CAPITULO 1
El barco no era grande. Un casco de fibra de vidrio blanca, motor fuera de borda, cubierta abierta con un toldo rasgado que apenas daba sombra. Apenas cabían las dos personas que ahora lo ocupaban, y el equipaje — bolsas de lona, una caja de plástico con provisiones, equipo de pesca cuidadosamente organizado por mis manos.
Yo,Juanjo Fernández tengo cuarenta y ocho años, aunque la gente solía restarme uno o dos. Vestía una camisa de manga larga con las mangas arremangadas hasta el codo, pantalón de trabajo ajustado, botas de suela blanda que no hacían ruido al caminar sobre la cubierta. Su cuerpo se movía con la eficiencia de alguien que ha trabajado con las manos toda su vida: sin gestos innecesarios, cada movimiento resuelto antes de ejecutarse.
Lucía Fernández su Hija,no tenía nada de eso.
Dieciocho años, recién terminada la ESO, universidad a partir de septiembre. Era el tipo de chica que acostumbraba a no ser el centro de la fiesta ,pero con su típico grupo de amigas donde todas quieren ser el foco de atencion, de estatura media-baja (1.54m), con una constitución que parece diseñada para pasar desapercibida. Huesos finos, clavículas marcadas bajo camisas holgadas. Pecho pequeño, caderas estrechas, glúteos poco prominentes — un cuerpo que no reclama espacio. Cabello negro azabache, ligeramente ondulado, que siempre parece haberse secado de forma apresurada. Ojos marrones oscuros, grandes, con esa cualidad de estar perpetuamente evaluando el entorno. Manos pequeñas con uñas cortadas a ras por nerviosismo o costumbre.

Llevaba el móvil en la mano desde que subió al barco.
**Lucia** —No hay cobertura aquí —dijo Juanjo sin mirarla, aflojando una cuerda del toldo.
**Yo**—Lo sé.
No abandonó el teléfono. Deslizaba el dedo por las fotos que había tomado ya — el puerto, el mar, ella misma con gafas de sol y poca ropa, el filtro adecuado. Nada subido todavía. No había red.
El motor cobró vida con un tartamudeo ronco que se asentó en un zumbido constante. maniobre la proa hacia mar abierto con la calma de quien ha hecho esto cien veces. Lucía se acomodó en la popa, las piernas colgando por el costado, cara hacia el sol.
No se habían mirado desde que subieron al barco.
Esto no era raro. No era hostil — simplemente era el modo en que existíamos juntos. yo hablaba cuando había algo que resolver. Lucía hablaba cuando tenía algo que la molestaba. En el barco, encerrados uno con el otro, ninguna de las dos condiciones se cumplía del todo.
La madre falleció cuando Lucía tenía doce. murió de un cáncer que se movía rápido y en silencio — los médicos dijeron meses y se quedaron en semanas. yo estuvo ahí durante todo el tiempo para su lucia pero , cada uno sufrió en una habitación diferente, con la puerta cerrada.
Después vino el silencio. Años de él.
yo Juanjo convert mi trabajo en mi refugio. Salía a las seis, volvía a las ocho. Los fines de semana arreglaba cosas de la casa que no estaban rotas. Lucía llenó el vacío con su teléfono, sus amigos, un mundo digital donde las cosas se podían controlar — la imagen, el ángulo, la narrativa. Ella eligió el nombre "Lucía" para sus redes. No usaba el apellido Fernández. Algunas cosas las hacía sin pensarlo..
Este viaje había sido idea mia.
**Yo**—Salgamos los dos un par de días —dijo, tan natural como si propusiera cambiar una bombilla—. Te llevo a pescar. Contra la playa. Te bronceas, te sacas fotos, yo pesco, Cada uno en lo suyo.
Lucía había dicho que sí porque la alternativa era quedarse en casa vacía una semana entera, o ir con sus amigas a una urbanización de la costa donde todo era piscina compartida y fotos iguales. Al menos aquí tendría algo diferente que mostrar.
Ahora, sentada en la popa con el sol en la cara y cero barra de señal, se preguntaba si había cometido un error.
**Lucia**—¿Cuánto falta? —preguntó sin girar la cabeza.
**Yo**—Dos horas. Quizá menos con este viento.
El viento venía del sureste, tibio, con olor a sal y algo vegetal — algo vivo. Lucía alzó el móvil y tomó una foto del horizonte. La revisó. Estaba bien. bastante bien la verdad.
Juanjo observaba el mar con una mano en el timón y la otra apoyada en la barra. Su rostro no decía nada. Pero sus ojos se movían — buscando, evaluando, calculando. No estaba relajado. Nunca estaba relajado. Estaba en modo trabajo, que era su modo de estar en el mundo.
El barco se alejaba del puerto. La costa se achicaba atrás. Delante, solo mar.
Recuerdo la sensación del timón vibrando bajo mi mano cuando alejamos el barco de la costa. El puerto se fue achicando a nuestras espaldas, y después el mar nos tragó enteros. No miré atrás. No era necesario. El mar tiene esa cualidad de absorber todo: el ruido, las formas, la familiaridad.
Yo sabía que iba a ser un día tranquilo. El viento era bueno, el motor funcionó sin problemas, y la luz del sol se deslizaba sobre el agua como una lámina dorada. Lucía se sentó en la popa con su móvil, haciendo fotos al horizonte, a la espuma, a ella misma con gafas de sol y la boca entreabierta. Yo no dije nada. Dejé que hiciera lo que quería. El plan era simple: ella broncea, yo pesca, cada uno en lo suyo.
Cuando llegamos a donde quería, anclé el barco y sacué las cañas. Lucía se tendió en la cubierta con los brazos extendidos, el rostro hacia el sol, y no volvió a hablar. Yo me concentré en la línea, en el anzuelo, en el movimiento del agua. Algunos peces picaron — pequeños, del tamaño de mi palma — pero los solté. No valía la pena mantenerlos. Lucía tomaba fotos mientras yo deshacía los nudos y volvía a lanzar.

Después comimos. Bocadillos que yo había preparado esa mañana en casa: pan de molde con queso y jamón, envueltos en papel de cocina. Lucía comió en silencio, sentada al borde del barco con las piernas colgando. Yo comí más despacio, mirando el mar, pensando en cosas que no importaban.
Me dormí después. Fue un sueño pesado, sin profundidad, el tipo de sueño que se tiene cuando el cuerpo está agotado pero la mente no puede desconectarse del todo. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando desperté, la luz había cambiado. El sol estaba bajando y el cielo se había vuelto gris. Lucía estaba despierta, con las manos en mis hombros, sacudiéndome.
"Que paso" — le dije, pero no con voz de padre, sino con la voz que uso cuando algo no está bien. Lucía miró el horizonte y yo hice lo mismo. No había tierra visible. Solo mar. El viento había cambiado de dirección. La marea nos había empujado lejos, más lejos de lo que habíamos calculado.
"No sé dónde estamos" — dijo Lucía. Su voz era corta, sin tono, como si estuviera diciendo algo que ya sabía. arranqué el motor y giré el timón hacia atrás. El motor tartamudeó, se quejó, y luego cobró vida. Pero el mar no era el mismo. Las olas eran más grandes, más irregulares, y el cielo se cerraba sobre nosotros como un puño.
El motor se elevó en un chillido de protesta cuando giré el timón hacia donde creí que estaba la costa. No lo sabía. El mar se había convertido en un sopo gráfico de gris y verde oscuro, y la línea del horizonte había desaparecido bajo una masa de nubes que se arrastraban hacia nosotros como un animal herido. Lucía se aferraba al borde de la cubierta, su teléfono todavía en la mano, la pantalla apagada.
**Yo** Tenemos que volver —dije, pero la palabra ya no tenía sentido. ¿Volver a dónde? Los nudillos se me pusieron blancos sobre el timón.
**Lucía** ¿Y por qué has venido tan lejos? ¿Por qué no has mirado bien la marea? —su voz se quebró, no de llanto, sino de rabia.
**Yo** —grité sobre el viento—. ¡Porque esto es el mar, Lucía! ¡No es un parking! ¡No puedes aparcar cuando te da la gana!
El primer rayo partió el cielo a unos doscientos metros. No tuvimos tiempo de contarlo. El trueno llegó después, un crujido profundo que nos sacudió desde los pies. La tormenta se desató en un abrir y cerrar de ojos. La lluvia no caía; nos golpeaba en diagonal, helada, salada. Yo abrí la caja de plástico bajo el asiento. Dentro, el salvavidas anaranjado y el chubasquero gris. Se lo lancé a ella sin mirar.
**Yo** ¡Ponte esto! ¡Ahora!
Lucía obedeció, pero sus manos temblaban tanto que el chubasquero se le enredó. Yo me puse el mío de un tirón, el salvavidas ya ceñido al pecho. La cubierta empezó a inclinarse bajo nuestros pies.
**Lucía** ¡Esto es una locura! ¡No podemos quedarnos aquí!
**Yo** ¡Pues agarra algo y no sueltes! —Mis ojos escaneaban el mar, buscando una sombra, una línea oscura, cualquier cosa que fuera tierra. Solo había olas, cada vez más altas, más sucias.
Una ola nos embistió de lado, levantando la proa como si fuéramos de papel. Lucía perdió el equilibrio, y el teléfono salió volando de sus manos. Lo vimos caer al agua. Un rectángulo negro que se hundió en la espuma blanca y desapareció.
**Lucía** ¡Me cago en todo! —gritó, y su voz se ahogó en el viento—. ¡Joder! ¡No puede estar pasando esto!
**Yo** —le dije, pero mis palabras sonaron extrañas, lejanas, como si vinieran de otra persona—. ¡Te compraré otro mejor! ¡Ahora agárrate a la barandilla y busca tierra!
Lucía seguía maldiciendo, insultando al mar, al barco, a mí. Palabras que no eran suyas, o tal vez sí, todas esas palabras que había guardado durante años. La rabia por el teléfono no era solo por el dispositivo. Era por las fotos, los mensajes, el mundo entero que ella había construido allí dentro, y que ahora se estaba hundiendo en el abismo gris. Yo no podía mirarla. Tenía que encontrar la costa. Teníamos que sobrevivir a esta hora. Después, si sobrevivíamos, habría tiempo para hablar. O para no hablar. Como siempre hacíamos.
El viento se convirtió en un grito constante que no se detenía. Las olas golpeaban el casco del barco con una furia ciega, cada impacto más fuerte que el anterior, como si el mar quisiera abrirnos desde abajo. Mantenia las manos en el timón con una fuerza que te arrancaba el sudor incluso bajo la lluvia fría. El motor zumbaba en la marcha ocho, tambaleándose entre oleadas, y tú sabías que si se apagaba todo terminaba ahí mismo.
**Yo** ¡A la izquierda! —gritaste cuando una ola masiva levantó la proa casi vertical—. ¡Lucía, agárrate al asiento!
**Lucía** ¡Y tú agarra el timón como es! —respondió, aferrándose con ambas manos a la barandilla trasera, el chubasquero despegado por un lado, el pelo pegado al rostro—. ¡Llevamos una hora dando vueltas en círculos!
**Yo** ¡No estamos dando vueltas en círculos! ¡Estamos intentando sobrevivir!
**Lucía** ¡Pues lo estás haciendo fatal!
Las horas se arrastraron como heridas. No había forma de medir el tiempo. El sol desapareció detrás de las nubes y el cielo se volvió un techo de plomo bajo el que todo se comprimía — el mar, el barco, los dos cuerpos encogidos sobre la cubierta. La lluvia no paraba. Entraba por todos los sitios: por el cuello del chubasquero, por debajo del asiento, por los ojos cuando girabas la cabeza. sentia el agua salada en los labios, en las heridas pequeñas de los nudillos, en cada grieta de la piel.
**Lucía** —gimió, apretando los dientes—. ¡Estoy congelada! ¡No puedo más!

**Yo** —Le respondiste sin mirarla, porque si la mirabas perdías el timón—. ¡Aguanta! ¡Es solo agua!
**Lucía** —Sus ojos se abrieron con una ferocidad que no le habías visto nunca—. ¡No es solo agua, padre! ¡Es una tormenta de mierda y no sabemos dónde estamos! ¡Llevamos horas perdidos!

Tú no contestaste. No podías. Porque tenía razón. La brújula del barco, una de esas magnéticas baratas que habías comprado en el puerto, temblaba sin decidirse. El motor hacía ruidos que no debería hacer. Y la costa seguía invisible, tragada por la oscuridad que empezaba a cerrarse desde todos los lados.
La noche cayó como una puerta que se cierra. De repente, no había horizonte, no había cielo, no había mar. Solo oscuridad absoluta y el sonido ensordecedor de las olas rompiendo contra el casco. giraba el timón a ciegas, siguiendo instinto, sabiendo que el instinto era poco pero que no tenías nada más. Lucía se había quedado callada hace rato. No de calma, sino de agotamiento. Sus manos temblaban sobre la barandilla, y de vez en cuando sus dedos se aferraban con tanta fuerza a la pintura descascarada que le quedaban astillas en la carne.
**Lucía** —Su voz sonó pequeña, casi infantil, perdida bajo el rugido del viento—. ¿Vamos a morir?
**Yo** —La respuesta te quemó la garganta antes de salir—. No. No vamos a morir.
No estabas seguro de eso. Pero era lo único que podías decir. El mar seguía golpeando, la oscuridad seguía creciendo, y seguía girando el timón hacia un destino que no existía, confiando en que algún momento algo apareciera. Una roca. Una luz. Cualquier cosa que no fuera esta nada infinita y violenta que los rodeaba. Lucía volvió a aferrarse al borde, y tú sentiste el peso de sus ojos en tu espalda — ese silencio que significaba que te estaba culpando y agradeciéndote al mismo tiempo por seguir intentándolo.
El motor murió a las dos de la madrugada. No fue un apagón súbito, sino algo peor: un gargalloo lento, un tartamudeo que se fue apagando como una vela bajo la lluvia, hasta que el silencio lo reemplazó por completo. El barco dejó de avanzar y el mar lo notó de inmediato. Sin la fuerza del motor, el casco se convirtió en una hoja muerta flotando entre bestias. Las olas lo sacudían sin dirección, empujándolo hacia donde les daba la gana.
Me quedé de pie con las manos en el timón, mirando el panel como si pudiera resucitar algo con la fuerza de los ojos. El indicador de combustible marcaba cero. No una línea roja, no una advertencia. Cero. Como si el depósito nunca hubiera existido. Retorcí la llave del motor y sentí el clic muerto de una máquina que ya no tiene nada que dar.
**Yo** Se nos acabó —dije, y mi voz sonó como si perteneciera a otro hombre, a alguien que no era yo.
Lucía no respondió. La vi encogida contra el asiento trasero, las rodillas contra el pecho, el chubasquero empapado pegado a su cuerpo como una segunda piel defectuosa. Sus labios se movían pero no salía nada. Estaba temblando. No con el temblor leve de quien tiene frío, sino con convulsiones profundas y rápidas que empiezan en el estómago y se suben por la columna vertebral hasta los dientes, que castañetean sin control. Su piel, esa piel morena clara que había estado tan dorada bajo el sol horas antes, se había vuelto grisácea, pálida, con un tono azulado en los labios y en las yemas de los dedos.
Me agaché frente a ella y le puse la mano en la frente. Estaba helada. No fría. Helada.
**Yo** —Mis dedos recorrieron su mejilla, forzándola a levantar la cara—. Lucía. Lucía, mírame.
Sus ojos encontraron los míos. Estaban vidriosos, desenfocados, como si estuviera viendo algo muy lejos o muy profundo dentro de mí. Un escalofrío más fuerte la recorrió entera, sacudiéndola como una hoja en tormenta.
**Lucía** —sus labios apenas se movían, y la palabra salió rota, entrecortada—. Estoy... estoy bien. Solo... tengo frío. Tengo mucho frío.
No estaba bien. Sabía que no estaba bien. Yo tenía cuarenta y ocho años, un cuerpo curtido, manos que habían trabajado bajo el sol y bajo la lluvia durante décadas. Ella tenía dieciocho, un cuerpo pequeño, una constitution que no estaba hecha para esto. El mar no perdona a los pequeños. El frío tampoco. La hipotermia no pregunta la edad. Y si Lucía seguía así, si su temperatura seguía bajando, cuando amaneciera no habría nadie a quien comprarle ese teléfono nuevo.
Abroché mi chubasquero por dentro y lo abrí por fuera, creando un espacio amplio. La atraje hacia mí sin pedir permiso, envolviéndola con mi cuerpo y con la tela. Ella resistió un segundo, un instinto automático de rebelión, pero después se dejó caer contra mi pecho como si fuera la cosa más natural del mundo. Su cuerpo temblaba contra el mío con una violencia que me dolía en los huesos. Mis brazos se cerraron a su alrededor y apreté.
**Yo** —le dije al oído, bajo el viento, bajo las olas, bajo la oscuridad—. Escúchame bien. No te vas a dormir. ¿Me oyes? No te duermas.
**Lucía** —asintió contra mi pecho, pero su cuerpo decía otra cosa. Los párpados se le caían, los músculos se le relajaban una a uno, como si el sueño la arrastrara hacia algo profundo y cálido del que tal vez no volvería—.
**Yo** —apreté los brazos con más fuerza, sintiendo el temblor de ella convertido en vibración contra mis costillas—. ¡Lucía! ¡Quédate despierta! ¡Habla conmigo!
Ella abrió los ojos. Me miró. Y en esa mirada vi algo que no había visto antes: miedo real, no el miedo fingido que usaba para manipularme cuando quería salir por la puerta, sino el miedo genuino de alguien que empieza a entender que el mundo es más grande y más indiferente de lo que nunca imaginó. Me aferré a ella con la desesperación silenciosa de un padre que sabe que ha fracasado en lo único que importaba, y que ahora está rogándole al mar que le dé una segunda oportunidad que no se merece.
La caja estanca. Estaba ahí, bajo el asiento del piloto, sellada con una goma negra que yo mismo había comprobado esa mañana cuando cargamos el barco. Contenía provisiones, ropa seca, una toalla, cosas que yo había empacado con la cabeza fría de un hombre que planea contingencias para un día de pesca normal. Mientras envolvía a Lucía con mis brazos, sintiendo su temblor convertirse en algo peor, algo rítmico y peligroso que empezaba a hacerse lento, mi mirada cayó sobre esa caja como si la viera por primera vez. Me entró una rabia tan intensa contra mí mismo que casi me saqué un diente con los colmillos.
Arranqué la tapa con las manos temblorosas. Dentro, todo estaba seco. Absolutamente seco. Ropa doblada con cuidado — una camiseta mía, unos pantalones de repuesto, la toalla de baño gris que siempre me acompaña. Comida envasada, bocadillos en papel, fruta envuelta en film. Todo intacto. Todo utilizable. Todo lo que debería haber sacado hacía una hora, cuando la lluvia paró y el mar se calmó un poco, cuando Lucía empezó a tiritar de verdad por primera vez. Pero no lo hice. Me quedé sentado con el motor muerto y la brújula inútil, mirando la oscuridad como si pudiera resolver algo con la mirada, como si ser padre consistiera en aparentar control en lugar de usar la cabeza.
**Yo** —murmuré, más para mí que para ella—. Soy un idiota.
Lucía no respondió. Su cuerpo seguía contra el mío, pero ya no temblaba con la misma fuerza. Los escalofríos se habían espaciado, haciéndose más profundos, más lentos, como si su cuerpo estuviera rendido, dejando de luchar contra el frío y empezando a rendirse ante él. Eso era peor. Eso era mucho peor. Saqué la camiseta de la caja y la toalla con una mano, manteniendo a Lucía pegada a mí con la otra. La envolví en la tela seca, primero los hombros, luego el torso, apretando la toalla alrededor de su cabeza como si fuera un turbante improvisado.
**Yo** —le dije, quitándole el chubasquero empapado de los hombros con cuidado—. Lucía, voy a ponerte ropa seca. Aguanta un momento.
Sus dedos se aferraron a mi muñeca con una fuerza que no esperaba. No me dejó avanzar. Me miró con esos ojos grises bajo la luz de nada, y por un segundo vi a mi hija de doce años, la que se escondía bajo las sábanas cuando la tormenta caía sobre la casa, la que no decía nada pero sus manos buscaban las mías en la oscuridad.
**Lucía** —sus labios se formaron en algo que quería ser una frase—. No... no te vayas.
**Yo** —Le cubrí la cabeza con la toalla y la acuné contra mi pecho—. No me voy a ningún sitio. Estoy aquí. Estoy justo aquí.
Mientras la envolvía con la camiseta y los pantalones de repuesto, mi cerebro ya estaba trabajando en otra cosa. Miraba la punta del barco, la proa donde los cojines de fibra sintética estaban atados con cordeles viejos. Eran material inflamable — no fácilmente, pero inflamable. La toalla que ahora cubría la cabeza de Lucía era de algodón grueso. Si prendía fuego a la toalla podía usarla como mecha para encender los cojines. El fuego no nos daría dirección, pero nos daría calor. Calor significaba que Lucía no moriría antes del amanecer. Y si la oscuridad tenía algún lado bueno, era que el humo sería visible desde lejos si es que había algún barco perdido como nosotros en esta zona de mierda.
Me arrastré hacia la proa sin soltar a Lucía, arrastrándola conmigo sobre la cubierta resbalosa. Mis dedos buscaron el encendedor que siempre llevo en el bolsillo trasero — uno de esos-baratos de gas que compré en una gasolinera hace meses. Lo saqué, lo encendí. La llama tembló bajo el viento pero se mantuvo. Miré la toalla. Miré a Lucía. Miré la oscuridad infinita que nos rodeaba por todos lados. Y encendí la punta de la toalla.
La llama tocó la fibra y no pasó nada. No durante los primeros diez minutos, que se sintieron como una hora. La humedad había empapado todo, las fibras goteaban bajo el calor, rezumando agua que chisporroteaba contra la llama viva. Pero el algodón de la toalla ardió con más fuerza, una mecha obstinada que se comía el tejido centímetro a centímetro, y cuando la llama alcanzó el interior seco del primer cojín, algo cambió. Un crepitar bajo, un siseo que se convirtió en un rugido suave, y de pronto los cojines de la proa empezaron a arder. No con violencia, no con la furia de un incendio real, sino con una paciencia lenta y determination, como si el fuego supiera que no tenía prisa ni competencia.
Me aparté de la llama, arrastrando a Lucía conmigo hacia la popa. El calor llegó como una ola tibia, golpeándonos la cara húmeda, secando los labios agrietados en segundos. Lucía cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra mi hombro, y sentí el temblor empezar a ceder, centímetro a centímetro, músculo a músculo, hasta que su cuerpo dejó de vibrar contra el mío y se quedó quieto. No dormido. Solo en calma. Sus dedos seguían aferrados a la tela de mi chubasquero con una fuerza que me marcó estrías rojas en la piel, pero ya no eran las garras de alguien que se ahoga. Eran las manos de alguien que se queda.
La oscuridad se fue disolviendo como tinta en agua. Primero apareció un gris sucio en el horizonte, luego un tono más claro, y después el sol se abrió paso entre las nubes rotas con una luz pálida pero real. El mar seguía moviéndose, pero ya no con la furia de la noche. Las olas eran más bajas, más lentas, como bestias agotadas. Abrí la caja estanca por segunda vez y saqué todo lo que quedaba: un par de bocadillos envueltos en papel, una manzana, dos botellas de agua. Lucía comió sin decir nada, masticando despacio, con los ojos fijos en la proa donde la llama seguía viva, alimentándose de los últimos restos de fibra. Le di la camisa seca ,tenia puestos una camiseta y unos pantalones cortos que encontré doblados al fondo de la caja. Debajo llevaba el bañador que se había puesto de mañana, ya seco, como un recordatorio de otra vida que había ocurrido hacía menos de veinticuatro horas .
Las horas pasaron sin evento. El barco derivaba. No había viento, o había demasiado, o el viento venía de todas partes a la vez — perdí la capacidad de distinguir. Yo me quedé sentado en la popa con los ojos en el horizonte, buscando una línea oscura, un punto, una promesa de tierra. No había nada. Solo mar en todas direcciones, un desierto azul que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. La manzana la comimos a medias. Yo dije que no tenía hambre. Lucía no me creyó, pero no discutió. Los bocadillos los partimos en trozos pequeños y los comimos despacio, como si cada mendrugo fuera el último.
El fuego de la proa se fue apagando solo. Los cojines se habían consumido en su mayoría, dejando cenizas negras y el olor acre de fibra quemada que se mezclaba con la sal del aire. La llama pasó de ser un rocío constante a un parpadeo intermitente, y después a un hilo débil que se sostenía en los últimos fragmentos de material seco. Cuando se apagó del todo, el humo siguió subiendo durante un rato, una columna gris y delgada que se perdía en el cielo como un dedo que señala hacia arriba. Miré esa columna y pensé que tal vez alguien la vería. Tal vez. Si es que había alguien mirando.
Serían las dos de la tarde. El sol estaba alto, aplastándonos con un calor que contradecía todo lo que había pasado horas antes. Lucía estaba sentada con las piernas cruzadas en la cubierta, la camisa mía rebullada hasta los codos, los pantalones cortos mojados por las olas que seguían salpicando el costado. Llevaba el pelo seco pero enredado, un nudo desordenado sobre la nuca. Me miró con esa expresión que no sabía leer — no era rabia, no era tristeza, era algo entre la resignación y el humor negro que aparece cuando la situacion es tan absurda que solo queda reírse.
**Lucía** —dijo, y su voz sonó extrañamente normal, como si estuviéramos en la cocina de casa esperando que el microondas acabara—. Tengo ganas de mear.
La miré. Ella me miró. El mar siguió moviéndose a nuestro alrededor como si no hubiera oído nada.
Continuará...
En el próximo capítulo: "La brisa del mar en su culito"
En Patreon están los capítulos siguientes ya escritos (17) y más de 50 imágenes de Lucía y imágenes explicitas.
Desde 4 € al mes: https://www.patreon.com/c/KaRelatos patreon.com/KaRelatos
Aqui no se subira la serie completa,voy avisando por si estais aqui esperando al final ,quiero meter videos y no poder añadirlo aqui le desmerece :/
— Elena (KaRelatos) :3
El barco no era grande. Un casco de fibra de vidrio blanca, motor fuera de borda, cubierta abierta con un toldo rasgado que apenas daba sombra. Apenas cabían las dos personas que ahora lo ocupaban, y el equipaje — bolsas de lona, una caja de plástico con provisiones, equipo de pesca cuidadosamente organizado por mis manos.
Yo,Juanjo Fernández tengo cuarenta y ocho años, aunque la gente solía restarme uno o dos. Vestía una camisa de manga larga con las mangas arremangadas hasta el codo, pantalón de trabajo ajustado, botas de suela blanda que no hacían ruido al caminar sobre la cubierta. Su cuerpo se movía con la eficiencia de alguien que ha trabajado con las manos toda su vida: sin gestos innecesarios, cada movimiento resuelto antes de ejecutarse.
Lucía Fernández su Hija,no tenía nada de eso.
Dieciocho años, recién terminada la ESO, universidad a partir de septiembre. Era el tipo de chica que acostumbraba a no ser el centro de la fiesta ,pero con su típico grupo de amigas donde todas quieren ser el foco de atencion, de estatura media-baja (1.54m), con una constitución que parece diseñada para pasar desapercibida. Huesos finos, clavículas marcadas bajo camisas holgadas. Pecho pequeño, caderas estrechas, glúteos poco prominentes — un cuerpo que no reclama espacio. Cabello negro azabache, ligeramente ondulado, que siempre parece haberse secado de forma apresurada. Ojos marrones oscuros, grandes, con esa cualidad de estar perpetuamente evaluando el entorno. Manos pequeñas con uñas cortadas a ras por nerviosismo o costumbre.

Llevaba el móvil en la mano desde que subió al barco.
**Lucia** —No hay cobertura aquí —dijo Juanjo sin mirarla, aflojando una cuerda del toldo.
**Yo**—Lo sé.
No abandonó el teléfono. Deslizaba el dedo por las fotos que había tomado ya — el puerto, el mar, ella misma con gafas de sol y poca ropa, el filtro adecuado. Nada subido todavía. No había red.
El motor cobró vida con un tartamudeo ronco que se asentó en un zumbido constante. maniobre la proa hacia mar abierto con la calma de quien ha hecho esto cien veces. Lucía se acomodó en la popa, las piernas colgando por el costado, cara hacia el sol.
No se habían mirado desde que subieron al barco.
Esto no era raro. No era hostil — simplemente era el modo en que existíamos juntos. yo hablaba cuando había algo que resolver. Lucía hablaba cuando tenía algo que la molestaba. En el barco, encerrados uno con el otro, ninguna de las dos condiciones se cumplía del todo.
La madre falleció cuando Lucía tenía doce. murió de un cáncer que se movía rápido y en silencio — los médicos dijeron meses y se quedaron en semanas. yo estuvo ahí durante todo el tiempo para su lucia pero , cada uno sufrió en una habitación diferente, con la puerta cerrada.
Después vino el silencio. Años de él.
yo Juanjo convert mi trabajo en mi refugio. Salía a las seis, volvía a las ocho. Los fines de semana arreglaba cosas de la casa que no estaban rotas. Lucía llenó el vacío con su teléfono, sus amigos, un mundo digital donde las cosas se podían controlar — la imagen, el ángulo, la narrativa. Ella eligió el nombre "Lucía" para sus redes. No usaba el apellido Fernández. Algunas cosas las hacía sin pensarlo..
Este viaje había sido idea mia.
**Yo**—Salgamos los dos un par de días —dijo, tan natural como si propusiera cambiar una bombilla—. Te llevo a pescar. Contra la playa. Te bronceas, te sacas fotos, yo pesco, Cada uno en lo suyo.
Lucía había dicho que sí porque la alternativa era quedarse en casa vacía una semana entera, o ir con sus amigas a una urbanización de la costa donde todo era piscina compartida y fotos iguales. Al menos aquí tendría algo diferente que mostrar.
Ahora, sentada en la popa con el sol en la cara y cero barra de señal, se preguntaba si había cometido un error.
**Lucia**—¿Cuánto falta? —preguntó sin girar la cabeza.
**Yo**—Dos horas. Quizá menos con este viento.
El viento venía del sureste, tibio, con olor a sal y algo vegetal — algo vivo. Lucía alzó el móvil y tomó una foto del horizonte. La revisó. Estaba bien. bastante bien la verdad.
Juanjo observaba el mar con una mano en el timón y la otra apoyada en la barra. Su rostro no decía nada. Pero sus ojos se movían — buscando, evaluando, calculando. No estaba relajado. Nunca estaba relajado. Estaba en modo trabajo, que era su modo de estar en el mundo.
El barco se alejaba del puerto. La costa se achicaba atrás. Delante, solo mar.
Recuerdo la sensación del timón vibrando bajo mi mano cuando alejamos el barco de la costa. El puerto se fue achicando a nuestras espaldas, y después el mar nos tragó enteros. No miré atrás. No era necesario. El mar tiene esa cualidad de absorber todo: el ruido, las formas, la familiaridad.
Yo sabía que iba a ser un día tranquilo. El viento era bueno, el motor funcionó sin problemas, y la luz del sol se deslizaba sobre el agua como una lámina dorada. Lucía se sentó en la popa con su móvil, haciendo fotos al horizonte, a la espuma, a ella misma con gafas de sol y la boca entreabierta. Yo no dije nada. Dejé que hiciera lo que quería. El plan era simple: ella broncea, yo pesca, cada uno en lo suyo.
Cuando llegamos a donde quería, anclé el barco y sacué las cañas. Lucía se tendió en la cubierta con los brazos extendidos, el rostro hacia el sol, y no volvió a hablar. Yo me concentré en la línea, en el anzuelo, en el movimiento del agua. Algunos peces picaron — pequeños, del tamaño de mi palma — pero los solté. No valía la pena mantenerlos. Lucía tomaba fotos mientras yo deshacía los nudos y volvía a lanzar.

Después comimos. Bocadillos que yo había preparado esa mañana en casa: pan de molde con queso y jamón, envueltos en papel de cocina. Lucía comió en silencio, sentada al borde del barco con las piernas colgando. Yo comí más despacio, mirando el mar, pensando en cosas que no importaban.
Me dormí después. Fue un sueño pesado, sin profundidad, el tipo de sueño que se tiene cuando el cuerpo está agotado pero la mente no puede desconectarse del todo. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando desperté, la luz había cambiado. El sol estaba bajando y el cielo se había vuelto gris. Lucía estaba despierta, con las manos en mis hombros, sacudiéndome.
"Que paso" — le dije, pero no con voz de padre, sino con la voz que uso cuando algo no está bien. Lucía miró el horizonte y yo hice lo mismo. No había tierra visible. Solo mar. El viento había cambiado de dirección. La marea nos había empujado lejos, más lejos de lo que habíamos calculado.
"No sé dónde estamos" — dijo Lucía. Su voz era corta, sin tono, como si estuviera diciendo algo que ya sabía. arranqué el motor y giré el timón hacia atrás. El motor tartamudeó, se quejó, y luego cobró vida. Pero el mar no era el mismo. Las olas eran más grandes, más irregulares, y el cielo se cerraba sobre nosotros como un puño.
El motor se elevó en un chillido de protesta cuando giré el timón hacia donde creí que estaba la costa. No lo sabía. El mar se había convertido en un sopo gráfico de gris y verde oscuro, y la línea del horizonte había desaparecido bajo una masa de nubes que se arrastraban hacia nosotros como un animal herido. Lucía se aferraba al borde de la cubierta, su teléfono todavía en la mano, la pantalla apagada.
**Yo** Tenemos que volver —dije, pero la palabra ya no tenía sentido. ¿Volver a dónde? Los nudillos se me pusieron blancos sobre el timón.
**Lucía** ¿Y por qué has venido tan lejos? ¿Por qué no has mirado bien la marea? —su voz se quebró, no de llanto, sino de rabia.
**Yo** —grité sobre el viento—. ¡Porque esto es el mar, Lucía! ¡No es un parking! ¡No puedes aparcar cuando te da la gana!
El primer rayo partió el cielo a unos doscientos metros. No tuvimos tiempo de contarlo. El trueno llegó después, un crujido profundo que nos sacudió desde los pies. La tormenta se desató en un abrir y cerrar de ojos. La lluvia no caía; nos golpeaba en diagonal, helada, salada. Yo abrí la caja de plástico bajo el asiento. Dentro, el salvavidas anaranjado y el chubasquero gris. Se lo lancé a ella sin mirar.
**Yo** ¡Ponte esto! ¡Ahora!
Lucía obedeció, pero sus manos temblaban tanto que el chubasquero se le enredó. Yo me puse el mío de un tirón, el salvavidas ya ceñido al pecho. La cubierta empezó a inclinarse bajo nuestros pies.
**Lucía** ¡Esto es una locura! ¡No podemos quedarnos aquí!
**Yo** ¡Pues agarra algo y no sueltes! —Mis ojos escaneaban el mar, buscando una sombra, una línea oscura, cualquier cosa que fuera tierra. Solo había olas, cada vez más altas, más sucias.
Una ola nos embistió de lado, levantando la proa como si fuéramos de papel. Lucía perdió el equilibrio, y el teléfono salió volando de sus manos. Lo vimos caer al agua. Un rectángulo negro que se hundió en la espuma blanca y desapareció.
**Lucía** ¡Me cago en todo! —gritó, y su voz se ahogó en el viento—. ¡Joder! ¡No puede estar pasando esto!
**Yo** —le dije, pero mis palabras sonaron extrañas, lejanas, como si vinieran de otra persona—. ¡Te compraré otro mejor! ¡Ahora agárrate a la barandilla y busca tierra!
Lucía seguía maldiciendo, insultando al mar, al barco, a mí. Palabras que no eran suyas, o tal vez sí, todas esas palabras que había guardado durante años. La rabia por el teléfono no era solo por el dispositivo. Era por las fotos, los mensajes, el mundo entero que ella había construido allí dentro, y que ahora se estaba hundiendo en el abismo gris. Yo no podía mirarla. Tenía que encontrar la costa. Teníamos que sobrevivir a esta hora. Después, si sobrevivíamos, habría tiempo para hablar. O para no hablar. Como siempre hacíamos.
El viento se convirtió en un grito constante que no se detenía. Las olas golpeaban el casco del barco con una furia ciega, cada impacto más fuerte que el anterior, como si el mar quisiera abrirnos desde abajo. Mantenia las manos en el timón con una fuerza que te arrancaba el sudor incluso bajo la lluvia fría. El motor zumbaba en la marcha ocho, tambaleándose entre oleadas, y tú sabías que si se apagaba todo terminaba ahí mismo.
**Yo** ¡A la izquierda! —gritaste cuando una ola masiva levantó la proa casi vertical—. ¡Lucía, agárrate al asiento!
**Lucía** ¡Y tú agarra el timón como es! —respondió, aferrándose con ambas manos a la barandilla trasera, el chubasquero despegado por un lado, el pelo pegado al rostro—. ¡Llevamos una hora dando vueltas en círculos!
**Yo** ¡No estamos dando vueltas en círculos! ¡Estamos intentando sobrevivir!
**Lucía** ¡Pues lo estás haciendo fatal!
Las horas se arrastraron como heridas. No había forma de medir el tiempo. El sol desapareció detrás de las nubes y el cielo se volvió un techo de plomo bajo el que todo se comprimía — el mar, el barco, los dos cuerpos encogidos sobre la cubierta. La lluvia no paraba. Entraba por todos los sitios: por el cuello del chubasquero, por debajo del asiento, por los ojos cuando girabas la cabeza. sentia el agua salada en los labios, en las heridas pequeñas de los nudillos, en cada grieta de la piel.
**Lucía** —gimió, apretando los dientes—. ¡Estoy congelada! ¡No puedo más!

**Yo** —Le respondiste sin mirarla, porque si la mirabas perdías el timón—. ¡Aguanta! ¡Es solo agua!
**Lucía** —Sus ojos se abrieron con una ferocidad que no le habías visto nunca—. ¡No es solo agua, padre! ¡Es una tormenta de mierda y no sabemos dónde estamos! ¡Llevamos horas perdidos!

Tú no contestaste. No podías. Porque tenía razón. La brújula del barco, una de esas magnéticas baratas que habías comprado en el puerto, temblaba sin decidirse. El motor hacía ruidos que no debería hacer. Y la costa seguía invisible, tragada por la oscuridad que empezaba a cerrarse desde todos los lados.
La noche cayó como una puerta que se cierra. De repente, no había horizonte, no había cielo, no había mar. Solo oscuridad absoluta y el sonido ensordecedor de las olas rompiendo contra el casco. giraba el timón a ciegas, siguiendo instinto, sabiendo que el instinto era poco pero que no tenías nada más. Lucía se había quedado callada hace rato. No de calma, sino de agotamiento. Sus manos temblaban sobre la barandilla, y de vez en cuando sus dedos se aferraban con tanta fuerza a la pintura descascarada que le quedaban astillas en la carne.
**Lucía** —Su voz sonó pequeña, casi infantil, perdida bajo el rugido del viento—. ¿Vamos a morir?
**Yo** —La respuesta te quemó la garganta antes de salir—. No. No vamos a morir.
No estabas seguro de eso. Pero era lo único que podías decir. El mar seguía golpeando, la oscuridad seguía creciendo, y seguía girando el timón hacia un destino que no existía, confiando en que algún momento algo apareciera. Una roca. Una luz. Cualquier cosa que no fuera esta nada infinita y violenta que los rodeaba. Lucía volvió a aferrarse al borde, y tú sentiste el peso de sus ojos en tu espalda — ese silencio que significaba que te estaba culpando y agradeciéndote al mismo tiempo por seguir intentándolo.
El motor murió a las dos de la madrugada. No fue un apagón súbito, sino algo peor: un gargalloo lento, un tartamudeo que se fue apagando como una vela bajo la lluvia, hasta que el silencio lo reemplazó por completo. El barco dejó de avanzar y el mar lo notó de inmediato. Sin la fuerza del motor, el casco se convirtió en una hoja muerta flotando entre bestias. Las olas lo sacudían sin dirección, empujándolo hacia donde les daba la gana.
Me quedé de pie con las manos en el timón, mirando el panel como si pudiera resucitar algo con la fuerza de los ojos. El indicador de combustible marcaba cero. No una línea roja, no una advertencia. Cero. Como si el depósito nunca hubiera existido. Retorcí la llave del motor y sentí el clic muerto de una máquina que ya no tiene nada que dar.
**Yo** Se nos acabó —dije, y mi voz sonó como si perteneciera a otro hombre, a alguien que no era yo.
Lucía no respondió. La vi encogida contra el asiento trasero, las rodillas contra el pecho, el chubasquero empapado pegado a su cuerpo como una segunda piel defectuosa. Sus labios se movían pero no salía nada. Estaba temblando. No con el temblor leve de quien tiene frío, sino con convulsiones profundas y rápidas que empiezan en el estómago y se suben por la columna vertebral hasta los dientes, que castañetean sin control. Su piel, esa piel morena clara que había estado tan dorada bajo el sol horas antes, se había vuelto grisácea, pálida, con un tono azulado en los labios y en las yemas de los dedos.
Me agaché frente a ella y le puse la mano en la frente. Estaba helada. No fría. Helada.
**Yo** —Mis dedos recorrieron su mejilla, forzándola a levantar la cara—. Lucía. Lucía, mírame.
Sus ojos encontraron los míos. Estaban vidriosos, desenfocados, como si estuviera viendo algo muy lejos o muy profundo dentro de mí. Un escalofrío más fuerte la recorrió entera, sacudiéndola como una hoja en tormenta.
**Lucía** —sus labios apenas se movían, y la palabra salió rota, entrecortada—. Estoy... estoy bien. Solo... tengo frío. Tengo mucho frío.
No estaba bien. Sabía que no estaba bien. Yo tenía cuarenta y ocho años, un cuerpo curtido, manos que habían trabajado bajo el sol y bajo la lluvia durante décadas. Ella tenía dieciocho, un cuerpo pequeño, una constitution que no estaba hecha para esto. El mar no perdona a los pequeños. El frío tampoco. La hipotermia no pregunta la edad. Y si Lucía seguía así, si su temperatura seguía bajando, cuando amaneciera no habría nadie a quien comprarle ese teléfono nuevo.
Abroché mi chubasquero por dentro y lo abrí por fuera, creando un espacio amplio. La atraje hacia mí sin pedir permiso, envolviéndola con mi cuerpo y con la tela. Ella resistió un segundo, un instinto automático de rebelión, pero después se dejó caer contra mi pecho como si fuera la cosa más natural del mundo. Su cuerpo temblaba contra el mío con una violencia que me dolía en los huesos. Mis brazos se cerraron a su alrededor y apreté.
**Yo** —le dije al oído, bajo el viento, bajo las olas, bajo la oscuridad—. Escúchame bien. No te vas a dormir. ¿Me oyes? No te duermas.
**Lucía** —asintió contra mi pecho, pero su cuerpo decía otra cosa. Los párpados se le caían, los músculos se le relajaban una a uno, como si el sueño la arrastrara hacia algo profundo y cálido del que tal vez no volvería—.
**Yo** —apreté los brazos con más fuerza, sintiendo el temblor de ella convertido en vibración contra mis costillas—. ¡Lucía! ¡Quédate despierta! ¡Habla conmigo!
Ella abrió los ojos. Me miró. Y en esa mirada vi algo que no había visto antes: miedo real, no el miedo fingido que usaba para manipularme cuando quería salir por la puerta, sino el miedo genuino de alguien que empieza a entender que el mundo es más grande y más indiferente de lo que nunca imaginó. Me aferré a ella con la desesperación silenciosa de un padre que sabe que ha fracasado en lo único que importaba, y que ahora está rogándole al mar que le dé una segunda oportunidad que no se merece.
La caja estanca. Estaba ahí, bajo el asiento del piloto, sellada con una goma negra que yo mismo había comprobado esa mañana cuando cargamos el barco. Contenía provisiones, ropa seca, una toalla, cosas que yo había empacado con la cabeza fría de un hombre que planea contingencias para un día de pesca normal. Mientras envolvía a Lucía con mis brazos, sintiendo su temblor convertirse en algo peor, algo rítmico y peligroso que empezaba a hacerse lento, mi mirada cayó sobre esa caja como si la viera por primera vez. Me entró una rabia tan intensa contra mí mismo que casi me saqué un diente con los colmillos.
Arranqué la tapa con las manos temblorosas. Dentro, todo estaba seco. Absolutamente seco. Ropa doblada con cuidado — una camiseta mía, unos pantalones de repuesto, la toalla de baño gris que siempre me acompaña. Comida envasada, bocadillos en papel, fruta envuelta en film. Todo intacto. Todo utilizable. Todo lo que debería haber sacado hacía una hora, cuando la lluvia paró y el mar se calmó un poco, cuando Lucía empezó a tiritar de verdad por primera vez. Pero no lo hice. Me quedé sentado con el motor muerto y la brújula inútil, mirando la oscuridad como si pudiera resolver algo con la mirada, como si ser padre consistiera en aparentar control en lugar de usar la cabeza.
**Yo** —murmuré, más para mí que para ella—. Soy un idiota.
Lucía no respondió. Su cuerpo seguía contra el mío, pero ya no temblaba con la misma fuerza. Los escalofríos se habían espaciado, haciéndose más profundos, más lentos, como si su cuerpo estuviera rendido, dejando de luchar contra el frío y empezando a rendirse ante él. Eso era peor. Eso era mucho peor. Saqué la camiseta de la caja y la toalla con una mano, manteniendo a Lucía pegada a mí con la otra. La envolví en la tela seca, primero los hombros, luego el torso, apretando la toalla alrededor de su cabeza como si fuera un turbante improvisado.
**Yo** —le dije, quitándole el chubasquero empapado de los hombros con cuidado—. Lucía, voy a ponerte ropa seca. Aguanta un momento.
Sus dedos se aferraron a mi muñeca con una fuerza que no esperaba. No me dejó avanzar. Me miró con esos ojos grises bajo la luz de nada, y por un segundo vi a mi hija de doce años, la que se escondía bajo las sábanas cuando la tormenta caía sobre la casa, la que no decía nada pero sus manos buscaban las mías en la oscuridad.
**Lucía** —sus labios se formaron en algo que quería ser una frase—. No... no te vayas.
**Yo** —Le cubrí la cabeza con la toalla y la acuné contra mi pecho—. No me voy a ningún sitio. Estoy aquí. Estoy justo aquí.
Mientras la envolvía con la camiseta y los pantalones de repuesto, mi cerebro ya estaba trabajando en otra cosa. Miraba la punta del barco, la proa donde los cojines de fibra sintética estaban atados con cordeles viejos. Eran material inflamable — no fácilmente, pero inflamable. La toalla que ahora cubría la cabeza de Lucía era de algodón grueso. Si prendía fuego a la toalla podía usarla como mecha para encender los cojines. El fuego no nos daría dirección, pero nos daría calor. Calor significaba que Lucía no moriría antes del amanecer. Y si la oscuridad tenía algún lado bueno, era que el humo sería visible desde lejos si es que había algún barco perdido como nosotros en esta zona de mierda.
Me arrastré hacia la proa sin soltar a Lucía, arrastrándola conmigo sobre la cubierta resbalosa. Mis dedos buscaron el encendedor que siempre llevo en el bolsillo trasero — uno de esos-baratos de gas que compré en una gasolinera hace meses. Lo saqué, lo encendí. La llama tembló bajo el viento pero se mantuvo. Miré la toalla. Miré a Lucía. Miré la oscuridad infinita que nos rodeaba por todos lados. Y encendí la punta de la toalla.
La llama tocó la fibra y no pasó nada. No durante los primeros diez minutos, que se sintieron como una hora. La humedad había empapado todo, las fibras goteaban bajo el calor, rezumando agua que chisporroteaba contra la llama viva. Pero el algodón de la toalla ardió con más fuerza, una mecha obstinada que se comía el tejido centímetro a centímetro, y cuando la llama alcanzó el interior seco del primer cojín, algo cambió. Un crepitar bajo, un siseo que se convirtió en un rugido suave, y de pronto los cojines de la proa empezaron a arder. No con violencia, no con la furia de un incendio real, sino con una paciencia lenta y determination, como si el fuego supiera que no tenía prisa ni competencia.
Me aparté de la llama, arrastrando a Lucía conmigo hacia la popa. El calor llegó como una ola tibia, golpeándonos la cara húmeda, secando los labios agrietados en segundos. Lucía cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra mi hombro, y sentí el temblor empezar a ceder, centímetro a centímetro, músculo a músculo, hasta que su cuerpo dejó de vibrar contra el mío y se quedó quieto. No dormido. Solo en calma. Sus dedos seguían aferrados a la tela de mi chubasquero con una fuerza que me marcó estrías rojas en la piel, pero ya no eran las garras de alguien que se ahoga. Eran las manos de alguien que se queda.
La oscuridad se fue disolviendo como tinta en agua. Primero apareció un gris sucio en el horizonte, luego un tono más claro, y después el sol se abrió paso entre las nubes rotas con una luz pálida pero real. El mar seguía moviéndose, pero ya no con la furia de la noche. Las olas eran más bajas, más lentas, como bestias agotadas. Abrí la caja estanca por segunda vez y saqué todo lo que quedaba: un par de bocadillos envueltos en papel, una manzana, dos botellas de agua. Lucía comió sin decir nada, masticando despacio, con los ojos fijos en la proa donde la llama seguía viva, alimentándose de los últimos restos de fibra. Le di la camisa seca ,tenia puestos una camiseta y unos pantalones cortos que encontré doblados al fondo de la caja. Debajo llevaba el bañador que se había puesto de mañana, ya seco, como un recordatorio de otra vida que había ocurrido hacía menos de veinticuatro horas .
Las horas pasaron sin evento. El barco derivaba. No había viento, o había demasiado, o el viento venía de todas partes a la vez — perdí la capacidad de distinguir. Yo me quedé sentado en la popa con los ojos en el horizonte, buscando una línea oscura, un punto, una promesa de tierra. No había nada. Solo mar en todas direcciones, un desierto azul que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. La manzana la comimos a medias. Yo dije que no tenía hambre. Lucía no me creyó, pero no discutió. Los bocadillos los partimos en trozos pequeños y los comimos despacio, como si cada mendrugo fuera el último.
El fuego de la proa se fue apagando solo. Los cojines se habían consumido en su mayoría, dejando cenizas negras y el olor acre de fibra quemada que se mezclaba con la sal del aire. La llama pasó de ser un rocío constante a un parpadeo intermitente, y después a un hilo débil que se sostenía en los últimos fragmentos de material seco. Cuando se apagó del todo, el humo siguió subiendo durante un rato, una columna gris y delgada que se perdía en el cielo como un dedo que señala hacia arriba. Miré esa columna y pensé que tal vez alguien la vería. Tal vez. Si es que había alguien mirando.
Serían las dos de la tarde. El sol estaba alto, aplastándonos con un calor que contradecía todo lo que había pasado horas antes. Lucía estaba sentada con las piernas cruzadas en la cubierta, la camisa mía rebullada hasta los codos, los pantalones cortos mojados por las olas que seguían salpicando el costado. Llevaba el pelo seco pero enredado, un nudo desordenado sobre la nuca. Me miró con esa expresión que no sabía leer — no era rabia, no era tristeza, era algo entre la resignación y el humor negro que aparece cuando la situacion es tan absurda que solo queda reírse.
**Lucía** —dijo, y su voz sonó extrañamente normal, como si estuviéramos en la cocina de casa esperando que el microondas acabara—. Tengo ganas de mear.
La miré. Ella me miró. El mar siguió moviéndose a nuestro alrededor como si no hubiera oído nada.
Continuará...
En el próximo capítulo: "La brisa del mar en su culito"
En Patreon están los capítulos siguientes ya escritos (17) y más de 50 imágenes de Lucía y imágenes explicitas.
Desde 4 € al mes: https://www.patreon.com/c/KaRelatos patreon.com/KaRelatos
Aqui no se subira la serie completa,voy avisando por si estais aqui esperando al final ,quiero meter videos y no poder añadirlo aqui le desmerece :/
— Elena (KaRelatos) :3
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