No fue un contacto brusco ni exigente. Fue una caricia lenta, que comenzó en la parte baja de su espalda y se deslizó hacia abajo siguiendo la curva de su columna, como quien traza un mapa con la yema de los dedos. Manolo sintió el roce de la piel áspera y cálida, y el ardor de la cera se mezcló con algo nuevo: un cosquilleo que subía por su nuca y bajaba hasta el vientre, como una corriente eléctrica de baja intensidad.
—Ahora toca la parte más dulce —murmuró el hombre, y sus dedos se deslizaron entre los muslos de Manolo, buscando el escroto con una precisión que sugería conocimiento de cada pliegue y cada curva.
Cuando los dedos del hombre rozaron el saco, Manolo sintió una sacudida involuntaria en todo su cuerpo. Los testículos colgaban suaves y calientes, recién libres de vello, y el contacto directo de la piel con aquellos dedos expertos era casi abrumador. El hombre acarició el escroto con movimientos circulares, como si estuviera sopesando la fruta más delicada, y el placer que brotó de aquel contacto fue tan intenso que Manolo no pudo evitar separar las piernas de manera inconsciente, ofreciéndose más, pidiendo más sin pronunciar una palabra.
¿Qué estoy haciendo?, se preguntó en un destello de lucidez, pero el pensamiento se desvaneció tan rápido como llegó, ahogado por el torrente de sensaciones que recorría su cuerpo. Su mente se había vuelto un espacio difuso, donde la humillación y el placer se enredaban como dos serpientes en una danza imposible de desenredar.
El hombre percibió la separación de sus piernas y dejó escapar una risa baja, casi paternal.
—Así me gusta, Manuela. Tu cuerpo sabe lo que quiere, aunque tu boca no lo diga.
Los dedos del hombre se movieron con más seguridad ahora, acariciando cada testículo por separado, rodeándolos con la palma, sintiendo su peso y su calor. La piel del escroto, lisa y suave, respondía a cada caricia con un temblor que se extendía hacia arriba, hacia el bajo vientre, hacia el pene que comenzaba a erguirse contra la camilla. Manolo sintió que la humedad entre sus piernas aumentaba, y el roce de su propio sexo contra el vinilo frío de la camilla era una provocación constante.
—Te está gustando, ¿verdad? —susurró el hombre—. Te está gustando que te toque así, después de haberte depilado, después de haber visto todo lo que tienes que ofrecer.
Manolo no pudo responder. Su boca se abrió para decir algo, pero solo salió un gemido ahogado, un sonido que no reconocía como propio. Las piernas se le abrieron un poco más, y sus caderas se movieron casi imperceptiblemente hacia atrás, buscando más contacto, más presión, más de aquella mano que sabía exactamente dónde tocar para hacerle olvidar quién era.
El hombre no se apresuró. Siguió acariciando el escroto con movimientos que a veces eran círculos lentos y otras eran pellizcos suaves que hacían saltar a Manolo como si recibiera pequeñas descargas. Cada caricia borraba un poco más el dolor de la cera, transformándolo en una especie de fondo musical sobre el que el placer se alzaba en ondas crecientes.
—Separa más las piernas, nena —ordenó el hombre, pero su voz era casi una súplica—. Déjame ver todo lo que he depilado. Déjame tocarlo bien.
Manolo obedeció sin pensar, separando las piernas hasta que sus muslos formaron un ángulo que dejaba su intimidad completamente expuesta. Sintió el aire fresco en su perineo y el calor de la mirada del hombre que se posaba allí, en ese espacio que ya no era secreto. Y en algún lugar de su conciencia, supo que había cruzado una línea de la que no podría volver atrás. Pero ya no le importaba.
Las yemas de los dedos del hombre se movían con una lentitud deliberada, trazando círculos perfectos sobre la piel lisa y caliente de los testículos de Manolo. Cada rotación era un estudio de textura y temperatura, un diálogo táctil que no necesitaba palabras. La piel depilada, sensible y desnuda, respondía a cada caricia con un temblor que se propagaba como ondas en un estanque, desde el escroto hasta el bajo vientre, desde las caderas hasta la nuca.
Manolo sintió cómo el dolor residual de la cera se disolvía bajo aquel contacto experto, transformándose en algo más profundo, más viscoso, más parecido a un deseo que se negaba a ser nombrado. Su respiración se volvió irregular, entrecortada, y sus dedos se aferraron a los bordes de la camilla como si temiera flotar hacia un lugar del que no pudiera regresar.
Cuando los dedos del hombre rodearon cada testículo por separado, sopesándolos con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de sus manos, Manolo dejó escapar un suspiro. No fue un suspiro cualquiera, sino un sonido que nacía en lo más profundo de su pecho, una exhalación larga y temblorosa que llevaba consigo parte de su resistencia. Luego vino el gemido, bajo y gutural, que se escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.
—Así, nena —susurró el hombre, y su voz era una caricia en sí misma—. Deja que tu cuerpo hable.
Manolo sintió que sus caderas se movían solas, levantándose suavemente de la camilla, ofreciendo más de sí mismo a aquellas manos que lo exploraban sin prisa. El movimiento fue inconsciente, animal, como si su pelvis buscara instintivamente el calor y la presión de los dedos que acariciaban su escroto. El hombre aceptó la ofrenda, deslizando una mano bajo sus nalgas para sostenerlo, y la otra continuó su danza alrededor de sus testículos.
El placer era un líquido caliente que se extendía por sus venas, un zumbido que llenaba sus oídos y nublaba su visión. Ya no había vergüenza ni humillación, solo la sensación pura de ser tocado, de ser deseado, de ser el centro de la atención de alguien que parecía encontrar en su cuerpo un objeto de veneración.
Entonces, el hombre hizo una pausa.
La mano se retiró y el silencio se llenó de la respiración agitada de Manolo, que aún temblaba sobre la camilla, con las caderas ligeramente elevadas, esperando. La ausencia del contacto fue un vacío que se abrió en su vientre, un hueco que pedía ser llenado. Manolo se quedó inmóvil, sintiendo cada latido de su corazón en la punta de sus dedos, en la curva de sus nalgas, en el borde sensible de su escroto.
La pausa duró solo unos segundos, pero para Manolo fue una eternidad.
Y entonces, sintió algo diferente. No las yemas de los dedos, sino el contacto de una lengua. Caliente, húmeda, con la superficie ligeramente áspera de las papilas gustativas que se deslizaban sobre su escroto recién depilado. La sensación fue tan inesperada, tan íntima, que Manolo emitió un sonido que era a la vez un suspiro y un gemido, una mezcla de sorpresa y de entrega total.
La lengua del hombre se movió con lentitud, lamiendo la superficie del escroto de abajo hacia arriba, recorriendo cada pliegue, cada curva, deteniéndose en los puntos donde la piel era más fina y sensible. El calor de la boca del hombre contrastaba con el aire fresco de la habitación, y el contraste hacía que cada pasada de la lengua fuera una revelación.
Manolo sintió cómo la lengua rodeaba un testículo, como si estuviera saboreándolo, y luego el otro, con la misma atención meticulosa. El placer era una espiral que crecía sin cesar, un carrusel de sensaciones que lo arrastraba hacia un centro del que no quería escapar. Sus caderas se movieron de nuevo, empujándose hacia la boca del hombre, buscando más contacto, más calor, más lengua.
—Mmm —suspiró el hombre, y el sonido vibró contra el escroto de Manolo, añadiendo una dimensión nueva al placer—. Sabes tan bien, Manuela.
Manolo no pudo responder. Su boca estaba abierta, pero solo salían de ella suspiros y gemidos, sonidos que ya no le pertenecían, que habían sido robados por aquel hombre que lo estaba devorando con la lengua. El placer se extendía desde su escroto hasta la base de su columna, haciendo que todo su cuerpo se arqueara ligeramente sobre la camilla.
—No pares —susurró sin querer, y la palabra escapó de sus labios como una confesión.
El hombre sonrió contra su piel y siguió lamiendo, más rápido ahora, con más seguridad, llevando a Manolo a un estado de entrega absoluta donde el tiempo y el espacio se disolvían en el calor de aquella boca y el roce de aquella lengua.
El mundo se había reducido a un punto de contacto. Manolo —Manuela— ya no era consciente del frío vinilo contra su pecho, ni del peso de su propio cuerpo, ni siquiera del eco del dolor remanente de la cera que aún vibraba en sus glúteos. Solo existía el calor de la lengua del hombre en sus testículos, aquella humedad insistente que recorría cada pliegue, cada curva sensible, con una paciencia que parecía tener toda la eternidad por delante.
Y entonces, sintió algo más.
Un roce ligero, apenas un susurro, en el borde de su ano. Al principio, pensó que era la propia lengua del hombre, que se había desviado en su exploración. Pero la textura era diferente: más firme, más seca, con la superficie callosa de un dedo que trazaba círculos diminutos alrededor del anillo de su entrada.
—Shhh... —susurró el hombre contra su escroto, y el sonido vibró directamente en su piel—. Relájate, nena. No voy a hacer nada que no quieras.
Pero Manolo ya no estaba en condiciones de querer o no querer. Su mente se había desconectado, dejando paso a un torrente de sensaciones puras, sin filtros ni juicios. La lengua seguía masajeando sus testículos con movimientos circulares, lamiendo, saboreando, y el dedo continuaba su danza alrededor de su ojal, rozando los pliegues con una delicadeza que era casi cruel.
El contraste entre la humedad cálida de la lengua y la presión seca y precisa del dedo era abrumador. Manolo sintió cómo su ano se contraía involuntariamente, y el dedo del hombre se detuvo, esperando. Después de un momento, la presión se reanudó, esta vez con un poco más de firmeza, como si estuviera pidiendo permiso para entrar.
—Así, Manuela. Déjate llevar —murmuró el hombre, y su lengua se deslizó hacia la base de su pene, lamiendo el punto donde los testículos se unían al eje—. Solo siente.
Y Manolo sintió. Cada pasada de la lengua era un arco de placer que se extendía por su vientre. Cada círculo del dedo alrededor de su ano era un latido que resonaba en su columna vertebral. Y en algún momento, la frontera entre la humillación y el deseo se desvaneció por completo, fundiéndose en un solo estado de conciencia líquido y vibrante.
El dedo del hombre dejó de acariciar el borde y se deslizó hacia el centro del ojal, aplicando una presión suave que hizo que Manolo arque la espalda. No entró, solo se quedó allí, en la entrada, palpando la resistencia del esfínter, sintiendo cómo se contraía y relajaba al ritmo de su respiración.
—Qué bonito eres, Manuela —dijo el hombre, alzando la cabeza para mirarlo—. Tu cuerpo no se resiste. Tu cuerpo te está diciendo que esto es lo que necesitas.fin del primer capitulo, parte 2 en la red social del autor original todos los derechos reservados https://x.com/status/2106011601543610545
—Ahora toca la parte más dulce —murmuró el hombre, y sus dedos se deslizaron entre los muslos de Manolo, buscando el escroto con una precisión que sugería conocimiento de cada pliegue y cada curva.
Cuando los dedos del hombre rozaron el saco, Manolo sintió una sacudida involuntaria en todo su cuerpo. Los testículos colgaban suaves y calientes, recién libres de vello, y el contacto directo de la piel con aquellos dedos expertos era casi abrumador. El hombre acarició el escroto con movimientos circulares, como si estuviera sopesando la fruta más delicada, y el placer que brotó de aquel contacto fue tan intenso que Manolo no pudo evitar separar las piernas de manera inconsciente, ofreciéndose más, pidiendo más sin pronunciar una palabra.
¿Qué estoy haciendo?, se preguntó en un destello de lucidez, pero el pensamiento se desvaneció tan rápido como llegó, ahogado por el torrente de sensaciones que recorría su cuerpo. Su mente se había vuelto un espacio difuso, donde la humillación y el placer se enredaban como dos serpientes en una danza imposible de desenredar.
El hombre percibió la separación de sus piernas y dejó escapar una risa baja, casi paternal.
—Así me gusta, Manuela. Tu cuerpo sabe lo que quiere, aunque tu boca no lo diga.
Los dedos del hombre se movieron con más seguridad ahora, acariciando cada testículo por separado, rodeándolos con la palma, sintiendo su peso y su calor. La piel del escroto, lisa y suave, respondía a cada caricia con un temblor que se extendía hacia arriba, hacia el bajo vientre, hacia el pene que comenzaba a erguirse contra la camilla. Manolo sintió que la humedad entre sus piernas aumentaba, y el roce de su propio sexo contra el vinilo frío de la camilla era una provocación constante.
—Te está gustando, ¿verdad? —susurró el hombre—. Te está gustando que te toque así, después de haberte depilado, después de haber visto todo lo que tienes que ofrecer.
Manolo no pudo responder. Su boca se abrió para decir algo, pero solo salió un gemido ahogado, un sonido que no reconocía como propio. Las piernas se le abrieron un poco más, y sus caderas se movieron casi imperceptiblemente hacia atrás, buscando más contacto, más presión, más de aquella mano que sabía exactamente dónde tocar para hacerle olvidar quién era.
El hombre no se apresuró. Siguió acariciando el escroto con movimientos que a veces eran círculos lentos y otras eran pellizcos suaves que hacían saltar a Manolo como si recibiera pequeñas descargas. Cada caricia borraba un poco más el dolor de la cera, transformándolo en una especie de fondo musical sobre el que el placer se alzaba en ondas crecientes.
—Separa más las piernas, nena —ordenó el hombre, pero su voz era casi una súplica—. Déjame ver todo lo que he depilado. Déjame tocarlo bien.
Manolo obedeció sin pensar, separando las piernas hasta que sus muslos formaron un ángulo que dejaba su intimidad completamente expuesta. Sintió el aire fresco en su perineo y el calor de la mirada del hombre que se posaba allí, en ese espacio que ya no era secreto. Y en algún lugar de su conciencia, supo que había cruzado una línea de la que no podría volver atrás. Pero ya no le importaba.
Las yemas de los dedos del hombre se movían con una lentitud deliberada, trazando círculos perfectos sobre la piel lisa y caliente de los testículos de Manolo. Cada rotación era un estudio de textura y temperatura, un diálogo táctil que no necesitaba palabras. La piel depilada, sensible y desnuda, respondía a cada caricia con un temblor que se propagaba como ondas en un estanque, desde el escroto hasta el bajo vientre, desde las caderas hasta la nuca.
Manolo sintió cómo el dolor residual de la cera se disolvía bajo aquel contacto experto, transformándose en algo más profundo, más viscoso, más parecido a un deseo que se negaba a ser nombrado. Su respiración se volvió irregular, entrecortada, y sus dedos se aferraron a los bordes de la camilla como si temiera flotar hacia un lugar del que no pudiera regresar.
Cuando los dedos del hombre rodearon cada testículo por separado, sopesándolos con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de sus manos, Manolo dejó escapar un suspiro. No fue un suspiro cualquiera, sino un sonido que nacía en lo más profundo de su pecho, una exhalación larga y temblorosa que llevaba consigo parte de su resistencia. Luego vino el gemido, bajo y gutural, que se escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.
—Así, nena —susurró el hombre, y su voz era una caricia en sí misma—. Deja que tu cuerpo hable.
Manolo sintió que sus caderas se movían solas, levantándose suavemente de la camilla, ofreciendo más de sí mismo a aquellas manos que lo exploraban sin prisa. El movimiento fue inconsciente, animal, como si su pelvis buscara instintivamente el calor y la presión de los dedos que acariciaban su escroto. El hombre aceptó la ofrenda, deslizando una mano bajo sus nalgas para sostenerlo, y la otra continuó su danza alrededor de sus testículos.
El placer era un líquido caliente que se extendía por sus venas, un zumbido que llenaba sus oídos y nublaba su visión. Ya no había vergüenza ni humillación, solo la sensación pura de ser tocado, de ser deseado, de ser el centro de la atención de alguien que parecía encontrar en su cuerpo un objeto de veneración.
Entonces, el hombre hizo una pausa.
La mano se retiró y el silencio se llenó de la respiración agitada de Manolo, que aún temblaba sobre la camilla, con las caderas ligeramente elevadas, esperando. La ausencia del contacto fue un vacío que se abrió en su vientre, un hueco que pedía ser llenado. Manolo se quedó inmóvil, sintiendo cada latido de su corazón en la punta de sus dedos, en la curva de sus nalgas, en el borde sensible de su escroto.
La pausa duró solo unos segundos, pero para Manolo fue una eternidad.
Y entonces, sintió algo diferente. No las yemas de los dedos, sino el contacto de una lengua. Caliente, húmeda, con la superficie ligeramente áspera de las papilas gustativas que se deslizaban sobre su escroto recién depilado. La sensación fue tan inesperada, tan íntima, que Manolo emitió un sonido que era a la vez un suspiro y un gemido, una mezcla de sorpresa y de entrega total.
La lengua del hombre se movió con lentitud, lamiendo la superficie del escroto de abajo hacia arriba, recorriendo cada pliegue, cada curva, deteniéndose en los puntos donde la piel era más fina y sensible. El calor de la boca del hombre contrastaba con el aire fresco de la habitación, y el contraste hacía que cada pasada de la lengua fuera una revelación.
Manolo sintió cómo la lengua rodeaba un testículo, como si estuviera saboreándolo, y luego el otro, con la misma atención meticulosa. El placer era una espiral que crecía sin cesar, un carrusel de sensaciones que lo arrastraba hacia un centro del que no quería escapar. Sus caderas se movieron de nuevo, empujándose hacia la boca del hombre, buscando más contacto, más calor, más lengua.
—Mmm —suspiró el hombre, y el sonido vibró contra el escroto de Manolo, añadiendo una dimensión nueva al placer—. Sabes tan bien, Manuela.
Manolo no pudo responder. Su boca estaba abierta, pero solo salían de ella suspiros y gemidos, sonidos que ya no le pertenecían, que habían sido robados por aquel hombre que lo estaba devorando con la lengua. El placer se extendía desde su escroto hasta la base de su columna, haciendo que todo su cuerpo se arqueara ligeramente sobre la camilla.
—No pares —susurró sin querer, y la palabra escapó de sus labios como una confesión.
El hombre sonrió contra su piel y siguió lamiendo, más rápido ahora, con más seguridad, llevando a Manolo a un estado de entrega absoluta donde el tiempo y el espacio se disolvían en el calor de aquella boca y el roce de aquella lengua.
El mundo se había reducido a un punto de contacto. Manolo —Manuela— ya no era consciente del frío vinilo contra su pecho, ni del peso de su propio cuerpo, ni siquiera del eco del dolor remanente de la cera que aún vibraba en sus glúteos. Solo existía el calor de la lengua del hombre en sus testículos, aquella humedad insistente que recorría cada pliegue, cada curva sensible, con una paciencia que parecía tener toda la eternidad por delante.
Y entonces, sintió algo más.
Un roce ligero, apenas un susurro, en el borde de su ano. Al principio, pensó que era la propia lengua del hombre, que se había desviado en su exploración. Pero la textura era diferente: más firme, más seca, con la superficie callosa de un dedo que trazaba círculos diminutos alrededor del anillo de su entrada.
—Shhh... —susurró el hombre contra su escroto, y el sonido vibró directamente en su piel—. Relájate, nena. No voy a hacer nada que no quieras.
Pero Manolo ya no estaba en condiciones de querer o no querer. Su mente se había desconectado, dejando paso a un torrente de sensaciones puras, sin filtros ni juicios. La lengua seguía masajeando sus testículos con movimientos circulares, lamiendo, saboreando, y el dedo continuaba su danza alrededor de su ojal, rozando los pliegues con una delicadeza que era casi cruel.
El contraste entre la humedad cálida de la lengua y la presión seca y precisa del dedo era abrumador. Manolo sintió cómo su ano se contraía involuntariamente, y el dedo del hombre se detuvo, esperando. Después de un momento, la presión se reanudó, esta vez con un poco más de firmeza, como si estuviera pidiendo permiso para entrar.
—Así, Manuela. Déjate llevar —murmuró el hombre, y su lengua se deslizó hacia la base de su pene, lamiendo el punto donde los testículos se unían al eje—. Solo siente.
Y Manolo sintió. Cada pasada de la lengua era un arco de placer que se extendía por su vientre. Cada círculo del dedo alrededor de su ano era un latido que resonaba en su columna vertebral. Y en algún momento, la frontera entre la humillación y el deseo se desvaneció por completo, fundiéndose en un solo estado de conciencia líquido y vibrante.
El dedo del hombre dejó de acariciar el borde y se deslizó hacia el centro del ojal, aplicando una presión suave que hizo que Manolo arque la espalda. No entró, solo se quedó allí, en la entrada, palpando la resistencia del esfínter, sintiendo cómo se contraía y relajaba al ritmo de su respiración.
—Qué bonito eres, Manuela —dijo el hombre, alzando la cabeza para mirarlo—. Tu cuerpo no se resiste. Tu cuerpo te está diciendo que esto es lo que necesitas.fin del primer capitulo, parte 2 en la red social del autor original todos los derechos reservados https://x.com/status/2106011601543610545
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