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Una apuesta de poker

La luz tenue de la lámpara del comedor iluminaba la mesa de póker donde cuatro hombres maduros estaban sentados, cartas en mano, y vasos de whisky medio llenos. Marcos, el padre, era un hombre de cuarenta y cinco años con canas en las sienes y una sonrisa pícora que solo sus amigos de toda la vida conocían bien.

—Estoy seco, Marcos —dijo Roberto, uno de los amigos, reclinándose en su silla—. ¿No tienes a nadie que pueda servirnos otra ronda?

Marcos sonrió y sacó su teléfono. Mandó un mensaje rápido. Minutos después, desde lo alto de la escalera, se escuchó una voz femenina, melódica y joven:

—¿Papá? ¿Me necesitas?

—Sí, hija. Baja un momento, por favor. Tenemos sed.

Los cuatro hombres voltearon hacia la escalera cuando escucharon pasos descendiendo. Lo que vieron los dejó momentáneamente sin palabra. Elena, de veintitrés años, apareció en el descansillo con un pijama de satén color rosa pálido, corto y holgado, sus largos cabellos negros cayendo en ondas sobre sus hombros, rozando la curva de sus pechos. Sus ojos oscuros, heredados de su madre, miraban con genuina inocencia hacia los hombres reunidos.
Una apuesta de poker

—Perdón, no sabía que tenías visita —dijo Elena, sonrojándose levemente y cruzando los brazos sobre su pecho de forma instintiva—. ¿Quieren que les prepare algo de beber?

—Sí, cariño. Unos tragos para todos —respondió Marcos, observando cómo sus amigos disimulaban malamente su admiración—. Whisky, si no te importa.

Elena asintió y se dirigió hacia la cocina. El satén se adhería sutilmente a sus caderas mientras caminaba, revelando la silueta de un cuerpo juvenil pero claramente desarrollado. Regresó con una bandeja con cuatro vasos y la botella, sirviendo con manos temblorosas que derramaron un poco de líquido ámbar sobre la mesa verde del póker.

—Gracias, preciosa —dijo Javier, el más joven del grupo, aproximadamente cuarenta años—. ¿No te quedas a charlar un rato?

Elena miró a su padre, buscando aprobación. Marcos asintió con una sonrisa paternal.

—Si quieres, hija. Pero quizás deberías cambiarte ese pijama. No quiero que mis amigos piensen que te tengo descuidada —bromeó, y todos rieron.

—Tienes razón, papá. En un momento bajo con algo más... cómodo —dijo Elena, y en su voz había un matiz diferente, casi imperceptible, que solo un ojo entrenado habría notado.

Subió las escaleras y los hombres retomaron su juego, aunque la conversación había cambiado de tono. Hablaban de ella, de lo guapa que se había vuelto, de cómo había crecido. Marcos escuchaba con orgullo extraño, su mirada fija en las cartas pero su mente en otra parte.

Veinte minutos después, el sonido de tacones altos resonó en la escalera. Los cuatro hombres voltearon simultáneamente.

Elena había regresado, y la transformación fue eléctrica.

Ya no llevaba el pijama inocente. Ahora vestía un conjunto de lencería negra de encaje translúcido: un corpiño que empujaba sus pechos hacia arriba creando un escote profundo, y bragas de corte alto que dejaban ver la curva de sus caderas. Sobre esto, una bata de seda negra, abierta, que se movía con cada paso. Sus piernas, largas y tonificadas, terminaban en tacones de aguja de quince centímetros que hacían que sus glúteos se movieran con precisión calculada.
Incesto Familiar

Los tacones resonaron contra el piso de madera mientras caminaba hacia ellos, ya no con la timidez de antes, sino con una seguridad que heló la sangre de los cuatro hombres.

—¿Así está mejor, papá? —preguntó, y su voz había cambiado, volviéndose más grave, más provocativa.

Marcos dejó caer sus cartas sobre la mesa. Sus amigos estaban petrificados, los vasos de whisky suspendidos a medio camino de sus bocas.

—Elena... —empezó Marcos, pero su hija levantó una mano.

—He estado escuchando desde arriba, papá —dijo, acercándose a la mesa y apoyando sus manos sobre el fieltro verde, inclinándose hacia adelante de forma que su escote quedó completamente expuesto—. Sé que ustedes cuatro siempre me miran cuando creen que no me doy cuenta. Sé de las apuestas que hacen sobre quién se cogería a la hija de Marcos primero.

Se enderezó y dejó caer la bata de seda de sus hombros. Cayó al suelo formando un charco negro a sus pies.

—Bueno, caballeros —dijo, dando una vuelta lenta para que pudieran apreciar cada ángulo de su cuerpo—. Hoy es su noche de suerte. Todos ganan.

Los cuatro hombres intercambiaron miradas. El silencio duró apenas unos segundos antes de que Roberto soltara una carcajada nerviosa.

—Marcos, tu hija... —empezó, pero Marcos levantó una mano.

—Mi hija es una adulta —dijo Marcos, y su voz tenía un tono de resignación excitada—. Y aparentemente, ha estado planeando esto más tiempo del que imaginé.

Elena sonrió, una sonrisa de depredadora, y se subió a la mesa de póker. Se sentó sobre el fieltro verde, entre las fichas y las cartas dispersas, abriendo sus piernas lentamente. La lencería negra dejaba poco a la imaginación, los paneles de encaje apenas cubriendo lo esencial.

—¿Van a quedarse ahí sentados? —preguntó, deslizando una mano por su vientre hasta llegar a la cintura de sus bragas—. O van a venir a reclamar su premio?

No hizo falta más invitación.

Los cuatro hombres se levantaron simultáneamente. Javier fue el primero en acercarse, sus manos encontrando las rodillas de Elena y separándolas más. Ella gimió, un sonido que parecía ensayado pero emanaba genuina excitación. Su padre se quedó atrás un momento, observando cómo sus amigos de décadas rodeaban a su hija como tiburones oliendo sangre.

—Ven aquí, papá —dijo Elena, extendiendo una mano hacia Marcos—. No seas tímido. Tú eres el anfitrión.

Marcos se acercó, y Elena tomó su mano, guiándola hacia su pecho. El encaje áspero contra la palma de su padre la hizo arquear la espalda. Con la otra mano, desabrochó el corpiño, liberando sus pechos. Eran perfectos, morenos, con pezones oscuros y erectos que pedían ser tocados.

—Dios, Elena... —murmuró Marcos, pero no retiró la mano.

—Tócame, papá. Tócanos todos —susurró ella.

Lo que siguió fue un torbellino de manos y bocas. Roberto se posicionó entre sus piernas, apartando la lencería a un lado con un movimiento brusco para revelar su sexo completamente afeitado, húmedo y brillante bajo la luz tenue. Metió dos dedos sin preámbulo y Elena gritó, su espalda golpeando contra la mesa, haciendo que las fichas de póker saltaran y cayeran al suelo como lluvia de plástico.

Javier y el cuarto amigo, Carlos, se ocuparon de sus pechos, cada uno tomando un lado, succionando, mordiendo, dejando marcas rojas sobre su piel morena. Elena se retorció bajo ellos, una mano agarrando el cabello de Javier, la otra guiando la cabeza de su padre hacia abajo, instándole a unirse.

Marcos dudó solo un segundo antes de inclinarse y tomar un pezón en su boca. Elena gimió más fuerte, el sonido resonando en la sala de estar.

—Sí, papá, así... —jadeó—. He soñado con esto... con todos ustedes...

Roberto había reemplazado sus dedos con su lengua, lamiendo desde su entrada hasta su clítoris en movimientos largos y deliberados que hacían que Elena levantara sus caderas de la mesa buscando más contacto. Sus manos agarraban el borde de la mesa con fuerza, los nudillos blancos.

—Joder, está empapada —murmuró Roberto contra su sexo, el viento de sus palabras haciendo que Elena se estremeciera.

—Por supuesto que sí —jadeó ella—. Los he estado esperando. A todos.

Los hombres se desvestían rápidamente, ropa cayendo al suelo formando montones desordenados. Cuatro cuerpos masculinos de mediana edad, algunos con barrigas, otros con cicatrices del tiempo, pero todos erectos y duros como piedra, rodearon a Elena sobre la mesa de póker.

Ella se sentó, tomando la iniciativa. Agarró el miembro de Javier con una mano y el de Carlos con la otra, comenzando a masturbarlos con movimientos lentos y calculados. Se inclinó hacia adelante y tomó a Roberto en su boca, su lengua girando alrededor de la punta antes de hundirse hasta la mitad de su longitud.

Marcos observó, su propia mano envolviendo su erección, viendo cómo su hija se convertía en una diosa de la lujuria ante sus ojos. Elena lo notó y lo soltó de su boca un momento.

—No te masturbes solo, papá —dijo, escupiendo sobre la mano de Roberto para lubricar sus movimientos—. Ven aquí. Quiero probarte a ti también.

Marcos se acercó, y Elena tomó su miembro con la misma mano que había usado para guiar su cabeza hacia sus pechos momentos antes. La sensación de los dedos de su hija envolviéndolo hizo que Marcos cerrara los ojos por un segundo, la realidad de la situación golpeándolo con fuerza, pero la excitación ganando por completo.

Elena alternaba entre los cuatro, moviéndose en círculo sobre la mesa, su boca trabajando en uno mientras sus manos ocupaban a otros dos, y el cuarto esperaba su turno, masturbándose sobre ella, dejando gotas de pre-semen caer sobre su vientre y sus pechos.

—Quiero más —dijo Elena, separándose un momento para respirar, su barbilla brillante con saliva y fluidos—. Quiero sentirlos dentro de mí. Uno por uno.

Se recostó sobre la mesa, abriendo sus piernas en una invitación explícita. Roberto no necesitó más indicación. Se posicionó entre sus muslos, alineando su erección con su entrada y empujando en un solo movimiento fluido. Elena gritó, su espalda arqueándose, sus uñas arañando el fieltro de la mesa.

—¡Dios, sí! ¡Fóllame duro! —exigió, y Roberto obedeció, estableciendo un ritmo frenético que hacía que la mesa se moviera ligeramente sobre el piso.
incesto

Mientras tanto, Elena seguía ocupada con las manos y la boca de los otros tres. Marcos se había posicionado junto a su cabeza, y ella lo tomó profundamente, el sonido de sus labios envolviéndolo mezclándose con los gemidos de placer que escapaban de su garganta con cada embestida de Roberto.

Carlos y Javier se turnaban entre sus pechos y su boca cuando Marcos se retiraba momentáneamente, dejando rastros de humedad por todo su torso.

Roberto gruñó, embistiendo una última vez con fuerza, y Elena sintió cómo se vaciaba dentro de ella, su semen caliente llenándola. Se retiró jadeando, y Carlos tomó su lugar inmediatamente, levantando las piernas de Elena sobre sus hombros para penetrarla en un ángulo más profundo.

—¡Ah, mierda, estás tan apretada! —gritó Carlos, sus embestidas haciendo que los pechos de Elena rebotaran violentamente.

Elena estaba en éxtasis, su cuerpo siendo usado por cuatro hombres simultáneamente, exactamente como había fantasado durante meses escuchando las conversaciones de su padre y sus amigos desde el piso de arriba. Cada penetración la acercaba más al borde, cada mano sobre su cuerpo la hacía sentir deseada, poderosa, inmortal.

Javier fue el siguiente en tomarla, volteándola sobre su estómago y penetrándola desde atrás mientras ella mantenía la boca ocupada con su padre y Roberto. La posición la hacía sentir vulnerable, expuesta, y la excitaba aún más. Javier agarró sus caderas con fuerza, dejando marcas de dedos que durarían días, y la folló con una intensidad salvaje que la hizo gritar alrededor del miembro de su padre.

—¿Te gusta, puta? —gruñó Javier—. ¿Te gusta ser la puta de cuatro hombres?

Elena solo pudo asentir, su cuerpo temblando con la proximidad del orgasmo.

Marcos finalmente no pudo contenerse más. Se retiró de su boca, su respiración agitada, y se movió hacia donde Javier la penetraba. Esperó a que su amigo se retirara, y cuando lo hizo, Marcos tomó su lugar.

—Papá... —jadeó Elena, voltear su rostro para mirarlo por encima de su hombro—. Sí, papá, fóllame. Por favor.

La palabra "por favor" fue su perdición. Marcos empujó dentro de su hija con un gemido que sonía casi como dolor, y Elena gritó, su orgasmo finalmente estallando, sus músculos internos contrayéndose alrededor de su padre en espasmos rítmicos que lo hicieron gemir con ella.

—Elena, Dios, Elena...

—No pares, papá. No pares...

Marcos no paró. Siguió embistiéndola mientras ella venía, su ritmo volviéndose errático, desesperado. Cuando finalmente se vació dentro de ella, se desplomó sobre su espalda, ambos jadeando, sudorosos, conectados de la forma más tabú posible.

Pero no habían terminado.

Elena se volteó, recostándose sobre la mesa nuevamente, su cuerpo cubierto de semen, saliva y sudor. Sus ojos brillaban con una luz febril.

—Ahora el final —dijo, su voz ronca—. Quiero su regalo. De todos ustedes. Sobre mí.

Los cuatro hombres, exhaustos pero todavía duros, se reunieron alrededor de su cabeza, formando un círculo. Cada uno se masturbaba sobre ella, mirando su rostro inocente ahora transformado en el de una diosa sexual, su cuerpo ofrecido como altar para su adoración.

Roberto fue el primero en llegar. Con un gruñido, descargó sobre su estómago, líneas blancas cruzando su piel morena. Carlos siguió, apuntando a sus pechos, cubriendo sus pezones con su semen. Javier optó por su vientre, añadiendo su carga a la de Roberto.

Marcos fue el último. Se posicionó directamente sobre el rostro de su hija, masturbándose lentamente, mirando esos ojos oscuros que lo miraban con adoración perversa.

—Por favor, papá —susurró Elena—. Dame todo.

Marcos gruñó y descargó sobre su rostro, líneas de semen cayendo sobre su frente, sus mejillas, su barbilla, algunas gotas alcanzando sus labios que ella abrió para recibirlas, su lengua saliendo para capturar el sabor de su propio padre.

Cuando terminó, Elena estaba cubierta, literalmente bañada en el semen de cuatro hombres. Se veía radiante, satisfecha, una sonrisa perezosa en su rostro manchado.
padre e hija

—Gracias, caballeros —dijo, su voz suave ahora, casi volviendo a la inocencia del principio, aunque su apariencia decía lo contrario—. Ha sido una noche... inolvidable.

Los cuatro hombres se miraron entre sí, y luego estallaron en risas, una tensión quebrándose, reemplazada por una camaradería extraña y excitante.

Marcos extendió una mano y ayudó a su hija a sentarse. La ayudó a limpiarse con su propia camisa, un gesto extrañamente tierno considerando lo que acababa de suceder.

—¿Jugamos otra ronda? —preguntó Elena, sus ojos brillando con picardía—. De póker, quiero decir. Por ahora.

Los cuatro hombres intercambiaron miradas, y luego asintieron simultáneamente. La noche apenas comenzaba.

La noche avanzaba y la mesa de póker, antes escenario de cartas y fichas, se había convertido en altar de lujuria. Elena se levantó lentamente, el semen de los cuatro hombres aún brillando sobre su piel como una capa de lustre perverso. Sus tacones resonaron contra el piso de madera cuando caminó hacia el bar, ignorando la ropa esparcida, la desordenada realidad de lo que acababa de suceder.

—¿Alguien quiere otra bebida? —preguntó, sirviéndose un whisky directo de la botella, dejando que el líquido ámbar bajara por su garganta, algunas gotas escapándose por la comisura de sus labios, mezclándose con los restos de su padre que aún marcaban su rostro.

Marcos la observaba desde la mesa, su corazón aún acelerado, su mente intentando procesar la transgresión que acababa de cometer. Pero su cuerpo traicionaba cualquier culpa; ya se endurecía nuevamente viendo cómo su hija se recostaba contra el bar con una elegancia felina, una pierna doblada, el arco de su pie en aquel tacón creando una línea que terminaba en la curva de su cadera.

—Vienes con más cartas, papá? —Elena arqueó una ceja, sus dedos jugueteando con el borde de su vaso—. O ¿ya no quieres jugar conmigo?

Roberto se rio, un sonido ronco que resonó en la sala. Se acercó a ella, ya desnudo, sin vergüenza alguna, su mano encontrando la cintura de Elena y atrayéndola hacia su cuerpo.

—Creo que tu hija quiere más, Marcos —dijo, besando el cuello de Elena, quien inclinó la cabeza hacia atrás permitiéndole acceso, sus ojos nunca dejando los de su padre.

—Siempre quiero más —susurró Elena, y su mano descendió entre ellos, encontrando la erección renovada de Roberto y guiándola contra su estómago—. Ustedes me despertaron. Ahora me tienen que cansar.

Carlos y Javier se habían acercado también, formando un semicírculo alrededor de ella junto al bar. Cuatro cuerpos masculinos, cuatro miradas hambrientas fijas en el cuerpo ofrecido de la joven.

—Arrodíllate —ordenó Javier, y Elena obedeció, el gesto de sumisión contrastando con el poder que había ejercido momentos antes.

Desde esa posición, ella estaba a la altura perfecta. Tomó a Javier en su boca primero, luego a Carlos, alternando entre ellos mientras sus manos ocupaban a Roberto y su padre. El sonido de su lengua trabajando, de sus labios envolviendo carne dura, llenó la habitación. Era un concierto de lujuria, y ella era la solista virtuosa.

Marcos miraba hacia abajo, viendo su propio miembro desaparecer entre los labios de su hija, los mismos labios que había besado en la frente cuando era niña, ahora ensanchados alrededor de su erección, sus ojos oscuros mirándolo con adoración mientras lo tomaba hasta la garganta.
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—Traga, hija —murmuró, y la mano de Elena encontró su propio sexo, frotándose mientras obedecía, su garganta contrayéndose alrededor de él, el placer casi doloroso de la estimulación combinada haciendo que Marcos gruñera y agarrara su cabeza, guiando el ritmo.

Los otros tres se masturbaban sobre ella, esperando su turno, dejando gotas de fluido en su cabello negro, en sus hombros, marcándola como territorio conquistado. Elena se retorcía entre ellos, una mano ocupada con su propio placer, la otra acariciando testículos, bases de erectos, cualquier parte disponible de los hombres que la rodeaban.

—Quiero que me follen todos juntos —dijo Elena, separándose un momento para respirar, su voz ronca, irreconocible—. Todos a la vez. Llenen cada uno de mis agujeros.

Los hombres intercambiaron miradas. Era una solicitud que trascendía lo convencional, que requería coordinación, pero la excitación de la noche los hizo receptivos. Marcos levantó a su hija del suelo y la llevó hacia el sofá del salón, un mueble amplio y viejo que había visto innumerables partidos de fútbol y siestas dominicales, y que ahora presenciaría algo completamente diferente.

Elena se posicionó sobre Carlos, quien ya estaba recostado, guiando su erección hacia su sexo húmedo y dilatado, deslizándose sobre él con un gemido prolongado. Javier se posicionó detrás de ella, usando el semen anterior como lubricante, presionando contra su entrada trasera con cuidado inicial, luego con determinación cuando ella empujó hacia atrás demandando más.

—Dios, estás tan apretada —jadeó Javier, logrando finalmente hundirse completamente, el placer de la doble penetración haciendo que Elena gritara, un sonido primal que resonó en las paredes.

Roberto se arrodilló junto a la cabeza de Elena, ofreciéndose a su boca, y ella lo tomó vorazmente, su lengua girando, su garganta relajándose para recibirlo profundo. Los cuatro movimientos se sincronizaron: Carlos empujando desde abajo, Javier desde atrás, Roberto en su boca, y Marcos... Marcos observaba, masturbándose, viendo a su hija ser usada por sus tres amigos, su cuerpo suspendido entre ellos como un puente de carne y deseo.

—Papá, ven —suplicó Elena cuando Roberto se retiró momentáneamente—. Quiero sentirte otra vez.

Marcos se acercó, y Elena tomó su mano, guiándola entre su cuerpo y el de Carlos, encontrando su clítoris hinchado. Marcos entendió. Comenzó a frotarla mientras sus amigos la penetraban, sus dedos expertos encontrando el ritmo perfecto, el mismo ritmo que había usado para enseñarle a tocar piano años atrás, ahora aplicado a un propósito completamente diferente.

Elena se deshizo. Su orgasmo fue violento, convulsivo, sus músculos internos apretando a Carlos y Javier simultáneamente, haciéndos gemir y detener sus movimientos para no venirse todavía, querían prolongar esto, hacer que durara toda la noche.

—No paren —exigió Elena, su voz quebrada—. Sigan follándome. Usenme hasta quedar secos.

Los hombres cambiaron posiciones. Ahora era Javier debajo, Roberto detrás, Carlos en su boca. Marcos se había recostado en el sofá junto a ellos, observando con fascinación morbosa cómo su hija era tomada de todas las formas posibles. Su mano no dejaba de moverse sobre sí mismo, su excitación renovándose con cada grito, cada gemido, cada expresión de éxtasis que cruzaba el rostro de Elena.

—Mírame, papá —dijo Elena, separándose de Carlos un momento—. Mírame mientras me convierto en su puta.

—Ya eres nuestra puta —gruñó Roberto desde atrás, embistiendo con fuerza que hacía que los pechos de Elena rebotaran—. La puta del póker. La puta de cuatro hombres.

—Sí —jadeó Elena—. Soy su puta. De todos ustedes. Usenme. Márchenme. Hagan de mí lo que quieran.

La frase fue el detonante. Los tres hombres dentro de ella aceleraron sus movimientos, un ritmo frenético, desesperado. Elena podía sentirlos tensarse, sus cuerpos preparándose para el clímax. Quería sentirlos venirse juntos, quería ser el receptáculo de su lujuria colectiva.

—Dentro de mí —suplicó—. Vengan dentro de mí. Lléname. Quiero sentirlos a los tres.

Carlos fue el primero, gruñendo y empujando profundo en su garganta, descargando directamente en su estómago. Elena tragó convulsivamente, el sabor salado llenando su boca mientras sentía a Roberto estallar en su interior trasero, el calor de su semen añadiéndose a la humedad previa. Javier terminó último, debajo de ella, sus embestidas finales erráticas mientras se vaciaba en su sexo, llenándola por segunda vez esa noche.

Elena cayó hacia adelante, exhausta, su cuerpo temblando con los aftershocks de múltiples orgasmos. Los tres hombres se retiraron lentamente, dejándola caer sobre el sofá, un montón de extremidades temblorosas y piel brillante de sudor y semen.

Pero Marcos no había terminado.

Se acercó a ella, su erección todavía firme, insistente. Elena lo miró desde el sofá, una sonrisa cansada pero satisfecha en su rostro.

—Papá... —empezó, pero Marcos la interrumpió.

—Una última vez —dijo, su voz grave, casi un ruego—. Quiero sentirme solo dentro de ti. Sin nadie más.

Elena asintió, extendiendo sus brazos hacia él. Marcos se posicionó entre sus piernas, ya abiertas, ya preparadas, y entró en ella con un movimiento suave, profundo, llenándola por completo. Esta vez fue diferente. No había prisa, no había múltiples manos, solo el contacto piel con piel, padre e hija, mirándose a los ojos mientras sus cuerpos se movían en la danza más antigua.

—Te amo, papá —susurró Elena, y la frase tomó un significado completamente nuevo en ese contexto.

—Y yo a ti, hija —respondió Marcos, besando su frente, sus mejillas, sus labios, el sabor de sus amigos aún presente en la boca de Elena, pero no importaba. Nada importaba excepto este momento, esta conexión prohibida.

Se movieron juntos, lentamente, profundamente, cada embestida un acto de posesión mutua. Los otros tres hombres observaban en silencio, respetando la intimidad del momento, hasta que Marcos finalmente se vació dentro de ella, su cuerpo temblando sobre el de su hija, ambos encontrando el release final después de horas de excitación acumulada.

Cayeron juntos sobre el sofá, envueltos el uno en el otro, jadeando, sudorosos, completamente gastados.

La sala quedó en silencio, solo el sonido de la respiración agitada de cinco personas llenando el espacio. Las cartas de póker seguían dispersas sobre la mesa, olvidadas. Las fichas estaban por todo el piso. La botella de whisky, casi vacía, descansaba sobre el bar.

Elena fue la primera en moverse, levantándose sobre un codo para mirar a los cuatro hombres que la rodeaban. Su cuerpo estaba marcado, usado, cubierto de evidencias de lo que habían hecho. Y en sus ojos había satisfacción absoluta.

—¿Jugamos otra ronda? —preguntó, su voz suave, casi infantil de nuevo—. De póker, quiero decir.

Los cuatro hombres rieron, un sonido cansado pero genuino. Marcos acarició el rostro de su hija, sus dedos trazando líneas sobre su piel.

—Creo que necesitamos un descanso, hija —dijo—. Pero la noche es larga. Y tú... tú eres una jugadora nata.

Elena sonrió, una sonrisa de gata que ha comido al canario, y se recostó contra el pecho de su padre, lista para recuperar energías. Porque esta noche, decidió, aún no había terminado. No mientras ella tuviera fuerzas para pedir más.

Las horas siguieron su curso en una nebulosa de carne y sudor. La sala de estar se convirtió en un templo dedicado a Elena, y ella recibió cada ofrenda con la devoción de una verdadera creyente. Se habían movido del sofá al piso, de la mesa al bar, cada rincón de la casa testigo de algún acto de lujuria.

Ahora, Elena estaba de rodillas sobre la alfombra del comedor, su cuerpo brillante bajo la luz amarillenta de la lámpara que parpadeaba amenazando con apagarse. Había perdido la cuenta de cuántas veces había venido, de cuántas veces la habían llenado. Su garganta estaba ronca de gritos, su piel sensible al tacto, marcada por dedos, dientes y labios.

Los cuatro hombres la rodeaban una vez más, masturbándose sobre ella en un ritual final. Estaban agotados, sus cuerpos mostrando el desgaste de la noche, pero la visión de Elena, arrodillada, mirando hacia arriba con esos ojos oscuros suplicantes, les daba fuerzas para una última entrega.

—Por favor —susurró ella, y su voz era un hilo, un eco de la inocencia fingida con la que había comenzado todo—. Quiero su última carga. Quiero dormirme cubierta de ustedes.

Marcos fue el primero. Se acercó, su mano moviéndose con determinación sobre su miembro, y descargó sobre el rostro de su hija, las líneas blancas cruzando sus mejillas, su barbilla, su frente. Roberto siguió, apuntando a sus pechos, añadiendo su semen a la capa ya existente. Javier eligió su vientre, mientras Carlos completó el cuadro sobre su espalda cuando ella se inclinó hacia adelante, ofreciéndose.

Elena se recostó sobre la alfombra, extendiendo sus brazos y piernas, un ángel caído hecho de semen y deseo, completamente cubierta, marcada por los cuatro hombres que jadeaban a su alrededor, finalmente vacíos, finalmente saciados.

—Gracias —dijo ella, su voz apenas un susurro, sus ojos cerrándose—. Gracias por esta noche.

Los hombres cayeron a su alrededor, formando un círculo de cuerpos gastados. Nadie habló. El silencio era pesado, cargado de la magnitud de lo que habían hecho, pero también extrañamente pacífico.

Marcos se acostó junto a su hija, tomándola en sus brazos, ignorando el desorden de fluidos que los unía. La besó en la frente, un gesto paternal que contrastaba violentamente con la realidad de sus cuerpos desnudos entrelazados.

—Descansa, hija —murmuró—. Descansa.

Y el sueño los tomó a todos, cinco cuerpos dispersos por el piso del comedor, la botella de whisky volcada, las cartas de póker pegadas al piso por fluidos secos, la casa en silencio por primera vez en horas.

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La luz del amanecer se filtró por las cortinas, dorada y fría, iluminando la escena de destrucción. Elena fue la primera en despertar, parpadeando contra la claridad, su cuerpo dolorido, cada músculo protestando por el uso excesivo.

Se sentó lentamente, sintiendo el semen seco sobre su piel, rígido y frío ahora, un recordatorio tangible de la noche. Miró a su alrededor. Su padre dormía a su lado, su rostro relajado, inocente en el sueño. Roberto roncaba suavemente desde el rincón, cubriendo su desnudez con una chaqueta que había encontrado en algún lugar. Javier y Carlos estaban abrazados en el sofá, una imagen cómica considerando la naturaleza de la noche.

Elena sonrió. Una sonrisa real, satisfecha. Se levantó, ignorando el dolor, y caminó hacia la ventana. Desnuda, cubierta de las huellas de cuatro hombres, se paró frente al cristal y observó cómo el sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte, pintando el cielo de naranjas y rosas.

—Eres hermosa —dijo una voz ronca detrás de ella.

Elena no se volteó. Sabía que era su padre. Sintió sus brazos envolviendo su cintura desde atrás, su cuerpo desnudo presionando contra su espalda, su barba incipiente rascando su cuello.

—La noche terminó —dijo ella, su mano encontrando la de Marcos sobre su estómago.

—La noche terminó —repitió él—. Pero esto... esto no tiene por qué terminar.

Elena finalmente se volteó, enfrentando a su padre. La luz del amanecer iluminaba su rostro, mostrando las marcas de la noche, el semen seco en su cabello, la hinchazón de sus labios. Pero sus ojos brillaban con algo nuevo, una comprensión mutua que trascendía el tabú.

—¿Qué significa esto, papá? —preguntó ella, genuinamente curiosa—. ¿Volvemos a ser padre e hija? ¿O somos algo más ahora?

Marcos la besó. No un beso de padre, no un beso de amante. Un beso que existía en algún lugar intermedio, complejo y prohibido.

—Somos lo que tú quieras que seamos, Elena —dijo cuando se separaron—. Anoche descubrí que mi hija es una mujer que sabe exactamente lo que quiere. Y lo que quiere... es esto.

Elena asintió, apoyando su cabeza contra el pecho de su padre, escuchando su corazón.

—Entonces soy ambas cosas —dijo—. Soy tu hija cuando el sol brilla. Y soy tu puta cuando cae la noche.

Detrás de ellos, los otros tres comenzaban a despertarse, confundidos, avergonzados inicialmente, hasta que los recuerdos de la noche regresaron y las sonrisas aparecieron en sus rostros. Roberto se acercó primero, besando a Elena en la mejilla, un gesto tierno que contrastaba con lo que habían compartido.

—Gracias por la noche, preciosa —dijo—. Y gracias, Marcos, por... bueno, por compartir algo tan especial.

Los demás asintieron, recogiendo su ropa dispersa, vistiéndose en silencio, cada uno compartiendo una última mirada con Elena antes de dirigirse hacia la puerta.

Cuando se fueron, padre e hija quedaron solos en la sala devastada. La luz del sol entraba ahora a raudales, iluminando el desorden: las cartas, las fichas, la botella vacía, las marcas en el sofá, el olor inconfundible de sexo que impregnaba el aire.

—Deberías bañarte —dijo Marcos, acariciando el cabello de su hija—. Y yo debería limpiar esto.

—Después —dijo Elena, tomando su mano y guiándolo hacia las escaleras—. Primero, quiero que me bañes tú. Como padre. Como amante. Como lo que seamos ahora.

Marcos la siguió, y mientras subían las escaleras juntos, desnudos, hacia el baño donde el agua caliente los esperaría, Elena miró por última vez la sala de estar a través del pasamanos.

La mesa de póker seguía ahí, las cartas esparcidas, testigo mudo de la noche en que una hija inocente reveló su verdadera naturaleza, y cuatro hombres descubrieron que algunos juegos valen cualquier apuesta.

El sol ya estaba alto cuando el agua comenzó a correr en el baño de arriba, y dos cuerpos se lavaban mutuamente, preparándose para un nuevo día, para una nueva realidad, para una relación que nunca más sería simplemente paternal.

La noche del póker había terminado. Pero para Elena y su padre, el juego recién comenzaba.

4 comentarios - Una apuesta de poker

Cerking001 +1
Excelente toda una putita sumisa, depósito de semen
obizpo
Uff que cogerme una hija así
axel1092747
Buen relato, me puso la verga dura, +10 puntos