El sol de San Luis caía como un mazo sobre el asfalto, evaporando el rastro de mis pasos mientras caminaba por calles que olían a polvo y desesperanza. Me ajusté la camisa, que ya se pegaba a mi espalda debido al sudor; mi cuerpo, pesado y blando, parecía luchar contra la gravedad en cada cuadra. Llevaba semanas recorriendo locales, entregando currículums que terminaban en la basura apenas yo cruzaba el umbral. Mi peso, mi mirada esquiva y ese aire de sumisión que no podía borrar de mi rostro eran, al parecer, credenciales insuficientes para cualquier empleo honesto.
Me detuve frente a un bar de poca monta. El cartel de neón, medio fundido, parpadeaba con un zumbido eléctrico irritante. Era un lugar oscuro, con ventanas ahumadas que ocultaban el interior, el tipo de sitio donde el tiempo se detiene y los secretos se hunden en el fondo de un vaso de whisky barato. Empujé la puerta y el olor me golpeó de inmediato: una mezcla espesa de tabaco rancio, cerveza derramada y un aroma metálico, casi animal, que erizó los vellos de mis brazos.
El dueño estaba detrás de la barra. Era un hombre de mediana edad, con ojos pequeños y depredadores que me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en la curva de mi vientre y la suavidad de mis muslos. No me miró como un empleador mira a un candidato, sino como un carnicero evalúa una pieza de carne.
—Busco trabajo —solté, con la voz quebrada por los nervios.
Él no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo, limpiando un vaso con un trapo sucio mientras mantenía la mirada clavada en mí.
—¿Mozo? —preguntó finalmente. Su voz era un raspado seco.
—Sí, no tengo mucha experiencia, pero aprendo rápido. Soy trabajador, señor.
Me indicó que lo siguiera hacia una oficina pequeña al fondo, un cubículo claustrofóbico iluminado por una lámpara amarillenta que hacía que las sombras danzaran en las paredes. Me senté en una silla de cuero gastado que chirrió bajo mi peso. Él se sentó frente a mí, cruzando las piernas y apoyando los codos en el escritorio.
Las primeras preguntas fueron el protocolo habitual. ¿Dónde vivía? ¿Qué disponibilidad tenía? Yo respondía con monosílabos, sintiendo cómo el aire se volvía más denso. Sin embargo, el tono cambió abruptamente. El hombre dejó de mirar mi currículum y empezó a mirarme a los ojos, con una sonrisa que no llegaba a sus pupilas.
—Hablemos de otras cosas, Edu —dijo, inclinándose hacia adelante—. Sos soltero?
Me tomó por sorpresa. El corazón me dio un vuelco contra las costillas.
—Sí —respondí, tragando saliva.
—¿Hace cuánto no tienes sexo?
El calor subió por mi cuello hasta teñirme las mejillas. Me removí en la silla, sintiéndome expuesto, como si ya estuviera desnudo bajo esa luz amarillenta.
—Hace un mes —susurré, bajando la vista.
El dueño soltó una risita nasal. Sus ojos brillaron con una chispa de malicia.
—¿Tendrías, o has tenido, sexo con una persona de mismo género?
Me quedé helado. El silencio se prolongó, llenado solo por el tic-tac de un reloj viejo en la pared. Sabía que mi respuesta determinaría mi destino en ese lugar. Dudé, el miedo luchando contra la necesidad económica, pero finalmente asentí con un movimiento leve.
—Sí —dije, con un tono dubitativo, casi inaudible.
En ese instante, la máscara de empleador cayó por completo. El hombre se reclinó en su asiento y soltó una carcajada corta y seca. Sus ojos ahora devoraban cada centímetro de mi cuerpo gordo y sumiso.
—Mira, Edu, voy a ser sincero contigo. No necesito un mozo. Tengo suficientes tipos que saben servir tragos. Lo que necesito es alguien como vos. Alguien blando, alguien que sepa obedecer. El verdadero puesto es este: vas a ser un puto. Vas a atender las necesidades sexuales de mis clientes en las habitaciones del fondo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. El aire se volvió insuficiente. Me quedé boquiabierto, procesando la palabra "puto" resonando en mis oídos. Mi primera reacción fue el horror, una náusea súbita que me revolvió el estómago. Pero entonces recordé mi cuenta bancaria vacía, el hambre que empezaba a morder mis entrañas y la indiferencia del mundo exterior. No tenía a dónde ir. No tenía a nadie.
—Acepto —susurré, sintiendo que una parte de mi dignidad se desmoronaba, aunque una chispa de excitación prohibida comenzó a encenderse en mi pelvis.
El dueño se levantó con un movimiento fluido. Una sonrisa malévola se dibujó en su rostro mientras empezaba a desabrocharse el cinturón. El sonido del cuero deslizándose por las presillas fue como un disparo en la habitación silenciosa.
—Me gusta la gente decidida. Pero antes de firmar cualquier contrato, necesito ver si servís para el oficio. Vamos a empezar tu práctica ahora mismo.
Se bajó los pantalones y la ropa interior en un solo movimiento, liberando un pene erecto y grueso que saltó hacia adelante, palpitando con urgencia. El olor a almizcle y sudor masculino inundó el espacio.
—Desnudate, gordo. Ahora. Y ponete de rodillas.
Mis manos temblaban mientras me despojaba de la ropa. Me sentí ridículo, exponiendo mi panza prominente, mis muslos anchos y mi pene pequeño, que ya empezaba a gotear un hilo de preseminal debido al miedo y la excitación. Me arrodillé sobre la alfombra polvorienta, sintiendo la aspereza de las fibras contra mis rodillas.
Me acerqué a él, mi respiración agitada chocando contra su piel caliente. Abrí la boca y envolví la cabeza de su miembro con mis labios. El sabor era salado, intenso. Comencé a succionar con agilidad, moviendo mi lengua alrededor del frenillo, sintiendo la dureza del tronco contra el paladar. El dueño soltó un gruñido gutural y agarró mi cabello negro, tirando hacia atrás para obligarme a profundizar la garganta.
—Eso es, chúpalo como el perra que sos —gruñó.
Me hundí más, sintiendo la punta de su pene golpear la base de mi garganta, provocándome una arcada que solo pareció excitarlo más. El sonido de mi saliva mezclándose con su lubricación natural creaba un ruido húmedo, un squelch rítmico que llenaba la oficina. Sus caderas empezaron a moverse con violencia, empujando su carne dentro de mi boca, llenándome el espacio, asfixiándome dulcemente.
De repente, sus dedos se enterraron en mi cuero cabelludo y sintió un espasmo. Un chorro caliente y espeso de semen disparó contra la parte posterior de mi garganta. Tragué por instinto, sintiendo el sabor amargo y denso bajar por mi esófago mientras él seguía pulsando dentro de mí, vaciándose por completo.
Se separó bruscamente, dejándome babeando sobre el suelo, con el rostro rojo y los ojos llorosos. Se subió los pantalones con indiferencia, mirándome como si yo fuera un mueble más de la oficina.
—Estás contratado. Presentate mañana a las veinte horas. No llegues tarde.
Pasé la noche en vela, una mezcla de terror y una anticipación eléctrica recorriendo mi columna. Cuando regresé al bar al día siguiente, el dueño me llevó directamente a una habitación privada. Sobre la cama, había un conjunto de ropa que me hizo jadear.
Era un conjunto de encaje negro, extremadamente sexy y pequeño. Había una prenda inferior que apenas cubría mis genitales y una falda diminuta, una tira de tela transparente que no llegaba a cubrir mis nalgas.
—Vestite. Quiero que los clientes vean exactamente lo que están comprando.
Me puse la ropa con manos torpes. El encaje se clavaba en mi piel, apretando mis rollos de grasa, resaltando la blancura de mi cuerpo contra el negro del tejido. Cuando me miré al espejo, sentí un choque de adrenalina. Me veía vulgar, expuesto, completamente sumiso. La visión de mi propio cuerpo, tan gordo y envuelto en encajes, me provocó una erección inmediata. Mi pequeño pene se tensó contra la tela, goteando preseminal que manchaba el encaje negro.
No pasaron diez minutos antes de que el primer cliente fuera asignado a mi habitación. Era un hombre robusto, con olor a cigarrillo y una mirada impaciente. No hubo presentaciones.
—Desnudame y haceme venir rápido. Tengo prisa —ordenó.
Me acerqué a él, mis muslos rozándose bajo la falda corta. Con dedos temblorosos, le bajé los pantalones. Su pene era considerable, una vara de carne caliente que palpitaba con ganas. Me arrodillé, sintiendo la humedad de mi propia excitación empapando la ropa interior de encaje. Comencé a lamer la base, subiendo lentamente hacia el glande, succionando con fuerza, creando ese sonido de vacío que me volvía loco.
El hombre gemía, moviendo sus caderas con brusquedad. Yo me concentré en cada detalle: la textura de su piel, el olor a sexo inminente. Cuando sintió que estaba cerca, agarró mi cara y me empujó el pene hasta el fondo de la garganta, ahogándome mientras eyaculaba una descarga masiva de semen en mi boca. Tragué cada gota, limpiando el exceso con la lengua antes de que se fuera sin decir una palabra, dejando el pago sobre la mesa.
Apenas tuve tiempo de limpiarme cuando el jefe entró en la habitación con un grupo de cuatro hombres. Sus rostros eran rudos, sus miradas cargadas de una agresividad que me hizo encoger los hombros.
—Estos tipos quieren algo especial —dijo el jefe con una sonrisa cínica—. Me dijeron que les gusta el sexo rudo. Hagan lo que quieran, pero paguen el plus.
Los clientes asintieron y pagaron sin dudar. En cuanto se cerró la puerta, el ambiente cambió. La tensión se volvió eléctrica y peligrosa. Me rodearon rápidamente, cerrando cualquier vía de escape.
—Miren este pedazo de grasa —dijo uno de ellos, pellizcando con fuerza la carne de mi brazo.
Solté un gemido de dolor. Otro de los hombres sacó un cinturón de cuero negro. Sin previo aviso, el cuero chasqueó contra mis nalgas expuestas por la falda.
¡Zas!
El dolor fue agudo, eléctrico. Un grito escapó de mis labios y las lágrimas empezaron a brotar.
—Llorá más, gordo. Me encanta cuando lloran —gruñó el hombre del cinturón, golpeándome nuevamente, esta vez en el muslo.
La mezcla de dolor y humillación disparó mi libido a niveles insoportables. Me sentía pequeño, insignificante, un juguete en manos de cuatro depredadores. Me obligaron a ponerme de rodillas en el centro de la habitación. Los cuatro se desnudaron, revelando penes de diversos tamaños, todos erectos y goteando.
—A ver cómo manejás cuatro a la vez —ordenó el líder.
Fue un caos de carne y fluidos. Me obligaron a practicarles sexo oral a todos simultáneamente. Pasaba de un pene a otro, mi lengua trabajando frenéticamente, mis mejillas hinchadas mientras intentaba acomodar dos miembros en mi boca mientras los otros dos rozaban mi cara y mi cuello. El sonido era una sinfonía de squelching y jadeos. El olor a semen y sudor era tan fuerte que casi podía saborearlo en el aire.
De repente, uno de ellos me agarró por los hombros y me lanzó sobre la cama, poniéndome en cuatro. Mi trasero, blanco y ancho, quedó elevado, ofreciendo un blanco perfecto.
—Voy a abrirte ese agujero —susurró el hombre detrás de mí.
Sin lubricación previa, más allá de la saliva que yo mismo había esparcido, sintió el empuje bruto de su pene penetrando mi ano.
—¡Ahhhhh! —grité, clavando las uñas en las sábanas.
El dolor fue lacerante, una sensación de desgarro que me hizo arquear la espalda. Pero mientras gritaba, otros dos penes se introdujeron en mi boca, silenciando mis lamentos. Me sentía completamente invadido, un objeto llenado por todas partes. El hombre que me follaba no tenía piedad; sus embestidas eran violentas, golpeando mi próstata con una fuerza que me hacía ver estrellas.
Sintió el clímax y eyaculó profundamente dentro de mi recto, llenándome de un calor viscoso. Apenas se retiró, el siguiente cliente tomó su lugar. Este era más grueso y entró con una brutalidad renovada. Mientras me penetraba, empezó a darme cachetadas sonoras en las nalgas.
¡Plac! ¡Plac! ¡Plac!
El sonido de la piel chocando contra la piel resonaba en la habitación. Mis nalgas se pusieron rojas, vibrando con cada golpe. Yo ya no podía pensar, solo sentir. Mi pequeño pene estaba totalmente erecto, disparando chorros de preseminal sobre las sábanas, moviéndose al ritmo de las embestidas que me destrozaban el interior.
Finalmente, los dos hombres restantes decidieron que era hora de terminar el trabajo juntos. Se coordinaron, posicionándose a los lados de mi entrada.
—A ver si cabemos los dos, gordo —dijeron al unísono.
Sintieron la presión. Fue un momento de agonía y éxtasis puro. Los dos penes forzaron la entrada de mi ano, estirando las paredes de mi recto hasta el límite absoluto. Sentí que me partían en dos, que mi cuerpo no podía soportar tanta carne. Gemía sordamente contra la almohada, mi mente nublada por la sumisión extrema. Se movieron en sincronía, un vaivén rítmico que creaba un sonido húmedo y succionante, un shlicking constante que llenaba el cuarto.
Cuando llegaron al orgasmo, ambos eyacularon al mismo tiempo dentro de mí. La cantidad de semen fue tal que sentí cómo mi interior se desbordaba. El choque de las descargas provocó que yo también llegara al límite. Sin que nadie me tocara el pene, tuve un orgasmo violento, disparando mi propia leche en espasmos mientras mi cuerpo temblaba incontrolablemente.
Los hombres se retiraron, exhaustos y satisfechos. Pagaron una propina generosa y salieron de la habitación sin mirar atrás. Me quedé allí, tendido en el suelo, jadeando, con las piernas abiertas y el semen escurriendo lentamente de mi ano, manchando el encaje negro ahora destrozado de mi ropa.
Estaba agotado, sintiéndome vacío y lleno a la vez, cuando la puerta se abrió nuevamente. Era el hombre de la limpieza. Era un hombre negro, imponente, con unos músculos que parecían tallados en piedra y una presencia que llenaba la estancia. Al verme en ese estado —desnudo, cubierto de fluidos, con la mirada perdida—, sus ojos se encendieron.
Se desnudó lentamente. Cuando su pene emergió, casi dejé de respirar. Era un miembro de un tamaño extremo, una bestia de carne oscura y venas marcadas que parecía imposible que pudiera entrar en un cuerpo humano.
—Parece que todavía te queda un poco de espacio, gordo —dijo con una voz profunda que vibró en mi pecho.
No tuve fuerzas para resistirme, ni ganas. Me giré, ofreciéndole mi entrada ya sensible y dilatada. Él no perdió tiempo. Se posicionó y empujó con una fuerza bruta.
—¡Nooo! ¡Es demasiado! —grité, pero el grito se convirtió en un gemido de placer doloroso.
Sentí que me desgarraba. El tamaño de su pene era tal que sentía cada centímetro desplazando mis órganos internos, abriendo camino a través de la carne. Lloré, pero eran lágrimas de una liberación absoluta. Él me penetraba con una lentitud sádica, disfrutando de cómo mi cuerpo se adaptaba a su magnitud. Cada embestida era un terremoto que sacudía mi estructura.
Pasaron minutos que parecieron horas. El ritmo aumentó, volviéndose una danza de fuerza bruta. El sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas era como un tambor. Me sentía poseído, reclamado por esa fuerza descomunal. Finalmente, con un rugido animal, el hombre eyaculó dentro de mí. La presión fue tan intensa que sentí un espasmo eléctrico recorrer todo mi sistema nervioso, llevándome a un segundo orgasmo, más profundo y extenuante que el anterior.
Me quedé inconsciente por unos segundos, flotando en un mar de endorfinas y dolor. El hombre negro, con una suavidad inesperada, me acarició la espalda y llamó al jefe.
El jefe entró y, al ver el desastre de fluidos y la expresión de éxtasis en mi rostro, suspiró. Me ayudó a levantarme y me llevó al baño. Me metió bajo el chorro de agua fría, lavando la sangre, el sudor y el semen que cubrían mi piel. El agua fría me devolvió a la realidad, pero no borró la sensación de plenitud que aún sentía en mis entrañas.
—Has tenido un primer día productivo, Edu —me dijo mientras me entregaba una toalla—. Vete a casa. Tienes el resto del día libre para recuperarte.
Me vestí con mi ropa normal, sintiendo que cada movimiento era un recordatorio del trato sufrido. Al salir del bar y caminar hacia mi casa bajo el cielo de San Luis, sentí una alegría genuina. Saqué el fajo de billetes que había acumulado en unas pocas horas. Era más dinero del que había ganado en un mes entero de buscar trabajos convencionales.
Sonreí para mis adentros, sintiendo el roce del encaje que aún llevaba puesto bajo los pantalones. Sabía que mi cuerpo estaba dolorido y que mi dignidad había quedado en el suelo de aquella habitación, pero por primera vez en mucho tiempo, me sentía útil. Me sentía deseado en mi propia vulnerabilidad.
Prometí, mientras el sol se ocultaba en el horizonte, que volvería al día siguiente. Y que haría cualquier cosa que me pidieran.
Me detuve frente a un bar de poca monta. El cartel de neón, medio fundido, parpadeaba con un zumbido eléctrico irritante. Era un lugar oscuro, con ventanas ahumadas que ocultaban el interior, el tipo de sitio donde el tiempo se detiene y los secretos se hunden en el fondo de un vaso de whisky barato. Empujé la puerta y el olor me golpeó de inmediato: una mezcla espesa de tabaco rancio, cerveza derramada y un aroma metálico, casi animal, que erizó los vellos de mis brazos.
El dueño estaba detrás de la barra. Era un hombre de mediana edad, con ojos pequeños y depredadores que me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en la curva de mi vientre y la suavidad de mis muslos. No me miró como un empleador mira a un candidato, sino como un carnicero evalúa una pieza de carne.
—Busco trabajo —solté, con la voz quebrada por los nervios.
Él no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo, limpiando un vaso con un trapo sucio mientras mantenía la mirada clavada en mí.
—¿Mozo? —preguntó finalmente. Su voz era un raspado seco.
—Sí, no tengo mucha experiencia, pero aprendo rápido. Soy trabajador, señor.
Me indicó que lo siguiera hacia una oficina pequeña al fondo, un cubículo claustrofóbico iluminado por una lámpara amarillenta que hacía que las sombras danzaran en las paredes. Me senté en una silla de cuero gastado que chirrió bajo mi peso. Él se sentó frente a mí, cruzando las piernas y apoyando los codos en el escritorio.
Las primeras preguntas fueron el protocolo habitual. ¿Dónde vivía? ¿Qué disponibilidad tenía? Yo respondía con monosílabos, sintiendo cómo el aire se volvía más denso. Sin embargo, el tono cambió abruptamente. El hombre dejó de mirar mi currículum y empezó a mirarme a los ojos, con una sonrisa que no llegaba a sus pupilas.
—Hablemos de otras cosas, Edu —dijo, inclinándose hacia adelante—. Sos soltero?
Me tomó por sorpresa. El corazón me dio un vuelco contra las costillas.
—Sí —respondí, tragando saliva.
—¿Hace cuánto no tienes sexo?
El calor subió por mi cuello hasta teñirme las mejillas. Me removí en la silla, sintiéndome expuesto, como si ya estuviera desnudo bajo esa luz amarillenta.
—Hace un mes —susurré, bajando la vista.
El dueño soltó una risita nasal. Sus ojos brillaron con una chispa de malicia.
—¿Tendrías, o has tenido, sexo con una persona de mismo género?
Me quedé helado. El silencio se prolongó, llenado solo por el tic-tac de un reloj viejo en la pared. Sabía que mi respuesta determinaría mi destino en ese lugar. Dudé, el miedo luchando contra la necesidad económica, pero finalmente asentí con un movimiento leve.
—Sí —dije, con un tono dubitativo, casi inaudible.
En ese instante, la máscara de empleador cayó por completo. El hombre se reclinó en su asiento y soltó una carcajada corta y seca. Sus ojos ahora devoraban cada centímetro de mi cuerpo gordo y sumiso.
—Mira, Edu, voy a ser sincero contigo. No necesito un mozo. Tengo suficientes tipos que saben servir tragos. Lo que necesito es alguien como vos. Alguien blando, alguien que sepa obedecer. El verdadero puesto es este: vas a ser un puto. Vas a atender las necesidades sexuales de mis clientes en las habitaciones del fondo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. El aire se volvió insuficiente. Me quedé boquiabierto, procesando la palabra "puto" resonando en mis oídos. Mi primera reacción fue el horror, una náusea súbita que me revolvió el estómago. Pero entonces recordé mi cuenta bancaria vacía, el hambre que empezaba a morder mis entrañas y la indiferencia del mundo exterior. No tenía a dónde ir. No tenía a nadie.
—Acepto —susurré, sintiendo que una parte de mi dignidad se desmoronaba, aunque una chispa de excitación prohibida comenzó a encenderse en mi pelvis.
El dueño se levantó con un movimiento fluido. Una sonrisa malévola se dibujó en su rostro mientras empezaba a desabrocharse el cinturón. El sonido del cuero deslizándose por las presillas fue como un disparo en la habitación silenciosa.
—Me gusta la gente decidida. Pero antes de firmar cualquier contrato, necesito ver si servís para el oficio. Vamos a empezar tu práctica ahora mismo.
Se bajó los pantalones y la ropa interior en un solo movimiento, liberando un pene erecto y grueso que saltó hacia adelante, palpitando con urgencia. El olor a almizcle y sudor masculino inundó el espacio.
—Desnudate, gordo. Ahora. Y ponete de rodillas.
Mis manos temblaban mientras me despojaba de la ropa. Me sentí ridículo, exponiendo mi panza prominente, mis muslos anchos y mi pene pequeño, que ya empezaba a gotear un hilo de preseminal debido al miedo y la excitación. Me arrodillé sobre la alfombra polvorienta, sintiendo la aspereza de las fibras contra mis rodillas.
Me acerqué a él, mi respiración agitada chocando contra su piel caliente. Abrí la boca y envolví la cabeza de su miembro con mis labios. El sabor era salado, intenso. Comencé a succionar con agilidad, moviendo mi lengua alrededor del frenillo, sintiendo la dureza del tronco contra el paladar. El dueño soltó un gruñido gutural y agarró mi cabello negro, tirando hacia atrás para obligarme a profundizar la garganta.
—Eso es, chúpalo como el perra que sos —gruñó.
Me hundí más, sintiendo la punta de su pene golpear la base de mi garganta, provocándome una arcada que solo pareció excitarlo más. El sonido de mi saliva mezclándose con su lubricación natural creaba un ruido húmedo, un squelch rítmico que llenaba la oficina. Sus caderas empezaron a moverse con violencia, empujando su carne dentro de mi boca, llenándome el espacio, asfixiándome dulcemente.
De repente, sus dedos se enterraron en mi cuero cabelludo y sintió un espasmo. Un chorro caliente y espeso de semen disparó contra la parte posterior de mi garganta. Tragué por instinto, sintiendo el sabor amargo y denso bajar por mi esófago mientras él seguía pulsando dentro de mí, vaciándose por completo.
Se separó bruscamente, dejándome babeando sobre el suelo, con el rostro rojo y los ojos llorosos. Se subió los pantalones con indiferencia, mirándome como si yo fuera un mueble más de la oficina.
—Estás contratado. Presentate mañana a las veinte horas. No llegues tarde.
Pasé la noche en vela, una mezcla de terror y una anticipación eléctrica recorriendo mi columna. Cuando regresé al bar al día siguiente, el dueño me llevó directamente a una habitación privada. Sobre la cama, había un conjunto de ropa que me hizo jadear.
Era un conjunto de encaje negro, extremadamente sexy y pequeño. Había una prenda inferior que apenas cubría mis genitales y una falda diminuta, una tira de tela transparente que no llegaba a cubrir mis nalgas.
—Vestite. Quiero que los clientes vean exactamente lo que están comprando.
Me puse la ropa con manos torpes. El encaje se clavaba en mi piel, apretando mis rollos de grasa, resaltando la blancura de mi cuerpo contra el negro del tejido. Cuando me miré al espejo, sentí un choque de adrenalina. Me veía vulgar, expuesto, completamente sumiso. La visión de mi propio cuerpo, tan gordo y envuelto en encajes, me provocó una erección inmediata. Mi pequeño pene se tensó contra la tela, goteando preseminal que manchaba el encaje negro.
No pasaron diez minutos antes de que el primer cliente fuera asignado a mi habitación. Era un hombre robusto, con olor a cigarrillo y una mirada impaciente. No hubo presentaciones.
—Desnudame y haceme venir rápido. Tengo prisa —ordenó.
Me acerqué a él, mis muslos rozándose bajo la falda corta. Con dedos temblorosos, le bajé los pantalones. Su pene era considerable, una vara de carne caliente que palpitaba con ganas. Me arrodillé, sintiendo la humedad de mi propia excitación empapando la ropa interior de encaje. Comencé a lamer la base, subiendo lentamente hacia el glande, succionando con fuerza, creando ese sonido de vacío que me volvía loco.
El hombre gemía, moviendo sus caderas con brusquedad. Yo me concentré en cada detalle: la textura de su piel, el olor a sexo inminente. Cuando sintió que estaba cerca, agarró mi cara y me empujó el pene hasta el fondo de la garganta, ahogándome mientras eyaculaba una descarga masiva de semen en mi boca. Tragué cada gota, limpiando el exceso con la lengua antes de que se fuera sin decir una palabra, dejando el pago sobre la mesa.
Apenas tuve tiempo de limpiarme cuando el jefe entró en la habitación con un grupo de cuatro hombres. Sus rostros eran rudos, sus miradas cargadas de una agresividad que me hizo encoger los hombros.
—Estos tipos quieren algo especial —dijo el jefe con una sonrisa cínica—. Me dijeron que les gusta el sexo rudo. Hagan lo que quieran, pero paguen el plus.
Los clientes asintieron y pagaron sin dudar. En cuanto se cerró la puerta, el ambiente cambió. La tensión se volvió eléctrica y peligrosa. Me rodearon rápidamente, cerrando cualquier vía de escape.
—Miren este pedazo de grasa —dijo uno de ellos, pellizcando con fuerza la carne de mi brazo.
Solté un gemido de dolor. Otro de los hombres sacó un cinturón de cuero negro. Sin previo aviso, el cuero chasqueó contra mis nalgas expuestas por la falda.
¡Zas!
El dolor fue agudo, eléctrico. Un grito escapó de mis labios y las lágrimas empezaron a brotar.
—Llorá más, gordo. Me encanta cuando lloran —gruñó el hombre del cinturón, golpeándome nuevamente, esta vez en el muslo.
La mezcla de dolor y humillación disparó mi libido a niveles insoportables. Me sentía pequeño, insignificante, un juguete en manos de cuatro depredadores. Me obligaron a ponerme de rodillas en el centro de la habitación. Los cuatro se desnudaron, revelando penes de diversos tamaños, todos erectos y goteando.
—A ver cómo manejás cuatro a la vez —ordenó el líder.
Fue un caos de carne y fluidos. Me obligaron a practicarles sexo oral a todos simultáneamente. Pasaba de un pene a otro, mi lengua trabajando frenéticamente, mis mejillas hinchadas mientras intentaba acomodar dos miembros en mi boca mientras los otros dos rozaban mi cara y mi cuello. El sonido era una sinfonía de squelching y jadeos. El olor a semen y sudor era tan fuerte que casi podía saborearlo en el aire.
De repente, uno de ellos me agarró por los hombros y me lanzó sobre la cama, poniéndome en cuatro. Mi trasero, blanco y ancho, quedó elevado, ofreciendo un blanco perfecto.
—Voy a abrirte ese agujero —susurró el hombre detrás de mí.
Sin lubricación previa, más allá de la saliva que yo mismo había esparcido, sintió el empuje bruto de su pene penetrando mi ano.
—¡Ahhhhh! —grité, clavando las uñas en las sábanas.
El dolor fue lacerante, una sensación de desgarro que me hizo arquear la espalda. Pero mientras gritaba, otros dos penes se introdujeron en mi boca, silenciando mis lamentos. Me sentía completamente invadido, un objeto llenado por todas partes. El hombre que me follaba no tenía piedad; sus embestidas eran violentas, golpeando mi próstata con una fuerza que me hacía ver estrellas.
Sintió el clímax y eyaculó profundamente dentro de mi recto, llenándome de un calor viscoso. Apenas se retiró, el siguiente cliente tomó su lugar. Este era más grueso y entró con una brutalidad renovada. Mientras me penetraba, empezó a darme cachetadas sonoras en las nalgas.
¡Plac! ¡Plac! ¡Plac!
El sonido de la piel chocando contra la piel resonaba en la habitación. Mis nalgas se pusieron rojas, vibrando con cada golpe. Yo ya no podía pensar, solo sentir. Mi pequeño pene estaba totalmente erecto, disparando chorros de preseminal sobre las sábanas, moviéndose al ritmo de las embestidas que me destrozaban el interior.
Finalmente, los dos hombres restantes decidieron que era hora de terminar el trabajo juntos. Se coordinaron, posicionándose a los lados de mi entrada.
—A ver si cabemos los dos, gordo —dijeron al unísono.
Sintieron la presión. Fue un momento de agonía y éxtasis puro. Los dos penes forzaron la entrada de mi ano, estirando las paredes de mi recto hasta el límite absoluto. Sentí que me partían en dos, que mi cuerpo no podía soportar tanta carne. Gemía sordamente contra la almohada, mi mente nublada por la sumisión extrema. Se movieron en sincronía, un vaivén rítmico que creaba un sonido húmedo y succionante, un shlicking constante que llenaba el cuarto.
Cuando llegaron al orgasmo, ambos eyacularon al mismo tiempo dentro de mí. La cantidad de semen fue tal que sentí cómo mi interior se desbordaba. El choque de las descargas provocó que yo también llegara al límite. Sin que nadie me tocara el pene, tuve un orgasmo violento, disparando mi propia leche en espasmos mientras mi cuerpo temblaba incontrolablemente.
Los hombres se retiraron, exhaustos y satisfechos. Pagaron una propina generosa y salieron de la habitación sin mirar atrás. Me quedé allí, tendido en el suelo, jadeando, con las piernas abiertas y el semen escurriendo lentamente de mi ano, manchando el encaje negro ahora destrozado de mi ropa.
Estaba agotado, sintiéndome vacío y lleno a la vez, cuando la puerta se abrió nuevamente. Era el hombre de la limpieza. Era un hombre negro, imponente, con unos músculos que parecían tallados en piedra y una presencia que llenaba la estancia. Al verme en ese estado —desnudo, cubierto de fluidos, con la mirada perdida—, sus ojos se encendieron.
Se desnudó lentamente. Cuando su pene emergió, casi dejé de respirar. Era un miembro de un tamaño extremo, una bestia de carne oscura y venas marcadas que parecía imposible que pudiera entrar en un cuerpo humano.
—Parece que todavía te queda un poco de espacio, gordo —dijo con una voz profunda que vibró en mi pecho.
No tuve fuerzas para resistirme, ni ganas. Me giré, ofreciéndole mi entrada ya sensible y dilatada. Él no perdió tiempo. Se posicionó y empujó con una fuerza bruta.
—¡Nooo! ¡Es demasiado! —grité, pero el grito se convirtió en un gemido de placer doloroso.
Sentí que me desgarraba. El tamaño de su pene era tal que sentía cada centímetro desplazando mis órganos internos, abriendo camino a través de la carne. Lloré, pero eran lágrimas de una liberación absoluta. Él me penetraba con una lentitud sádica, disfrutando de cómo mi cuerpo se adaptaba a su magnitud. Cada embestida era un terremoto que sacudía mi estructura.
Pasaron minutos que parecieron horas. El ritmo aumentó, volviéndose una danza de fuerza bruta. El sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas era como un tambor. Me sentía poseído, reclamado por esa fuerza descomunal. Finalmente, con un rugido animal, el hombre eyaculó dentro de mí. La presión fue tan intensa que sentí un espasmo eléctrico recorrer todo mi sistema nervioso, llevándome a un segundo orgasmo, más profundo y extenuante que el anterior.
Me quedé inconsciente por unos segundos, flotando en un mar de endorfinas y dolor. El hombre negro, con una suavidad inesperada, me acarició la espalda y llamó al jefe.
El jefe entró y, al ver el desastre de fluidos y la expresión de éxtasis en mi rostro, suspiró. Me ayudó a levantarme y me llevó al baño. Me metió bajo el chorro de agua fría, lavando la sangre, el sudor y el semen que cubrían mi piel. El agua fría me devolvió a la realidad, pero no borró la sensación de plenitud que aún sentía en mis entrañas.
—Has tenido un primer día productivo, Edu —me dijo mientras me entregaba una toalla—. Vete a casa. Tienes el resto del día libre para recuperarte.
Me vestí con mi ropa normal, sintiendo que cada movimiento era un recordatorio del trato sufrido. Al salir del bar y caminar hacia mi casa bajo el cielo de San Luis, sentí una alegría genuina. Saqué el fajo de billetes que había acumulado en unas pocas horas. Era más dinero del que había ganado en un mes entero de buscar trabajos convencionales.
Sonreí para mis adentros, sintiendo el roce del encaje que aún llevaba puesto bajo los pantalones. Sabía que mi cuerpo estaba dolorido y que mi dignidad había quedado en el suelo de aquella habitación, pero por primera vez en mucho tiempo, me sentía útil. Me sentía deseado en mi propia vulnerabilidad.
Prometí, mientras el sol se ocultaba en el horizonte, que volvería al día siguiente. Y que haría cualquier cosa que me pidieran.
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