You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Me cojo a mi madre con mi padre

El pasillo estaba sumido en una penumbra densa, solo rota por el resplandor anaranjado que escapaba por la rendija de la puerta entreabierta del dormitorio principal. Avancé con paso sigiloso, intentando que las tablas del suelo no delataran mi peso, aunque el corazón me golpeaba contra las costillas con una fuerza que me mareaba. El aire en el pasillo era frío, pero a medida que me acercaba al umbral, una ola de calor y un aroma denso, una mezcla de sudor, perfume de vainilla y el olor metálico y salado del sexo, me envolvieron.
Me agaché, alineando mi ojo con el espacio entre la puerta y el marco. Allí, sobre las sábanas de satén blanco ya desordenadas, estaban ellos. Mi madre, una mujer de cincuenta y tantos años con un cuerpo que la grasa había distribuido con generosidad maligna, estaba a cuatro patas. Su espalda era un paisaje de curvas suaves y carnosas, pero lo que robaba toda la atención era ese inmenso trasero que se mecía en el aire, dos montañas de carne blanca y temblorosa que vibraban con cada embiste. Sus pechos, enormes y colgantes, golpeaban contra el colchón, produciendo un sonido sordo y húmedo.
Detrás de ella, mi padre, un hombre maduro, canoso y con el torso cubierto de un vello grisáceo y espeso, la sostenía por las caderas anchas. Su verga, una pieza gruesa y velluda que parecía hecha de cuero viejo y venas protuberantes, se hundía y salía del coño de ella con un ritmo brutal. El sonido era obsceno, un chapoteo constante y pegajoso, plap, plap, plap, que resonaba en la habitación junto a los gemidos guturales de ella.
—¡Dámelo, cabrón! ¡Mete esa verga hasta el fondo! —gritaba ella, clavando las uñas en las almohadas.
Yo me desabroché el pantalón con manos temblorosas, liberando mi propia erección, que ya estaba dolorosamente dura. La agarré con la palma de la mano, empezando a masturbarme al compás de los golpes de mi padre. La escena era hipnótica; ver cómo la carne de sus nalgas se ondulaba como gelatina al recibir el impacto de sus pelvis me producía una calentura que subía desde el estómago hasta la nuca. Me acerqué un poco más, intentando ver mejor el punto de unión, donde su miembro desaparecía en aquel agujo húmedo y oscuro, estirando los labios carnosos de mi madre.
De repente, el ritmo se detuvo en seco. Mi padre se quedó inmóvil, con la verga enterrada hasta los huevos dentro de ella. Levantó la vista y sus ojos, brillantes y llenos de una intensidad animal, se clavaron directamente en la rendija de la puerta. En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me congelé. La mano seguía apretada en mi miembro, pero ya no me movía.
Él no parpadeó. No hubo enfado en su rostro, sino una sonrisa torcida, una mueca de complicidad sucia que me heló y me excitó al mismo tiempo. Ladeó la cabeza ligeramente, mirando hacia abajo, hacia donde yo me encontraba expuesto.
—Mira esto, Gloria —dijo con voz ronca, sin dejar de mirarme a los ojos—. Parece que tenemos espectador.
Mi madre giró la cabeza pesadamente, su cabello enmarañado pegado a la frente sudada. Me vio allí, con la verga en la mano y la cara roja de la vergüenza y el deseo. En lugar de gritar o cubrirse, soltó una carcajada grave y profunda, un sonido que vibró en su pecho.
—Ay, hijito... —jadeó, moviendo las caderas hacia atrás, intentando recuperar el ritmo que mi padre le había robado—. ¿Te gusta ver cómo tu padre me rompe el coño?
Mi padre soltó una de sus caderas y me hizo un gesto con la mano libre, invitándome a entrar. Abrió la puerta de golpe con el pie, dejándome totalmente expuesto en el marco.
—Pásate, muchacho —gruñó—. No te quedes ahí afuera con las ganas. Ven a calentar esta fiesta.
Mis pies se movieron antes de que mi cerebro pudiera procesar la orden. Entré en la habitación, arrastrando los pies, y cerré la puerta detrás de mí. El olor a sexo era abrumador aquí dentro, una nube densa que me llenaba los pulmones. Me acerqué a la cama, sintiendo la alfombra suave bajo mis pies descalzos. Mi padre se apartó un paso, liberando el acceso a aquel cuerpo hambriento.
—Sube —ordenó él—. Ella quiere verga, y yo solo tengo dos manos.
Me trepé al colchón, que se hundió bajo mi peso. Mi madre se giró hacia mí, y por primera vez vi sus tetas de cerca. Eran dos montañas caídas, con areolas del tamaño de platos y pezones oscuros y duros como uvas. Me agarró por el cuello de la camiseta y me tiró hacia ella.
—Saca esa verga joven —me susurró al oído, lamiéndome el lóbulo—. Quiero probarla.
No hizo falta que me lo dijera dos veces. Me quité la ropa en un segundo y me puse de rodillas frente a ella. Ella se incorporó, tomando mi miembro con una mano suave y regordeta. Lo miró con admiración, pesándolo en su palma, y luego se inclinó para meterselo en la boca. Su lengua era caliente y áspera, y me chupó con una fuerza de vacío que me hizo arquear la espalda.
Mientras ella me chupaba, sentí el colchón moverse detrás de mí. Mi padre se había colocado de nuevo. Esta vez, en lugar del coño, busco la entrada de su culo. Ella gimió con la boca llena, vibrando sobre mi verga, cuando él empezó a meterse por el trasero. La escena era demente; los tres conectados, un solo organismo moviéndose al compás del placer más sucio.
—¡Así, así! —gritó ella, soltándome por un segundo para jadear de aire—. ¡Cójanme los dos! ¡Llénenme de verga!
Mi padre agarró mi hombro y me empujó suavemente, indicándome una posición. Nos turnamos. Cuando él sacaba su verga del ano, yo la metía en el coño, y viceversa, en una danza rítmica y primitiva. Sus cuerpos eran un campo de batalla de carne sudada y roja. Yo mordisqueaba sus tetas, chupando de esos pezones gigantes mientras ella gritaba obscenidades que jamás imaginé que pudiera pronunciar.
—Pónganme así —ordenó, empujándonos—. Quiero que me bañen.
Se tiró de espaldas, abriendo las piernas lo más que pudo, y juntó sus inmensos pechos con las manos, apretándolos para formar un canal profundo entre ellos. Nosotros nos pusimos de pie sobre la cama, uno a cada lado de su cabeza, masturbándonos furiosamente sobre ella. La visión de aquella mujer madura, con el cuerpo marcado por la celulitis y el sudor, pidiendo nuestra leche con los ojos desencajados, fue el detonante final.
Sentí la presión en mis testículos, un dolor agudo y delicioso que recorrió mi espina dorsal. Mi padre gruñó como un animal, y vi como su verga se ponía más oscura, más gruesa.
—¡Ya, ya! —aulló él.
El primer chorro de mi padre salió con tal fuerza que cruzó todo el pecho de ella, dejando una línea blanca y espesa desde el cuello hasta el ombligo. Yo no me quedé atrás. Un segundo después, solté mi carga, eyaculando chorros gruesos y calientes directamente sobre sus areolas y el valle entre sus tetas. La leche se mezcló en su piel, cubriendola de un brillo pegajoso y blanco. Ella frotó la semilla sobre sus pezones, humedeciéndolos, mientras nosotros seguíamos sacudiendo las últimas gotas sobre su abdomen.
—Ahora límpienmelo —nos ordenó, con voz de dueña absoluta.
Mi padre y yo nos miramos, y luego nos lanzamos sobre ella. Mis labios buscaron su pecho izquierdo, lamiendo y chupando mi propia leche y la de él de su piel suave y caliente. Él hizo lo mismo con el derecho. Sabía a sal, a sexo, a pecado. Ella pasaba los dedos por nuestro cabello, empujándonos más fuerte contra su carne, mientras gemía satisfecha, sintiendo cómo nuestras lenguas limpiaban cada rastro de fluido de su cuerpo inmenso y generoso. Cuando terminamos, nos quedamos los tres allí, acurrucados en el desorden, oliendo a sexo y a leche, mientras la respiración se calmaba lentamente en la habitación silenciosa.

0 comentarios - Me cojo a mi madre con mi padre