El sol de la tarde se filtraba por las persianas de la habitación, dibujando rayos dorados sobre la piel sudorosa de mi madre. Sus pechos enormes se balanceaban con cada respiración, los pezones duros y erectos apuntando hacia el techo como dos pequeños faros de deseo. La observaba mientras se frotaba lentamente el coño, sus dedos deslizándose entre los labios carnosos ya húmedos de excitación.
—¿Qué esperas, cariño? —susurró con esa voz ronca que siempre me ponía duro—. Ven aquí y demuéstrame cuánto quieres a tu mamá.
Me acerqué lentamente, mi verga ya completamente erecta y palpitando de anticipación. Sus ojos se clavaron en mi miembro mientras me arrodillaba entre sus piernas. El aroma a su excitación llenaba mis pulmones, un perfume dulce y salado que me volvía loco. Sin esperar más, bajé la cabeza hasta su coño y comencé a lamerla con avidez.
Su sabor era divino, salado y dulce a la vez. Mis dedos se unieron a mi lengua, abriendo sus labios para explorar cada pliegue de su interior. Ella gemía y se retorcía sobre las sábanas, sus caderas levantándose para encontrarme con cada movimiento de mi boca. Su clítoris, duro y sensible, pulsaba bajo mi lengua mientras lo lamía en círculos rápidos.
—Sí, así... así de bien —gritó mientras agarraba mi pelo, empujando mi cara más contra su coño—. Haz que tu mamá venga, cariño.
Continué lamiéndola con más intensidad, introduciendo dos dedos dentro de su coño mientras mi lengua trabajaba su clítoris. Sus paredes vaginales se contrajeron alrededor de mis dedos, apretándolos con fuerza mientras su orgasmo se aproximaba. Gritó mi nombre cuando llegó, su cuerpo arqueándose violentamente mientras sus jugos fluyeron abundantemente sobre mi cara.
No le di tiempo a recuperarse. Me levanté rápidamente y posicioné mi verga en la entrada de su coño todavía palpitante. La miré a los ojos mientras penetraba lentamente, sintiendo cómo sus paredes se abrían para recibirme. Era increíblemente caliente y ajustada, apretando mi verga de una manera que solo una mujer madura y experimentada podía hacerlo.
Comencé a moverme lentamente al principio, disfrutando cada centímetro de su interior. Pero ella quería más.
—Más duro, cariño —suplicó, sus uñas arañando mi espalda—. Cógeme como si fueras a romperme.
Aumenté el ritmo, mis caderas moviéndose como pistones mientras la penetraba con fuerza. Sus pechos rebotaban salvajemente con cada embestida, y no pude resistir la tentación de agarrarlos, apretando sus pezones entre mis dedos mientras la follaba sin piedad. Sus gemidos se convirtieron en gritos de placer, mezclados con las palabras sucias que susurraba al oído.
—Sí, así... llena el coño de tu mamá con tu verga... demuéstrame quién es el hombre de esta casa.
La respuesta de mi cuerpo fue inmediata. Sentí cómo mi leche comenzaba a hervir en mis testículos, preparándose para explotar. Pero no quería terminar tan rápido. Cambié de posición, poniéndola a cuatro patas sobre la cama. Su trasero perfecto se ofrecía a mí, su coño húmedo y abierto esperando mi verga.
La penetré desde atrás con una fuerza que la hizo gritar. Mis manos agarraron sus caderas, tirándola hacia mí con cada embestida. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y mis gruñidos de esfuerzo. Sus pechos colgaban y se balanceaban debajo de ella, y me incliné para agarrarlos mientras la follaba sin descanso.
—Voy a venir dentro de ti, mamá —grité sintiendo cómo mi control se desvanecía—. Voy a llenarte con toda mi leche.
—Sí, cariño, sí... ven dentro de tu mamá... llena todo mi coño —respondió entre jadeos.
Fue demasiado para mí. Con un último movimiento poderoso, enterré mi verga hasta el fondo y exploté. La primera descarga fue tan intensa que casi me desmayé, mi leche caliente llenando su interior. Pero no paré. Seguí moviéndome mientras continuaba eyaculando, cada descarga más potente que la anterior. Su coño se contrajo alrededor de mi verga, sus propios orgasmos mezclándose con el mío.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, minutos u horas, perdidos en un éxtasis de pura lujuria. Mi verga nunca se ablandó completamente, y cada vez que sentía que el orgasmo terminaba, una nueva oleada de excitación me recorría. La cogí en todas las posiciones imaginables, sobre la cama, contra la pared, en el suelo del baño. Cada vez que venía dentro de ella, mi leche se mezclaba con la anterior, derramándose por sus muslos y formando un charco en las sábanas.
Finalmente, exhaustos y cubiertos de sudor y fluidos, colapsamos juntos en la cama. Mi verga todavía dentro de ella, goteando los últimos restos de leche. Sus pechos se levantaban y caían con su respiración agitada, y la rodeé con mis brazos, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el mío.
—Eso... eso fue increíble —susurró contra mi cuello—. Nunca nadie me había cogido así.
Yo solo pude sonreír, sabiendo que esto era solo el comienzo. Durante toda la noche y hasta la madrugada siguiente, continuamos nuestro frenesí sexual. La cogí una y otra vez, veniéndome dentro de ella hasta que su coño no pudo absorber más leche, hasta que mis testículos dolían de tanto eyacular. Para cuando amaneció, estábamos ambos agotados pero satisfechos, su cuerpo cubierto de mis marcas y su interior completamente lleno de mi semen.
—¿Qué esperas, cariño? —susurró con esa voz ronca que siempre me ponía duro—. Ven aquí y demuéstrame cuánto quieres a tu mamá.
Me acerqué lentamente, mi verga ya completamente erecta y palpitando de anticipación. Sus ojos se clavaron en mi miembro mientras me arrodillaba entre sus piernas. El aroma a su excitación llenaba mis pulmones, un perfume dulce y salado que me volvía loco. Sin esperar más, bajé la cabeza hasta su coño y comencé a lamerla con avidez.
Su sabor era divino, salado y dulce a la vez. Mis dedos se unieron a mi lengua, abriendo sus labios para explorar cada pliegue de su interior. Ella gemía y se retorcía sobre las sábanas, sus caderas levantándose para encontrarme con cada movimiento de mi boca. Su clítoris, duro y sensible, pulsaba bajo mi lengua mientras lo lamía en círculos rápidos.
—Sí, así... así de bien —gritó mientras agarraba mi pelo, empujando mi cara más contra su coño—. Haz que tu mamá venga, cariño.
Continué lamiéndola con más intensidad, introduciendo dos dedos dentro de su coño mientras mi lengua trabajaba su clítoris. Sus paredes vaginales se contrajeron alrededor de mis dedos, apretándolos con fuerza mientras su orgasmo se aproximaba. Gritó mi nombre cuando llegó, su cuerpo arqueándose violentamente mientras sus jugos fluyeron abundantemente sobre mi cara.
No le di tiempo a recuperarse. Me levanté rápidamente y posicioné mi verga en la entrada de su coño todavía palpitante. La miré a los ojos mientras penetraba lentamente, sintiendo cómo sus paredes se abrían para recibirme. Era increíblemente caliente y ajustada, apretando mi verga de una manera que solo una mujer madura y experimentada podía hacerlo.
Comencé a moverme lentamente al principio, disfrutando cada centímetro de su interior. Pero ella quería más.
—Más duro, cariño —suplicó, sus uñas arañando mi espalda—. Cógeme como si fueras a romperme.
Aumenté el ritmo, mis caderas moviéndose como pistones mientras la penetraba con fuerza. Sus pechos rebotaban salvajemente con cada embestida, y no pude resistir la tentación de agarrarlos, apretando sus pezones entre mis dedos mientras la follaba sin piedad. Sus gemidos se convirtieron en gritos de placer, mezclados con las palabras sucias que susurraba al oído.
—Sí, así... llena el coño de tu mamá con tu verga... demuéstrame quién es el hombre de esta casa.
La respuesta de mi cuerpo fue inmediata. Sentí cómo mi leche comenzaba a hervir en mis testículos, preparándose para explotar. Pero no quería terminar tan rápido. Cambié de posición, poniéndola a cuatro patas sobre la cama. Su trasero perfecto se ofrecía a mí, su coño húmedo y abierto esperando mi verga.
La penetré desde atrás con una fuerza que la hizo gritar. Mis manos agarraron sus caderas, tirándola hacia mí con cada embestida. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y mis gruñidos de esfuerzo. Sus pechos colgaban y se balanceaban debajo de ella, y me incliné para agarrarlos mientras la follaba sin descanso.
—Voy a venir dentro de ti, mamá —grité sintiendo cómo mi control se desvanecía—. Voy a llenarte con toda mi leche.
—Sí, cariño, sí... ven dentro de tu mamá... llena todo mi coño —respondió entre jadeos.
Fue demasiado para mí. Con un último movimiento poderoso, enterré mi verga hasta el fondo y exploté. La primera descarga fue tan intensa que casi me desmayé, mi leche caliente llenando su interior. Pero no paré. Seguí moviéndome mientras continuaba eyaculando, cada descarga más potente que la anterior. Su coño se contrajo alrededor de mi verga, sus propios orgasmos mezclándose con el mío.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, minutos u horas, perdidos en un éxtasis de pura lujuria. Mi verga nunca se ablandó completamente, y cada vez que sentía que el orgasmo terminaba, una nueva oleada de excitación me recorría. La cogí en todas las posiciones imaginables, sobre la cama, contra la pared, en el suelo del baño. Cada vez que venía dentro de ella, mi leche se mezclaba con la anterior, derramándose por sus muslos y formando un charco en las sábanas.
Finalmente, exhaustos y cubiertos de sudor y fluidos, colapsamos juntos en la cama. Mi verga todavía dentro de ella, goteando los últimos restos de leche. Sus pechos se levantaban y caían con su respiración agitada, y la rodeé con mis brazos, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el mío.
—Eso... eso fue increíble —susurró contra mi cuello—. Nunca nadie me había cogido así.
Yo solo pude sonreír, sabiendo que esto era solo el comienzo. Durante toda la noche y hasta la madrugada siguiente, continuamos nuestro frenesí sexual. La cogí una y otra vez, veniéndome dentro de ella hasta que su coño no pudo absorber más leche, hasta que mis testículos dolían de tanto eyacular. Para cuando amaneció, estábamos ambos agotados pero satisfechos, su cuerpo cubierto de mis marcas y su interior completamente lleno de mi semen.
1 comentarios - Me cojo a mi mamá y la lleno de leche