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La fantasía de mi novio

Llevaba ya tres años con Mateo cuando empecé a notar que algo había cambiado en la forma en que me miraba. No era que me amara menos, ni mucho menos, pero había una chispa diferente en sus ojos cuando salíamos juntos y yo llevaba puesta esa falda corta negra que él mismo me había comprado, o ese vestido rojo ceñido que dejaba poco a la imaginación sobre la forma de mis caderas. Al principio pensé que simplemente le gustaba verme sexy, sentirme deseada por él, pero pronto me di cuenta de que su excitación alcanzaba niveles mucho más intensos cuando otros hombres me miraban, cuando giraban la cabeza en la calle para seguir el contorno de mis muslos, cuando el camarero se quedaba sin palabras al tomar nota de nuestra mesa mientras sus ojos descendían disimuladamente hacia mi escote.
La fantasía de mi novio

Soy Hanna, tengo veintiséis años, y si bien siempre he sido considerada tímida por naturaleza, la genética me ha dotado con un cuerpo que parece gritar lo contrario. Mido un metro setenta y cinco, tengo piernas largas y tonificadas que terminan en caderas anchas pero firmes, una cintura estrecha que contrasta con un trasero redondo y prominente, y unos pechos naturales de tamaño medio pero exquisitamente proporcionados, con pezones de un tono rosa pálido que se endurecen al menor estímulo. Mi piel es de un blanco níveo, prácticamente translúcida, con pecas dispersas por los hombros y la nariz, y mis ojos son de un azul eléctrico intenso que suele ser lo primero que la gente comenta al conocerme. Mi cabello es castaño oscuro, largo y lacio, cayendo en cascada hasta la mitad de mi espalda. La gente dice que tengo una cara de "follame", esos labios carnosos y esa mirada inocente que parece pedir a gritos que alguien me corrompa, aunque en realidad mi personalidad sea todo lo contrario: reservada, analítica, alguien que prefiere los libros a las fiestas y las conversaciones profundas al contacto físico casual.
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Mateo lo sabía. Me había conocido en la universidad, cuando yo aún llevaba suéteres oversized y evitaba el contacto visual. Él fue paciente, me conquistó con su inteligencia y su sentido del humor, y durante los primeros dos años nuestra vida sexual fue convencional, placentera pero predecible. Hasta que empezó a comprarme ropa. Primero fueron tangas de encaje que me pedía que me pusiera solo para él. Luego vestidos que consideraba demasiado atrevidos para mi gusto, pero que él insistía en que me probara. Recuerdo la primera vez que salimos con ese vestido negro de verano que apenas cubría mis glúteos; sentí sus manos temblar cuando me subía al coche, y durante toda la cena noté su rodilla rebotando nerviosamente bajo la mesa, su mirada saltando constantemente hacia el escote que el vestido dejaba al descubierto.
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Fue esa noche, cuando llegamos a casa y hicimos el amor con una intensidad que llevábamos meses sin experimentar, cuando Mateo, sudoroso y jadeante sobre mí, me susurró al oído: "¿Viste cómo te miraba aquel tipo de la barra? Quería arrancarte el vestido con los ojos. Me pone tan duro pensar que otros hombres te desean, Hanna. Que saben que eres mía pero que se mueren por probarte."

En ese momento pensé que era solo un juego de rol, una fantasía pasajera. Pero Mateo empezó a insistir. Quería que me sentara en lugares donde otros hombres pudieran verme de cerca. Quería que me inclinara más de la cuenta cuando pedíamos algo en la barra. Una noche, después de varias copas de vino, me confesó su fantasía más profunda: quería verme con otro hombre. No quería compartme a largo plazo, no era eso. Quería verme ser cogida, usada, convertida en esa versión de mí misma que solo él había vislumbrado tras años de paciencia: la puta insaciable que llevaba dentro, reprimida bajo capas de timidez y buenas maneras.

Al principio me negué. Me horrorizaba la idea, me sentía insultada incluso. Pero Mateo fue persistente, no de forma agresiva, sino seductora. Me mostraba videos, me leía historias, me hablaba de lo excitante que sería verme perder el control, verme transformarme. Y lentamente, casi sin darme cuenta, empecé a imaginarlo. Empecé a fantasear con la idea de que alguien más me tocara mientras Mateo observaba, o incluso mientras él no estaba presente pero lo sabía, mientras recibía pruebas de mi depravación.

El candidato natural fue Adrián, el mejor amigo de Mateo desde la secundaria. Alto, moreno, con un cuerpo atlético que contrastaba con la complexión más delgada de Mateo, Adrián tenía esa mirada intensa que hacía que las mujeres se sintieran inmediatamente desnudas ante él. Era soltero, era discreto, y lo más importante: Mateo confiaba en él ciegamente. Habían hablado, me enteré después. Habían acordado los términos, los límites. Adrián estaba dispuesto a ser el instrumento de nuestra fantasía, y yo, tras meses de dudas y conversaciones interminables, finalmente había accedido.

La noche elegida fue un sábado. Mateo se quedaría en nuestro apartamento, a unos veinte minutos en coche del hotel que habíamos reservado en el centro. Adrián me recogería a las ocho. La idea era que pasáramos la noche juntos, que Mateo recibiera mensajes, fotos, quizás incluso una videollamada, mientras su mejor amigo me follaba en la habitación de hotel.

Pasé horas preparándome. Me depilé completamente, dejando mi piel suave y desnuda. Me puse un conjunto de lencería negra que Mateo había elegido específicamente para la ocasión: un sujetador de encaje que realzaba mis pechos hasta dejarlos al borde del escándalo, unas bragas de tanga que se perdían entre mis nalgas. Sobre esto, me puse el vestido que Mateo había dejado sobre la cama: un vestido dorado, ceñido, con un escote profundo en V que llegaba casi hasta mi ombligo, y una falda tan corta que apenas cubría la parte superior de mis muslos. Era un vestido que decía "estoy disponible", "úsame", "soy una puta dispuesta a todo".
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Cuando me miré al espejo, casi no me reconocí. Mis ojos azules brillaban con una intensidad nerviosa, mis mejillas estaban sonrojadas, y mi cuerpo... mi cuerpo parecía hecho para el pecado. El vestido marcaba cada curva, cada valle, cada elevación de mi anatomía. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, una mezcla de miedo y excitación que hizo que mis pezones se endurecieran visiblemente bajo la fina tela dorada.

Sonó el timbre a las ocho en punto. Abrí la puerta y allí estaba Adrián, impecable con un traje oscuro y una camisa negra abierta en el cuello. Su mirada me recorrió lentamente, desde mis zapatos de tacón hasta mis ojos, y una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en sus labios.

"Joder, Hanna", murmuró, su voz grave y ronca. "Estás... increíble."

Tragué saliva, sintiendo cómo el rubor subía desde mi pecho hasta mi cara. "Gracias", susurré, mi voz apenas audible.

Adrián extendió la mano y tomó la mía, sus dedos cálidos y firmes. "¿Estás lista?"

Asentí, aunque mi corazón latía tan fuerte que temía que se me fuera a salir del pecho. Tomé mi bolso, dejando en la mesa una nota para Mateo que simplemente decía: "Te quiero. Nos vemos mañana." Aunque sabía que estaríamos en contacto constante durante toda la noche.

El coche de Adrián era un sedán negro, elegante y discreto. Durante el trayecto al hotel, la conversación fue tensa pero cortés. Hablamos del clima, del trabajo, de cosas intrascendentes, mientras yo sentía que cada segundo que pasaba me acercaba más al punto de no retorno. Adrián conducía con una mano en el volante, y con la otra, ocasionalmente, rozaba mi muslo desnudo, sus dedos quemando mi piel a través de la media de seda.

"Mateo está muy excitado", dijo Adrián de repente, deteniéndose en un semáforo en rojo. "Me ha enviado tres mensajes en los últimos diez minutos preguntando si ya te he recogido."

Sonreí nerviosamente, sacando mi teléfono. Tenía un mensaje de Mateo: "¿Ya van camino? ¿Cómo está? Dile que la amo." Respondí rápidamente: "Sí, vamos al hotel. Estoy nerviosa pero bien. Te amo."

Adrián miró de reojo mi teléfono. "¿Le escribiste?"

"Sí", respondí, guardando el móvil en mi bolso.

"Bueno", dijo Adrián, acelerando cuando el semáforo cambió, "pronto tendrá mucho más que mensajes de texto para ver."

Llegamos al hotel veinte minutos después. Era un establecimiento de cuatro estrellas, moderno y anónimo, perfecto para nuestras intenciones. Adrián había reservado una suite en el tercer piso. Subimos en el ascensor en silencio, el aire entre nosotros cargado de electricidad sexual. Yo podía sentir la mirada de Adrián clavada en mi reflejo en las puertas metálicas del ascensor, evaluando mi cuerpo, anticipando lo que estaba por venir.

La habitación era espaciosa, con una cama king-size en el centro, cubierta con sábanas blancas y almohadas abundantes. Había una botella de champán en un cubo de hielo sobre la cómoda, y dos copas. Adrián cerró la puerta con llave y se volvió hacia mí.

"¿Quieres una copa?" preguntó, quitándose la chaqueta del traje y colgándola en el armario.

Negué con la cabeza. "No quiero nada que me nuble", dije, mi voz sonando más firme de lo que me sentía. "Quiero estar presente, consciente de cada segundo."

Adrián asintió, acercándose a mí. Estábamos a centímetros de distancia. Podía oler su colonia, amaderada y masculina, y debajo de ella, el olor natural de su piel. Era alto, tenía que alzar la vista para mirarle a los ojos oscuros que me devolvían la mirada con hambre contenida.

"¿Sabes?", dijo Adrián, su voz bajando de volumen hasta convertirse en un susurro ronco, "Mateo me ha contado durante años lo perfecta que eres. Lo hermosa, lo inteligente, lo... inalcanzable. Siempre supe que tenía suerte de tenerte. Pero nunca imaginé que algún día tendría la oportunidad de tocarte."

Su mano subió lentamente, sus dedos trazando la línea de mi mandíbula, luego bajando por mi cuello, deteniéndose en el escote profundo de mi vestido. "¿Puedo?" preguntó, sus ojos buscando los míos en busca de permiso.

Asentí, mi respiración agitada.

Adrián deslizó su mano dentro del escote de mi vestido, sus dedos encontrando mi pecho izquierdo, acariciándolo a través del encaje del sujetador. Gemí suavemente, cerrando los ojos, sintiendo cómo mi cuerpo respondía traicioneramente a su toque. Era diferente a Mateo. Las manos de Adrián eran más grandes, más ásperas, más exigentes.

"Eres exactamente como te describía", murmuró Adrián, acercando su boca a mi oído. "Suave, cálida, receptiva. Y esta noche, Hanna, esta noche vas a ser mi puta. ¿Entiendes? Vas a hacer todo lo que te pida, y Mateo lo verá. Lo sabrá. Cada gemido, cada orgasmo, cada vez que mi polla esté dentro de ti, él lo sabrá."

Las palabras crudas, tan diferentes a la forma delicada en que Mateo siempre me hablaba, enviaron una oleada de calor directa a mi entrepierna. Sentí que me humedecía, que mi cuerpo se preparaba para lo que estaba por venir.

Adrián me giró bruscamente, haciendo que me apoyara contra la pared. Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda de mi vestido, exponiendo mis bragas de encaje y el liguero. "Joder", gruñó, apretando mis nalgas con fuerza, separándolas ligeramente. "Mira este culo. He soñado con este culo, Hanna. Con enterrar mi cara en él, con follártelo hasta que no puedas más."

Gemi más fuerte esta vez, arqueando mi espalda contra la pared, ofreciéndome a él. Adrián no perdió tiempo. Se arrodilló frente a mí, subió mi vestido hasta mi cintura, y tiró de mis bragas hacia abajo, dejándolas caer hasta mis tobillos. Me quedé expuesta ante él, mi sexo afeitado y brillante de excitación, mis muslos temblando.

Adrián me miró desde abajo, sus ojos oscuros brillando con lujuria. "Preciosa", murmuró, y luego se lanzó hacia adelante, su lengua encontrando mi hendidura en un lametón largo y deliberado.

Grité, un sonido agudo que llenó la habitación, mis manos buscando algo a lo que agarrarme, encontrando su cabello oscuro y enredándose en él. Adrián lamió con avidez, su lengua experta encontrando mi clítoris, rodeándolo, succionándolo con fuerza. Era diferente, tan diferente a cualquier sexo oral que hubiera recibido antes. No había timidez, no había delicadeza excesiva. Adrián me comía como si tuviera hambre, como si mi placer fuera su única fuente de sustento.

"Adrián... Dios...", jadeé, mis caderas moviéndose involuntariamente contra su boca, buscando más fricción, más contacto.

Él respondió introduciendo dos dedos dentro de mí, curvándolos hacia arriba, buscando mi punto G mientras su lengua seguía trabajando mi clítoris. La combinación fue explosiva. Sentí que mi orgasmo se construía rápidamente, una presión insoportable en mi vientre bajo.

"Me voy a venir", advertí, mi voz entrecortada. "Adrián, me voy a..."

Él no se detuvo. Si acaso, intensificó sus movimientos, sus dedos golpeando más fuerte, su lengua moviéndose más rápido. Y entonces exploté. Mi primer orgasmo de la noche me sacudió con fuerza, mis piernas temblando, mi visión nublando por un segundo. Adrián siguió lamiéndome, prolongando mi placer hasta que tuve que empujar su cabeza suavemente, demasiado sensible para soportar más contacto.

Me deslicé por la pared hasta sentarme en el suelo, jadeando, mi vestido todavía levantado hasta la cintura. Adrián se arrodilló frente a mí, su boca brillando con mis jugos, una sonrisa satisfecha en su rostro.

"Uno", dijo, levantando un dedo. "Y vamos por más."

Me ayudó a levantarme y me llevó a la cama. Me sentó en el borde y se quitó la camisa, revelando un torso esculpido, con músculos definidos y una línea de vello oscuro que descendía desde su ombligo hasta el cinturón de sus pantalones. Se quitó los zapatos y los pantalones, quedando solo en boxer, y la protuberancia de su erección era evidente, grande y tentadora.

"Quiero que me la chupes", dijo Adrián, su tono dejando claro que no era una petición sino una orden. "Quiero que me tomes hasta el fondo de tu garganta, Hanna. Quiero ver esos labios carnosos envolviendo mi polla."

Obedecí, arrodillándome en el borde de la cama frente a él. Bajé su boxer y su miembro saltó libre, grueso, largo, con una vena prominente en el dorso y la punta brillante de preseminal. Lo tomé con ambas manos, admirando su tamaño, su peso, su calor. Lo acerqué a mi boca y lámica la punta, saboreando el líquido salado, antes de abrir los labios y tomarlo dentro.
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Adrián gruñó, sus manos encontrando mi cabello, no empujando, simplemente sosteniéndolo mientras yo empezaba a mover mi cabeza. Intenté tomar tanto como pudiera, pero era grande, y mi reflejo nauseoso me detuvo a mitad de camino. Usé mis manos para compensar, moviéndolas en sincronía con mi boca, creando una fricción húmeda y caliente.

"Eso es", gruñó Adrián, observándome con ojos vidriosos. "Eres una buena chica, ¿verdad? Una buena putita que sabe chupar polla."

Las palabras me excitaron más de lo que quería admitir. Gemí alrededor de su miembro, las vibraciones haciendo que Adrián jadeara. Aumenté el ritmo, bobando mi cabeza más rápido, usando mi lengua para acariciar la parte inferior de su glande en cada movimiento hacia atrás.

De repente, Adrián se apartó, su miembro saliendo de mi boca con un sonido húmedo. "Basta", dijo, respirando con dificultad. "No quiero venirme todavía. Quiero estar duro cuando te folle."

Me limpié la boca con el dorso de la mano, mirándolo con ojos suplicantes. "Entonces fóllame", susurré, sorprendiéndome a mí misma con la crudeza de mis palabras. "Fóllame, Adrián. Quiero sentirte dentro."

Adrián sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. "Primero, mensaje a Mateo. Quiero que le digas exactamente lo que estamos haciendo."

Tomé mi teléfono de la mesita de noche, mis manos temblando. Escribí un mensaje: "Estoy de rodillas frente a Adrián. Me acaba de comer hasta hacerme venir. Ahora estoy desnuda para él, lista para que me folle. Te amo, pero necesito esto."

Envié el mensaje junto con una foto que Adrián tomó de mí, arrodillada en la cama, el vestido levantado, mis bragas en el tobillo, mi cara sonrojada y mis ojos brillantes de lujuria.
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La respuesta de Mateo llegó casi inmediatamente: "Dios, Hanna, estoy tan duro. Estoy tocándome viendo tu foto. Quiero que lo disfrutes, que seas suya esta noche. Quiero saber cada detalle."

Adrián leyó el mensaje por encima de mi hombro y rio entre dientes. "Tu novio es un pervertido de primera, ¿sabes? Me encanta." Tomó el teléfono de mis manos y lo dejó sobre la cómoda, alejado de nosotros. "Ahora, sin distracciones."

Me empujó suavemente hacia atrás hasta que estuve acostada en la cama, mi vestido todavía puesto pero completamente levantado, exponiendo mi cuerpo desnudo de la cintura para abajo. Adrián se subió a la cama, separando mis piernas con sus rodillas, posicionándose entre ellas. Tomó su miembro en la mano y lo frotó contra mi entrada, mojándose con mi humedad, provocándome.

"Por favor", supliqué, arqueando mi espalda, intentando empujar mis caderas hacia adelante, buscando la penetración.

"¿Por favor qué?" preguntó Adrián, burlándose, rozando mi clítoris con su glande una y otra vez.

"Por favor, fóllame", gemí, desesperada. "Mete tu polla dentro de mí, Adrián. Te necesito."

Con un gruñido bajo, Adrián empujó hacia adelante, penetrándome de una sola estocada profunda y contundente. Grité, mi espalda arqueándose del colchón, mis uñas clavándose en sus hombros. Era grande, me estiraba, me llenaba por completo. Durante un momento nos quedamos así, conectados, él enterrado hasta la base dentro de mí, ambos jadeando, adaptándonos a la sensación.
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"Joder, estás tan apretada", gruñó Adrián, empezando a moverse. "Tan caliente, tan húmeda. Voy a disfrutar cada segundo de esto, Hanna."

Empezó a follarme con movimientos lentos pero profundos, sacando casi todo su miembro para luego volver a enterrarlo hasta el fondo. Cada embestida hacía que mis pechos se movieran dentro del vestido, que mi cuerpo entero se sacudiera. Gemía sin control, sin vergüenza, mis sonidos llenando la habitación.

Adrián aumentó el ritmo gradualmente, sus caderas golpeando contra las mías con fuerza, creando un sonido seco de piel contra piel que se mezclaba con nuestros jadeos. Se inclinó sobre mí, su boca encontrando mi cuello, mordiendo, succionando, dejando marcas que mañana tendría que ocultar.

"Te gusta, ¿verdad?" susurró contra mi piel. "Te gusta que te folle duro. Que te use. Eres una puta encubierta, Hanna, y esta noche has salido a jugar."

"Sí", admití, mi voz apenas un hilo de sonido. "Sí, me gusta. Fóllame más duro, Adrián. No te detengas."

Él obedeció, cambiando el ángulo de sus embestidas, levantando mis piernas sobre sus hombros para penetrarme más profundo. El nuevo ángulo hizo que su miembro rozara un punto sensible dentro de mí con cada movimiento, enviando chispas de placer por toda mi columna vertebral.

"Ahí, justo ahí", gemí, mis manos agarrando las sábanas, mis ojos cerrados con fuerza. "No pares, por favor, no pares."

Adrián mantuvo ese ritmo, golpeando ese punto una y otra vez, sus embestidas volviéndose más rápidas, más desesperadas. Sentía mi segundo orgasmo construyéndose, más intenso que el primero, una ola de placer que crecía imparable.

"Vente para mí", ordenó Adrián, sintiendo cómo mi cuerpo se tensaba. "Vente en mi polla, Hanna. Quiero sentir cómo te corres."

Y entonces me solté. Mi segundo orgasmo me golpeó como un tsunami, contracciones violentas que recorrieron mi cuerpo, haciéndome gritar su nombre, haciéndome sacudirme debajo de él. Adrián siguió follando, prolongando mi placer, usando mi cuerpo mientras yo estaba inmersa en la sensación.

Cuando mi orgasmo disminuyó, Adrián se retiró, dejándome vacía y jadeante. "Quiero probarte", dijo, y antes de que pudiera procesar sus palabras, bajó su cabeza entre mis piernas y empezó a lamer de nuevo, esta vez recogiendo nuestras mezclas de su lengua, limpiándome con avidez.

Fue demasiado. Era demasiado sensible, demasiado intenso. Intenté cerrar las piernas, pero él me mantuvo abierta, su lengua trabajando mi clítoris sobresensibilizado hasta que sentí que otro orgasmo se construía, imposible, inesperado.

"No puedo... es demasiado...", balbuceé.

"Puedes", contradijo Adrián, su voz vibrando contra mí. "Y lo harás."

Y lo hice. Mi tercer orgasmo fue diferente, más profundo, más prolongado, una serie de contracciones que parecían no terminar nunca. Adrián me mantuvo en el borde, lamiendo suavemente hasta que tuve que empujarlo, agotada, temblando incontrolablemente.

Me miró desde entre mis muslos, su boca húmeda, sus ojos oscuros brillando. "Eres increíble", dijo, subiendo por mi cuerpo hasta quedar a mi lado. "Pero aún no he terminado contigo."

Tomó mi teléfono de la cómoda y me lo entregó. "Llámalo. Quiero que Mateo oiga lo que pasa."

Marcqué el número de Mateo, mi voz temblando. Contestó al primer tono.

"Hanna", dijo, su voz tensa, excitada. "¿Cómo estás?"

"Estoy...", empecé, pero Adrián tomó el teléfono de mi mano y lo puso en altavoz.

"Está perfecta, Mateo", dijo Adrián, su voz clara y arrogante. "Acaba de venirse tres veces. Está deshecha, jadeante, y voy a follármela de nuevo. ¿Quieres oírlo?"

"Por favor", suplicó Mateo, su voz distante pero clara en el altavoz.

Adrián me volteó sobre mi estómago, levantando mis caderas. "A cuatro patas", ordenó. "Quiero ver ese culo mientras te follo."

Obedecí, posicionándome sobre mis manos y rodillas, mi cara presionada contra la almohada, el teléfono aún en altavoz cerca de nosotros. Adrián se posicionó detrás de mí, separando mis nalgas con sus manos, admirando la vista.

"Mira esto, Mateo", dijo Adrián, y sentí su dedo trazando mi entrada, todavía húmeda y abierta. "Tu novia está lista para mí. Está suplicando por más."

Y entonces entró de nuevo, esta vez desde atrás, en una estocada profunda y brutal que me hizo gritar en la almohada. Adrián agarró mis caderas con fuerza, sus dedos clavándose en mi carne, y empezó a follarme con un ritmo salvaje, desenfrenado, sus caderas golpeando contra mis nalgas con fuerza suficiente para dejar marcas.

"¿Oyes eso, Mateo?" gruñó Adrián, cada palabra acompañada de una embestida. "¿Oyes cómo tu novia grita? ¿Cómo le encanta mi polla?"

"Sí", jadeó Mateo al otro lado de la línea. "Sí, la oigo. Hanna, ¿estás bien?"

"Estoy...", logré decir entre gemidos, "estoy... Dios, Adrián, es tan bueno..."

"Se está viniendo otra vez", anunció Adrián, sintiendo cómo mi cuerpo se tensaba. "Vamos, Hanna, vente para mí, para tu novio, para que lo oiga."

Y me solté por cuarta vez, un orgasmo devastador que me hizo colapsar sobre la cama, pero Adrián me mantuvo levantada por las caderas, siguiendo follando, usando mi cuerpo convulsionado para su propio placer.

Estaba perdiendo la noción del tiempo, del espacio, de quién era. Era solo sensación, solo placer, solo el sonido de nuestras carnes chocando y los jadeos de Mateo al teléfono, que seguía conectado, escuchando cada segundo.

Adrián se retiró y me volteó de nuevo, esta vez quitándome el vestido por completo, dejándome solo en el sujetador y las medias. Me miró, recorriendo mi cuerpo desnudo con los ojos, y por primera vez vi algo más que lujuria en su mirada. Había admiración, casi ternura.

"Eres preciosa", dijo, su voz más suave ahora. "Tan receptiva, tan apasionada. Mateo tiene suerte."

Luego se inclinó y me besó. Fue un beso profundo, lento, diferente a todo lo anterior. Sus labios se movieron contra los míos con ternura, su lengua explorando mi boca suavemente. Fue un momento de conexión íntima, inesperada, que me hizo sentir vulnerable y cuidada al mismo tiempo.

Cuando se separó, tomó mi mano y la guió hasta su miembro, todavía duro, todavía caliente. "Tócame", susurró. "Quiero sentir tus manos."

Lo acaricié, moviendo mi mano arriba y abajo, sentiendo su pulso bajo mi palma. Adrián gimió, cerrando los ojos, dejándose tocar por un momento. Pero pronto su necesidad volvió a tomar el control.

"Quiero probarte de nuevo", dijo, y esta vez me guió hasta que estuve sentada a horcajadas sobre su rostro, mirando hacia la cabecera de la cama, mi sexo posicionado directamente sobre su boca. "Siéntate", ordenó. "Usa mi cara."

Dudé un segundo, pero luego bajé lentamente, sintiendo su lengua encontrar mi clítoris inmediatamente. Empecé a mover mis caderas, frotándome contra su boca, controlando el ritmo, la presión. Era una sensación de poder increíble, verlo debajo de mí, sus manos agarrando mis muslos, su lengua sirviéndome.

Mientras yo me montaba su rostro, Adrián usó una mano para masturbarse, sus dedos envolviendo su miembro, moviéndose en sincronía con mis movimientos. La vista era erótica, verlo tocarse mientras me complacía, ver su cuerpo tenso de deseo.

"Estoy cerca", advertí, mis movimientos volviéndose más rápidos, más desesperados.

Adrián respondió succionando mi clítoris con fuerza, y eso fue suficiente. Mi quinto orgasmo me sacudió, menos intenso que los anteriores pero más prolongado, una serie de oleadas que me hicieron temblar y jadear.

Me deslicé hacia abajo, agotada, y Adrián me guió hasta que estuve sentada sobre su regazo, su miembro posicionado en mi entrada. "Una vez más", susurró. "Vamos juntos esta vez."

Bajé sobre él, tomándolo dentro de mí, llenándome de nuevo. Nos besamos, un beso húmedo y profundo que sabía a nosotros, a nuestra mezcla. Empecé a moverme, cabalgándolo lentamente, sintiendo cada centímetro de él dentro de mí.

Adrián agarró mis caderas, guiando mi ritmo, sus pulgares trazando círculos en mi piel. "Eres perfecta", murmuró contra mi boca. "Tan perfecta."

El ritmo se intensificó, nuestros cuerpos encontrando una sincronía perfecta. Podía sentir que Adrián estaba cerca, su respiración se volvía entrecortada, sus músculos se tensaban. Yo también estaba cerca de nuevo, impresionantemente, inexplicablemente, mi cuerpo respondiendo a cada embestida con renovada urgencia.

"Vente conmigo", supliqué, mi frente presionada contra la suya, nuestros ojos cerrados. "Adrián, vente dentro de mí. Quiero sentirte."

Él gruñó, sus dedos clavándose en mis caderas, y empujó hacia arriba con fuerza, una estocada profunda y final. Sentí su miembro pulsando dentro de mí, liberando su semen caliente, y eso me empujó al borde. Mi sexto orgasmo llegó simultáneamente, mis contracciones apretando alrededor de él, ordenándolo, prolongando su placer mientras el mío se extendía por todo mi cuerpo.

Nos quedamos así, jadeando, sudorosos, conectados, durante largos minutos. Cuando finalmente me separé de él, vi que el teléfono seguía en altavoz, y la voz de Mateo, suave y emocionada, llegó hasta nosotros.

"Eso fue...", empezó, buscando las palabras. "Eso fue lo más hermoso y excitante que he visto jamás. Hanna, ¿estás bien? ¿De verdad?"

Tomé el teléfono, mi voz ronca por los gritos. "Estoy bien", susurré. "Estoy más que bien, amor. Estoy... transformada."

Adrián se sentó en la cama, sonriendo, y tomó el teléfono. "Tu novia es una diosa, Mateo", dijo, sin arrogancia esta vez, solo con genuina admiración. "Cuida de ella."

Pasamos una hora más en la habitación, recuperándonos, hablando los tres a través del teléfono, riendo, compartiendo la intimidad de lo que habíamos experimentado. Adrián me ayudó a vestirme, sus manos tiernas ahora, cuidadosas. Cuando salimos del hotel, ya eran pasadas las dos de la mañana.

El viaje de regreso fue diferente. Había una complicidad entre nosotros, una amistad profunda que había nacido de la intimidad compartida. Adrián me dejó en mi apartamento, y cuando abrí la puerta, allí estaba Mateo, esperándome con una taza de té caliente y los brazos abiertos.

Me fundí en su abrazo, oliendo su colonia familiar, sintiendo su amor rodearme. "Gracias", susurré contra su pecho.

"No", dijo Mateo, besando mi cabello. "Gracias a ti. Por confiar en mí, en nosotros. Por ser tan valiente."

Esa noche, mientras Mateo me hacía el amor con una ternura renovada, una pasión intensificada por lo que había presenciado, supe que algo había cambiado para siempre. No éramos la misma pareja de antes. Éramos algo más complejo, más abierto, más libre. Y mientras me dormía en sus brazos, agotada, satisfecha, transformada, supe que esta era solo la primera de muchas aventuras que vendrían. Porque ahora que había descubierto a esa Hanna insaciable, a esa mujer que podía perder el control y disfrutarlo, no había vuelta atrás. Y Mateo, mi amor, mi cómplice, estaba más que dispuesto a acompañarme en ese viaje de descubrimiento.

El amanecer se filtraba por las cortinas cuando finalmente cerré los ojos, mi cuerpo todavía zumbando con el recuerdo de las manos de Adrián, mi mente llena de imágenes eróticas, mi corazón lleno de amor y gratitud. Había sido la noche más intensa de mi vida, y sabía que nunca la olvidaría. Porque esa noche, en aquel hotel anónimo, Hanna la tímida, Hanna la reservada, había muerto, y en su lugar había nacido una mujer segura de su sexualidad, dueña de su placer, lista para explorar cada rincón oscuro de su deseo. Y tenía a un hombre a mi lado que estaba dispuesto a caminar ese camino conmigo, mano en mano, hacia dondequiera que nos llevara nuestra imaginación.
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