Nunca se me ocurrió que el sexo anal pudiera causar un placer tal que me lleve a tener múltiples orgasmos. De hecho, hasta el día de hoy no había explorado mi sexualidad más que por medio de mis propias manos en medio de un sentimiento de culpa enorme. No fueron más que unas pocas veces pero el miedo que me provocaba era casi tan grande como el descontrolado deseo que había crecido casi sin darme cuenta. La mirada lasciva de amigos, profesores, y hasta desconocidos fue virando para mí, desde el rechazo más profundo a la provocación más genuina. Sentir como los hombres se alborotaban a mi paso empezó a excitarme a mí misma. Así es como comencé a merodear las obras en construcción de mi barrio, que fueron abriendo un apetito hasta el momento desconocido. Dejar de huir a las miradas y llegar a coleccionarlas fue un paso sin vuelta atrás: a cada una de ellas, el ardor entre mis piernas crecía, y no bien llegaba a casa, me metía en el baño y abría la ducha para disimular, mientras me masturbaba para calmar el incendio. Las miradas fueron seguidas por saludos, insinuaciones, escalando hasta piropos y propuestas que harían salir corriendo a cualquier mujer. Sin embargo, yo me había reconstruido el cuerpo a fuerza de la lamida escópica que esos hombres me lanzaban.
Un infierno reprimido me habitaba y ahora entiendo cómo es que terminé ardiendo definitivamente en las manos de los empleados de mi padre. La eclosión de hormonas era irrefrenable, aunque mi educación la negaba. Cuando llegué al negocio, ya habían cerrado y papá ya se había ido, sin embargo me hicieron pasar y lo que sucedió fue tan súbito que no requirió de muchas palabras. Apenas nos habíamos saludado con distancia; yo estaba con un pantaloncito de jogging y una remerita cortita que dejaba mi panza al aire. Desde que me puse un piercing en el ombligo no hago más que presumirlo, siempre que puedo. Al pasar entre el espacio estrecho entre uno de ellos y el mostrador, rocé involuntariamente mi cola con su miembro, inmediatamente sentí la electricidad que se difundía desde la piel hasta la fuente de mis pulsiones. Fui capturada por ese escozor que inmediatamente bloqueó cualquier otra capacidad que no sea entregarme a la lujuria. Ahora supongo que él habrá sentido algo parecido, además de sentir el estado de capitulación en la que se habían sumido mis pruritos, porque no dejó extinguir esa corriente que electrificaba mis nervios y quemaba mi sexo. Por el contrario, dio un paso adelante apoyando cabalmente su órgano que quería abrirse paso entre mis nalgas. Sentí hincharse su pene mientras yo me humedecía inmóvil. Metió sus manos debajo de mi top y me agarró las tetas, jugueteando con mis pezones radioactivos. La corriente eléctrica había nublado incluso mi juicio desintegrando por completo a la culpa al punto de recular yo misma para sentir mejor el paquete que me restregaba. Una mano firme me inclinó sobre el mueble dejando mi culo empinado. Sus dedos se colaron entre el elástico de mis pantalones y los bajaron hasta mis tobillos acompañando el movimiento con su cuerpo que también bajaba hasta arrodillarse sobre el piso. Con su cara a la altura de mi vulva separó mis piernas dejando mi flor totalmente expuesta. Sentí su lengua, fresca por su saliva, acariciar mis labios ardidos: ese contraste fue exquisito y me hizo ver estrellas, pese a mis ojos cerrados. Lamió mis labios suavemente lo cual me excitó tanto que pensé que mi clítoris estallaría y así lo hizo: exploté en un orgasmo que me dejó tiritando. Después me penetró con su lengua y sentí ese músculo escurridizo retorcerse dentro mío. Entre jadeos cuestioné “¿qué me estas haciendo?” pero tenía la vagina tan abierta que lo único que quería es que me coja de una vez. Como sin quererlo, sacó su lengua y me la paso por mi orificio anal, multiplicando el cortocircuito. Yo ya no sabía dónde estaba ni me importaba, solo necesitaba una descarga y sabía cómo pedirla: “¡metémela ya!” grité. Ahí advertí que no estábamos solos, otro empleado acudió al llamado y cuando advirtió que su compañero incrustaba la lengua en mi culo mientras yo me retorcía de placer, sacó su miembro y me lo acercó a la cara que yo infructuosamente intentaba esconder para disimular que estaba gozando como la mejor puta. Me había convertido en la ofrenda más codiciada y putita de la diosa Hebe, siendo sacrificada en el altar pagano del negocio de mi padre. Pero para esta altura ya no podía disimular nada: tomé la pija del segundo empleado con delicadeza y chupé sus huevos. Subí por el tronco de la verga hasta el glande y chupe su circunferencia. Mientras, el que me embestía con la lengua se paró, yo estaba lista para recibirlo en mi vulva, pero para mi sorpresa arremetió en mi culo previamente preparado con saliva. Me retorcí de dolor y placer. Si algún vestigio de resistencia quedaba por entonces terminé de ser doblegada. Entro hasta el fondo hasta sentir sus huevos en mi cola. El que me penetraba por la boca aumentó su ritmo hasta que en algunos segundos detonó su leche en mi garganta y tragué con fruición. A los pocos minutos tuve un par de orgasmos más producto de la penetración de mi culo primerizo que ya estaba bien dilatado. Finalmente mi primer galán eyaculó en mis entrañas dejándome el ano palpitando.
Un infierno reprimido me habitaba y ahora entiendo cómo es que terminé ardiendo definitivamente en las manos de los empleados de mi padre. La eclosión de hormonas era irrefrenable, aunque mi educación la negaba. Cuando llegué al negocio, ya habían cerrado y papá ya se había ido, sin embargo me hicieron pasar y lo que sucedió fue tan súbito que no requirió de muchas palabras. Apenas nos habíamos saludado con distancia; yo estaba con un pantaloncito de jogging y una remerita cortita que dejaba mi panza al aire. Desde que me puse un piercing en el ombligo no hago más que presumirlo, siempre que puedo. Al pasar entre el espacio estrecho entre uno de ellos y el mostrador, rocé involuntariamente mi cola con su miembro, inmediatamente sentí la electricidad que se difundía desde la piel hasta la fuente de mis pulsiones. Fui capturada por ese escozor que inmediatamente bloqueó cualquier otra capacidad que no sea entregarme a la lujuria. Ahora supongo que él habrá sentido algo parecido, además de sentir el estado de capitulación en la que se habían sumido mis pruritos, porque no dejó extinguir esa corriente que electrificaba mis nervios y quemaba mi sexo. Por el contrario, dio un paso adelante apoyando cabalmente su órgano que quería abrirse paso entre mis nalgas. Sentí hincharse su pene mientras yo me humedecía inmóvil. Metió sus manos debajo de mi top y me agarró las tetas, jugueteando con mis pezones radioactivos. La corriente eléctrica había nublado incluso mi juicio desintegrando por completo a la culpa al punto de recular yo misma para sentir mejor el paquete que me restregaba. Una mano firme me inclinó sobre el mueble dejando mi culo empinado. Sus dedos se colaron entre el elástico de mis pantalones y los bajaron hasta mis tobillos acompañando el movimiento con su cuerpo que también bajaba hasta arrodillarse sobre el piso. Con su cara a la altura de mi vulva separó mis piernas dejando mi flor totalmente expuesta. Sentí su lengua, fresca por su saliva, acariciar mis labios ardidos: ese contraste fue exquisito y me hizo ver estrellas, pese a mis ojos cerrados. Lamió mis labios suavemente lo cual me excitó tanto que pensé que mi clítoris estallaría y así lo hizo: exploté en un orgasmo que me dejó tiritando. Después me penetró con su lengua y sentí ese músculo escurridizo retorcerse dentro mío. Entre jadeos cuestioné “¿qué me estas haciendo?” pero tenía la vagina tan abierta que lo único que quería es que me coja de una vez. Como sin quererlo, sacó su lengua y me la paso por mi orificio anal, multiplicando el cortocircuito. Yo ya no sabía dónde estaba ni me importaba, solo necesitaba una descarga y sabía cómo pedirla: “¡metémela ya!” grité. Ahí advertí que no estábamos solos, otro empleado acudió al llamado y cuando advirtió que su compañero incrustaba la lengua en mi culo mientras yo me retorcía de placer, sacó su miembro y me lo acercó a la cara que yo infructuosamente intentaba esconder para disimular que estaba gozando como la mejor puta. Me había convertido en la ofrenda más codiciada y putita de la diosa Hebe, siendo sacrificada en el altar pagano del negocio de mi padre. Pero para esta altura ya no podía disimular nada: tomé la pija del segundo empleado con delicadeza y chupé sus huevos. Subí por el tronco de la verga hasta el glande y chupe su circunferencia. Mientras, el que me embestía con la lengua se paró, yo estaba lista para recibirlo en mi vulva, pero para mi sorpresa arremetió en mi culo previamente preparado con saliva. Me retorcí de dolor y placer. Si algún vestigio de resistencia quedaba por entonces terminé de ser doblegada. Entro hasta el fondo hasta sentir sus huevos en mi cola. El que me penetraba por la boca aumentó su ritmo hasta que en algunos segundos detonó su leche en mi garganta y tragué con fruición. A los pocos minutos tuve un par de orgasmos más producto de la penetración de mi culo primerizo que ya estaba bien dilatado. Finalmente mi primer galán eyaculó en mis entrañas dejándome el ano palpitando.
3 comentarios - Multiorgásmica anal