Su verga crecía en mi boca, un latido de poder que sentía contra mi lengua. La sonrisa que se dibujó en mis labios fue genuina, por primera vez sentí que tenía una baza en este juego retorcido. Pero Marcos siempre estaba un paso por delante. Con un movimiento brusco, se retiró, dejando mi boca vacía y húmeda. Su mano, fuerte y posesiva, se cerró alrededor de mi brazo y me levantó del sofá de un tirón.
—Levantate, amigo. El día recién empieza —gruñó, su aliento caliente golpeando mi cara. Me arrastró hacia la puerta del dormitorio, mis pies descalzos resbalando en el parquet. La piel se me erizaba, todavía cubierta por la película pegajosa y seca de nuestras leches. No me dio tiempo a pensar, solo a obedecer.
Entramos en la penumbra de la habitación. El único foco de luz era la lámpara de mesita de noche, que dibujaba la forma de Sofía bajo las sábanas. Se movió levemente, emitiendo un murmullo somnoliento. Marcos no tuvo delicadeza. Agarró la manta de lana y la arrojó al suelo de un solo movimiento, dejando su cuerpo desnudo a la vista. Su vestido corto estaba subido hasta la cintura, mostrando el contorno perfecto de sus caderas y su coño afeitado. Sus tetas firmes se alzaban con cada respiración profunda.
—Sofía, despierta —dijo Marcos, su voz un trueno suave pero ineludible. Ella parpadeó, sus ojos adaptándose a la luz. Al vernos de pie, a mí cubierto de semen y a él con su pija enorme y dura saliendo por la cremallera de sus pantalones, una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.
—Mmm, ¿otra ronda? —preguntó, estirándose como una gata.
—Para él, sí —dijo Marcos, señalándome con el pulgar. —Cogela. Metele toda tu verga.
Sofía me miró de arriba abajo, y su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mueca de desdén. —¿A él? No, gracias. Marcos, quieres que me toque ese... no me va a dar nada.
—Ah, ¿no? —dijo él, acercándose a la cama y bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador. —Escuchame bien, putita. Si dejas que este perrito te meta toda su leche, si lo dejas terminar dentro tuyo... después, todo el día, mi pija es solo tuya. Te la voy a meter por todos lados hasta que no puedas caminar. Te la voy a dar como a nadie.
Vi el cambio en los ojos de Sofía. Fue un cálculo instantáneo, una balanza donde su deseo por la verga de Marcos pesaba más que cualquier otra cosa. Su lengua humedeció sus labios lentamente. —Acepto —dijo, mirándolo fijamente. —Que venga.
Marcos me empujó hacia la cama. Caí sobre ella, y el impacto hizo que el colchón se hundiera. Me monté sobre Sofía, sintiendo el calor de su piel contra la mía. Sin pensarlo, guié mi miembro hacia su entrada. Estaba húmeda, pero no por mí. La penetré de un solo embestida, brusco, frenético, como si quisiera demostrarle a ella y a mí mismo que podía. Empecé a moverme, un ritmo rápido y desesperado, buscando una satisfacción que sabía que no encontraría.
Justo cuando encontraba un compás, una sombra me cubrió. Marcos estaba de pie al lado de la cama, y había sacado su verga completamente de los pantalones. La puso frente a mi cara, el glande enorme y brillante a centímetros de mis labios. El olor a macho, a sudor y a su propia excitación me embriagó. Abrí la boca sin que me lo ordenaran, un acto reflejo de sumisión y deseo. Él no esperó más. Agarró mi cabeza por la nuca, sus dedos enterrándose en mi pelo, y me empujó hacia adelante.
Su verga llenó mi boca, golpeando el fondo de mi garganta. Empezó a cogerme la boca con la misma fuerza con la que yo intentaba coger a Sofía, estableciendo un ritmo que yo debía seguir. Por cada embestida de sus caderas, yo me impulsaba hacia Sofía. Éramos una máquina de carne, unidas por su voluntad.
—Así no —escuché la voz de Sofía debajo mío, cargada de burla. —No siento nada. Marcos me rompe, me hace sentirlo hasta en la garganta. Tu... tu eres como un mosquito zumbando.
Sus palabras fueron una puñalada, pero mi cuerpo reaccionó con más furia. Aumenté la velocidad, mis caderas moviéndose como un pistón loco. El calor se acumuló en mi entrepierna, una presión insoportable. Con un gruñido ahogado por la verga de Marcos, me vine dentro de ella. Una descarga eléctrica recorrió mi espina dorsal. Pero no me detuve. Seguí moviéndome, mi miembro ultra sensible dentro de su concha, y segundos después, otra oleada de placer me golpeó, eyaculando de nuevo. Y otra. Me vacié en ella hasta que mis piernas temblaron.
Marcos se retiró de mi boca de golpe. Sentí el aire frío en mis labios hinchados. Antes de que pudiera procesarlo, un calor húmedo me salpicó el abdomen y mi propia verga. Marcos se venía sobre mí, su leche espesa y blanca cubriendo mi miembro, que todavía estaba dentro de Sofía.
—Sigue metiéndole —ordenó, su voz ronca por el esfuerzo. —Usa mi leche como lubricante. Dale, sigue.
Obedecí, moviéndome de nuevo. La sensación era ahora diferente, resbaladiza, pringosa, absolutamente pornográfica. Nuestros fluidos se mezclaban dentro de ella. Después de unos minutos, Marcos me dio la última orden.
—Bajate. Ahora lame todo. Saca con tu lengua toda nuestra leche de su concha.
Quería verme hacerlo. Miré a Sofía, quien me observaba con una sonrisa de triunfo, y luego a Marcos, cuyos ojos ardían con la orden. Bajé mi cabeza, mi cara acercándose al centro de su humillación y mi sumisión.
—Levantate, amigo. El día recién empieza —gruñó, su aliento caliente golpeando mi cara. Me arrastró hacia la puerta del dormitorio, mis pies descalzos resbalando en el parquet. La piel se me erizaba, todavía cubierta por la película pegajosa y seca de nuestras leches. No me dio tiempo a pensar, solo a obedecer.
Entramos en la penumbra de la habitación. El único foco de luz era la lámpara de mesita de noche, que dibujaba la forma de Sofía bajo las sábanas. Se movió levemente, emitiendo un murmullo somnoliento. Marcos no tuvo delicadeza. Agarró la manta de lana y la arrojó al suelo de un solo movimiento, dejando su cuerpo desnudo a la vista. Su vestido corto estaba subido hasta la cintura, mostrando el contorno perfecto de sus caderas y su coño afeitado. Sus tetas firmes se alzaban con cada respiración profunda.
—Sofía, despierta —dijo Marcos, su voz un trueno suave pero ineludible. Ella parpadeó, sus ojos adaptándose a la luz. Al vernos de pie, a mí cubierto de semen y a él con su pija enorme y dura saliendo por la cremallera de sus pantalones, una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.
—Mmm, ¿otra ronda? —preguntó, estirándose como una gata.
—Para él, sí —dijo Marcos, señalándome con el pulgar. —Cogela. Metele toda tu verga.
Sofía me miró de arriba abajo, y su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mueca de desdén. —¿A él? No, gracias. Marcos, quieres que me toque ese... no me va a dar nada.
—Ah, ¿no? —dijo él, acercándose a la cama y bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador. —Escuchame bien, putita. Si dejas que este perrito te meta toda su leche, si lo dejas terminar dentro tuyo... después, todo el día, mi pija es solo tuya. Te la voy a meter por todos lados hasta que no puedas caminar. Te la voy a dar como a nadie.
Vi el cambio en los ojos de Sofía. Fue un cálculo instantáneo, una balanza donde su deseo por la verga de Marcos pesaba más que cualquier otra cosa. Su lengua humedeció sus labios lentamente. —Acepto —dijo, mirándolo fijamente. —Que venga.
Marcos me empujó hacia la cama. Caí sobre ella, y el impacto hizo que el colchón se hundiera. Me monté sobre Sofía, sintiendo el calor de su piel contra la mía. Sin pensarlo, guié mi miembro hacia su entrada. Estaba húmeda, pero no por mí. La penetré de un solo embestida, brusco, frenético, como si quisiera demostrarle a ella y a mí mismo que podía. Empecé a moverme, un ritmo rápido y desesperado, buscando una satisfacción que sabía que no encontraría.
Justo cuando encontraba un compás, una sombra me cubrió. Marcos estaba de pie al lado de la cama, y había sacado su verga completamente de los pantalones. La puso frente a mi cara, el glande enorme y brillante a centímetros de mis labios. El olor a macho, a sudor y a su propia excitación me embriagó. Abrí la boca sin que me lo ordenaran, un acto reflejo de sumisión y deseo. Él no esperó más. Agarró mi cabeza por la nuca, sus dedos enterrándose en mi pelo, y me empujó hacia adelante.
Su verga llenó mi boca, golpeando el fondo de mi garganta. Empezó a cogerme la boca con la misma fuerza con la que yo intentaba coger a Sofía, estableciendo un ritmo que yo debía seguir. Por cada embestida de sus caderas, yo me impulsaba hacia Sofía. Éramos una máquina de carne, unidas por su voluntad.
—Así no —escuché la voz de Sofía debajo mío, cargada de burla. —No siento nada. Marcos me rompe, me hace sentirlo hasta en la garganta. Tu... tu eres como un mosquito zumbando.
Sus palabras fueron una puñalada, pero mi cuerpo reaccionó con más furia. Aumenté la velocidad, mis caderas moviéndose como un pistón loco. El calor se acumuló en mi entrepierna, una presión insoportable. Con un gruñido ahogado por la verga de Marcos, me vine dentro de ella. Una descarga eléctrica recorrió mi espina dorsal. Pero no me detuve. Seguí moviéndome, mi miembro ultra sensible dentro de su concha, y segundos después, otra oleada de placer me golpeó, eyaculando de nuevo. Y otra. Me vacié en ella hasta que mis piernas temblaron.
Marcos se retiró de mi boca de golpe. Sentí el aire frío en mis labios hinchados. Antes de que pudiera procesarlo, un calor húmedo me salpicó el abdomen y mi propia verga. Marcos se venía sobre mí, su leche espesa y blanca cubriendo mi miembro, que todavía estaba dentro de Sofía.
—Sigue metiéndole —ordenó, su voz ronca por el esfuerzo. —Usa mi leche como lubricante. Dale, sigue.
Obedecí, moviéndome de nuevo. La sensación era ahora diferente, resbaladiza, pringosa, absolutamente pornográfica. Nuestros fluidos se mezclaban dentro de ella. Después de unos minutos, Marcos me dio la última orden.
—Bajate. Ahora lame todo. Saca con tu lengua toda nuestra leche de su concha.
Quería verme hacerlo. Miré a Sofía, quien me observaba con una sonrisa de triunfo, y luego a Marcos, cuyos ojos ardían con la orden. Bajé mi cabeza, mi cara acercándose al centro de su humillación y mi sumisión.
2 comentarios - Mi novia se obsesiona con la pija de mi amigo 9