Cuando Bety vio a su marido llegar a casa una hora antes de lohabitual con una caja bajo el brazo y una expresión de disgusto en el rostro,se dio cuenta de que su viernes por la noche estaba arruinado.
Disimuló su decepción lo mejor que pudo, con la esperanza de que talvez estuviera sacando conclusiones precipitadas, y fingió no haber notado nada,continuando la conversación.
“¡Qué maravilla, ya estás en casa! Iba a arreglarme el pelo, pero yatengo la ropa lista, así que no me entretendré. Tenés tiempo para descansar unrato y comer algo. Mi madre vino y ya se llevó a los niños. Dori me llamó paraconfirmar que ella también va a ir. En otras palabras, todo va según loprevisto, tendremos una gran noche. Divirtiéndome y charlando con todos...”
Mientras hablaba sin parar, esperaba escuchar algo de su marido, peroal mismo tiempo hacía todo lo posible para asegurarse de que él no tuvieraoportunidad de frustrar sus planes. Pero entonces...
“Lo siento, Bety, pero tendremos que cancelar nuestra salida de estanoche”. Con una tormenta rugiendo en su pecho, escuchó a su marido explicarleque la empresa había convocado a todos los directivos a una fiesta para dar labienvenida al presidente, que llegaba esa misma noche de la sede en elextranjero. Como todo se había decidido a última hora, no había tenido ni eltiempo ni el valor de decírselo por teléfono. La caja que había traído estabaahora abierta sobre la cama, conteniendo un disfraz que el departamento demarketing había alquilado para todos los invitados, entre los que no se incluíaella, ya que los familiares de los empleados no habían sido invitados.
Ella escuchó todo en silencio, apretando los dientes y las manos, sinreaccionar con gritos ni insultos. Solo dos pequeñas lágrimas de furiadelataron el golpe.

Mientras Adalberto se duchaba, ella echó un vistazo al disfraz abiertosobre la cama con el rabillo del ojo. La televisión estaba encendida, pero notenía ni idea de qué estaban dando. Esperó a que él saliera de la ducha antesde llamar a su amiga Dori para decirle que no podían ir a la reunión. Queríaque su marido escuchara su decepción y su enfado mientras le explicaba elmotivo del fracaso. Fue una llamada rápida y breve. Hablarían más tarde, cuandoella estuviera más tranquila. Él escuchó todo en silencio, visiblementeangustiado, con el rostro contraído por la culpa. Examinó el disfraz sinentusiasmo, pero Bety se dijo a sí misma que todo era una actuación, que en elfondo estaba saltando de alegría ante la perspectiva de una noche con susamigos. Quería estallar, hacer pedazos el disfraz y gritarle a su marido contodas sus fuerzas, pero la historia que él contó estaba tan bien construida queno dejaba lugar a dudas. Su empresa realmente exigía que los directivosasistieran a estos eventos fuera del horario laboral habitual.
La dirección en la caja correspondía, en efecto, a un elegante salónen el centro de la ciudad, utilizado para grandes recepciones. Pensó que,aunque hubiera recibido una invitación, no la aceptaría. Adalberto pasó a sulado vestido con aquel ridículo disfraz de ciencia ficción e intentó besarla enla mejilla, pero ella se apartó rápidamente. Al abrir la puerta para marcharse,él comentó sin mirar atrás: “Lo peor es que me duele muchísimo la cabeza; sipudiera, me quedaría en casa. No tengo ganas de ir”. Ella lo tomó como la gotaque colmó el vaso, la provocación final, y cerró la puerta de golpe en cuantoél se marchó.

En cuanto su marido se fue, una idea se apoderó de ella y se sintióansiosa ante la posibilidad de hacer algo para evitar arruinar su planeadanoche del viernes, aunque a primera vista pareciera una tontería. Se apresuró aentrar en la pequeña habitación desordenada y rebuscó entre cajas polvorientashasta encontrar lo que buscaba. Obviamente, el disfraz no era nuevo y, para sersincera, era bastante diminuto, de una época en la que el matrimonio aún nohabía tenido un efecto devastador en su figura. Aun así, logró meterse en elajustado traje, y algunos accesorios como guantes y botas hicieron que todofuera menos vergonzoso. Nadie va a una fiesta de disfraces con la intención deser discreto. En medio del desorden, encontró una máscara que le vendría bien,ya que no podía mostrar su rostro. En poco tiempo, se encontró lista frente alespejo y, quizás por el entusiasmo del plan o por la sensación de estarhaciendo algo fuera de lo común, se sintió atractiva y segura de sí misma. Porsupuesto, el enorme deseo de darle una lección a su marido contribuyó en granmedida a que ignorara el sentido común. Se puso un abrigo largo sobre sudisfraz, salió de la casa, paró un taxi y se marchó radiante.
“¡Hoy voy a poner a ese hijo de puta en su lugar!”, pensó.

Solo al llegar frente al salón sedio cuenta de que necesitaba encontrar la manera de entrar, ya que no teníainvitación. Fue entonces cuando vio a un grupo de cinco mujeres jóvenes, todasdisfrazadas, charlando con un guardia de seguridad por la entrada lateral."Claro, es una fiesta de ejecutivos donde las esposas no están permitidas,porque hay acompañantes", pensó. Se unió a ellas y, como sospechaba, nonecesitó mostrar una invitación, solo una rápida revisión de su bolso y, listo,entrada libre a la fiesta. Más fácil de lo que imaginaba. Una vez dentro, no sabíacómo comportarse, así que decidió imitar a las otras mujeres, más acostumbradasa este tipo de fiestas, y se quedó en un rincón del bar. Pronto le ofrecieronuna copa y observó cómo actuaban las demás, atrayendo miradas y acercamientosde hombres sonrientes de mediana edad con disfraces graciosos que acentuabanaún más sus siluetas poco armoniosas. Era evidente lo cómodos que se sentían enese ambiente, acostumbrados a la compañía de mujeres que veían por primera vez.Ella intentó pasar desapercibida, evitar las miradas y el acoso, pero eraprácticamente imposible, así que hizo lo posible por soportar las manosdescaradas en su cintura y los abrazos forzados, mientras buscaba a su maridocon la mirada perdida. La música alta y la multitud dificultaban su búsqueda, ymás de una vez tuvo que pedirles amablemente que apartaran las manos de su culo.Tomó otro trago para calmar su furia y solo pensaba en el momento en que atraparíaa Adalberto con las manos en la masa y acabaría con todo rápidamente.

Tras unos cuarenta minutos,cuando su paciencia llegó al límite, logró ver al soldado de ciencia ficción enel piso de arriba, hablando con algunas personas, sosteniendo un vaso de whiskyen una mano y la cintura de una mujer escasamente vestida y demasiadoentusiasta en la otra. “¡Qué cretino! Lo sabía”, pensó. Buscó con la mirada aotro hombre con el mismo disfraz, solo para asegurarse, para no cometer ningunainjusticia. Nada.
Ningún otro hombre en lahabitación llevaba el mismo disfraz, así que no había duda, y esto solo hizoque su corazón se acelerara y su furia creciera. Se bebió de un trago lo quequedaba en su vaso; era su segundo o tercer trago, quizás. Se ajustó la máscaray se dirigió hacia el bandido, pero mientras subía las escaleras, dos desconocidosse le acercaron sin disimulo alguno, uno por delante, el otro por detrás, conlas manos por todas partes. Incluso logró fingir algo de enfado para escapar.
Era un poco descarada, pero sedio cuenta de que estaba allí como acompañante y no podía armar un escándalosin arriesgarse a revelar su identidad, así que lo pensó mejor y decidióintentar deshacerse de ellos con delicadeza. Pero, mientras intentaba congracia salir de la situación, empezó a sentir un escalofrío recorrerle laespalda. Tal vez fuera el alcohol, tal vez la música, o todo el ambiente delibertinaje, no estaba segura, pero la verdad es que no se esforzaba mucho poralejarse de esos hombres que la acariciaban y metían sus manos en cada rincónde su fantasía. Y había muchos.

“Al menos desde aquí puedo ver loque hace ese canalla sin llamar la atención”, pensó para sí misma, tratando dejustificarse. Y, en efecto, desde donde estaba, podía ver a su maridoentregándose a abrazos lascivos y apasionados, y su furia crecía en proporciónal calor y la excitación que le provocaban los desconocidos que la devoraban.En ese momento, miró a su alrededor y vio a muchas parejas y pequeños grupos apunto de tener sexo, y en algunos casos, ya en pleno acto, todos relajados enuna animada orgía alimentada por abundante alcohol. Uno de los hombres laagarró por detrás, le lamió el cuello y le manoseó los pechos, mientras que elsegundo, agachado entre sus piernas, le había bajado la bombacha y lepracticaba una lamida vigorosa sin ningún pudor, mientras la gente pasaba, aveces chocando con ellos. Intentó que pararan, pero sus protestas fueronignoradas, y se encontró en una situación delicada. ¿Cómo iba a atrapar a sumarido en pleno acto si ella misma estaba atrapada entre dos completos desconocidos?
“Oh, Dios... p-pará... no entendés...yo…yo no soy...”. Su frase fue interrumpida por un repentino escalofrío querecorrió su columna vertebral y se extendió por todo su cuerpo cuando el hombredetrás de ella la penetró con fuerza, aún de pie, apoyado contra la pared apocos metros de donde su marido también estaba ocupado con otra mujerenmascarada.

Atrapada entre los dos hombres,Bety era ahora una mujer sin razón ni resistencia, permitiendo ser penetrada ala fuerza mientras presenciaba cómo le practicaban sexo oral a su marido justodelante de ella. Pensó que estaba en serios problemas, que su plan había salidocompletamente mal y que apenas podía repetir que necesitaba encontrar unasalida de allí. El hombre que la penetraba intentó quitarle la máscara, y ellase horrorizó ante la idea de que pudiera ser un compañero de trabajo cercano desu marido. Tal vez ya había visto una foto suya en el escritorio de Adalberto yla había reconocido, así que se aferró a la máscara con fuerza. Por suerte paraella, esa no era la principal preocupación de los hombres, y conservó suanonimato. Entonces los hombres cambiaron de posición, y el que estaba delantese colocó detrás de ella y la penetró de inmediato. Unos instantes después,intentó entrar por detrás, pero su puntería se vio afectada por la incómodaposición y el alcohol. En unos instantes, el hombre enmascarado que estabadelante de ella eyaculó ruidosamente, seguido inmediatamente por los espasmosdel que estaba detrás.
Luego, él se retiró de ella conel pene aún erecto, apoyándose contra la pared para evitar tropezar, y ellaaprovechó la oportunidad y huyó de ambos, protestando.

Logró subir unos escalones más y,cuando estaba a solo unos pasos de su marido, se le acercó un anciano rebosantede libido. Sin preámbulos, con la agresividad propia de quienes no tienentiempo que perder, la inmovilizó por la cintura con una mano mientras leintroducía dos dedos en la vagina, aún lubricada por el encuentro anterior. Apesar de cierta repulsión, esta vez Bety ya no reaccionó con tanta indignacióny furia. Era impresionante cómo, en tan solo dos situaciones forzadas, habíaasimilado el impacto y logrado anteponer su misión a su dignidad. El anciano laestaba invadiendo con esos dedos gruesos y experimentados, pero al menos ahoraestaba a solo dos o tres metros de su marido.
Él, a su vez, se entreteníasentado en el sofá, con la mujer sentada en su regazo. Más precisamente, sobresu verga. Sí, ella podía verlo. Estaba teniendo sexo con otra mujer, justodelante de ella, aunque ella no lo supiera. Entonces, se dio cuenta de que seenfrentaba a un dilema, y como sabemos, un dilema es tener que elegir entredos problemas: ¿sorprendería a su marido en pleno acto sexual con otra mujer, ose iría a casa con esa imagen en la cabeza, pero sin poder decir cómo lo habíapresenciado? Mientras decidía qué hacer y filosofaba sobre su situación, sedejó penetrar por el viejo, lascivo, pervertido, repulsivo y barrigón, pero conuna erección obstinada y valiente.

Bety había ido allí con el firmey digno propósito de sorprender a su marido en el acto, pero ahora estaba asolo unos metros de él, a cuatro patas, con una verga en el ano, incapaz deprotestar mientras observaba a otra mujer correctamente colocada en el regazode Adalberto. Era aterrador pensar que lo único que la protegía era lafragilidad de una máscara con elástico, razón por la cual siempre se asegurabade que nadie le tocara la cara. Aún más aterrador era tener que admitir queestaba a punto de tener un orgasmo. Nadie podía apartar al viejo de ella, y encierto momento incluso agradeció al experimentado caballero calvo y barrigón supersistencia. Él sí que sabía lo que hacía. Con cada embestida, se retorcía yclavaba las uñas en la alfombra. La mujer finalmente se levantó del regazo desu marido, revelando su verga palpitante con la cabeza roja y brillanteapuntando hacia el techo. No recordaba la última vez que lo había visto con unaerección tan vigorosa. La mujer se arrodilló casi a su lado y comenzó aestimular esa erección con la boca, emitiendo los sonidos y movimientos másindecentes y excitantes que jamás había presenciado.

La mujer hizo un movimientoinusual, tomando aire como si fuera a zambullirse en una piscina, y luego hundiósu rostro en el regazo de Adalberto, tragándose su verga por completo,centímetro a centímetro, dejando solo sus dos testículos sudorosos y cubiertosde saliva afuera. El tamaño de su miembro era visible presionando contra lagarganta de la mujer mientras él se apretaba en el sofá, con movimientosnerviosos. La mujer hizo algunos movimientos más y luego se levantó de nuevo,dejando su verga completamente afuera, pero esta vez con hilos de semencorriendo como flujos de lava en las laderas de un volcán, con la erupciónprincipal ocurriendo justo arriba. Él se aferró al asiento del sofá con ambasmanos mientras eyaculaba compulsivamente, y la mujer, con aire de misióncumplida, se limpió la barbilla manchada de saliva y líquido goteante. Fue unespectáculo. Incluso otros que estaban cerca se detuvieron por unos momentospara mirar, pero volvieron a sus tareas inmediatamente después. Incapaz decontener su excitación, Bety también llegó al orgasmo en el mismo instante. Erala primera vez que ella y su marido llegaban al clímax al mismo tiempo, aunqueirónicamente no juntos. Ella tuvo un orgasmo intenso, gimiendo ruidosamente,para deleite de todos los presentes. “Esos dos valen cada centavo”, comentó unode ellos. Al desplomarse sobre la alfombra, exhausta por el orgasmo, sintió elsemen caliente del anciano inundando su interior y desbordándose por suspiernas. Fue la máxima humillación, pero para entonces ya no le importaba.

No habían pasado ni dos minutos.Empezó a recuperarse y a recomponerse, pensando en qué hacer ahora. “No puedohacer nada más, lo mejor es ir a casa”. Pero al mirar a su alrededor, su maridoya no estaba. Buscó apresuradamente por todas partes, mientras se arreglaba laropa y el pelo como podía. Entonces miró por encima del parapeto y vio, abajo,al soldado de ciencia ficción saltando y contoneándose con otras dos mujeres,que a su vez estaban rodeadas de otros hombres igualmente eufóricos yborrachos. En unos instantes desaparecieron por una puerta lateral en medio dela multitud, seguramente para “otra ronda de desenfreno”, pensó. Pero eso seríaconveniente. Así podría irse sin ser vista y volver a casa con la extrañasensación de igualdad.
"Es cierto que se burló demí, pero yo tampoco era precisamente casta. Así que, déjalo ser." Perocuando abrió una puerta que creyó que era la salida, Bety se encontró con unaorgía épica. La agarraron del brazo y la arrastraron al ojo del huracán, yantes de que pudiera pensar en cómo salir de aquel lío, los hombres ya hacíanfila para penetrarla. Y así fue como Bety, que había planeado darle una leccióna su marido, pasó la noche siendo explotada, penetrada y servida en bandeja poruna legión de hombres que jamás había visto en su vida. "Dejame lamáscara", fue todo lo que pudo decir en los raros momentos en que su bocano estaba ocupada por alguna verga.

Eran las seis de la mañana cuandoel taxi se detuvo frente a la puerta y Bety bajó, tambaleándose y exhausta.Cualquiera que la hubiera visto en ese momento habría pensado que acababa desalir de una pelea feroz. Por suerte, no había nadie cerca para presenciar laescena. Ni uno solo, ni siquiera su marido, a quien había visto tambaleándosepor la fiesta minutos antes de marcharse.
Al menos podría quedarse en casaesperándolo y fingir ser la esposa rebelde cuando llegara. Quién sabe, tal vez inclusopodría sacar provecho de la situación. Sí, eso era. Sería la venganza perfecta.Además de haber disfrutado de la fiesta, también podría pasar una o dos semanashaciéndose la difícil, obligando a su marido a comportarse como un cordero,complaciendo sus deseos como forma de compensarlo. Pero entonces, al abrir lapuerta, se le heló la sangre.
Adalberto yacía en el sofá delsalón, envuelto en una sábana, dormido con la televisión encendida. Ella sequedó paralizada cuando él despertó lentamente y la miró.
“¿Dónde estabas?”, preguntómientras se acomodaba en el sofá.
“Salí con Dori. Sí, salí conDori. Estaba enfadada y ella insistió en que fuéramos a una fiesta en casa desu tía para no desperdiciar la noche.” Se sorprendió de sí misma por haber inventadouna mentira tan rápida y convincente.
"Ah, bueno. Me alegro de queal menos uno de nosotros lo haya pasado bien", respondió.
“Sí, me divertí... un poco,quiero decir. Me divertí… un poco. Pero, ¿por qué llevas ese disfraz de oso?¿Dónde está el disfraz de soldado de ciencia ficción que llevabas cuando tefuiste de acá?”
“Esa maldita cosa. Tenía un dolorde cabeza terrible, como te dije, y no podía llevar ese casco tan ajustado ycerrado durante mucho tiempo. Así que Rubiño intercambió el vestuario conmigo. Medormí en un sofá un rato. Estuve en la recepción y después volví a casa, perocuando llegué no estabas.” Adalberto no dijo nada más. Subió a su habitación,se duchó y se fue a dormir. Bety, mas tarde, se acortó junto a él, que yaroncaba como un bebé.

FIN
Disimuló su decepción lo mejor que pudo, con la esperanza de que talvez estuviera sacando conclusiones precipitadas, y fingió no haber notado nada,continuando la conversación.
“¡Qué maravilla, ya estás en casa! Iba a arreglarme el pelo, pero yatengo la ropa lista, así que no me entretendré. Tenés tiempo para descansar unrato y comer algo. Mi madre vino y ya se llevó a los niños. Dori me llamó paraconfirmar que ella también va a ir. En otras palabras, todo va según loprevisto, tendremos una gran noche. Divirtiéndome y charlando con todos...”
Mientras hablaba sin parar, esperaba escuchar algo de su marido, peroal mismo tiempo hacía todo lo posible para asegurarse de que él no tuvieraoportunidad de frustrar sus planes. Pero entonces...
“Lo siento, Bety, pero tendremos que cancelar nuestra salida de estanoche”. Con una tormenta rugiendo en su pecho, escuchó a su marido explicarleque la empresa había convocado a todos los directivos a una fiesta para dar labienvenida al presidente, que llegaba esa misma noche de la sede en elextranjero. Como todo se había decidido a última hora, no había tenido ni eltiempo ni el valor de decírselo por teléfono. La caja que había traído estabaahora abierta sobre la cama, conteniendo un disfraz que el departamento demarketing había alquilado para todos los invitados, entre los que no se incluíaella, ya que los familiares de los empleados no habían sido invitados.
Ella escuchó todo en silencio, apretando los dientes y las manos, sinreaccionar con gritos ni insultos. Solo dos pequeñas lágrimas de furiadelataron el golpe.

Mientras Adalberto se duchaba, ella echó un vistazo al disfraz abiertosobre la cama con el rabillo del ojo. La televisión estaba encendida, pero notenía ni idea de qué estaban dando. Esperó a que él saliera de la ducha antesde llamar a su amiga Dori para decirle que no podían ir a la reunión. Queríaque su marido escuchara su decepción y su enfado mientras le explicaba elmotivo del fracaso. Fue una llamada rápida y breve. Hablarían más tarde, cuandoella estuviera más tranquila. Él escuchó todo en silencio, visiblementeangustiado, con el rostro contraído por la culpa. Examinó el disfraz sinentusiasmo, pero Bety se dijo a sí misma que todo era una actuación, que en elfondo estaba saltando de alegría ante la perspectiva de una noche con susamigos. Quería estallar, hacer pedazos el disfraz y gritarle a su marido contodas sus fuerzas, pero la historia que él contó estaba tan bien construida queno dejaba lugar a dudas. Su empresa realmente exigía que los directivosasistieran a estos eventos fuera del horario laboral habitual.
La dirección en la caja correspondía, en efecto, a un elegante salónen el centro de la ciudad, utilizado para grandes recepciones. Pensó que,aunque hubiera recibido una invitación, no la aceptaría. Adalberto pasó a sulado vestido con aquel ridículo disfraz de ciencia ficción e intentó besarla enla mejilla, pero ella se apartó rápidamente. Al abrir la puerta para marcharse,él comentó sin mirar atrás: “Lo peor es que me duele muchísimo la cabeza; sipudiera, me quedaría en casa. No tengo ganas de ir”. Ella lo tomó como la gotaque colmó el vaso, la provocación final, y cerró la puerta de golpe en cuantoél se marchó.

En cuanto su marido se fue, una idea se apoderó de ella y se sintióansiosa ante la posibilidad de hacer algo para evitar arruinar su planeadanoche del viernes, aunque a primera vista pareciera una tontería. Se apresuró aentrar en la pequeña habitación desordenada y rebuscó entre cajas polvorientashasta encontrar lo que buscaba. Obviamente, el disfraz no era nuevo y, para sersincera, era bastante diminuto, de una época en la que el matrimonio aún nohabía tenido un efecto devastador en su figura. Aun así, logró meterse en elajustado traje, y algunos accesorios como guantes y botas hicieron que todofuera menos vergonzoso. Nadie va a una fiesta de disfraces con la intención deser discreto. En medio del desorden, encontró una máscara que le vendría bien,ya que no podía mostrar su rostro. En poco tiempo, se encontró lista frente alespejo y, quizás por el entusiasmo del plan o por la sensación de estarhaciendo algo fuera de lo común, se sintió atractiva y segura de sí misma. Porsupuesto, el enorme deseo de darle una lección a su marido contribuyó en granmedida a que ignorara el sentido común. Se puso un abrigo largo sobre sudisfraz, salió de la casa, paró un taxi y se marchó radiante.
“¡Hoy voy a poner a ese hijo de puta en su lugar!”, pensó.

Solo al llegar frente al salón sedio cuenta de que necesitaba encontrar la manera de entrar, ya que no teníainvitación. Fue entonces cuando vio a un grupo de cinco mujeres jóvenes, todasdisfrazadas, charlando con un guardia de seguridad por la entrada lateral."Claro, es una fiesta de ejecutivos donde las esposas no están permitidas,porque hay acompañantes", pensó. Se unió a ellas y, como sospechaba, nonecesitó mostrar una invitación, solo una rápida revisión de su bolso y, listo,entrada libre a la fiesta. Más fácil de lo que imaginaba. Una vez dentro, no sabíacómo comportarse, así que decidió imitar a las otras mujeres, más acostumbradasa este tipo de fiestas, y se quedó en un rincón del bar. Pronto le ofrecieronuna copa y observó cómo actuaban las demás, atrayendo miradas y acercamientosde hombres sonrientes de mediana edad con disfraces graciosos que acentuabanaún más sus siluetas poco armoniosas. Era evidente lo cómodos que se sentían enese ambiente, acostumbrados a la compañía de mujeres que veían por primera vez.Ella intentó pasar desapercibida, evitar las miradas y el acoso, pero eraprácticamente imposible, así que hizo lo posible por soportar las manosdescaradas en su cintura y los abrazos forzados, mientras buscaba a su maridocon la mirada perdida. La música alta y la multitud dificultaban su búsqueda, ymás de una vez tuvo que pedirles amablemente que apartaran las manos de su culo.Tomó otro trago para calmar su furia y solo pensaba en el momento en que atraparíaa Adalberto con las manos en la masa y acabaría con todo rápidamente.

Tras unos cuarenta minutos,cuando su paciencia llegó al límite, logró ver al soldado de ciencia ficción enel piso de arriba, hablando con algunas personas, sosteniendo un vaso de whiskyen una mano y la cintura de una mujer escasamente vestida y demasiadoentusiasta en la otra. “¡Qué cretino! Lo sabía”, pensó. Buscó con la mirada aotro hombre con el mismo disfraz, solo para asegurarse, para no cometer ningunainjusticia. Nada.
Ningún otro hombre en lahabitación llevaba el mismo disfraz, así que no había duda, y esto solo hizoque su corazón se acelerara y su furia creciera. Se bebió de un trago lo quequedaba en su vaso; era su segundo o tercer trago, quizás. Se ajustó la máscaray se dirigió hacia el bandido, pero mientras subía las escaleras, dos desconocidosse le acercaron sin disimulo alguno, uno por delante, el otro por detrás, conlas manos por todas partes. Incluso logró fingir algo de enfado para escapar.
Era un poco descarada, pero sedio cuenta de que estaba allí como acompañante y no podía armar un escándalosin arriesgarse a revelar su identidad, así que lo pensó mejor y decidióintentar deshacerse de ellos con delicadeza. Pero, mientras intentaba congracia salir de la situación, empezó a sentir un escalofrío recorrerle laespalda. Tal vez fuera el alcohol, tal vez la música, o todo el ambiente delibertinaje, no estaba segura, pero la verdad es que no se esforzaba mucho poralejarse de esos hombres que la acariciaban y metían sus manos en cada rincónde su fantasía. Y había muchos.

“Al menos desde aquí puedo ver loque hace ese canalla sin llamar la atención”, pensó para sí misma, tratando dejustificarse. Y, en efecto, desde donde estaba, podía ver a su maridoentregándose a abrazos lascivos y apasionados, y su furia crecía en proporciónal calor y la excitación que le provocaban los desconocidos que la devoraban.En ese momento, miró a su alrededor y vio a muchas parejas y pequeños grupos apunto de tener sexo, y en algunos casos, ya en pleno acto, todos relajados enuna animada orgía alimentada por abundante alcohol. Uno de los hombres laagarró por detrás, le lamió el cuello y le manoseó los pechos, mientras que elsegundo, agachado entre sus piernas, le había bajado la bombacha y lepracticaba una lamida vigorosa sin ningún pudor, mientras la gente pasaba, aveces chocando con ellos. Intentó que pararan, pero sus protestas fueronignoradas, y se encontró en una situación delicada. ¿Cómo iba a atrapar a sumarido en pleno acto si ella misma estaba atrapada entre dos completos desconocidos?
“Oh, Dios... p-pará... no entendés...yo…yo no soy...”. Su frase fue interrumpida por un repentino escalofrío querecorrió su columna vertebral y se extendió por todo su cuerpo cuando el hombredetrás de ella la penetró con fuerza, aún de pie, apoyado contra la pared apocos metros de donde su marido también estaba ocupado con otra mujerenmascarada.

Atrapada entre los dos hombres,Bety era ahora una mujer sin razón ni resistencia, permitiendo ser penetrada ala fuerza mientras presenciaba cómo le practicaban sexo oral a su marido justodelante de ella. Pensó que estaba en serios problemas, que su plan había salidocompletamente mal y que apenas podía repetir que necesitaba encontrar unasalida de allí. El hombre que la penetraba intentó quitarle la máscara, y ellase horrorizó ante la idea de que pudiera ser un compañero de trabajo cercano desu marido. Tal vez ya había visto una foto suya en el escritorio de Adalberto yla había reconocido, así que se aferró a la máscara con fuerza. Por suerte paraella, esa no era la principal preocupación de los hombres, y conservó suanonimato. Entonces los hombres cambiaron de posición, y el que estaba delantese colocó detrás de ella y la penetró de inmediato. Unos instantes después,intentó entrar por detrás, pero su puntería se vio afectada por la incómodaposición y el alcohol. En unos instantes, el hombre enmascarado que estabadelante de ella eyaculó ruidosamente, seguido inmediatamente por los espasmosdel que estaba detrás.
Luego, él se retiró de ella conel pene aún erecto, apoyándose contra la pared para evitar tropezar, y ellaaprovechó la oportunidad y huyó de ambos, protestando.

Logró subir unos escalones más y,cuando estaba a solo unos pasos de su marido, se le acercó un anciano rebosantede libido. Sin preámbulos, con la agresividad propia de quienes no tienentiempo que perder, la inmovilizó por la cintura con una mano mientras leintroducía dos dedos en la vagina, aún lubricada por el encuentro anterior. Apesar de cierta repulsión, esta vez Bety ya no reaccionó con tanta indignacióny furia. Era impresionante cómo, en tan solo dos situaciones forzadas, habíaasimilado el impacto y logrado anteponer su misión a su dignidad. El anciano laestaba invadiendo con esos dedos gruesos y experimentados, pero al menos ahoraestaba a solo dos o tres metros de su marido.
Él, a su vez, se entreteníasentado en el sofá, con la mujer sentada en su regazo. Más precisamente, sobresu verga. Sí, ella podía verlo. Estaba teniendo sexo con otra mujer, justodelante de ella, aunque ella no lo supiera. Entonces, se dio cuenta de que seenfrentaba a un dilema, y como sabemos, un dilema es tener que elegir entredos problemas: ¿sorprendería a su marido en pleno acto sexual con otra mujer, ose iría a casa con esa imagen en la cabeza, pero sin poder decir cómo lo habíapresenciado? Mientras decidía qué hacer y filosofaba sobre su situación, sedejó penetrar por el viejo, lascivo, pervertido, repulsivo y barrigón, pero conuna erección obstinada y valiente.

Bety había ido allí con el firmey digno propósito de sorprender a su marido en el acto, pero ahora estaba asolo unos metros de él, a cuatro patas, con una verga en el ano, incapaz deprotestar mientras observaba a otra mujer correctamente colocada en el regazode Adalberto. Era aterrador pensar que lo único que la protegía era lafragilidad de una máscara con elástico, razón por la cual siempre se asegurabade que nadie le tocara la cara. Aún más aterrador era tener que admitir queestaba a punto de tener un orgasmo. Nadie podía apartar al viejo de ella, y encierto momento incluso agradeció al experimentado caballero calvo y barrigón supersistencia. Él sí que sabía lo que hacía. Con cada embestida, se retorcía yclavaba las uñas en la alfombra. La mujer finalmente se levantó del regazo desu marido, revelando su verga palpitante con la cabeza roja y brillanteapuntando hacia el techo. No recordaba la última vez que lo había visto con unaerección tan vigorosa. La mujer se arrodilló casi a su lado y comenzó aestimular esa erección con la boca, emitiendo los sonidos y movimientos másindecentes y excitantes que jamás había presenciado.

La mujer hizo un movimientoinusual, tomando aire como si fuera a zambullirse en una piscina, y luego hundiósu rostro en el regazo de Adalberto, tragándose su verga por completo,centímetro a centímetro, dejando solo sus dos testículos sudorosos y cubiertosde saliva afuera. El tamaño de su miembro era visible presionando contra lagarganta de la mujer mientras él se apretaba en el sofá, con movimientosnerviosos. La mujer hizo algunos movimientos más y luego se levantó de nuevo,dejando su verga completamente afuera, pero esta vez con hilos de semencorriendo como flujos de lava en las laderas de un volcán, con la erupciónprincipal ocurriendo justo arriba. Él se aferró al asiento del sofá con ambasmanos mientras eyaculaba compulsivamente, y la mujer, con aire de misióncumplida, se limpió la barbilla manchada de saliva y líquido goteante. Fue unespectáculo. Incluso otros que estaban cerca se detuvieron por unos momentospara mirar, pero volvieron a sus tareas inmediatamente después. Incapaz decontener su excitación, Bety también llegó al orgasmo en el mismo instante. Erala primera vez que ella y su marido llegaban al clímax al mismo tiempo, aunqueirónicamente no juntos. Ella tuvo un orgasmo intenso, gimiendo ruidosamente,para deleite de todos los presentes. “Esos dos valen cada centavo”, comentó unode ellos. Al desplomarse sobre la alfombra, exhausta por el orgasmo, sintió elsemen caliente del anciano inundando su interior y desbordándose por suspiernas. Fue la máxima humillación, pero para entonces ya no le importaba.

No habían pasado ni dos minutos.Empezó a recuperarse y a recomponerse, pensando en qué hacer ahora. “No puedohacer nada más, lo mejor es ir a casa”. Pero al mirar a su alrededor, su maridoya no estaba. Buscó apresuradamente por todas partes, mientras se arreglaba laropa y el pelo como podía. Entonces miró por encima del parapeto y vio, abajo,al soldado de ciencia ficción saltando y contoneándose con otras dos mujeres,que a su vez estaban rodeadas de otros hombres igualmente eufóricos yborrachos. En unos instantes desaparecieron por una puerta lateral en medio dela multitud, seguramente para “otra ronda de desenfreno”, pensó. Pero eso seríaconveniente. Así podría irse sin ser vista y volver a casa con la extrañasensación de igualdad.
"Es cierto que se burló demí, pero yo tampoco era precisamente casta. Así que, déjalo ser." Perocuando abrió una puerta que creyó que era la salida, Bety se encontró con unaorgía épica. La agarraron del brazo y la arrastraron al ojo del huracán, yantes de que pudiera pensar en cómo salir de aquel lío, los hombres ya hacíanfila para penetrarla. Y así fue como Bety, que había planeado darle una leccióna su marido, pasó la noche siendo explotada, penetrada y servida en bandeja poruna legión de hombres que jamás había visto en su vida. "Dejame lamáscara", fue todo lo que pudo decir en los raros momentos en que su bocano estaba ocupada por alguna verga.

Eran las seis de la mañana cuandoel taxi se detuvo frente a la puerta y Bety bajó, tambaleándose y exhausta.Cualquiera que la hubiera visto en ese momento habría pensado que acababa desalir de una pelea feroz. Por suerte, no había nadie cerca para presenciar laescena. Ni uno solo, ni siquiera su marido, a quien había visto tambaleándosepor la fiesta minutos antes de marcharse.
Al menos podría quedarse en casaesperándolo y fingir ser la esposa rebelde cuando llegara. Quién sabe, tal vez inclusopodría sacar provecho de la situación. Sí, eso era. Sería la venganza perfecta.Además de haber disfrutado de la fiesta, también podría pasar una o dos semanashaciéndose la difícil, obligando a su marido a comportarse como un cordero,complaciendo sus deseos como forma de compensarlo. Pero entonces, al abrir lapuerta, se le heló la sangre.
Adalberto yacía en el sofá delsalón, envuelto en una sábana, dormido con la televisión encendida. Ella sequedó paralizada cuando él despertó lentamente y la miró.
“¿Dónde estabas?”, preguntómientras se acomodaba en el sofá.
“Salí con Dori. Sí, salí conDori. Estaba enfadada y ella insistió en que fuéramos a una fiesta en casa desu tía para no desperdiciar la noche.” Se sorprendió de sí misma por haber inventadouna mentira tan rápida y convincente.
"Ah, bueno. Me alegro de queal menos uno de nosotros lo haya pasado bien", respondió.
“Sí, me divertí... un poco,quiero decir. Me divertí… un poco. Pero, ¿por qué llevas ese disfraz de oso?¿Dónde está el disfraz de soldado de ciencia ficción que llevabas cuando tefuiste de acá?”
“Esa maldita cosa. Tenía un dolorde cabeza terrible, como te dije, y no podía llevar ese casco tan ajustado ycerrado durante mucho tiempo. Así que Rubiño intercambió el vestuario conmigo. Medormí en un sofá un rato. Estuve en la recepción y después volví a casa, perocuando llegué no estabas.” Adalberto no dijo nada más. Subió a su habitación,se duchó y se fue a dormir. Bety, mas tarde, se acortó junto a él, que yaroncaba como un bebé.

FIN
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