El aroma a asado y vino tinto llenaba la casa cuando Astrid cruzó el umbral, abrazando a sus padres después de tanto tiempo. Su madre, una mujer de rostro dulce y cabello plateado, la recibió con besos efusivos.
—¡Mi niña! Qué sorpresa tan maravillosa —sus manos cálidas acariciaron su rostro—. Estábamos preparando la noche de póker mensual, pero la cancelaremos ahora que llegaste.
Su padre, un hombre robusto con ojos astutos, asintió mientras servía un whisky.
—Sí, mejor así. Con mis amigos no hay moderación cuando empiezan a perder —su risa era áspera, pero su mirada recorrió a Astrid de manera extraña.
El teléfono vibró en su bolsillo.
"Que la fiesta no se cancele. Participarás."
Astrid tragó saliva, los dedos apretando el dispositivo.
—No... no hace falta cancelar —dijo con voz ligeramente quebrada—. Me encantará ver cómo juegan.
Sus padres intercambiaron una mirada rápida antes de sonreír.
—¡Magnífico! —rugió su padre, sirviéndole una copa—. Será una noche inolvidable.
La cena transcurrió entre anécdotas familiares y preguntas sobre sus estudios, pero Astrid apenas podía concentrarse. Cada bocado sabía a culpa, cada sorbo de vino le recordaba lo que había hecho en el camión.
Al caer la noche, comenzaron a llegar los invitados. Primero el señor Rojas, abogado de su padre, acompañado de dos mujeres: una rubia madura con vestido escotado hasta el ombligo y una joven tímida que no apartaba los ojos del suelo.
—Mi esposa Claudia y mi sobrina Luciana —presentó con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Luego vino el ingeniero Márquez, llevando del brazo a una morena altísima con tacones que hacían eco en el piso de madera.
—Mi secretaria personal —aclaró mientras la mano se deslizaba por su espalda—. Victoria es... muy buena para los números.
Astrid observó cómo su madre servía tragos sin inmutarse, cómo su padre reía con ganas al ver llegar al contador Suárez... con dos gemelas idénticas vestidas solo con corsés y medias.
—¡Las nuevas fichas de mi colección! —anunció el hombre, haciendo girar a las chicas como trofeos.
El aire se espesó cuando comenzó el juego. Las apuestas no eran en dinero, sino en prendas... y personas.
—Dos mil y tu secretaria —dijo su padre, arrojando fichas sobre la mesa.
Márquez palideció, pero asintió. Cuando perdió, Victoria fue conducida a la habitación contigua por el señor Rojas sin que nadie protestara.
Astrid sintió náuseas.
—¿Qué... qué clase de juego es este? —preguntó a su madre, que limpiaba vasos con calma sobrenatural.
—Tradición de viejos amigos, cariño —respondió mientras el siguiente round comenzaba.
Todo se volvió surrealista cuando su padre perdió la mano principal.
—La esposa —declaró Suárez, señalando a la madre de Astrid con su puro.
—Las reglas son las reglas —su padre se encogió de hombros, besando a su mujer antes de que el abogado Rojas la tomara del brazo.
—Vamos, Rosario. Tienes que pagar nuestras deudas —murmuró mientras la llevaba escaleras arriba.
Astrid se quedó paralizada, el vaso resbalando de sus manos. El mensaje final llegó entonces:
"Tu turno será el próximo. Prepárate."
El mensaje brillaba en la pantalla del teléfono como una sentencia inapelable. Astrid respiró hondo, el eco de los gemidos de su madre bajando por las escaleras y mezclándose con las risas ebrias de los invitados. Sus ojos se encontraron con los de su padre, quien observaba el juego con una mezcla de excitación y frustración mientras las fichas se acumulaban frente al contador Suárez.
—Papi— susurró, acercándose a su oído con una sonrisa tensa que ocultaba el temblor en sus labios—. Me puedes apostar si quieres.
Su padre giró lentamente la cabeza, sus ojos oscuros escudriñando su rostro con una intensidad que le erizó la piel.
—¿Estás segura?— preguntó, la voz ronca por el whisky—. Sabes lo que pasa cuando uno pierde, ¿verdad?
Ella asintió, los dedos jugueteando con el borde de su vestido mientras otro gemido agudo de su madre cortaba el aire.
—Sí, papi— murmuró, bajando las pestañas—. Puedo escuchar a mamá… parece que lo está disfrutando.
La verdad era que Rosario sonaba como una mujer poseída, sus gritos sofocados por las paredes pero no lo suficiente como para ocultar el ritmo acelerado de los golpes contra la madera, el jadeo masculino del señor Rojas marcando el compás de su humillación.
Su padre soltó una risa baja, los nudillos blanqueando alrededor de su copa.
—Siempre fuiste mi niña valiente— dijo antes de volverse hacia la mesa—. Apuesto a mi hija en la siguiente mano.
El silencio que siguió fue breve pero eléctrico. Los ojos de los jugadores brillaron con interés lascivo, las miradas recorriendo el cuerpo de Astrid como manos invisibles. El ingeniero Márquez, un hombre de cincuenta y tantos con una sonrisa de depredador, lamió sus labios secos.
—Acepto la apuesta— anunció, arrojando sus fichas al centro.
Las cartas se repartieron con una lentitud cruel. Astrid observó cómo su padre fingía concentración, pero notó el temblor en sus dedos cuando levantó sus naipes. Sabía, con una certeza que le quemaba el estómago, que él perdería adrede.
—Me planto— declaró su padre demasiado pronto, mostrando una mano mediocre.
Márquez sonrió, revelando un full de reinas y sietes.
—Parece que la noche es mía— dijo, levantándose con elegancia falsa mientras desabrochaba el primer botón de su camisa.
Astrid no tuvo tiempo de reaccionar antes de que una mano fuerte la agarrara por la muñeca.
—Aquí mismo— ordenó Márquez, tirándola hacia el centro de la sala, donde una mesa auxiliar había sido despejada misteriosamente—. Quiero que todos vean lo que el azar me regaló.
La habitación estalló en murmullos excitados. Astrid sintió docenas de ojos sobre ella mientras Márquez la empujaba contra la superficie fría de la mesa, sus manos empujando su vestido hacia arriba hasta revelar que no llevaba nada debajo.
—Miren esto— gruñó el hombre, pasando una mano posesiva por sus nalgas—. Jugosa como un melocotón maduro.
El primer azote resonó como un disparo. Astrid gimió, no tanto por el dolor sino por la vergüenza, sintiendo cómo su propio cuerpo la traicionaba al humedecerse bajo la atención de todos. Su padre, sentado en su sillón como un espectador más, no apartaba la mirada, los labios entreabiertos, una mano desapareciendo bajo la mesa.
Márquez no perdió tiempo. El sonido de su cinturón desabrochándose hizo que Astrid cerrara los ojos, pero un gruñido autoritario la obligó a abrirlos.
—Mírame, putita— ordenó, alineándose a su entrada—. Quiero ver esos ojitos llorar cuando te rompa.
Y así fue.
La penetración fue brutal, sin preliminares, sin compasión. Astrid gritó, las uñas arañando la madera pulida mientras Márquez la empujaba hasta el fondo de un solo movimiento.
—¡Dios!— jadeó, sintiendo cómo se estiraba para acomodarlo, cómo cada centímetro ardía de una manera deliciosamente dolorosa.
Alrededor, los invitados se apiñaban para ver mejor. El señor Rojas había bajado con Rosario, quien observaba la escena con los labios húmedos y la blusa desabrochada. Las gemelas del contador se masturbaban mutuamente mientras comentaban entre susurros.
—Así se hace, Márquez! —gritó alguien.
—Fóllate a esa zorra como se merece! —agregó otro.
Márquez obedeció, agarrando las caderas de Astrid y estableciendo un ritmo salvaje que hacía temblar la mesa. Cada embestida la empujaba contra el borde, cada retroceso dejaba un vacío que solo volvía a llenarse con más fuerza.
—¿Te gusta que te vean, princesa? —preguntó el hombre, inclinándose para morder su hombro—. ¿Te gusta que tu papi vea cómo te lleno?
Astrid no pudo responder. Las palabras se le ahogaron en un grito cuando Márquez cambió el ángulo, rozando ese punto interno que hizo que su visión se nublara. Sus piernas temblaron, sus músculos se tensaron.
—¡Voy a…! —intentó avisar, pero ya era demasiado tarde.
El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que se arqueara y gritara sin vergüenza, sus contracciones apretando a Márquez como un puño. El hombre maldijo, sus dedos hundiéndose en su carne mientras también caía, derramándose dentro de ella con gruñidos animales.
El silencio que siguió solo fue roto por los aplausos burlones de los espectadores. Márquez se separó con un sonido húmedo, dejando que todos vieran el resultado de su conquista.
—Bueno, parece que gané más de lo que esperaba —bromeó, limpiándose con un pañuelo antes de ofrecérselo a Astrid.
Ella lo tomó con manos temblorosas, demasiado avergonzada para mirar a su padre. Pero cuando alzó la vista por fin, lo que vio no fue decepción ni ira en sus ojos.
Era orgullo.
La noche avanzaba entre risas ahogadas, el tintineo de copas y el susurro de naipes deslizándose sobre la mesa de póker. Astrid observaba desde un rincón, las piernas aún temblorosas por el uso que Márquez le había dado, mientras su padre acumulaba fichas frente a él con una sonrisa de lobo satisfecho.
—Veinte mil y las gemelas —anunció su padre, arrojando las fichas al centro con un gesto teatral.
El contador Suárez, ahora sin sus preciadas acompañantes, palideció visiblemente.
—No puedes ser tan afortunado dos veces seguidas, Ramírez —gruñó, igualando la apuesta.
Las cartas se revelaron con tensión dramática. Un fulgor triunfal iluminó los ojos de su padre al mostrar un póker de ases.
—Parece que la suerte está de mi lado esta noche —rio, levantándose para abrazar a las gemelas que se acercaban como perritas sumisas—. Disfruten el juego, caballeros. Volveré pronto.
Astrid lo vio desaparecer escaleras arriba con una chica en cada brazo, los tacones de las gemelas repiqueteando en sincronía. Se acercó a su madre, quien observaba la escena con una copa de vino en mano y los labios húmedos.
—Mamá… ¿esto es normal para ustedes? —preguntó en voz baja, fingiendo ajustar el vestido que ya no cubría mucho.
Rosario giró hacia ella, los ojos brillando con una mezcla de nostalgia y lujuria.
—Querida, esta es una tradición antigua en la familia de tu padre —explicó, acariciando su cabello como cuando era niña—. Y a mí… me encanta.
Tomó un sorbo prolongado antes de continuar:
—Esta es solo una fiesta semanal pequeña. Una vez al mes hacemos un torneo importante donde vienen socios de todo el país. Ahí es cuando las apuestas se vuelven… interesantes.
Astrid sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Antes de poder preguntar más, un estruendo de sillas llamó su atención. Su padre regresaba al salón, el pelo despeinado y la camisa abierta, mientras las gemelas desaparecían hacia la cocina con sonrisas cómplices.
—¿Listos para perder de nuevo, muchachos? —bromeó, retomando su asiento.
La partida continuó con intensidad creciente. Astrid observó cómo su padre apostaba con audacia temeraria, bebiendo más de la cuenta, sus miradas hacia ella cada vez más prolongadas. Hasta que llegó la mano crucial.
—Todo o nada —desafió el señor Rojas, mostrando un color al corazón.
Su padre mostró sus cartas con gesto derrotado.
—Flush menor. Mierda.
Rojas se levantó lentamente, ajustándose el reloj de oro mientras su mirada recorría a Astrid de pies a cabeza.
—Me llevo a la cachorra otra vez —anunció, señalándola con su puro—. Pero esta vez… prefiero privacidad.
Astrid sintió que todas las miradas se posaban sobre ella. Su padre asintió con gesto resignado, pero sus ojos ardían con algo más complejo.
—Solo recuerda las reglas, Rojas —advirtió con voz extrañamente tensa.
El abogado sonrió, mostrando dientes perfectos y caros.
—Oh, lo haré. El ano es sagrado en esta casa, ¿no es así?
Antes de que Astrid pudiera reaccionar, unas manos fuertes la levantaron de la silla. La caminata hacia el cuarto de invitados fue un borrón de murmullos y miradas lascivas. La puerta se cerró con un click ominoso.
Rojas no perdió tiempo. La empujó contra la cama, su aliento a coñac y tabaco envolviéndola cuando susurró:
—Vamos a disfrutar esto, tú y yo.
Lo que siguió fue una lección de dominio meticuloso. Rojas la desvistió con precisión quirúrgica, sus manos expertas explorando cada curva hasta encontrarla temblando de necesidad. Cuando sus dedos encontraron su trasero, Astrid contuvo el aire.
—Relájate, princesa —murmuró, untando algo frío y resbaladizo—. Esto dolerá… hasta que deje de doler.
La penetración fue tan gradual como implacable. Astrid gritó en el hombro del hombre, sus uñas clavándose en su espalda mientras la quemazón inicial daba paso a una presión insoportable… hasta que de pronto, mágicamente, se transformó en placer puro.
—Dios… —jadeó, sintiendo cómo cada centímetro la llenaba de una manera nueva, prohibida, intensa.
Rojas la poseyó con ritmo constante, sus manos agarrando sus caderas para guiarla, sus palabras sucias alimentando el fuego que crecía en su vientre.
—Mírate, Ramírez —gruñó—. Tomando mi verga como una puta nata. ¿Tu padre sabe lo depravada que es su niña?
La mención de su padre, en ese contexto, hizo que Astrid se estremeciera con un nuevo orgasmo, sus músculos apretando a Rojas hasta hacerlo gemir.
Cuando finalmente terminaron, ambos estaban cubiertos de sudor y fluidos, jadeando como animales exhaustos. Rojas se separó con un sonido húmedo, limpiándose con una toalla del baño antes de ofrecérsela.
—Bien jugado, pequeña —dijo con un respeto nuevo en la voz—. Creo que acabas de ganarte un lugar en el torneo mensual.
Astrid apenas podía procesar las palabras cuando la puerta se abrió revelando a su padre, quien observó la escena con expresión impenetrable antes de anunciar:
—La partida continúa.
Continuara..
— Un comentario puede ayudar muchísimo ¿Me ayudas?. Mi link de contactos → https:/Ladiablita699 ←
—¡Mi niña! Qué sorpresa tan maravillosa —sus manos cálidas acariciaron su rostro—. Estábamos preparando la noche de póker mensual, pero la cancelaremos ahora que llegaste.
Su padre, un hombre robusto con ojos astutos, asintió mientras servía un whisky.
—Sí, mejor así. Con mis amigos no hay moderación cuando empiezan a perder —su risa era áspera, pero su mirada recorrió a Astrid de manera extraña.
El teléfono vibró en su bolsillo.
"Que la fiesta no se cancele. Participarás."
Astrid tragó saliva, los dedos apretando el dispositivo.
—No... no hace falta cancelar —dijo con voz ligeramente quebrada—. Me encantará ver cómo juegan.
Sus padres intercambiaron una mirada rápida antes de sonreír.
—¡Magnífico! —rugió su padre, sirviéndole una copa—. Será una noche inolvidable.
La cena transcurrió entre anécdotas familiares y preguntas sobre sus estudios, pero Astrid apenas podía concentrarse. Cada bocado sabía a culpa, cada sorbo de vino le recordaba lo que había hecho en el camión.
Al caer la noche, comenzaron a llegar los invitados. Primero el señor Rojas, abogado de su padre, acompañado de dos mujeres: una rubia madura con vestido escotado hasta el ombligo y una joven tímida que no apartaba los ojos del suelo.
—Mi esposa Claudia y mi sobrina Luciana —presentó con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Luego vino el ingeniero Márquez, llevando del brazo a una morena altísima con tacones que hacían eco en el piso de madera.
—Mi secretaria personal —aclaró mientras la mano se deslizaba por su espalda—. Victoria es... muy buena para los números.
Astrid observó cómo su madre servía tragos sin inmutarse, cómo su padre reía con ganas al ver llegar al contador Suárez... con dos gemelas idénticas vestidas solo con corsés y medias.
—¡Las nuevas fichas de mi colección! —anunció el hombre, haciendo girar a las chicas como trofeos.
El aire se espesó cuando comenzó el juego. Las apuestas no eran en dinero, sino en prendas... y personas.
—Dos mil y tu secretaria —dijo su padre, arrojando fichas sobre la mesa.
Márquez palideció, pero asintió. Cuando perdió, Victoria fue conducida a la habitación contigua por el señor Rojas sin que nadie protestara.
Astrid sintió náuseas.
—¿Qué... qué clase de juego es este? —preguntó a su madre, que limpiaba vasos con calma sobrenatural.
—Tradición de viejos amigos, cariño —respondió mientras el siguiente round comenzaba.
Todo se volvió surrealista cuando su padre perdió la mano principal.
—La esposa —declaró Suárez, señalando a la madre de Astrid con su puro.
—Las reglas son las reglas —su padre se encogió de hombros, besando a su mujer antes de que el abogado Rojas la tomara del brazo.
—Vamos, Rosario. Tienes que pagar nuestras deudas —murmuró mientras la llevaba escaleras arriba.
Astrid se quedó paralizada, el vaso resbalando de sus manos. El mensaje final llegó entonces:
"Tu turno será el próximo. Prepárate."
El mensaje brillaba en la pantalla del teléfono como una sentencia inapelable. Astrid respiró hondo, el eco de los gemidos de su madre bajando por las escaleras y mezclándose con las risas ebrias de los invitados. Sus ojos se encontraron con los de su padre, quien observaba el juego con una mezcla de excitación y frustración mientras las fichas se acumulaban frente al contador Suárez.
—Papi— susurró, acercándose a su oído con una sonrisa tensa que ocultaba el temblor en sus labios—. Me puedes apostar si quieres.
Su padre giró lentamente la cabeza, sus ojos oscuros escudriñando su rostro con una intensidad que le erizó la piel.
—¿Estás segura?— preguntó, la voz ronca por el whisky—. Sabes lo que pasa cuando uno pierde, ¿verdad?
Ella asintió, los dedos jugueteando con el borde de su vestido mientras otro gemido agudo de su madre cortaba el aire.
—Sí, papi— murmuró, bajando las pestañas—. Puedo escuchar a mamá… parece que lo está disfrutando.
La verdad era que Rosario sonaba como una mujer poseída, sus gritos sofocados por las paredes pero no lo suficiente como para ocultar el ritmo acelerado de los golpes contra la madera, el jadeo masculino del señor Rojas marcando el compás de su humillación.
Su padre soltó una risa baja, los nudillos blanqueando alrededor de su copa.
—Siempre fuiste mi niña valiente— dijo antes de volverse hacia la mesa—. Apuesto a mi hija en la siguiente mano.
El silencio que siguió fue breve pero eléctrico. Los ojos de los jugadores brillaron con interés lascivo, las miradas recorriendo el cuerpo de Astrid como manos invisibles. El ingeniero Márquez, un hombre de cincuenta y tantos con una sonrisa de depredador, lamió sus labios secos.
—Acepto la apuesta— anunció, arrojando sus fichas al centro.
Las cartas se repartieron con una lentitud cruel. Astrid observó cómo su padre fingía concentración, pero notó el temblor en sus dedos cuando levantó sus naipes. Sabía, con una certeza que le quemaba el estómago, que él perdería adrede.
—Me planto— declaró su padre demasiado pronto, mostrando una mano mediocre.
Márquez sonrió, revelando un full de reinas y sietes.
—Parece que la noche es mía— dijo, levantándose con elegancia falsa mientras desabrochaba el primer botón de su camisa.
Astrid no tuvo tiempo de reaccionar antes de que una mano fuerte la agarrara por la muñeca.
—Aquí mismo— ordenó Márquez, tirándola hacia el centro de la sala, donde una mesa auxiliar había sido despejada misteriosamente—. Quiero que todos vean lo que el azar me regaló.
La habitación estalló en murmullos excitados. Astrid sintió docenas de ojos sobre ella mientras Márquez la empujaba contra la superficie fría de la mesa, sus manos empujando su vestido hacia arriba hasta revelar que no llevaba nada debajo.
—Miren esto— gruñó el hombre, pasando una mano posesiva por sus nalgas—. Jugosa como un melocotón maduro.
El primer azote resonó como un disparo. Astrid gimió, no tanto por el dolor sino por la vergüenza, sintiendo cómo su propio cuerpo la traicionaba al humedecerse bajo la atención de todos. Su padre, sentado en su sillón como un espectador más, no apartaba la mirada, los labios entreabiertos, una mano desapareciendo bajo la mesa.
Márquez no perdió tiempo. El sonido de su cinturón desabrochándose hizo que Astrid cerrara los ojos, pero un gruñido autoritario la obligó a abrirlos.
—Mírame, putita— ordenó, alineándose a su entrada—. Quiero ver esos ojitos llorar cuando te rompa.
Y así fue.
La penetración fue brutal, sin preliminares, sin compasión. Astrid gritó, las uñas arañando la madera pulida mientras Márquez la empujaba hasta el fondo de un solo movimiento.
—¡Dios!— jadeó, sintiendo cómo se estiraba para acomodarlo, cómo cada centímetro ardía de una manera deliciosamente dolorosa.
Alrededor, los invitados se apiñaban para ver mejor. El señor Rojas había bajado con Rosario, quien observaba la escena con los labios húmedos y la blusa desabrochada. Las gemelas del contador se masturbaban mutuamente mientras comentaban entre susurros.
—Así se hace, Márquez! —gritó alguien.
—Fóllate a esa zorra como se merece! —agregó otro.
Márquez obedeció, agarrando las caderas de Astrid y estableciendo un ritmo salvaje que hacía temblar la mesa. Cada embestida la empujaba contra el borde, cada retroceso dejaba un vacío que solo volvía a llenarse con más fuerza.
—¿Te gusta que te vean, princesa? —preguntó el hombre, inclinándose para morder su hombro—. ¿Te gusta que tu papi vea cómo te lleno?
Astrid no pudo responder. Las palabras se le ahogaron en un grito cuando Márquez cambió el ángulo, rozando ese punto interno que hizo que su visión se nublara. Sus piernas temblaron, sus músculos se tensaron.
—¡Voy a…! —intentó avisar, pero ya era demasiado tarde.
El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que se arqueara y gritara sin vergüenza, sus contracciones apretando a Márquez como un puño. El hombre maldijo, sus dedos hundiéndose en su carne mientras también caía, derramándose dentro de ella con gruñidos animales.
El silencio que siguió solo fue roto por los aplausos burlones de los espectadores. Márquez se separó con un sonido húmedo, dejando que todos vieran el resultado de su conquista.
—Bueno, parece que gané más de lo que esperaba —bromeó, limpiándose con un pañuelo antes de ofrecérselo a Astrid.
Ella lo tomó con manos temblorosas, demasiado avergonzada para mirar a su padre. Pero cuando alzó la vista por fin, lo que vio no fue decepción ni ira en sus ojos.
Era orgullo.
La noche avanzaba entre risas ahogadas, el tintineo de copas y el susurro de naipes deslizándose sobre la mesa de póker. Astrid observaba desde un rincón, las piernas aún temblorosas por el uso que Márquez le había dado, mientras su padre acumulaba fichas frente a él con una sonrisa de lobo satisfecho.
—Veinte mil y las gemelas —anunció su padre, arrojando las fichas al centro con un gesto teatral.
El contador Suárez, ahora sin sus preciadas acompañantes, palideció visiblemente.
—No puedes ser tan afortunado dos veces seguidas, Ramírez —gruñó, igualando la apuesta.
Las cartas se revelaron con tensión dramática. Un fulgor triunfal iluminó los ojos de su padre al mostrar un póker de ases.
—Parece que la suerte está de mi lado esta noche —rio, levantándose para abrazar a las gemelas que se acercaban como perritas sumisas—. Disfruten el juego, caballeros. Volveré pronto.
Astrid lo vio desaparecer escaleras arriba con una chica en cada brazo, los tacones de las gemelas repiqueteando en sincronía. Se acercó a su madre, quien observaba la escena con una copa de vino en mano y los labios húmedos.
—Mamá… ¿esto es normal para ustedes? —preguntó en voz baja, fingiendo ajustar el vestido que ya no cubría mucho.
Rosario giró hacia ella, los ojos brillando con una mezcla de nostalgia y lujuria.
—Querida, esta es una tradición antigua en la familia de tu padre —explicó, acariciando su cabello como cuando era niña—. Y a mí… me encanta.
Tomó un sorbo prolongado antes de continuar:
—Esta es solo una fiesta semanal pequeña. Una vez al mes hacemos un torneo importante donde vienen socios de todo el país. Ahí es cuando las apuestas se vuelven… interesantes.
Astrid sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Antes de poder preguntar más, un estruendo de sillas llamó su atención. Su padre regresaba al salón, el pelo despeinado y la camisa abierta, mientras las gemelas desaparecían hacia la cocina con sonrisas cómplices.
—¿Listos para perder de nuevo, muchachos? —bromeó, retomando su asiento.
La partida continuó con intensidad creciente. Astrid observó cómo su padre apostaba con audacia temeraria, bebiendo más de la cuenta, sus miradas hacia ella cada vez más prolongadas. Hasta que llegó la mano crucial.
—Todo o nada —desafió el señor Rojas, mostrando un color al corazón.
Su padre mostró sus cartas con gesto derrotado.
—Flush menor. Mierda.
Rojas se levantó lentamente, ajustándose el reloj de oro mientras su mirada recorría a Astrid de pies a cabeza.
—Me llevo a la cachorra otra vez —anunció, señalándola con su puro—. Pero esta vez… prefiero privacidad.
Astrid sintió que todas las miradas se posaban sobre ella. Su padre asintió con gesto resignado, pero sus ojos ardían con algo más complejo.
—Solo recuerda las reglas, Rojas —advirtió con voz extrañamente tensa.
El abogado sonrió, mostrando dientes perfectos y caros.
—Oh, lo haré. El ano es sagrado en esta casa, ¿no es así?
Antes de que Astrid pudiera reaccionar, unas manos fuertes la levantaron de la silla. La caminata hacia el cuarto de invitados fue un borrón de murmullos y miradas lascivas. La puerta se cerró con un click ominoso.
Rojas no perdió tiempo. La empujó contra la cama, su aliento a coñac y tabaco envolviéndola cuando susurró:
—Vamos a disfrutar esto, tú y yo.
Lo que siguió fue una lección de dominio meticuloso. Rojas la desvistió con precisión quirúrgica, sus manos expertas explorando cada curva hasta encontrarla temblando de necesidad. Cuando sus dedos encontraron su trasero, Astrid contuvo el aire.
—Relájate, princesa —murmuró, untando algo frío y resbaladizo—. Esto dolerá… hasta que deje de doler.
La penetración fue tan gradual como implacable. Astrid gritó en el hombro del hombre, sus uñas clavándose en su espalda mientras la quemazón inicial daba paso a una presión insoportable… hasta que de pronto, mágicamente, se transformó en placer puro.
—Dios… —jadeó, sintiendo cómo cada centímetro la llenaba de una manera nueva, prohibida, intensa.
Rojas la poseyó con ritmo constante, sus manos agarrando sus caderas para guiarla, sus palabras sucias alimentando el fuego que crecía en su vientre.
—Mírate, Ramírez —gruñó—. Tomando mi verga como una puta nata. ¿Tu padre sabe lo depravada que es su niña?
La mención de su padre, en ese contexto, hizo que Astrid se estremeciera con un nuevo orgasmo, sus músculos apretando a Rojas hasta hacerlo gemir.
Cuando finalmente terminaron, ambos estaban cubiertos de sudor y fluidos, jadeando como animales exhaustos. Rojas se separó con un sonido húmedo, limpiándose con una toalla del baño antes de ofrecérsela.
—Bien jugado, pequeña —dijo con un respeto nuevo en la voz—. Creo que acabas de ganarte un lugar en el torneo mensual.
Astrid apenas podía procesar las palabras cuando la puerta se abrió revelando a su padre, quien observó la escena con expresión impenetrable antes de anunciar:
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Continuara..
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