no unos shorts cualquiera: shorts de mezclilla cortados a tijera por mí misma, tan cortos que las bolsas de los bolsillos asomaban por debajo del dobladillo. Y tops de tiritas, y a veces sin sujetador porque hacía demasiado calor para andar sufriendo. Y sandalias. Y nada más.
putita

sumisa

Me volví la puta de un viejo.


Él estaba al otro lado de la barda, con su silla, con su cerveza, con su camiseta blanca manchada de aceite estirada sobre la panza, y me miraba.

Yo lo sabía. Y empecé a hacerlo a propósito.

---

Todo empezó con cosas pequeñas. Cosas que parecían casuales. Cosas que no eran casuales en absoluto.

Me agachaba a recoger la manguera del jardín con las piernas rectas y la espalda doblada, de manera que los shorts se me subían y se me marcaba todo por detrás. Sabía perfectamente que él estaba mirando. Sabía perfectamente cuánto tardaba en reaccionar, dos segundos, tres, antes de levantar la cerveza y tomar un trago largo para disimular.

—Buenas tardes, Don Ramiro —le decía, estirándome lento.

—Buenas, mija —respondía él, con la voz ronca de quien fuma y de quien lleva cuarenta años gritando sobre motores encendidos—. Qué calor, ¿no?

—Insoportable.

—Póngase bloqueador, que se va a echar a perder.

Y se reía. Y yo me reía. Y me iba caminando de vuelta a la casa sabiendo que él se quedaba viéndome el culo hasta que la puerta se cerraba.

Un día me puse a lavar el carro de mi papá en la cochera, con el chorro de agua, con la esponja, con los brazos estirados. Me había puesto una blusita blanca que, mojada, se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Cuando terminé y me enderecé, con el agua escurriéndome por el escote y por el vientre, Don Ramiro estaba apoyado en la barda, con los codos encima, mirándome como si le hubieran cortado la respiración.

—Se mojó toda —dijo, con una sonrisa torcida.

—Ay, sí. —Me pasé la mano por el pelo mojado—. Es que hacía mucho calor.

—Sí. Mucho calor.

Y ninguno de los dos dijo nada más, pero los dos sabíamos. Los dos sabíamos exactamente lo que estaba pasando.

Yo tenía novio, más o menos, uno medio tonto que estudiaba conmigo y que nunca tenía plata ni tiempo ni ganas. Y Don Ramiro tenía su cerveza y su soledad. Y el verano seguía, cada vez más caliente, cada vez más húmedo, cada vez más insoportable.

La cosa se puso seria un jueves.

Volvía del mercado cargando dos bolsas de plástico que se me cortaban los dedos, y él estaba afuera, sentado en su silla de siempre, con su cerveza de siempre.

—¿Le ayudo, mija?

—Ay, sí, por favor —dije, y en serio lo necesitaba.

Se levantó. Se levantó con dificultad, con las manos apoyadas en los muslos, con un quejido de viejo, y caminó hacia mí con esa manera suya de moverse, pesada, lenta, la barriga meciéndose por delante como el timón de un barco. Me quitó las bolsas de las manos y sentí sus dedos ásperos rozarme la palma, y esa fricción fue lo primero que me hizo pensar, en serio pensar, en cómo serían esas manos en otras partes.

—Gracias —dije, y me di cuenta de que me había salido la voz más suave de lo que esperaba.

—Cuando quiera, mija. Pa' eso estamos los vecinos.

Me acompañó hasta la puerta de mi casa cargando las bolsas él solo. Y yo caminaba delante de él, y sabía que iba mirándome el culo con esos shorts, y me movía un poquito más de lo necesario, solo un poquito, lo suficiente.

Esa noche, ya en mi cama, con el ventilador dándome en la cara y sin poder dormir por el calor, me puse a pensar en él. En su barriga. En sus manos. En su voz ronca. En la forma en que me decía "mija" con esa mezcla de cariño y de hambre. Y me toqué pensando en él, y me sorprendió lo rápido que llegué.

Al día siguiente me puse los shorts más cortos que tenía.

---

La invitación llegó el sábado, y llegó de la manera más inocente del mundo, que es como llegan siempre las cosas que después se vuelven un desastre.

—Doña Hanna —me gritó desde su patio—. ¿Usted entiende de celulares?

—¿Cómo?

—Que si entiende de celulares. Se me trabó el mío y no sé qué hacerle, y los muchachos de la tienda cobran un ojo de la cara.

Me asomé por encima de la barda. Estaba ahí, con el celular en una mano y una cerveza abierta en la otra, y en la cara esa sonrisa de perro viejo que ya sabe que va a conseguir lo que quiere.

—Más o menos —dije.

—¿Me hace el favor? Le doy algo.

—No, nada. Ahora voy.

Y me fui así, tal cual estaba: con los shorts de mezclilla cortados a tijera, con un top negro de tiritas finas, sin sujetador, con las chanclas, con el pelo suelto y todavía húmedo de la ducha. Ni me peiné. Ni me miré al espejo. Salí por el portón, caminé diez pasos por la banqueta y toqué el timbre de su casa como si tal cosa.

Cuando abrió la puerta, se le iluminó la cara completa. Y no por el celular.

—Pase, pase, mija. Qué bueno que vino.

Entré.

Y esa casa olía. Olía a hombre, a hombre viejo, a sudor seco, a madera, a aceite de motor, a cigarro apagado, a cerveza derramada alguna vez y a jabón barato en el baño. Olía a algo que yo no tenía en mi casa, algo animal, algo pesado, algo que se me metió por la nariz y me bajó directo al estómago. Un olor que hoy, años después, si lo huelo en la calle, me acuerdo exacto de esa tarde.

La sala era un desastre ordenado. Un sillón grande de tela gastada, con la forma de su cuerpo hundida en el asiento. Un televisor viejo. Un ventilador de pie que giraba de un lado a otro, tirando aire caliente. Un cenicero. Tres botellas vacías en el piso junto a la silla. Y el radio, siempre el radio, con música vieja, boleros, rancheras, algo con trompetas.

—Siéntese, mija, siéntese. ¿Quiere algo de tomar? Tengo cerveza. Tengo agua. Tengo un refresco, creo.

—Una cerveza, si no es molestia.

—¿Cerveza? —Se rió, sorprendido—. ¿Usted toma cerveza?

—A veces.

—Muy bien, muy bien. Así me gustan.

Fue a la cocina. Lo oí abrir el refrigerador, lo oí chocar botellas, lo oí maldecir bajito porque algo se le cayó. Y yo me quedé ahí, en su sala, sentada en su sillón, con las piernas cruzadas y los muslos pegándose por el calor, y me di cuenta de que estaba nerviosa. Yo. Hanna. La coqueta. La que nunca se pone nerviosa. Estaba nerviosa.

Volvió con dos cervezas. Me dio una, fría, escurriendo. Y se sentó a mi lado.

No enfrente. No en la otra punta del sillón.

A mi lado.

Y el sillón era grande, pero él era grande también, y su muslo, con ese short deportivo que usaba para estar en casa, quedó a un par de centímetros del mío. Un par de centímetros. Yo podía sentir el calor que salía de su cuerpo como si fuera una estufa.

—Bueno —dije, dando un trago—. A ver, el celular.

—Ah, sí. —Lo sacó del bolsillo del pantalón, con esfuerzo, porque el pantalón estaba apretado debajo de la panza—. Aquí está. Se traba.

Lo tomé. Un celular viejo, con la pantalla estrellada, con cien aplicaciones abiertas, con la memoria llena de fotos de perros y de capturas de pantalla y de videos de mecánica. Empecé a cerrar cosas, a borrar cosas, a moverme por el sistema. Y él se fue acercando, centímetro a centímetro, con la excusa de ver lo que yo hacía.

—¿Qué le está haciendo? —preguntó, con la cara cerca de mi hombro.

—Cerrándole las aplicaciones. Por eso se traba, Don Ramiro. Tiene como cuarenta abiertas.

—Ah. Qué tonta soy, ¿no? —Se rió—. Ya ve que uno ya no entiende estas cosas.

—No es tonto. Es que son complicadas.

—Usted sí entiende. Usted es lista.

Y me miró.

Y yo levanté la vista del celular y le devolví la mirada.

Y ahí, en ese instante, con su cara a treinta centímetros de la mía, con su aliento a cerveza y a cigarro llegándome a la nariz, con esa panza enorme respirando lento al lado mío, supe con absoluta certeza que esa tarde iba a pasar algo.

Los dos lo sabíamos. Y los dos, por algún motivo, seguimos fingiendo unos minutos más.

---

—¿Así está bien? —le pregunté, devolviéndole el celular ya funcionando.

—Perfecto. Perfecto, mija. Muchísimas gracias.

—No hay de qué.

—Déjeme darle algo. En serio.

—Nada, Don Ramiro.

—¿Al menos se acaba la cerveza conmigo?

Y ahí estaba. La trampa. La invitación dentro de la invitación.

—Bueno —dije—. Me la acabo.

Me recargué en el sillón, me subí un poco las piernas, y me quedé con la botella entre las manos, mirándolo. Y él se quedó mirándome a mí. Y el ventilador giraba, y el radio cantaba, y el calor era insoportable, y ninguno de los dos hablaba porque ya no hacía falta.

—¿Sabe qué, mija? —dijo por fin.

—¿Qué?

—Que usted es la muchacha más bonita de este barrio. Y no lo digo porque sí.

—¿No?

—No. —Tomó un trago largo—. Lo digo porque llevo un año viéndola salir a ese patio con esos shorts y me tiene loco.

Se me escapó la risa.

—¿Un año?

—Un año. Desde que se mudó aquí. Y no se ría, que es verdad.

—No me estoy riendo de usted.

—¿Y de qué se ríe entonces?

—De que yo también me he dado cuenta.

Se quedó quieto. Se quedó quieto de verdad, con la botella a medio camino de la boca, y me miró como si le hubiera dicho que ganó la lotería.

—¿Ah, sí?

—Ah, sí.

—¿Y qué se ha dado cuenta, exactamente?

Y yo, que soy coqueta, que soy atrevida, que sé perfectamente lo que hago, me volteé hacia él, me apoyé en el brazo del sillón, y le dije lo que llevaba semanas pensando:

—Que usted me mira. Y que a mí me gusta que me mire.

El silencio que siguió fue espeso. El ventilador giraba. El radio cantaba. Y Don Ramiro dejó la cerveza en el suelo, muy despacio, y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Venga acá —dijo.

Y yo fui.

---

No sé quién se movió primero. Creo que los dos. Creo que fue al mismo tiempo, porque fue como un imán, como si el aire entre nosotros se hubiera vuelto líquido y de pronto ya no hubiera aire. Su mano grande, áspera, me agarró de la nuca, y su boca se pegó a la mía, y fue raro por un segundo, raro porque era él, porque era grande, porque era viejo, porque me llevaba veinticinco años y me llevaba como cincuenta kilos. Y luego dejó de ser raro y empezó a ser otra cosa.

Besaba bien. Besaba mejor de lo que yo esperaba. Besaba lento, con la lengua, con ganas, con esa seguridad de los hombres que ya no tienen nada que probar. Me chupó el labio inferior, me lo mordió suave, y yo me derretí hacia él como un maldito caramelo.

Su mano bajó de mi nuca a mi espalda, a mi cintura, y luego a mi cadera, y luego, sin pedir permiso, me agarró una nalga completa con esa mano enorme y me la apretó. Y yo solté un ruido, un ruidito, un gemido chico, contra su boca.

—Qué cuerpo tienes —murmuró, separándose apenas para hablar—. Qué cuerpo, mija. Por Dios.

—Me lo han dicho —le dije, y él se rió con la boca pegada a mi cuello.

Y me besó el cuello. Y me lamió el cuello. Y me mordió el cuello. Y yo con la cabeza hacia atrás, con la coleta deshaciéndose, con las manos agarradas de su camiseta blanca manchada, dejándolo hacer lo que quisiera.

Bajó. Bajó con la boca por mi clavícula, por el hombro, mordiendo la tira del top, bajando, bajando, hasta el pecho. Y con una sola mano, con esa mano torpe y grandota, me jaló la tira del top y me sacó una teta completa. Se le escapó un gruñido.

—Ay, mija —dijo, y se la metió a la boca entera.

Yo gemí. Gemí de verdad, sin exagerar, porque tenía una boca caliente y húmeda chupándome el pezón y una lengua áspera dándole vueltas y una mano apretándome la otra teta por debajo de la tela. Me jaló el top completo por la cabeza y me dejó desnuda de la cintura para arriba, ahí en su sala, en su sillón, con el ventilador tirándome aire caliente en la piel erizada.

Y él se separó un segundo, nada más un segundo, para mirarme.

—Estás preciosa.

Estaba gorda, con la panza, con el bigote, con la camiseta sudada, y me estaba diciendo preciosa a mí. Y me gustó. Me gustó mucho.

—Quítate la camiseta —le dije.

Se la quitó. Con esfuerzo, pasándola por la cabeza, y cuando quedó libre le vi el torso completo: la panza enorme, blanca, con el vello canoso subiéndole del pubis al pecho y bajándole del pecho a los hombros, con los pezones gruesos y oscuros perdidos en medio del pelo, con la piel manchada, con las estrías. Un torso de hombre viejo, de hombre que ha trabajado, de hombre que ha vivido. Y yo quise tocar todo eso.

Le puse las dos manos encima. Se la apreté. Se la agarré con las dos manos, harta de panza, y se la moví, y la sentí blanda y caliente y pesada, y me incliné y le pasé la lengua por un pezón y él jadeó como si tuviera veinte años.

—Hanna —dijo—. Hanna, Hanna.

Y me agarró de la cintura, me levantó como si pesara nada, y me sentó encima de él. A horcajadas. Sobre su panza. Y ahí, en ese momento, sentí su verga por primera vez, dura debajo del short deportivo, parada contra su barriga, y era grande, más grande de lo que esperaba, mucho más de lo que esperaba en un hombre así.

Me moví. Me restregué encima de él, con las manos apoyadas en su pecho, con las tetas al aire, con los shorts todavía puestos, y él me agarró de las nalgas con las dos manos y me ayudó a moverme, y los dos empezamos a jadear.

—Qué rico —dijo—. Qué rico, mija. Me tienes loco.

—Yo también.

—¿Sí? ¿Sí, mija?

—Sí.

Me jaló de la coleta y me bajó la cara y me besó de nuevo, y mientras me besaba me desabrochó el botón de los shorts, me bajó el zíper, y me metió la mano entera por dentro. Directo. Sin escalas. Sin avisar.

Y cuando sus dedos ásperos me tocaron el coño, ya mojado, empapado, chorreando desde hacía rato, se le escapó un gruñido grave contra mi boca.

—Estás mojada.

—Sí.

—Estás mojada por mí.

—Sí.

—Dime.

—Sí, Don Ramiro. Estoy mojada por usted.

Y me metió dos dedos, gruesos, los dos de una, y yo me doblé hacia adelante y escondí la cara en su cuello y gemí largo, y él me empezó a dedear ahí mismo, encima de su panza, con su otra mano agarrándome una nalga por dentro de los shorts, y yo me movía sobre su mano como una desesperada.

---

No aguanté mucho. Y él tampoco.

—Al suelo —dijo, y me bajó del sillón con las dos manos en mi cintura, y me dejó de rodillas en el piso de su sala, sobre la alfombra vieja que olía a perro y a polvo.

Y se paró delante de mí. Y se bajó el short.

Y ahí lo vi.

Gorda. Gruesa. Blanca, con la punta rosada y morada, con las venas marcadas por el costado, con los huevos colgándole bajos, pesados, entre las piernas gordas y peludas. Dura de verdad, parada, apuntándome a la cara, con una gotita transparente en la punta que se estiraba y se rompía y volvía a formarse.

Y arriba de eso, la panza. La panza tapándole medio pene. Él tuvo que agacharse un poco, y apartarla con la mano, para quedar a mi altura.

Y ahí, de rodillas en su piso, con su pene a un centímetro de mi boca, con su olor a sudor y a hombre metiéndoseme en la nariz, me sentí exactamente lo que era en ese momento: suya.

—Chúpamela, mija —dijo, y no fue una pregunta.

La chupé.
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Abrí la boca y me la metí lo más que pude, y era demasiado, demasiado gruesa, y me rasparon los dientes al entrar, y él siseó. La saqué, la lamí de abajo hacia arriba por todo el tronco, le di vueltas en la punta, me la unté por los labios, la escupí y la volví a meterse en la boca, más despacio esta vez, tomando aire por la nariz, con la mano en la base.

—Eso, mija. Eso. Qué bien chupas.

Chupaba con ganas. Con las dos manos en sus muslos gordos, con la boca llena, con las lágrimas asomándome por las esquinas porque me llegaba al fondo. Y él me agarró la cabeza con las dos manos, sin apretar, solo sosteniéndola, y empezó a moverse él, despacio, follándome la boca con cuidado, mirándome desde arriba con esa cara de asombro de quien no puede creer que le esté pasando.

—Hanna, Hanna. Espérate. Espérate que me voy a venir.

—No —le dije, sacándomela con un hilo de saliva colgándome del labio—. Todavía no.

—¿No?

—Quiero que me la metas.

Se rió. Se rió con una risa ronca, satisfecha, y me agarró de los brazos y me levantó como si fuera una muñeca y me tiró en el sillón. Me bajó los shorts de un tirón, con los calzones incluidos, y me dejó abierta de piernas en su sala, con la concha al aire, brillante, empapada, abierta.

Y se quedó mirándome unos segundos. Arrodillado ahí, gordo, peludo, con la verga parada y la panza colgando, mirándome el coño como si fuera lo más hermoso del mundo.

—Déjame probarte —dijo.

Y me bajó la boca.

Y me comió el coño como solo un hombre viejo sabe comerlo. Despacio. Con paciencia. Con la lengua ancha, plana, desde abajo hasta arriba, una y otra vez, sin prisa, como si tuviera toda la tarde por delante. Me chupó los labios, me los mordió, me metió la lengua y me la movió por dentro, me encontró el clítoris y se quedó ahí, dándole con la punta, dándole suave, dándole rápido, mientras con los dedos me abría más y me metía uno, y luego dos, y luego los movía hacia arriba, buscando ese punto, y lo encontró, y yo me levanté del sillón del puro espasmo.

—Ay, ahí —dije—. Ahí, ahí, ahí.

Y él siguió. Y siguió. Y siguió hasta que me vine en su boca, con las piernas temblando, con las manos agarrándole la corona de pelo blanco, con un grito que seguro oyó mi mamá al otro lado de la barda.

Cuando terminé, él se enderezó, se limpió la boca con el brazo, y me miró con esa sonrisa torcida.

—Ahora sí —dijo.

Y se me subió encima.

---

Me sentí toda la panza encima primero. La panza grande, caliente, sudada, aplastándome el vientre y las costillas, y luego su peso completo, y luego, entre todo eso, su verga buscándome la entrada, resbalándose, encontrando el agujero y empujando.

Empujó. Empujó y no entró.

—Es que estás apretada, mija.

—Es que la tienes grande.

Volvió a empujar. Y esa vez entró la punta. Y yo abrí la boca y no salió nada. Y empujó de nuevo, despacio, con el ceño apretado, con el sudor cayéndole de la frente, y entró la mitad. Y luego todo.

Y cuando la tuvo toda adentro, los dos nos quedamos quietos. Él con los ojos cerrados. Yo con la boca abierta. Su panza aplastándome, su olor encima de mí, su respiración en mi cara, su pene llenándome completa, estirándome, tocándome lugares que no sabía que tenía.

—¿Te duele? —preguntó.

—No. Sigue.

Y siguió.

Empezó despacio. Con el peso del cuerpo, con las caderas cortas, con un ritmo lento y hondo que me hacía cerrar los ojos cada vez. Se le movía la panza cada vez que entraba, chocando contra mi vientre con un ruidito húmedo, y él jadeaba por la boca abierta, y le caían gotas de sudor de la cara a mi pecho, y yo lo abrazaba con las piernas y con los brazos porque quería todo eso adentro, quería su peso, quería su sudor, quería su jadeo, quería que me usara.

—Qué rico, mija. Qué rico.

—Más duro.

—¿Más duro?

—Más duro.

Y le metió más duro.
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El sillón viejo empezó a crujir. A crujir de verdad, con cada embestida, con cada golpe de sus caderas contra las mías. El ventilador giraba. El radio cantaba. Y él me follaba ahí, en su sala, con todo el peso del cuerpo, con el sudor escurriéndole por la espalda, con la cara roja, con los ojos apretados, con unos gruñidos bajos que salían de muy adentro del pecho.

Me agarró de las caderas y me levantó un poco las nalgas para cambiar el ángulo, y ahí empezó a pegarme en un punto que me hacía gemir sin control, sin vergüenza, sin nada. Y yo le decía cosas. Le decía "sí", le decía "ahí", le decía "no pares", le decía "por favor". Y él me respondía "mija", "mija", "mija", como si fuera lo único que supiera decir.

—Voltéate —dijo, y me sacó y me volteó con las manos, y me puso de rodillas en el sillón, con la cara contra el respaldo, con el culo parado hacia él.

Y me agarró de la cadera con una mano, y con la otra se la metió de nuevo, y esta vez desde atrás, y fue otra cosa. Fue más profundo. Fue más lleno. Sentí su panza chocándome contra las nalgas cada vez que entraba, sentí sus huevos pegándome en el clítoris con cada empujón, y me agarré del respaldo del sillón con las dos manos y aguanté.

Y él se agarró con las dos manos de mis nalgas, me las abrió, me las apretó, me las mordió, y embistió con ganas, con todo, con un ritmo que ya no era lento, que era animal, que era un viejo gordo dándole a una muchacha en el sillón de su casa como si le fuera la vida en eso.

—Ay, Don Ramiro —gemí—. Ay, ay, ay.

—Dime que te gusta.

—Me gusta.

—Dime que te gusta la verga de este viejo gordo.

—Me gusta la verga de este viejo gordo.

—Qué rica eres. Qué rica eres, Hanna. Bendito el día que te mudaste a este barrio.

Y me vine otra vez. Con él adentro, con él dándome desde atrás, con las nalgas rojas de tanto choque, y esta vez me vine con un grito largo y me apreté toda alrededor de su pene y él lo sintió y se le escapó un quejido.

—Espérate, espérate, espérate.

Se la sacó. Se la agarró con la mano y se la empezó a mover, mirándome ahí, de rodillas, sudada, con la espalda doblada, con el culo al aire y la concha abierta y goteando.

—Así —dijo—. Así, no te muevas.

Y se vino.

Se vino con un gruñido largo y ronco, apretando los dientes, con la mano apretada en la base, y yo sentí el primer chorro caliente pegarme en la espalda baja. El segundo me llegó a las nalgas. El tercero se quedó colgando y escurriendo por la cabeza de su pene y cayendo en mis muslos.
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Y yo ahí, de rodillas, cubierta de su semen, en la sala de un señor de cincuenta y ocho años que me llevaba veinticinco y pesaba cincuenta kilos más que yo, sintiéndome la mujer más sucia y más feliz del mundo.

---

Pero no acabó ahí. Ni de lejos.

—¿Estás cansada? —me preguntó, todavía jadeando.

—No.

—¿No?

—No.

Y me miró, y le volvió a subir la sonrisa esa, y me agarró de la mano y me llevó por el pasillo, desnudos los dos, gordos los dos a su manera, hasta su cuarto.

Su cuarto era un desastre. La cama sin tender, con las sábanas grises y arrugadas y una mancha en el centro. Un ropero abierto con la ropa colgando. Un vaso con agua a medias en el buró. Olor a él, otra vez, a él en todas partes, a su almohada, a su cuerpo, a su soledad de seis años.

Me tiró en la cama. Se subió encima.

Y ahí me folló otra vez. Sin apuro esta vez, con más cariño, con la cara pegada a la mía, con las manos en mi cara, besándome cada vez que entraba. Me puso las piernas en sus hombros y me llegó hasta el fondo, y yo me agarré de las sábanas y sentí cómo me estiraba, cómo me abría, cómo me llenaba.

Y luego me puso encima de él.

Y ahí fui yo la que trabajó. Sentada sobre su panza, con las rodillas a los lados de su cuerpo gordo, con las manos apoyadas en su pecho peludo, moviéndome arriba y abajo, buscando mi propio ritmo, mientras él me miraba desde abajo con la boca abierta y las manos en mis nalgas, ayudándome, apretándome, guiándome.
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—Así, mija. Muévete así. Qué buena eres.

—Me encanta.

—¿Sí?

—Me encanta tenerla adentro.

—Dime que eres mía.

—Soy suya.

—Dime que eres mi puta.

Y ahí me detuve un segundo. Y lo pensé. Y era verdad.

—Soy su puta, Don Ramiro —le dije—. Soy su puta por hoy.

—Por hoy y por mañana —dijo él, y me agarró de las caderas y me movió él, fuerte, rápido, embistiéndome desde abajo con la panza subiendo y bajando, y yo me dejé ir con las manos en su pecho y la cabeza atrás y el pelo suelto y las tetas saltando, y me vine por tercera vez con un grito que se oyó en todo el barrio.

Y él se vino otra vez adentro.

Sin sacársela. Adentro. Directo. Y sentí el calor llenándome, y sentí cómo goteaba después por el costado, y me quedé ahí encima de él, con la cara en su cuello, con su respiración en mi oído, con su corazón de viejo latiéndome en el pecho.

Y así nos quedamos. Un rato largo.

---

Cuando me levanté de esa cama, ya era de noche.

Me dolían las piernas. Me dolía la cintura. Tenía el pelo hecho un desastre, los labios hinchados, la espalda y los muslos pegajosos de su semen seco, y una sensación en la concha, adentro, como de haber estado llena y ahora vacía.

Me miré en el espejo del baño mientras me limpiaba con papel. Tenía la cara roja, los ojos brillantes, la marca de su boca en el cuello, y los pezones todavía duros. Y en el espejo, detrás de mí, por la puerta abierta, lo vi a él, sentado en el borde de la cama, gordo, desnudo, encendiendo un cigarro con las manos temblorosas.

Me vestí. Los shorts, el top sin sujetador, las chanclas. Ni me peiné. Ni me miré más de lo necesario.

—¿Te vas? —preguntó.

—Sí. Ya es tarde.

—¿Mañana?

Me quedé parada en el marco de su puerta, con la mano en la madera, mirándolo. Ese viejo gordo, sudado, con el cigarro, con la panza, con esa cara de perro agradecido.

—Mañana —dije.

Y salí.

Caminé los diez pasos de su portón a mi portón con las piernas temblorosas, y me metí a mi casa, y pasé al baño, y me metí a la ducha con el agua fría, y me quedé ahí un buen rato con las manos apoyadas en los azulejos y el agua cayéndome por la espalda, sintiéndola todavía adentro, sintiéndome todavía suya.

Y cuando salí, mi mamá estaba en la cocina.

—¿Dónde estabas?

—Ayudándole a Don Ramiro con el celular.

—¿Tanto tiempo?

—Se le había trabado horrible.

Y ella me miró, me miró la cara, me miró el cuello, y sonrió.

—Ajá —dijo—. Ajá.

Y no preguntó más. Pero lo sabía. Todo el barrio lo sabía. En un barrio así, todo se sabe.

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Esa noche, en mi cama, con el ventilador y el calor, me puse a pensar en lo que había pasado. En todo lo que había pasado. En su boca, en sus manos, en su panza aplastándome, en la forma en que me había dicho "mija" mientras me follaba, en la forma en que me había pedido que le dijera que era su puta y yo se lo había dicho y era verdad.

Porque eso fui esa tarde. Su puta. Su puta por una tarde. Y no lo digo como insulto. Lo digo como título. Lo digo con orgullo. Me usó, y yo lo usé, y los dos salimos de ahí mejores de lo que entramos.

Y sí, al día siguiente fui otra vez. Y al otro. Y al otro. Y durante todo ese verano, cada vez que mi mamá salía, cada vez que él estaba solo, yo cruzaba esos diez pasos de banqueta y tocaba su puerta, y entraba, y me quedaba con él hasta la noche. A veces una hora. A veces cinco. A veces solo entrábamos a su cuarto y ni hablábamos.

Él me dejaba cosas. Me compraba refrescos, me compraba flores que robaba de su jardín, me dejaba dinero "para el camión" que yo sabía que era para que volviera. Me decía que yo era lo mejor que le había pasado en años. Me decía que se sentía joven otra vez. Me decía, con la cara entre mis muslos, que me amaba.

Y yo no sé si lo amaba. Pero sé que me encantaba. Me encantaba ir a su casa, y oler su olor, y sentarme en su sillón, y que me agarrara de la nuca, y que me dijera mija, y que me hiciera lo que me hacía. Me encantaba ser, por unas horas, la muchacha que ese viejo gordo tenía loco.

Después vino septiembre. Empezaron las clases. Conocí a otro, y luego a otro, y luego volví con mi novio tonto por un tiempo. Y Don Ramiro siguió ahí, al otro lado de la barda, con su cerveza, con su radio, con su silla de plástico.

Y de vez en cuando, cuando hace calor y salgo a mi patio en shorts, y lo veo mirarme, y me mira él, y lo miro yo, sé que los dos estamos pensando lo mismo.

Que un sábado de verano, hace ya un par de años, yo fui su puta por una tarde.

Y que, si me descuido, lo vuelvo a ser.

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**Fin.**

1 comentarios - Me volví la puta de un viejo.