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63: Activo poco ortodoxo




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Compendio III



El aire dentro de la sala de conferencias se sentía tenso. La mezcla entre perfumes costosos y lociones para después del afeitado, café exótico y el ozono del proyector creaba una atmósfera desagradable.

- Creo que podríamos necesitar activos adicionales, no utilizados, para resolver este problema. – planteé, con los ojos ya fijos en la respuesta.

Los ojos de Cristina se agrandaron, con una mirada desconcertada. Se reclinó en su silla ergonómica de malla, y la tela soltó un crujido agudo y rítmico que puntualizó sus preocupaciones.

63: Activo poco ortodoxo

• ¿Qué? ¡Marco, ya estoy al límite! - respondió ella, con la voz tensa y la tela entallada de su blusa tensándose ligeramente mientras se movía. - Cassidy es mi mejor programadora y cualquier contratiempo con el mainframe podría comprometernos, independientemente de tu proyecto. No puedo prestarte a nadie más.

Los miembros de la junta comenzaron a murmurar, un zumbido bajo de confusión que recorrió la sala como una ola física. La expresión de Cassidy cambió; sus ojos verde uva se nublaron con una tristeza repentina y aguda; parecía alguien que ve cómo un sueño frágil comienza a agrietarse antes siquiera de tener la oportunidad de volar. A su lado, Nelson se reclinó, con la postura hundida en una desesperación silenciosa que reflejaba la duda colectiva de la sala. Pero Cristina notó que yo no la estaba escuchando.

infidelidad consentida

- No me refiero a un programador de tu departamento, Cristina. -respondí, con una sonrisa lenta y maliciosa tirando de las comisuras de mi boca. Cambié el peso de mi cuerpo, sintiendo cómo la dinámica de poder en la sala basculaba sobre su eje. - Me refería a que podríamos necesitar a Kaori.

La habitación quedó sumida en un silencio tan pesado que se sentía físico. Observé cómo las reacciones se propagaban por la mesa, una secuencia de contracciones musculares faciales que me indicaban exactamente cuál era la postura de cada uno. La mandíbula de Cristina no cayó (era demasiado disciplinada para eso), pero sus pupilas se dilataron, una respuesta instintiva ante una amenaza percibida.

companera de trabajo

*+*+*+*+*+*

Había sido mi primera reunión de junta desde mi restitución, y el aire estaba saturado del aroma al poder recuperado y a viejos rencores. Edith había regresado de su baja médica con hambre de novedades, sus labios pálidos y finos apretados en una línea de curiosidad profesional. Quería saber exactamente qué había estado logrando la junta en su ausencia, y Cassidy había aprovechado el momento. Con el respaldo de Cristina sirviendo como escudo, la joven programadora dio un paso adelante para revelar el proyecto personal que había estado cultivando en las sombras digitales de la empresa.

Al lado opuesto de la mesa de caoba, Gloria estaba sentada con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho, su mirada alternando entre Cassidy y la pantalla del proyector con una volatilidad que rozaba la combustión. Para Gloria, cada movimiento de la coleta de Cassidy era una afrenta personal, y cada chispa de inteligencia en los ojos de la mujer más joven se sentía como un desafío a su propia posición. Parecía menos una observadora de la junta y más una jueza esperando un descuido en el decoro.

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Como de costumbre, la ropa de Cassidy era tan atrevida como su código, un guardarropa que opacaba la línea entre la vestimenta corporativa y el coqueteo. Para los primerizos, su escote pronunciado y sus shorts de mezclilla ajustados parecían una invitación, pero tras pasar una tarde dentro de la bóveda de la sala del servidor maestro, comprendí la lógica práctica detrás de ese código de vestimenta sensual. El calor en ese búnker de concreto era algo denso y opresivo: una pared espesa y zumbante de calidez capaz de marchitar un cuello almidonado en segundos. La ventilación libraba una batalla perdida contra la pura potencia calórica de los servidores, y el atuendo ligero de Cassidy tenía menos que ver con la provocación y más con la supervivencia.

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Sin embargo, Nelson jamás ponía un pie dentro de esa bóveda de concreto cuando Cassidy estaba de turno. Al igual que yo, es un hombre de hábitos meticulosos, lo que significaba que su colaboración era un baile coordinado a distancia. Trabajaban en paralelo, como dos engranajes girando en habitaciones separadas, comunicándose a través de pings encriptados y llamadas de voz a altas horas de la noche, asegurándose de que su sinergia profesional nunca se arriesgara a la volatilidad de la proximidad física.

-< Como pueden ver… - comenzó Nelson, recuperando la cadencia profesional y estable de su voz mientras mostraba la última versión beta de la plataforma. - Cassidy y yo hemos cargado con éxito un mainframe digital de los sitios. La plataforma es plenamente funcional, proporcionando un centro centralizado con acceso fácil y una interfaz intuitiva que optimiza el proceso de reportes.

Cassidy se sonrojó.

-3 ¡Caray, Nelson! ¿No eres un chico lindo? - gorjeó Cassidy, dejando que su voz cayera en ese arrastrado acento tejano, dulce y pausado, que siempre parecía vibrar en la habitación mucho después de que ella dejara de hablar. Se inclinó hacia él con un brillo juguetón en sus ojos verde uva que hacía que la formalidad de la junta directiva pareciera una sugerencia pintoresca. - ¡Sí, este campo está listo para el arado! El problema es que no podemos conseguir esos archivos como queríamos. Simplemente hay demasiados para escoger.

Edith miró a Nelson, con una mirada plana y nada impresionada por los coloquialismos, y pidió una explicación más normal. Nelson se removió en su asiento, mientras un leve rubor trepaba por su cuello al intentar traducir las preocupaciones de Cassidy, de metáforas rurales a lenguaje corporativo.

-< Tiene razón. - admitió Nelson, recuperando la firmeza profesional en su voz a pesar del ligero rubor que aún subía por su cuello. - La plataforma es funcional y Cassidy y yo ya la tenemos configurada, pero no podemos recuperar la información como queremos. Cada sitio tiene su propio sistema de archivo. Diferentes convenciones de nomenclatura, diferentes carpetas, diferentes metadatos... incluso el mismo tipo de informe puede almacenarse de manera distinta dependiendo del sitio.

-3 Es como si nos hubieran soltado todos estos contenedores de claves, diciendo que estaban organizados, pero ninguno se acordó de decirnos qué entienden ellos por organizado... -Cassidy se reclinó, haciendo que su coleta azotara su hombro. Mostró una sonrisa amplia y traviesa que parecía vibrar con una energía que la sala de juntas solía intentar suprimir. - Así que aquí estamos todos buscando pelos, intentando encontrar la aguja correcta en un montón entero de pajares.

> ¿Y cuál es la alternativa? - preguntó Edith, cortando el espeso silencio de la sala. Se inclinó hacia adelante con un movimiento preciso y económico, desviando la mirada de los datos fragmentados de la pantalla para volver a mirar a Nelson.

63: Activo poco ortodoxo

-3 ¡Bueno, ese es el problema, jefa! - Cassidy resopló, un sonido seco e impaciente que resonó en las paredes estériles. Levantó las manos, haciendo que su coleta volviera a golpear su hombro con un chasquido rítmico. - Nelson y yo intentamos desenredar este desastre, pero no podemos solos. Hasta Marco nos puso en contacto con la sucursal de Adelaida para una prueba y todo el sistema se volvió loco. Intentamos introducir algunas secuencias de prueba y la plataforma se negó a avanzar la mínima. Ya no sabemos qué hacer.

Tenía razón; la magnitud del caos era abrumadora. Me había puesto en contacto con Kevin, un antiguo vecino de mis días en el emplazamiento de Broken Hill que ahora dirigía el departamento de informática de nuestra sucursal hermana. Él había estado dispuesto a hacer una prueba, alimentando la plataforma con datos reales de cinco sitios diferentes para ver si el motor podía digerir el ruido. El resultado no había sido un fallo elegante, sino una catástrofe digital. El sistema no se había limitado a detenerse; se había vuelto loco, asfixiándose con la pura varianza de los flujos de datos hasta que la interfaz se congeló en un mosaico irregular de códigos de error y colapsó. Era como intentar vaciar un océano usando una cuchara. Entonces, Nelson tomó el relevo.

-< No es que no podamos hacerlo. El sistema es funcional. Si implementamos la plataforma de manera generalizada, será una bendición para nuestros jefes de centro. - Nelson tranquilizó a Edith. - Pero, lamentablemente, el volumen bruto de los datos es una montaña que no podemos escalar rápidamente. Para procesar y categorizar adecuadamente la información heredada de cada sitio, podría tomarnos un año o dos.

> ¡Dos años es una vida entera en esta industria! - observó Edith, bajando la voz mientras el peso del cronograma se asentaba en la habitación. Se recostó, y el cuero de su silla ejecutiva dejó escapar un gemido suave y cansado, mientras juntaba las palmas de las manos con una precisión lenta y deliberada. - ¿Y estás seguro de que esta plataforma es efectiva? ¿O simplemente estamos construyendo un archivador digital muy caro que nunca podremos llenar?

Nelson y yo intercambiamos miradas de apoyo, un pacto silencioso de confianza en que el motor funcionaba, aunque las líneas de combustible estuvieran actualmente obstruidas por escombros del pasado.

-< Marco y yo sabemos que esta es una herramienta que sería muy bienvenida en los sitios. -respondió Nelson, con una calidez genuina en la voz. - Prácticamente resume todo lo que solemos tener que gestionar manualmente en los diferentes departamentos. Convierte una semana de archivo monótono en unos pocos segundos de clics.

Edith se inclinó sobre la extensión de caoba de la mesa de conferencias, con un movimiento lento y pesado, como si el peso del legado de la empresa presionara sus hombros. Soltó un suspiro de resignación que pareció desinflar el optimismo restante en la sala.

> Lamentablemente, aunque comprendo sus buenas intenciones, no podemos malgastar nuestro tiempo en esto. - sentenció Edith, con una finalidad pesada y triste que pareció atenuar las luces de la habitación. No se limitó a rechazar el proyecto; lo lamentó. - Incluso si les diera luz verde, la realidad es que se están presentando más informes mientras hablamos. No están simplemente cavando un hoyo; están intentando drenar un océano con un dedal. Sería un trabajo interminable.

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-3 ¡Pero podemos archivarlos en tareas recursivas, señora! - suplicó Cassidy, perdiendo el deje juguetón de su acento para dar paso a una urgencia desesperada y aguda. Se inclinó hacia adelante, casi deslizándose de la silla, con los ojos verdes dilatados por una especie de brillantez frenética. - ¡No tenemos que procesarlos en vivo! Podemos guardarlos en un búfer, ponerlos en cola en bucles recursivos y dejar que el sistema mastique el acumulado mientras lo nuevo se amontona. ¡Podemos ganarle al reloj!

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La mirada de Edith pasó de Cassidy a la pantalla parpadeante del proyector, y luego volvió a centrarse en la joven. Por un momento, la CEO no era un titán corporativo; era una matemática calculando la probabilidad de un milagro frente al peso aplastante de una fecha límite. Miró a Cassidy con una ternura que se sentía fuera de lugar en una sala diseñada para la eficiencia fría, el tipo de mirada que una madre le da a un hijo justo antes de romperle el corazón por su propio bien.

> ¡Lo siento, cielo, pero nuestras opciones son limitadas! - respondió Edith, suavizando la voz hasta adoptar un tono tan inusualmente emocional que se sintió como un abrazo contra la compostura de la sala.

Era la primera vez que se dirigía a un empleado llamándolo "cielo", y la palabra flotó como una pieza de vidrio frágil, brillando justo antes de hacerse añicos.

El aire en la sala de juntas se volvió denso, con un silencio estancado y pesado. Era el tipo de quietud que sigue al funeral de un sueño, donde el único sonido es el zumbido distante del sistema de climatización intentando, sin éxito, purgar el aroma a decepción del ambiente. Sonia y Letty intercambiaron una mirada cansada, sus expresiones reflejando la derrota de los demás. Incluso Cristina, usualmente la más implacable del grupo, se había desplomado ligeramente, y sus hombros afilados perdieron ese borde depredador mientras miraba fijamente el proyector. Maddie y Horatio eran ahora simples figuras decorativas, con los rostros vacíos y las mentes ya derivando hacia el alivio del cierre de la jornada. Eran personas capaces, ciertamente, pero pensaban en líneas rectas, y este problema era un laberinto.

Pero fue en ese silencio pesado y estancado donde comencé a escanear la sala, dejando que mi mirada pasara por encima de los hombros caídos de los derrotados y las miradas vacías de los desinteresados. Intentaba encontrar una manera de cerrar la brecha entre el brillante motor de Cassidy y la montaña caótica de datos, y mientras mis ojos vagaban, se detuvieron en una figura silenciosa sentada en la periferia. Noté, quizás, la única "solución poco ortodoxa" sentada en silencio entre nosotros...

Allí, posada con una quietud que rozaba lo sobrenatural, estaba Kaori. Se sentaba como una extensión de la sombra de Inga, con sus ojos heterocromáticos (uno azul glacial, otro verde oliva) mirando fijamente hacia adelante con una precisión que hacía que el resto de nosotros pareciera borroso. No era programadora, y ciertamente no era analista de datos, pero poseía un tipo específico de habilidades que la hacían viable.

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*+*+*+*+*+*

Volviendo al inicio del colapso, el silencio que siguió a mi sugerencia no solo persistió: se cuajó. Cada par de ojos en la sala convergió sobre mí con una sincronización que se sentía casi coreografiada, como si la junta hubiera decidido colectivamente que finalmente había sucumbido a algún tipo de psicosis corporativa. La única excepción era Inga; no parecía sorprendida, sino más bien como si estuviera midiendo mentalmente la distancia entre mi yugular y el abrecartas más cercano. Para ella, mi sugerencia no era simplemente una excentricidad; era una violación territorial.

> ¡Explícate! - ordenó Edith, su voz cortando el silencio como un mazo golpeando un bloque. Se inclinó hacia adelante, entrecerrando sus ojos estrechos como si intentara encontrar el error en mi lógica.

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El resto de la junta me miraba como si acabara de sugerir que financiáramos la expansión de un competidor: una expresión colectiva de desconcierto que solo hacía que la mirada de Inga fuera más letal. Ella no parecía confundida; parecía estar calculando mentalmente la forma más eficiente de deshacerse de mi cuerpo.

- ¿No recuerdas lo que pasó el año pasado? - pregunté, reclinándome en la silla con una despreocupación que sabía que estaba crispando los nervios de Inga. Miré alrededor de la mesa, genuinamente divertido por la amnesia colectiva que se había apoderado de la junta. - El año pasado, cuando los vientos estaban cambiando y Cristina buscaba cualquier migaja de ventaja sobre la contratación de Isabella para echarme de la junta, no fue un programador quien encontró la verdad. Fue Kaori quien se infiltró en los archivos.

Mis palabras eran un punto sensible para Cristina. En aquel entonces, Kaori era la palanca para desplazarme de la junta. Pero ahora, Cristina y yo estamos mucho más unidos...

• ¿Así que tu solución es introducir un riesgo? - estalló Cristina, con una voz lo suficientemente afilada como para cortar el silencio restante. Se movió en su silla, y el movimiento hizo que su blusa ajustada se tensara contra su pecho mientras se inclinaba hacia adelante, con una expresión que mezclaba indignación profesional y un destello de algo mucho más personal.

63: Activo poco ortodoxo

Para ella, sugerir a Kaori como un activo era como sugerir a un zorro como el nuevo jefe de seguridad de un gallinero.

Sin embargo, la reacción de Julien fue el verdadero catalizador. No se limitó a hablar; detonó. El asesor legal francés se levantó bruscamente, y su silla patinó hacia atrás con un chirrido violento que sonó como un animal herido. Su rostro, usualmente una máscara de diplomacia pulida, se había teñido de un carmesí profundo y alarmante que contrastaba espectacularmente con su corbata de seda.

-> ¡Non! ¡Non! ¡Non, Monsieur! - estalló Julien, y su acento francés se volvió más marcado hasta que sus palabras se convirtieron en una ráfaga rápida de indignación. Se lanzó hacia adelante, golpeando la superficie de caoba con las palmas de las manos con un sonido similar al de un disparo. - ¡Kaori non es de confiar! ¡Es un fantasma, una sombra que trata los protocolos de seguridad como sugerencias! ¡Irrumpió en archivos confidenciales, saltó mis cortafuegos y trató mis salvaguardas profesionales como si fueran puertas abiertas! ¡Si yo fuera Madame, no le daría un proyecto; la tendría con una correa corta y bajo vigilancia permanente!

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- ¡Exactamente! ¡Por eso Kaori es perfecta! - exclamé, cortando la indignación de Julien con la precisión de una cuchilla. Me incliné hacia adelante, y el cambio repentino en mi postura reflejó el cambio de energía en la habitación.

La pobre Kaori parecía haber sido alcanzada por un rayo dos veces en el mismo lugar. Se quedó congelada, parpadeando rápidamente con sus ojos desiguales, atrapada en un fuego cruzado psíquico. Por un lado, Julien acababa de retratarla como una depredadora corporativa, una habitante de las sombras que trataba las protecciones de información digital como simples adornos. Por el otro, yo la estaba defendiendo basándome precisamente en el acto de espionaje que había cometido contra mí. Yo era la víctima de su infiltración y, sin embargo, aquí estaba, ofreciéndole un asiento en la mesa. La ironía era algo palpable, tan espesa como la tensión que vibraba entre nosotros.

Pero la agitación en la sala había alcanzado un punto crítico, una sinfonía caótica de jadeos indignados y el continuo balbuceo en francés de Julien. El aire se sentía cargado, como el instante previo a que una tormenta invernal estalle sobre los Andes, mientras los miembros de la junta nos miraban alternadamente a Kaori y a mí, como si fuéramos dos piezas de un rompecabezas que se negaban a encajar. Finalmente, Edith dejó escapar un suspiro largo y fatigado de exasperación que pareció reducir el volumen de la habitación a la mitad.

> ¡Marco, por favor, explícate! - La voz de Edith no solo ordenaba; vibraba con una severidad que podría haber congelado una cascada. Se recostó en su asiento, entrecerrando los ojos en rendijas de escepticismo profesional. - Estoy inclinada a ver la lógica en tu pensamiento poco ortodoxo, pero no puedo ignorar las señales de alerta. Las preocupaciones de Julien no carecen de fundamento. Kaori es un fantasma en la máquina, y los fantasmas son notoriamente difíciles de hacer responsables. ¡Detállalo, y hazlo rápido!

Incluso mi fiel amiga Sonia se acercó, rozando mi mano con un gesto silencioso e instintivo de apoyo. Siempre había sido mi ancla callada en estas tormentas, el tipo de mujer que confiaba en mi intuición incluso cuando parecía una locura para todos los demás. Al otro lado de la extensión de caoba, Kaori parecía haber sido desnudada frente a un pelotón de fusilamiento. Sus ojos desiguales saltaban de uno a otro, brillando con un cóctel de preocupación y vergüenza genuina. Había existido en esta empresa como un fantasma silencioso, una sombra que operaba en la periferia, sin saber que su invisibilidad había fomentado, en realidad, un aura latente de desconfianza entre la junta directiva.

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- ¡Mira, Julien! - comencé, desviando la mirada hacia el francés, cuyo rostro seguía teniendo un vívido tono granada. Sabía que el orgullo del hombre era tan vasto como sus archivos legales, y la única manera de avanzar con mi audaz plan era convencerlo primero. - Supongo que, debido a la naturaleza de su trabajo y a los delicados datos que suele manejar, te diste cuenta hace tiempo de que nuestra infraestructura informática estándar de la empresa es demasiado porosa. El riesgo es demasiado alto para almacenarlos donde puedan ser recuperados fácilmente. Especialmente después de nuestros ciberataques anteriores y los sustos de espionaje informático. Así que construiste tu propia fortaleza, ¿Verdad? Servidores privados, túneles encriptados, todo el paquete. Lejos de la nómina de nuestra empresa. ¿Tengo razón?

Una súbita comprensión brilló en los ojos de Cassidy y Cristina, una chispa sincronizada de disonancia cognitiva. Fue como si un engranaje oculto finalmente hubiera encajado, revelando una verdad que habían estado observando durante años sin llegar a verla realmente. Ya no me miraban a mí; miraban a Julien, luego volvían a mirar a Kaori, trazando las líneas invisibles de un robo digital que previamente habían descartado como simple suerte o un fallo de seguridad.

- Probablemente contrataste servicios externos. - continué, bajando la voz a un registro conspirador que buscaba cerrar la brecha entre el ego de Julien y el escepticismo de la junta. - Quizás incluso almacenas la información en una nube privada, resguardada en una ubicación digital donde nuestros competidores no tienen forma de llegar. ¡Dios sabe dónde lo escondes, Julien!

-> ¿Y? - preguntó Julien, con la voz como una hoja afilada y escéptica. Permanecía medio levantado de su silla, con el pecho agitado por los restos de su indignación. No se estaba tragando los halagos; estaba esperando el remate de un chiste que sospechaba que era a su costa.

- Kaori sabía que la información de contratación de Isabella existía. - expliqué, inclinándome hacia el centro de la mesa para acortar la distancia entre la sospecha de la junta y mi lógica. - Sabía que Maddie no era la persona que la tenía. Así que buscó en otra parte. Olfateó algo. Eventualmente encontró a la persona responsable de protegerla. Se dio cuenta de que tú, Julien, tenías el verdadero premio guardado en tu fortaleza privada.

Kaori bajó la mirada, confirmando mis sospechas.

- Así que, una vez que descubrió que lo tenías, no se rindió. - continué. - A pesar de tu protección y tus cortafuegos, no tardó mucho en encontrar una grieta en la armadura. No se topó con los archivos de Isabella por casualidad; los cazó a través de un laberinto que habías construido para ser impenetrable.

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Fue entonces cuando noté la raíz del rencor de Julien: Kaori había irrumpido en su prístina fortaleza de información.

- Sí, la información estaba protegida y sí, fue una brecha de seguridad. – proseguí, modulando mi voz hacia un tono más suave y persuasivo. - Pero fíjate en la precisión quirúrgica del robo. No saqueó los archivos ni filtró una docena de secretos comerciales a la competencia. Fue a por un objetivo específico… los archivos de Isabella… y dejó el resto de tu fortaleza intacto. Ni siquiera dejó un rastro hasta que la atraparon.

Aunque Julien parecía seguir herido en su ego, el fuego de sus ojos había pasado de ser un rugido a un simple destello. Se hundió en su silla de cuero con un bufido, el sonido de un hombre que sabía que había sido superado pero que no encontraba el vacío legal para protestar. Así que me giré y enfrenté a Edith, quien seguía siendo el centro de gravedad absoluto de la habitación.

- Ahora mismo tenemos una montaña de datos, clasificada de manera distinta en cada uno de los centros. - dije, con una voz que resonaba con una urgencia renovada que finalmente llenó el vacío de la habitación. - Pero no estamos buscando una aguja en un pajar; estamos buscando un conjunto específico de agujas repartidas en mil pajares diferentes. Necesitamos a alguien que no solo sepa programar, sino a alguien que sepa cazar. ¡Esa es mi lógica!

El aire acondicionado cambió repentinamente, y las rejillas traquetearon al empezar a bombear un frío súbito y mordaz que pareció cristalizar la tensión de la sala. Por un momento, el aire se volvió quebradizo, y los miembros de la junta quedaron sumidos en un estado colectivo y gélido de comprensión. Miraron a Kaori (la miraron de verdad), no como una sombra silenciosa en un blazer negro hecho a medida, sino como un instrumento de precisión de infiltración digital. El silencio pesaba con la carga de una epifanía: el «problema de ayer» era, en realidad, la solución de hoy.

Todos, excepto Inga.

❤️ ¿Y qué con eso? ¿Vas a llevarte a un miembro de mi departamento sin mi consentimiento? - respondió Inga, con una voz cargada de veneno y arrogancia.

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Se mantuvo rígida, la columna como una línea recta contra el tapizado de terciopelo, mientras sus dedos tamboreaban un ritmo agudo y errático sobre la mesa de caoba. Para Inga, la empresa era una serie de jardines vallados, cada uno custodiado por una jerarquía estricta que ella misma velaba personalmente. Yo era el hombre que constantemente intentaba saltar las vallas y, para ella, mi sugerencia no era una estrategia innovadora: era una invasión territorial.

❤️ ¿Ves, Edith? Este es el problema del que te he estado hablando: Marco no conoce los límites. - La voz de Inga no solo cortó el silencio; dejó un borde dentado. - Trata la estructura corporativa como un consejo opcional, gestionando a personas de otros departamentos para sus propias maquinaciones mezquinas. ¡No es justo y es fundamentalmente poco profesional!

Sin embargo, Edith miró a Inga con una curiosidad lenta y clínica, ignorando su actitud.

> Pero, ¿Es cierto lo que dice sobre ella? - preguntó Edith, con una voz que flotaba por la habitación como una niebla lenta. - ¿Realmente puede recuperar esos archivos?

Los ojos de Inga se agrandaron y su compostura se fracturó por primera vez en la reunión. Parecía una marinera viendo cómo se abrían las fauces de un tiburón gigante bajo su casco, consciente de repente de que las profundidades que creía controlar eran mucho más volátiles de lo que había imaginado.

❤️ ¡Por supuesto que puede! - estalló Inga, con una voz que alcanzó un tono capaz de hacer añicos los vasos de cristal que bordeaban la mesa. Se removió en el asiento, y su piel de porcelana se tiñó de un rosa súbito y colérico que contrastaba violentamente con su cabello platino. - ¡Pero es mi asistente! ¡Ella es el pegamento que mantiene unido al Departamento de Planificación! ¡No puede simplemente arrancarla de su puesto para satisfacer un capricho de brillantez poco ortodoxa!

Sin embargo, la fuerza de la protesta de Inga era como una cinta de seda intentando detener un derrumbe. Edith ni siquiera parpadeó. La resolución de la directora ejecutiva ya se había cristalizado y, en el mundo de Edith, una vez alcanzado el veredicto, la deliberación no era más que ruido.

> ¡Y tú eres miembro de mi junta directiva, Inga, lo que significa que trabajas para mí! - replicó Edith, bajando la voz hasta alcanzar un tono de absoluta finalidad. La frase no solo silenció a Inga; pareció borrarla. - ¡Muy bien! Kaori, ¿Estás dispuesta a trabajar en el proyecto de Cassidy?

63: Activo poco ortodoxo

Kaori parecía haber sido sorprendida por los faros de un camión a toda velocidad. Sus ojos desiguales se movían frenéticamente entre la ira latente de Inga y la mirada inamovible de Edith. Era una mujer definida por una lealtad silenciosa y absoluta; para ella, Inga era más que una jefa, era literalmente su señora. La vacilación no fue solo una pausa; fue una lucha visible, una guerra silenciosa entre la devoción que sentía por su mentora y el peso aplastante de la autoridad de la CEO. Abrió la boca para hablar, pero salió solo una respiración superficial y temblorosa que traicionaba su pánico interno.

> ¡La tendré trabajando justo bajo la mirada de Cassidy! - decidió Edith, con una voz que no dejaba espacio para más debates. - Dado que ella manejará datos sensibles, debe ser monitoreada. Estoy de acuerdo con su punto de vista, Marco; Kaori puede ser un activo único. Sin embargo, para aplacar las válidas preocupaciones de Julien, permanecerá en la lista de vigilancia corporativa. Debe ser supervisada en todo momento. ¡Se levanta la sesión!

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