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El Día De La Lealtad (parte 8 )





Capítulo 8 - “La limosna, dada para satisfacción de quien la otorga, deprime y aletarga. La ayuda social, honestamente practicada, tiene virtudes curativas…”


Esa mañana aletargada de domingo, Nicolás tenía todo el plan de hablar con Valentina, pero ya temprano el plan se le deshilachó por completo. Ella ni bien llegó se metió en el baño, se duchó y se fue a la cama. Para cuando Nicolás terminó su café y unos minutos de boludeo con el celular, fue a verla al dormitorio y ya estaba absolutamente en el quinto sueño. Exhausta.

Nicolás pensó que estaba exhausta por la hora en la que había vuelto, o lo que habría tomado, no por lo que ella había hecho, que desconocía. Decidió no molestarla y dejarla que durmiera. Tratar de hablar o discutir con una persona que estaba exhausta no servía para nada y él no lograría nada. Se despertará en algún momento y ahí vería.

Pero eso no significaba que iba a estar al pedo ese domingo, lo quisiera o no.

Un rato después, a media mañana y con el departamento en silencio para dejarla dormir tranquila, Nicolás fué al baño y lo vió. Frunció el ceño. Toda la ropa de Valentina tirada en el piso, como trapos. Se había sacado todo, metido en la ducha y ahí había dejado las cosas.

Con la intención de eventualmente ponerlas donde iban, las tomó del pisó y las observó. La ropa estaba rara. Manchada, pero no de el salpicón característico de haberse volcado algo que estaría tomando. Ni la mugre en los hombros de quizás haberse apoyado en una pared sucia. Tenía marcas estiradas de una fina mugre marrón negruzca, y otras de distintas tonalidades. La remera celeste que había llevado tenía bastantes de esas marcas. La tomó por los hombros y dejó que la tela se extendiera por la gravedad, desplegándose colgando frente a él. Con la luz fuerte del baño se veía mejor.

Tenía esas marcas en la cintura de la prenda, y en el busto. La primera idea, instintiva, que le vino a la cabeza fue que la habían agarrado, o directamente manoseado. Así al menos parecía. Su mente reconstruyó que podía haber causado marcas así, estiradas, y lo que más encajaba eran manos y dedos sucios que la habían tocado. Después tenía unas pequeñas manchas un poco más oscuras en uno de los hombros, en el derecho, como si algún líquido la hubiese manchado en su momento y con el pasar de las horas se había secado.


Dejó la remera extendida sobre la tapa del inodoro y tomó los jeans, examinándolos de la misma manera. Esos no parecían tener ninguna marca de esas más oscuras, estiradas y polvorientas, pero también pensó que en la tela de azul oscuro de jean no se notaría tanto. Quizás estaban, pero tampoco iba a hacer un estudio forense. Lo que si hizo, sin ningún tapujo, fue meter la cabeza bien adentro de la cintura y oler. Valentina era una mina limpia, sin embargo la tela por dentro del pantalón, en la zona donde se unían las dos piernas y estaría en contacto con su vagina al usar la prenda, parecía tener una coloración apenas mas oscura. Olió bien esa parte.

Era el característico olor a concha de Valentina. Nicolás no estaba esperando otro olor a concha, no. Pero sí le llamó la atención que olía bastante. Combinado con la mancha más oscura, de nuevo una idea se le vino a la mente: Valentina se había mojado. No era orina, no olía a orina. Se mojó porque se excitó por algo. Y tampoco era una mojadita mínima.

Para cerciorarse, tomó la bombacha que también ella había dejado tirada ahí. No estaba mojada. Si se había mojado de excitación, habría pasado hacía muchas horas, pero tenía el mismo olor a concha. En la tela de la bombacha, pese a ser la prenda con la que estaba en contacto, no se notaba nada. No como en el jean, que la tela se oscureció. Pero el mismo olor estaba ahí.

Nicolás tomó las prendas, las dobló y entrando al dormitorio se las dejó en la cama, para que ella las guardara cuando se despertara. Luego siguió con su domingo, revisando todas las notas mentales que había tomado.

—

Valentina terminó despertándose a eso de las cinco y media de la tarde. Aún se sentía exhausta y adolorida. La piedad del sueño reparador que tuvo sirvió para reconfortar, pero no había hecho nada para aliviar lo hinchados y entumecidos que sentía aún los agujeros. Se había convertido en ese dolor por debajo de la superficie, no punzante, pero pulsante. Como si la zona estuviera inflamada. No estaba inflamada, pensó Valentina, había estado llena y ensanchada.

La puerta del dormitorio estaba cerrada, el departamento en silencio. Nicolás estaría o habría salido. Aprovechó para agarrar un espejito de su cartera que tenía cerca, incorporarse un poco y examinarse la concha y el ano. Aliviada, vió que no tenía rastros de sangre, nada roto o partido, pero sí que se los veía dulcemente usados hacía poco. Sonrió y se acarició el pubis afeitado. Recordó un poco las sensaciones de hacía nada mas algunas horas, cuando la habían llenado de tanta verga dura. Suspiró y se levantó, vistiéndose con una remera y un pantalón de gimnasia, con el estómago haciéndole ruiditos de hambre.

Cuando salió, lo vió a Nicolás sentado en uno de los sillones del living, mirando la tele con auriculares puestos, seguro para no molestarla. Le sonrió y le hizo un saludito con la mano. Nicolás se sacó los cascos.
“Buen… buenas tardes”, dijo ella y siguió caminando para la cocina. El estómago le pedía un mate caliente y alguna galletita.

Nicolás la siguió hasta la cocina y se quedó apoyado en el marco, mirándola preparar su merienda.
“Parece que dormiste.”
“Mmmse, me re pasé”, suspiró ella.
“Cómo estuvo? La pasaste bien?”, le preguntó Nicolás.
“Re bien. Re lindo estuvo”, sonrió mientras calentaba agua en la pava de repuesto, “Comimos y tomamos como dos bestias, pero re bien.”


Nicolás la miró en silencio por un momento y se prendió un cigarrillo del atado que había agarrado al levantarse del sillón. Finalmente le preguntó, “Te cogiste a alguno?”
Valentina pareció congelarse por una fracción de segundo, fué mínimo, pero sin mirar dijo “Pfff…”, y se rió bajito.
Nicolás no le contestó. Nada más la miraba, dando una pitada al pucho. Al no escuchar respuesta, Valentina giró la cabeza y sus ojos se encontraron.
“... me estás preguntando en serio?”, dijo ella.
Nicolás se encogió de hombros solamente, sin sacarle la vista de encima.
Valentina se le quedó mirando un momento, finalmente le dijo, “Pero … qué te pasa? Me estás jodiendo? Cómo me preguntás eso?”
“Que, no se puede preguntar?”, dijo él.
“Vos sos boludo?”, le dijo Valentina, “Sos un sarpado…”
“Es una pregunta, nada más. Y no la contestaste todavía”, dijo él.


Valentina giró y le dió la espalda, buscando unas galletitas en la alacena, “Cada día estás más forro, Nicolás. El otro día lo de la pava, ahora ésto…”
“Vale…”, dijo él, pero ella seguía.
“Que, nada más porque llegué a cualquier hora ya me estás acusando que estuve con otro tipo?”, dijo Valentina, mordiendo una criollita. Se giró y lo miró de nuevo. Nicolás seguía ahí, inerte, parado con el cigarrillo entre los dedos, “Pedime disculpas”.
Nicolás pestañeó, “Disculpas?”
“Si, nene. Quién te crees que sos? Que me levanto y lo primero que escucho es esa pelotudez?”, le dijo ella.

Nicolás la miró un momento en silencio, le dió otra pitada al cigarrillo y le dijo, “Vos te das cuenta que es domingo, no tengo un carajo que hacer hasta mañana a la mañana, así que no tengo problema en esperar a que te dejes de joder. Aunque preferiría que dejaras de tomarme por pelotudo rápido, así no estamos dando vueltas horas y horas al pedo.”
“Qué?”, preguntó ella.
“Eso. Decímelo y listo”, dijo Nicolás.
“Que te diga qué?”
“Si estuviste o no estuviste con algún tipo”, le dijo él, “Eso es todo lo que pregunté.”

Valentina frunció el ceño, “No, imbécil. No estuve con nadie. Ya está? Estás contento?”
Nicolás tomó aire un poco profundo y se dió vuelta, yendo para el living, “No, la verdad que no. Pero bueno, si querés hacerlo así, lo hacemos así…”
“Así qué?”, preguntó ella pero él ya se había ido al living, “Nicolás te estoy hablando!”


Un momento después Nicolás volvió a la cocina con el celular en la mano, “Sentate, dale, tomate un mate.”
“Qué querés?”, preguntó ella.
Nicolás se sentó en una de las sillas y la miró, nada más esperando que se sentara también. Bufando, Valentina agarró la pava, el mate y las galletitas y se fué a la mesa, “... que mierda te pasa, la puta que te parió…”, murmuraba.

Nicolás la miró mientras ella chupaba su mate, “Entonces no estuviste con nadie. Eso decís.”
“Sí, tarado. Eso digo.”, dijo ella con enojo en el rostro, “Que, le mandaste un mensaje a Ceci y te dijo que ella no fué? Ya sé que no fué… si se empezó a sentir mal. Fui yo con Sole. De eso te agarrás, tarado? Por esa boludez te estás haciendo la cabeza?”
Nicolás se encogió de hombros, “No, ni hablé con Ceci.”

“Entonces qué te pasa?”
“Volviste con toda la ropa marcada de dedos, Vale”, dijo él.

Valentina se quedó dura un momento con la bombilla en la boca. Ni había pensado en eso. En todas las manos que los pibes y los bolivianos le habían metido, mientras estuvo vestida al menos.
“Y el pantalón todo mojado por dentro”, siguió Nicolás.
“Ah, pero sos un guarango de mierda…”, balbuceó Valentina.
“Si, bueno, no iba a decirlo así, pero si me vas a tomar por pelotudo al menos hablemos claro, guarangadas o no…”, dijo él.

“Mirá, Nicolás, la verdad que ya te recontra fuiste a la mierda”, dijo Valentina entre dientes apretados. El corazón le palpitaba, “Me estás haciendo doler con todas éstas pelotudeces que decís… que me acuses así por cualquier cosa, loco… me estás matando…”
Nicolás la dejó hablar y mientras ella hablaba prendió el celular, lo apoyó sobre la mesa entre los dos y le dió play al audio que había grabado a escondidas aquella mañana, de ella cogiendo con Tavo.


“Ahhh… hija de puta… como me pone’!”
“Aaaaahhhssssiii ssi ssi! Cogeme… cogeme…”
“Mmh… te gusta mi pija, mami?”
“Me encantaaaa! AAAAH! La puta madre… hijo de puta que dura la tenés! AH!”
“Así me la pone’ vo’, putita….”
“Ay si la puta madre SI AHÍ! AHHH!”
“Quere’ la lechita… aaaahm…”
“Ssssi damela, negro…”

El audio sonó en la quietud dominical de la cocina. Nicolás miraba el celular. Valentina tenía la mirada perdida, escuchándose a ella y a Tavo. Inconfundibles los dos. Innegable. El corazón parecía explotarle en el pecho y las manos le sudaban.
“... qué es eso…”, dijo Valentina en un susurro, bajando la vista al celular en la mesa.

“Es un audio de vos y ese Tavo cogiendo el otro día”, dijo Nicolás con calma y un tonito didáctico, mientras el audio seguía corriendo y sonando, “Acá en casa, en el dormitorio. Ya sé que es raro cuando uno escucha su propia voz grabada, pero bueno… sí, sos vos.”
“... cómo… yo no… no entiendo.. Nicky…”, decía Valentina bajito.
“Esa mañana volví porque me había olvidado la billetera”, dijo Nicolás. Era una mentira pero no importaba, “Entré a casa, los escuché y los grabé.”
“... cuando?”, dijo Valentina con los ojos que parecían ya llenarse de lágrimas.
“Qué importa?”, preguntó él, “Debe haber sido una de varias. Pero fué la vez que los agarré”, Nicolás comentó tranquilo, apagando el cigarrillo en el cenicero que estaba en la mesa.

Valentina tragó saliva. El audio ya se había acabado. Se había mantenido en silencio por más de un minuto, escuchándose a ella misma y a Tavo gozar, “Nico… Nicky, yo… no sé…”
“Por eso te dije que dejaras de tomarme de pelotudo, Vale”, dijo él mirándola, “Porque si ya te pesqué garchándote a otro, y ahora venís con toda la ropa manoseada y los pantalones mojados… que mierda querés que piense?”


Valentina bajó la cabeza. No podía sostenerle la mirada a Nicolás, pero algo en su interior tampoco le permitió llorar. No lo iba a hacer, pensó. Tenía muy poco de qué avergonzarse. Si, había sido una guachada, pero Nicolás nunca iba a entender lo de sus dos vidas, lo de sus pasiones. Lo que verdaderamente le llenaba el corazón. Jamás lo entendería, y era en vano tratar de explicárselo, pero eso no significaba que él pudiera humillarla por ser como era.

“Me explicás por qué lo hiciste, aunque sea?”, preguntó él.
Valentina se encogió de hombros, sin mirarlo, “No. Para qué?”, dijo bajito.
“Para saber? No puedo saber aunque sea?”

Valentina largó un prolongado suspiro, “Mirá, Nico, no creo que lo entiendas y no tengo ganas de explicartelo”
“Ah, que bueno. Copada.”, se rió Nicolás.
“Es lo que es”, dijo ella luego de un momento y finalmente lo miró, “Te pido disculpas. Sé que es una mierda por ahí lo que hice y que te hubieras enterado así. Si… si querés terminar acá por ésto… e irte… lo voy a entender. Disculpame.”

Nicolás la miró en silencio, esa mirada que tenía cuando calculaba algo detrás de sus ojos. Finalmente le hizo un gestito con la mano, “... seguí. Por que paraste?”
“Seguí con qué?”, preguntó ella.
“Seguí”, dijo él, “Seguí con lo que sigue. ‘Pero te juro que a partir de ahora, si querés, se corta todo. Igual no quiero que se corte. Dame una oportunidad de arreglar las cosas’... etcétera. Algo así.”
“Nicolás…”, dijo Valentina pero él la interrumpió.
“No se, ‘te quiero’? Algo más, no?”
“Si te quiero…”, dijo ella.
“Entonces?”

Valentina tomó aire y dejó el mate en la mesa, “Mirá, Nico, yo… yo soy así. Con ésto no quiero decir que hice éstas cosas a espaldas tuyas todo el tiempo… que estuvimos juntos digo. No. Para nada. Esto fué algo que me pintó ahora, salió y lo hice.”
“Okey…”
“O sea… fué ésta vez. No todos éstos años que estuvimos juntos…”
“Estamos”, la corrigió Nicolás.
“Bueh, estamos, qué sé yo”, dijo ella frotándose la cara, “No se que decirte. No es… no fué nada que vos hiciste o dejaste de hacer… nada que ver. No fue por venganza ni nada, si no hiciste nada…”
“No pensé que fué por venganza, no”, comentó él.
“Pero a mi, viste… yo con Tavo… a mi siempre me gustaron los tipos así”, le dijo Valentina, “Y empecé a sentir cosas y se me recontra fué de las manos. Es la verdad.”
“Los tipos así gordos y peludos?”, preguntó Nicolás, “Y qué estuviste haciendo conmigo todo éste tiempo?”
“Nah, digo.. Me gustan también así. Vos me gustas, siempre me gustaste, amor”, dijo ella, “Pero también tengo otros gustos. Como cualquiera, creo. O a vos te gustan las rubias nada más?”
“No, a mí me gustás vos. Pelotuda.”, frunció las cejas Nicolás.


Valentina asintió en silencio, luego de un momento dijo bajito, “Perdoname. Por favor. Yo siempre tuve esas cosas con los tipos así. Como Tavo. Con los … bueno, mal llamados ‘morochos’... no se como describírtelo…”
“Ah, bueno… cartón lleno, la puta madre…”, bufó Nicolás.
“Qué?”
“Me estás jodiendo, Vale?”, preguntó él.
“No… cómo… te estoy tratando de explicar…”
“O se que yo me rompo el culo laburando para sacarnos adelante, no? Y ahora me entero que a vos te gustan los gronchos?”, dijo Nicolás, “Que soy, el pelotudo que te paga las cuentas mientras te haceś culear por ahí?”
“Ay Nicolás pará boludo!”, levantó la voz Valentina, “Nada que ver!”
Nicolás levantó la voz aún mas que ella, “Te garcharon anoche también o qué! Al final ni me contestaste eso!”
“Tarado no me grités!”, chilló Valentina, “Te estoy tratando de explicar lo que me pasa… lo que siento… y vos…
“Te garcharon anoche sí o no!”, gritó Nicolás, con la térmica ya completamente saltada.


A Valentina finalmente también se le salió la cadena. Un sentimiento de bronca inexplicable que ni siquiera era contra Nicolás, era contra el ser cuestionada así por lo que sentía, pero en esa fracción de segundo lo único que le salió fue darle un manotazo al pobre mate que estaba ahí, inocente en la mesa, mandándolo a volar al piso mientras ella se levantó, enardecida, “Si! La reputa que te parió! SI!”
“Hija de puta!”, se levantó también Nicolás, los dos gritándose uno frente al otro.

“Me cogieron hermoso! Sabés cómo gocé, la concha de tu madre!!!”, gritó Valentina desencajada, mientras Nicolás crispaba los puños.
“Quién fué!?” preguntó Nicolás.

“Qué carajo te importa quién fue, imbécil?”, gritó Valentina, “Ni lo conocés! Ni te importa! No te importo yo, no te importa nada de lo que siento!”
“Quién fué te dije!?”
“La concha de tu vieja en tanga fué!”, Valentina seguía gritando, “Pelotudo! No te importa nada de lo que me hace feliz en serio!”
“Pero dejate de joder!”, protestó Nicolás, “De qué felicidad me hablás, forra?”
“De la mía! De la mía en serio!”, contestó Valentina, “De lo que me encanta cuando algún groncho me la mueve! Eso querés escuchar? Ahí tenés, te lo dije!”
“Qué?”
“Lo que oíste, tarado! Me gustan los tipos así y punto. Bancatela! Soy así! Soy así y no voy a cambiar!”, bramó Valentina.

Los dos, casi sin aire de pronto, no se calmaron pero al menos dejaron de gritarse. Se miraron, recuperando el aire. Nicolás era mucho mejor en eso que ella. La señaló con un dedo firme y casi que se lo puso en la cara.
“Escuchame.. Y escuchame bien”, le dijo, “Todo ésto se cortó. Se-cor-tó, me entendiste?”, le dijo. Valentina seguía mirándolo con enojo, casi con odio, mientras su pecho subía y bajaba de lo agitada que se había puesto, “No lo ves mas al gordo hijo de puta éste. Me chupa un huevo lo de las entregas de Fondo Liso y la concha de tu madre… se cortó. Te buscas otra persona.”
“Pero andá a cagar!”, le escupió Valentina. Nicolás la ignoró y siguió.
“No quiero que lo veas más, no quiero que venga más acá y no quiero que vayas más a esa verdulería de mierda, me oíste?”
“Es MI casa, estúpido!”, contestó Valentina, “Me vas a decir quien puede venir y quien no?”
“Te digo que no quiero que venga ese negro de mierda! Ya bastante te mandaste con ese hijo de puta”, dijo él, “No sé cómo vas a hacer, no es mi puto problema, pero aca no viene mas y no lo ves mas. Me escuchaste?”

“Sí, te escuché, tarado! Los vecinos también te escucharon!”, dijo Valentina.
“Me chupan un huevo los vecinos, Valentina. Te estoy dando la última oportunidad que vas a tener de solucionar ésto si querés que sigamos juntos. A ver si te das cuenta, en vez de llorar y gritarme como una pendeja!”

Valentina no le respondió, Nicolás siguió con el envión, se dió vuelta y le pegó un manotazo a la pared que tenía cerca, para descargar un poco de bronca, “Pero la puta madre, me gritás como si hubiese sido yo el que te cagó! Qué hija de puta!”
“Podés parar de putearme, tarado?”, dijo ella. Vió el mate en el piso y se puso a limpiar.
Nicolás la miró, “Yo ya te dije lo que tenía que decirte. Y me escuchaste. Está en VOS ahora solucionar ésta cagada que te mandaste. Quedó claro?”
“A ver si bajás un poco el tonito, querido eh?”, le gruñó Valentina, “Que no sos mi dueño ni mi viejo para mandarme…”
“Ah, si, tu viejo… gran valor… mirá la puta que terminó criando…”, dijo Nicolás y rumbeó para el living.

Un segundo después le voló el mate que Valentina tenía en la mano. Se lo había tirado desde la cocina, bastante mal. No le pegó, siguió viaje cerca de Nicolás y se estrelló en algo del living, mientras ella le gritaba desde la cocina, “Más puta será tu hermana, FORRO!”.


—-

De más estaba decir que la charla en la cocina no les salió a ninguno de los dos como ellos esperaban. 

Más tarde, ya luego de cenar (por separado), bastante más calmada Valentina estaba encerrada en el dormitorio pensando cómo iba a solucionar eso, si había alguna forma, por enredada que fuera, de armonizar las cosas de nuevo. No parecía haberla. Había saltado todo, de la peor manera. Para hacer feliz a Nicolás, como él quería, ella tendría que dejar su nueva-vieja vida de lado. Completamente de lado, o aunque sea ver la forma de atender sus necesidades de verga villera de forma que Nicolás realmente no se enterara. La otra opción, una que ella no quería hacer, era mandarlo a la mierda a Nicolás y quedar libre. Libre para hacer lo que ella quisiera.

El tema de Tavo, puntualmente, llovido sobre mojado, se lo terminó solucionando a Valentina el mismísimo Tavo el día siguiente, el lunes. Valentina estaba sola en el departamento cuando Tavo la empezó a cagar a mensajes por Whatsapp.

Valentina no lo podía creer. Uno tras otro. Tavo recaliente, diciéndole de todo a Valentina, puteándola de arriba a abajo. Valentina lo llamó inmediatamente, queriendo saber qué pasaba y el gordo se lo dijo, directamente y muy caliente: la que se había mandado con los pibes y los bolivianos, o al menos alguna versión de lo que había pasado, le había llegado a Tavo. Seguramente al otro día, una vez que se le había pasado la borrachera.

El gordo la cagó a puteadas, igual que lo que había hecho por mensajes, por más que Valentina quería interrumpirlo y meter bocado, el tipo no la dejaba. Que era una puta de mierda, que cómo iba a hacer eso, que para peor ahora los vecinos lo boludeaban a él… que tanto había chapeado con que se movía a la rubia y resultaba que la rubia se los movía a todos. Que le gritaban cornudo, que casi se había agarrado a trompadas con uno de los bolivianos de al lado por una gastada que le hicieron, que tuvo que intervenir el primo, dueño de la casa y ahora estaba todo podrido entre el primo y los vecinos.

Todo por Valentina.


Fue el mismo Tavo quien le dijo, casi a las puteadas, que no quería saber más nada con ella. Que no lo buscara. Que él la quería de verdad y que se sintió traicionado, que se fuera a la mierda. Por más que Valentina quería disculparse y explicarse, Tavo no quería escuchar nada de eso. Le dijo que por ahí iba a seguir con las entregas, porque la verdad necesitaba la guita, pero que a la casa y a verla no iba a ir más. Que se las mandara a uno de los talleres o a la casa de Cecilia, que las retiraba de ahí. Valentina le dijo que no, que iba a ser una complicación, que podían encontrar alguna manera...

“ ‘Tonce metete el laburo en el orto, Valentina”, le dijo Tavo, “Renuncio, chau… ‘cha tu madre….” y cortó.

Valentina se quedó con el celular, la llamada ya muerta, pegado a la oreja. Tratando de entender lo que había pasado, como en un par de días se le había descarrilado todo y viendo si encontraba la forma de cómo seguir.

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