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Una experiencia loca

UNA EXPERIENCIA LOCA
Como te prometí, aquí está una historia loca que viví hace varios años… una de tantas que no son extremas, pero sí profundamente morbosas y cachondas. Todo empezó por el tema de los calzones.
La primera vez que descubrí lo que hacían los hombres con la ropa de las mujeres fue con un primo. Él y mi tía llegaron a vivir a mi casa porque se había separado de su marido, y se quedaron con nosotros varios años. Teníamos mucha confianza. Él era super buena gente conmigo, aunque siempre me di cuenta de cómo me miraba o me espiaba… pero nunca le di importancia.
En una ocasión salimos como de vacaciones a un lugar de cerros y pirámides. Fue divertido, pero el primo, cada que podía, me veía los calzones o se me arrimaba jugando. Yo le seguía el juego porque me parecía excitante ver cómo se ponía de loquito. Hasta bromeábamos. Cuando veía que no podía subir a algún lugar, él me ayudaba: me jalaba o de plano se bajaba y me empujaba… pero bien que se aprovechaba para agarrarme las nalgas. Yo riéndome y bromeando, y él feliz.
El día que regresamos cargamos todas las cosas. Cuando llegamos a la casa no encontré una bolsita donde guardaba mis pantys sucias. Por más que busqué, no la hallé. Le pregunté a mi mamá y dijo que no vio nada. Mi tía igual. Hasta bromeaban con que igual las dejé en el cuarto del hotel… o que se las había dejado a algún muchacho. Yo estaba segura de que no.
Pregunté, pero no se me ocurrió decirle a mi primo. Aunque lo vi nervioso cada vez que preguntaba. Fue como a los tres días que entré a su cuarto y, sin querer, abrí una maleta de sus cosas. Y ahí estaba la bolsita.
No inventes.
Estaban todas mis pantys perdidas, ya apestosas, impregnadas de un olor denso, dulzón y salado que no era solo el mío. Un aroma que se había vuelto más oscuro, más íntimo, como si hubiera fermentado en el calor de su deseo. No dije nada en el momento. Cuando lo vi, le pregunté otra vez y me dijo que no sabía nada. Ya enojada le dije:
—¿No sabes? ¿Y esto qué es?
Saqué su maleta, la bolsa, y vacié los calzones frente a él. Se puso rojo de la pena. No sabía qué decir. Yo, entre enojada y divertida de ver su cara, le dije que ahora sí la iba a pasar mal, porque yo le tenía confianza y además era su prima.
—¿Por qué me haces eso?
Él, todo apenado, me prometió que era la primera vez, que le ganó la curiosidad. Le dije que no era cierto, porque tenía otros que perdí hacía más tiempo.
—¿Qué hacías con eso? —le pregunté—. ¿Eres gay o travesti o qué onda? ¿Desde cuándo usas pantaletas en vez de bóxer?
Él, confundido, dijo que nada, que era solo curiosidad.
—¿Curiosidad… y están así de sucios?
Desesperado me pidió que lo perdonara, que me los pagaba, pero que no dijera nada. Le dije:
—Si me los vas a pagar, me vas a comprar otros para reponerlos… y además vas a lavarme estos… y vas a ayudarme con lo que me toca de la casa.
—Sí, chava, sí, lo que digas… pero por favor no digas nada.
Me hice la enojada, me salí y le dije:
—Pues empieza a lavar. Y quiero los nuevos para el fin de semana.
Me ofreció dinero, pero le respondí:
—No agarraste dinero. Agarraste mis calzones. Así que me los repones.
Hizo todo lo que le pedí. Lo perdoné. Y ya me contó que era curiosidad de ver lo que yo usaba… y cómo olían. Que lo comprendiera.
Y yo, en plan de amigos, le dije que estaba bien, que viera lo que quisiera… pero que tuviera cuidado de que no lo viera alguien. Y que además seguiría lavándolos cada semana.
Él, feliz de la vida.
Y así fue la primera vez.
Pero la historia no terminó ahí.
Después de eso, algo cambió entre nosotros. Empezó como un juego silencioso. Cada domingo él dejaba mis tangas limpias, dobladas con un cuidado casi reverente, encima de mi cama. A veces, cuando nadie miraba, yo las tomaba todavía húmedas del lavado y las acercaba a mi cara. Olían a jabón… pero debajo todavía quedaba un rastro de él: ese aroma masculino, caliente, que se había mezclado con el mío.
Me empezó a gustar.
Me gustaba imaginarlo abriendo el cajón, sacando una tanga negra de encaje todavía tibia de mi cuerpo, llevándosela a la nariz como si fuera una flor prohibida. Me gustaba pensar en sus dedos recorriendo la tela fina, apretándola contra su cara, inhalando profundo el olor de mi coño, de mi sudor, de los días que la había usado. Me excitaba saber que alguien más podía oler exactamente lo mismo que yo olía cuando me tocaba.
Una tarde, ya con más confianza, lo enfrenté de nuevo. Estábamos solos en la casa. Entré a su cuarto sin avisar. Él estaba sentado en la orilla de la cama. Me miró sorprendido.
Yo cerré la puerta detrás de mí y sonreí.
—Hoy traigo puesta una que te va a gustar —le dije, sin acercarme demasiado.
Me levanté un poco la falda y le mostré la tanga negra de tirantes finos que llevaba. Se le abrieron los ojos. No dije nada más. Solo me metí los dedos por los lados, enganché la tela y me la bajé despacio, muy despacio, dejando que él viera cómo se deslizaba por mis caderas, por mis muslos, hasta que quedó colgando de mi mano.
La tanga todavía estaba caliente de mi cuerpo.
Me la llevé entre las piernas. Con dos dedos abrí un poco mis labios —ya estaba húmeda, brillando— y pasé la tela por mi vagina. La froté despacio, de arriba abajo, sintiendo cómo se empapaba. El calor de mi coño se pegó a la tela en segundos. El olor salió inmediato: salado, dulce, un poco ácido, como el mar después de una tormenta. La tanga quedó calientita y mojadita, pesada de mi jugos.
Se la extendí.
—Tómal a —susurré—. Todavía está tibia… y mojada.
Él la recibió con las dos manos, como si fuera algo sagrado. La acercó primero a la nariz y respiró hondo, con los ojos cerrados. Vi cómo se le hinchaba el pecho. Cómo apretaba la tela contra la cara, inhalando una y otra vez ese olor que yo acababa de dejarle. No me tocó. No me pidió nada. Solo olió. Y yo me quedé de pie, mirándolo, sintiendo cómo me mojaba más solo de verlo.
Me gustaba.
Me gustaba mucho que las tocara.
Que las viera colgando de su mano.
Que las acercara a la nariz y respirara profundo.
Que se perdiera en ese olor que solo yo podía dejar.
Es como regalar un pedazo secreto de mí. Un mapa invisible de mi cuerpo. Y saber que alguien más lo está explorando… me prende de una forma que no puedo explicar.
Desde ese día, cada semana le dejaba un par de tangas usadas en su cajón. A veces las encontraba después en su almohada. Otras veces me las devolvía todavía tibias de haber estado contra su cara. Y cada vez que lo hacía, yo sentía un calor especial entre las piernas.
Porque me gusta.
Me gusta que toquen mis tangas.
Que las vean.
Que las huelan.
Todavía calientitas… y mojaditas.
Esa fue la primera vez.
Después el juego siguió creciendo, hasta llegar a tocarnos y masturbarnos juntos .
Pero eso… es otra historia.
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Y de vez en cuando aún fantaseo rico en aje alguna visita llegué a mi casa entre a mi cuarto y llene mis calzones de rico semen y yo los use a si todo el día!!

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