You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Alabanza y Sumisión - Capítulo 3: La Fisura en el Muro

Primer Capitulo: https://www.poringa.net/posts/relatos/6348467/Alabanza-y-Sumision---Capitulo-1.html
Segundo Capitulo:  https://www.poringa.net/posts/relatos/6357763/Alabanza-y-Sumision---Capitulo-2-La-Primera-Prueba.html



Capítulo 3: La Fisura en el Muro



El jueves amaneció con un cielo encapotado que prometía lluvia, un reflejo perfecto del estado de ánimo de María Elena. La noche anterior había pasado en vela, arrodillada junto a su cama, rogando al Señor que librara su corazón de los pensamientos impuros que el recién llegado había sembrado en ella. Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos oscuros del hombre, escuchaba su voz baja que decía "Estoy buscando" y sentía un calor en su vientre que la Iglesia le había enseñado a identificar como tentación del enemigo.
Se vistió con especial cuidado esa mañana, eligiendo un vestido gris sin forma que esperaba la hiciera invisible. Se arregló el pelo en un moño tan apretado que le dolía el cuero cabelludo, como si el dolor físico pudiera mantener a raya los pensamientos rebeldes.
"Mamá, ¿ya está el desayuno?" La voz de Sebastián la sacó de su trance. Su hijo mayor estaba en la puerta de la cocina, con los ojos rojos y el pelo desordenado.
"Ya casi está, hijo. ¿Vas a llegar tarde al colegio?"
"Ya no voy, mamá. Hoy es el día de inscripción para la universidad."
María Elena se detuvo, la espátula en mano. "¿Universidad? Sebastián, hablamos de esto. Pensábamos que te quedarías un año más en el pueblo, ayudando en la tienda y..."
"Mamá, ya tengo diecinueve años. Necesito estudiar, hacer algo con mi vida. No puedo quedarme aquí para siempre." Su tono era cortante, casi hostil.
La hermana Hortensia entró en la cocina en ese momento, con su taza de café en mano. "Deja que el muchacho vaya, María Elena. No puedes tenerlo atado a tu falda para siempre. Ya es hombre."
"Yo no lo tengo atado," respondió María Elena, sintiendo cómo la ira mezclada con el miedo le subía por el pecho. "Solo quiero que tome decisiones correctas, que no se deje llevar por..."
"¿Por Valentina?" interrumpió Sebastián. "Esa es la verdadera razón, ¿verdad, mamá? No quieres que me vaya porque sabes que ella se va conmigo."
María Elena dejó la espátula sobre la estufa y se volvió hacia su hijo. "Valentina no es una buena influencia para ti, Sebastián. Te está alejando del Señor, te está..."
"¡Basta ya con el Señor!" gritó Sebastián, y el silencio que siguió a sus palabras fue más ensordecedor que cualquier grito. "Todo es el Señor contigo, mamá. El Señor quiere esto, el Señor no quiere aquello. ¿Y yo qué? ¿Qué quiero yo?"
Se dio vuelta y salió de la cocina, dejando a María Elena temblando, con las manos apoyadas en la mesada. La hermana Hortensia se acercó y le puso una mano en el hombro.
"Está creciendo, hija. Los jóvenes necesitan volar."
"Volar hacia dónde, mamá? Hacia el pecado, hacia la perdición..." susurró María Elena, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir.
Ese día en la tienda fue un infierno. Cada cliente parecía un juicio, cada pregunta una acusación. María Elena no podía concentrarse, su mente daba vueltas y vueltas alrededor de la conversación con su hijo, alrededor del miedo que sentía de perderlo, alrededor del deseo que el hombre del internet había despertado en ella.
Cerró la tienda más temprano de lo habitual, con un dolor de cabeza que la mantenía semi ciega. Al llegar a casa, encontró a Sebastián sentado en el sofá, con el teléfono en la mano, sonriendo. Sonreía de una manera que ella no le había visto en años, una sonrisa genuina, luminosa, que la llenó de una mezcla de alegría y celos.
"¿Con quién hablas, hijo?" preguntó, intentando mantener la voz neutra.
"Con Valentina. Ya inscribí la carrera, mamá. Ingeniería en sistemas. Empezamos en marzo."
María Elena asintió, sintiendo cómo el mundo se le venía abajo. "Me alegro por ti, hijo."
Sebastián la miró, sus ojos suavizándose. "Lo sé, mamá. Y sé que estás preocupada. Pero no lo estés. Valentina y yo nos queremos, y vamos a tener cuidado."
La palabra "cuidado" resonó en la mente de María Elena como una campana de advertencia. "¿A qué te refieres con 'cuidados'?"
Sebastián sonrió, una sonrisa un poco avergonzada. "Sabes a qué me refiero, mamá. No vamos a hacer nada tonto."
Pero María Elena sabía que los jóvenes a veces hacían cosas tontas, especialmente cuando estaban enamorados. Esa noche, después de que todos se acostaron, María Elena se quedó despierta, escuchando el silencio de la casa. Sabía que no podría dormir, no con la ansiedad que la consumía.
Se levantó y caminó hacia la habitación de Sebastián. La puerta estaba entreabierta, y desde el pasillo podía ver la luz del teléfono iluminando su rostro dormido. El teléfono estaba sobre la mesita de noche, desbloqueado. Con el corazón latiéndole con fuerza, María Elena entró en la habitación y tomó el dispositivo.
Sabía que estaba pecando, que estaba invadiendo la privacidad de su hijo. Pero el miedo era más fuerte que la fe. Necesitaba saber, necesitaba confirmar sus sospechas.
Abrió la aplicación de mensajes y encontró la conversación con Valentina. Los últimos mensajes eran de esa noche.
Valentina: ¿Ya dormiste, mi amor?
Sebastián: Casi. Estoy pensando en ti.
Valentina: Yo también en ti. No puedo creer que por fin nos vayamos a la ciudad. ¿Te imaginas?
Sebastián: Solo si estás tú conmigo.
Valentina: Siempre, mi amor. Siempre.
Sebastián: Te extraño.
Valentina: Yo también. Recuerdo mucho nuestro sábado pasado...
Sebastián: Yo también. Fue... perfecto.
Valentina: ¿De verdad? Para mí también. Aunque me dolí un poquito.
Sebastián: Lo sé, lo sé. Lo siento. Traté de ser cuidadoso.
Valentina: No, no fue tu culpa. Era la primera vez para mí. Y para ti... ¿estuvo bien?
Sebastián: Más que bien. Fue... como si todo encajara. Como si te estuviera esperando.
Valentina: Tú también eras como si me estuvieras esperando. Sentí que me conocías por dentro.
Sebastián: Te amo, Valentina.
Valentina: Yo también te amo, Sebastián. Y no puedo esperar para volver a sentirte dentro de mí.
María Elena dejó el teléfono sobre la mesita de noche, con las manos temblando. Las palabras le quemaban los ojos, le perforaban el corazón. Su hijo, su bebé, el niño que había criado con amor y fe, el niño que había enseñado a orar y a confiar en el Señor, había tenido relaciones sexuales.
Y no solo eso. Las palabras de Valentina, la descripción de ese acto, la habían impactado de una manera que no esperaba. Porque mientras leía, no solo sintió ira o decepción. Sintió algo más, algo profundo y confuso. Sintió celos. Celos de la intimidad que su hijo y su novia habían compartido, una intimidad que ella nunca había conocido.
Se acordó de su propia primera vez, a los dieciocho años, con el hombre que sería su esposo. Había sido rápido, doloroso, decepcionante. Había sido un deber, algo que las mujeres casadas debían soportar. Pero la forma en que Valentina describía su experiencia con Sebastián... era diferente. Era hermosa. Era sagrada, incluso.
Se fue a su habitación, se arrodilló junto a la cama y comenzó a orar. Pero esta vez, las palabras no salían. Su mente estaba en blanco, su corazón vacío. El Señor parecía lejano, sordo a sus súplicas.
Se acostó, pero no pudo dormir. Las imágenes de su hijo y Valentina, las palabras de sus mensajes, daban vueltas y vueltas en su cabeza. Y en medio de ese torbellino de emociones, apareció la imagen del hombre del internet, con sus ojos oscuros y su sonrisa seductora.
Por primera vez en seis años, María Elena se sintió completamente sola

0 comentarios - Alabanza y Sumisión - Capítulo 3: La Fisura en el Muro