Soy el padre. Claudia, mi esposa, y Alicia, mi hija. Somos tres. Dos rubias que en su momento arrancaban suspiros, aunque el tiempo y la vida les han tratado distinto.
Claudia tiene 49. El cuerpo se le ha vuelto rechoncho, los pechos caídos, la cintura borrada. Aquella mujer de los 18 a los 35 que me volvía loco con solo cruzar las piernas ya no existe. La enfermera de turno, siempre cansada, siempre con olor a hospital. Pero Alicia… Alicia es otra cosa.
Alicia es la descendencia sueca que el destino plantó en México. Dieciocho años de melena rubia larga y sedosa que le cae hasta la mitad de la espalda, ojos azules claros que parecen traspasar la ropa, labios carnosos pintados de rojo intenso, pómulos altos, piel blanca y tersa que brilla bajo cualquier luz. Cuerpo de infarto: tetas firmes y pesadas que se desbordan de cualquier top, cintura estrecha, cadera ancha, nalgas redondas y jugosas que se marcan en los shorts cortos, piernas largas y tonificadas. Es preciosa de cara y de cuerpo. Una diosa hecha para montar vergas. Y todos lo sabían.
Alicia tuvo novios de todas las edades. Pero el que más se le grabó fue aquel madurito de treinta y ocho. Un tipo fornido, de mirada sucia, que la esperaba fuera de casa en su auto negro.
Ese día Claudia salió temprano del hospital. Turno de enfermera cancelado. Llegó sin avisar. Yo aún no estaba en casa. Ella aparcó y al pasar junto al auto del tipo vio el movimiento. Miró por la ventanilla del copiloto y ahí estaba: Alicia, arrodillada entre las piernas del cabrón, con la melena rubia subiendo y bajando sin piedad. La boca abierta hasta el fondo, babeando, chupando con ganas de puta profesional. La verga gruesa y venosa desaparecía entre aquellos labios rojos, el hombre con la cabeza echada hacia atrás, gimiendo, una mano enredada en el pelo de mi hija y la otra apretándole una teta por encima del top. Alicia subía, bajaba, se retiraba solo para lamer el glande con la lengua y volver a embutírsela hasta la garganta, haciendo ruidos obscenos de succión. La saliva le escurría por la barbilla y le manchaba el escote.
Claudia gritó. El escándalo fue inmediato. El tipo empujó a Alicia, se subió la bragueta a medias y trató de arrancar. Pero mi esposa ya estaba llamando a la policía y gritando como una loca. Llegaron las patrullas. Luces, vecinos asomándose. Yo llegué minutos después. Vi a Alicia llorando, el maquillaje corrido, los labios hinchados y brillantes de saliva y pre-semen. Vi al tipo esposado, todavía con la verga a medio marcar bajo el pantalón.
No me contuve. Con la bendición de los policías -que miraron para otro lado- le propiné una golpiza. Los nudillos me sangraban al final. Le partí el labio, le hinché un ojo, le di en las costillas hasta que se dobló. Ese infeliz se había follado la boca de mi hija de dieciocho años. Y yo, mientras le pegaba, no podía dejar de imaginar exactamente cómo se había sentido: el calor de esa boca, la lengua de Alicia enrollándose, el sonido de garganta profunda, el momento en que el cabrón se corría y ella se lo tragaba o se lo dejaba en la cara.
Claudia la castigó un año entero sin salir de casa. Sin celular, sin amigos, sin nada. Solo casa, escuela y regreso. Alicia no olvidó la lección. Pero yo tampoco.
Los nudillos me dolieron semanas. Y algo peor se me metió en la cabeza. Cada vez que la veía -con el mismo top blanco ajustado que marcaba los pezones, con los shorts de mezclilla rotos que le subían por el culo, con el pelo suelto después de la ducha, olor a shampoo y a piel limpia- ya no era mi hija. Era la putita que había chupado una verga de treinta y ocho años con ganas de perra en celo. Empecé a mirarla distinto. Cuando se inclinaba a recoger algo del suelo y el short se le metía entre las nalgas. Cuando se quedaba en el sofá con las piernas abiertas y se le veía el borde de la tanga. Cuando se reía y aquellos labios se abrían y yo solo pensaba en cómo se sentirían alrededor de mi polla. El diablo del morbo se me instaló en la entrepierna y no se ha ido.
Desde entonces la veo como lo que es: una diosa rubia de ojos azules, pechos pesados, culo perfecto y boca hecha para la lujuria. Y cada día que pasa, el deseo crece más sucio, más prohibido, más imposible de ignorar.
Alicia fingió otra vez la sumisión perfecta. Llevaba mes y medio encerrada, obediente, sin un solo reclamo. Pero a las dos semanas de cumplir el mes ya estaba otra vez con esa voz dulce y los ojos azules brillando de súplica.
-Ya hemos hablado de eso muchas veces, hija. Si tu mamá se entera me mata… no puedes salir.
-Ya lo sé, papá. Carlos y yo no haremos nada malo, solamente iremos al cine y terminando la película enseguida volveré a casa. Lo prometo… volveré antes que mi madre.
Me miró con esos labios carnosos y la expresión de niña buena. Suplicó tanto, se arrodilló casi, que al final accedí. No por bondad. Quería el tiempo a solas en su alcoba.
En cuanto el auto de Carlos se alejó, entré a su cuarto. El olor a ella me golpeó de inmediato: shampoo de vainilla, perfume dulce y ese rastro íntimo que solo deja una adolescente caliente. Abrí el cajón de la ropa interior. Allí estaban, amontonadas. Elegí dos tangas usadas. Una blanca de encaje, todavía tibia y húmeda en la entrepierna. La otra negra, más usada, con una mancha clara en el centro. Me las llevé a la nariz y aspiré profundo. El aroma a coño joven, a excitación, a días de uso. Casi me corro en el acto. Las guardé en el bolsillo del pantalón como un tesoro.
Después abrí su laptop. Sin contraseña. La carpeta “privadas”. Cientos de fotos. Alicia frente al espejo del baño, solo con una tanga y las tetas al aire: pechos firmes, redondos, pezones rosados y duros, sosteniéndolos con las manos y sonriendo con esa boca de puta inocente. Otras de rodillas en la cama, de espaldas, el culo perfecto levantado y la tanga metida entre las nalgas, mirando por encima del hombro con los ojos azules. Varias enviadas claramente a pendejos de su edad: selfies de cerca del escote, la lengua fuera, los labios entreabiertos como si estuviera a punto de chupar. Una especialmente sucia: sentada en el inodoro con las piernas abiertas, la tanga bajada hasta los tobillos y los dedos abriendo los labios de su coño rosado, brilloso. Me bajé todas a una USB. El corazón me latía en la polla.
Escuché el motor de un auto. Salí corriendo a mi cuarto con las tangas y la memoria. Cerré la puerta justo a tiempo.
Golpes suaves.
Abrí.
Alicia estaba allí, llorando desconsolada. La minifalda corta, el top ajustado, el maquillaje corrido, el pelo rubio revuelto. Olor a sexo barato.
-Hija, ¿qué pasa? ¿Qué te ha hecho ese animal?
-Nada, papá, nada… -sollozaba.
-No me mientas, Alicia. Sabes que puedes confiar en mí. Cuéntame, ¿qué fue lo que pasó?
Me miró con esos ojos azules llenos de lágrimas y confusión.
-¿Prometes no enojarte ni decirle a mamá? Olvídalo, papá… olvídalo.
-No, hija. Prometo no enojarme ni decirle a tu madre, pero cuéntame qué es lo que pasa.
-Carlos y yo… -empezó con voz temblorosa- Tuvimos sexo por primera vez esta noche, papi…
Sentí cómo se me endurecía la verga al instante. Mi hija. Mi putita de dieciocho años acababa de ser abierta por primera vez.
-¿Tu madre no habló contigo de esto?
-Sí, y créeme que para nada necesito otro sermón en este momento… lo que pasa es que no puedo decírselo a mamá porque ella me advirtió que si hacía algo malo con Carlos…
-Pero no es algo malo, hija…
-Lo sé, pero ya ves cómo piensa mamá… dice que voy a quedar embarazada y que seré madre soltera por siempre si lo hago.
-¿No usaron condón?
-No… sí usamos. Ese es el problema, papá… cuando Carlos se vino en mí, el condón se quedó dentro de… tú sabes… y no puedo ir al hospital porque seguramente ahí estará mamá y todas sus amigas…
Me quedé en silencio. La imagen de ese cabrón corriéndose dentro de mi hija, el látex quedándose atrapado en su coño virgen recién roto, me quemaba la cabeza.
-¿Qué hago, papá??? ¡Debes ayudarme…! Tengo mucho miedo…
La abracé. Su perfume de cita -dulce, barato, mezclado con el olor a semen y a coño recién follado- me subió directo a la polla. Pensar que hacía apenas una hora ese infeliz la había tenido debajo, abriéndola, metiéndosela, llenándola… me dio una envidia asquerosa y una excitación que casi no pude disimular. Mi hija estaba así de buena. Era obvio que tarde o temprano iba a pasar.
-Papá… -me interrumpió-. ¿Qué vamos a hacer?
-No lo sé, hija… supongo que tendré que decirte cómo lo retires… o alguien más tendrá que hacerlo, porque no puede quedarse ahí dentro.
-Tú, papi… hazlo tú, por favor.
-Hija, no creo que eso sea lo correcto…
-Pero si no eres tú no hay nadie más a quien pedírselo, papi… me moriría de vergüenza si mis amigas se enteran…
-Pero hija, ¿estás segura? Tendría que tocarte ahí abajo y…
-Ya lo sé, papi, pero hazlo por favor, no me dejes así… solo hazlo.
Cerré la puerta con llave. El clic sonó demasiado fuerte.
-Así no, hija. Recuéstate boca abajo sobre esta almohada de tal forma que tu parte baja quede encima…
Tomé la almohada más grande y la coloqué en el centro de la cama. Alicia obedeció como una niña asustada. Se acostó, el culo levantado por la almohada, la minifalda subida hasta la cintura. Yo me arrodillé detrás de ella.
Lentamente le alcé la falda. Y ahí estaba.
El culo más perfecto que había visto en mi vida. Redondo, firme, blanco, las dos nalgas separadas solo por el hilo de una tanga blanca de encaje que se le metía entre los labios del coño. La tela estaba oscura de humedad y de lo que sea que hubiera quedado del condón y del semen de Carlos. El olor me subió directo a la cabeza: coño joven, sexo fresco, miedo y excitación mezclados.
-Joder… -susurré sin querer.
Me saqué las ideas de la mente a la fuerza. Respiré hondo. Con las manos temblando le bajé la tanga. La deslicé por las nalgas, por los muslos, hasta quitársela del todo. La guardé junto a las otras dos que ya tenía en el bolsillo.
Ahí quedó mi hija: de rodillas sobre la almohada, el culo en alto, el coño rosado y abierto apenas, todavía hinchado del primer follaje, con un hilo blanco de semen. La entrada todavía goteaba un poco. El agujero del culo, apretado y rosado, se contraía con cada respiración nerviosa.
Mi polla estaba tan dura que dolía contra el pantalón. Tenía que sacar ese condón… y cada segundo que pasaba mirando ese coño de dieciocho años recién abierto solo hacía más difícil no hacer algo mucho peor.
No podía creer lo hermosa que lucía la concha de mi hija. Llena de pelitos rubios finos y sedosos que formaban un triángulo perfecto alrededor de aquellos labios rosados, hinchados y todavía brillantes de los restos de Carlos. Las piernas las tenía bien abiertas por la posición sobre la almohada, así que la visión era completa: el coño entreabierto, el clítoris hinchadito asomando entre los pliegues, y más abajo el agujerito del culo contraído y temblando de nervios.
Mojé mi dedo índice con saliva y lo llevé despacio hacia su concha. Separé los labios vaginales con cuidado, abriéndola como si fuera a examinarla. El interior era de un rosa intenso, húmedo, caliente… demasiado tentador.
-Ohhh… -jadeó ella involuntariamente al sentir mi dedo grueso rozándole la entrada sensible.
-Debes relajarte, hija. Estás muy tensa y así será muy difícil… estoy seguro que en el hospital te darían anestesia o qué sé yo para poder meter los instrumentos aquí dentro… además de que lograrían que esto estuviera bien mojado…
-¿Pero cómo le hago, papi…?
-Ya sé. Cierra los ojos, hija…
Obedeció al instante. Sus párpados se cerraron y su respiración se volvió más profunda, más temblorosa.
-Ahora quiero que pienses en Carlos. Imagina que estás desnuda de cintura hacia abajo, dormida en tu cama, y que has quedado de verte a escondidas con tu novio en tu cuarto. Ya previamente le has dado la llave de la casa y él en cualquier momento puede entrar. Sin previo aviso, comienzas a sentir que te acarician tu conejito…
¿Conejo? ¿Cómo se me ocurrió decirle así a mi propia hija? Mientras pensaba eso, mi dedo seguía rozando suavemente sus labios vaginales, subiendo y bajando, separándolos, acariciando la ranura cada vez más húmeda.
-Prefieres no abrir los ojos para hacerlo más interesante. Carlos te ha dicho que su fantasía es hacerte el amor mientras duermes… y tú piensas cumplírsela esta misma noche. Sientes sus dedos abriéndote despacio, tocándote el clítoris, metiéndose un poquito… luego su lengua caliente lamiéndote toda la raja, chupándote los jugos, metiendo la lengua bien adentro de tu coñito recién abierto…
Enseguida noté cómo de la vagina de mi hija empezaban a salir jugos claros y viscosos. Estaba funcionando. Se estaba excitando de verdad y su conchita se humedecía cada vez más, facilitando el camino a mis dedos. Pero no solo eso provocaba la historia. Bastaba con que mirara hacia abajo para ver la tremenda erección de mi pene luchando por salir del pantalón, tan dura y gruesa que dolía contra la tela.
Uno o dos minutos pasaron y su coño estaba cada vez más empapado. Los jugos le corrían por los labios y le manchaban los pelitos rubios hasta el muslo. Mi cabeza ardía. Ya no pensaba con claridad. Me incliné, saqué la lengua y se la pasé de un solo trazo por todo lo largo de su concha, desde el agujero hasta el clítoris, saboreando su néctar dulce.
-¡HMMMMMMMM Carlossss!!!!!! -gritó ella, todavía perdida en la fantasía.
Eso me dio valor. Empecé a devorarle el coño salvajemente. Lamí, chupé, metí la lengua dentro, bebí sus jugos como si me estuviera muriendo de sed. Al mismo tiempo le acariciaba el clítoris con el dedo, dándole vueltas rápidas y precisas. Luego metí el dedo índice. Primero solo la yema… no sentía nada. Lo empujé más. Hasta el nudillo. Hasta el fondo. Mi dedo grueso desapareció por completo dentro de la concha caliente y apretada de mi hija de dieciocho años.
-¡AAAAHHHH HMMMMMMMMMMMMM…! -gemía ella escandalosamente mientras yo la dedaba, buscando ese maldito condón que no encontraba por ningún lado.
Estaba cada vez más desesperado. No hallaba el látex… pero lo que realmente me estaba matando era no poder sacar mi pito y hundírselo de una vez. Mi polla latía contra la tela, pidiendo a gritos entrar en ese agujero jovencito y recién abierto.
-¡Cógeme… cógeme por favor… cógeme!!! -empezó a gritar ella, moviendo el culo hacia atrás contra mi cara-. ¡Quiero que me lo metas!!! ¡HMMM Métemelo, papiiii!!! Que diga, Carlos….
En ese momento se me acabó el control. Me puse de pie, me bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón y saqué mi verga. Estaba más gruesa y larga de lo normal, venosa, la cabeza morada y goteando pre-semen. La apunté directamente a la entrada de su coño empapado. Apliqué un poco de presión… y me hundí.
-¡AAAHHHHHHHHHHHHHHHHHH HMMMMMMMMMMMMMM…! -gemimos los dos al mismo tiempo.
Mi verga, mucho más grande y gruesa que la de ese tarado, se abrió paso triunfal. Sentí cómo los labios de Alicia se estiraban alrededor de mi glande, cómo el anillo apretado de su entrada se resistía un segundo y después cedía, tragándome centímetro a centímetro. El calor era brutal. Apretado. Sedoso. Tan estrecho que parecía que me iba a arrancar la piel. Seguí empujando hasta que mis pelotas tocaron su clítoris y mi pubis se pegó completamente a su culo.
Ella temblaba debajo de mí, tratando de acostumbrarse a mi tamaño. Yo empecé a embestirla despacio, sacando casi toda la verga y volviendo a clavársela hasta el fondo, sintiendo cómo sus paredes se aferraban a mí en cada movimiento.
-¡AAHHHHHH Qué ricoooo!!! ¡HMMMMM! -gemía Alicia a cada embestida, en una mezcla de dolor y placer intenso. Si no hubiera estado tan empapada, la habría partido en dos con ese tremendo instrumento.
Nunca en mi vida había sentido una concha tan caliente y apretada como la de mi preciosa hija. La agarré de las caderas con fuerza, la levanté un poco más y la puse completamente a cuatro patas sobre la cama. Entonces me poseí. Empecé a embestirla como un animal, seco, profundo, sin piedad, el sonido húmedo de mis huevos golpeando su coño empapado llenando el cuarto. Cada embestida hacía que sus tetas se sacudieran hacia adelante y su melena rubia se esparciera por la almohada.
No pude aguantar más. Sentí cómo se me subía el orgasmo desde las pelotas. Me clavé hasta el fondo, me quedé quieto un segundo… y solté todo mi semen caliente dentro de ella. Chorros densos, abundantes, llenándole el útero gota a gota.
-¡AAHHHHHHHHHHHHHHHH…! -grité yo.
-¡HMMMM PAPIIIIIIII! -gritó ella al mismo tiempo, moviendo las caderas hacia atrás para recibir hasta la última gota de mi semilla.
Seguí bombeando despacio hasta que no quedó nada. Entonces me retiré. Mi verga salió brillante, cubierta de mis propios jugos y de los de ella. Un hilo blanco y espeso de semen le quedó colgando del coño abierto y se le escurría por los pelitos rubios hasta el muslo interno.
Caí a su lado, exhausto. Los dos mirábamos el techo sin decir una sola palabra, respirando agitados. El olor a sexo, a semen fresco y a coño de mi hija llenaba la habitación.
De pronto sonó el celular de Alicia, que estaba sobre la mesita de noche. Ella no se movió. Lo tomé yo y contesté.
-¿Quién habla?
-El padre de Alicia. ¿Quién eres tú?
Carlos colgó de inmediato. Me molesté. Estuve a punto de marcarle de vuelta para mandarlo a la mierda, pero Alicia me tocó el brazo con su mano todavía temblorosa.
-No vale la pena… lo hecho, hecho está…
Nos miramos a los ojos. Justo cuando iba a dejar el celular, volvió a sonar. Esta vez era un mensaje. Los dos lo leímos al mismo tiempo:
«Alicia, llamaba para decirte que ya encontré lo que buscábamos. Debió caerse sin que nos diéramos cuenta en el sillón trasero del auto. Llámame cuando puedas…»
El condón nunca había estado dentro de ella…
Claudia tiene 49. El cuerpo se le ha vuelto rechoncho, los pechos caídos, la cintura borrada. Aquella mujer de los 18 a los 35 que me volvía loco con solo cruzar las piernas ya no existe. La enfermera de turno, siempre cansada, siempre con olor a hospital. Pero Alicia… Alicia es otra cosa.
Alicia es la descendencia sueca que el destino plantó en México. Dieciocho años de melena rubia larga y sedosa que le cae hasta la mitad de la espalda, ojos azules claros que parecen traspasar la ropa, labios carnosos pintados de rojo intenso, pómulos altos, piel blanca y tersa que brilla bajo cualquier luz. Cuerpo de infarto: tetas firmes y pesadas que se desbordan de cualquier top, cintura estrecha, cadera ancha, nalgas redondas y jugosas que se marcan en los shorts cortos, piernas largas y tonificadas. Es preciosa de cara y de cuerpo. Una diosa hecha para montar vergas. Y todos lo sabían.
Alicia tuvo novios de todas las edades. Pero el que más se le grabó fue aquel madurito de treinta y ocho. Un tipo fornido, de mirada sucia, que la esperaba fuera de casa en su auto negro.
Ese día Claudia salió temprano del hospital. Turno de enfermera cancelado. Llegó sin avisar. Yo aún no estaba en casa. Ella aparcó y al pasar junto al auto del tipo vio el movimiento. Miró por la ventanilla del copiloto y ahí estaba: Alicia, arrodillada entre las piernas del cabrón, con la melena rubia subiendo y bajando sin piedad. La boca abierta hasta el fondo, babeando, chupando con ganas de puta profesional. La verga gruesa y venosa desaparecía entre aquellos labios rojos, el hombre con la cabeza echada hacia atrás, gimiendo, una mano enredada en el pelo de mi hija y la otra apretándole una teta por encima del top. Alicia subía, bajaba, se retiraba solo para lamer el glande con la lengua y volver a embutírsela hasta la garganta, haciendo ruidos obscenos de succión. La saliva le escurría por la barbilla y le manchaba el escote.
Claudia gritó. El escándalo fue inmediato. El tipo empujó a Alicia, se subió la bragueta a medias y trató de arrancar. Pero mi esposa ya estaba llamando a la policía y gritando como una loca. Llegaron las patrullas. Luces, vecinos asomándose. Yo llegué minutos después. Vi a Alicia llorando, el maquillaje corrido, los labios hinchados y brillantes de saliva y pre-semen. Vi al tipo esposado, todavía con la verga a medio marcar bajo el pantalón.
No me contuve. Con la bendición de los policías -que miraron para otro lado- le propiné una golpiza. Los nudillos me sangraban al final. Le partí el labio, le hinché un ojo, le di en las costillas hasta que se dobló. Ese infeliz se había follado la boca de mi hija de dieciocho años. Y yo, mientras le pegaba, no podía dejar de imaginar exactamente cómo se había sentido: el calor de esa boca, la lengua de Alicia enrollándose, el sonido de garganta profunda, el momento en que el cabrón se corría y ella se lo tragaba o se lo dejaba en la cara.
Claudia la castigó un año entero sin salir de casa. Sin celular, sin amigos, sin nada. Solo casa, escuela y regreso. Alicia no olvidó la lección. Pero yo tampoco.
Los nudillos me dolieron semanas. Y algo peor se me metió en la cabeza. Cada vez que la veía -con el mismo top blanco ajustado que marcaba los pezones, con los shorts de mezclilla rotos que le subían por el culo, con el pelo suelto después de la ducha, olor a shampoo y a piel limpia- ya no era mi hija. Era la putita que había chupado una verga de treinta y ocho años con ganas de perra en celo. Empecé a mirarla distinto. Cuando se inclinaba a recoger algo del suelo y el short se le metía entre las nalgas. Cuando se quedaba en el sofá con las piernas abiertas y se le veía el borde de la tanga. Cuando se reía y aquellos labios se abrían y yo solo pensaba en cómo se sentirían alrededor de mi polla. El diablo del morbo se me instaló en la entrepierna y no se ha ido.
Desde entonces la veo como lo que es: una diosa rubia de ojos azules, pechos pesados, culo perfecto y boca hecha para la lujuria. Y cada día que pasa, el deseo crece más sucio, más prohibido, más imposible de ignorar.
Alicia fingió otra vez la sumisión perfecta. Llevaba mes y medio encerrada, obediente, sin un solo reclamo. Pero a las dos semanas de cumplir el mes ya estaba otra vez con esa voz dulce y los ojos azules brillando de súplica.
-Ya hemos hablado de eso muchas veces, hija. Si tu mamá se entera me mata… no puedes salir.
-Ya lo sé, papá. Carlos y yo no haremos nada malo, solamente iremos al cine y terminando la película enseguida volveré a casa. Lo prometo… volveré antes que mi madre.
Me miró con esos labios carnosos y la expresión de niña buena. Suplicó tanto, se arrodilló casi, que al final accedí. No por bondad. Quería el tiempo a solas en su alcoba.
En cuanto el auto de Carlos se alejó, entré a su cuarto. El olor a ella me golpeó de inmediato: shampoo de vainilla, perfume dulce y ese rastro íntimo que solo deja una adolescente caliente. Abrí el cajón de la ropa interior. Allí estaban, amontonadas. Elegí dos tangas usadas. Una blanca de encaje, todavía tibia y húmeda en la entrepierna. La otra negra, más usada, con una mancha clara en el centro. Me las llevé a la nariz y aspiré profundo. El aroma a coño joven, a excitación, a días de uso. Casi me corro en el acto. Las guardé en el bolsillo del pantalón como un tesoro.
Después abrí su laptop. Sin contraseña. La carpeta “privadas”. Cientos de fotos. Alicia frente al espejo del baño, solo con una tanga y las tetas al aire: pechos firmes, redondos, pezones rosados y duros, sosteniéndolos con las manos y sonriendo con esa boca de puta inocente. Otras de rodillas en la cama, de espaldas, el culo perfecto levantado y la tanga metida entre las nalgas, mirando por encima del hombro con los ojos azules. Varias enviadas claramente a pendejos de su edad: selfies de cerca del escote, la lengua fuera, los labios entreabiertos como si estuviera a punto de chupar. Una especialmente sucia: sentada en el inodoro con las piernas abiertas, la tanga bajada hasta los tobillos y los dedos abriendo los labios de su coño rosado, brilloso. Me bajé todas a una USB. El corazón me latía en la polla.
Escuché el motor de un auto. Salí corriendo a mi cuarto con las tangas y la memoria. Cerré la puerta justo a tiempo.
Golpes suaves.
Abrí.
Alicia estaba allí, llorando desconsolada. La minifalda corta, el top ajustado, el maquillaje corrido, el pelo rubio revuelto. Olor a sexo barato.
-Hija, ¿qué pasa? ¿Qué te ha hecho ese animal?
-Nada, papá, nada… -sollozaba.
-No me mientas, Alicia. Sabes que puedes confiar en mí. Cuéntame, ¿qué fue lo que pasó?
Me miró con esos ojos azules llenos de lágrimas y confusión.
-¿Prometes no enojarte ni decirle a mamá? Olvídalo, papá… olvídalo.
-No, hija. Prometo no enojarme ni decirle a tu madre, pero cuéntame qué es lo que pasa.
-Carlos y yo… -empezó con voz temblorosa- Tuvimos sexo por primera vez esta noche, papi…
Sentí cómo se me endurecía la verga al instante. Mi hija. Mi putita de dieciocho años acababa de ser abierta por primera vez.
-¿Tu madre no habló contigo de esto?
-Sí, y créeme que para nada necesito otro sermón en este momento… lo que pasa es que no puedo decírselo a mamá porque ella me advirtió que si hacía algo malo con Carlos…
-Pero no es algo malo, hija…
-Lo sé, pero ya ves cómo piensa mamá… dice que voy a quedar embarazada y que seré madre soltera por siempre si lo hago.
-¿No usaron condón?
-No… sí usamos. Ese es el problema, papá… cuando Carlos se vino en mí, el condón se quedó dentro de… tú sabes… y no puedo ir al hospital porque seguramente ahí estará mamá y todas sus amigas…
Me quedé en silencio. La imagen de ese cabrón corriéndose dentro de mi hija, el látex quedándose atrapado en su coño virgen recién roto, me quemaba la cabeza.
-¿Qué hago, papá??? ¡Debes ayudarme…! Tengo mucho miedo…
La abracé. Su perfume de cita -dulce, barato, mezclado con el olor a semen y a coño recién follado- me subió directo a la polla. Pensar que hacía apenas una hora ese infeliz la había tenido debajo, abriéndola, metiéndosela, llenándola… me dio una envidia asquerosa y una excitación que casi no pude disimular. Mi hija estaba así de buena. Era obvio que tarde o temprano iba a pasar.
-Papá… -me interrumpió-. ¿Qué vamos a hacer?
-No lo sé, hija… supongo que tendré que decirte cómo lo retires… o alguien más tendrá que hacerlo, porque no puede quedarse ahí dentro.
-Tú, papi… hazlo tú, por favor.
-Hija, no creo que eso sea lo correcto…
-Pero si no eres tú no hay nadie más a quien pedírselo, papi… me moriría de vergüenza si mis amigas se enteran…
-Pero hija, ¿estás segura? Tendría que tocarte ahí abajo y…
-Ya lo sé, papi, pero hazlo por favor, no me dejes así… solo hazlo.
Cerré la puerta con llave. El clic sonó demasiado fuerte.
-Así no, hija. Recuéstate boca abajo sobre esta almohada de tal forma que tu parte baja quede encima…
Tomé la almohada más grande y la coloqué en el centro de la cama. Alicia obedeció como una niña asustada. Se acostó, el culo levantado por la almohada, la minifalda subida hasta la cintura. Yo me arrodillé detrás de ella.
Lentamente le alcé la falda. Y ahí estaba.
El culo más perfecto que había visto en mi vida. Redondo, firme, blanco, las dos nalgas separadas solo por el hilo de una tanga blanca de encaje que se le metía entre los labios del coño. La tela estaba oscura de humedad y de lo que sea que hubiera quedado del condón y del semen de Carlos. El olor me subió directo a la cabeza: coño joven, sexo fresco, miedo y excitación mezclados.
-Joder… -susurré sin querer.
Me saqué las ideas de la mente a la fuerza. Respiré hondo. Con las manos temblando le bajé la tanga. La deslicé por las nalgas, por los muslos, hasta quitársela del todo. La guardé junto a las otras dos que ya tenía en el bolsillo.
Ahí quedó mi hija: de rodillas sobre la almohada, el culo en alto, el coño rosado y abierto apenas, todavía hinchado del primer follaje, con un hilo blanco de semen. La entrada todavía goteaba un poco. El agujero del culo, apretado y rosado, se contraía con cada respiración nerviosa.
Mi polla estaba tan dura que dolía contra el pantalón. Tenía que sacar ese condón… y cada segundo que pasaba mirando ese coño de dieciocho años recién abierto solo hacía más difícil no hacer algo mucho peor.
No podía creer lo hermosa que lucía la concha de mi hija. Llena de pelitos rubios finos y sedosos que formaban un triángulo perfecto alrededor de aquellos labios rosados, hinchados y todavía brillantes de los restos de Carlos. Las piernas las tenía bien abiertas por la posición sobre la almohada, así que la visión era completa: el coño entreabierto, el clítoris hinchadito asomando entre los pliegues, y más abajo el agujerito del culo contraído y temblando de nervios.
Mojé mi dedo índice con saliva y lo llevé despacio hacia su concha. Separé los labios vaginales con cuidado, abriéndola como si fuera a examinarla. El interior era de un rosa intenso, húmedo, caliente… demasiado tentador.
-Ohhh… -jadeó ella involuntariamente al sentir mi dedo grueso rozándole la entrada sensible.
-Debes relajarte, hija. Estás muy tensa y así será muy difícil… estoy seguro que en el hospital te darían anestesia o qué sé yo para poder meter los instrumentos aquí dentro… además de que lograrían que esto estuviera bien mojado…
-¿Pero cómo le hago, papi…?
-Ya sé. Cierra los ojos, hija…
Obedeció al instante. Sus párpados se cerraron y su respiración se volvió más profunda, más temblorosa.
-Ahora quiero que pienses en Carlos. Imagina que estás desnuda de cintura hacia abajo, dormida en tu cama, y que has quedado de verte a escondidas con tu novio en tu cuarto. Ya previamente le has dado la llave de la casa y él en cualquier momento puede entrar. Sin previo aviso, comienzas a sentir que te acarician tu conejito…
¿Conejo? ¿Cómo se me ocurrió decirle así a mi propia hija? Mientras pensaba eso, mi dedo seguía rozando suavemente sus labios vaginales, subiendo y bajando, separándolos, acariciando la ranura cada vez más húmeda.
-Prefieres no abrir los ojos para hacerlo más interesante. Carlos te ha dicho que su fantasía es hacerte el amor mientras duermes… y tú piensas cumplírsela esta misma noche. Sientes sus dedos abriéndote despacio, tocándote el clítoris, metiéndose un poquito… luego su lengua caliente lamiéndote toda la raja, chupándote los jugos, metiendo la lengua bien adentro de tu coñito recién abierto…
Enseguida noté cómo de la vagina de mi hija empezaban a salir jugos claros y viscosos. Estaba funcionando. Se estaba excitando de verdad y su conchita se humedecía cada vez más, facilitando el camino a mis dedos. Pero no solo eso provocaba la historia. Bastaba con que mirara hacia abajo para ver la tremenda erección de mi pene luchando por salir del pantalón, tan dura y gruesa que dolía contra la tela.
Uno o dos minutos pasaron y su coño estaba cada vez más empapado. Los jugos le corrían por los labios y le manchaban los pelitos rubios hasta el muslo. Mi cabeza ardía. Ya no pensaba con claridad. Me incliné, saqué la lengua y se la pasé de un solo trazo por todo lo largo de su concha, desde el agujero hasta el clítoris, saboreando su néctar dulce.
-¡HMMMMMMMM Carlossss!!!!!! -gritó ella, todavía perdida en la fantasía.
Eso me dio valor. Empecé a devorarle el coño salvajemente. Lamí, chupé, metí la lengua dentro, bebí sus jugos como si me estuviera muriendo de sed. Al mismo tiempo le acariciaba el clítoris con el dedo, dándole vueltas rápidas y precisas. Luego metí el dedo índice. Primero solo la yema… no sentía nada. Lo empujé más. Hasta el nudillo. Hasta el fondo. Mi dedo grueso desapareció por completo dentro de la concha caliente y apretada de mi hija de dieciocho años.
-¡AAAAHHHH HMMMMMMMMMMMMM…! -gemía ella escandalosamente mientras yo la dedaba, buscando ese maldito condón que no encontraba por ningún lado.
Estaba cada vez más desesperado. No hallaba el látex… pero lo que realmente me estaba matando era no poder sacar mi pito y hundírselo de una vez. Mi polla latía contra la tela, pidiendo a gritos entrar en ese agujero jovencito y recién abierto.
-¡Cógeme… cógeme por favor… cógeme!!! -empezó a gritar ella, moviendo el culo hacia atrás contra mi cara-. ¡Quiero que me lo metas!!! ¡HMMM Métemelo, papiiii!!! Que diga, Carlos….
En ese momento se me acabó el control. Me puse de pie, me bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón y saqué mi verga. Estaba más gruesa y larga de lo normal, venosa, la cabeza morada y goteando pre-semen. La apunté directamente a la entrada de su coño empapado. Apliqué un poco de presión… y me hundí.
-¡AAAHHHHHHHHHHHHHHHHHH HMMMMMMMMMMMMMM…! -gemimos los dos al mismo tiempo.
Mi verga, mucho más grande y gruesa que la de ese tarado, se abrió paso triunfal. Sentí cómo los labios de Alicia se estiraban alrededor de mi glande, cómo el anillo apretado de su entrada se resistía un segundo y después cedía, tragándome centímetro a centímetro. El calor era brutal. Apretado. Sedoso. Tan estrecho que parecía que me iba a arrancar la piel. Seguí empujando hasta que mis pelotas tocaron su clítoris y mi pubis se pegó completamente a su culo.
Ella temblaba debajo de mí, tratando de acostumbrarse a mi tamaño. Yo empecé a embestirla despacio, sacando casi toda la verga y volviendo a clavársela hasta el fondo, sintiendo cómo sus paredes se aferraban a mí en cada movimiento.
-¡AAHHHHHH Qué ricoooo!!! ¡HMMMMM! -gemía Alicia a cada embestida, en una mezcla de dolor y placer intenso. Si no hubiera estado tan empapada, la habría partido en dos con ese tremendo instrumento.
Nunca en mi vida había sentido una concha tan caliente y apretada como la de mi preciosa hija. La agarré de las caderas con fuerza, la levanté un poco más y la puse completamente a cuatro patas sobre la cama. Entonces me poseí. Empecé a embestirla como un animal, seco, profundo, sin piedad, el sonido húmedo de mis huevos golpeando su coño empapado llenando el cuarto. Cada embestida hacía que sus tetas se sacudieran hacia adelante y su melena rubia se esparciera por la almohada.
No pude aguantar más. Sentí cómo se me subía el orgasmo desde las pelotas. Me clavé hasta el fondo, me quedé quieto un segundo… y solté todo mi semen caliente dentro de ella. Chorros densos, abundantes, llenándole el útero gota a gota.
-¡AAHHHHHHHHHHHHHHHH…! -grité yo.
-¡HMMMM PAPIIIIIIII! -gritó ella al mismo tiempo, moviendo las caderas hacia atrás para recibir hasta la última gota de mi semilla.
Seguí bombeando despacio hasta que no quedó nada. Entonces me retiré. Mi verga salió brillante, cubierta de mis propios jugos y de los de ella. Un hilo blanco y espeso de semen le quedó colgando del coño abierto y se le escurría por los pelitos rubios hasta el muslo interno.
Caí a su lado, exhausto. Los dos mirábamos el techo sin decir una sola palabra, respirando agitados. El olor a sexo, a semen fresco y a coño de mi hija llenaba la habitación.
De pronto sonó el celular de Alicia, que estaba sobre la mesita de noche. Ella no se movió. Lo tomé yo y contesté.
-¿Quién habla?
-El padre de Alicia. ¿Quién eres tú?
Carlos colgó de inmediato. Me molesté. Estuve a punto de marcarle de vuelta para mandarlo a la mierda, pero Alicia me tocó el brazo con su mano todavía temblorosa.
-No vale la pena… lo hecho, hecho está…
Nos miramos a los ojos. Justo cuando iba a dejar el celular, volvió a sonar. Esta vez era un mensaje. Los dos lo leímos al mismo tiempo:
«Alicia, llamaba para decirte que ya encontré lo que buscábamos. Debió caerse sin que nos diéramos cuenta en el sillón trasero del auto. Llámame cuando puedas…»
El condón nunca había estado dentro de ella…
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