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Isekai futanari

La última imagen que guardo de mi vida anterior es el resplandor cegador de unos faros y el chirrido ensordecedor de unos neumáticos contra el asfalto mojado. Luego, el vacío. Un silencio absoluto que se prolongó por lo que parecieron eones, hasta que el frío fue sustituido por una calidez húmeda y el aroma a jazmín y almizcle inundó mis sentidos.
Desperté sobre un lecho de pétalos púrpuras, bajo un cielo de un color amatista que jamás había visto en Tokio. Me incorporé lentamente, sintiendo una pesadez extraña en mi pecho. Al bajar la mirada, solté un grito que se ahogó en mi garganta. Dos globos de carne, firmes y turgentes, sobresalían de mi torso, con pezones oscuros que se erizaban ante la brisa fresca. Mis manos, aunque mantenían mi esencia japonesa, se sentían más fuertes, mi piel más tersa.
Pero lo más perturbador estaba más abajo.
Me separé las piernas y sentí un peso colgando, algo que latía con una urgencia animal. Entre mis muslos, justo debajo de una hendidura húmeda y cálida que reconocí como una vagina, se erigía un miembro colosal. Era un pene grueso, venoso, con una cabeza rosada y goteante que se extendía por unos veintiséis centímetros. Era una contradicción biológica, una aberración hermosa. Era una futanari.
Me puse de pie, tambaleándome. Vestía apenas unas telas traslúcidas que dejaban poco a la imaginación, permitiendo que mi miembro oscilara con cada paso. Caminé hacia lo que parecía ser un asentamiento, un pueblo de arquitectura orgánica donde las casas parecían crecer de los árboles. A medida que me acercaba, el sonido de tambores y risas frenéticas llenaba el aire.
Al entrar en la plaza principal, el choque cultural me dejó paralizada. Había cientos de mujeres. Todas eran hermosas, con rasgos diversos, pero todas compartían mi misma particularidad. Cada una de ellas poseía un pene prominente que se marcaba bajo sus ropas o, en muchos casos, colgaba libremente al aire.
No era un pueblo común. Era un santuario de la lujuria.
Una mujer de piel canela y ojos felinos se acercó a mí. Su propio miembro, una lanza carnosa, bailaba contra su muslo. Me recorrió con la mirada, deteniéndose en mis senos y luego en el bulto que tensaba mi tela.
Bienvenida al Festival del Florecimiento, forastera, dijo ella con una voz ronca que me envió un escalofrío por la columna. Nunca había visto una piel tan pálida ni un miembro tan prometedor.
¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?, pregunté, mi voz sonando más dulce y sugerente de lo que recordaba.
Estás en la Tierra de las Dionisias. Aquí, el placer es la única ley y el semen es la única moneda. Hoy celebramos la fertilidad. Quítate esas telas. No queremos barreras entre tu carne y la nuestra.
La mujer no esperó respuesta. Con un movimiento fluido, rasgó mi prenda inferior. El aire frío golpeó mi vulva y mi pene, que reaccionó instantáneamente, saltando hacia adelante con un espasmo de deseo. Me quedé desnuda en medio de la plaza, exponiendo mis senos pesados y mi erección masiva ante la multitud.
A mi alrededor, el desnudismo era la norma. Cientos de cuerpos femeninos se entrelazaban, creando una marea de piel, sudor y fluidos. El olor era embriagador, una mezcla de feromonas y excitación pura. Vi a grupos de mujeres masturbándose mutuamente, sus manos moviéndose en ritmos frenéticos sobre penes que goteaban preseminal.
La mujer de ojos felinos, que ahora se hacía llamar Lyra, se arrodilló frente a mí. Sus manos rodearon la base de mi pene, apretando con fuerza.
Es magnífico, susurró mientras miraba la longitud de mi miembro. Casi parece irreal. Déjame probarte.
Lyra abrió la boca y envolvió la cabeza de mi pene. El calor era instantáneo. Su lengua comenzó a lamer la corona con movimientos circulares, succionando con una fuerza que me hizo arquear la espalda. Sentí cómo el vacío que creaba su boca tiraba de mi carne, mientras sus labios se sellaban herméticamente alrededor de mi tronco. El sonido del succionamiento, un chapoteo húmedo y rítmico, resonaba en mis oídos.
Ah... Dios, eso se siente increíble, gemí, cerrando los ojos.
Mientras Lyra se concentraba en mi pene, otra mujer se posicionó detrás de mí. Sentí sus dedos largos y expertos buscar mi entrada vaginal. Sin previo aviso, hundió dos dedos profundamente en mi interior. Solté un grito agudo cuando sentí la invasión. Sus dedos se abrían y cerraban, buscando mi punto G, mientras el roce de su cuerpo contra mi trasero respingón me hacía temblar.
Más, exclamé, empujando mi pelvis hacia atrás, buscando más presión.
La mujer detrás de mí soltó una risita y, con un movimiento audaz, deslizó un dedo hacia mi ano. El primer contacto fue una descarga eléctrica. El dedo penetró el esfínter apretado, expandiéndolo lentamente. El dolor inicial se transformó rápidamente en una presión deliciosa, una plenitud que complementaba la succión de Lyra.
Estás tan apretada aquí atrás, murmuró la mujer al oído, mientras su dedo empezaba a entrar y salir rítmicamente, provocando un sonido squelching que se mezclaba con los gemidos de la plaza.
Me sentía abrumada. El placer era una ola que me arrastraba. Lyra se separó de mi pene para lamer mi clítoris, su lengua moviéndose con una rapidez eléctrica que me hacía saltar. Al mismo tiempo, la mujer detrás de mí retiró el dedo anal para sustituirlo por su miembro.
Fue un impacto brutal. El pene de la desconocida entró de golpe en mi ano, desgarrando la resistencia de mi músculo. Solté un grito que se convirtió en un gemido prolongado. Sentí cómo mi interior se expandía para dar lugar a esa carne caliente y dura. Cada embestida me empujaba hacia adelante, haciendo que mis senos rebotaran violentamente.
No puedo... es demasiado, grité, aunque mis caderas no dejaban de moverse, buscando más profundidad.
En medio de ese frenesí, sentí que mi propio pene estaba al límite. La necesidad de liberar la tensión era insoportable. Vi a una mujer que gemía debajo de otra, y el instinto tomó el control. Me puse en posición, sintiendo aún el pene en mi ano, y alineé mi miembro con el trasero de la mujer que estaba frente a mí.
Con un empuje poderoso, hundí mis veintiséis centímetros en su ano. El contraste fue electrizante. Sentir cómo yo penetraba a alguien mientras era penetrada analmente creó un cortocircuito en mi cerebro. Era un ciclo de placer infinito. Empujaba con fuerza, sintiendo las paredes anales de la otra mujer apretando mi tronco, mientras la mujer detrás de mí seguía martilleando mi propio esfínter.
El sonido era una cacofonía de carne chocando contra carne. Slap, slap, slap. El sudor nos unía, convirtiéndonos en una sola masa de deseo.
¡Sí!, ¡Asi!, gritaba la mujer que yo penetraba, arqueando la espalda y mordiéndose los labios.
Sentí que el clímax se acercaba. Mis músculos vaginales se contrajeron violentamente. De repente, una explosión de calor nació en mi vientre y se expandió hacia afuera. Un chorro potente de líquido transparente salió disparado de mi vagina, empapando la piel de quienes me rodeaban. Un squirt orgásmico que me dejó sin aliento, temblando violentamente.
Pero el orgasmo no terminó ahí. El placer se trasladó a mi pene. Con un último empuje profundo en el ano de la mujer frente a mí, sentí que mi próstata explotaba. Una cantidad masiva de semen comenzó a salir de mi glande, disparándose en chorros espesos y blancos que llenaron el interior de la otra mujer. No paraba. Era una fuente de placer que parecía no tener fin.
Justo en ese momento, la mujer que me penetraba analmente soltó un gemido gutural y descargó toda su semilla dentro de mí. Sentí la calidez del creampie anal, el semen llenando mi recto, creando una sensación de plenitud absoluta que me hizo desmayar por un segundo.
Sin embargo, la orgía no había terminado. El grupo creció. De repente, me encontré en el centro de un gangbang masivo. Cuatro, cinco, seis mujeres me rodeaban. Una lengua recorría mis pezones, otra succionaba mi clítoris, y dos penes más se disputaban la entrada a mi vagina, forzándome a abrirme aún más.
Por favor, más... ¡denme más!, suplicé, mi mente ya fundida por el placer.
Fui sometida a una doble penetración vaginal mientras el pene anal seguía moviéndose con saña. Mis sentidos estaban saturados. El olor a sexo era tan denso que casi podía saborearlo. Sentía cómo mis senos eran apretados y mordidos, cómo mi piel ardía por el roce constante.
Entonces, ocurrió el final.
Las mujeres que me rodeaban se retiraron simultáneamente, pero solo para posicionarse alrededor de mi rostro y mi torso. Una a una, comenzaron a eyacular sobre mí. Fue una lluvia de semen. El fluido blanco y viscoso cayó sobre mis ojos, mi nariz, mi boca y mis pechos. Me sentía como una estatua de carne recubierta de perlas líquidas. El sabor salado inundó mi lengua mientras tragaba el semen de múltiples compañeras.
Mis orgasmos se encadenaron uno tras otro. Cada descarga de semen sobre mi piel disparaba una nueva contracción en mi vagina y mi ano. Me sacudía en el suelo, con los ojos en blanco, mientras mi propio pene seguía latiendo, soltando gotas residuales de una semilla que parecía infinita.
Cuando finalmente el silencio regresó, quedé tendida sobre los pétalos púrpuras, jadeando, cubierta de fluidos y con los músculos completamente laxos. Miré el cielo amatista y sonreí. No sabía cómo había llegado a este mundo, ni por qué tenía este cuerpo, pero mientras el calor del semen ajeno se enfriaba sobre mi piel, supe que no quería volver jamás.
Lyra se acercó y me besó suavemente, dejando un rastro de saliva y deseo en mis labios.
Ahora eres una de nosotros, susurró.
Cerré los ojos, dejándome llevar por la corriente de una existencia donde el único pecado era no disfrutar. En este mundo de fantasía, yo no era una extraña; era la reina de mi propio placer.

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