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El regalo de mi madre

(Esta es un relato ficitico, todos los personajes son mayores de edad)

El reloj del pasillo marcaba las once y cuarenta cuando cerré la puerta detrás de mí. Veintiséis años cumplidos hace menos de una hora. La casa estaba en penumbra, solo la lámpara del salón encendida. Mi madre me esperaba de pie junto al sofá, envuelta en una bata de seda color vino que apenas le cubría la mitad de los muslos.

Dejé las llaves sobre la mesa y la miré. Ella sonrió de esa forma que solo usaba cuando estábamos completamente solos.

—Feliz cumpleaños, hijo —dijo con voz baja—. Te preparé tu regalo.

Sabía exactamente lo que significaba. Llevábamos meses cruzando esa línea en secreto, pero nunca en mi cumpleaños. Nunca con esa intención tan clara y deliberada.

Ella deshizo el nudo de la bata y la dejó caer al suelo. Debajo no llevaba nada. Solo su cuerpo: los senos pesados, el vientre suave, el triángulo oscuro entre las piernas ya brillante de humedad. Se acercó sin prisa, me quitó la chaqueta y luego la camisa, besándome el pecho mientras sus manos bajaban a mi cinturón.

—Esta noche eres mío —susurró contra mi piel—. Todo lo que quieras. Como quieras. Durante las horas que necesites.

La tomé por la cintura y la atraje contra mí. La besé con hambre, profundo, mientras ella me bajaba el pantalón y la ropa interior. Mi polla saltó libre, ya dura, y ella la rodeó con los dedos, acariciándola con lentitud deliberada.

Me guió hasta el sofá y me empujó a sentarme. Se arrodilló entre mis piernas y me miró desde abajo, los labios entreabiertos.

—Primero esto —dijo, y se la llevó a la boca.

Me la chupó con dedicación, lenta y profunda, dejando que la saliva resbalara por el tronco mientras me miraba a los ojos. Le sujeté el pelo con una mano, sin forzarla, solo disfrutando de la visión de mi madre arrodillada frente a mí en mi cumpleaños, tragándoseme hasta casi la base.

Cuando sentí que estaba demasiado cerca, la levanté. Ella se subió a horcajadas sobre mí, alineó la cabeza de mi miembro contra su entrada empapada y se fue sentando centímetro a centímetro hasta que la tuve completamente dentro. Ambos soltamos un gemido largo.

Empezó a moverse. Lenta al principio, subiendo hasta casi sacármela y bajando de golpe. Luego más rápido, rebotando sobre mí, los senos golpeándome el pecho. Le agarré las caderas y empujé hacia arriba, encontrándome con ella en cada embestida.

—Úsame —me pidió al oído, jadeando—. Fóllame como quieras. Soy tu regalo.

La levanté sin salir de su interior, la recosté de espaldas en el sofá y me puse encima. La penetré con fuerza, profundo, las caderas chocando contra las suyas. Ella enganchó las piernas alrededor de mi cintura y me recibía con gemidos abiertos, las uñas clavándose en mi espalda.

—Más… más fuerte… soy tuya esta noche…

Aceleré. La follé sin reserva, sin la cautela que a veces teníamos. Cada embestida hacía que sus senos rebotaran y que ella gritara mi nombre. Cuando se corrió, el interior se le cerró alrededor de mí en espasmos intensos. No me detuve. La puse a cuatro patas en el sofá, le agarré las caderas y la embistí desde atrás, más profundo todavía, hasta que sentí que ya no podía aguantar más.

Me enterré hasta el fondo y me corrí con un gruñido gutural, llenándola a chorros calientes y densos. Me quedé dentro, temblando, mientras el semen empezaba a escaparse por los lados.

Ella se giró un poco, todavía conmigo dentro, y me acarició el rostro.

—Ese fue solo el principio —susurró, sonriendo—. Todavía tienes el resto de la noche… y yo no pienso dejar que te duermas hasta que hayas usado tu regalo todas las veces que quieras.

La miré, todavía jadeando, y sentí cómo mi polla latía de nuevo dentro del calor húmedo de mi madre.

La noche de mi cumpleaños apenas comenzaba.

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