La ruta de Mónica y Sergio
Hola qué tal, hoy les voy a contar la historia de cuando un camionero de Transportes Castores me hizo su mujer y me llevó con él para siempre, una de las mejores y más locas experiencias de mi vida.
Desde hacía un tiempo ya que venía disfrutando de fantasear con hombres maduros y dominantes a través del chat. Había descubierto que me encantaba esa actitud protectora pero firme, mucho más mandona y posesiva que la de los chicos de mi edad.
Un día me llegó una notificación de un chat activo: un camionero con ubicación cercana. En el momento en que comenzamos a hablar, Sergio se puso bien dominante, siempre marcando las reglas, y eso me encendía un montón. —Hola, colegiala, así que andas buscando un hombre maduro que te enseñe cómo se trata a una mujer de verdad, yo te puedo servir... —me escribió de entrada. —Hola, señor, ¿usted dice? —le respondí intrigada. —Más vale, mi amor, yo te puedo hacer mi mujer y sacarte de esa rutina aburrida.
Me calentaba muchísimo la forma en la que me trataba. Seguimos chateando y me contó que ya pasaba de los 53 años, que estaba divorciado y que su gran fantasía era encontrar a una jovencita con su uniforme escolar para hacerla su sumisa personal en la ruta. Yo nunca había hecho nada parecido, pero el morbo me ganaba y sabía exactamente cómo seguirle el juego. Al principio creí que iba a quedar en un simple chat caliente, pero me sorprendió ver cómo pasaban los días y él seguía hablándome, contándome de su vida en la carretera y de cómo quería que yo formara parte de su mundo.
Un día me mandó una foto de su miembro de macho maduro y me soltó: —¿Te gusta? Algún día me lo vas a devorar entero cuando te subas conmigo.
En ese mismo momento me sentí dominada por el deseo y le mandé una foto de mi cuerpo con el uniforme de colegiala, la faldita corta y las medias altas. Eso lo volvió loco; me mandó más fotos y audios con su voz ronca y lasciva, diciéndome todas las cosas que me iba a hacer en la cabina del tráiler. Yo estaba explotada de placer de escucharlo y tuve que tocarme ahí mismo para calmar la calentura.
Los días pasaban y él insistía cada vez más con que nos veamos. Yo le ponía excusas de que hoy no podía, hasta que un día me mandó una foto de algo que me dejó sin palabras: una serie de cosas que me había comprado para consentirme y tenerme a sus pies. Al poco tiempo, acordé el encuentro definitivo. Lo que nadie sabía —y lo que cambió mi vida para siempre— es que ese día tomé la decisión de no volver a mi casa ni a la escuela. Hice mi mochila, dejé todo atrás y decidí lanzarme a la aventura de ser la mujer de Sergio.
Llegó el día acordado y me levantó cerca de la facultad a la que solía ir, camuflada con mi uniforme de colegiala. A medida que me iba acercando al imponente tráiler de Transportes Castores, el corazón me latía a mil por hora. Era un camión de esos viejos, espaciosos por dentro, con olor a diésel y cuero gastado. Apenas subí y cerré la puerta, Sergio me dio un beso firme en la boca y me dijo: «Hola, linda». En ese mismo instante sentí una humedad inmensa que empapaba mi ropa interior.
Viéndolo más detenidamente, era exactamente el hombre que fantaseaba: un maduro de 53 años, divorciado, corpulento, con una ligera panza de camionero y una mirada pervertida y hambrienta. Salimos de inmediato a la carretera, dejando atrás la ciudad, la escuela y mi antigua vida.
Viendo que yo estaba un poco nerviosa por dar ese paso tan radical, me pidió que me pasara al asiento del conductor para estar más pegados. Dejó una mano en el volante y con la otra se abrió el pantalón, sacando esa gran verga de macho que quedó colgando. Me pidió que me acercara y que comenzara a consentirlo como a mí me gustaba. Asumí mi papel de sumisa y, con las manos temblorosas, agarré ese miembro grueso que comenzó a palpitar. Lo pajeaba con ganas mientras untaba el líquido previo en su cabeza y me llevaba los dedos a la boca.
—¿Te gusta ser la puta de tu camionero, Mónica? —me decía mientras lo acariciaba con fuerza. —Ay, Sergio, ¡me encanta! —le susurré.
Me contorsioné para pasar mi cabeza por debajo de su brazo, besando desde el tronco hasta los testículos con devoción, hasta que me detuvo un momento y me indicó que abriera su bolso. Ahí estaban la lencería que usaría de ahí en adelante y un lápiz labial rojo. Me ordenó que me desvistiera por completo de mi uniforme escolar en plena cabina, sin importarnos la carretera. Cuando vio mi cuerpo normal y lo mojada que estaba de excitación, se rió con picardía y me dijo: «Estabas loquita por comerte esta verga, eh».
Me pinté los labios de rojo y me arrodillé entre los pedales para chuparle con todas mis fuerzas, escuchándolo gemir y ordenar cada movimiento. Después de un rato de hacerme sufrir con sus embestidas en la boca, detuvo el camión a un lado del camino, me alzó como a un saco de papas y me tiró sobre la cama en la parte trasera de la cabina.
Me abrió las piernas, hundió su rostro en mi entrepierna y comenzó a darme un placer tan intenso que sentí que perdía el control. Tras prepararme con sus dedos y su lengua, me sentó sobre él y su miembro entró por completo, estirándome y llenándome de una sensación arrolladora mientras me miraba fijamente a los ojos.
Al rato llegamos a su casa, una vivienda modesta, un poco venida a menos y bastante alejada de cualquier centro urbano; ese aire de marginalidad y refugio secreto me excitaba todavía más. Apenas entramos, me entregó un vestido rojo superapretado y un frasco de lubricante. Me puse el vestido y desfilé para él mientras se tocaba en una silla. Luego me tiró contra la mesa de la cocina y comenzó a penetrarme con fuerza, marcando el ritmo entre risas y palmadas, hasta que se vino con tanta fuerza que me llenó la espalda y el pelo de su semen.
Descansamos un momento en un viejo sillón, abrazados y saciados, analizando lo que acabábamos de hacer. Yo ya no tenía boleto de regreso; había quemado mis naves por él. —¿Estás para otra vuelta, mi amor? —me preguntó mientras me manoseaba con rudeza. —Ay, Sergio, me dejaste rendida... pero si tú quieres, aquí estoy —le contesté con total sumisión.
Le volví a chupar la verga en el sillón hasta que se puso dura otra vez, y luego me llevó al baño, donde me encendió contra la pared de la ducha para seguir con el frenesí bajo el agua.
Cuando por fin nos relajamos y nos bañamos juntos, entendí que ya no era la estudiante que iba a clases todas las mañanas. Me había convertido en la compañera oficial y sumisa de un camionero de Transportes Castores. Y así fue como comenzó nuestra vida juntos en la ruta, una aventura salvaje que duraría años.
Los días en la casa de Sergio pasaron volando, aunque para mí el tiempo ya había perdido el sentido tradicional. Ya no existían los horarios de clases, ni los llamados de atención de mis padres, ni las tareas escolares pendientes. Mi única rutina era adaptarme a los ritmos de la carretera y a las exigencias de mi nuevo dueño.
Una madrugada, con el cielo todavía completamente oscuro y el frío de la madrugada filtrándose por las rendijas de la ventana, Sergio me despertó con una palmada firme en la pierna.
—Arriba, mi amor. Hoy nos toca salida larga hacia el norte del país. Ponete el uniforme de colegiala que tanto me vuelve loco, que hoy los kilómetros se van a pasar volando con vos acá atrás.
Obedecí al instante. Me puse la faldita tableada, la blusa blanca y las medias altas, sintiendo esa mezcla de nervios y excitación que ya se había convertido en mi segunda piel. Salimos de la casa rumbo al predio donde estaba estacionado el gigante de Transportes Castores. Subir a la cabina ya no se sentía como un acto prohibido, sino como entrar a mi nuevo hogar.
El motor rugió con fuerza, despidiendo ese característico olor a diésel y aceite quemado que ahora asociaba con la seguridad y el dominio de Sergio. A medida que dejábamos atrás los poblados y nos incorporábamos a la autopista de dos carriles, el paisaje comenzó a volverse monótono: planicies áridas, postes de luz que pasaban relampagueando y el constante zumbido de las llantas sobre el asfalto.
—¿Cómo se siente la colegiala más linda de la ruta? —me preguntó Sergio sin quitar los ojos del camino, mientras estiraba su mano derecha para acariciar mi muslo descubierto con rudeza.
—Se siente bien, Sergio. Contigo a todos lados —le respondí, acomodándome mejor en el asiento del copiloto para quedar más cerca de su cuerpo corpulento.
El viaje transcurrió entre charlas sobre las rutas peligrosas, las paradas obligatorias en paradores solitarios y las anécdotas de sus años al volante. Cada vez que el tráfico disminuía, Sergio aprovechaba para ponerme a prueba. Me ordenaba que me desabrochara la blusa, que le mostrara los senos mientras manejaba a más de cien kilómetros por hora, o que me pasara al espacio trasero para atenderlo mientras él mantenía el control del pesado volante con una sola mano.
En una de esas paradas obligatorias, en un parador oscuro a la vera de la carretera iluminado apenas por un foco parpadeante de luz amarilla, estacionó el tráiler entre otros camiones de carga. Nadie se imaginaría jamás lo que pasaba dentro de esa caja metálica.
Sergio se pasó hacia la parte de atrás, me abrió las piernas con autoridad y, sin mediar palabra, comenzó a devorarme con una intensidad feroz, recordándome una y otra vez que yo le pertenecía por completo. El eco del motor encendido y el vaivén del camión por el viento exterior se mezclaban con mis suspiros y sus órdenes sussurradas al oído.
Aquella vida en la ruta me había transformado. Ya no era la chica común que iba a la escuela; ahora era la compañera inseparable y sumisa de un camionero de Transportes Castores, dispuesta a devorarse los kilómetros al ritmo de sus deseos.
Hasta que me logró embarazar....
Hola qué tal, hoy les voy a contar la historia de cuando un camionero de Transportes Castores me hizo su mujer y me llevó con él para siempre, una de las mejores y más locas experiencias de mi vida.
Desde hacía un tiempo ya que venía disfrutando de fantasear con hombres maduros y dominantes a través del chat. Había descubierto que me encantaba esa actitud protectora pero firme, mucho más mandona y posesiva que la de los chicos de mi edad.
Un día me llegó una notificación de un chat activo: un camionero con ubicación cercana. En el momento en que comenzamos a hablar, Sergio se puso bien dominante, siempre marcando las reglas, y eso me encendía un montón. —Hola, colegiala, así que andas buscando un hombre maduro que te enseñe cómo se trata a una mujer de verdad, yo te puedo servir... —me escribió de entrada. —Hola, señor, ¿usted dice? —le respondí intrigada. —Más vale, mi amor, yo te puedo hacer mi mujer y sacarte de esa rutina aburrida.
Me calentaba muchísimo la forma en la que me trataba. Seguimos chateando y me contó que ya pasaba de los 53 años, que estaba divorciado y que su gran fantasía era encontrar a una jovencita con su uniforme escolar para hacerla su sumisa personal en la ruta. Yo nunca había hecho nada parecido, pero el morbo me ganaba y sabía exactamente cómo seguirle el juego. Al principio creí que iba a quedar en un simple chat caliente, pero me sorprendió ver cómo pasaban los días y él seguía hablándome, contándome de su vida en la carretera y de cómo quería que yo formara parte de su mundo.
Un día me mandó una foto de su miembro de macho maduro y me soltó: —¿Te gusta? Algún día me lo vas a devorar entero cuando te subas conmigo.
En ese mismo momento me sentí dominada por el deseo y le mandé una foto de mi cuerpo con el uniforme de colegiala, la faldita corta y las medias altas. Eso lo volvió loco; me mandó más fotos y audios con su voz ronca y lasciva, diciéndome todas las cosas que me iba a hacer en la cabina del tráiler. Yo estaba explotada de placer de escucharlo y tuve que tocarme ahí mismo para calmar la calentura.
Los días pasaban y él insistía cada vez más con que nos veamos. Yo le ponía excusas de que hoy no podía, hasta que un día me mandó una foto de algo que me dejó sin palabras: una serie de cosas que me había comprado para consentirme y tenerme a sus pies. Al poco tiempo, acordé el encuentro definitivo. Lo que nadie sabía —y lo que cambió mi vida para siempre— es que ese día tomé la decisión de no volver a mi casa ni a la escuela. Hice mi mochila, dejé todo atrás y decidí lanzarme a la aventura de ser la mujer de Sergio.
Llegó el día acordado y me levantó cerca de la facultad a la que solía ir, camuflada con mi uniforme de colegiala. A medida que me iba acercando al imponente tráiler de Transportes Castores, el corazón me latía a mil por hora. Era un camión de esos viejos, espaciosos por dentro, con olor a diésel y cuero gastado. Apenas subí y cerré la puerta, Sergio me dio un beso firme en la boca y me dijo: «Hola, linda». En ese mismo instante sentí una humedad inmensa que empapaba mi ropa interior.
Viéndolo más detenidamente, era exactamente el hombre que fantaseaba: un maduro de 53 años, divorciado, corpulento, con una ligera panza de camionero y una mirada pervertida y hambrienta. Salimos de inmediato a la carretera, dejando atrás la ciudad, la escuela y mi antigua vida.
Viendo que yo estaba un poco nerviosa por dar ese paso tan radical, me pidió que me pasara al asiento del conductor para estar más pegados. Dejó una mano en el volante y con la otra se abrió el pantalón, sacando esa gran verga de macho que quedó colgando. Me pidió que me acercara y que comenzara a consentirlo como a mí me gustaba. Asumí mi papel de sumisa y, con las manos temblorosas, agarré ese miembro grueso que comenzó a palpitar. Lo pajeaba con ganas mientras untaba el líquido previo en su cabeza y me llevaba los dedos a la boca.
—¿Te gusta ser la puta de tu camionero, Mónica? —me decía mientras lo acariciaba con fuerza. —Ay, Sergio, ¡me encanta! —le susurré.
Me contorsioné para pasar mi cabeza por debajo de su brazo, besando desde el tronco hasta los testículos con devoción, hasta que me detuvo un momento y me indicó que abriera su bolso. Ahí estaban la lencería que usaría de ahí en adelante y un lápiz labial rojo. Me ordenó que me desvistiera por completo de mi uniforme escolar en plena cabina, sin importarnos la carretera. Cuando vio mi cuerpo normal y lo mojada que estaba de excitación, se rió con picardía y me dijo: «Estabas loquita por comerte esta verga, eh».
Me pinté los labios de rojo y me arrodillé entre los pedales para chuparle con todas mis fuerzas, escuchándolo gemir y ordenar cada movimiento. Después de un rato de hacerme sufrir con sus embestidas en la boca, detuvo el camión a un lado del camino, me alzó como a un saco de papas y me tiró sobre la cama en la parte trasera de la cabina.
Me abrió las piernas, hundió su rostro en mi entrepierna y comenzó a darme un placer tan intenso que sentí que perdía el control. Tras prepararme con sus dedos y su lengua, me sentó sobre él y su miembro entró por completo, estirándome y llenándome de una sensación arrolladora mientras me miraba fijamente a los ojos.
Al rato llegamos a su casa, una vivienda modesta, un poco venida a menos y bastante alejada de cualquier centro urbano; ese aire de marginalidad y refugio secreto me excitaba todavía más. Apenas entramos, me entregó un vestido rojo superapretado y un frasco de lubricante. Me puse el vestido y desfilé para él mientras se tocaba en una silla. Luego me tiró contra la mesa de la cocina y comenzó a penetrarme con fuerza, marcando el ritmo entre risas y palmadas, hasta que se vino con tanta fuerza que me llenó la espalda y el pelo de su semen.
Descansamos un momento en un viejo sillón, abrazados y saciados, analizando lo que acabábamos de hacer. Yo ya no tenía boleto de regreso; había quemado mis naves por él. —¿Estás para otra vuelta, mi amor? —me preguntó mientras me manoseaba con rudeza. —Ay, Sergio, me dejaste rendida... pero si tú quieres, aquí estoy —le contesté con total sumisión.
Le volví a chupar la verga en el sillón hasta que se puso dura otra vez, y luego me llevó al baño, donde me encendió contra la pared de la ducha para seguir con el frenesí bajo el agua.
Cuando por fin nos relajamos y nos bañamos juntos, entendí que ya no era la estudiante que iba a clases todas las mañanas. Me había convertido en la compañera oficial y sumisa de un camionero de Transportes Castores. Y así fue como comenzó nuestra vida juntos en la ruta, una aventura salvaje que duraría años.
Los días en la casa de Sergio pasaron volando, aunque para mí el tiempo ya había perdido el sentido tradicional. Ya no existían los horarios de clases, ni los llamados de atención de mis padres, ni las tareas escolares pendientes. Mi única rutina era adaptarme a los ritmos de la carretera y a las exigencias de mi nuevo dueño.
Una madrugada, con el cielo todavía completamente oscuro y el frío de la madrugada filtrándose por las rendijas de la ventana, Sergio me despertó con una palmada firme en la pierna.
—Arriba, mi amor. Hoy nos toca salida larga hacia el norte del país. Ponete el uniforme de colegiala que tanto me vuelve loco, que hoy los kilómetros se van a pasar volando con vos acá atrás.
Obedecí al instante. Me puse la faldita tableada, la blusa blanca y las medias altas, sintiendo esa mezcla de nervios y excitación que ya se había convertido en mi segunda piel. Salimos de la casa rumbo al predio donde estaba estacionado el gigante de Transportes Castores. Subir a la cabina ya no se sentía como un acto prohibido, sino como entrar a mi nuevo hogar.
El motor rugió con fuerza, despidiendo ese característico olor a diésel y aceite quemado que ahora asociaba con la seguridad y el dominio de Sergio. A medida que dejábamos atrás los poblados y nos incorporábamos a la autopista de dos carriles, el paisaje comenzó a volverse monótono: planicies áridas, postes de luz que pasaban relampagueando y el constante zumbido de las llantas sobre el asfalto.
—¿Cómo se siente la colegiala más linda de la ruta? —me preguntó Sergio sin quitar los ojos del camino, mientras estiraba su mano derecha para acariciar mi muslo descubierto con rudeza.
—Se siente bien, Sergio. Contigo a todos lados —le respondí, acomodándome mejor en el asiento del copiloto para quedar más cerca de su cuerpo corpulento.
El viaje transcurrió entre charlas sobre las rutas peligrosas, las paradas obligatorias en paradores solitarios y las anécdotas de sus años al volante. Cada vez que el tráfico disminuía, Sergio aprovechaba para ponerme a prueba. Me ordenaba que me desabrochara la blusa, que le mostrara los senos mientras manejaba a más de cien kilómetros por hora, o que me pasara al espacio trasero para atenderlo mientras él mantenía el control del pesado volante con una sola mano.
En una de esas paradas obligatorias, en un parador oscuro a la vera de la carretera iluminado apenas por un foco parpadeante de luz amarilla, estacionó el tráiler entre otros camiones de carga. Nadie se imaginaría jamás lo que pasaba dentro de esa caja metálica.
Sergio se pasó hacia la parte de atrás, me abrió las piernas con autoridad y, sin mediar palabra, comenzó a devorarme con una intensidad feroz, recordándome una y otra vez que yo le pertenecía por completo. El eco del motor encendido y el vaivén del camión por el viento exterior se mezclaban con mis suspiros y sus órdenes sussurradas al oído.
Aquella vida en la ruta me había transformado. Ya no era la chica común que iba a la escuela; ahora era la compañera inseparable y sumisa de un camionero de Transportes Castores, dispuesta a devorarse los kilómetros al ritmo de sus deseos.
Hasta que me logró embarazar....
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