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Consumida por los amigos de mi hermano - Parte 3

El éxtasis aún palpitaba en mis entrañas cuando el eco de mis gemidos se apagó entre las sábanas. Paul jadeaba contra mi nuca, su pecho pegajoso pegado a mi espalda, mientras Diego, aún enterrado en mí, dejaba escapar un ronquido de animal satisfecho. Pero yo no era de las que se duermen después de la primera carrera. El poder me había dado una segunda vida.



Consumida por los amigos de mi hermano - Parte 3



—Sepárense —ordené, mi voz firme a pesar del nudo de placer que aún se deshacía en mi vientre—. Ni se les ocurra tocarse el uno al otro. Ustedes son míos, y yo quiero verlos de cerca.


Se apartaron como perros obedientes, cada uno a un lado de la cama, mirándome con los ojos brillantes de lujuria y cansancio. Paul temblaba, su erección aún erecta y brillante por la humedad que había dejado en mí. Diego, en cambio, estaba tenso, su mandíbula apretada, las venas de su cuello marcadas. Me incorporé sobre las rodillas, sintiendo el escozor delicioso entre mis piernas, y los miré a los ojos.



—Diego, tú primero —dije, señalando el espacio frente a mí—. Tú eres el más atrevido. Quiero que me beses entera, pero no me toques con las manos. Solo usa esa boca que tanto presume.
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Diego sonrió con malicia y se inclinó. Sus labios rozaron mi clavícula, bajando lentamente por el hueco de mis senos. Su lengua era cálida y firme, dibujando círculos alrededor de mis pezones mientras yo arqueaba la espalda. Paul, a mi lado, contenía la respiración. Lo vi mover la mano instintivamente hacia su propia entrepierna, pero lo detuve con una mirada cruel.


—No, Paul —dije, mi voz entrecortada por el placer que Diego me causaba—. Tú solo mira. Mira cómo la chupa, y aprende. Pero no te toques. Quiero que te mueras de ganas mientras ves cómo me devora.


Paul gimió, una mezcla de frustración y deseo, y retiró la mano. Diego, sintiéndose observado, redobló su esfuerzo. Su boca bajó por mi vientre, mordiendo suavemente la piel de mis caderas, hasta que su aliento caliente acarició mi vello púbico. Me recosté sobre las almohadas, abriendo las piernas ante él, ofreciéndome como un altar.


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—Métela —susurré—. Pero quiero que Paul vea bien cómo se hace.


Diego no necesitó más. Su lengua se hundió entre mis pliegues con una ferocidad que me hizo agarrar sus cabellos. Chupaba, lamía y mordisqueaba mi clítoris con la desesperación de quien sabe que está siendo evaluado. Los sonidos húmedos llenaron la habitación, mezclados con mis jadeos y el respiro agitado de Paul.


—Míralo, Paul —dije, volviendo la cabeza hacia él—. Mira cómo me está comiendo. ¿Ves cómo mueve la lengua? Así es como se hace vibrar a una mujer. Tú eres torpe, pero él... él sabe.


Paul tenía los ojos vidriosos, su pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. La vergüenza y la excitación luchaban en su rostro. Verlo así, al borde de la desesperación, viendo a su amigo devorarme mientras él solo podía mirar, era el combustible más caliente que podía pedir.


Cuando sentí que el orgasmo empezaba a formar una bola de fuego en mi bajo vientre, aparté a Diego de un empujón.


—Basta. Ahora tú, Paul.


Diego se retiró a regañadientes, con la barbilla brillante por mis jugos, y ocupó el lugar de observador. Paul se acercó tembloroso. Era patético y delicioso a la vez.


—Siéntate a horcajadas sobre mí —le ordené—. Pero no me penetres. Solo quiero sentirlo.


Paul obedeció. Su verga, gruesa y tensa, se deslizó entre mis labios, frotándose contra mi clítoris sin llegar a entrar. El calor de su piel contra la mía era abrasador. Gemí, moviendo mis caderas para frotarme contra él, mientras Diego se sentaba detrás de mí, presionando su pecho contra mi espalda.
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—¿Ves lo que haces, Paul? —susurró Diego al oído de él, pero sin tocarlo—. La tienes temblando solo con rozarla. Pero no eres lo suficientemente hombre para meterla... ¿Quieres que te enseñe yo cómo se hace?


—Cállate, Diego —respondí, y mi mano encontró la nuca de Paul, atrayéndolo hacia mí—. Tú, Paul, métemela ahora. Lentamente. Quiero sentir cada puto centímetro.


Paul empujó. Lenta, profundamente, llenándome de una manera que me hizo arquear la espalda contra el pecho de Diego. Diego, desde atrás, sujetaba mis caderas, pero no para ayudarle a Paul, sino para moverme contra él, para hacer que yo sintiera aún más la profundidad de su amigo.


—Sí, así —gemí—. Diego, no te quedes quieto. Tú también, por detrás.


Diego tomó el aceite de la mesilla y, mientras Paul se movía dentro de mí con un ritmo torpe pero efectivo, Diego comenzó a preparar mi otra entrada. Sentí sus dedos, fríos y resbaladizos, abriéndome, estirándome, mientras Paul seguía embistiendo desde el frente.


—Los quiero a los dos dentro —jadeé—. A la vez.


El momento llegó. Diego se posicionó detrás de mí, mientras Paul se quedaba quieto, enterrado hasta el fondo. Sentí la presión de Diego contra mi otra entrada, y cuando empujó, un grito ronco se escapó de mi garganta. Estaba llena. Completamente llena. Paul al frente, Diego atrás, y yo en medio, el puente que los unía sin que ellos se tocaran jamás.


—Muevanse —ordené, con la voz rota—. Pero no se miren. Mírenme a mí. Solo a mí.
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Paul me miraba fijamente, sus ojos perdidos en los míos mientras movía las caderas, entrando y saliendo de mi sexo. Diego, detrás, me mordía el hombro y me susurraba obscenidades al oído, pero ni por un segundo su mirada se cruzó con la de Paul. Ambos estaban hipnotizados por mi rostro, por mis pechos rebotando, por los labios que mordía para no gritar demasiado fuerte.


El placer era una espiral que me succionaba. Sentía a Paul palpitar dentro de mi vagina, y a Diego tensarse contra mi trasero. Competían en ritmo, en profundidad, en la forma en que sus manos me sujetaban para no soltarme.


—Quiero... —jadeé, apenas pudiendo hablar—. Quiero que se corran dentro de mí. Los dos. Pero Paul primero. Tú, Paul, eres el que más lo necesita. Hazlo.


Paul se desbocó. Su cadera se aceleró, perdiendo el ritmo, hasta que con un gemido ahogado y desesperado, sentí cómo su calor explotaba dentro de mí, llenándome de una manera viscosa y caliente. Se derrumbó sobre mi pecho, tembloroso.


Pero yo no había terminado con Diego.


—Tú, sigue —dije, empujando a Paul a un lado sin que sacara su miembro—. Aprovecha que estoy empapada. Hazme olvidar que él existe.


Diego tomó el relevo con una brutalidad que me encantó. Me tumbó boca abajo, levantó mis caderas y entró en mi sexo, aprovechando la lubricación de Paul y mis propios fluidos. Sus embestidas eran profundas, secas, casi dolorosas, pero me volvían loca. Mientras tanto, Paul, agotado, se sentaba al lado y miraba cómo Diego me poseía.


—Míralo, Paul —dije, con la cara hundida en la almohada—. Mira cómo me está follando ahora. Él es el que sabe, él es el que me llena de verdad. Tú eres solo un niño a su lado.


La humillación en la mirada de Paul, mezclada con la excitación de verme tan entregada, fue la chispa final. Diego me agarró del cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás mientras me penetraba con furia.


—Díselo otra vez —gruñó él—. Díselo bien alto.


—¡Paul es un niño! —grité, sintiendo el orgasmo romperme—. ¡Tú eres el hombre, Diego! ¡Tú me follas como...
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No pude terminar. El orgasmo me atravesó como un latigazo. Mi cuerpo se convulsionó, apretando a Diego con una fuerza que le hizo perder el control. Con un rugido que tuvo que ahogar contra mi espalda, él también se corrió, su semilla mezclándose con la de Paul dentro de mí, caliente y abundante, escurriéndose por mis muslos mientras él seguía moviéndose, exprimiendo hasta la última gota.


Caímos los tres, pero no enredados. Paul a mi izquierda, Diego a mi derecha. Ninguno se tocaba. Solo yo, en el centro, bañada en el sudor y la leche de ambos.


El silencio regresó, roto solo por mi risa baja y satisfecha.


—Buenos muchachos —dije, pasando un dedo por mi interior y llevándomelo a los labios, saboreando la mezcla de los dos—. Pero la noche no ha hecho más que empezar.


Desde el pasillo, el ruido de un grifo abriéndose. Antonio, sin duda. Tan cerca, tan ajeno. Y yo, en medio de sus dos amigos, con ambos pares de ojos clavados en mí esperando mi siguiente orden.


El morbo no estaba en que ellos se tocaran. Estaba en que ellos solo me tenían a mí, en su desesperación por ser el próximo en tocar mi piel, en sufrir mirando mientras el otro lo hacía mejor.


—¿Quién quiere ser el siguiente? —pregunté, lamiendo mis dedos lentamente, saboreando el juego—. Pero recuerden... solo yo decido quién, cuándo y cómo.


Dejen like si quieren la tercera parte. escribir por chat si quieren una conversación morbosa

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