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Laura y Mateo

Hola amigos de poringa bienvenidos a una
nueva serie de relatos heroticos sobre incesto
familiar:



Laura y Mateo


La casa estaba en penumbras cuando Laura entró. El baile de la empresa había sido un desastre. Vestido negro ceñido que marcaba sus caderas y pechos todavía firmos a los cuarenta y dos, maquillaje impecable, tacones altos… y ni un solo hombre joven se había acercado. Los de su edad la miraban como “la divorciada”, y los veinteañeros preferían a las chicas de veinte. Se sentía rechazada, caliente y frustrada. El alcohol le quemaba un poco la garganta y el coño le latía con ganas de ser usada.

Dejó el bolso en la mesa del recibidor y subió en silencio. Al pasar por la puerta entreabierta del cuarto de su hijo, se detuvo en seco.

Un gemido ahogado. El sonido húmedo y rítmico de una mano subiendo y bajando por una polla. Y la voz de Mateo, grave, jadeante:

—Mamá… puta… qué rico te ves en ese vestido…

Laura se quedó helada. A través de la rendija vio a su hijo de veintidós años sentado en el borde de la cama, pantalones bajos hasta los muslos, la verga gruesa y venosa brillando de saliva y precum. En la pantalla del móvil, las fotos que ella misma se había sacado antes de salir: de espaldas mirando por encima del hombro, el escote profundo, la falda subida un poco más de lo necesario. Mateo se la estaba jalando mirándolas, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta.

El corazón le golpeó el pecho. Algo oscuro y caliente se le retorció entre las piernas. Nadie la había querido esa noche. Pero su hijo sí. Su hijo se estaba corriendo con ella.

Empujó la puerta con el pie. El chirrido fue suave, pero suficiente.

Mateo levantó la cabeza de golpe. La mano se le congeló a mitad de la paja. Los ojos se le abrieron como platos.

—M-mamá… yo… no…

Laura no dijo nada. Cerró la puerta detrás de sí con el culo y se quedó de pie, mirándolo. El vestido negro todavía olía a perfume y a la vergüenza del baile. Se pasó la lengua por los labios.

—Seguí —ordenó en voz baja, ronca—. No pares.

Mateo tragó saliva. La mano empezó a moverse otra vez, más lento, más nervioso. Laura se acercó hasta quedar entre sus piernas abiertas. Se agachó un poco, le tomó la muñeca y la apartó. La polla de su hijo quedó palpitando al aire, gruesa, la cabeza hinchada y brillante.

—Estabas mirando mis fotos —susurró ella, pasando un dedo por el glande, recogiendo el precum y llevándoselo a la boca—. Pensando en follarte a tu mamá mientras todos esos pendejos me ignoraban.

Mateo soltó un gemido miserable.

Laura se subió la falda hasta la cintura. No llevaba bombacha. El coño afeitado y brillante se abrió un poco cuando se subió a horcajadas sobre él, las rodillas hundiéndose en el colchón a ambos lados de sus caderas. Tomó la verga de su hijo con una mano, la alineó contra su entrada y se dejó caer de una sola embestida.

Ambos jadeó al mismo tiempo. Ella estaba empapada; él entró hasta el fondo con un sonido obsceno y húmedo. Laura se quedó quieta un segundo, sintiendo cómo la polla de su hijo le estiraba las paredes, cómo le latía adentro.

—Así que esta es la polla que se corre mirando a mamá… —murmuró, empezando a moverse. Subía y bajaba lento al principio, dejando que él la sintiera completa, que viera cómo su verga desaparecía dentro del coño de su madre—. ¿Querías esto, no? ¿Querías metérmela mientras yo estaba en ese baile rodeada de boludos que ni me miraban?

Mateo asintió con la cabeza, las manos agarrándole las caderas con fuerza. Ella aceleró. El sonido de piel contra piel llenó el cuarto. Laura se inclinó hacia adelante, le agarró la cara y le metió la lengua en la boca mientras se lo follaba con ganas, el coño haciendo ruido cada vez que bajaba hasta el fondo.

—Corríte adentro —jadeó contra su boca—. Llename. Quiero sentir cómo te corrés en el coño de tu mamá.

Mateo no duró mucho más. Un gruñido gutural le salió del pecho y se corrió a chorros, sacudiéndose debajo de ella, llenándola a pulsaciones calientes. Laura siguió moviéndose, exprimiéndolo, hasta que sintió el semen empezando a salirse por los costados de su verga aún dura. Solo entonces se detuvo, respirando agitada, el vestido arrugado, el maquillaje corrido, el coño goteando la mezcla de los dos.

Se quedó montada un rato más, acariciándole el pecho por encima de la remera.

—La próxima vez que quieras jalarte mirando mis fotos… —susurró, dándole un beso lento en la boca— no cierres la puerta. Mamá se va a encargar.

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