Llevaba meses sintiéndome vacía desde que mi esposo murió. Treinta y ocho años, viuda, con un hijo adolescente que no entendía por qué su padre ya no estaba. Mi vida se había reducido a trabajo, casa, y la preocupación constante por mi chico.
Esa tarde lo vi. Cuatro tipos rodeándolo cerca del parque. Eran más grandes, corpulentos, con esa arrogancia estúpida de los matones que creen que el mundo les debe algo. Mi hijo parecía un conejo atrapado.
—¡Oye! ¡Déjenlo en paz, hijos de puta! —grité acercándome, con las tetas rebotando bajo la blusa y la falda corta ondeando.
Se voltearon. Cuatro pares de ojos me recorrieron desde los tacones hasta el pelo. Sentí sus miradas como manos lamiendo mi cuerpo.
—Mira nomás, la puta de tu mamá viene al rescate —soltó el alto, con una sonrisa de mierda.
—Seguro viene buscando verga, el marido ya no está para darle —añadió otro, moreno y con los brazos tatuados.
Los insultos me golpearon pero... joder, algo raro pasó. Mi corazón aceleró, no de miedo, sino de... ¿excitación? Sentí calor subiendo por mis muslos, humedad entre las piernas. Era degradante, asqueroso, pero mi cuerpo traicionero respondió a la humillación.
—Está bien buena para ser una madre soltera —dijo el tercero, acercándose—. Seguro está tan desesperada que se abre las piernas por cualquier cosa.

Quise decir algo, defender mi dignidad, pero mi boca se secó. Mi mente se nubló con imágenes sucias. ¿Qué carajos me pasaba?
—Vamos a comprobarlo —murmuró el cuarto, el de aspecto más rudo.
Antes de que pudiera reaccionar, su mano se deslizó bajo mi falda. Sentí sus dedos tocando mi braga, apartando la tela húmeda, rozando mi clítoris. Era brusco, dominante, público. Estábamos en la calle, gente pasaba a lo lejos, y este cabrón me estaba tocando la concha como si fuera suya.
—Está mojadísima, puta —gruñó contra mi oído—. Te gusta que te traten como basura, ¿verdad?
Mis piernas temblaron. Intenté empujarlo, pero mi cuerpo traicionero se arqueó hacia su mano. Sus dedos frotaron con fuerza, circulares, brutales. Sentí el orgasmo subir con una rapidez vergonzosa.
—No... espera... —gemí, pero era inútil.
Me corrí como una puta en la acera. Mi cuerpo se convulsionó, mis fluidos mojaron su mano, un gemido escapó de mi garganta sin control. La vergüenza debería haberme consumido, pero solo quería más.
—Llévensela —ordenó el alto.
No recuerdo cómo llegamos a mi casa. Todo fue borroso, mi mente nublada por la excitación y la vergüenza. Lo siguiente que supe fue que estaba en mi sala, arrodillada en mi propia alfombra, con cuatro vergas duras frente a mi cara.
Mi hijo estaba ahí, sentado en la silla, amordazado, con los ojos desorbitados de horror.
—Mira, mamá —dijo el moreno, agarrando mi pelo y obligándome a mirar a mi hijo—. Va a ver cómo su puta madre se convierte en nuestra perra personal.
—Por favor, no delante de él... —supliqué, aunque mi voz sonía ronca, excitada.
—Cállate y abre la boca, zorra.
Me obligaron a chuparlas una por una. Cuatro vergas diferentes, sabores distintos, precum salado inundando mi paladar. Me ahogaba, me escupían, me llamaban puta, zorra, madre caliente, viuda barata. Y yo gemía como una perra en celo.


El primero me tomó por detrás, clavándose en mi coño empapado sin piedad. Me estiraba, me llenaba, me follaba con fuerza brutal mientras otro me agarraba la cabeza y me metía su polla hasta la garganta.
—Mira a tu mamá, cabrón —gritaban a mi hijo—. ¡Mira cómo disfruta la puta!
Y era cierto. Estaba siendo humillada, violada, expuesta ante mi propio hijo... y nunca había estado tan excitada. Mi coño chorreaba, mis tetas rebotaban con cada embestida, gemía como una pornstar profesional.
—Más duro, hijos de puta... —grité entre jadeos—. Follen a esta viuda puta... denme toda su leche...
Me dieron por todos lados. Doble penetración, verga en la boca, manos en mis tetas, dedos en mi culo. Era una montaña de carne sudorosa, usada como un simple agujero para su placer.
—¡Me voy a venir en esta zorra! —gritó uno.
—¡En su cara, que su hijo vea! —ordenó otro.
Me arrodillaron frente a ellos. Cuatro vergas se masturbaron sobre mi rostro. Me cubrieron de semen, chorros calientes salpicando mi cara, mi pelo, mis tetas. Era un desastre blanco y pegajoso, y yo abría la boca como una puta agradecida, tragando lo que podía.


—Puta de mierda... —jadeaban, restregando sus vergas en mi cara cubierta.
Me dejaron ahí, desplomada en el suelo, llena de semen, con el coño palpitante y el corazón desbocado. Mi hijo seguía ahí, testigo mudo de cómo su madre se había convertido en la perra de cuatro matones.
Y lo peor... lo más vergonzoso... es que ya quería la segunda parte.
No pasaba un día sin que alguno de ellos tocara mi puerta. A veces eran los cuatro, a veces solo dos, y en ocasiones uno solo venía a "revisar" que su perra estuviera en condiciones. Mi casa dejó de ser mi hogar; se convirtió en su burdel personal, en su establo para esta yegua en celo.
Al principio me resistía, claro. Pero la verdad es que mi cuerpo traicionero se acostumbró rápido a ser usado. Y ellos... esos cabrones descubrieron cómo romperme por completo.
—Desde hoy vas a usar esto, puta —dijo el alto un día, sacando un collar de cuero negro con pinchos plateados. Parecía de perro, pero con una placa que decía "ZORRA" en letras mayúsculas.

—No... por favor, no eso... —supliqué, aunque sentía el coño palpitar de anticipación.
Me lo pusieron alrededor del cuello, ajustándolo hasta que los pinchos rozaban mi piel. Luego conectaron una cadena gruesa, como las de los perros grandes, y me arrastraron por la casa desnuda.
—Ahora eres nuestra perra de casa —explicó el moreno, tirando de la cadena para obligarme a caminar a cuatro patas—. Y una perra no necesita ropa.
Me obligaron a desvestirme completamente. Desde ese día, andaba desnuda por mi propia casa, con el collar apretado en el cuello y la cadena colgando, tintineando con cada movimiento. Me sentía expuesta, degradada, convertida en un objeto... y me masturbaba en secreto pensando en mi propia humillación.
Pero lo peor era lo de los videos.
—Sonríe para la cámara, zorra —ordenaban, sacando sus celulares mientras me follaban.
Me grababan en todas las posiciones: con la boca llena de verga, con el coño abierto recibiendo embestidas, con el culo estirado por dos pollas al mismo tiempo. Me hacían decir cosas horribles, confesar que era una puta, que necesitaba ser follada por adolescentes, que mi hijo significaba menos que su semen.

—Dile a tu hijo quién eres —exigían, apuntando la cámara a mi cara cubierta de sudor y semen.
—Soy... soy una puta, hijo —balbuceaba, con la voz quebrada por los gemidos—. La perra de tus amigos... me encanta que me usen como basura... ven a ver cómo me llenan de leche...
Luego enviaban esos videos a mi hijo. Sabía que los recibía porque a veces escuchaba su teléfono vibrar mientras me tenían en la habitación de al lado, escuchándome gritar. Los videos mostraban cada detalle: cómo me corría como una perra con solo cuatro palabras sucias, cómo suplicaba por más verga, cómo me convertía en un desastre de fluidos y gemidos.
—Tu hijo vio el de ayer —bromeaban mientras me penetraban—. Dice que su mamá es la zorra más caliente del barrio. Seguro se masturba viéndote, puta.
La idea debería haberme enfermado, pero solo hacía que mi coño se apretara más alrededor de sus vergas. Era una espiral descendente de degradación, y yo estaba demasiado excitada para querer salir.
La cadena me arrastraba de habitación en habitación. Comía de un plato en el suelo, bebía agua de un bowl, y cuando alguno quería follar, simplemente me jalaba de la cadena hasta donde le diera la gana: en la cocina, en el baño, en el jardín donde los vecarios podrían vernos.
—Ladra, perra —ordenaban.
—Guau... guau... —jadeaba, con la lengua fuera, mientras me montaban como a una perra de verdad.


Mi hijo me veía así. Desnuda, con el collar, siendo arrastrada por cuatro tipos que lo habían hecho llorar. Ahora él lloraba de vergüenza mientras yo gemía de placer, convertida en la puta más barata del condado, y cada video que enviaban era otra prueba de que Scarlet, la viuda respetable, había muerto... y en su lugar quedaba solo esta zorra insaciable que se corría con la humillación.
Los videos ya no tenían límites. Mi humillación privada se había convertido en un espectáculo público, una película porno callejera donde yo era la única estrella, la puta principal que se entregaba a cuatro vergas en cualquier rincón de la ciudad.
—Hoy te vamos a estrenar en el parque, zorra —anunció el tatuado una mañana, jalando mi cadena hasta que el collar casi me ahogaba.
Me llevaron vestida, sí, pero con la ropa más provocativa que poseía: una falda microscópica que apenas cubría mi culo, una blusa transparente sin sostén, y tacones de puta. Parecía una prostituta de mala muerte, y eso era exactamente lo que querían.


El parque estaba lleno de gente. Familias, niños, parejas paseando. Me arrastraron hasta los arbustos más apartados, pero lo suficientemente cerca para que cualquiera que pasara pudiera ver.
—A cuatro patas, perra —ordenaron, y obedecí sin pensar.
Me follaron allí, entre la hierba y la tierra. Uno detrás, metiéndome en el coño con fuerza brutal; otro obligándome a chupar su verga hasta las bolas; los otros dos se turnaban para grabar cada detalle con sus celulares. Mi cara de placer, mis tetas rebotando, mi falda levantada mostrando cómo una madre de treinta y ocho años era usada como una puta barata en pleno día.
—Mira a esa señora —gritaban para que los transeúntes escucharan—. ¡Es una madre soltera desesperada por verga de jóvenes!
Escuchaba risas, susurros horrorizados, algunos se quedaban a mirar desde lejos. Me corrí con la vergüenza de ser vista, con la humillación de que extraños presenciaran mi degradación. Mi orgasmo resonó entre los árboles, un gemido de puta en celo que alertó a medio parque.
Luego fue el baño público de la estación de tren. Me metieron en el cubículo de hombres, me arrodillaron en el piso asqueroso, y me dieron por el culo mientras viajeros entraban a mear al lado. Los videos capturaban mi cara contra la pared del baño, la boca abierta en gemidos ahogados, el sonido de nalgas golpeando contra mi cuerpo.
—Dile hola a tu hijo —susurraban, apuntando la cámara a mi cara descompuesta por el placer.
—Hijo... tu mamá está siendo follada como basura en un baño público... —jadeaba, escupiendo las palabras entre embestidas—. Estoy llena de verga... me encanta... envío este video para que veas lo puta que soy...
Cada lugar de la ciudad se convirtió en su escenario: el estacionamiento del supermercado, donde me montaron en el asiento trasero de su carro con las piernas abiertas hacia la ventana; el cine, donde me obligaron a masturbarlos en la oscuridad mientras grababan mi mano moviéndose bajo la falda; la biblioteca, donde me agacharon entre las estanterías y me llenaron de semen en silencio, tratando de no alertar a la gente que leía cerca.
Regresaba a casa caminando, con las piernas temblorosas, el coño dolorido y chorreando. Mi cuello estaba cubierto de chupetones morados, marcas de posesión que ellos dejaban a propósito para que todos supieran que era propiedad de cuatro cabrones. Mis tetas tenían mordiscos, mi espalda arañazos, mi culo estaba rojo de nalgadas.
El olor me precedía. Olía a semen rancio, a sudor de hombres jóvenes, a sexo sin condón, a mi propia excitación mezclada con la de ellos. Era un olor animal, de zorra en celo, que impregnaba mi piel y mi ropa. Incluso después de bañarme, el aroma persistía, como si mi cuerpo se hubiera convertido en un imán para la putrefacción del placer sucio.
Mi hijo me veía llegar así. Con la falda manchada, el pelo revuelto, la mirada vidriosa de quien ha sido usada durante horas. Los videos le llegaban instantáneamente a su teléfono: notificaciones con miniaturas de su madre siendo penetrada en un parque, o chupando verga en un callejón, o recibiendo semen en la cara en el estacionamiento de su propia escuela.
—¿Cómo te fue, puta? —me preguntaba el alto cuando ya estaba en casa, aunque sabía la respuesta.
—Bien... —suspiraba, tocándome los chupetones en el cuello—. Me follaron en tres lugares diferentes... hay videos de todo... tu hijo ya los debe tener...
—Y mañana iremos al centro comercial —planeaban, mientras me arrastraban por la cadena hacia mi habitación—. Vamos a hacer que chupes verga en el probador de ropa. Tu hijo recibirá notificaciones en tiempo real.
Me acostaba en mi cama, cubierta de marcas, oliendo a sexo y vergüenza, y ya anticipaba la mañana siguiente con el coño palpitante de excitación. Scarlet había desaparecido por completo. Solo quedaba esta pública, esta exhibicionista, esta puta de cuatro chicos que vivía para ser humillada y grabada.
Desaparecí por dos días enteros. Cuarenta y ocho horas en las que mi hijo no supo de mí, en las que mi casa permaneció vacía y silenciosa... pero su teléfono no dejó de vibrar. Notificación tras notificación, video tras video, cada hora llegaba una nueva prueba de lo que su madre estaba haciendo mientras él se preocupaba.
Estaba en el departamento de ellos. Un lugar mugriento, de solteros, con cervezas vacías por el suelo y el olor a marihuana impregnado en las paredes. Pero para mí se había convertido en mi nuevo hogar, mi lugar de servidumbre.
—Desde hoy eres nuestra sirvienta personal, puta —anunció el alto, arrojándome un paquete al pecho.
Era un disfraz de sirvienta francesa, de esos que usan las pornstars: falda negra ultracorta con volantes blancos, blusa transparente con corsé apretado que dejaba las tetas a punto de explotar, medias de red con liguero, y un gorrito ridículo con plumas.

Me lo puse y no me lo quité en dos días. Dormí con él, me bañé con él puesto (lo que me permitieron), comí arrodillada en el suelo con ese atuendo de zorra. Era su sirvienta, su esclava sexual, su propiedad para usar las veinticuatro horas.
—Limpia el baño, zorra —ordenaban, y yo fregaba el inodoro a cuatro patas mientras uno me levantaba la falda y me metía la verga sin avisar.

—Ven a servirnos la cena, puta —exigían, y yo llevaba la comida desnuda debajo del delantal, con el coño chorreando, para que me follaran sobre la mesa antes de que ellos comieran.
Les decía "amo". Cada vez que me dirigía a ellos, tenía que usar esa palabra. "Sí, amo", "Por favor, amo", "Fólleme, amo". Era degradante, servil, humillante... y me corría cada vez que la pronunciaba.
—¿Qué eres, sirvienta? —gritaban mientras me penetraban.
—Soy su sirvienta puta, amo —gemía, con el gorrito de sirvienta cayéndome sobre los ojos—. Su esclava sexual... su perra personal... uso mi cuerpo para su placer...
Los videos mostraban todo. A mí limpiando el piso con la lengua mientras me metían un cepillo por el culo. A mí sirviendo cervezas con la boca llena de semen. A mí durmiendo en un colchón en el suelo, atada con correas, con el disfraz arrugado y manchado de fluidos.

Mi hijo veía cómo su madre se había convertido en una esclava sexual completa, cómo obedecía órdenes vergonzosas, cómo llamaba "amo" a tipos que le hacían bullying.
Llegué a casa la tercera mañana. No entré como la mujer que había salido... entré como una prostituta de alto standing. Llevaba un vestido rojo que parecía pintura sobre mi cuerpo: escote profundo hasta el ombligo, falda que apenas cubría mi culo, espalda completamente descubierta, y tela tan ajustada que se marcaba cada curva, cada protuberancia de mi sexo.


Mis labios estaban pintados de rojo puta, los ojos delineados como los de una pornstar, el pelo revuelto de sexo. Los tacones eran de aguja, diez centímetros que hacían que mi culo se destacara aún más.
—Mira lo que trae tu mamá, cabrón —dijo el moreno empujándome por la puerta.
Mi hijo estaba ahí, pálido, con el teléfono en la mano lleno de notificaciones sin leer. Me vio entrar tambaleándome, oliendo a semen de cuatro hombres diferentes, con el disfraz de sirvienta metido en una bolsa de plástico que arrastraba como un trofeo de guerra.
—Hola, hijo —dije con voz ronca, ajustándome el vestido para que mis tetas quedaran más expuestas—. Mamá ha estado sirviendo a sus amos... ¿viste los videos?
—Está demasiado buena para ser tu madre —se burlaron ellos, manoseándome delante de él—. Ahora es nuestra puta de lujo. El vestido nos costó cincuenta dólares, pero vale cada centavo por verla así.
Me giraron hacia mi hijo, levantándome la falda para mostrarle que no llevaba bragas. Mi coño estaba hinchado, rojo, usado, chorreando el semen acumulado de dos días de servidumbre.
—Huele, cabrón —ordenaron—. Tu mamá huele a verga de verdad.
Y yo me quedé ahí, en mi propia sala, vestida como la prostituta más barata del barrio rojo, con el collar de perra todavía puesto debajo del vestido, lista para que comenzara la siguiente ronda de humillación. El disfraz de sirvienta había sido solo el principio... ahora era su puta de gala, y cada video nuevo sería más degradante que el anterior.
Los días de ausencia se convirtieron en semanas. Una vez estuve fuera cinco días seguidos, luego siete, hasta que mi hijo dejó de esperarme en casa. Mi vida se dividió en dos: los días donde era "madre" y las semanas donde desaparecía por completo, sumergida en un mar de vergas y humillación que mi hijo solo podía presenciar a través de la pantalla de su celular.
Los videos evolucionaron. Ya no eran simples grabaciones de sexo... eran producciones elaboradas, escenarios pensados para degradarme al máximo, cada uno más explícito que el anterior.
**El video de la cinta** llegó un martes por la noche. Mi hijo lo abrió y vio a su madre completamente inmovilizada en un colchón del departamento de ellos. Estaba envuelta en cinta adhesiva negra, tipo duct tape, formando una especie de capullo que solo dejaba expuestas mis tetas, mi coño y mi culo. No podía mover ni un dedo, solo gemir mientras cuatro vibradores industriales atorados en mi cuerpo me torturaban sin piedad.
—Esta puta lleva tres horas así —escuchaba la voz del alto fuera de cámara—. No se ha corrido menos de veinte veces. Miren cómo tiembla.
Mi cuerpo convulsionaba, la cinta crujía con cada espasmo, mis ojos se ponían en blanco de puro placer forzado. Era un video de tortura erótica, de una mujer convertida en juguete sin voluntad, y mi hijo vio cada segundo de mi descomposición.
**El del vestido chino** llegó tres días después. Me habían vestido con un *cheongsam* tradicional, pero modificado para parecer el atuendo de una prostituta de Shanghai: tela roja brillante, dragones bordados, pero la falda terminaba apenas debajo de mi culo y los laterales estaban abiertos hasta la cintura, dejando ver que no llevaba nada debajo. Los botones del escote estaban a punto de reventar sobre mis tetas.
El video me mostraba caminando por un barrio chino, real, con gente real alrededor. Cada paso dejaba entrever mi coño a los transeúntes. Luego me arrastraban a un callejón oscuro, me agachaban contra una pared, y me follaban por turnos mientras yo gritaba en "chino" frases que ellos me obligaban a memorizar: "Soy puta barata", "Fóllame duro", "Mi coño es de todos".
La gente pasaba a metros de distancia. Algunos miraban, otros grababan con sus propios celulares. Yo estaba siendo exhibida como mercancía sexual pública, y mi hijo recibía cada ángulo, cada primer plano de mi cara mientras gemía con ese vestido ridículo puesto.
**El de la playa** fue el más vergonzoso. Llegó en pleno verano, un video de diez minutos donde aparecía en una playa pública, vestida con un bikini tan diminuto que apenas cubría mis pezones y mi clítoris. Era rosa fluorescente, húmedo, transparente por el agua salada.
El video comenzaba conmigo tomando sol, con cuatro tipos alrededor haciéndose pasar por desconocidos. Luego, "casualmente", uno me seguía detrás de unas rocas grandes, lejos de la vista de los bañistas. Allí me arrinconaban, me bajaban el bikini de un jalón, y me penetraban contra las piedras calientes.
—Alguien viene —susurraba uno en el video, pero no paraban.
Me follaban aunque se escucharan voces cerca, aunque el riesgo de ser descubiertos fuera real. Mi cara de pánico mezclada con placer era genuina. Me corrí con la adrenalina de ser descubierta, con una verga en el coño y otra en la boca, mientras el sol quemaba mi piel y el sonido de las olas cubría mis gemidos.
Mi hijo veía cómo su madre se convertía en una exhibicionista profesional, cómo mi cuerpo desaparecía durante semanas para reaparecer en videos cada vez más degradantes, cómo dejaba de ser persona para convertirme en un objeto de consumo público.
Y yo... yo esperaba ansiosa cada nueva "producción". Cada desaparición más larga significaba más humillación, más vergas, más videos enviados a mi hijo. Era un ciclo sin fin, y ya no sabía si quería que terminara.
El último video no llegó por mensaje. Mi hijo lo encontró en su correo electrónico con un asunto que decía: "Tu mamá se despide". Era un archivo pesado, diez minutos de alta definición donde yo misma había decidido mostrarle quién era realmente ahora.
Aparezco de rodillas, eso es lo primero que se ve. El fondo es el departamento de ellos, pero vacío. Estoy sola frente a la cámara que yo misma he posicionado. Llevo puesta una falda de colegiala plisada, tan corta que apenas cubre mi culo, una blusa blanca transparente anudada sobre mis tetas, y coletas que me hacen parecer una adolescente barata.
—Por favor... —susurro a la cámara, acercando mi cara al lente. Mis ojos están vidriosos, desesperados, hambrientos—. Necesito ser follada... por favor, alguien fóllame... soy una puta inservible sin verga...
Estoy suplicando sola, humillándome ante la cámara sin que nadie me obligue. Es mi voz la que pide degradación, mi cuerpo el que se ofrece como objeto. Toco mi coño sobre la braga blanca de colegiala y está empapado, chorreando, una mancha oscura de excitación que demuestra que no miento.
—Soy una madre puta... una viuda barata... —jadeo, metiendo dos dedos en mi boca y chupándolos como si fueran una verga—. Mi hijo me odia, mi vida se acabó... solo quiero ser usada...
Entonces ellos entran en cuadro. Los cuatro, desnudos, vergas duras apuntando a mi cara. Yo misma alcanzo la cámara, la ajusto para capturar el ángulo perfecto, y comienzo a grabar en modo selfie mientras me pongo de cuclillas sobre la primera verga.
—Mírenme... —digo a la cámara, a mi hijo que verá esto después—. Miren a su mamá montando como una puta barata...
Me impalo lentamente, sintiendo cada centímetro entrar en mi coño usado. Mi cara de placer ocupa la mitad de la pantalla, la otra mitad muestra cómo mi falda de colegiala se levanta para dejar ver la penetración. Giro para montar al segundo, luego al tercero, luego al cuarto. Yo misma dirijo la cámara, yo elijo los ángulos más obscenos, yo documento mi propia degradación con la dedicación de una directora porno.

—Soy la perra de cuatro adolescentes... —jadeo entre saltos—. Me follan más que a mi esposo en toda nuestra vida... mi coño es de ellos... mi boca es de ellos... soy su juguete...
Me corro tres veces durante el video, y yo misma grabo cada orgasmo: la primera con una verga en el culo y los dedos en mi clítoris; la segunda con doble penetración, mostrando cómo me estiran; la tercera mientras chupo dos vergas a la vez, con la cara cubierta de saliva y precum.
La toma final es la que mi hijo nunca podrá olvidar.
Estoy arrodillada de frente a la cámara, sosteniéndola yo misma para que sea un primer plano perfecto. Los cuatro se masturban alrededor de mi cara, sus vergas a centímetros de mis labios pintados de rosa de colegiala.

—Diles adiós, puta —escucho la voz del alto fuera de plano.
—Adiós, hijo... —susurro a la cámara, con una sonrisa de loca—. Tu mamá es esto ahora...
Los cuatro se corren simultáneamente. Chorros de semen caliente impactan mi cara, mi lengua, mi garganta. Es una lluvia blanca y pegajosa que cubre mis ojos, mi nariz, mis mejillas. Abro la boca como una fuente, recibiendo todo lo que puedo, acumulando el semen hasta que mi boca está llena, hinchada, un recipiente de leche humeante.
Miro directo a la cámara, con los ojos sembrados por encima de la corrida, y hago el gesto final de degradación total: trago. Lo trago todo de una sola vez, sintiendo el semen de cuatro hombres descender por mi garganta como un licuado de humillación. Luego abro la boca vacía para mostrar que lo he hecho, que lo he aceptado todo, que soy completamente suya.
—Gracias, amos... —susurro al final, con la voz ronca—. Scarlet ha muerto. Solo queda su puta.
El video se corta a negro.
Nunca más regresé a casa como madre. A veces mi hijo me ve pasar por la calle, vestida siempre de puta, siempre con el collar, siempre arrastrada por la cadena de alguno de ellos. Ya no me reconoce, o tal vez sí, pero prefiere creer que su madre desapareció.


Y en algún lugar, en un departamento mugriento, sigo existiendo como lo que siempre estuve destinada a ser: la zorra más barata, la perra más obediente, la viuda que encontró su verdadero propósito entre cuatro vergas y una cámara que nunca dejó de grabar.
Esa tarde lo vi. Cuatro tipos rodeándolo cerca del parque. Eran más grandes, corpulentos, con esa arrogancia estúpida de los matones que creen que el mundo les debe algo. Mi hijo parecía un conejo atrapado.
—¡Oye! ¡Déjenlo en paz, hijos de puta! —grité acercándome, con las tetas rebotando bajo la blusa y la falda corta ondeando.
Se voltearon. Cuatro pares de ojos me recorrieron desde los tacones hasta el pelo. Sentí sus miradas como manos lamiendo mi cuerpo.
—Mira nomás, la puta de tu mamá viene al rescate —soltó el alto, con una sonrisa de mierda.
—Seguro viene buscando verga, el marido ya no está para darle —añadió otro, moreno y con los brazos tatuados.
Los insultos me golpearon pero... joder, algo raro pasó. Mi corazón aceleró, no de miedo, sino de... ¿excitación? Sentí calor subiendo por mis muslos, humedad entre las piernas. Era degradante, asqueroso, pero mi cuerpo traicionero respondió a la humillación.
—Está bien buena para ser una madre soltera —dijo el tercero, acercándose—. Seguro está tan desesperada que se abre las piernas por cualquier cosa.

Quise decir algo, defender mi dignidad, pero mi boca se secó. Mi mente se nubló con imágenes sucias. ¿Qué carajos me pasaba?
—Vamos a comprobarlo —murmuró el cuarto, el de aspecto más rudo.
Antes de que pudiera reaccionar, su mano se deslizó bajo mi falda. Sentí sus dedos tocando mi braga, apartando la tela húmeda, rozando mi clítoris. Era brusco, dominante, público. Estábamos en la calle, gente pasaba a lo lejos, y este cabrón me estaba tocando la concha como si fuera suya.
—Está mojadísima, puta —gruñó contra mi oído—. Te gusta que te traten como basura, ¿verdad?
Mis piernas temblaron. Intenté empujarlo, pero mi cuerpo traicionero se arqueó hacia su mano. Sus dedos frotaron con fuerza, circulares, brutales. Sentí el orgasmo subir con una rapidez vergonzosa.
—No... espera... —gemí, pero era inútil.
Me corrí como una puta en la acera. Mi cuerpo se convulsionó, mis fluidos mojaron su mano, un gemido escapó de mi garganta sin control. La vergüenza debería haberme consumido, pero solo quería más.
—Llévensela —ordenó el alto.
No recuerdo cómo llegamos a mi casa. Todo fue borroso, mi mente nublada por la excitación y la vergüenza. Lo siguiente que supe fue que estaba en mi sala, arrodillada en mi propia alfombra, con cuatro vergas duras frente a mi cara.
Mi hijo estaba ahí, sentado en la silla, amordazado, con los ojos desorbitados de horror.
—Mira, mamá —dijo el moreno, agarrando mi pelo y obligándome a mirar a mi hijo—. Va a ver cómo su puta madre se convierte en nuestra perra personal.
—Por favor, no delante de él... —supliqué, aunque mi voz sonía ronca, excitada.
—Cállate y abre la boca, zorra.
Me obligaron a chuparlas una por una. Cuatro vergas diferentes, sabores distintos, precum salado inundando mi paladar. Me ahogaba, me escupían, me llamaban puta, zorra, madre caliente, viuda barata. Y yo gemía como una perra en celo.


El primero me tomó por detrás, clavándose en mi coño empapado sin piedad. Me estiraba, me llenaba, me follaba con fuerza brutal mientras otro me agarraba la cabeza y me metía su polla hasta la garganta.
—Mira a tu mamá, cabrón —gritaban a mi hijo—. ¡Mira cómo disfruta la puta!
Y era cierto. Estaba siendo humillada, violada, expuesta ante mi propio hijo... y nunca había estado tan excitada. Mi coño chorreaba, mis tetas rebotaban con cada embestida, gemía como una pornstar profesional.
—Más duro, hijos de puta... —grité entre jadeos—. Follen a esta viuda puta... denme toda su leche...
Me dieron por todos lados. Doble penetración, verga en la boca, manos en mis tetas, dedos en mi culo. Era una montaña de carne sudorosa, usada como un simple agujero para su placer.
—¡Me voy a venir en esta zorra! —gritó uno.
—¡En su cara, que su hijo vea! —ordenó otro.
Me arrodillaron frente a ellos. Cuatro vergas se masturbaron sobre mi rostro. Me cubrieron de semen, chorros calientes salpicando mi cara, mi pelo, mis tetas. Era un desastre blanco y pegajoso, y yo abría la boca como una puta agradecida, tragando lo que podía.


—Puta de mierda... —jadeaban, restregando sus vergas en mi cara cubierta.
Me dejaron ahí, desplomada en el suelo, llena de semen, con el coño palpitante y el corazón desbocado. Mi hijo seguía ahí, testigo mudo de cómo su madre se había convertido en la perra de cuatro matones.
Y lo peor... lo más vergonzoso... es que ya quería la segunda parte.
No pasaba un día sin que alguno de ellos tocara mi puerta. A veces eran los cuatro, a veces solo dos, y en ocasiones uno solo venía a "revisar" que su perra estuviera en condiciones. Mi casa dejó de ser mi hogar; se convirtió en su burdel personal, en su establo para esta yegua en celo.
Al principio me resistía, claro. Pero la verdad es que mi cuerpo traicionero se acostumbró rápido a ser usado. Y ellos... esos cabrones descubrieron cómo romperme por completo.
—Desde hoy vas a usar esto, puta —dijo el alto un día, sacando un collar de cuero negro con pinchos plateados. Parecía de perro, pero con una placa que decía "ZORRA" en letras mayúsculas.

—No... por favor, no eso... —supliqué, aunque sentía el coño palpitar de anticipación.
Me lo pusieron alrededor del cuello, ajustándolo hasta que los pinchos rozaban mi piel. Luego conectaron una cadena gruesa, como las de los perros grandes, y me arrastraron por la casa desnuda.
—Ahora eres nuestra perra de casa —explicó el moreno, tirando de la cadena para obligarme a caminar a cuatro patas—. Y una perra no necesita ropa.
Me obligaron a desvestirme completamente. Desde ese día, andaba desnuda por mi propia casa, con el collar apretado en el cuello y la cadena colgando, tintineando con cada movimiento. Me sentía expuesta, degradada, convertida en un objeto... y me masturbaba en secreto pensando en mi propia humillación.
Pero lo peor era lo de los videos.
—Sonríe para la cámara, zorra —ordenaban, sacando sus celulares mientras me follaban.
Me grababan en todas las posiciones: con la boca llena de verga, con el coño abierto recibiendo embestidas, con el culo estirado por dos pollas al mismo tiempo. Me hacían decir cosas horribles, confesar que era una puta, que necesitaba ser follada por adolescentes, que mi hijo significaba menos que su semen.

—Dile a tu hijo quién eres —exigían, apuntando la cámara a mi cara cubierta de sudor y semen.
—Soy... soy una puta, hijo —balbuceaba, con la voz quebrada por los gemidos—. La perra de tus amigos... me encanta que me usen como basura... ven a ver cómo me llenan de leche...
Luego enviaban esos videos a mi hijo. Sabía que los recibía porque a veces escuchaba su teléfono vibrar mientras me tenían en la habitación de al lado, escuchándome gritar. Los videos mostraban cada detalle: cómo me corría como una perra con solo cuatro palabras sucias, cómo suplicaba por más verga, cómo me convertía en un desastre de fluidos y gemidos.
—Tu hijo vio el de ayer —bromeaban mientras me penetraban—. Dice que su mamá es la zorra más caliente del barrio. Seguro se masturba viéndote, puta.
La idea debería haberme enfermado, pero solo hacía que mi coño se apretara más alrededor de sus vergas. Era una espiral descendente de degradación, y yo estaba demasiado excitada para querer salir.
La cadena me arrastraba de habitación en habitación. Comía de un plato en el suelo, bebía agua de un bowl, y cuando alguno quería follar, simplemente me jalaba de la cadena hasta donde le diera la gana: en la cocina, en el baño, en el jardín donde los vecarios podrían vernos.
—Ladra, perra —ordenaban.
—Guau... guau... —jadeaba, con la lengua fuera, mientras me montaban como a una perra de verdad.


Mi hijo me veía así. Desnuda, con el collar, siendo arrastrada por cuatro tipos que lo habían hecho llorar. Ahora él lloraba de vergüenza mientras yo gemía de placer, convertida en la puta más barata del condado, y cada video que enviaban era otra prueba de que Scarlet, la viuda respetable, había muerto... y en su lugar quedaba solo esta zorra insaciable que se corría con la humillación.
Los videos ya no tenían límites. Mi humillación privada se había convertido en un espectáculo público, una película porno callejera donde yo era la única estrella, la puta principal que se entregaba a cuatro vergas en cualquier rincón de la ciudad.
—Hoy te vamos a estrenar en el parque, zorra —anunció el tatuado una mañana, jalando mi cadena hasta que el collar casi me ahogaba.
Me llevaron vestida, sí, pero con la ropa más provocativa que poseía: una falda microscópica que apenas cubría mi culo, una blusa transparente sin sostén, y tacones de puta. Parecía una prostituta de mala muerte, y eso era exactamente lo que querían.


El parque estaba lleno de gente. Familias, niños, parejas paseando. Me arrastraron hasta los arbustos más apartados, pero lo suficientemente cerca para que cualquiera que pasara pudiera ver.
—A cuatro patas, perra —ordenaron, y obedecí sin pensar.
Me follaron allí, entre la hierba y la tierra. Uno detrás, metiéndome en el coño con fuerza brutal; otro obligándome a chupar su verga hasta las bolas; los otros dos se turnaban para grabar cada detalle con sus celulares. Mi cara de placer, mis tetas rebotando, mi falda levantada mostrando cómo una madre de treinta y ocho años era usada como una puta barata en pleno día.
—Mira a esa señora —gritaban para que los transeúntes escucharan—. ¡Es una madre soltera desesperada por verga de jóvenes!
Escuchaba risas, susurros horrorizados, algunos se quedaban a mirar desde lejos. Me corrí con la vergüenza de ser vista, con la humillación de que extraños presenciaran mi degradación. Mi orgasmo resonó entre los árboles, un gemido de puta en celo que alertó a medio parque.
Luego fue el baño público de la estación de tren. Me metieron en el cubículo de hombres, me arrodillaron en el piso asqueroso, y me dieron por el culo mientras viajeros entraban a mear al lado. Los videos capturaban mi cara contra la pared del baño, la boca abierta en gemidos ahogados, el sonido de nalgas golpeando contra mi cuerpo.
—Dile hola a tu hijo —susurraban, apuntando la cámara a mi cara descompuesta por el placer.
—Hijo... tu mamá está siendo follada como basura en un baño público... —jadeaba, escupiendo las palabras entre embestidas—. Estoy llena de verga... me encanta... envío este video para que veas lo puta que soy...
Cada lugar de la ciudad se convirtió en su escenario: el estacionamiento del supermercado, donde me montaron en el asiento trasero de su carro con las piernas abiertas hacia la ventana; el cine, donde me obligaron a masturbarlos en la oscuridad mientras grababan mi mano moviéndose bajo la falda; la biblioteca, donde me agacharon entre las estanterías y me llenaron de semen en silencio, tratando de no alertar a la gente que leía cerca.
Regresaba a casa caminando, con las piernas temblorosas, el coño dolorido y chorreando. Mi cuello estaba cubierto de chupetones morados, marcas de posesión que ellos dejaban a propósito para que todos supieran que era propiedad de cuatro cabrones. Mis tetas tenían mordiscos, mi espalda arañazos, mi culo estaba rojo de nalgadas.
El olor me precedía. Olía a semen rancio, a sudor de hombres jóvenes, a sexo sin condón, a mi propia excitación mezclada con la de ellos. Era un olor animal, de zorra en celo, que impregnaba mi piel y mi ropa. Incluso después de bañarme, el aroma persistía, como si mi cuerpo se hubiera convertido en un imán para la putrefacción del placer sucio.
Mi hijo me veía llegar así. Con la falda manchada, el pelo revuelto, la mirada vidriosa de quien ha sido usada durante horas. Los videos le llegaban instantáneamente a su teléfono: notificaciones con miniaturas de su madre siendo penetrada en un parque, o chupando verga en un callejón, o recibiendo semen en la cara en el estacionamiento de su propia escuela.
—¿Cómo te fue, puta? —me preguntaba el alto cuando ya estaba en casa, aunque sabía la respuesta.
—Bien... —suspiraba, tocándome los chupetones en el cuello—. Me follaron en tres lugares diferentes... hay videos de todo... tu hijo ya los debe tener...
—Y mañana iremos al centro comercial —planeaban, mientras me arrastraban por la cadena hacia mi habitación—. Vamos a hacer que chupes verga en el probador de ropa. Tu hijo recibirá notificaciones en tiempo real.
Me acostaba en mi cama, cubierta de marcas, oliendo a sexo y vergüenza, y ya anticipaba la mañana siguiente con el coño palpitante de excitación. Scarlet había desaparecido por completo. Solo quedaba esta pública, esta exhibicionista, esta puta de cuatro chicos que vivía para ser humillada y grabada.
Desaparecí por dos días enteros. Cuarenta y ocho horas en las que mi hijo no supo de mí, en las que mi casa permaneció vacía y silenciosa... pero su teléfono no dejó de vibrar. Notificación tras notificación, video tras video, cada hora llegaba una nueva prueba de lo que su madre estaba haciendo mientras él se preocupaba.
Estaba en el departamento de ellos. Un lugar mugriento, de solteros, con cervezas vacías por el suelo y el olor a marihuana impregnado en las paredes. Pero para mí se había convertido en mi nuevo hogar, mi lugar de servidumbre.
—Desde hoy eres nuestra sirvienta personal, puta —anunció el alto, arrojándome un paquete al pecho.
Era un disfraz de sirvienta francesa, de esos que usan las pornstars: falda negra ultracorta con volantes blancos, blusa transparente con corsé apretado que dejaba las tetas a punto de explotar, medias de red con liguero, y un gorrito ridículo con plumas.

Me lo puse y no me lo quité en dos días. Dormí con él, me bañé con él puesto (lo que me permitieron), comí arrodillada en el suelo con ese atuendo de zorra. Era su sirvienta, su esclava sexual, su propiedad para usar las veinticuatro horas.
—Limpia el baño, zorra —ordenaban, y yo fregaba el inodoro a cuatro patas mientras uno me levantaba la falda y me metía la verga sin avisar.

—Ven a servirnos la cena, puta —exigían, y yo llevaba la comida desnuda debajo del delantal, con el coño chorreando, para que me follaran sobre la mesa antes de que ellos comieran.
Les decía "amo". Cada vez que me dirigía a ellos, tenía que usar esa palabra. "Sí, amo", "Por favor, amo", "Fólleme, amo". Era degradante, servil, humillante... y me corría cada vez que la pronunciaba.
—¿Qué eres, sirvienta? —gritaban mientras me penetraban.
—Soy su sirvienta puta, amo —gemía, con el gorrito de sirvienta cayéndome sobre los ojos—. Su esclava sexual... su perra personal... uso mi cuerpo para su placer...
Los videos mostraban todo. A mí limpiando el piso con la lengua mientras me metían un cepillo por el culo. A mí sirviendo cervezas con la boca llena de semen. A mí durmiendo en un colchón en el suelo, atada con correas, con el disfraz arrugado y manchado de fluidos.

Mi hijo veía cómo su madre se había convertido en una esclava sexual completa, cómo obedecía órdenes vergonzosas, cómo llamaba "amo" a tipos que le hacían bullying.
Llegué a casa la tercera mañana. No entré como la mujer que había salido... entré como una prostituta de alto standing. Llevaba un vestido rojo que parecía pintura sobre mi cuerpo: escote profundo hasta el ombligo, falda que apenas cubría mi culo, espalda completamente descubierta, y tela tan ajustada que se marcaba cada curva, cada protuberancia de mi sexo.


Mis labios estaban pintados de rojo puta, los ojos delineados como los de una pornstar, el pelo revuelto de sexo. Los tacones eran de aguja, diez centímetros que hacían que mi culo se destacara aún más.
—Mira lo que trae tu mamá, cabrón —dijo el moreno empujándome por la puerta.
Mi hijo estaba ahí, pálido, con el teléfono en la mano lleno de notificaciones sin leer. Me vio entrar tambaleándome, oliendo a semen de cuatro hombres diferentes, con el disfraz de sirvienta metido en una bolsa de plástico que arrastraba como un trofeo de guerra.
—Hola, hijo —dije con voz ronca, ajustándome el vestido para que mis tetas quedaran más expuestas—. Mamá ha estado sirviendo a sus amos... ¿viste los videos?
—Está demasiado buena para ser tu madre —se burlaron ellos, manoseándome delante de él—. Ahora es nuestra puta de lujo. El vestido nos costó cincuenta dólares, pero vale cada centavo por verla así.
Me giraron hacia mi hijo, levantándome la falda para mostrarle que no llevaba bragas. Mi coño estaba hinchado, rojo, usado, chorreando el semen acumulado de dos días de servidumbre.
—Huele, cabrón —ordenaron—. Tu mamá huele a verga de verdad.
Y yo me quedé ahí, en mi propia sala, vestida como la prostituta más barata del barrio rojo, con el collar de perra todavía puesto debajo del vestido, lista para que comenzara la siguiente ronda de humillación. El disfraz de sirvienta había sido solo el principio... ahora era su puta de gala, y cada video nuevo sería más degradante que el anterior.
Los días de ausencia se convirtieron en semanas. Una vez estuve fuera cinco días seguidos, luego siete, hasta que mi hijo dejó de esperarme en casa. Mi vida se dividió en dos: los días donde era "madre" y las semanas donde desaparecía por completo, sumergida en un mar de vergas y humillación que mi hijo solo podía presenciar a través de la pantalla de su celular.
Los videos evolucionaron. Ya no eran simples grabaciones de sexo... eran producciones elaboradas, escenarios pensados para degradarme al máximo, cada uno más explícito que el anterior.
**El video de la cinta** llegó un martes por la noche. Mi hijo lo abrió y vio a su madre completamente inmovilizada en un colchón del departamento de ellos. Estaba envuelta en cinta adhesiva negra, tipo duct tape, formando una especie de capullo que solo dejaba expuestas mis tetas, mi coño y mi culo. No podía mover ni un dedo, solo gemir mientras cuatro vibradores industriales atorados en mi cuerpo me torturaban sin piedad.
—Esta puta lleva tres horas así —escuchaba la voz del alto fuera de cámara—. No se ha corrido menos de veinte veces. Miren cómo tiembla.
Mi cuerpo convulsionaba, la cinta crujía con cada espasmo, mis ojos se ponían en blanco de puro placer forzado. Era un video de tortura erótica, de una mujer convertida en juguete sin voluntad, y mi hijo vio cada segundo de mi descomposición.
**El del vestido chino** llegó tres días después. Me habían vestido con un *cheongsam* tradicional, pero modificado para parecer el atuendo de una prostituta de Shanghai: tela roja brillante, dragones bordados, pero la falda terminaba apenas debajo de mi culo y los laterales estaban abiertos hasta la cintura, dejando ver que no llevaba nada debajo. Los botones del escote estaban a punto de reventar sobre mis tetas.
El video me mostraba caminando por un barrio chino, real, con gente real alrededor. Cada paso dejaba entrever mi coño a los transeúntes. Luego me arrastraban a un callejón oscuro, me agachaban contra una pared, y me follaban por turnos mientras yo gritaba en "chino" frases que ellos me obligaban a memorizar: "Soy puta barata", "Fóllame duro", "Mi coño es de todos".
La gente pasaba a metros de distancia. Algunos miraban, otros grababan con sus propios celulares. Yo estaba siendo exhibida como mercancía sexual pública, y mi hijo recibía cada ángulo, cada primer plano de mi cara mientras gemía con ese vestido ridículo puesto.
**El de la playa** fue el más vergonzoso. Llegó en pleno verano, un video de diez minutos donde aparecía en una playa pública, vestida con un bikini tan diminuto que apenas cubría mis pezones y mi clítoris. Era rosa fluorescente, húmedo, transparente por el agua salada.
El video comenzaba conmigo tomando sol, con cuatro tipos alrededor haciéndose pasar por desconocidos. Luego, "casualmente", uno me seguía detrás de unas rocas grandes, lejos de la vista de los bañistas. Allí me arrinconaban, me bajaban el bikini de un jalón, y me penetraban contra las piedras calientes.
—Alguien viene —susurraba uno en el video, pero no paraban.
Me follaban aunque se escucharan voces cerca, aunque el riesgo de ser descubiertos fuera real. Mi cara de pánico mezclada con placer era genuina. Me corrí con la adrenalina de ser descubierta, con una verga en el coño y otra en la boca, mientras el sol quemaba mi piel y el sonido de las olas cubría mis gemidos.
Mi hijo veía cómo su madre se convertía en una exhibicionista profesional, cómo mi cuerpo desaparecía durante semanas para reaparecer en videos cada vez más degradantes, cómo dejaba de ser persona para convertirme en un objeto de consumo público.
Y yo... yo esperaba ansiosa cada nueva "producción". Cada desaparición más larga significaba más humillación, más vergas, más videos enviados a mi hijo. Era un ciclo sin fin, y ya no sabía si quería que terminara.
El último video no llegó por mensaje. Mi hijo lo encontró en su correo electrónico con un asunto que decía: "Tu mamá se despide". Era un archivo pesado, diez minutos de alta definición donde yo misma había decidido mostrarle quién era realmente ahora.
Aparezco de rodillas, eso es lo primero que se ve. El fondo es el departamento de ellos, pero vacío. Estoy sola frente a la cámara que yo misma he posicionado. Llevo puesta una falda de colegiala plisada, tan corta que apenas cubre mi culo, una blusa blanca transparente anudada sobre mis tetas, y coletas que me hacen parecer una adolescente barata.
—Por favor... —susurro a la cámara, acercando mi cara al lente. Mis ojos están vidriosos, desesperados, hambrientos—. Necesito ser follada... por favor, alguien fóllame... soy una puta inservible sin verga...
Estoy suplicando sola, humillándome ante la cámara sin que nadie me obligue. Es mi voz la que pide degradación, mi cuerpo el que se ofrece como objeto. Toco mi coño sobre la braga blanca de colegiala y está empapado, chorreando, una mancha oscura de excitación que demuestra que no miento.
—Soy una madre puta... una viuda barata... —jadeo, metiendo dos dedos en mi boca y chupándolos como si fueran una verga—. Mi hijo me odia, mi vida se acabó... solo quiero ser usada...
Entonces ellos entran en cuadro. Los cuatro, desnudos, vergas duras apuntando a mi cara. Yo misma alcanzo la cámara, la ajusto para capturar el ángulo perfecto, y comienzo a grabar en modo selfie mientras me pongo de cuclillas sobre la primera verga.
—Mírenme... —digo a la cámara, a mi hijo que verá esto después—. Miren a su mamá montando como una puta barata...
Me impalo lentamente, sintiendo cada centímetro entrar en mi coño usado. Mi cara de placer ocupa la mitad de la pantalla, la otra mitad muestra cómo mi falda de colegiala se levanta para dejar ver la penetración. Giro para montar al segundo, luego al tercero, luego al cuarto. Yo misma dirijo la cámara, yo elijo los ángulos más obscenos, yo documento mi propia degradación con la dedicación de una directora porno.

—Soy la perra de cuatro adolescentes... —jadeo entre saltos—. Me follan más que a mi esposo en toda nuestra vida... mi coño es de ellos... mi boca es de ellos... soy su juguete...
Me corro tres veces durante el video, y yo misma grabo cada orgasmo: la primera con una verga en el culo y los dedos en mi clítoris; la segunda con doble penetración, mostrando cómo me estiran; la tercera mientras chupo dos vergas a la vez, con la cara cubierta de saliva y precum.
La toma final es la que mi hijo nunca podrá olvidar.
Estoy arrodillada de frente a la cámara, sosteniéndola yo misma para que sea un primer plano perfecto. Los cuatro se masturban alrededor de mi cara, sus vergas a centímetros de mis labios pintados de rosa de colegiala.

—Diles adiós, puta —escucho la voz del alto fuera de plano.
—Adiós, hijo... —susurro a la cámara, con una sonrisa de loca—. Tu mamá es esto ahora...
Los cuatro se corren simultáneamente. Chorros de semen caliente impactan mi cara, mi lengua, mi garganta. Es una lluvia blanca y pegajosa que cubre mis ojos, mi nariz, mis mejillas. Abro la boca como una fuente, recibiendo todo lo que puedo, acumulando el semen hasta que mi boca está llena, hinchada, un recipiente de leche humeante.
Miro directo a la cámara, con los ojos sembrados por encima de la corrida, y hago el gesto final de degradación total: trago. Lo trago todo de una sola vez, sintiendo el semen de cuatro hombres descender por mi garganta como un licuado de humillación. Luego abro la boca vacía para mostrar que lo he hecho, que lo he aceptado todo, que soy completamente suya.
—Gracias, amos... —susurro al final, con la voz ronca—. Scarlet ha muerto. Solo queda su puta.
El video se corta a negro.
Nunca más regresé a casa como madre. A veces mi hijo me ve pasar por la calle, vestida siempre de puta, siempre con el collar, siempre arrastrada por la cadena de alguno de ellos. Ya no me reconoce, o tal vez sí, pero prefiere creer que su madre desapareció.


Y en algún lugar, en un departamento mugriento, sigo existiendo como lo que siempre estuve destinada a ser: la zorra más barata, la perra más obediente, la viuda que encontró su verdadero propósito entre cuatro vergas y una cámara que nunca dejó de grabar.
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