Soy Macarena, estudiante de psicología, argentina.
Llegamos a la sexta sesión con ese pibe de unos 20 años. Ya veníamos de cinco encuentros donde hablábamos de su inseguridad, de que nunca había estado con una mujer y de lo que le pesaba tener un micropene. Esta vez él me pidió si podía mostrármelo. Yo le dije que sí, que lo podía ver, pero que se quedara quieto, sin tocarse ni nada. Solo mirar.
Se bajó el pantalón y la ropa interior. Me mostró el micropene. Era bien chiquito, flácido al principio, rosadito pálido, con el prepucio todavía un poco cubriéndole la cabeza. Lo tenía ahí, quieto, para que yo lo viera. Hasta ahí todo bien.
Pero de golpe, sin preguntarme ni nada, lo agarró con la mano derecha, entre el pulgar y el índice, y empezó a masturbarse. Movimientos rápidos, cortos, para arriba y para abajo, apretando un poco. En segundos se le hinchó un poco más, el glande se descubrió del todo y quedó brilloso, con esa gotita de líquido transparente que ya le salía. Respiraba fuerte, con la boca entreabierta, la cara toda contraída de concentración. Los diez segundos pasaron volando. De repente se le tensó el cuerpo, soltó un gemidito bajo y acabó.
El semen salió de una: un chorrito blanco, espeso, que cayó mayormente al piso formando una mancha irregular. Pero un poco también salpicó hacia adelante y le cayó sobre la mesa de madera que teníamos entre los dos, unas gotas visibles, brillantes, que se esparcieron un poco.
Ahí recién paró. Soltó el micropene, que todavía chorreaba un poco, y me miró con cara de susto. Se disculpó al toque, con la voz temblando:
—Perdón, Macarena… no sé qué me pasó, no quería…
Yo me paré, lo miré fijo y le dije bien claro, sin subirle el tono pero firme:
—No. Esto no. Yo te dije que solo podías mostrármelo, nada más. Te masturbaste sin permiso, acabaste en el piso y en la mesa. Agarrá tus cosas, vístete y andate ya. No quiero escucharte más. Salí del consultorio ahora.
Él se apuró, se subió el pantalón a las apuradas, agarró la mochila y se fue sin decir casi nada más, solo un “perdón” más mientras cerraba la puerta.
Me quedé sola. Primero limpié el piso con papel y desinfectante, frotando bien hasta que no quedó rastro de la mancha. Después miré las gotas que habían caído en la mesa. Eran pocas, blancas, espesas. Con el dedo junté un poco y me lo llevé a la boca. Lo probé. Sabía salado, un poco amargo, con ese gusto característico a semen fresco. Tragué y seguí limpiando la mesa hasta que quedó impecable.
Llegamos a la sexta sesión con ese pibe de unos 20 años. Ya veníamos de cinco encuentros donde hablábamos de su inseguridad, de que nunca había estado con una mujer y de lo que le pesaba tener un micropene. Esta vez él me pidió si podía mostrármelo. Yo le dije que sí, que lo podía ver, pero que se quedara quieto, sin tocarse ni nada. Solo mirar.
Se bajó el pantalón y la ropa interior. Me mostró el micropene. Era bien chiquito, flácido al principio, rosadito pálido, con el prepucio todavía un poco cubriéndole la cabeza. Lo tenía ahí, quieto, para que yo lo viera. Hasta ahí todo bien.
Pero de golpe, sin preguntarme ni nada, lo agarró con la mano derecha, entre el pulgar y el índice, y empezó a masturbarse. Movimientos rápidos, cortos, para arriba y para abajo, apretando un poco. En segundos se le hinchó un poco más, el glande se descubrió del todo y quedó brilloso, con esa gotita de líquido transparente que ya le salía. Respiraba fuerte, con la boca entreabierta, la cara toda contraída de concentración. Los diez segundos pasaron volando. De repente se le tensó el cuerpo, soltó un gemidito bajo y acabó.
El semen salió de una: un chorrito blanco, espeso, que cayó mayormente al piso formando una mancha irregular. Pero un poco también salpicó hacia adelante y le cayó sobre la mesa de madera que teníamos entre los dos, unas gotas visibles, brillantes, que se esparcieron un poco.
Ahí recién paró. Soltó el micropene, que todavía chorreaba un poco, y me miró con cara de susto. Se disculpó al toque, con la voz temblando:
—Perdón, Macarena… no sé qué me pasó, no quería…
Yo me paré, lo miré fijo y le dije bien claro, sin subirle el tono pero firme:
—No. Esto no. Yo te dije que solo podías mostrármelo, nada más. Te masturbaste sin permiso, acabaste en el piso y en la mesa. Agarrá tus cosas, vístete y andate ya. No quiero escucharte más. Salí del consultorio ahora.
Él se apuró, se subió el pantalón a las apuradas, agarró la mochila y se fue sin decir casi nada más, solo un “perdón” más mientras cerraba la puerta.
Me quedé sola. Primero limpié el piso con papel y desinfectante, frotando bien hasta que no quedó rastro de la mancha. Después miré las gotas que habían caído en la mesa. Eran pocas, blancas, espesas. Con el dedo junté un poco y me lo llevé a la boca. Lo probé. Sabía salado, un poco amargo, con ese gusto característico a semen fresco. Tragué y seguí limpiando la mesa hasta que quedó impecable.
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