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El viejo encargado, Parte 13: Las vecinas

Juan se levantó del piso, aún jadeante, se puso de pie y se arregló el pantalón, sintiendo cómo la mezcla de fluidos suya y de Yasmin manchaba la tela de su ropa interior. Miró hacia abajo, donde Penélope permanecía masturbándose, temblando, con el semen seco pegándole el cabello a la cara y nuevos chorros comenzando a fluirle por los muslos. Era un espectáculo de degradación total, pero para Juan no era suficiente. La humillación de ella debía ser absoluta, simétrica, perfecta.

Caminó hacia la mesa de centro y agarró su teléfono. Con los dedos todavía temblando ligeramente por la adrenalina del sexo violento, navegó hasta la galería y encontró el archivo que había guardado como su carta triunfal: el video que había grabado en secreto donde se veía a Penélope siendo usada por los vecinos como una simple bolsa de semen, con sus caras de placer bestial y sus comentarios asquerosos bien claros. Sonrió, una mueca oscura y vengativa, y seleccionó los contactos. No envió el video a los hombres, sino a sus mujeres. A la esposa del gordito del primero, a la novia del joven del cuarto, a la mujer mayor del segundo piso. A todas. Añadió un texto corto y letal: "Miren lo que hacen sus maridos y novios con mi esposa. Si quieren venganza de verdad, pasen por mi departamento. Yo les daré lo que ellos le dieron a ella."

Tiró el teléfono sobre el sofá y se sentó, con las piernas abiertas, esperando. Penélope intentó arrastrarse hacia el baño para limpiarse, pero Juan la detuvo con una mirada fría.

—No te muevas de ahí, puta —gruñó—. Quédate donde te puedo ver. Vas a presenciar esto.

No pasaron más de veinte minutos antes de que el timbre sonara con una insistencia frenética. Juan se levantó y abrió la puerta sin dudar. No hubo saludos. Una manada de mujeres irrumpió en el apartamento, lideradas por la esposa del del primero, una mujer robusta y de mejillas coloradas, seguida por la joven novia y la señora mayor. Entraron con los puños apretados, gritando insultos, buscando a Penélope con los ojos llenos de furia homicida.

—¡¡Zorra!! —gritó la esposa del gordito al ver a Penélope en el suelo, manchada y odiada—. ¡¿Cómo te atreves a tocar a mi marido?!

Las mujeres se abalanzaron sobre ella, listas para arañarla y golpearla, pero Juan se interpuso, abrazando a la mujer del portero por la cintura con fuerza y empujando al resto hacia atrás con su sola presencia.

—¡Esperen! —bramó Juan, su voz cortando el aire denso de odio—. ¿Para qué pierden el tiempo con esta perra? Ella ya está hecha polvo. Si quieren de verdad vengarse de sus hombres, no la golpeen a ella. Úsenme a mí.

El silencio cayó bruscamente en la sala. Las mujeres se miraron entre sí, confundidas, respirando agitadas. Juan las escaneó con lujuria, sin distinción, viéndolas no como personas, sino como instrumentos de venganza y placer.

—Sus maridos se corrieron dentro de mi esposa —continuó Juan, acercándose a la joven novia y acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—. La llenaron de leche. La única forma de igualar la cuenta es que yo me corra dentro de ustedes. Todas. Ahora mismo.

La tensión sexual reemplazó a la violencia en segundos. La joven novia miró a Penélope, quien estaba encogida en el suelo, y luego miró a Juan, sintiendo el poder de la situación. La venganza era dulce, pero la venganza sexual era embriagadora. Asintió, y las demás la siguieron. Sin perder tiempo, comenzaron a desvestirse. Ropa interior volando por el aire, faldas bajándose, blusas siendo desabotonadas con urgencia.

Juan se convirtió en el centro de un torbellino de carne femenina. No hubo delicadeza. La esposa del gordo, una mujer de carnes abundantes y pechos grandes, fue la primera en empujarlo contra el sofá. Ella se bajó los pantalones y, sin preámbulos, se montó sobre la verga de Juan, que estaba dura de nuevo, hambrienta de sexo nuevo. Juan la agarró por las caderas con fuerza, hundiendo sus dedos en su carne blanda, y comenzó a moverla arriba y abajo como si fuera una muñeca de trapo.

—¡Así! ¡Qué te den a ti, cabrón! —gritaba ella mientras rebotaba, sus tetas golpeando el rostro de Juan.

La joven novia no quiso esperar. Se subió al sofá y puso su coño recién depilado directamente sobre la boca de Juan, obligándole a lamerla mientras él follaba a la otra. Juan devoró la concha de la joven con la misma ferocidad con la que habían destruido a Penélope minutos antes, chupando el clítoris y metiendo la lengua tan profundo como pudo. La señora mayor, más tímida pero igual de deseosa de venganza, se arrodilló junto al sofá y comenzó a lamerle los testículos a Juan cada vez que la esposa del gordo subía, añadiendo una sensación húmeda y extraña al acto.

Penélope, desde el suelo, no podía apartar la mirada. Vio cómo su marido, ahora era un animal en medio de una manada de vecinas. El sonido de los choques de piel, los gemidos de tres mujeres diferentes y los gruñidos de Juan llenaban la habitación. El olor a sexo era asfixiante, una mezcla de fluidos nuevos y el olor rancio de su propia degradación.

Juan cambió de posición con brutalidad. Empujó a la esposa del gordo hacia atrás y se lanzó sobre la joven novia, poniéndola a cuatro patas justo frente a la cara de Penélope.

—Mírala bien —le ordenó Juan a Penélope, clavándole una mirada mientras penetraba a la joven con un golpe seco—. Mírame romper a la novia de tu vecino.

Juan cogió a la joven como un perro, agarrándole el cabello y tirando hacia atrás para arquearle la espalda, mientras la embestía sin piedad. La chica gritaba, mezclando dolor y placer, pidiendo más verga, insultando a su novio ausente. La señora mayor se colocó debajo de la joven, lamiéndole los pezones mientras Juan la follaba por detrás. Era una escena de caos total, una orgía de venganza desatada.

Juan no discriminaba. Pasó de la joven a la mayor, levantando a esta última y clavándola contra la pared. La mujer envolvió sus piernas gruesas alrededor de la cintura de Juan mientras él la perforaba, susurrándole al oído lo sucia que era por dejar que otro hombre que no fuera su marido la llenara. Ella gemía como una adolescente, perdida en el placer prohibido y la satisfacción de la traición.

El ritmo era frenético. Juan era una máquina de sexo insaciable, cambiando de agujero y de mujer cada pocos minutos, usándolas para saciar su sed de dominio y para torturar a Penélope con la imagen. Folló a la esposa del gordo en el suelo, justo al lado de Penélope, tan cerca que ella podía ver cómo la verga de su marido entraba y salía de esa vagina ajena, hinchada y roja, cubriéndose de espuma blanca. Penélope lloraba en silencio, las lágrimas limpiando carriles en su cara sucia de semen, pero sus manos traicioneras se movieron entre sus piernas. No pudo evitarlo. La humillación era tan profunda que se había convertido en su único combustible. Se introdujo dos dedos en su coño todavía dolorido y comenzó a masturbarse al ritmo de los gemidos de las vecinas.

Juan sintió que el punto de no retorno se acercaba. Estaba rodeado de tetas, culos y conchas húmedas, todas clamando por su leche. Se colocó en el centro de la sala, mientras las tres mujeres se arrodillaban frente a él, con las bocas abiertas y las lenguas afuera, como perritas esperando comida.

—¡Tomen toda esta leche, putas! —rugió Juan.

Comenzó a eyacular con la fuerza de un cañón, disparando chorros gruesos y calientes de semen sobre las caras de las tres mujeres. Las primeras salpicaron a la esposa del grodo, cubriéndole el bigote y la barbilla; las siguientes alcanzaron a la joven novia en la boca y los ojos; y las últimas, las más cargadas, cayeron sobre la señora mayor y sus pechos caídos. Las mujeres se pasaron la lengua entre sí, limpiándose, compartiendo el semen de Juan como un trofeo de guerra, besándose con apetito mientras Penélope las observaba.

Juan, exhausto pero satisfecho, miró a Penélope. Ella estaba con los dedos clavados en su coño, sollozando, su cuerpo convulsionando en un orgasmo humillante inducido por la visión de su marido convirtiéndose en el macho alfa de todo el edificio. Juan sonrió, sabiendo que su medicina había sido administrada a la perfección, y que Penélope nunca volvería a ser la misma después de ver a su dueño marcar territorio en todas las hembras del vecindario.

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