La noche arrancó a levantarse desde temprano en casa. Agus se tomó su tiempo frente al espejo, sabiendo exactamente qué botones tocarme. Cuando la vi salir del vestidor, me dejó sin aliento: llevaba una minipollera de cuero negro mate, híper ajustada, que le remarcaba la cola a la perfección, combinada con unas botas de cuero de caña alta y taco aguja que hacían resonar cada paso con un sonido seco, firme y sexy. Estaba hecha un fuego.
Al rato cayó Vero a casa para hacer la previa. Vero es una de las mejores amigas de mi mujer: alta, morocha, con un lomazo tremendo de gimnasio y una actitud desinhibida que encajaba perfecto con la nuestra. Cuando cruzó la puerta, el aire de la estancia se cortó con un filo. Llevaba un pantalón negro engomado, tan apretado que parecía pintado sobre la piel, marcando de forma brutal la curva de sus caderas y el volumen de su culo. Abajo, unas botas de cuero con cierre lateral y taco fino. Vero despedía esa vibra de mina canchera y provocadora que sabía perfecto cómo llamar la atención.
Nos acomodamos en los sillones para tomar algo. Habíamos armado grupo con unos amigos más, pero la onda estaba muerta, la gente re apagada. Así que medio que nos abrimos los tres. Nos quedamos en nuestro mundo: música al mango, ellas preparándose unos gin tonics bien cargados y yo sirviéndome algo más medido porque me tocaba manejar.
Entre el alcohol y el calor que empezaba a juntarse, las miradas cómplices volaban. Cada vez que Vero se cruzaba de piernas, el pantalón engomado crujía con un sonido fetiche que me hacía volar la cabeza. Agus, echada al lado mío, resbalaba la mano por la caña de su bota de cuero, mirándome con una complicidad perversa. Los tres sabíamos que la noche venía picada.
Llegamos al boliche entonados, con el alcohol corriendo rápido. Pedí una botella de champagne en la barra para mantener el ritmo alto. El boliche era una caldera, lleno de gente, retumbando con el cachengue pesado. Nos ubicamos en un costado cerca de la barra, donde la luz dorada y baja apenas dejaba ver los contornos.
A ellas dos les encanta bailar y mover el orto, y con unos tragos encima se transformaron. Agus se me pegó de espaldas de entrada, encajándome su minipollera de cuero mate directo en la entrepierna. Empezó a refregarse de arriba a abajo, rítmica, sintiendo cómo se me empezaba a armar la chota. Pero Vero no se quedó mirando de afuera: lejos de hacerse a un lado, se nos pegó pegadísima. Metió su cuerpo pegado al de mi mujer, apoyando su culo enfundado en ese engomado negro directamente contra mi cadera y mi muslo.
Quedé apretado en el medio de las dos. El roce constante entre el cuero mate de mi mujer y la tela engomada brillante de Vero era una tortura física. Sentía el calor de los dos cuerpos, el perfume mezclado con el alcohol y el sonido constante de las telas refregándose contra mi jean. Ellas dos se miraban por encima del hombro, se cogiaban de risa y se bailaban entre sí, usándome de eje.
Ya no aguanté más. Estiré las dos manos con fuerza: con una le agarré la cadera a mi mujer y con la otra le encajé los dedos bien enterrados en el pantalón engomado de Vero. La tiré hacia mí sin pedirle permiso y le pegué una apoyada pesada, limpia, marcándole la verga re dura que ya me reventaba el pantalón. Le encajé la chota en la hendidura de las nalgas a través del engomado y le marqué el paso a lo bruto. Vero tiró la cabeza hacia atrás, largando una risita ahogada, y en vez de correrse, arqueó la espalda a propósito, devolviéndome el empuje con una fuerza que me dejó enfermo.
Eran casi las cinco de la mañana. Una noche de verano pegajosa, el boliche era un horno y yo no daba más de la calentura. Tenía la verga de piedra y la cabeza quemada por el roce de toda la noche. Me le acerqué a Agus al oído, agarrándola con firmeza del pelo para pegarla a mí, y le dije con la voz rasposa, cargada de mugre:
—Vamos a casa ya... te voy a re contra coger.
Agus, con la boca entreabierta, la mirada totalmente perdida por la borrachera y los pómulos encendidos, se me rió en la cara. Me miró con esa chispa de pícara y me tiró al oído:
—¿Y con Vero qué hacemos?
—Que venga para casa —le contesté directo, sin dudar un segundo, clavándole los ojos.
Agus soltó una carcajada nerviosa, buscando ver si hablaba en serio. Para acelerar el trámite, estiré la mano por detrás de Agus y le metí un manotazo seco, sonoro, en el medio del culo a Vero. Sentí la firmeza de la carne bajo la tela engomada.
—Vero, nos vamos a casa —le tiré mientras le apretaba la cola.
Vero apenas dio un paso hacia el costado, haciéndose la desentendida. Se dio vuelta despacio, me miró de reojo con una sonrisa pilla, mordiéndose el labio inferior, tanteando hasta dónde era juego y hasta dónde era verdad. Estaba haciéndose la boluda para no quedar regalada, pero la provocación estaba servida.
Me calenté al límite. Agarré a mi mujer de la nuca, le atravesé los dedos por el pelo y le metí un chupón salvaje ahí mismo en el medio de la pista, tragándole la boca frente a Vero, dejándole claro a las dos lo al palo que estaba.
—Nos vamos ya —dije cortante.
Vero, entre el pedo y el código implícito de no definir ahí en la pista, se terminó abriendo hacia la zona de la barra, haciéndose la distraída. Seguro terminó enganchando a alguno esa noche para sacarse la calentura que traía encendida.
Subimos al auto y volamos a casa. No llegamos ni a prender las luces. En el pasillo previo a la habitación, la agarré a Agus contra la pared. El sonido de las botas de cuero chocando contra el piso retumbaba en el silencio de la casa. Le bajé el cierre de la minipollera de cuero y se la arranqué de un tirón junto con la tanga, dejándole únicamente puestas las botas altas de taco aguja.
La tiré de cabeza sobre la cama. Me le fui encima como un animal, abriéndole las piernas con brusquedad. Las cañas de cuero rígido de sus botas le abrazaban las pantorrillas mientras sus pies apuntaban al techo. Le encajé la verga de un solo golpe, entrando seco y profundo, haciéndola soltar un chillido que retumbó en la habitación.
Empecé a bombearla con un ritmo salvaje, rabioso, cobrándome la tensión de toda la noche. Agus se agarraba de las sábanas, clavando las botas en el colchón con cada embestida. Cuando la tuve en el punto justo de ebullición, me le pegué a la oreja y le empecé a hablar con la voz más sucia que me salió:
—Mirá cómo estás... Pensá cómo hubiera estado traer a Vero acá... Imaginate a la hija de puta de tu amiga al lado tuyo en esta cama, con ese pantalón engomado apretado... Le arrancaría la ropa y las pondría a las dos de rodillas...
Agus largó un gemido desgarrador. Las palabras le entraron directo a la entrepierna.
—Sí, Dios... hablame de Vero... —me suplicó con la voz ahogada.
—Imaginate a las dos juntas, chupándome la verga mientras les agarro el pelo... Te daría a vos hasta dejarte abierta y después se la metería a ella bien profundo, con las dos llenas de semen, arrodilladas con las botas puestas...
Escuchar eso fue la mecha corta. El cuerpo de Agus colapsó. La vagina se le empezó a contraer con una fuerza brutal, aprisionándome la verga mientras entraba en un orgasmo violento. Empezó a convulsionar, sacudiéndose entera sobre la cama, gritando mi nombre. No había terminado de salir de esa primera ola cuando le volví a meter la verga hasta el fondo con furia, hablándole de Vero al oído, y la hice enganchar un segundo orgasmo consecutivo, chorreando líquido, deshecha en espasmos.
Le di sin piedad, marcándole el ritmo con los golpes de mis caderas contra sus glúteos, hasta que en la tercera ola de clímax de ella, sentí que me reventaba la entrepierna. Le sostuve las piernas enfundadas en cuero bien abiertas y me descargué dentro de ella con chorros pesados y ardientes, dejándola completamente destruida y jadeante en la oscuridad.
Nos quedamos en silencio, solo escuchando nuestras respiraciones cortadas en medio de la penumbra de la habitación. Agus estaba tirada sobre la cama, rendida, con el pelo revuelto sobre las almohadas y esas botas de cuero negro todavía puestas, reluciendo bajo la luz tenue que entraba por la ventana.
De repente, la pantalla de su celular sobre la mesa de luz se iluminó. Un brillo corto, un zumbido seco sobre la madera.
Agus estiró el brazo con pereza, agitada todavía, y miró la pantalla. Soltó una risita ahogada, mordiéndose el labio inferior, y me giró el teléfono para que lo pudiera ver.
Era un mensaje de WhatsApp de Vero. Enviado hacía dos minutos.
Vero: "Me quedé con ganas de seguir la noche... ¿Están despiertos todavía o ya se cobraron la calentura solos?"
Agus me clavó esos ojos encendidos, mirándome con una sonrisa perversa mientras dejaba caer el celular sobre mi pecho. Se acomodó lentamente, apoyando la caña rígida de una de sus botas sobre mi muslo, y me susurró con la voz rasposa:
—La próxima vez no se nos escapa, Fede. Hablá con ella vos... o le escribo yo.
La mecha quedaba prendida. Y los tres sabíamos que era solo cuestión de tiempo para que terminara de explotar.
Al rato cayó Vero a casa para hacer la previa. Vero es una de las mejores amigas de mi mujer: alta, morocha, con un lomazo tremendo de gimnasio y una actitud desinhibida que encajaba perfecto con la nuestra. Cuando cruzó la puerta, el aire de la estancia se cortó con un filo. Llevaba un pantalón negro engomado, tan apretado que parecía pintado sobre la piel, marcando de forma brutal la curva de sus caderas y el volumen de su culo. Abajo, unas botas de cuero con cierre lateral y taco fino. Vero despedía esa vibra de mina canchera y provocadora que sabía perfecto cómo llamar la atención.
Nos acomodamos en los sillones para tomar algo. Habíamos armado grupo con unos amigos más, pero la onda estaba muerta, la gente re apagada. Así que medio que nos abrimos los tres. Nos quedamos en nuestro mundo: música al mango, ellas preparándose unos gin tonics bien cargados y yo sirviéndome algo más medido porque me tocaba manejar.
Entre el alcohol y el calor que empezaba a juntarse, las miradas cómplices volaban. Cada vez que Vero se cruzaba de piernas, el pantalón engomado crujía con un sonido fetiche que me hacía volar la cabeza. Agus, echada al lado mío, resbalaba la mano por la caña de su bota de cuero, mirándome con una complicidad perversa. Los tres sabíamos que la noche venía picada.
Llegamos al boliche entonados, con el alcohol corriendo rápido. Pedí una botella de champagne en la barra para mantener el ritmo alto. El boliche era una caldera, lleno de gente, retumbando con el cachengue pesado. Nos ubicamos en un costado cerca de la barra, donde la luz dorada y baja apenas dejaba ver los contornos.
A ellas dos les encanta bailar y mover el orto, y con unos tragos encima se transformaron. Agus se me pegó de espaldas de entrada, encajándome su minipollera de cuero mate directo en la entrepierna. Empezó a refregarse de arriba a abajo, rítmica, sintiendo cómo se me empezaba a armar la chota. Pero Vero no se quedó mirando de afuera: lejos de hacerse a un lado, se nos pegó pegadísima. Metió su cuerpo pegado al de mi mujer, apoyando su culo enfundado en ese engomado negro directamente contra mi cadera y mi muslo.
Quedé apretado en el medio de las dos. El roce constante entre el cuero mate de mi mujer y la tela engomada brillante de Vero era una tortura física. Sentía el calor de los dos cuerpos, el perfume mezclado con el alcohol y el sonido constante de las telas refregándose contra mi jean. Ellas dos se miraban por encima del hombro, se cogiaban de risa y se bailaban entre sí, usándome de eje.
Ya no aguanté más. Estiré las dos manos con fuerza: con una le agarré la cadera a mi mujer y con la otra le encajé los dedos bien enterrados en el pantalón engomado de Vero. La tiré hacia mí sin pedirle permiso y le pegué una apoyada pesada, limpia, marcándole la verga re dura que ya me reventaba el pantalón. Le encajé la chota en la hendidura de las nalgas a través del engomado y le marqué el paso a lo bruto. Vero tiró la cabeza hacia atrás, largando una risita ahogada, y en vez de correrse, arqueó la espalda a propósito, devolviéndome el empuje con una fuerza que me dejó enfermo.
Eran casi las cinco de la mañana. Una noche de verano pegajosa, el boliche era un horno y yo no daba más de la calentura. Tenía la verga de piedra y la cabeza quemada por el roce de toda la noche. Me le acerqué a Agus al oído, agarrándola con firmeza del pelo para pegarla a mí, y le dije con la voz rasposa, cargada de mugre:
—Vamos a casa ya... te voy a re contra coger.
Agus, con la boca entreabierta, la mirada totalmente perdida por la borrachera y los pómulos encendidos, se me rió en la cara. Me miró con esa chispa de pícara y me tiró al oído:
—¿Y con Vero qué hacemos?
—Que venga para casa —le contesté directo, sin dudar un segundo, clavándole los ojos.
Agus soltó una carcajada nerviosa, buscando ver si hablaba en serio. Para acelerar el trámite, estiré la mano por detrás de Agus y le metí un manotazo seco, sonoro, en el medio del culo a Vero. Sentí la firmeza de la carne bajo la tela engomada.
—Vero, nos vamos a casa —le tiré mientras le apretaba la cola.
Vero apenas dio un paso hacia el costado, haciéndose la desentendida. Se dio vuelta despacio, me miró de reojo con una sonrisa pilla, mordiéndose el labio inferior, tanteando hasta dónde era juego y hasta dónde era verdad. Estaba haciéndose la boluda para no quedar regalada, pero la provocación estaba servida.
Me calenté al límite. Agarré a mi mujer de la nuca, le atravesé los dedos por el pelo y le metí un chupón salvaje ahí mismo en el medio de la pista, tragándole la boca frente a Vero, dejándole claro a las dos lo al palo que estaba.
—Nos vamos ya —dije cortante.
Vero, entre el pedo y el código implícito de no definir ahí en la pista, se terminó abriendo hacia la zona de la barra, haciéndose la distraída. Seguro terminó enganchando a alguno esa noche para sacarse la calentura que traía encendida.
Subimos al auto y volamos a casa. No llegamos ni a prender las luces. En el pasillo previo a la habitación, la agarré a Agus contra la pared. El sonido de las botas de cuero chocando contra el piso retumbaba en el silencio de la casa. Le bajé el cierre de la minipollera de cuero y se la arranqué de un tirón junto con la tanga, dejándole únicamente puestas las botas altas de taco aguja.
La tiré de cabeza sobre la cama. Me le fui encima como un animal, abriéndole las piernas con brusquedad. Las cañas de cuero rígido de sus botas le abrazaban las pantorrillas mientras sus pies apuntaban al techo. Le encajé la verga de un solo golpe, entrando seco y profundo, haciéndola soltar un chillido que retumbó en la habitación.
Empecé a bombearla con un ritmo salvaje, rabioso, cobrándome la tensión de toda la noche. Agus se agarraba de las sábanas, clavando las botas en el colchón con cada embestida. Cuando la tuve en el punto justo de ebullición, me le pegué a la oreja y le empecé a hablar con la voz más sucia que me salió:
—Mirá cómo estás... Pensá cómo hubiera estado traer a Vero acá... Imaginate a la hija de puta de tu amiga al lado tuyo en esta cama, con ese pantalón engomado apretado... Le arrancaría la ropa y las pondría a las dos de rodillas...
Agus largó un gemido desgarrador. Las palabras le entraron directo a la entrepierna.
—Sí, Dios... hablame de Vero... —me suplicó con la voz ahogada.
—Imaginate a las dos juntas, chupándome la verga mientras les agarro el pelo... Te daría a vos hasta dejarte abierta y después se la metería a ella bien profundo, con las dos llenas de semen, arrodilladas con las botas puestas...
Escuchar eso fue la mecha corta. El cuerpo de Agus colapsó. La vagina se le empezó a contraer con una fuerza brutal, aprisionándome la verga mientras entraba en un orgasmo violento. Empezó a convulsionar, sacudiéndose entera sobre la cama, gritando mi nombre. No había terminado de salir de esa primera ola cuando le volví a meter la verga hasta el fondo con furia, hablándole de Vero al oído, y la hice enganchar un segundo orgasmo consecutivo, chorreando líquido, deshecha en espasmos.
Le di sin piedad, marcándole el ritmo con los golpes de mis caderas contra sus glúteos, hasta que en la tercera ola de clímax de ella, sentí que me reventaba la entrepierna. Le sostuve las piernas enfundadas en cuero bien abiertas y me descargué dentro de ella con chorros pesados y ardientes, dejándola completamente destruida y jadeante en la oscuridad.
Nos quedamos en silencio, solo escuchando nuestras respiraciones cortadas en medio de la penumbra de la habitación. Agus estaba tirada sobre la cama, rendida, con el pelo revuelto sobre las almohadas y esas botas de cuero negro todavía puestas, reluciendo bajo la luz tenue que entraba por la ventana.
De repente, la pantalla de su celular sobre la mesa de luz se iluminó. Un brillo corto, un zumbido seco sobre la madera.
Agus estiró el brazo con pereza, agitada todavía, y miró la pantalla. Soltó una risita ahogada, mordiéndose el labio inferior, y me giró el teléfono para que lo pudiera ver.
Era un mensaje de WhatsApp de Vero. Enviado hacía dos minutos.
Vero: "Me quedé con ganas de seguir la noche... ¿Están despiertos todavía o ya se cobraron la calentura solos?"
Agus me clavó esos ojos encendidos, mirándome con una sonrisa perversa mientras dejaba caer el celular sobre mi pecho. Se acomodó lentamente, apoyando la caña rígida de una de sus botas sobre mi muslo, y me susurró con la voz rasposa:
—La próxima vez no se nos escapa, Fede. Hablá con ella vos... o le escribo yo.
La mecha quedaba prendida. Y los tres sabíamos que era solo cuestión de tiempo para que terminara de explotar.
0 comentarios - Capítulo IV: Tensión en el boliche (La noche con Vero)