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62: Satisfacción del empleado II




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Compendio III


62: SATISFACCIÓN DEL EMPLEADO II

62: Satisfacción del empleado II

• ¿Estás... satisfecho? ¡ughhh! ¿Estás... satisfecho? - gimió Maddie mientras me cabalgaba en el sofá.

Era una situación algo inquietante, hipnotizante. Había venido a mi oficina con su excusa habitual de una encuesta de "satisfacción del empleado", pero mientras cogíamos, parecía estarse tomando la encuesta muy en serio.

No dejaba de moverse. El crujido rítmico del sofá de cuero bajo nosotros proporcionaba un fondo relajante al sonido de su respiración agitada y a la fricción suave y húmeda de nuestros cuerpos. El aroma de su costoso perfume se había mezclado con el olor metálico y punzante del aire acondicionado de la oficina y el tenue aroma a café viejo que persistía en la habitación.

Mientras seguía balanceándose sobre mí, esforzándose por empalarse aún más, Maddie parecía menos una ejecutiva corporativa y más una obra maestra tallada por Miguel Ángel. Era un retrato vivo del exceso renacentista; sus pechos, pesados y suaves, se mecían con cada sacudida, mientras su cintura se curvaba hacia adentro como un reloj de arena, creando un contraste marcado y asombroso con la exuberancia de sus caderas. Sus movimientos eran fluidos pero decididos, su cuerpo luchando contra el grosor de mi verga con un hambre rítmica y desesperada. Abajo, su trasero (redondo, húmedo de sudor e increíblemente firme) actuaba como un imán oculto, atrayendo mis manos para sujetarla con fuerza, atándola a mí mientras el sofá de cuero gemía bajo el peso de nuestro impulso compartido.

A unos pasos de distancia, nuestra ropa descartada yacía esparcida como escombros de una tormenta repentina. Mientras que mi traje permanecía colgado con una apariencia discreta de orden sobre la silla de mi escritorio, su falda y blusa estaban arrugadas en el suelo, acompañadas por su sujetador y bragas en un montón apilado. Contaban una historia silenciosa: una narrativa de lo rápido que su compostura profesional se había disuelto, dejándola deshecha y desesperada por mí, mientras yo seguía siendo el ancla estable en el centro de su tormenta.

Ella soltó un suave gemido al alcanzar otro clímax, su cuerpo estremeciéndose con una intensidad eléctrica y repentina. Estaba claro que me había extrañado; el hambre en sus movimientos era casi territorial. Tras la partida de Edith como nuestra CEO, la oficina se había convertido en un campo minado de escrutinio corporativo, dejándole a Maddie poco tiempo para colarse en mi santuario sin llamar la atención de Reginald. Pero ahora que Edith había regresado y la jerarquía se había estabilizado, Maddie había decidido recuperar el tiempo perdido con una pasión enfocada e implacable.

- ¡Maddie, estoy bien! - respondí, con la voz sonando más ronca de lo habitual.

Noté la forma en que sus pupilas estaban dilatadas, casi tragándose el azul de sus iris, y el ligero temblor en sus muslos. No buscaba simplemente un orgasmo; estaba reclamando un territorio que sentía haber perdido durante la ausencia de Edith. Su agarre en mis hombros se apretó, y sus uñas cuidadas se clavaron en mi piel con una presión que sugería que intentaba anclarse a algo sólido mientras su mundo se desdibujaba.

• ¿Estás... seguro? ¿No quieres... más? - jadeó, su aliento caliente y frenético contra mi cuello.

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Se sentía como una surrealista evaluación de desempeño, como si ella estuviera genuinamente intentando realizar una encuesta de satisfacción en el fragor del momento. Cambió el peso de su cuerpo, inclinándose hacia adelante hasta que sus pechos presionaron firmemente contra mi tórax; la fricción de piel contra piel creó un calor pesado y sofocante. Observé la forma en que su suavidad cedía ante la dureza de mis costillas, mientras su respiración llegaba en ráfagas cortas y erráticas, suspendida al borde de otro clímax.

- ¡Sí, Maddie, estoy bien! ¡Eres increíble como siempre! - respondí, deslizando mis manos desde su cintura hasta la parte baja de su espalda, intentando tranquilizarla.

Sentí la contracción rítmica de sus músculos, una serie de espasmos involuntarios que me indicaron que mis palabras la habían empujado al precipicio. Soltó un sonido agudo y sofocado, echando la cabeza hacia atrás para exponer la larga línea de su garganta, mientras el cuero del sofá gemía en una protesta lenta y rítmica que acompañaba la cadencia de sus movimientos.

Maddie empezó a moverse más rápido, y todo su cuerpo comenzó a temblar a su vez. Sus pechos se balanceaban con un ritmo hipnótico y pesado (poesía en movimiento) y sus gemidos, mientras me hundía profundamente en ella, eran suaves y dulces. Se lanzó hacia mis labios, buscando mi boca como si fuera la única cuerda que evitara que flotara hacia el éter, mientras sus paredes apretaban mi miembro en un agarre desesperado y pulsante que suplicaba por mi liberación.

La forma en que sostuvo mi mirada mientras aceleraba me indicó que estaba concentrada en una meta no revelada que intentaba alcanzar. Su respiración había pasado de jadeos rítmicos a bufidos cortos y bruscos, un indicador claro de que su ritmo cardíaco estaba alcanzando el punto máximo. Noté el ligero rubor subiendo desde su pecho hacia sus mejillas, una reacción biológica a la descarga de adrenalina y oxitocina. No estaba simplemente interpretando un papel; operaba por instinto, y sus movimientos se volvieron menos cuestión de ritmo y más cuestión de fricción.

• Dime... - susurró, con la voz quebrándose mientras arqueaba la espalda, creando una curva grácil y tensa desde el cuello hasta las caderas. - ¿Lo estoy... haciendo... bien?

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No pude responder inmediatamente. Estaba concentrado en la forma en que las puntas de sus dedos temblaban donde apretaban mis hombros, con la piel blanca por la presión. La manera en que sus músculos internos envolvían mi miembro con un calor y una estrechez que podrían derretir incluso el acero. Desplacé mis caderas hacia arriba, encontrando su descenso con una precisión que forzó un gemido fuerte y lujurioso de su garganta. El sonido resonó en la oficina silenciosa, compitiendo con el zumbido del sistema de aire acondicionado.

- ¡Eres increíble, Maddie! ¡Excepcional como siempre! - respondí, con voz baja y firme, haciendo todo lo posible por no correrme prematuramente dentro de ella.

Soltó una risa quebrada que se convirtió en un jadeo, y sus pupilas se dilataron hasta que sus ojos quedaron casi completamente negros. Se inclinó hacia abajo, sus pechos pesados presionando firmemente contra mi pecho, mientras el calor de su piel se filtraba hacia la mía. Podía sentir el latido frenético de su corazón contra mis costillas, un redoble acelerado que reflejaba mi propio pulso creciente. El aroma de su perfume había cambiado, subrayado ahora por el almizcle de la excitación y la salinidad de la piel.

Comenzó a frotarse en un movimiento lento y circular, un cambio deliberado de táctica para maximizar el contacto. Claramente había aprendido ese movimiento devastador con otros hombres en el pasado, pero yo seguía resistiendo por un hilo. Observé la forma en que sus muslos, tonificados y poderosos, se flexionaban con cada rotación, la definición muscular visible bajo el pálido resplandor de las luces de la oficina. Buscaba un tipo específico de presión, una sensación profunda y estable que solo surge cuando la conexión física es absoluta. Alargué las manos, deslizando las palmas sobre la curva de sus caderas, sintiendo la ligera humedad del sudor que actuaba como un lubricante natural entre nosotros.

• Marco... ¡Por favor! - gimió, con la frente apoyada contra la mía. - ¡Acaba dentro de mí!

La petición no fue una orden, sino una rendición. Analicé la inclinación de su cabeza y la forma en que se aferraba a mí; había alcanzado el límite de su resistencia. Aumenté el tempo, mis movimientos se volvieron más asertivos, penetrando en ella con una fuerza constante y rítmica que coincidía con el tic-tac del reloj de escritorio. El sofá de cuero emitía una serie de chirridos agudos y rítmicos, un acompañamiento mecánico al sonido húmedo y rítmico de nuestros cuerpos colisionando.

El agarre de Maddie en mis hombros se intensificó, sus uñas clavándose profundamente en mis músculos, atándola a lo único que se sentía sólido en la habitación. Un leve temblor comenzó en sus piernas, subiendo por su columna como una corriente eléctrica, hasta que sus ojos se cerraron y su cabeza se echó hacia atrás. Su boca se abrió en un grito de placer, silencioso y errático, y sentí la contracción súbita e intensa de sus paredes: una serie de pulsos rítmicos que me apretaron como una prensa. Fue una reacción fisiológica en cadena, el resultado inevitable de la tensión que habíamos estado acumulando, y finalmente me llevó al límite.

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Mientras alcanzaba el clímax, todo su cuerpo parecía vibrar, su respiración excitada en una serie de sollozos cortos y placenteros de alivio. Se desplomó hacia adelante, con el pecho agitándose contra el mío, la piel resbaladiza y caliente. El silencio que siguió fue pesado, lleno únicamente por el sonido de nuestra respiración pesada y sincronizada. Mantuve mis manos en la parte baja de su espalda, sintiendo el lento desvanecerse de los espasmos musculares, el retorno gradual de su respiración a una cadencia normal.

• ¡Satisfacción... conseguida! - murmuró, con la voz apenas un susurro contra mi cuello, puntuada por suaves y prolongados jadeos de placer.

Maddie no se movió durante unos minutos, simplemente apoyando su peso sobre mí, con las extremidades pesadas y relajadas. Noté una pequeña mancha de lápiz labial en mi hombro y la forma en que sus rizos rubios se habían convertido en un nido caótico alrededor de su rostro. Parecía desarmada, despojada de la armadura corporativa que vestía con tanto cuidado en los pasillos. Era el momento más honesto que jamás había estado: no como la Jefa de Recursos Humanos, sino como una mujer que había encontrado un santuario temporal en un sofá de cuero y una oficina discreta.

Nos besamos. No precisamente como amantes, ni del todo como amigos con derechos, sino en ese terreno intermedio y peculiar de dos personas que se felicitan tras haber compartido un sexo extraordinario. Fue un beso de victoria mutua, un reconocimiento persistente de la química que acababa de chamuscar el cuero de mi sofá.

- ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estabas tan intensa? - pregunté, y la pregunta quedó suspendida en el aire mientras flotábamos en ese silencio pesado y postcoital.

Podía sentir el latido lento de mi propio corazón recuperando su ritmo normal, mientras el cuero del sofá seguía sintiéndose cálido bajo nosotros.

Ella desvió la mirada, con una expresión que oscilaba hacia una vulnerabilidad que no tenía lugar en una sala de juntas. Cuando alargué la mano para apartar un rizo rubio de su rostro, no se alejó; al contrario, se apoyó en mi tacto, con la piel aun vibrando por las réplicas de su clímax.

• Bueno... no hemos estado juntos en casi dos meses... y ya sabes... estaba cachonda. - soltó ella, las palabras atropellándose unas a otras, despojadas de la cadencia pulida y diplomática que utilizaba en las reuniones de junta. No me miró; en su lugar, trazó un patrón distraído en mi pecho con el dedo índice, mientras su voz abandonaba por completo el escudo de la compostura corporativa. - ¿No ... te gustó?

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Resoplé suavemente, con una pequeña sonrisa asomando en mis labios mientras recorría la curva de sus hombros con las yemas de los dedos. El aroma de su Chanel No. 5 persistía en el aire, ahora endulzado por el almizcle de nuestro esfuerzo.

- ¡Me encantó! – respondí, las palabras vibrando contra su piel mientras seguía la elegante curva de su hombro. - ¡Pero tú no eres así, Maddie! ¡Nunca eres tan implacable cuando estamos juntos! ¿Qué está pasando realmente?

Mis palabras la sorprendieron. Aunque acabábamos de compartir un encuentro apasionado, crudo y satisfactorio, yo aún conservaba la suficiente lucidez para notar que algo la inquietaba. Si ella hubiera hecho lo mismo con alguien como Ethan, el de Logística, por ejemplo, el tipo no habría dicho ni una palabra; simplemente se habría quedado dormido envuelto en una nube de endorfinas. Pero para mí, Maddie era más que un simple acuerdo de follar y olvidar. Llevábamos años bailando este tango y, aunque hacía tiempo que había aceptado que sus visitas a mi oficina no eran más que preludios para cogernos como locos, ella sabía que yo veía más allá del cuerpo desnudo balanceándose y de la seductora jefa de RR.HH. con un escote asombroso. Veía a la mujer real debajo de la armadura corporativa.

Maddie no respondió de inmediato. Cambió el peso de su cuerpo, deslizándose fuera de mí con una fricción lenta y prolongada que hizo que el sofá de cuero soltara un último y largo gemido. Se sentó a mi lado, con las piernas colgando del borde y el pecho todavía agitándose en una cadencia lenta y rítmica. Sabía que había tocado un punto sensible, pero la transición del calor animal del sexo a la fría realidad de la oficina siempre generaba una fricción momentánea. Observé su perfil; la forma en que miraba la ropa esparcida por el suelo, su expresión transformándose de la dicha poscoital a una vulnerabilidad repentina y aguda. No me miraba, lo que generalmente significaba que estaba calculando cuánta verdad quería revelar, sopesando el riesgo de parecer demasiado involucrada en una relación que carecía de un contrato formal.

• Es solo... el mismo procedimiento de oficina de siempre. - comenzó ella para desviar el tema, recuperando en su voz esa estabilidad corporativa, aunque seguía hablando en voz baja. - Ya sabes... cada dos meses... tengo que preguntarte si quieres quedarte con nosotros.

Me incorporé lentamente; el aire fresco de la oficina golpeó mi piel húmeda como una súbita llamada de atención. Observé la tensión en sus hombros, la forma en que sus clavículas resaltaban contra su piel pálida y el ligero temblor de sus dedos mientras buscaba su sujetador. Intentaba reconstruir su muro, ladrillo a ladrillo corporativo, pero los cimientos seguían agitándose por las réplicas de lo que acabábamos de compartir.

- No, no lo es. Es otra cosa. - repliqué, entornando los ojos. No permití que se refugiara en la seguridad de la jerga empresarial.

Ella hizo un puchero, con esa actitud linda que había adoptado desde que se convirtió en la Abeja Reina de Recursos Humanos: una expresión delicada y ensayada que generalmente señalaba que estaba a punto de salirse con la suya.

• ¿Qué quieres que diga, Marco? Es el trabajo... y el sexo... - suspiró, aunque la manera en que prolongó la palabra sexo sugería que aquello pesaba más que la parte del trabajo en su ansiedad.

62: Satisfacción del empleado II

- Sí, pero nunca te había visto tan desesperada por hacerme acabar, Maddie. - mi voz cortó la bruma que aún flotaba en la habitación.

Maddie hizo una pausa, con las manos suspendidas sobre el encaje de su sujetador. No se lo puso de inmediato; en su lugar, dejó que la prenda reposara en su regazo mientras giraba la cabeza para mirarme. Noté la forma en que su pecho subía y bajaba con un ritmo pesado e irregular, la piel aún teñida de un rosa intenso por el esfuerzo. Estaba analizando mi expresión, comprobando si mi curiosidad era una amenaza o un consuelo. Según mi experiencia, cuando alguien sobrecompensa con intensidad física, suele ser un mecanismo para acallar un ruido en su cabeza que no puede resolver con la lógica.

• Desesperada es una palabra fuerte. - se refugió entonces en la semántica, intentando recuperar ese deslizamiento fluido y diplomático que utilizaba durante las evaluaciones anuales. Esbozó una sonrisa pequeña y tensa, pero era una máscara corporativa que no llegaba a sus ojos. - Prefiero... entusiasta. Hay una diferencia clara en el manual corporativo, Marco.

- ¡No estás en la sala de juntas, Maddie! Y lo que acabamos de hacer tampoco sigue las regulaciones del manual - respondí con voz seca.

Cambié de posición en el sofá, y el cuero se quedó pegado ligeramente a mis muslos. Observé cómo sus ojos se desviaban hacia la puerta y luego volvían a mí, un rápido desplazamiento ocular que sugería una ansiedad persistente por el riesgo de ser descubiertos. No tenía miedo del acto en sí (hacía tiempo que habíamos establecido la rutina de nuestro acuerdo), sino que parecía temer el silencio que sigue al clímax.

Soltó un suspiro que sonó más bien como un desinflado, con los hombros caídos mientras finalmente se deslizaba el sujetador sobre los hombros y lo abrochaba con una eficiencia mecánica. El clic del cierre sonó fuerte en la habitación silenciosa, un signo de puntuación metálico y tajante que señalaba el fin de la fantasía y el regreso de la profesional.

• ¡Está bien, Marco! ¡Está bien! - soltó un suspiro, un sonido que reflejaba el colapso repentino de su fachada corporativa. - ¡Lo confesaré todo! ¡Tengo mucho miedo, Marco! ¡Tengo miedo de que te quieras ir!

Sus palabras me tomaron por sorpresa. Durante un momento, el único sonido en la habitación fue el zumbido distante y amortiguado de la ventilación de la oficina.

- ¿Qué? ¿Por qué me iría? - pregunté, genuinamente desconcertado.

• Porque... - comenzó ella, con la voz quebrándose y los ojos brillando con una humedad repentina e inesperada. - No estás interesado en formar parte de la junta... e incluso si te damos un aumento, tampoco pareces motivado... así que mi única opción era...

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Su voz se apagó, y la frase colapsó bajo el peso de su ansiedad.

Me arrodillé frente a ella, y el cuero del sofá crujió bajo el cambio de mi peso. Desde este ángulo, su figura era la inspiración de los poetas; sus pechos exuberantes hablaban de cosechas abundantes, y la vista de su sexo, afeitado y aún reluciente, se sentía como un territorio inexplorado que acababa de terminar de mapear. Su reacción fue adorable. Para el resto de la oficina, ella era una de las diosas de la junta directiva, una fantasía nocturna para pasantes ilusionados. Pero aquí, despojada de su poder y de su blusa, se veía tímida y vulnerable, con su confianza disuelta por el miedo a un escritorio vacío.

Alargué la mano y mis dedos rozaron la piel suave de su muslo, sintiendo la ligera pegajosidad del sudor y el calor persistente de nuestro encuentro. El aire acondicionado continuaba con su zumbido bajo y monótono, pero el silencio entre nosotros había cambiado; ya no era el silencio pesado y satisfecho del sexo, sino el silencio frágil de una confesión. Podía oler la fragancia desvanecida de su perfume, ahora mezclada con el aroma primario y salino de nuestro esfuerzo, creando una nube embriagadora e íntima a nuestro alrededor.

- ¿Cuál era tu única opción, Maddie? - pregunté con voz baja, vibrando en el pequeño espacio que nos separaba.

Mantuve la mirada fija en la suya, notando la forma en que su labio inferior temblaba casi imperceptiblemente.

Maddie miró hacia abajo, a mi mano sobre su pierna, y luego volvió a mirarme. Soltó un suspiro tembloroso y su pecho subió y bajó ligeramente, con el encaje del sujetador tensándose contra la curva de sus pechos.

• Mi única opción era asegurarme de que todavía sintieras algo por este lugar. Por mí. – confesó casi en un susurro. - Pensé que... si tan solo pudiera recordarte lo que tenemos, la química, encontrarías una razón para mantenerte motivado. Que no te irías simplemente a la deriva hacia alguna otra empresa donde yo no pudiera alcanzarte.

Cambió el peso de su cuerpo una vez más, y el cuero del sofá emitió un chirrido agudo cuando su piel se deslizó contra el material. Alargó la mano hacia su blusa en el suelo, con los dedos temblando mientras agarraba la tela. La seda estaba fría y resbaladiza, un contraste marcado con el calor de su piel.

- ¿Crees que estoy buscando la salida? - pregunté, mientras mi pulgar trazaba un círculo lento y cariñoso en su muslo. Sentí que el músculo allí se contraía en respuesta a mi tacto: una chispa reflexiva de electricidad que aún no se había apagado del todo. - ¡Maddie, ya hemos hablado de esto! ¡La junta es un tanque de tiburones! Sabes que no tengo ningún interés en jugar esos juegos. Eso no significa que esté planeando presentar mi renuncia.

• ¡Pero has estado diferente últimamente! - replicó ella, y su voz recuperó una pizca de su firmeza corporativa, aunque seguía impregnada de un matiz emocional y sincero. Comenzó a echarse la blusa de seda sobre los hombros, dejándola abierta, y la tela se adhirió a la humedad de su piel. - Has estado... más callado. Más reservado.

Solté una risa suave, y el sonido resonó ligeramente en la habitación insonorizada.

- Sí, porque Reginald me eliminó de su tablero, ¿Recuerdas? - Mantuve mi mano sobre su muslo cálido, sintiendo el pulso sutil de su arteria femoral bajo la superficie. - Ninguno de nosotros existía más allá de su junta, ¿Lo olvidaste?

Maddie hizo una pausa, con los brazos a medio camino a través de las mangas de su blusa de seda. La tela colgaba abierta, revelando la pendiente pálida y sonrojada de su pecho y el intrincado encaje de su sujetador que luchaba por contenerla. Me miró y, por un momento, la «diosa corporativa» había desaparecido por completo, reemplazada por una mujer que parecía genuinamente perturbada.

• ¡Exactamente eso, Marco! - susurró, con la voz quebrándose de una manera que traicionaba su compostura. - Reginald no solo te eliminó de la junta; ni siquiera peleaste contra él. Simplemente lo aceptaste.

Empezó a abotonar la blusa, con los dedos torpes manejando los pequeños cierres perlados. Observé el proceso con precisión clínica: la forma en que las yemas de sus dedos, aun ligeramente húmedas, luchaban por agarrar los botones lisos; la forma en que su respiración seguía siendo superficial, haciendo que la tela se tensara y se soltara sobre sus pechos en una danza rítmica y ansiosa. El aroma de su perfume (ahora un fantasma desvanecido de Chanel) chocaba con el olor persistente y más almizclado de nuestro calor compartido.

- ¡Sé honesta, Maddie! ¿Qué podía hacer yo? - Reí, aunque el sonido se sintió falso en el silencio de la oficina. - Él venía del mando central. O seguía sus instrucciones o me despedían. Y con una familia que mantener, sabes que mis opciones eran limitadas.

Maddie se dio cuenta de mi mentira al instante. Sus ojos se agudizaron, y la vulnerabilidad de hace unos momentos fue reemplazada por la mirada inquisitiva y analítica de una ejecutiva de recursos humanos capaz de detectar una fabricación a un kilómetro de distancia.

• ¡Estás mintiendo! - acusó ella, recuperando la tajante autoridad de su voz ejecutiva, aunque sus ojos permanecieran abiertos y perturbados. - ¡Te he visto ser pisoteado con mucha más fuerza por Inga y ni siquiera te inmutaste! Y ahora, llega alguien como Reginald, te expulsa de la junta y tú simplemente... ¿Lo aceptas? ¿Como un cachorro herido?

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Sus palabras se sintieron como una sartén cayendo sobre mi cabeza, el estruendo repentino de su acusación resonando en el silencio insonorizado. Por un momento, el aire de la oficina se sintió estático, cargado con los restos de nuestro esfuerzo y el repentino cambio del combate físico al psicológico. La observé terminar de abrocharse la blusa, la seda cerrándose finalmente para ocultar el valle sonrojado de su pecho, aunque su respiración seguía traicionándola.

- Quería salir. - admití, y la verdad surgió con una facilidad que se sintió casi peligrosa. - Ustedes realmente no me necesitan. Simplemente aproveché la oportunidad...

Maddie dejó de abrocharse la blusa. Su mano quedó suspendida en el aire, con un único botón de perla a medio camino del ojal, dejando un hueco que revelaba el valle profundo entre sus pechos y el encaje tenso de su sujetador. El silencio en la oficina se espesó, lo suficiente como para sentirse físico, roto únicamente por el sonido distante del ding del ascensor llegando al duodécimo piso.

No me miró. En su lugar, se quedó mirando el botón entre sus dedos como si fuera una prueba en un juicio, un pequeño testigo perlado de mi falta de ambición. Su respiración se ralentizó; el jadeo rápido de su pecho se estabilizó en un subir y bajar rítmico y pesado que hacía que la seda de su blusa crujiera suavemente, un sonido similar a un secreto en susurros de una habitación llena de gente. Durante un largo rato, el único puente entre nosotros fue el silencio y el calor persistente de nuestros cuerpos, que aún parecía irradiar en el pequeño espacio que nos separaba.

• ¡Querías salir! - repitió ella, con una voz despojada de su pulido corporativo, sonando pequeña y hueca. - No solo aceptaste el descenso... lo recibiste con gusto.

- ¡No fue un descenso, Maddie! Fue una simplificación. - respondí, sintiendo que las palabras pesaban con honestidad en la quietud de la habitación. Alargué la mano y apreté su rodilla; el calor de su piel aún vibraba bajo mi palma. - No es que no me agraden tú, ni Horatio, ni Letty, ni ninguno de los demás. Pero ya sabes... es agotador luchar constantemente contra personas que no quieren que estés allí.

• ¿Te refieres a Inga? - preguntó Maddie.

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Sus ojos se habían vuelto líquidos, brillando con un lustre frágil que sugería que estaba al borde del llanto. La máscara corporativa no solo se había deslizado; se había hecho añicos, dejándola menos como la Jefa de Recursos Humanos y más como una mujer que acababa de descubrir un secreto para el que no estaba preparada.

- Entre otros, sí. - respondí, inclinándome para encontrar su mirada. Intenté esbozar una sonrisa pequeña y tranquilizadora, esperando disolver la densa nube de decepción que flotaba sobre ella. - Además, me divierte lidiar con los jefes de planta en mi oficina. Es un tipo de caos diferente, Maddie; uno que realmente me motiva más que estar sentado en una mesa de conferencias.

Maddie se movió, y su movimiento creó un suave roce lleno de fricción contra el cuero. No me miró; en su lugar, se concentró en un hilo suelto de su blusa de seda, torciendo la tela con sus dedos con una energía nerviosa que traicionaba su compostura profesional.

• ¡Pero eso es el asunto! - susurró ella, perdiendo la firmeza en la voz, que se volvió algo frágil, casi suplicante. - Los tipos como tú... bueno... no se quedan en un mismo lugar por mucho tiempo. Las estadísticas muestran que los profesionales de tu nivel cambian de empresa cada tres o cuatro años... y tú has estado con nosotros más de seis, Marco... así que... estoy preocupada.

Aunque físicamente Maddie es una de las miembros más sexys de la junta directiva de nuestra oficina corporativa, ver su vulnerabilidad realzaba su atractivo diez veces más. Había algo en la forma en que su confianza se había erosionado, dejando atrás una energía cruda y ansiosa que la hacía parecer años más joven, como si fuera una estudiante nerviosa en lugar de una ejecutiva experimentada. Sus preocupaciones eran razonables, basadas en la fría lógica de la deserción corporativa; estaba tratando nuestra relación como un activo de alto valor que temía perder frente a un competidor. Pero, a decir verdad, sus preocupaciones eran razonables.

- Bueno, ya sabes... - logré decir.

• ¡Estaba dispuesta incluso a tener un trío con Cristina y contigo, solo para mantenerte interesado! - soltó ella, interrumpiéndome a mitad de la frase.

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(I was even willing to have a threesome with Cristina and you, just to keep you interested!)

Mis palabras cayeron en un saco roto, evaporándose en el aire insonorizado de la oficina. Sentí un salto involuntario atascarse en mi garganta y mi pulso se disparó cuando la imagen mental me golpeó como un impacto físico: Maddie, con sus rizos dorados y curvas voluptuosas, junto a la elegancia afilada y depredadora de Cristina y sus pechos masivos. La simple posibilidad logística de aquello (la fricción, el aroma de dos perfumes distintos colisionando, la sumisión compartida…) envió una descarga de calor directo a mi entrepierna. Ni siquiera tuve que mirar hacia abajo para saber que mi miembro se estaba agitando de nuevo, tensándose contra el aire, reaccionando con un entusiasmo primario que esquivó mi cerebro por completo. Incluso Maddie lo notó. Sin embargo, el lado racional de mi mente siempre ha tenido preferencia sobre mi cuerpo y mis deseos.

62: Satisfacción del empleado II

- ¡Mira! - dije, cerrando los ojos brevemente para encontrar mi centro, forzando a las fantasías pervertidas de Cristina y Maddie entrelazadas a retroceder hacia el fondo de mi mente. - Entiendo tus preocupaciones. También sé cómo suele trabajar la gente de estos lugares. Pero Maddie, te juro que yo soy diferente.

Escucharme decir eso iluminó sus ojos, y la tenue luz de la oficina se reflejó en sus pupilas mientras una chispa de alivio genuino la invadía. Por un momento, el miedo al desgaste corporativo desapareció, reemplazado por una suave y brillante confianza.

- Sé que puede que no me creas, pero genuinamente me siento cómodo en mi trabajo. - continué, con la voz asentándose en una cadencia firme y honesta. - Si persiguiera un ascenso, digamos que de repente me convirtiera en el jefe de Logística, estaría ahogándome en pesadillas de transporte y hojas de cálculo de flujo de caja. Esas son las cosas que realmente me irritan.

Maddie soltó una risita suave y genuina, un sonido que carecía de la precisión cuidadosa de su carácter de Recursos Humanos.

- Mientras tanto, en mi puesto, sigo siendo uno más de los tipos en las obras. - continué, sintiendo que la honestidad de la confesión liberaba la tensión en la habitación. - Por supuesto, cuando estoy en nuestras reuniones de junta, llevo el traje por ti y por los demás. ¿Pero en esas conferencias virtuales? Sigo siendo solo otro ingeniero con una camisa polvorienta y un casco, hablando de trabajo con hombres que se preocupan más por el equipo averiado y los planes de mantenimiento que por las proyecciones trimestrales. ¡Ahí es donde yo respiro, Maddie!

Maddie me miró pensativa, con la mirada fija en mi rostro como si intentara leer la letra pequeña de mi alma. De hecho, aunque había tenido muchas oportunidades de tomar el poder a lo largo de los años, nunca me había disputado la corona. La razón por la que no me mezclaba con el resto de los miembros de la junta (la razón por la que permanecía en la periferia de sus brillantes y despiadados círculos) era simplemente porque no tenía paciencia para los egos inflados, algo contra lo que había luchado desde el mismo momento en que Edith me nombró miembro de la junta.

- Además, soy demasiado perezoso para postularme a otra empresa. - gemí, y la confesión salió con una honestidad cansina que hizo que los labios de Maddie se curvaran en una sonrisa genuina. - ¿Te imaginas el papeleo? ¿Las entrevistas? Y la idea de mudarme a otra ciudad, justo ahora que Marisol y yo finalmente compramos la casa de nuestros sueños... ¡Ugh! Siento que me agoto solo de pensarlo.

Maddie soltó otra risita dulce y genuina. El sonido resonó ligeramente contra las paredes estériles de la oficina. Finalmente pasó el botón de perla por el ojal, y la seda de su blusa se cerró con un clic tenue y satisfactorio.

• ¡Bueno, la razón principal por la que estoy preocupada es que me has dado el mejor sexo de mi vida, Marco! – replicó ella, y la confesión escapó con una honestidad súbita y discordante.

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Aparentemente, su propia revelación fue demasiado para ella. Tan pronto como las palabras salieron de sus labios, los ojos de Maddie se agrandaron y, por instinto, se llevó la mano a la boca, como si pudiera atrapar físicamente la confesión y retraerla hacia la seguridad de su garganta. Por un instante, regresó la Directora de Recursos Humanos: la mujer que calculaba riesgos y gestionaba percepciones. Pero el aire en la habitación estaba demasiado cargado con el aroma de su esfuerzo compartido, y el silencio era demasiado íntimo como para que ella pudiera refugiarse en un caparazón corporativo. De alguna manera, me sentí orgulloso de que decidiera seguir adelante; dejó caer la mano y sus hombros se desplomaron en un gesto de total rendición.

• ¡No lo sé! ¡Conoces mi vida, Marco! Estoy lejos de ser una santa. - continuó ella, con la voz apenas audible, pero con un peso que se sentía más pesado que cualquier mandato corporativo. Desvió la mirada, fijándola en un certificado enmarcado en mi pared, aunque no estaba viendo la tinta. - Pero con la mayoría de los tipos con los que he estado... el sexo fue decepcionante u olvidable. Pero contigo, no sé cómo, las cosas se sienten diferentes. No es solo la... ya sabes... la parte física. Es que realmente me ves. No solo el cargo, no solo los pechos. A mí.

Mientras observaba cómo su figura se suavizaba bajo la tenue luz de la oficina, algo encajó en mi mente. Pude ver la tenue sombra de una frustración prolongada en sus ojos, una fatiga que iba más allá del desgaste corporativo. Era una ironía cruel de la existencia de Maddie: era tan devastadoramente hermosa, tan visualmente abrumadora, que se había convertido en víctima de su propio atractivo. La mayoría de los hombres, al enfrentarse a la realidad pura y voluptuosa de su cuerpo, perdían la cabeza antes siquiera de llegar al colchón. Estaban tan cegados por el espectáculo de ella (los rizos dorados, las curvas imposibles, la forma en que se movía) que sucumbían a una urgencia frenética y prematura. Para Maddie, el sexo probablemente se había convertido en una serie de carreras cortas y jadeantes donde los hombres estaban más preocupados por su propio e inevitable colapso que por el placer de ella.

Pero en mi caso, el juego se jugaba de manera distinta. Al mirar a Maddie, me di cuenta de que mi capacidad para satisfacerla no dependía solo de la resistencia o la técnica; era el subproducto de una ansiedad juvenil muy específica. Cuando empecé con Marisol, sentía que lo que estaba en juego era astronómico. Marisol no poseía esa sexualidad dedicada y de alto voltaje que Maddie irradiaba (ella era más suave, más natural), pero era mi mundo. El hecho de ser un virgen de veintiocho años con una pareja doce años menor que yo había creado una olla a presión psicológica en mi mente. Me aterraba el fracaso torpe, el final apresurado, la pura vergüenza de decepcionar a la persona que mejor me conocía. Así que, durante nuestros primeros años, pasé el tiempo luchando contra mis propios impulsos con una intensidad desesperada y disciplinada. Me había entrenado para tratar el clímax no como un destino inevitable, sino como una recompensa que debía retrasarse, dominando el arte de la combustión lenta mediante la pura fuerza de voluntad.

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• ¡Pero solo tú eres demasiado perezoso para mudarte, Marco! - repitió ella, sacudiendo la cabeza con una leve sonrisa de incredulidad. - Solo tú admitirías ser demasiado perezoso para escalar la jerarquía corporativa cuando, en realidad, eres la persona más competente de la sala. Es casi ofensivo para el resto de nosotros, que pasamos la vida arañando para conseguir una pizca del poder que tú simplemente... descartas.

No se levantó de inmediato. En su lugar, se recostó contra el cuero del sofá, haciendo que el material emitiera un crujido lento y prolongado. La tensión que había atenazado sus hombros durante la última hora finalmente se disipó, dejándola lánguida y relajada. Levantó la mano, pasando los dedos por sus rizos rubios, intentando domar el nido caótico que se había formado durante nuestro esfuerzo.

- ¡Sin mencionar que otra empresa podría no darme suficiente libertad para estar tan estrechamente involucrado con mis compañeras! - bromeé, dejando que las palabras quedaran suspendidas en el aire como un desafío.

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La reacción de Maddie fue inmediata. El rubor que había comenzado en su escote subió rápidamente, tiñendo sus mejillas de un carmesí profundo que contrastaba bruscamente con su piel pálida. Esta vez no apartó la mirada; me miró con una mezcla de indignación y una extraña curiosidad competitiva. El silencio de la oficina regresó, pero ahora estaba cargado de una electricidad diferente: no el calor pesado y húmedo del sexo, sino la tensión aguda y punzante de un juego de poder corporativo trasladado al terreno personal.

• ¡Sí, Marco... eres una amenaza para nuestro personal femenino! - susurró, y su voz recuperó ese tono seductor, aunque matizado por un toque de genuina inseguridad. - Pero, solo para mantenerme al día... ¿Con quién más has estado saliendo?

Bufé, mirándola con sospecha. El cambio en su tono fue sutil pero inequívoco; no estaba preguntando como la Jefa de Recursos Humanos realizando una encuesta, sino como una mujer marcando su territorio. Permanecía despatarrada sobre el cuero, su silueta trazando una curva suave y voluptuosa contra el material oscuro, con los ojos clavados en los míos con un enfoque casi depredador. Me di cuenta de que estaba preparada para una lista y, lo que es más importante, preparada para analizar cada nombre en busca de una amenaza potencial.

- ¿No vas a auditarlas ni a tomar represalias? - pregunté, entornando los ojos.

Ella entornó los suyos, y sus labios se curvaron en un puchero deliberado y exagerado que habría parecido ridículo en cualquier otra persona, pero que en ella era una invitación.

• ¿Te parezco tan mezquina? -preguntó, con la voz sensual y melosa que podría derretir un glaciar. Se reclinó, haciendo que el cuero del sofá gimiera bajo su peso, mientras sus labios se curvaban en un gesto que era medio desafío, mitad invitación. - Solo quiero conocer a mi competencia. ¡Eso es todo!

Solté un suspiro lento y medido, el sonido resonando en la habitación silenciosa. No respondí de inmediato. En su lugar, cambié el peso de mi cuerpo en el sofá, y el cuero se adhirió a mi piel con un ligero sonido pegajoso mientras me movía. La observé cuidadosamente; ella estaba recostada, con una pierna cruzada sobre la otra y el dobladillo de su falda subido, revelando una franja de muslo. Estaba interpretando el papel de inquisidora, pero la forma en que sus dedos jugueteaban nerviosamente con el puño de su manga de seda la traicionaba.

- Competencia… - repetí, y la palabra supo a desafío. - ¡Esa es una forma muy de Recursos Humanos de decirlo, Maddie! "Analizar el panorama competitivo de mis actividades extracurriculares".

Ella puso los ojos en blanco, pero una pequeña y juguetona sonrisa tiró de la comisura de su boca.

• ¡No seas sabelotodo, Marco! Solo los nombres. Puedo manejarlo.

Me recosté, apoyando la cabeza en la parte superior del sofá. El aire acondicionado dio un estremecimiento repentino y fuerte, seguido de un siseo de aire frío que erizó los vellos de mis brazos. El contraste entre el frío de la habitación y el calor persistente de nuestros cuerpos era marcado. Podía oler el ozono del sistema de ventilación y el aroma tenue y dulce de la vela de vainilla que se había consumido en mi escritorio hacía horas.

- Bueno... - comencé, haciendo una pausa para dejar que el silencio se extendiera, disfrutando de la forma en que sus pupilas se dilataban por la anticipación. Noté cómo se inclinaba hacia adelante, con la respiración acelerada mientras esperaba el recuento de mis indiscreciones. - Está Cristina, como ya sabes. Su asistente, Ingrid; la jefa de programación, Cassidy; también está Letty, nuestra jefa de relaciones públicas; Ginny, en finanzas; Abby, también en tu departamento; y, de vez en cuando, Gloria, mi antigua asistente personal.

Esa última tocó una fibra sensible.

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• ¿Te refieres a Gloria, la novia de tu amigo Nelson? - preguntó Maddie, bajando la voz con una incredulidad que cortaba el aire como una cuchilla.

Sentí un fragmento de hielo deslizarse por mi columna, un escalofrío repentino que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Por un momento, la habitación se sintió más pequeña, y el aislamiento acústico se transformó de un santuario en un vacío. Miré a Maddie y vi los engranajes girando; no solo estaba procesando el chisme, estaba recalculando mi valor moral en tiempo real. La competencia por la que había preguntado ya no era un juego lúdico de jerarquías corporativas; era la revelación de una red caótica y superpuesta de lealtad y traición.

- ¡Sí! - admití, y la palabra se sintió pesada y ligeramente vergonzosa en el repentino vacío de la habitación. - Cuando era mi asistente, nos acostamos un par de veces. Paramos cuando empezó a salir con Nelson... pero luego, ella sospechó que Nelson la engañaba, aunque no era así... así que empezó a acostarse conmigo. Y bueno, en realidad no hemos parado desde entonces.

62: Satisfacción del empleado II

La expresión de Maddie se congeló. El brillo juguetón y competitivo de sus ojos desapareció, reemplazado por una quietud aguda y clínica. No se movió, pero la atmósfera de la habitación cambió instantáneamente; la calidez del resplandor postcoital fue succionada, sustituida por una tensión tan densa que se sentía como una barrera física entre nosotros. Permaneció posada en el borde del sofá de cuero, con la espalda recta y las manos apretando la tela de su falda con una fuerza que hacía que la materia se amontonara y se arrugara bajo sus uñas manicuradas.

El silencio se prolongó durante varios segundos, llenado únicamente por el rítmico y metálico tic-tic-tic del reloj de mi escritorio y el sonido distante y amortiguado del ascensor en el pasillo. Podía ver el pulso martillando en su cuello, un latido rápido y superficial que traicionaba su compostura externa. Por un momento, esperaba que emergiera la ejecutiva de Recursos Humanos… aquella que me daría una lección sobre la brecha ética de acostarme con la pareja de un amigo. En cambio, la tensión en sus hombros pareció romperse y soltó una exhalación larga y temblorosa que sonó casi como un suspiro de alivio.

• ¡Nelson! —susurró, y el nombre sonó como una maldición. - Te estás acostando con Gloria... ¿Mientras ella está con Nelson? ¿En serio?

Giró la cabeza lentamente para mirarme, con sus ojos azules estrechándose hasta convertirse en rendijas. La vulnerabilidad de hace unos instantes había desaparecido, reemplazada por la mirada calculadora de la Directora de RR.HH. Ya no era simplemente una mujer en mis brazos; era una ejecutiva analizando un riesgo.

- ¡Es... complicado, Maddie! - respondí, y mi voz sonó pequeña incluso para mis propios oídos. Cambié el peso de mi cuerpo y el cuero del sofá emitió un fuerte y seco chirrido que pareció puntualizar la incomodidad. - No es como si yo la hubiera buscado. Ella vino a mí. Estaba convencida de que él le mentía. Empezó como una forma de desahogarse y luego... evolucionó.

Maddie soltó una exhalación corta y brusca por la nariz; no fue exactamente una risa, sino un sonido de pura incredulidad. Finalmente soltó el agarre de su falda y sus manos se deslizaron hacia su regazo, donde empezó a frotar rítmicamente el pulgar contra el índice, un hábito inconsciente que tenía cuando procesaba una crisis.

• Bueno... en cierta medida... la entiendo. - añadió, mientras su mirada se desviaba de mí hacia algún punto de la pared lejana. - Después de todo, por cómo eres y lo bueno que es el sexo... es fácil ver que ella también se enamoró de ti.

(Well... I can sort of... understand her. After all, because of the way you are and how good the sex is... it's easy to see she also fell for you.)

Sus palabras me dejaron atónito: ¿Maddie acababa de admitir que se había enamorado de mí?

La palabra "enamoró" (Fell, aunque una traducción más precisa sería “enganchó”) quedó suspendida en el aire, más pesada que el silencio que siguió. No me moví, temiendo que cualquier cambio brusco en mi postura rompiera la frágil honestidad del momento. Podía escuchar el ritmo tenue y errático de su respiración, el roce de la seda de su blusa con cada inhalación superficial. El aroma de nuestro esfuerzo combinado seguía siendo denso, una nube almizclada con tintes salados que parecía encerrarnos en una burbuja privada, aislados del mundo corporativo y estéril que se encontraba justo detrás de la puerta de caoba.

La miré; la miré de verdad. Sus rizos rubios seguían siendo un caos dorado y enredado, con algunos mechones pegados a la piel húmeda de su frente. El contraste era impactante: la ejecutiva corporativa meticulosamente abotonada, ahora enmarcada por el desaliño de una mujer que acababa de perderse en otra persona. Parecía frágil, pero había una especie de hambre desesperada en la forma en que evitaba encontrar mi mirada, como si temiera que, al admitir sus sentimientos, me hubiera entregado un arma para usar en su contra.

- Maddie… - comencé, con la voz titubeante. - ¿A qué te refieres con que te enamoraste de mí?

(Maddie, What do you mean, fell for me?)

No respondió de inmediato. Desvió la mirada, fijándose en un bolígrafo extraviado que había rodado por la alfombra, con su clip plateado brillando bajo las luces fluorescentes. Cambió el peso de su cuerpo y el cuero del sofá dejó escapar un gemido lento y rítmico. Su pulgar continuaba frotando ansiosamente su dedo, un movimiento mecánico que traicionaba la tormenta en su interior.

• Me refiero a que... —comenzó, con la voz temblando ligeramente, despojada finalmente del barniz corporativo para revelar un núcleo nervioso y agitado. - ¡Que eres... peligroso, Marco! No de una manera obvia, sino en la forma en que haces que la gente se sienta vista. No juegas a sus juegos. No adulaste a Reginald ni te dejaste pisotear como hicimos el resto. Tú simplemente... estás ahí.

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Finalmente volvió a mirarme, con sus ojos azules brillando con una mezcla de frustración y algo que se parecía peligrosamente al anhelo. Una sola lágrima solitaria no llegó a caer, sino que se acumuló en la comisura de su ojo izquierdo, magnificando el iris. Era una mirada de entrega absoluta, el tipo de expresión que pone alguien cuando se da cuenta de que ha sido superado sin remedio por una emoción que ya no puede gestionar con una hoja de cálculo o un manual de políticas.

• Ella... está colgada de ti. - dijo Maddie finalmente, las palabras saliendo con una energía repentina y frenética, como si intentara construir un muro de lógica para esconderse detrás. Cambió el peso de su cuerpo y su muslo rozó el mío, con el calor de su piel todavía vibrando. - ¡No es para tanto! ¡Eres su crush del trabajo! Es un fenómeno corporativo común, una forma de hacer soportable la rutina de ocho horas.

(She... has a crush on you. It's not a big deal! You're her work crush! It’s a common corporate phenomenon, a way to make the eight-hour grind bearable.)

Su respiración se aceleró. Parecía necesitar llenar el pesado silencio, evitar que yo viera algo evidente. Pero si lo hizo, Maddie hizo un trabajo cuestionable.

• No es que ella regrese a casa todos los días y se toque pensando en ti… - continuó Maddie, con la voz adquiriendo un ritmo frenético, casi desesperado. - ¡O que tenga un vibrador elegido específicamente porque es... bueno, más o menos de tu tamaño! ¡Eso sería una locura! ¡Completamente irracional!

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De alguna manera, sus descripciones de los hábitos hipotéticos de Gloria se sintieron menos como el perfil de otra mujer y más como una confesión de sus propios rituales privados.

• ¡Pero eso no es lo importante! - añadió ella, pivotando con una agilidad súbita y brusca que se sintió como un redireccionamiento corporativo. Una pequeña sonrisa agridulce tiró de sus labios, enmascarando la cruda confesión que acababa de soltar. - ¡Lo bueno es que me convenciste de que no vas a cambiar de trabajo! ¡Vaya alivio!

Sentí una extraña opresión en el pecho mientras hablaba. El giro había sido demasiado rápido; la transición de una confesión cruda sobre vibradores y fantasías secretas de vuelta a la estabilidad corporativa fue tan brusca que se sintió como un fallo en la conversación. Intentaba reconstruir el muro, ladrillo a frenético ladrillo, retrocediendo hacia la seguridad del alivio y la estabilidad laboral para ocultar el hecho de que acababa de entregarme las llaves de sus inhibiciones más profundas. Pero decidí seguirle el juego, dejando que la tensión hirviera mientras recuperaba la compostura.

- Sí. Además, no sería prudente que cambiara de trabajo en este momento. - mi voz recuperó una cualidad casual y rítmica mientras comenzaba la mundana tarea de abotonarme la camisa. Podía sentir cómo el aire frío de la oficina reclamaba finalmente el espacio entre nosotros. - Después de todo, Marisol está esperando nuestro quinto hijo, y empezar de cero en una compañía nueva con un periodo de prueba no ayudaría precisamente a nuestras finanzas.

• ¿Quinto hijo? - repitió Maddie, con la voz quebrándose a mitad de la frase.

Se quedó gélida, con las manos aún aferradas a la tela de su falda, la prenda medio abrochada. El aire de la oficina pareció solidificarse, convirtiéndose en un silencio espeso y cristalino. Observé sus ojos; no solo se agrandaron, sino que cambiaron. Durante un latido, no me miraba a mí, sino a través de mí, escudriñando un futuro que no existía para ella en esa habitación. Un carmín profundo y floreciente ascendió desde su cuello, inundando sus mejillas y pintando su cuello en un rubor de anhelo repentino y singular.

Y tal como me había advertido mi esposa Marisol (que algunas mujeres pueden estar buscando algo más que un romance y pasar un buen rato en la cama), finalmente noté el extraño y brillante resplandor en sus ojos:

Maddie también quiere ser "una mamita"...

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