El albañil me hace su put4
Tengo veinticinco años, mido un metro sesenta y mi cuerpo siempre ha llamado la atención: pechos grandes, de ciento seis centímetros, cintura estrecha de sesenta y caderas de noventa. La piel blanca, el cabello negro liso hasta la mitad de la espalda. Vivo sola en un departamento del segundo piso de un edificio viejo del centro. El mes pasado contraté a un albañil para arreglar la humedad de la cocina y cambiar unos azulejos que se estaban cayendo. El hombre que llegó se llamaba Ramón. Cincuenta años, moreno, barriga grande, manos gruesas y callosas, y una forma de hablar que me sacó de quicio desde el primer día. Hablaba mal, usaba groserías sin pensarlo, se rascaba la panza cuando hablaba y me miraba los pechos sin ningún disimulo.
Al principio me molestaba. Cada vez que venía a trabajar yo estaba en casa porque hacía home office. Él llegaba con la camiseta manchada de cemento, el olor a sudor y a cigarro, y me saludaba con un “¿qué onda, güerita?” que me hacía fruncir el ceño. Yo contestaba con cortesía fría. Él, en cambio, se reía y seguía mirándome. Un día me alcanzó a ver cuando salí del baño con una toalla. No dije nada, solo me metí a la habitación y cerré la puerta. Esa noche me toqué pensando en sus manos grandes y en lo grueso que se veía el bulto de su pantalón de mezclilla.
No sé en qué momento empecé a buscarlo. Tal vez fue el contraste. Yo, joven, blanca, con este cuerpo que siempre había atraído a chicos de mi edad limpios y bien educados. Él, viejo, gordo, mal hablado, con la piel oscura y las uñas negras de tierra. Empecé a usar blusas más escotadas cuando sabía que venía. Me quedaba cerca de la cocina “para revisar el trabajo” y dejaba que me mirara. Un día me incliné delante de él a recoger algo del piso y sentí su mirada clavada en mi cul0. Me enderezé despacio. Él no dijo nada, solo se pasó la lengua por el labio inferior y siguió trabajando.
Esa misma tarde, cuando ya casi terminaba, me acerqué.
—¿Cuánto te falta? —pregunté.
Él se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.
—Un ratito más, jefa. Oye… ¿siempre andas así de buena o es por mí?
Me reí, nerviosa.
—Eres un grosero.
—Y tú tienes unas t3tas de put4 —dijo sin filtro—. Se te marcan hasta la sombra de los p3zones.
Me quedé callada. El calor me subió a la cara y también más abajo. Él se dio cuenta. Sonrió con esa sonrisa de dientes chuecos y se acercó un poco. Olió a sudor, a cemento y a hombre. Me miró de arriba abajo y luego se agachó un poco para quedar a la altura de mis p3chos.
—¿Me dejas tocarlas o solo me las enseñas?
No sé por qué le dije que sí. Tal vez porque estaba moj4da desde hacía días pensando en él. Me quité la blusa sin decir nada. Él soltó un silbido bajo.
—Chingada madre… están enormes.
Sus manos grandes me las agarraron. Las apretó, las pesó, pasó los pulgares por encima de los p3zones que ya se habían endurecido. Me temblaron las piernas. Él se inclinó y me chupó uno a través del brasier, luego el otro. Cuando me bajó el brasier y me los sacó completos, soltó un g3mido gutural.
—Pinches t3tas… te las voy a c0ger.
Me empujó suavemente hacia la mesa de la cocina. Me senté en el borde. Él se arrodilló entre mis piernas con dificultad por la barriga y me bajó los shorts y la t4nga de un jalón. Me miró el c0ño un segundo y luego metió la lengua. No fue delicado. Lamió fuerte, sucio, con saliva, metiendo la lengua hasta donde pudo. Yo me agarré de la mesa y abrí más las piernas. Él gruñía mientras me comía, como si le estuviera dando de comer algo que le gustaba demasiado.
Cuando se levantó, se bajó el pantalón y la ropa interior. Su p4ne era grueso, oscuro, con las venas marcadas y ya completamente duro. No era el más largo que había visto, pero era grueso y tenía un olor fuerte, a hombre que trabaja. Me lo puso en la cara.
—Chúpala, güerita.
Abrí la boca. Él me agarró el cabello negro y me empujó hacia adelante. Me llenó la boca de una sola vez. Me atraganté un poco. Él no se detuvo. Empezó a f0llarme la boca con movimientos cortos y profundos, mirándome mientras las lágrimas me salían de los ojos. Yo le agarraba la base porque no me cabía toda. Él se reía entre dientes.
—Así se chupa, put1ta. Bien abierta.
Cuando me sacó la v3rga de la boca, un hilo de saliva me unía a ella. Él me dio la vuelta, me inclinó sobre la mesa y me abrió las n4lgas con las manos. Me escupió el cul0 y el c0ño y luego me empujó la poll4 dentro de un solo golpe. Grité. Estaba grueso y me estiró. Él no esperó a que me acostumbrara. Empezó a embestirme con fuerza, agarrándome de las caderas. Cada vez que entraba, su barriga chocaba contra mi cvlo. El sonido era obsceno: carne contra carne, mi c0ño haciendo ruidos húmedos, él gruñendo “pvta”, “güera”, “te voy a llenar”.
Me agarró de los p3chos desde atrás y los apretó mientras me f0llaba. Me los sacudía, me pellizcaba los p3zones. Yo g3mía sin control. Él me dio una n4lgada fuerte y luego otra.
—Este cvlo está hecho pa’ que te lo partan.
Me sacó la verga, me dio la vuelta otra vez y me sentó en la mesa. Me abrió las piernas y volvió a entrar. Ahora me miraba a la cara. Su respiración era pesada. Me agarró del cabello y me obligó a verlo.
—Dime que te gusta esta v3rga de albañil.
—Me gusta… —susurré.
—Más fuerte, cabrona.
—Me gusta tu v3rga … me gusta que me la metas así de fuerte…
Él se rió y aceleró. Me f0lló hasta que me corrí. Me apreté alrededor de él y temblé. Él no se detuvo. Me siguió embistiendo mientras yo todavía tenía contracciones. Cuando sintió que yo ya no podía más, se sacó, me bajó de la mesa, me arrodilló y me corrió en la cara y en los p3chos. Chorro caliente, espeso, que me resbaló por la barbilla y cayó sobre mis tetas. Él se terminó de ordeñar encima de mí, mirándome con esa sonrisa sucia.
—Qué buena eres, Jazmín.
Me quedé arrodillada un momento, sintiendo el s3men enfriar en mi piel. Él se limpió con un trapo viejo que tenía en el bolsillo, se subió el pantalón y me miró otra vez.
—Mañana vengo a terminar lo de los azulejos. Si quieres, te la vuelvo a meter.
Me levanté despacio. Me vestí sin decir nada. Él recogió sus herramientas. Antes de irse me dio una nalgada fuerte y se fue silbando.
Esa noche me duché y me metí a la cama. Todavía me dolía un poco el c0ño. Me toqué y me corrí otra vez pensando en su barriga grande, en sus manos callosas, en lo mal que hablaba y en lo rico que me había f0llado.
Al día siguiente él llegó a las nueve. Yo lo esperaba en pantalones cortos y una camiseta sin brasier. Él entró, dejó las herramientas y me miró.
—Hoy no hay trabajo de azulejos —dijo—. Hoy hay trabajo de esta put1ta.
Me empujó contra la pared del pasillo. Me bajó los shorts, me levantó una pierna y me entró de pie. Me f0lló contra la pared mientras me chupaba el cuello y me apretaba las t3tas. Después me llevó a la cama. Me puso a cuatro y me la metió por detrás otra vez. Esta vez fue más lento al principio, como si disfrutara de sentir cómo lo apretaba. Me hablaba al oído con esa voz ronca y mal hablada:
—Qué rico está tu c0ño… tan apretadito… te voy a llenar otra vez, güera…
Me corrió adentro. Sentí el calor llenándome. Cuando se salió, el s3men me resbaló por el muslo. Él se acostó a mi lado, jadeando, con la barriga subiendo y bajando. Me pasó una mano por el p3cho y me apretó un p3zón.
—Vas a tener que contratarme más seguido, ¿no?
Sonreí. Me acerqué y le besé la boca por primera vez. Sabía a cigarro y a mí. Él respondió con la lengua gruesa y torpe.
Desde ese día, Ramón sigue viniendo. A veces a “trabajar”. A veces solo a f0lkarme. Me gusta cómo me mira, cómo me habla, cómo me usa. Me gusta ser la güerita de p3chos grandes que se deja c0ger por el albañil gordo y mal educado. Y cada vez que se va, me quedo con el c0ño abierto y lleno, esperando el siguiente día.
Tengo veinticinco años, mido un metro sesenta y mi cuerpo siempre ha llamado la atención: pechos grandes, de ciento seis centímetros, cintura estrecha de sesenta y caderas de noventa. La piel blanca, el cabello negro liso hasta la mitad de la espalda. Vivo sola en un departamento del segundo piso de un edificio viejo del centro. El mes pasado contraté a un albañil para arreglar la humedad de la cocina y cambiar unos azulejos que se estaban cayendo. El hombre que llegó se llamaba Ramón. Cincuenta años, moreno, barriga grande, manos gruesas y callosas, y una forma de hablar que me sacó de quicio desde el primer día. Hablaba mal, usaba groserías sin pensarlo, se rascaba la panza cuando hablaba y me miraba los pechos sin ningún disimulo.
Al principio me molestaba. Cada vez que venía a trabajar yo estaba en casa porque hacía home office. Él llegaba con la camiseta manchada de cemento, el olor a sudor y a cigarro, y me saludaba con un “¿qué onda, güerita?” que me hacía fruncir el ceño. Yo contestaba con cortesía fría. Él, en cambio, se reía y seguía mirándome. Un día me alcanzó a ver cuando salí del baño con una toalla. No dije nada, solo me metí a la habitación y cerré la puerta. Esa noche me toqué pensando en sus manos grandes y en lo grueso que se veía el bulto de su pantalón de mezclilla.
No sé en qué momento empecé a buscarlo. Tal vez fue el contraste. Yo, joven, blanca, con este cuerpo que siempre había atraído a chicos de mi edad limpios y bien educados. Él, viejo, gordo, mal hablado, con la piel oscura y las uñas negras de tierra. Empecé a usar blusas más escotadas cuando sabía que venía. Me quedaba cerca de la cocina “para revisar el trabajo” y dejaba que me mirara. Un día me incliné delante de él a recoger algo del piso y sentí su mirada clavada en mi cul0. Me enderezé despacio. Él no dijo nada, solo se pasó la lengua por el labio inferior y siguió trabajando.
Esa misma tarde, cuando ya casi terminaba, me acerqué.
—¿Cuánto te falta? —pregunté.
Él se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.
—Un ratito más, jefa. Oye… ¿siempre andas así de buena o es por mí?
Me reí, nerviosa.
—Eres un grosero.
—Y tú tienes unas t3tas de put4 —dijo sin filtro—. Se te marcan hasta la sombra de los p3zones.
Me quedé callada. El calor me subió a la cara y también más abajo. Él se dio cuenta. Sonrió con esa sonrisa de dientes chuecos y se acercó un poco. Olió a sudor, a cemento y a hombre. Me miró de arriba abajo y luego se agachó un poco para quedar a la altura de mis p3chos.
—¿Me dejas tocarlas o solo me las enseñas?
No sé por qué le dije que sí. Tal vez porque estaba moj4da desde hacía días pensando en él. Me quité la blusa sin decir nada. Él soltó un silbido bajo.
—Chingada madre… están enormes.
Sus manos grandes me las agarraron. Las apretó, las pesó, pasó los pulgares por encima de los p3zones que ya se habían endurecido. Me temblaron las piernas. Él se inclinó y me chupó uno a través del brasier, luego el otro. Cuando me bajó el brasier y me los sacó completos, soltó un g3mido gutural.
—Pinches t3tas… te las voy a c0ger.
Me empujó suavemente hacia la mesa de la cocina. Me senté en el borde. Él se arrodilló entre mis piernas con dificultad por la barriga y me bajó los shorts y la t4nga de un jalón. Me miró el c0ño un segundo y luego metió la lengua. No fue delicado. Lamió fuerte, sucio, con saliva, metiendo la lengua hasta donde pudo. Yo me agarré de la mesa y abrí más las piernas. Él gruñía mientras me comía, como si le estuviera dando de comer algo que le gustaba demasiado.
Cuando se levantó, se bajó el pantalón y la ropa interior. Su p4ne era grueso, oscuro, con las venas marcadas y ya completamente duro. No era el más largo que había visto, pero era grueso y tenía un olor fuerte, a hombre que trabaja. Me lo puso en la cara.
—Chúpala, güerita.
Abrí la boca. Él me agarró el cabello negro y me empujó hacia adelante. Me llenó la boca de una sola vez. Me atraganté un poco. Él no se detuvo. Empezó a f0llarme la boca con movimientos cortos y profundos, mirándome mientras las lágrimas me salían de los ojos. Yo le agarraba la base porque no me cabía toda. Él se reía entre dientes.
—Así se chupa, put1ta. Bien abierta.
Cuando me sacó la v3rga de la boca, un hilo de saliva me unía a ella. Él me dio la vuelta, me inclinó sobre la mesa y me abrió las n4lgas con las manos. Me escupió el cul0 y el c0ño y luego me empujó la poll4 dentro de un solo golpe. Grité. Estaba grueso y me estiró. Él no esperó a que me acostumbrara. Empezó a embestirme con fuerza, agarrándome de las caderas. Cada vez que entraba, su barriga chocaba contra mi cvlo. El sonido era obsceno: carne contra carne, mi c0ño haciendo ruidos húmedos, él gruñendo “pvta”, “güera”, “te voy a llenar”.
Me agarró de los p3chos desde atrás y los apretó mientras me f0llaba. Me los sacudía, me pellizcaba los p3zones. Yo g3mía sin control. Él me dio una n4lgada fuerte y luego otra.
—Este cvlo está hecho pa’ que te lo partan.
Me sacó la verga, me dio la vuelta otra vez y me sentó en la mesa. Me abrió las piernas y volvió a entrar. Ahora me miraba a la cara. Su respiración era pesada. Me agarró del cabello y me obligó a verlo.
—Dime que te gusta esta v3rga de albañil.
—Me gusta… —susurré.
—Más fuerte, cabrona.
—Me gusta tu v3rga … me gusta que me la metas así de fuerte…
Él se rió y aceleró. Me f0lló hasta que me corrí. Me apreté alrededor de él y temblé. Él no se detuvo. Me siguió embistiendo mientras yo todavía tenía contracciones. Cuando sintió que yo ya no podía más, se sacó, me bajó de la mesa, me arrodilló y me corrió en la cara y en los p3chos. Chorro caliente, espeso, que me resbaló por la barbilla y cayó sobre mis tetas. Él se terminó de ordeñar encima de mí, mirándome con esa sonrisa sucia.
—Qué buena eres, Jazmín.
Me quedé arrodillada un momento, sintiendo el s3men enfriar en mi piel. Él se limpió con un trapo viejo que tenía en el bolsillo, se subió el pantalón y me miró otra vez.
—Mañana vengo a terminar lo de los azulejos. Si quieres, te la vuelvo a meter.
Me levanté despacio. Me vestí sin decir nada. Él recogió sus herramientas. Antes de irse me dio una nalgada fuerte y se fue silbando.
Esa noche me duché y me metí a la cama. Todavía me dolía un poco el c0ño. Me toqué y me corrí otra vez pensando en su barriga grande, en sus manos callosas, en lo mal que hablaba y en lo rico que me había f0llado.
Al día siguiente él llegó a las nueve. Yo lo esperaba en pantalones cortos y una camiseta sin brasier. Él entró, dejó las herramientas y me miró.
—Hoy no hay trabajo de azulejos —dijo—. Hoy hay trabajo de esta put1ta.
Me empujó contra la pared del pasillo. Me bajó los shorts, me levantó una pierna y me entró de pie. Me f0lló contra la pared mientras me chupaba el cuello y me apretaba las t3tas. Después me llevó a la cama. Me puso a cuatro y me la metió por detrás otra vez. Esta vez fue más lento al principio, como si disfrutara de sentir cómo lo apretaba. Me hablaba al oído con esa voz ronca y mal hablada:
—Qué rico está tu c0ño… tan apretadito… te voy a llenar otra vez, güera…
Me corrió adentro. Sentí el calor llenándome. Cuando se salió, el s3men me resbaló por el muslo. Él se acostó a mi lado, jadeando, con la barriga subiendo y bajando. Me pasó una mano por el p3cho y me apretó un p3zón.
—Vas a tener que contratarme más seguido, ¿no?
Sonreí. Me acerqué y le besé la boca por primera vez. Sabía a cigarro y a mí. Él respondió con la lengua gruesa y torpe.
Desde ese día, Ramón sigue viniendo. A veces a “trabajar”. A veces solo a f0lkarme. Me gusta cómo me mira, cómo me habla, cómo me usa. Me gusta ser la güerita de p3chos grandes que se deja c0ger por el albañil gordo y mal educado. Y cada vez que se va, me quedo con el c0ño abierto y lleno, esperando el siguiente día.
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