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Alabanza y Sumisión - Capitulo 1

**Capítulo 1: El Pueblo y la Tentación**

El polvo de la calle principal del pueblo San José de la Montaña se arremolinaba bajo las ruedas de la camioneta mientras aparcaba frente a "Bendiciones", la pequeña tienda de ropa americana que funcionaba también como peluquería. Desde el asiento del conductor, la observé por centésima vez en ese mes, preguntándome si algún día lograría que sus ojos oscuros me miraran con algo más que cortesía evangélica.

María Elena —así la había conocido, aunque en el pueblo todos la llamaban simplemente "la hermana María" o "la señora de los mellizos"— estaba doblando una pila de suéteres en la entrada de su local. Llevaba un vestido azul marino modesto, de esos que llegan hasta las rodillas y cubren lo que la Iglesia Pentecostal del Pueblo considera apropiado para una mujer de su edad y condición. Su cabello oscuro caía sobre los hombros sin adornos, y llevaba puesta una pulsera de identidad colgando sobre su pecho amplio. Pero ni el vestido más amplio podía ocultar la generosidad de sus formas maduras, esas curvas que el tiempo y tres hijos habían esculpido en su cuerpo de cuarenta y siete años.

Apagué el motor y bajé. Ella levantó la vista apenas un segundo, suficiente para que nuestros ojos se cruzaran y ella desviara la mirada rápidamente hacia las prendas que manipulaba.

—Dios lo bendiga, hermano —saludó automáticamente, aunque aún no me había visto en el templo. Era su forma de mantener las distancias, de recordarme que ella era una mujer de fe y yo, a sus ojos, un hombre joven que aún no había encontrado el camino del Señor.

Tenía treinta y cinco años, diez menos que ella, y esa diferencia parecía ser un muro más alto que cualquier barrera física. Pero lo que ella no sabía —o quizás sospechaba y temía— era que desde que llegué al pueblo hacía seis meses, contratado para supervisar la instalación de las nuevas antenas de internet en la zona, no había podido sacarla de mi mente.
Alabanza y Sumisión - Capitulo 1


—Vengo por esos jeans que me dijiste que tendrías esta semana —mentí parcialmente. Sí necesitaba ropa, pero principalmente necesitaba verla, escucharla hablar, observar cómo sus manos regordetas movían las perchas con eficiencia nacida de años de trabajo duro.

—Ah, sí. Los de marca Levi's, talla treinta y dos. Los guardé para usted. —Se enderezó, llevándose una mano a la espalda baja en un gesto inconsciente de dolor. El trabajo físico estaba pasándole factura. Vi cómo se estiraba, cómo su pecho se empujaba contra la tela del vestido, y tuve que contener el aliento.

Seguí hasta el interior de la tienda, un espacio reducido pero ordenado, lleno de percheros con ropa de segunda mano pero de buena calidad. En la pared detrás del mostrador, enmarcado en madera sencilla, colgaba un versículo bíblico en letras grandes: *"El Señor es mi pastor, nada me faltará"*. En la parte de atrás, separada por una cortina de cuentas de plástico, estaba el área de peluquería: una silla de barbero antigua, un lavamanos, espejos con marcos dorados desgastados. Sobre el mostrador, junto a la caja registradora, descansaba una Biblia gastada por el uso, llena de post-its de colores marcando pasajes.

—¿Su mamá no está hoy? —pregunté mientras ella buscaba los pantalones en una caja.

—Doña Hortensia está en la casa, con los niños. Los mellizos llegaron temprano de la escuela, están con gripe. —Su voz se suavizó al hablar de sus hijos, esos tres seres que constituían el centro de su universo. El mayor, Sebastián, de diecinueve años, con quien había estado teniendo conflictos últimamente por una novia que María Elena consideraba "inconveniente" y que temía lo alejara de los caminos del Señor. Y los mellizos, Lucía y Mateo, catorce años de edad, aún dependiendo de ella para todo.

—Debe ser difícil, criarlos sola —comenté, aceptando los jeans que me tendía. Nuestros dedos se rozaron brevemente. Ella retiró la mano como si hubiera tocado fuego.

—Jehová , Dios proveerá —respondió, y vi cómo sus ojos buscaban el versículo enmarcado en la pared detrás de mí. Era su escudo, su mantra, la Palabra que la mantenía firme ante las tentaciones—. El Señor nunca me ha abandonado, aunque el enemigo siempre pone obstáculos.

Noté cómo al hablar de "el enemigo" su mirada se ensombreció. No se refería solo a las dificultades cotidianas. En su vocabulario pentecostal, "el enemigo" era Satanás mismo, siempre tentando, siempre poniendo pruebas en el camino de los creyentes. Y sospeché que, en ese momento, me estaba viendo a mí como una de esas pruebas.

—Son treinta mil pesos —dijo, rompiendo el silencio que se había extendido unos segundos de más.

Saqué la billetera y pagué. Pero no me fui inmediatamente. Me quedé allí, apoyado en el mostrador, observando cómo ella anotaba la venta en un cuaderno gastado.

—¿Va a ir al culto de mañana? —pregunté.

Levantó la vista, sorprendida. Sus ojos oscuros —ojos de mapuche, me habían dicho, herencia de algún abuelo indígena— me examinaron con recelo.

—Todos los miércoles voy al templo —respondió, cautelosa—. El grupo de alabanza ensaya a las siete, y después hay oración. ¿Por qué lo pregunta?

—Estaba pensando en asistir. Para conocer mejor a la comunidad, y quizás... encontrar lo que usted ha encontrado.

Su expresión se cerró ligeramente. No quería que yo entrara en ese territorio sagrado. Era suficiente que me viera en la calle, en su tienda. Que me sentara entre los hermanos de la fe, escuchando los mismos coros que ella cantaba con los ojos cerrados y las manos levantadas, sintiendo la misma presencia del Espíritu Santo que la movía... eso era demasiado íntimo.

—La casa del Señor está abierta para todos —dijo finalmente, pero su tono decía lo contrario—. Aunque debo advertirle que aquí no se viene por curiosidad. Se viene con el corazón dispuesto a recibir la Palabra, a arrepentirse de los caminos del mundo y entregarse a Cristo. El enemigo siempre anda cercano, acechando, poniendo distracciones.

—Mi corazón está dispuesto a muchas cosas, María Elena —respondí, y dejé que mi voz bajara un tono, que cargara con un significado que ella no pudo ignorar—. Y no creo que el enemigo sea quien usted piensa.

Se sonrojó. Fue apenas un rubor en sus mejillas redondas, pero fue real. Y en ese momento, vi algo que nunca había visto en ella: duda. No era solo una mujer de fe inquebrantable. Era una mujer que sentía, que notaba la presencia de un hombre que la deseaba, y que aunque su mente rechazaba la idea —lo consideraba una distracción del enemigo, una tentación de la carne— su cuerpo respondía de alguna forma primitiva que ella no podía controlar.

—Debo cerrar —dijo bruscamente, guardando el cuaderno—. Tengo que ir a la casa, hacer la cena para los niños. Mi madre no cocina bien cuando está de mal humor, y los niños necesitan comer temprano para tomar sus remedios.

—¿Puedo ayudarle con algo? Llevarle alguna bolsa, acompañarla...?

—¡No! —La negativa salió demasiado fuerte, demasiado rápida—. Quiero decir... no es necesario. Gracias. Que el Señor lo bendiga y guarde su camino, hermano.

Tomé mis jeans y salí, pero no sin antes volverme en la puerta para verla una última vez. Ya estaba de espaldas, recogiendo las perchas de la entrada, y por un instante la luz del atardecer la iluminó de perfil, delineando la abundancia de sus caderas, la curva de su espalda, la redondez de su trasero bajo el vestido modesto.

Caminé hacia mi camioneta sabiendo dos cosas con certeza: que ella me había mentido sobre por qué quería que me fuera, y que yo no me rendiría. Había algo en María Elena que despertaba en mí una obsesión que no podía explicar. Quizás era la contradicción entre su apariencia recatada y la sensualidad que emanaba sin querer. Quizás era la fortaleza con que enfrentaba la vida, o la vulnerabilidad que asomaba cuando creía que nadie miraba.

O quizás —y esto lo sabía con certeza creciente— era que ella necesitaba ser deseada, ser vista, ser tocada, aunque su fe y su miedo le gritaran que no. Y yo estaba dispuesto a ser el hombre que le demostrara que el placer no era obra del enemigo, que su cuerpo de cuarenta y siete años merecía ser adorado, que podía ser madre, hija, hermana en Cristo... y también mujer, pura y simple mujer entregada a la pasión.

Esa noche, mientras ella preparaba la cena en la cocina de la casa arrendada, discutiendo con su hijo mayor sobre la hora de regreso de su pololeo y si esa joven lo estaba alejando de la iglesia, mientras su madre murmuraba quejas desde la sala y los mellizos hacían tarea en la mesa, yo estaba en la pensión donde me hospedaba, pensando en ella. Pensando en cómo sería desabrochar ese vestido modesto, cómo se sentiría su piel bajo mis manos, cómo sonaría su voz —esa voz que cantaba coros de alabanza los domingos— cuando la transformara en gemidos de placer.

Y en algún lugar de su mente, mientras rezaba antes de dormir, arrodillada junto a su cama con la Biblia abierta en el Salmo 51, pidiendo perdón por pensamientos impuros y fuerzas para resistir las tentaciones de la carne, María Elena también pensaba en mí. Lo sabía. Lo sentía en la forma en que sus manos temblaban al guardar los treinta mil pesos que le había pagado, en la forma en que su corazón latía más rápido cuando escuchaba el motor de una camioneta similar a la mía pasar por la calle, preguntándose si el enemigo estaba poniendo una prueba ante ella, o si Dios tenía otros planes.

El juego acababa de comenzar. Y yo tenía tiempo. Tenía paciencia. Y tenía la certeza de que, tarde o temprano, esa mujer de fe inquebrantable terminaría arrodillada ante mí, no para orar, sino para entregarse.



---continuará.....

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