Les comparto la historia de una hotwife de Ezeiza
Me llamo Nicole, tengo treinta y tantos y estoy casada con Matías. Un tipo correcto, pero aburrido, que me mira con los mismos ojos de siempre mientras me pide un café con leche todas las mañanas. Siento decirlo, pero hace años que no siento nada cuando me toca, nada cuando me besa. Nada.
Esta noche decidí que bastaba. Me vestí con mi vestido rojo de piel, tan corto que apenas me cubría el trasero. Lo acompañé con la faja negra que aprieta mi cintura y las botas altas que me llegan hasta los muslos. Me miré en el espejo y vi a otra mujer. Una que quería ser tomada, usada, devorada.

Tomé un remis hasta Ezeiza, a ese bar de mala muerte donde los camioneros paran a beber después de rutas largas. Entré y todos los ojos se clavaron en mí. Me senté en la barra, pedí un fernet y sentí sus miradas como manos recorriendo mi cuerpo.
"¿Cuánto pedís, amor?" me preguntó uno mientras el bartender me servía el trago.
Sonreí. "Depende de lo que quieras".
La noche transcurrió lentamente, llena de miradas cómplices y palabras susurradas. El bartender, me sirvió otro trago y sus dedos rozaron los míos más de lo necesario. Me llamó "reina" y me preguntó si siempre era tan provocadora. Le respondí que solo cuando me aburría.

Pasaron las horas. El local se fue vaciando hasta que solo quedamos cuatro tipos y yo. El bartender cerró la puerta con llave y me miró con una sonrisa sucia.
"Ya que no hay más clientes, ¿por qué no nos das un espectáculo, piba?"
En ese momento, un tipo más joven con tatuajes en los brazos, se sentó a mi lado. Me habló de su camión, de las rutas largas y las noches solitarias. Su mano descansó en mi muslo, y para mi propia sorpreso no la moví. Sentía el calor de su palma a través de la piel del vestido.
"Tenés unos piernas que no tienen perdón, piba," me dijo con voz ronca.
Un hombre más corpulento y mayor, se paró frente a mí. No dijo nada, solo me miró con intensidad mientras se frotaba la entrepierna. Su mirada era tan directa que sentí cómo me humedecía. Sabía lo que quería sin necesidad de palabras.
Para rematar, un hombre flaco con ojos vivaces, se acercó por detrás y sopló en mi oreja: "¿Qué tal si te llevamos a un lugar más privado, hermosa?" Su aliento caliente me hizo estremecer.
Me levanté, me apoyé en la barra y les di la espalda. Sentí sus manos sobre mí, desabrochando mi vestido, tirando de mi faja. Uno me pasó los dedos por entre las piernas y gemí.
"Estás mojada, putita."
Me subieron a la barra. Fría contra mi espalda desnuda. El primero, el bartender, se abrió mis piernas y entró en mí de un golpe. Grité de placer y dolor. Los otros me sostenían, me tocaban, me mordían.
"¡Metele más fuerte!" grité mientras el segundo se montaba sobre mí.
Me turnaron como si fuera un trofeo. Uno me tomaba por el pelo mientras me llenaba la boca, otro me penetraba desde atrás con tanta fuerza que la madera de la barra crujía. Sentía sus cuerpos sudando sobre mí, sus olores a alcohol y a hombre.
"¡Así! ¡Sí! ¡Más!"
El bartender fue el primero en correrse. Con un gruñido animal, me agarró fuerte las caderas y sentí su leche caliente llenándome por dentro. Se retiró temblando y me dio una palmada en el culo.
"Ahora te toca a vos, pendejo," le dijo al tatuado.
El segundo entró con más violencia. Me agarró de las piernas y las levantó, dejándome abierta para él. Cada embestida me hacía gritar más. Cuando estaba a punto de correrse, se sacó y me lo tiró todo encima del vientre, caliente y espeso.
El tercero, el más corpulento, me dio vuelta. Me tomó desde atrás con tanta fuerza que la barra se movía bajo nosotros. Con una mano me apretaba el culo, con la otra me jalaba el pelo. Gritó algo incomprensible y sentí cómo se vaciaba dentro de mí, una y otra vez.

Cuando el cuarto me tuvo, ya no sentía nada más que el placer crudo, animal. Mi cuerpo era solo un recipiente para sus deseos, y yo quería más, siempre más. El flaco de ojos vivaces me subió las piernas a sus hombros y me penetró profundamente. Me miraba a los ojos mientras me follaba, y cuando estuvo por correrse, me lo sacó y me lo dio en la cara, con un chorro que me llegó hasta el pelo.
A la mañana siguiente, volví a casa con el pelo desordenado y el olor a otros hombres impregnado en mi piel. Matías me preguntó si había dormido bien.
"Perfectamente", le dije mientras sonreía.
Me llamo Nicole, tengo treinta y tantos y estoy casada con Matías. Un tipo correcto, pero aburrido, que me mira con los mismos ojos de siempre mientras me pide un café con leche todas las mañanas. Siento decirlo, pero hace años que no siento nada cuando me toca, nada cuando me besa. Nada.
Esta noche decidí que bastaba. Me vestí con mi vestido rojo de piel, tan corto que apenas me cubría el trasero. Lo acompañé con la faja negra que aprieta mi cintura y las botas altas que me llegan hasta los muslos. Me miré en el espejo y vi a otra mujer. Una que quería ser tomada, usada, devorada.

Tomé un remis hasta Ezeiza, a ese bar de mala muerte donde los camioneros paran a beber después de rutas largas. Entré y todos los ojos se clavaron en mí. Me senté en la barra, pedí un fernet y sentí sus miradas como manos recorriendo mi cuerpo.
"¿Cuánto pedís, amor?" me preguntó uno mientras el bartender me servía el trago.
Sonreí. "Depende de lo que quieras".
La noche transcurrió lentamente, llena de miradas cómplices y palabras susurradas. El bartender, me sirvió otro trago y sus dedos rozaron los míos más de lo necesario. Me llamó "reina" y me preguntó si siempre era tan provocadora. Le respondí que solo cuando me aburría.

Pasaron las horas. El local se fue vaciando hasta que solo quedamos cuatro tipos y yo. El bartender cerró la puerta con llave y me miró con una sonrisa sucia.
"Ya que no hay más clientes, ¿por qué no nos das un espectáculo, piba?"
En ese momento, un tipo más joven con tatuajes en los brazos, se sentó a mi lado. Me habló de su camión, de las rutas largas y las noches solitarias. Su mano descansó en mi muslo, y para mi propia sorpreso no la moví. Sentía el calor de su palma a través de la piel del vestido.
"Tenés unos piernas que no tienen perdón, piba," me dijo con voz ronca.
Un hombre más corpulento y mayor, se paró frente a mí. No dijo nada, solo me miró con intensidad mientras se frotaba la entrepierna. Su mirada era tan directa que sentí cómo me humedecía. Sabía lo que quería sin necesidad de palabras.
Para rematar, un hombre flaco con ojos vivaces, se acercó por detrás y sopló en mi oreja: "¿Qué tal si te llevamos a un lugar más privado, hermosa?" Su aliento caliente me hizo estremecer.
Me levanté, me apoyé en la barra y les di la espalda. Sentí sus manos sobre mí, desabrochando mi vestido, tirando de mi faja. Uno me pasó los dedos por entre las piernas y gemí.
"Estás mojada, putita."
Me subieron a la barra. Fría contra mi espalda desnuda. El primero, el bartender, se abrió mis piernas y entró en mí de un golpe. Grité de placer y dolor. Los otros me sostenían, me tocaban, me mordían.
"¡Metele más fuerte!" grité mientras el segundo se montaba sobre mí.
Me turnaron como si fuera un trofeo. Uno me tomaba por el pelo mientras me llenaba la boca, otro me penetraba desde atrás con tanta fuerza que la madera de la barra crujía. Sentía sus cuerpos sudando sobre mí, sus olores a alcohol y a hombre.
"¡Así! ¡Sí! ¡Más!"
El bartender fue el primero en correrse. Con un gruñido animal, me agarró fuerte las caderas y sentí su leche caliente llenándome por dentro. Se retiró temblando y me dio una palmada en el culo.
"Ahora te toca a vos, pendejo," le dijo al tatuado.
El segundo entró con más violencia. Me agarró de las piernas y las levantó, dejándome abierta para él. Cada embestida me hacía gritar más. Cuando estaba a punto de correrse, se sacó y me lo tiró todo encima del vientre, caliente y espeso.
El tercero, el más corpulento, me dio vuelta. Me tomó desde atrás con tanta fuerza que la barra se movía bajo nosotros. Con una mano me apretaba el culo, con la otra me jalaba el pelo. Gritó algo incomprensible y sentí cómo se vaciaba dentro de mí, una y otra vez.

Cuando el cuarto me tuvo, ya no sentía nada más que el placer crudo, animal. Mi cuerpo era solo un recipiente para sus deseos, y yo quería más, siempre más. El flaco de ojos vivaces me subió las piernas a sus hombros y me penetró profundamente. Me miraba a los ojos mientras me follaba, y cuando estuvo por correrse, me lo sacó y me lo dio en la cara, con un chorro que me llegó hasta el pelo.
A la mañana siguiente, volví a casa con el pelo desordenado y el olor a otros hombres impregnado en mi piel. Matías me preguntó si había dormido bien.
"Perfectamente", le dije mientras sonreía.
1 comentarios - En Ezeiza: 4 camioneros me confunden con puta pero me gustó