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Alabanza y Sumisión -Cap 5 El Despertar de los Sentidos

Capítulo 5 - El Despertar de los Sentidos

Gracias a todos por sus puntos y visitas, esta historia me tiene totalmente inundado de emocione porque me inspire en una mujer real que conozco y uff no se deja coger todo por su entrega a la religión y sus hijos.

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Alabanza y Sumisión -Cap 5 El Despertar de los Sentidos


El sábado amaneció con un sol brillante que parecía burlarse de la tormenta interior de María Elena. Cada músculo de su cuerpo le recordaba la tarde anterior, no con dolor, sino con una especie de dolor delicioso, una conciencia nueva de su propia carne. Se sentía como si hubiera vuelto a nacer, como si su piel fuera demasiado delgada y el mundo demasiado brillante, demasiado ruidoso, demasiado... todo.
Mientras preparaba el café, el simple roce de su bata contra sus pechos le envió una corriente eléctrica directa a entrepiernas. Cerró los ojos, reviviendo el momento en que sus manos, por primera vez en veinte años, habían explorado esa parte de su cuerpo con curiosidad y deseo, no con la resignación de un deber conyugal. La imagen de sus ojos oscuros fijos en los suyos mientras la tocaba la hizo sonrojar y temblar a la vez.
—¿Mamá, estás bien? Te ves... rara —dijo Lucía, entrando en la cocina con el pelo alborotado—. ¿No dormiste bien?
María Elena se sobresaltó, sintiéndose como si su hija pudiera leer sus pensamientos más íntimos. —Dormí bien, mi amor. Solo un poco cansada.
—¿Y Sebastián? ¿Volvió tarde ayer? No lo vi en la cena.
María Elena sintió el nudo de ansiedad familiar apretarse en su estómago, pero esta vez era diferente. Estaba mezclado con una nueva determinación. —Hablaremos con él cuando se levante. Ahora come tu desayuno.
Después de despedir a los mellizos al colegio y de que su madre saliera para el mercado, María Elena se encontró sola en la casa con Sebastián. Subió las escaleras con el corazón en la garganta, pero no con la debilidad de antes, sino con la fuerza de una mujer que había decidido recuperar a su hijo.
Golpeó su puerta. —Sebastián, podemos hablar.
La puerta se abrió. Sebastián estaba ahí, con la misma actitud desafiante del día anterior, pero esta vez María Elena no se intimidó.—Hijo, necesitamos hablar. No como madre e hijo que pelean, sino como dos personas.
Sebastián la miró con recelo, pero asintió y se sentó en el borde de la cama.
—Vi los mensajes en tu teléfono —empezó María Elena, y Sebastián se puso rígido—. Y lamento haberlo hecho. Lamento haber invadido tu privacidad. Pero lo que quiero decirte no es sobre eso. Es sobre lo que leí.
Se detuvo, reuniendo el valor. —Lo que leí... fue hermoso, Sebastián. Fue honesto. Y me hizo darme cuenta de algo: te he criado para temer el placer, para ver el deseo como un pecado. Y eso está mal. Estuvo mal de mi parte.
Sebastián la miró, boquiabierto. —Mamá, no entiendo...
—Lo que quiero decir es que te quiero, hijo. Y quiero que seas feliz. Si Valentina te hace feliz, entonces yo también soy feliz por ti. Pero quiero que me prometas algo. Quiero que seas cuidadoso, no solo con ella, sino contigo mismo. Que el amor... el amor físico, es algo hermoso cuando se comparte con respeto. No te apresures, no lo conviertas en algo casual. Valóralo.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Sebastián, pero esta vez no eran de rabia, sino de alivio. Se levantó y la abrazó, y por primera vez en años, María Elena sintió que abrazaba a su hijo, no a un adolescente rebelde.
—Gracias, mamá —susurró él—. Te prometo que seré cuidadoso. Te prometo.
Cuando llegó a la tienda esa mañana, se sentía diferente. Más ligera. El mundo parecía tener nuevos colores, nuevos olores. El perfume a lavanda que usaba para la ropa de segunda mano le pareció sensual, la textura de una camisa de seda entre sus dedos le provocó un escalofrío.
Y entonces él entró.
No dijo nada. Simplemente cerró la puerta con llave y bajó el letrero de "Abierto". Se acercó a ella, y María Elena sintió cómo su cuerpo respondía instantáneamente, cómo el calor se acumulaba en su vientre.
—¿Cómo estás? —preguntó él, su voz baja y rasposa.
—Viva —respondió ella, y la palabra salió como un suspiro.
Él sonrió, una sonrisa lenta y comprensiva. —Bueno. Porque hoy vamos a aprender a sentir.
La llevó hacia el área de peluquería, pero esta vez no a la silla de barbero. La sentó en el sillón de espera y se arrodilló frente a ella.
—Cierra los ojos —ordenó suavemente.
María Elena obedeció, y el mundo se sumergió en la oscuridad. Se sintió vulnerable, expuesta, pero también emocionada.
—Ahora, solo siente —dijo él—. Siente el aire en tu piel. Siente cómo late tu corazón. Siente el peso de tu cuerpo en el sillón.
Mientras hablaba, sus manos comenzaron a moverse sobre ella. Empezaron con sus pies, descalzos dentro de sus sandalias. Sus pulgares presionaron los arcos, y María Elena sintió una ola de placer que subió por sus piernas.
—¿Sientes eso? —susurró él—. Es tu cuerpo. Es tuyo.
Sus manos subieron por sus tobillos, sus pantorrillas, masajeando con una presión firme y deliberada. María Elena sintió cómo los músculos, que no recordaba que tuviera, se relajaban y despertaban.
—He pasado años odiando mi cuerpo —confesó ella, su voz apenas un hilo—. Odiando cómo cambió después de los hijos, cómo se puso blando, cómo se arrugó.
—Tonterías —dijo él, sus manos llegando a sus rodillas—. Tu cuerpo es un mapa de tu vida. Cada estría es un recordatorio de la vida que diste. Cada curva es una prueba de tu fortaleza. Es hermoso, María Elena. Y hoy voy a enseñarte a verlo como yo lo veo.
Sus manos continuaron su ascenso, por la parte interna de sus muslos, y María Elena sintió cómo la respiración se le cortaba. Cada toque era una revelación, una nueva sensación que su cerebro intentaba procesar.
—Abre los ojos —dijo él.
Los abrió y lo encontró mirándola con una intensidad que la desnudó por completo. Sus manos llegaron a las caderas, rodeándolas, y la levantó hasta que estuvo de pie frente a él.
—Ahora, mírate —dijo, girándola hacia el espejo—. Mírate como te veo yo.
María Elena miró su reflejo. Vio a una mujer de cuarenta y siete años, con el pelo un poco desordenado, los ojos brillantes de emoción, un vestido sencillo. Pero esta vez, vio algo más. Vio la vida en sus ojos, la plenitud en sus labios, la fuerza en su postura.
—Tócate —ordenó él suavemente—. Tócate como yo te tocaría.
Con las manos temblando, María Elena las llevó a su propio cuerpo. Se tocó el cuello, los hombros, los brazos. Sus manos subieron hasta sus pechos, y por primera vez, no los tocó con vergüenza, sino con curiosidad. Sintió el peso de ellos, la sensibilidad de sus pezones bajo la tela del vestido y el sostén.
Él se acercó a ella, su cuerpo pegado al suyo por detrás. Sus manos cubrieron las de ella, guiándolas.
—Siente —susurró en su oreja—. Siente cómo tu piel responde. Siente el calor. Siente la vida.
María Elena se apoyó en él, perdiéndose en las sensaciones. Sus manos, guiadas por las de él, exploraban su cuerpo con una libertad que nunca había conocido. Se tocó el estómago, las caderas, el espacio entrepiernas sobre el vestido. Cada toque era una revelación, una nueva forma de conocerse a sí misma.
—Así es —murmuró él—. Así es. Descúbrete. No tengas miedo.
Cuando su mano, aún guiada por la de él, se deslizó bajo el borde de su vestido y tocó la piel desnuda de su muslo, María Elena sintió un grito atrapado en su garganta. Era demasiado. Era demasiado intenso, demasiado real.
...intentando retirarse, pero él la sostuvo con firmeza, no con fuerza, sino con la calma segura de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.

—Sí puedes —murmuró él, su voz un ancla en la tormenta de sus emociones—. No te detengas ahora. Estás a punto de descubrir la parte más hermosa de ti misma.
Su mano, cubriendo la de ella, la guió más arriba, hasta el borde de sus panties. María Elena sintió el tejido húmedo bajo sus dedos, la prueba irrefutable de su propio deseo. La vergüenza luchó por tomar el control, pero el placer era más fuerte.
—No hay nada malo aquí —dijo él, como si leyera la batalla en su alma—. Esto es puro. Esto es tuyo.
Con una delicadeza que la hizo llorar, deslizó sus dedos bajo el borde del tejido. María Elena sintió el contacto directo con su propia piel, con su propia humedad. Era una sensación tan abrumadoramente íntima, tan profundamente personal, que su mente se quedó en blanco. No había Dios, no había pecado, no había deber. Solo había sensación.
—Ahora —susurró él, su aliento caliente contra su cuello—. Encuentra el lugar que te hace temblar.
Y ella lo encontró. Bajo la guía experta de sus dedos, encontró el pequeño botón de carne que era el centro de todo su placer. Cuando lo tocó, una descarga eléctrica recorrió su cuerpo, haciéndola arquearse contra él con un grito ahogado.
—Así es —animó él—. No tengas miedo. Siente.
Y sintió. Sintió cómo sus dedos, ahora moviéndose con una confianza creciente, exploraban esa nueva parte de sí misma. Sintió cómo el placer se construía, una ola creciente que la arrastraba consigo. Sintió cómo su respiración se volvía más rápida, más superficial. Sintió cómo las piernas le temblaban, cómo el calor se concentraba en su vientre, explotando finalmente en un espasmo de placer tan intenso, tan puro, que la dejó sin aliento, temblando en sus brazos, con las lágrimas corriendo por su rostro.
Permanecieron así por varios minutos, él sosteniéndola mientras ella recuperaba el aliento, mientras el mundo volvía a enfocarse lentamente. Cuando finalmente se giró para enfrentarlo, sus ojos estaban llenos de una emoción que no podía nombrar.
—Nunca —susurró ella—. Nunca había sentido... nada.
Él sonrió, una sonrisa suave y comprensiva. —Acabas de empezar a vivir, María Elena.
La ayudó a arreglarse, a componerse. Sus manos eran rápidas y eficientes, pero también tiernas, como si estuviera arreglando una obra de arte preciosa.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó ella, mientras se pasaba los dedos por el pelo, intentando recuperar un poco de compostura.
—Ahora, vuelves a tu vida —dijo él—. Pero esta vez, diferente. Llevas esto contigo. Llevas el conocimiento de tu propio cuerpo, de tu propio placer. Y cuando estés lista, vendrás a buscarme.
La abrazó, un abrazo largo y tierno que no era de pasión, sino de complicidad. —No tienes que decidir nada ahora. Solo siente. Solo vive. Y cuando estés lista, sabrás qué hacer.
Se fue, dejándola sola en la silenciosa tienda. María Elena se miró en el espejo, y por primera vez en su vida, le gustó lo que vio. Vio a una mujer que acababa de descubrir un universo nuevo, un universo que existía dentro de sí misma.
Esa noche, mientras cenaba con su familia, María Elena se sintió diferente. Más presente, más viva. Escuchó a sus hijos con una nueva atención, sintió el calor de la mano de su madre sobre la suya con una nueva gratitud. No estaba dividida entre el deber y el deseo. Estaba completa, una mujer que había aceptado todas las partes de sí misma.
Y cuando se acostó esa noche, no se arrodilló a orar por perdón. Se acostó, cerró los ojos, y se permitió recordar. Recordó el toque de sus manos, el sonido de su voz, la intensidad de su propio placer. Y por primera vez en su vida, María Elena se durmió sonriendo, sabiendo que el mañana traería no solo deberes, sino también posibilidades. Sabiendo que por fin, después de cuarenta y siete años, era libre.


Continuara.........

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