Mi novia se llama Daniela, tiene 22 años. Es chaparrita, mide como 1.53 o 1.56 a lo mucho, es blanca como piel de porcelana, su familia es de Jalisco. Tiene una figura muy hermosa, un cuerpo muy definido; las piernas son bien proporcionadas porque hace ejercicio. Tiene un culo divino y unas tetas riquísimas; para la estatura que tiene, las nalgas son lo que más resalta en ella. Solo para ser más descriptivo, es de las mujeres que si se pone un pantalón de mezclilla aesthetic, como le dicen, sí se ve nalgona. Tiene una cara muy dulce y angelical, aunque cuando se enoja la esconde, y unos labios carnosos y rosas.
Yo también tengo 22 años, mido 1.75: muy alto para ser chaparro y muy chaparro para ser alto. No estoy corpulento, tengo más bien un cuerpo normal, me gusta correr pero no estoy definido, solamente no tengo exceso de grasa y arrastro una media pancita chelera. Soy de tez aperlada, aunque a diferencia de mi novia, yo parezco más moreno.
Nosotros teníamos una vida normal; bueno, al menos desde mi perspectiva sí lo era. Hemos estado juntos desde hace 10 años .Yo fui su primer novio y ella fue mi primera novia formal como tal; antes de andar, éramos mejores amigos. Para ese entonces, los dos estábamos en la universidad. Ella estudiaba Administración de Empresas y yo Ingeniería Electrónica. Sus papás vivían en Jalisco, así que le rentaban una casa para ella sola aquí en la ciudad. Teníamos la relación perfecta.
Nuestra rutina era muy coordinada. Como nuestras carreras estaban en facultades distintas, yo pasaba por ella a la salida para irnos directo a su casa. Comíamos algo, hacíamos la tarea juntos y pasábamos las tardes ahí. A veces me quedaba a dormir con ella y otras tenía que regresar a mi casa por reglas de mis papás, pero prácticamente vivíamos pegados. Teníamos también nuestros propios círculos: ella salía con su grupo de amigas de Administración y yo me juntaba con mis compañeros de la ingeniería. Hacíamos prácticamente todo juntos: la despensa, la comida y las vueltas del día a día, aunque de vez en cuando ella salía sola con sus amigas y yo me reunía con los míos. Por lo mismo, mis amigos de la ingeniería ya la conocían, al menos de vista y de tratarla en ocasiones contadas.
El cambio empezó en una fiesta de la facultad de Derecho. Una de las amigas de Daniela la invitó y ella me dijo que fuéramos. Yo aproveché para avisarles a mis amigos y nos caímos todos allá. En medio de la fiesta, mientras bailábamos, me dio sed.
—Voy por más cheve —le dije al oído—. Ahorita vengo, espérame o vete a la mesa.
Caminé entre la gente hacia la barra. De regreso, con las bebidas en la mano, busqué a Daniela con la mirada. Ahí estaba, bajo las luces del salón, bailando de frente a un tipo que me daba la espalda. Ver la forma en que movía la cadera de un lado a otro, brincando feliz y completamente entregada a la música con ese top rojo y el pantalón de vinipiel, hizo que algo en mí se erizara. No era enojo ni celos tradicionales; era una sensación extraña, una mezcla de shock e hiperfijación que me congeló un segundo en el lugar. Ni siquiera sentía lo frío de la cubeta que traía en la mano.
En ese instante, a medio metro de mí, escuché las voces de mis propios amigos, con los que yo venía en la fiesta. Yo no los había visto y ellos tampoco se habían dado cuenta de que yo estaba ahí, justo a su lado:
—Uf, ¿ya viste a Daniela? Está para partirla —dijo uno sin quitarle los ojos de encima.
—Sí, la neta sí —asintió el otro.
—Se ve que Raúl no la llena —remató el tercero.
El veneno me cayó directo en el estómago, pero me lo tragué sin decir una sola palabra. Me di la vuelta para rodear la pista por el otro extremo, esquivando a la gente hasta llegar justo a espaldas de Daniela. Le pasé el brazo por la cintura para pegarla a mí. Ella, ya ambientada, dio media vuelta al sentirme, me echó los brazos al cuello y me dio un beso rápido.
—¡Pensé que ya te habías ido a vivir a la barra! —me dijo al oído con una sonrisa enorme.
Fue ahí cuando el chavo con el que bailaba de frente se dio la vuelta. Era Iván, su amigo de la carrera. Me saludó con la cabeza, relajado, y siguió en lo suyo. Saber que era Iván desinfló la sospecha sobre el tipo, pero el comentario de mis propios amigos se me quedó bien clavado en la cabeza. Después de ese momento a solas, me incorporé con ellos a la pista. Nos pusimos a bailar, tomar, gritar y brindar en grupo. Disfrutamos el resto de la noche como si nada hubiera pasado. Para cuando dieron cerca de la una de la mañana, la música bajó de volumen, las luces se encendieron y el evento llegó a su fin.
Caminamos juntos de regreso a su departamento. Al entrar, la casa nos recibió en un silencio total. Decidimos pedir algo de comer para bajar la peda, así que me senté en el sillón de la sala a revisar las aplicaciones en el celular mientras lo platicaba con ella. Daniela no se decidía por nada. En eso la vi pasar hacia la cocina. La seguí con la mirada desde el sillón, viendo cómo el pantalón de vinipiel le marcaba las nalgas a cada paso. Me levanté, fui tras ella y le llegué por la espalda en la barra, pegándome tanto que sintió clarito cómo me tenía. Empecé a abrazarla, a besarle el cuello y a manosearla. Le pasé las manos por todo el cuerpo, bajando y subiendo despacio hasta agarrarla bien de las nalgas.
Ella se dejó llevar, pero en un momento de lucidez entre tanto beso, decidimos movernos al cuarto. Apenas íbamos entrando, Daniela me dio la espalda y se dejó caer en la cama, quedando en cuatro. Ver esa vista desde atrás, con el vinipiel apretado en su cadera, hizo que la voz de Fer me retumbara en la cabeza: «Uf, está para partirla».
Sentí una punzada brutal. Mi erección se puso aún más dura y una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo de golpe. La acomodé mejor, levantándole las nalgas, y empecé a jalarle el pantalón de vinipiel para quitárselo. Mientras luchaba contra la tela ajustada, ella solo gemía y se dejaba llevar; el alcohol siempre la ponía increíblemente caliente. En cuanto logré sacarle el pantalón por completo, me abalancé sobre ella. Metí la lengua entre sus nalgas y empecé a chuparla con una desesperación que me sobrepasaba; la excitación me tenía fuera de mí.
—Uff… sí, no pares… uff, amor, qué rico —balbuceaba ella con la voz entrecortada, hundiendo la cara en las almohadas.
Yo no decía nada, solo me concentraba en seguir lamiéndola mientras con las manos le recorría la espalda y le abría las nalgas para llegar más profundo. Después me detuve un segundo y le tiré una mordida firme en una de las pompas. Aprovechando que estaba completamente entregada, empecé a meterle los dedos: primero uno, despacio, sacándolo y dando círculos antes de meterle dos. Ella estaba empapada, así que no hubo resistencia. Pasé una de las manos hacia adelante para sobarle el clítoris, haciéndola gemir más fuerte mientras se retorcía, perdida en el éxtasis. Ella solo movía la cadera de un lado a otro para sentirme más, buscando que mi lengua alcanzara a rozarle el clítoris mientras yo subía y bajaba entre sus piernas.
Cuando la calentura me rebasó, me puse de pie, la volteé de frente y me bajé el pantalón. Estaba completamente ido de la excitación. Me acerqué y se la puse directo en la cara. Daniela, como loca, la agarró con las dos manos.
—Oh, mi amor… justo lo que necesitaba —dijo con la voz ronca antes de metérsela a la boca.
Comenzó a chupármela con una desesperación que me estaba sacando de mí mismo. Sentía la presión de su boca, el calor de su garganta y la forma en que me apretaba los testículos con la mano libre mientras le daba jalones profundos.
—Uf, la tienes durísima, mi amor… estás bien excitado —soltó entre chupadas, mirándome desde abajo con los ojos a medio cerrar.
—¿Cómo no? Si tú me pones así —le contesté fuera de mí, agarrándole el pelo—. Con esas nalgotas, esas tetas y esa boquita de putita, ¿cómo no voy a estar así?
Después de casi cinco minutos de que me la estuviera chupando como si fuera su dulce favorito, con esa boca suave y empapada en saliva que te hace sentir en las nclouds —algo que con el tiempo ella aprendió a hacer muy bien—, me decidí a cogérmela como se merecía. La volteé y la puse en cuatro. Al ver esas nalgas de nuevo, le dejé caer una nalgada tan fuerte que retumbó en todo el cuarto. Me agarré la verga y la dirigí directo a la entrada. Ella se quedó quieta, contenida, como esperando a que la clavara. Se la dejé ir toda de un solo golpe.
—¡Ah! ¡Sí! —gritó, ahogando la voz en la almohada.
Empecé a meter y sacar lento, bien profundo. La agarré de las caderas, enterrándole los dedos en la piel mientras aceleraba el ritmo, dándole duro, fuerte, metiendo y sacando sin piedad.
—¡Sí, así! ¡Cógeme, mi amor, cógeme! ¡Dámelo todo! —gritaba fuera de sí.
En ese momento, una imagen me cruzó la mente: por un segundo me imaginé que no era yo el que se la estaba cogiendo. La noción me asustó, pero el morbo me hizo embestir aún más duro, con más violencia. Quería que siguiera gritando, que se desgañitara. Mojé mis dedos con sus propios fluidos, se los puse directo en el clítoris y empecé a frotárselo frenéticamente mientras me la cogía sin parar. Con la otra mano la agarré del pelo, jalándola hacia atrás contra mi pecho.
Un orgasmo doble nos atravesó al mismo tiempo. Ella se desplomó exhausta sobre el colchón y yo me dejé caer pesado sobre su espalda, respirando a ráfagas. Nos acomodamos de cucharita, abrazados en el silencio del cuarto, y entre el cansancio y el alcohol, no supe en qué momento me quedé dormido.
Desperté a medias, envuelto en la bruma de la resaca y el cansancio de la noche anterior. Sin embargo, antes de abrir los ojos del todo, sentí un calor húmedo y rítmico envolviéndome la verga. Era la boca de Daniela. Con la luz del sol matutino filtrándose apenas por la persiana, ella me la estaba chupando despacio, con una dedicación hambrienta, empapándomela en saliva hasta hacerme perder el aliento. En mi mente la erección no había cedido del todo; la carga del shock de la noche anterior, las voces de Fer y mis compas en la fiesta, todo seguía flotando en mi cabeza.
Cuando sentí que estaba a punto de venirme, le avisé con un toque en el hombro. Daniela no se quitó; al contrario, apretó el ritmo y me sostuvo la mirada mientras yo me venía de golpe en su boca. Me quedé respirando agitado, viendo cómo sostenía el semen unos segundos antes de girarse hacia la orilla de la cama para escupirlo en un pañuelo de la mesa de noche, exactamente como lo hacía siempre. Inmediatamente después, se puso de pie, caminó al baño en silencio y escuché el agua del lavabo correr junto con el sonido del cepillado de dientes. Regresó un minuto después, con el aliento fresco a menta, para darme un beso rápido en la mejilla.
—Listo, mi amor… pero acuérdate que no me lo trago —me dijo en un murmullo juguetón mientras se acomodaba de nuevo para dormir.
La vi ponerse boca abajo, cerrando los ojos para recuperar el sueño. La cobija le rodó hasta la cadera, dejando al descubierto el cachetero gris ajustado que le marcaba perfecto las nalgas y la marca que mis dedos le habían dejado la noche anterior. Me quedé parado a la orilla de la cama. Sin pensar detenidamente por qué lo hacía, sin un plan frío en la cabeza, sentí el impulso visceral de capturar esa imagen. Saqué el celular, me acerqué en silencio y le tomé la foto desde arriba, enfocando el relieve de su cadera y la prenda ajustada. Guardé el teléfono en el bolsillo y la foto quedó ahí, sepultada en la galería como una prueba silenciosa.
Pasaron dos semanas de rutina normal. Estábamos en las bancas de la facultad: Mateo, Fer, Santi y yo. Teníamos que revisar un diagrama del pizarrón al que le tomé foto esa mañana. Como eran varias imágenes de la guía de estudio, le presté mi celular a Fer para que los tres revisaran amontonados sobre la pantalla.
Fer empezó a pasar las fotos: apunte 1, apunte 2, diagrama… y en un movimiento rápido del pulgar, deslizó de más.
En la pantalla brilló la foto de Daniela dormida boca abajo, con la cobija abajo y el cachetero gris remarcándole todo el contorno de la cadera y las nalgas. Se hizo un silencio sepulcral de tres segundos. Nadie se movió. Fer se puso rojo al instante, Santi tragó saliva duro y Mateo peló los ojos disimuladamente, fijando la mirada en el volumen del cachetero antes de que Fer deslizara la pantalla de regreso a toda prisa. Nadie dijo una sola palabra, pero la tensión en el ambiente se puso densísima.
Pasaron dos semanas más de ese incidente. Un día fui al gimnasio con Mateo por la tarde. Al terminar la rutina, entramos al área de regaderas sin puertas. Al girarme para alcanzar el jabón, lo vi desnudo bajo el agua. Sin querer me di cuenta de que tenía una verga que, aun morcillona, ya estaba del tamaño de la mía cuando estoy erecto. Me quedé congelado un segundo, disimulando la mirada hacia el piso mientras sentía un golpe helado en el estómago. La imagen me persiguió todo el camino a casa.
Camino al departamento, la imagen no se me salía de la cabeza. Pero la inseguridad inicial empezó a deformarse en algo mucho más oscuro. Mi mente empezó a juntar las piezas: la foto en cachetero, el pavor de Daniela a un embarazo… y la desproporción de Mateo. Me entraron preguntas que me aceleraban el pulso: ¿Qué pasaría si Daniela tuviera ese tamaño enfrente? ¿Qué cara pondría al ver una verga que no le cabe en la mano? ¿Se olvidaría de su pánico a quedar embarazada si un cabrón así la agarrara con esa fuerza?
Días después, en el departamento de Daniela, ella se ponía crema frente al espejo mientras hablábamos de la facultad:
—Oye, el tal Mateo… no sé, como que tiene cara de ser bien flaquito o medio aburrido, ¿no?
Me quedé mirándola desde la orilla de la cama. En mi cabeza resonó de inmediato la imagen de Mateo desnudo bajo el agua de las regaderas. Sentí un golpe helado en el estómago, pero la inseguridad se transformó rápido en ese morbo oscuro.
—Créeme que de flaquito no tiene nada —le solté con una seguridad seca.
Daniela se giró a verme con la crema a medio untar, frunciendo el ceño con una risita entre confundida y divertida.
—¿Ah, sí? ¿Y tú cómo sabes tanto? Qué asco, Raúl, ni que le anduvieras viendo.
—Vamos al mismo gimnasio y en las regaderas es imposible no notarlo. Sin querer me di cuenta de que ese cabrón tiene una verga que, aun morcillona, está del tamaño de la mía cuando estoy erecto. Es un monstruo, Daniela. Te apuesto a que si tuviera una erección enfrente de ti, se le notaría sobre el pantalón sin el esfuerzo.
Daniela se quedó helada. La risa se le congeló en los labios y se quedó en silencio un par de segundos, procesando la imagen explícita que su propio novio le acababa de describir.
—Ay… qué pendejadas dices, Raúl —masculló al final, volviéndose al espejo un poco más despacio, intentando disimular la impresión.
Estábamos en el sillón de su departamento. Daniela traía puesta una playera holgada mía y un short corto que le dejaba al descubierto sus piernotas. Tenía las piernas cruzadas y estaba concentrada viendo una serie, pero el ambiente entre los dos llevaba días volviéndose raramente pesado. La culpa, mezclada con esa fijación morbosa que no me dejaba en paz desde lo del gimnasio, me estaba quemando por dentro.
—Oye, Dany… —le dije, interrumpiendo la pantalla con un tono de voz deliberadamente bajo, buscando sonar arrepentido pero firme.
—¿Qué pasó? —respondió sin voltear del todo, con la mirada aún en la tele.
—Tengo que decirte algo, pero no quiero que te enojes ni que hagas un drama. Fue un accidente estúpido.
Ahí sí se giró. Apagó el volumen de la tele con el control y me miró con el ceño ligeramente fruncido.
—A ver… ¿qué hiciste, Raúl?
Tragué saliva, actuando la incomodidad perfecta.
—El otro día que estábamos estudiando en la facultad… les estaba enseñando unos diagramas a los muchachos en mi celular. Le presté el teléfono a Fer para que checara unas hojas y… el pendejo deslizó la galería de más.
Daniela se quedó rígida. El color de su cara empezó a cambiar lentamente.
—¿Y? ¿Qué vio?
—Se fue una foto que te tomé hace unas semanas… cuando estabas dormida boca abajo. En el cachetero gris.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Daniela abrió la boca un par de veces sin que le saliera la voz. La vergüenza y la indignación le encendieron las mejillas de un rojo vivo. Se llevó una mano al pecho, procesando el impacto.
—¿Cómo que una foto mía en ropa interior, Raúl? —soltó en un susurro cargado de rabia y timidez—. ¿Y Fer la vio? ¿Quiénes más estaban ahí?
—Estaban Fer, Santi… y Mateo —dije, dejando caer ese último nombre con precisión quirúrgica.
Daniela se cubrió la cara con las dos manos, dejando escapar un gemido de pura pena.
—No mames, Raúl… qué puto asco y qué vergüenza. ¿Qué van a pensar de mí? ¿Por qué chingados me tomas fotos dormida?
—Fue un segundo, Dany —la interrumpí, tomándola suavemente de las manos para quitárselas de la cara—. Fer la quitó en chinga y nadie dijo nada. Se quedaron mudos. Pero te lo digo porque no quiero guardarte secretos.
Ella no respondió. Se me quedó viendo con los ojos abiertos, la respiración agitada y los labios apretados. En su mente, la mezcla era caótica: la pena atroz de saber que tres cabrones le habían visto el trasero, pero sobre todo, la idea fija de que Mateo —el tipo de quien días atrás yo le había dicho que guardaba una verga que aun morcillona igualaba a la mía erecta— ya conocía cada curva de sus nalgas en la intimidad de su cama.
Esa misma noche, después de la discusión, fuimos a la cama. Mientras ella dormía de lado, me quedé mirándole la cadera bajo la cobija. Sabía que la fisura en su pudor ya estaba hecha.
Llegó la noche del cumpleaños de Daniela. Quería brillar en su fiesta, así que se arregló con toda la alegría de la festejada: se puso una blusa de tirantes que enmarcaba perfecto el volumen firme de sus pechos y una minifalda negra de corte fluido y ligero, entallada en la cintura pero con vuelo abajo. Como la falda era ajustada de arriba, decidió no usar cachetero para que no se le marcara la lencería, optando por una tanga discreta. Lucía hermosa, despampanante, con los labios pintados de un rojo intenso que acaparaba las miradas en la terraza.
Mateo llegó un poco más tarde, vistiendo una camisa oscura y un pantalón de vestir gris de tela delgada y caída suave. Saludó a Daniela con un abrazo educado pero firme. Al sentirlo cerca, a ella se le encendieron las mejillas por la pena de recordar la confesión de la foto, pero intentó disimularlo rápido para disfrutar su noche.
La fiesta avanzaba y las ganas de bailar de Daniela eran evidentes. Sin embargo, tras unas cubas y un mal paso cerca de la barra, me doblé feo el tobillo izquierdo. El dolor me sacó una mueca y tuve que irme a sentar al sillón de la terraza con un vaso de hielo.
—No mames, Raúl… ¿en serio te lesionaste ahorita? —protestó Daniela, haciendo un puchero genuino de cumpleañera. En ese momento sonó una bachata alegre, una de sus favoritas—. Es mi bachata, mi amor… no te pases.
—Ve a bailar con alguien en lo que se me pasa esto, mi amor —le dije.
Mateo, que estaba cerca, dio un paso al frente con tranquilidad.
—Yo la acompaño, Raúl, para que no se quede sentada en su canción —dijo con voz calmada.
Daniela dudó un segundo, pero le tomó la mano a Mateo y salieron a la pista. Al principio fue un baile limpio, alegre. Sin embargo, al marcar una vuelta rápida, el vuelo de la minifalda ligera se le levantó por completo. Fue solo una fracción de segundo, pero Mateo alcanzó a ver directo la curva de sus nalgas descubiertas por la tanga. Daniela reaccionó en chinga, bajándose la falda con la cara ardiendo de vergüenza. Al levantar la mirada, atrapó a Mateo con la guardia baja: su rostro se había transformado en una expresión densa, pesada, de puro deseo concentrado.
Sin pausa, el DJ ligó esa pista con una segunda bachata: un ritmo mucho más lento y sensual. La cadencia los obligó a cerrarse. Mateo la tomó de la cintura con mano firme para marcar el vaivén pegados. La falda fluida no ofrecía resistencia contra la tela delgada del pantalón de vestir de él. En cada tiempo musical, Daniela sintió de lleno, contra la parte alta de su muslo y la cadera, el bulto pesado, denso y bofo de la verga de Mateo en reposo.
Un, dos, tres, roce…
La mezcla fue demasiado: el choque táctil de esa carne caliente, la cara de deseo de Mateo, la foto en cachetero y el recuerdo de lo que yo le había contado sobre su tamaño. Daniela sintió una descarga eléctrica que le recorrió el vientre. Abrumada, cortó el paso sutilmente antes de que terminara la canción.
—Ay, como que me cansé un poquito… voy a ver cómo sigue Raúl —dijo disimulando con una sonrisa nerviosa.
Mateo la acompañó de regreso al sillón. Daniela se sentó a mi lado con las piernas bien cerradas, la respiración acelerada y los labios rojos entreabiertos, sin atreverse a voltear a ver a Mateo en todo lo que restaba de la tanda.
En eso, el ambiente cambió. De la bachata pasamos a un reggaetón viejito y pesado. Para entonces, la mezcla del ketorolaco con las cubas me había hecho un efecto brutal; yo permanecía medio hundido en el sillón, adormilado, torpe y desconectado de la fiesta.
Valeria, atenta a todo, vio la oportunidad perfecta. Tomó a Daniela de la mano y la arrastró a la barra, sirviéndole un par de shots de tequila que le encendieron la sangre y le bajaron las defensas.
—Mira, Mateo está libre, no seas aburrida —la molestó Valeria, dándole un empujón ligero hacia él.
Daniela no puso resistencia. Mateo la tomó de la cintura, la hizo dar una vuelta y, al quedar de espaldas, se le pegó por completo. El contacto fue fulminante: la minifalda era casi inexistente contra el pantalón de vestir gris. Daniela sintió cómo el bulto —que empezaba a ponerse más denso y semierecto por la cercanía— se le acomodaba de lleno en la ranura de sus nalgas.
En lugar de alejarse, la mente de Daniela se nubló y su cuerpo tomó el control: empujada por el alcohol, comenzó a mover las nalgas despacio, frotándose al ritmo del bajo. Se dejaba llevar por la masa caliente y voluminosa que sentía a sus espaldas. A unos metros, Valeria observaba la escena fascinada; el movimiento de la tela delgada revelaba el contorno inconfundible de lo que Mateo cargaba en la entrepierna: una verga monstruosa y prominente.
Pasaron dos canciones en esa dinámica hasta que el DJ cometió un error en la transición y la música se cortó en seco por dos segundos. El silencio repentino hizo que Daniela reaccionara de golpe. Se detuvo en seco, girándose sobre sus talones.
En ese microsegundo, Mateo y Valeria notaron su estado real: la blusa de tirantes sencillos, sin copa ni relleno, dejaba ver a la perfección sus dos pezones completamente erguidos, duros y marcados a través de la tela por la excitación brutal que traía contenida. Su rostro estaba encendido y su respiración agitada.
—Voy… voy al baño un segundo —alcanzó a decir con la voz torpe.
Tomó a Valeria del brazo para no perder el equilibrio y Mateo las siguió a paso tranquilo unos metros atrás hacia el pasillo de los sanitarios. Valeria, con esa vibra juguetona y pesada tras ver el tamaño de Mateo, le dio a Daniela un empujón a propósito:
—¡Cuidado, borracha!
Daniela perdió el equilibrio por completo. Mateo reaccionó abriendo el compás de las piernas para frenarla. Daniela cayó de rodillas sobre el piso, con la cabeza justo a la altura de su ingle, y la palma de su mano derecha presionó directo sobre la base del pantalón de vestir, sintiendo bajo sus dedos la masa gruesa, densa y pesada que yo le había descrito.
Daniela levantó la vista mareada, viendo el bulto enorme de Mateo marcándose bajo la tela a centímetros de su cara. Mateo la miró desde arriba con esa calma densa y la tomó con firmeza de los hombros para ayudarla a levantarse. Valeria soltó una carcajada ruidosa:
—¡No mames, Daniela! ¡Aguántate a llegar al baño, no te le vayas a hincar aquí a Mateo!
Daniela sale del baño hecha un manojo de nervios. Se mojó la cara, intentó calmar la respiración agitada y acomodarse la blusa para disimular lo marcados que traía los pezones. La imagen de estar de rodillas frente a la bragueta de Mateo la tenía al borde de un colapso de culpa. Ignorando a Mateo y a Valeria en el pasillo, caminó a paso apresurado de regreso a la terraza. Necesitaba aferrarse a mí para sentir que no había hecho nada malo.
Llegó al sillón y se me hincó a un lado, tomándome la mano con desesperación.
—Mi amor… ¿cómo sigues? —me dijo con la voz entrecortada.
Apenas abrí los ojos. La mezcla de medicamentos y alcohol me tenía en una nebulosa.
—Bien, mi vida… ya no me duele tanto el pie —balbuceé, apretándole la mano flojamente—. Estás bien bonita… anda, ve a bailar, diviértete con los muchachos, es tu cumpleaños. Yo aquí estoy a gusto descansando.
—No, mi amor, me quiero quedar contigo… —intentó excusarse Daniela.
—No seas necia, Dany… ve a bailar, no arruines tu fiesta por mí. Ahorita se me pasa y te alcanzo.
Ese permiso medio adormilado le retumbó en la cabeza. Su mente lo interpretó como una absolución de culpa. En ese momento, Mateo y Valeria se acercaron.
—Ya oíste a tu novio, no seas aburrida —dijo Valeria tomándola del otro brazo—. Ven, vamos a bailar otra ronda.
—Vamos, Daniela. Te cuido mientras Raúl se recupera —agregó Mateo extendiéndole la mano.
Daniela tragó saliva y aceptó la mano de Mateo. Pero al volver a la pista bajo el mantra de que “solo era bailar”, la situación se desbordó. Mateo pegó su cadera a ella y sus manos comenzaron a deslizarse hacia abajo. Con una naturalidad pasmosa, metió las palmas directamente por debajo de la falda fluida de Daniela. Sus dedos tropezaron con la piel descubierta de sus nalgas, apenas cruzadas por la tanga. Mateo las agarró con firmeza, estrujándolas y levantándola levemente. Ese jalón hizo que la entrepierna de Daniela quedara montada contra la bragueta de Mateo, sintiendo la masa hirviendo y rígida de su verga chocando directo contra su humedad.
Un ahogado gemido se le quedó atorado a Daniela. Mateo empezó a desplazarla por la pista hacia un rincón más tenue de la terraza, cerca de un muro de concreto alejado de las luces. La giró con firmeza y la acomodó de frente a la pared, dejándola arqueada, con las manos apoyadas en el muro frío, la cadera levantada hacia atrás y la minifalda recogida.
Mateo se le pegó por detrás, ajustó su pantalón y le acomodó la verga gruesa directamente en la ranura de sus nalgas, subiendo y bajando en un vaivén lento y pesado. Deslizó las manos hacia arriba por debajo de sus brazos hasta alcanzarle los pechos por encima de la blusa, estrujándoselos y pellizcándole los pezones duros. A un par de pasos, Valeria observaba la escena con la boca abierta, helada de puro morbo.
Daniela respondía al baile moviéndole el culo a Mateo para buscar más contacto. Sintiéndose con el control total, Mateo sintió cómo la verga se le ponía bien dura. Se le pegó al oído y le susurró:
—¿Te gusta? ¿Te gusta lo que estás sintiendo?
Daniela no dijo palabra, solo soltó un suspiro ahogado. Mateo la agarró de la cintura, la giró de golpe para ponerla de frente y le tomó la mano derecha, bajándosela por el abdomen para ponérsela directo sobre el pantalón, justo encima de su verga parada. Daniela no le quitó la mano; sintió la barra dura y gruesa como su propio brazo. En ese segundo, completamente extasiada y con la cabeza nublada por el alcohol, la culpa desapareció frente a la urgencia de su cuerpo.
Mateo no estaba dispuesto a dejar pasar el momento. Con la respiración caliente pegada al oído de Daniela, echó una mirada rápida hacia los lados, asegurándose de que la penumbra de ese rincón de la terraza los cubriera. Sin soltarla del cuello, se abrió la bragueta del pantalón de vestir y se sacó la verga de un solo jalón.
Daniela, aún con la mano apoyada en su pantalón, sintió el cambio de textura instantáneo. Al bajar la mirada, la luz tenue de un reflector lejano iluminó la escena: frente a su cara tenía una verga enorme, ancha, gruesa como su propio antebrazo, con las venas marcadas y la piel tirante, soltando ya una gota de líquido preseminal que brillaba en la punta. Ella jamás había visto algo semejante; sus ojos se abrieron desorbitados y un rubor violento le encendió el rostro. La impresión la dejó en un shock absoluto, con la boca ligeramente abierta, incapaz de articular una palabra.
Mateo la agarró con firmeza del cabello y le acercó la cabeza directo a su entrepierna. Daniela, sin que nadie se lo ordenara, impulsada únicamente por el trance de la excitación y la fascinación, abrió la boca y la recibió. Le costó trabajo acomodarla: era tan ancha y larga que no le cabía completa. Apretó las manos alrededor de la base para apoyarse, pero sus dedos ni siquiera alcanzaban a cerrarse del todo alrededor del grosor. Empezó a chupársela con una desesperación ciega, agarrándose las tetas por encima de la blusa y pellizcándose los pezones duros mientras se ahogaba levemente con el tamaño.
—Ay, qué rico la chupas… ya sabía —le susurró Mateo en un gemido sordo, manteniendo la vista fija hacia el pasillo por si alguien se acercaba—. Ya sabía que eras una putita caliente. Desde que te conocí lo supe. La foto que nos enseñó tu novio de tu culo me hizo perder la razón… quería cogerte y de aquí no te me vas a escapar.
Daniela no negaba nada; con la boca llena, solo asentía con la cabeza mientras aceleraba el ritmo de la succión. A un par de metros, apoyada en la pared, Valeria miraba la escena totalmente fascinada. Sacó el celular disimuladamente y empezó a grabar en video sin flash. La luz ambiental apenas alcanzaba a registrar el bulto y la silueta de Daniela arrodillada frente a él, pero el encuadre captaba a la perfección la capitulación total de la cumpleañera.
Poco después, la música se detuvo. Daniela se puso de pie a toda prisa, acomodándose la ropa con las manos temblorosas, atrapada en un punto de no retorno: no quería que aquello continuara por el pánico a ser descubierta, pero su cuerpo entero exigía más.
Aprovechando el estado de vulnerabilidad de Daniela y el estado vegetal en el que yo me encontraba, Mateo tomó el mando. Sacó las llaves de la camioneta de mi bolsillo, me cargó del brazo y caminamos hacia el estacionamiento. El trayecto en la camioneta fue un martirio de silencio y tensión. Mateo al volante manejaba con soltura y calma absoluta, mientras yo descansaba en el asiento trasero, roncando levemente y sumido en un sopor profundo por la mezcla del alcohol y el medicamento. Valeria venía de copiloto, mirando de reojo por el retrovisor hacia Daniela, que venía sentada atrás conmigo, con la mirada perdida en la ventana, el pulso acelerado y las piernas apretadas.
Al llegar al edificio de departamentos, Mateo estacionó en el cajón asignado. Mover mi cuerpo inerte resultaba complicado.
—Está en el avión este cabrón —dijo Mateo apagando el motor—. Si lo subimos así, se nos cae en las escaleras.
Valeria, con la sonrisa cómplice de quien guardaba un secreto en la galería de su teléfono, propuso la solución:
—Yo me quedo aquí en la entrada cuidándolo en lo que espabila. Suban ustedes, abran el departamento y dejen las cosas listas. Luego bajamos por él.
Daniela no tuvo voluntad para oponerse. Subieron las escaleras exteriores y entraron al departamento en penumbra. El eco de los tacones de Daniela sobre los escalones flotantes de madera marcaba el ritmo de su nerviosismo. Mateo venía un paso atrás, devorándose con la mirada el bamboleo de sus nalgas bajo la minifalda.
Llegaron a la recámara principal. Daniela encendió la lámpara del buró y se giró hacia la cama para fingir que acomodaba las cobijas. Pero Mateo ya había cerrado la puerta con seguro. Avanzó en silencio, la tomó de la cintura y la lanzó sobre el colchón.
La sentó a la orilla, la acostó boca arriba y le abrió las piernas de par en par. Él se acomodó boca abajo entre sus muslos, dejando la pucha de Daniela pegada a su rostro. Sin preámbulos, metió la lengua directamente en su humedad. Usaba dos dedos para entrar y salir despacio mientras con el pulgar le buscaba el clítoris. Daniela se arqueó en la cama, soltando gemidos entrecortados, agarrándose de las sábanas.
De vez en cuando, Mateo interrumpía el ritmo para darle una cachetada firme en una teta o soltarle una mordida en la parte interna del muslo, dejándole la marca de sus dientes.
—Ay, sí… despacio… ay, qué rico, no pares, por favor —suplicaba ella fuera de sí.
—No voy a parar, putita, aunque me lo pidas —respondió él sin levantar la cara de su entrepierna.
Estuvo así casi veinte minutos, alternando la lengua y los dedos hasta que las piernas de Daniela empezaron a temblar convulsivamente, exhausta de pura fijación física. Necesitaba sentir la penetración; la espera la estaba desquiciando.
—Mateo… —murmuró ella con el aliento entrecortado.
—¿Qué dices, perrita? —preguntó él levantando la vista.
—Que ya me cojas… —soltó en un susurro cargado de sometimiento.
—Ok, perra. Ponte como lo que eres.
Daniela se giró y se colocó en cuatro sobre el colchón, levantando la cadera. Mateo se acomodó detrás de ella, sacó su miembro totalmente erguido y le apoyó la cabeza en la entrada.
—Chúpala un poco para que entre, aunque no creo que batallemos porque estás escurriendo —le dijo él pasándole la mano por la espalda—. ¿Así te pone tu novio o así eres con todos?
Daniela guardó silencio. Se giró ligeramente, tomó la punta con los labios, la mojó con su propia saliva y volvió a acomodarse en cuatro. Mateo posicionó la cabeza de la verga y empezó a empujar poco a poco.
Daniela sintió un calor brutal que la iba abriendo a la fuerza. Ese miembro denso, grueso como un brazo, le estiraba las paredes internas de una forma que jamás había experimentado. Mordió la almohada para ahogar el impacto, sintiendo cómo la carne de Mateo la llenaba centímetro a centímetro.
Mateo, disfrutando la opresión de las paredes de Daniela, le dejó caer una nalgada sonora en la pompa derecha.
—Ay, putita… no sabes cuántas veces quise tenerte así, en cuatro, rendida ante mi verga. Estas súper apretada
Ufff que ricas estas murmuraba Mateo mientras la metía y sentía el calor junto con la humedad de Daniela
Cuando logró meter la mitad, la agarró con fuerza del cabello, jalándola hacia atrás para levantarle el torso. Daniela no pudo contenerse más y empezó a gritar de dolor y placer mezclados.
—¿La quieres? —la desafió Mateo, deteniendo el empuje.
Al no recibir respuesta inmediata, Mateo empezó a deslizarse hacia afuera, dejándola vacía. La sensación de pérdida fue tan violenta que Daniela perdió el último rasgo de dignidad que le quedaba.
—¡Dámela! ¡Por favor! ¡Dámela toda! —gritó desesperada, echando la cadera hacia atrás.
Mateo respondió metiéndosela de un solo golpe hasta el fondo, haciendo que su pelvis chocara sonoramente contra las nalgas de ella. Daniela soltó un aullido seco, ahogado en la cobija, temblando por completo mientras intentaba adaptarse al volumen.
—No… espera… está muy… ahh… me va a romper… me estás llenando demasiado… —murmuró Daniela débilmente, sin fuerzas para defenderse.
Mateo avanzó con un movimiento lento pero constante, dándole unos segundos de pausa para dejar que su cuerpo se amoldara. Luego, comenzó un embate fluido y profundo que hacía retumbar la cabecera contra la pared.
El observaba fijamente como entraba su verga y salía como se movían las nalgas de Daniela con cada metida que le daba.
Fueron los 5 minutos mas placenteros que había tenido Daniela sin saber que lo mejor aun empezaba Daniela estaba aturdida totalmente entregada se dejaba manejar al antojo de Mateo
Pasaron unos minutos mientras fluía y Mateo esperaba con ansias que Daniela se acomodara a su tamaño cuando de pronto Daniela empezó a mover las nalgas hacia atrás, esa respuesta fue la señal para Mateo de intensificar la tremenda cogida que le iba a dar
Mmmmmmm!!!! Siiiiiii — gemía Daniela
Mateo no aceleró de inmediato; en su lugar, empezó a darle estocadas profundas, lentas y con todo el peso de su cuerpo. Cada embestida retumbaba en el vientre de Daniela Plaz Plaz Plaz sacándole solo quejidos ahogados entre las sábanas: mmmgh… aaahhh… haa… haa
Plaz plaz plaz sonaba por el cuarto en seco con las estocadas que mateo proporcionaba
Sssíí… mmmgh…
El cuerpo de Daniela entró en un estado de shock. Sus muslos, vencidos por la intensidad, temblaban en un espasmo incontrolable incapaz de sostener la embestida, mientras una parálisis de puro placer e impacto le recorría la columna. Solo las manos de mateo la mantenían en 4 mientras jugaba con ella dándole cada vez mas fuerte
Mateo -: Así te gusta perrita? Mientras aceleraba sus caderas para llegar mas dentro disfrutando
Plazzz se escucho una nalgada en la habitación
Gimió Daniela – aaahhh. Siii, me encanta
La vista se le nubló en un manchón de sombras y algunas luces difusas y el entorno desapareció en un apagón auditivo absoluto; los sonidos de la habitación se volvieron un murmullo lejano y su propia voz se redujo a alaridos secos, ahogados, que se le escapaban del pecho de forma puramente involuntaria.
Mateo la levantó jalándola de los hombros hacia atrás para agarrarse firmemente de ella, dejando su torso suspendido mientras sus pechos botaban al ritmo del vaivén más fuerte y violento que Daniela había experimentado.
Daniela estaba suspendida de rodillas mientras sus pechos votaban con cada metida que mateo le daba con tanta fuerza con los ojos cerrados e inerte solamente disfrutaba
Mateo aceleró sus embestidas extasiado fuera de sí mientras veía y sentía como se movían las tetas de Daniela
-Qué deliciosa estás putita!!!!!!
Vaciándose dentro. Al instante el cuerpo de Daniela reaccionó con la máxima intensidad que jamás había experimentado. Un espasmo involuntario le recorrió las piernas, dejando los muslos temblando en una vibración incontrolable mientras una descarga de calor y un escalofrío helado le subían a toda prisa por la columna vertebral. La respiración se le cortó en un aire pesado y, con la piel de gallina y las extremidades totalmente adormecidas, soltó un último grito ahogado contra la cama antes de que la fuerza se le vaciara por completo y cayera rendida en un sueño profundo.
Daniela abrió los ojos con una pesadez aplastante. La luz del sol filtrándose por la ventana le lastimó la vista, mientras la cabeza le retumbaba en las sienes con un latido sordo y seco
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Yo también tengo 22 años, mido 1.75: muy alto para ser chaparro y muy chaparro para ser alto. No estoy corpulento, tengo más bien un cuerpo normal, me gusta correr pero no estoy definido, solamente no tengo exceso de grasa y arrastro una media pancita chelera. Soy de tez aperlada, aunque a diferencia de mi novia, yo parezco más moreno.
Nosotros teníamos una vida normal; bueno, al menos desde mi perspectiva sí lo era. Hemos estado juntos desde hace 10 años .Yo fui su primer novio y ella fue mi primera novia formal como tal; antes de andar, éramos mejores amigos. Para ese entonces, los dos estábamos en la universidad. Ella estudiaba Administración de Empresas y yo Ingeniería Electrónica. Sus papás vivían en Jalisco, así que le rentaban una casa para ella sola aquí en la ciudad. Teníamos la relación perfecta.
Nuestra rutina era muy coordinada. Como nuestras carreras estaban en facultades distintas, yo pasaba por ella a la salida para irnos directo a su casa. Comíamos algo, hacíamos la tarea juntos y pasábamos las tardes ahí. A veces me quedaba a dormir con ella y otras tenía que regresar a mi casa por reglas de mis papás, pero prácticamente vivíamos pegados. Teníamos también nuestros propios círculos: ella salía con su grupo de amigas de Administración y yo me juntaba con mis compañeros de la ingeniería. Hacíamos prácticamente todo juntos: la despensa, la comida y las vueltas del día a día, aunque de vez en cuando ella salía sola con sus amigas y yo me reunía con los míos. Por lo mismo, mis amigos de la ingeniería ya la conocían, al menos de vista y de tratarla en ocasiones contadas.
El cambio empezó en una fiesta de la facultad de Derecho. Una de las amigas de Daniela la invitó y ella me dijo que fuéramos. Yo aproveché para avisarles a mis amigos y nos caímos todos allá. En medio de la fiesta, mientras bailábamos, me dio sed.
—Voy por más cheve —le dije al oído—. Ahorita vengo, espérame o vete a la mesa.
Caminé entre la gente hacia la barra. De regreso, con las bebidas en la mano, busqué a Daniela con la mirada. Ahí estaba, bajo las luces del salón, bailando de frente a un tipo que me daba la espalda. Ver la forma en que movía la cadera de un lado a otro, brincando feliz y completamente entregada a la música con ese top rojo y el pantalón de vinipiel, hizo que algo en mí se erizara. No era enojo ni celos tradicionales; era una sensación extraña, una mezcla de shock e hiperfijación que me congeló un segundo en el lugar. Ni siquiera sentía lo frío de la cubeta que traía en la mano.
En ese instante, a medio metro de mí, escuché las voces de mis propios amigos, con los que yo venía en la fiesta. Yo no los había visto y ellos tampoco se habían dado cuenta de que yo estaba ahí, justo a su lado:
—Uf, ¿ya viste a Daniela? Está para partirla —dijo uno sin quitarle los ojos de encima.
—Sí, la neta sí —asintió el otro.
—Se ve que Raúl no la llena —remató el tercero.
El veneno me cayó directo en el estómago, pero me lo tragué sin decir una sola palabra. Me di la vuelta para rodear la pista por el otro extremo, esquivando a la gente hasta llegar justo a espaldas de Daniela. Le pasé el brazo por la cintura para pegarla a mí. Ella, ya ambientada, dio media vuelta al sentirme, me echó los brazos al cuello y me dio un beso rápido.
—¡Pensé que ya te habías ido a vivir a la barra! —me dijo al oído con una sonrisa enorme.
Fue ahí cuando el chavo con el que bailaba de frente se dio la vuelta. Era Iván, su amigo de la carrera. Me saludó con la cabeza, relajado, y siguió en lo suyo. Saber que era Iván desinfló la sospecha sobre el tipo, pero el comentario de mis propios amigos se me quedó bien clavado en la cabeza. Después de ese momento a solas, me incorporé con ellos a la pista. Nos pusimos a bailar, tomar, gritar y brindar en grupo. Disfrutamos el resto de la noche como si nada hubiera pasado. Para cuando dieron cerca de la una de la mañana, la música bajó de volumen, las luces se encendieron y el evento llegó a su fin.
Caminamos juntos de regreso a su departamento. Al entrar, la casa nos recibió en un silencio total. Decidimos pedir algo de comer para bajar la peda, así que me senté en el sillón de la sala a revisar las aplicaciones en el celular mientras lo platicaba con ella. Daniela no se decidía por nada. En eso la vi pasar hacia la cocina. La seguí con la mirada desde el sillón, viendo cómo el pantalón de vinipiel le marcaba las nalgas a cada paso. Me levanté, fui tras ella y le llegué por la espalda en la barra, pegándome tanto que sintió clarito cómo me tenía. Empecé a abrazarla, a besarle el cuello y a manosearla. Le pasé las manos por todo el cuerpo, bajando y subiendo despacio hasta agarrarla bien de las nalgas.
Ella se dejó llevar, pero en un momento de lucidez entre tanto beso, decidimos movernos al cuarto. Apenas íbamos entrando, Daniela me dio la espalda y se dejó caer en la cama, quedando en cuatro. Ver esa vista desde atrás, con el vinipiel apretado en su cadera, hizo que la voz de Fer me retumbara en la cabeza: «Uf, está para partirla».
Sentí una punzada brutal. Mi erección se puso aún más dura y una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo de golpe. La acomodé mejor, levantándole las nalgas, y empecé a jalarle el pantalón de vinipiel para quitárselo. Mientras luchaba contra la tela ajustada, ella solo gemía y se dejaba llevar; el alcohol siempre la ponía increíblemente caliente. En cuanto logré sacarle el pantalón por completo, me abalancé sobre ella. Metí la lengua entre sus nalgas y empecé a chuparla con una desesperación que me sobrepasaba; la excitación me tenía fuera de mí.
—Uff… sí, no pares… uff, amor, qué rico —balbuceaba ella con la voz entrecortada, hundiendo la cara en las almohadas.
Yo no decía nada, solo me concentraba en seguir lamiéndola mientras con las manos le recorría la espalda y le abría las nalgas para llegar más profundo. Después me detuve un segundo y le tiré una mordida firme en una de las pompas. Aprovechando que estaba completamente entregada, empecé a meterle los dedos: primero uno, despacio, sacándolo y dando círculos antes de meterle dos. Ella estaba empapada, así que no hubo resistencia. Pasé una de las manos hacia adelante para sobarle el clítoris, haciéndola gemir más fuerte mientras se retorcía, perdida en el éxtasis. Ella solo movía la cadera de un lado a otro para sentirme más, buscando que mi lengua alcanzara a rozarle el clítoris mientras yo subía y bajaba entre sus piernas.
Cuando la calentura me rebasó, me puse de pie, la volteé de frente y me bajé el pantalón. Estaba completamente ido de la excitación. Me acerqué y se la puse directo en la cara. Daniela, como loca, la agarró con las dos manos.
—Oh, mi amor… justo lo que necesitaba —dijo con la voz ronca antes de metérsela a la boca.
Comenzó a chupármela con una desesperación que me estaba sacando de mí mismo. Sentía la presión de su boca, el calor de su garganta y la forma en que me apretaba los testículos con la mano libre mientras le daba jalones profundos.
—Uf, la tienes durísima, mi amor… estás bien excitado —soltó entre chupadas, mirándome desde abajo con los ojos a medio cerrar.
—¿Cómo no? Si tú me pones así —le contesté fuera de mí, agarrándole el pelo—. Con esas nalgotas, esas tetas y esa boquita de putita, ¿cómo no voy a estar así?
Después de casi cinco minutos de que me la estuviera chupando como si fuera su dulce favorito, con esa boca suave y empapada en saliva que te hace sentir en las nclouds —algo que con el tiempo ella aprendió a hacer muy bien—, me decidí a cogérmela como se merecía. La volteé y la puse en cuatro. Al ver esas nalgas de nuevo, le dejé caer una nalgada tan fuerte que retumbó en todo el cuarto. Me agarré la verga y la dirigí directo a la entrada. Ella se quedó quieta, contenida, como esperando a que la clavara. Se la dejé ir toda de un solo golpe.
—¡Ah! ¡Sí! —gritó, ahogando la voz en la almohada.
Empecé a meter y sacar lento, bien profundo. La agarré de las caderas, enterrándole los dedos en la piel mientras aceleraba el ritmo, dándole duro, fuerte, metiendo y sacando sin piedad.
—¡Sí, así! ¡Cógeme, mi amor, cógeme! ¡Dámelo todo! —gritaba fuera de sí.
En ese momento, una imagen me cruzó la mente: por un segundo me imaginé que no era yo el que se la estaba cogiendo. La noción me asustó, pero el morbo me hizo embestir aún más duro, con más violencia. Quería que siguiera gritando, que se desgañitara. Mojé mis dedos con sus propios fluidos, se los puse directo en el clítoris y empecé a frotárselo frenéticamente mientras me la cogía sin parar. Con la otra mano la agarré del pelo, jalándola hacia atrás contra mi pecho.
Un orgasmo doble nos atravesó al mismo tiempo. Ella se desplomó exhausta sobre el colchón y yo me dejé caer pesado sobre su espalda, respirando a ráfagas. Nos acomodamos de cucharita, abrazados en el silencio del cuarto, y entre el cansancio y el alcohol, no supe en qué momento me quedé dormido.
Desperté a medias, envuelto en la bruma de la resaca y el cansancio de la noche anterior. Sin embargo, antes de abrir los ojos del todo, sentí un calor húmedo y rítmico envolviéndome la verga. Era la boca de Daniela. Con la luz del sol matutino filtrándose apenas por la persiana, ella me la estaba chupando despacio, con una dedicación hambrienta, empapándomela en saliva hasta hacerme perder el aliento. En mi mente la erección no había cedido del todo; la carga del shock de la noche anterior, las voces de Fer y mis compas en la fiesta, todo seguía flotando en mi cabeza.
Cuando sentí que estaba a punto de venirme, le avisé con un toque en el hombro. Daniela no se quitó; al contrario, apretó el ritmo y me sostuvo la mirada mientras yo me venía de golpe en su boca. Me quedé respirando agitado, viendo cómo sostenía el semen unos segundos antes de girarse hacia la orilla de la cama para escupirlo en un pañuelo de la mesa de noche, exactamente como lo hacía siempre. Inmediatamente después, se puso de pie, caminó al baño en silencio y escuché el agua del lavabo correr junto con el sonido del cepillado de dientes. Regresó un minuto después, con el aliento fresco a menta, para darme un beso rápido en la mejilla.
—Listo, mi amor… pero acuérdate que no me lo trago —me dijo en un murmullo juguetón mientras se acomodaba de nuevo para dormir.
La vi ponerse boca abajo, cerrando los ojos para recuperar el sueño. La cobija le rodó hasta la cadera, dejando al descubierto el cachetero gris ajustado que le marcaba perfecto las nalgas y la marca que mis dedos le habían dejado la noche anterior. Me quedé parado a la orilla de la cama. Sin pensar detenidamente por qué lo hacía, sin un plan frío en la cabeza, sentí el impulso visceral de capturar esa imagen. Saqué el celular, me acerqué en silencio y le tomé la foto desde arriba, enfocando el relieve de su cadera y la prenda ajustada. Guardé el teléfono en el bolsillo y la foto quedó ahí, sepultada en la galería como una prueba silenciosa.
Pasaron dos semanas de rutina normal. Estábamos en las bancas de la facultad: Mateo, Fer, Santi y yo. Teníamos que revisar un diagrama del pizarrón al que le tomé foto esa mañana. Como eran varias imágenes de la guía de estudio, le presté mi celular a Fer para que los tres revisaran amontonados sobre la pantalla.
Fer empezó a pasar las fotos: apunte 1, apunte 2, diagrama… y en un movimiento rápido del pulgar, deslizó de más.
En la pantalla brilló la foto de Daniela dormida boca abajo, con la cobija abajo y el cachetero gris remarcándole todo el contorno de la cadera y las nalgas. Se hizo un silencio sepulcral de tres segundos. Nadie se movió. Fer se puso rojo al instante, Santi tragó saliva duro y Mateo peló los ojos disimuladamente, fijando la mirada en el volumen del cachetero antes de que Fer deslizara la pantalla de regreso a toda prisa. Nadie dijo una sola palabra, pero la tensión en el ambiente se puso densísima.
Pasaron dos semanas más de ese incidente. Un día fui al gimnasio con Mateo por la tarde. Al terminar la rutina, entramos al área de regaderas sin puertas. Al girarme para alcanzar el jabón, lo vi desnudo bajo el agua. Sin querer me di cuenta de que tenía una verga que, aun morcillona, ya estaba del tamaño de la mía cuando estoy erecto. Me quedé congelado un segundo, disimulando la mirada hacia el piso mientras sentía un golpe helado en el estómago. La imagen me persiguió todo el camino a casa.
Camino al departamento, la imagen no se me salía de la cabeza. Pero la inseguridad inicial empezó a deformarse en algo mucho más oscuro. Mi mente empezó a juntar las piezas: la foto en cachetero, el pavor de Daniela a un embarazo… y la desproporción de Mateo. Me entraron preguntas que me aceleraban el pulso: ¿Qué pasaría si Daniela tuviera ese tamaño enfrente? ¿Qué cara pondría al ver una verga que no le cabe en la mano? ¿Se olvidaría de su pánico a quedar embarazada si un cabrón así la agarrara con esa fuerza?
Días después, en el departamento de Daniela, ella se ponía crema frente al espejo mientras hablábamos de la facultad:
—Oye, el tal Mateo… no sé, como que tiene cara de ser bien flaquito o medio aburrido, ¿no?
Me quedé mirándola desde la orilla de la cama. En mi cabeza resonó de inmediato la imagen de Mateo desnudo bajo el agua de las regaderas. Sentí un golpe helado en el estómago, pero la inseguridad se transformó rápido en ese morbo oscuro.
—Créeme que de flaquito no tiene nada —le solté con una seguridad seca.
Daniela se giró a verme con la crema a medio untar, frunciendo el ceño con una risita entre confundida y divertida.
—¿Ah, sí? ¿Y tú cómo sabes tanto? Qué asco, Raúl, ni que le anduvieras viendo.
—Vamos al mismo gimnasio y en las regaderas es imposible no notarlo. Sin querer me di cuenta de que ese cabrón tiene una verga que, aun morcillona, está del tamaño de la mía cuando estoy erecto. Es un monstruo, Daniela. Te apuesto a que si tuviera una erección enfrente de ti, se le notaría sobre el pantalón sin el esfuerzo.
Daniela se quedó helada. La risa se le congeló en los labios y se quedó en silencio un par de segundos, procesando la imagen explícita que su propio novio le acababa de describir.
—Ay… qué pendejadas dices, Raúl —masculló al final, volviéndose al espejo un poco más despacio, intentando disimular la impresión.
Estábamos en el sillón de su departamento. Daniela traía puesta una playera holgada mía y un short corto que le dejaba al descubierto sus piernotas. Tenía las piernas cruzadas y estaba concentrada viendo una serie, pero el ambiente entre los dos llevaba días volviéndose raramente pesado. La culpa, mezclada con esa fijación morbosa que no me dejaba en paz desde lo del gimnasio, me estaba quemando por dentro.
—Oye, Dany… —le dije, interrumpiendo la pantalla con un tono de voz deliberadamente bajo, buscando sonar arrepentido pero firme.
—¿Qué pasó? —respondió sin voltear del todo, con la mirada aún en la tele.
—Tengo que decirte algo, pero no quiero que te enojes ni que hagas un drama. Fue un accidente estúpido.
Ahí sí se giró. Apagó el volumen de la tele con el control y me miró con el ceño ligeramente fruncido.
—A ver… ¿qué hiciste, Raúl?
Tragué saliva, actuando la incomodidad perfecta.
—El otro día que estábamos estudiando en la facultad… les estaba enseñando unos diagramas a los muchachos en mi celular. Le presté el teléfono a Fer para que checara unas hojas y… el pendejo deslizó la galería de más.
Daniela se quedó rígida. El color de su cara empezó a cambiar lentamente.
—¿Y? ¿Qué vio?
—Se fue una foto que te tomé hace unas semanas… cuando estabas dormida boca abajo. En el cachetero gris.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Daniela abrió la boca un par de veces sin que le saliera la voz. La vergüenza y la indignación le encendieron las mejillas de un rojo vivo. Se llevó una mano al pecho, procesando el impacto.
—¿Cómo que una foto mía en ropa interior, Raúl? —soltó en un susurro cargado de rabia y timidez—. ¿Y Fer la vio? ¿Quiénes más estaban ahí?
—Estaban Fer, Santi… y Mateo —dije, dejando caer ese último nombre con precisión quirúrgica.
Daniela se cubrió la cara con las dos manos, dejando escapar un gemido de pura pena.
—No mames, Raúl… qué puto asco y qué vergüenza. ¿Qué van a pensar de mí? ¿Por qué chingados me tomas fotos dormida?
—Fue un segundo, Dany —la interrumpí, tomándola suavemente de las manos para quitárselas de la cara—. Fer la quitó en chinga y nadie dijo nada. Se quedaron mudos. Pero te lo digo porque no quiero guardarte secretos.
Ella no respondió. Se me quedó viendo con los ojos abiertos, la respiración agitada y los labios apretados. En su mente, la mezcla era caótica: la pena atroz de saber que tres cabrones le habían visto el trasero, pero sobre todo, la idea fija de que Mateo —el tipo de quien días atrás yo le había dicho que guardaba una verga que aun morcillona igualaba a la mía erecta— ya conocía cada curva de sus nalgas en la intimidad de su cama.
Esa misma noche, después de la discusión, fuimos a la cama. Mientras ella dormía de lado, me quedé mirándole la cadera bajo la cobija. Sabía que la fisura en su pudor ya estaba hecha.
Llegó la noche del cumpleaños de Daniela. Quería brillar en su fiesta, así que se arregló con toda la alegría de la festejada: se puso una blusa de tirantes que enmarcaba perfecto el volumen firme de sus pechos y una minifalda negra de corte fluido y ligero, entallada en la cintura pero con vuelo abajo. Como la falda era ajustada de arriba, decidió no usar cachetero para que no se le marcara la lencería, optando por una tanga discreta. Lucía hermosa, despampanante, con los labios pintados de un rojo intenso que acaparaba las miradas en la terraza.
Mateo llegó un poco más tarde, vistiendo una camisa oscura y un pantalón de vestir gris de tela delgada y caída suave. Saludó a Daniela con un abrazo educado pero firme. Al sentirlo cerca, a ella se le encendieron las mejillas por la pena de recordar la confesión de la foto, pero intentó disimularlo rápido para disfrutar su noche.
La fiesta avanzaba y las ganas de bailar de Daniela eran evidentes. Sin embargo, tras unas cubas y un mal paso cerca de la barra, me doblé feo el tobillo izquierdo. El dolor me sacó una mueca y tuve que irme a sentar al sillón de la terraza con un vaso de hielo.
—No mames, Raúl… ¿en serio te lesionaste ahorita? —protestó Daniela, haciendo un puchero genuino de cumpleañera. En ese momento sonó una bachata alegre, una de sus favoritas—. Es mi bachata, mi amor… no te pases.
—Ve a bailar con alguien en lo que se me pasa esto, mi amor —le dije.
Mateo, que estaba cerca, dio un paso al frente con tranquilidad.
—Yo la acompaño, Raúl, para que no se quede sentada en su canción —dijo con voz calmada.
Daniela dudó un segundo, pero le tomó la mano a Mateo y salieron a la pista. Al principio fue un baile limpio, alegre. Sin embargo, al marcar una vuelta rápida, el vuelo de la minifalda ligera se le levantó por completo. Fue solo una fracción de segundo, pero Mateo alcanzó a ver directo la curva de sus nalgas descubiertas por la tanga. Daniela reaccionó en chinga, bajándose la falda con la cara ardiendo de vergüenza. Al levantar la mirada, atrapó a Mateo con la guardia baja: su rostro se había transformado en una expresión densa, pesada, de puro deseo concentrado.
Sin pausa, el DJ ligó esa pista con una segunda bachata: un ritmo mucho más lento y sensual. La cadencia los obligó a cerrarse. Mateo la tomó de la cintura con mano firme para marcar el vaivén pegados. La falda fluida no ofrecía resistencia contra la tela delgada del pantalón de vestir de él. En cada tiempo musical, Daniela sintió de lleno, contra la parte alta de su muslo y la cadera, el bulto pesado, denso y bofo de la verga de Mateo en reposo.
Un, dos, tres, roce…
La mezcla fue demasiado: el choque táctil de esa carne caliente, la cara de deseo de Mateo, la foto en cachetero y el recuerdo de lo que yo le había contado sobre su tamaño. Daniela sintió una descarga eléctrica que le recorrió el vientre. Abrumada, cortó el paso sutilmente antes de que terminara la canción.
—Ay, como que me cansé un poquito… voy a ver cómo sigue Raúl —dijo disimulando con una sonrisa nerviosa.
Mateo la acompañó de regreso al sillón. Daniela se sentó a mi lado con las piernas bien cerradas, la respiración acelerada y los labios rojos entreabiertos, sin atreverse a voltear a ver a Mateo en todo lo que restaba de la tanda.
En eso, el ambiente cambió. De la bachata pasamos a un reggaetón viejito y pesado. Para entonces, la mezcla del ketorolaco con las cubas me había hecho un efecto brutal; yo permanecía medio hundido en el sillón, adormilado, torpe y desconectado de la fiesta.
Valeria, atenta a todo, vio la oportunidad perfecta. Tomó a Daniela de la mano y la arrastró a la barra, sirviéndole un par de shots de tequila que le encendieron la sangre y le bajaron las defensas.
—Mira, Mateo está libre, no seas aburrida —la molestó Valeria, dándole un empujón ligero hacia él.
Daniela no puso resistencia. Mateo la tomó de la cintura, la hizo dar una vuelta y, al quedar de espaldas, se le pegó por completo. El contacto fue fulminante: la minifalda era casi inexistente contra el pantalón de vestir gris. Daniela sintió cómo el bulto —que empezaba a ponerse más denso y semierecto por la cercanía— se le acomodaba de lleno en la ranura de sus nalgas.
En lugar de alejarse, la mente de Daniela se nubló y su cuerpo tomó el control: empujada por el alcohol, comenzó a mover las nalgas despacio, frotándose al ritmo del bajo. Se dejaba llevar por la masa caliente y voluminosa que sentía a sus espaldas. A unos metros, Valeria observaba la escena fascinada; el movimiento de la tela delgada revelaba el contorno inconfundible de lo que Mateo cargaba en la entrepierna: una verga monstruosa y prominente.
Pasaron dos canciones en esa dinámica hasta que el DJ cometió un error en la transición y la música se cortó en seco por dos segundos. El silencio repentino hizo que Daniela reaccionara de golpe. Se detuvo en seco, girándose sobre sus talones.
En ese microsegundo, Mateo y Valeria notaron su estado real: la blusa de tirantes sencillos, sin copa ni relleno, dejaba ver a la perfección sus dos pezones completamente erguidos, duros y marcados a través de la tela por la excitación brutal que traía contenida. Su rostro estaba encendido y su respiración agitada.
—Voy… voy al baño un segundo —alcanzó a decir con la voz torpe.
Tomó a Valeria del brazo para no perder el equilibrio y Mateo las siguió a paso tranquilo unos metros atrás hacia el pasillo de los sanitarios. Valeria, con esa vibra juguetona y pesada tras ver el tamaño de Mateo, le dio a Daniela un empujón a propósito:
—¡Cuidado, borracha!
Daniela perdió el equilibrio por completo. Mateo reaccionó abriendo el compás de las piernas para frenarla. Daniela cayó de rodillas sobre el piso, con la cabeza justo a la altura de su ingle, y la palma de su mano derecha presionó directo sobre la base del pantalón de vestir, sintiendo bajo sus dedos la masa gruesa, densa y pesada que yo le había descrito.
Daniela levantó la vista mareada, viendo el bulto enorme de Mateo marcándose bajo la tela a centímetros de su cara. Mateo la miró desde arriba con esa calma densa y la tomó con firmeza de los hombros para ayudarla a levantarse. Valeria soltó una carcajada ruidosa:
—¡No mames, Daniela! ¡Aguántate a llegar al baño, no te le vayas a hincar aquí a Mateo!
Daniela sale del baño hecha un manojo de nervios. Se mojó la cara, intentó calmar la respiración agitada y acomodarse la blusa para disimular lo marcados que traía los pezones. La imagen de estar de rodillas frente a la bragueta de Mateo la tenía al borde de un colapso de culpa. Ignorando a Mateo y a Valeria en el pasillo, caminó a paso apresurado de regreso a la terraza. Necesitaba aferrarse a mí para sentir que no había hecho nada malo.
Llegó al sillón y se me hincó a un lado, tomándome la mano con desesperación.
—Mi amor… ¿cómo sigues? —me dijo con la voz entrecortada.
Apenas abrí los ojos. La mezcla de medicamentos y alcohol me tenía en una nebulosa.
—Bien, mi vida… ya no me duele tanto el pie —balbuceé, apretándole la mano flojamente—. Estás bien bonita… anda, ve a bailar, diviértete con los muchachos, es tu cumpleaños. Yo aquí estoy a gusto descansando.
—No, mi amor, me quiero quedar contigo… —intentó excusarse Daniela.
—No seas necia, Dany… ve a bailar, no arruines tu fiesta por mí. Ahorita se me pasa y te alcanzo.
Ese permiso medio adormilado le retumbó en la cabeza. Su mente lo interpretó como una absolución de culpa. En ese momento, Mateo y Valeria se acercaron.
—Ya oíste a tu novio, no seas aburrida —dijo Valeria tomándola del otro brazo—. Ven, vamos a bailar otra ronda.
—Vamos, Daniela. Te cuido mientras Raúl se recupera —agregó Mateo extendiéndole la mano.
Daniela tragó saliva y aceptó la mano de Mateo. Pero al volver a la pista bajo el mantra de que “solo era bailar”, la situación se desbordó. Mateo pegó su cadera a ella y sus manos comenzaron a deslizarse hacia abajo. Con una naturalidad pasmosa, metió las palmas directamente por debajo de la falda fluida de Daniela. Sus dedos tropezaron con la piel descubierta de sus nalgas, apenas cruzadas por la tanga. Mateo las agarró con firmeza, estrujándolas y levantándola levemente. Ese jalón hizo que la entrepierna de Daniela quedara montada contra la bragueta de Mateo, sintiendo la masa hirviendo y rígida de su verga chocando directo contra su humedad.
Un ahogado gemido se le quedó atorado a Daniela. Mateo empezó a desplazarla por la pista hacia un rincón más tenue de la terraza, cerca de un muro de concreto alejado de las luces. La giró con firmeza y la acomodó de frente a la pared, dejándola arqueada, con las manos apoyadas en el muro frío, la cadera levantada hacia atrás y la minifalda recogida.
Mateo se le pegó por detrás, ajustó su pantalón y le acomodó la verga gruesa directamente en la ranura de sus nalgas, subiendo y bajando en un vaivén lento y pesado. Deslizó las manos hacia arriba por debajo de sus brazos hasta alcanzarle los pechos por encima de la blusa, estrujándoselos y pellizcándole los pezones duros. A un par de pasos, Valeria observaba la escena con la boca abierta, helada de puro morbo.
Daniela respondía al baile moviéndole el culo a Mateo para buscar más contacto. Sintiéndose con el control total, Mateo sintió cómo la verga se le ponía bien dura. Se le pegó al oído y le susurró:
—¿Te gusta? ¿Te gusta lo que estás sintiendo?
Daniela no dijo palabra, solo soltó un suspiro ahogado. Mateo la agarró de la cintura, la giró de golpe para ponerla de frente y le tomó la mano derecha, bajándosela por el abdomen para ponérsela directo sobre el pantalón, justo encima de su verga parada. Daniela no le quitó la mano; sintió la barra dura y gruesa como su propio brazo. En ese segundo, completamente extasiada y con la cabeza nublada por el alcohol, la culpa desapareció frente a la urgencia de su cuerpo.
Mateo no estaba dispuesto a dejar pasar el momento. Con la respiración caliente pegada al oído de Daniela, echó una mirada rápida hacia los lados, asegurándose de que la penumbra de ese rincón de la terraza los cubriera. Sin soltarla del cuello, se abrió la bragueta del pantalón de vestir y se sacó la verga de un solo jalón.
Daniela, aún con la mano apoyada en su pantalón, sintió el cambio de textura instantáneo. Al bajar la mirada, la luz tenue de un reflector lejano iluminó la escena: frente a su cara tenía una verga enorme, ancha, gruesa como su propio antebrazo, con las venas marcadas y la piel tirante, soltando ya una gota de líquido preseminal que brillaba en la punta. Ella jamás había visto algo semejante; sus ojos se abrieron desorbitados y un rubor violento le encendió el rostro. La impresión la dejó en un shock absoluto, con la boca ligeramente abierta, incapaz de articular una palabra.
Mateo la agarró con firmeza del cabello y le acercó la cabeza directo a su entrepierna. Daniela, sin que nadie se lo ordenara, impulsada únicamente por el trance de la excitación y la fascinación, abrió la boca y la recibió. Le costó trabajo acomodarla: era tan ancha y larga que no le cabía completa. Apretó las manos alrededor de la base para apoyarse, pero sus dedos ni siquiera alcanzaban a cerrarse del todo alrededor del grosor. Empezó a chupársela con una desesperación ciega, agarrándose las tetas por encima de la blusa y pellizcándose los pezones duros mientras se ahogaba levemente con el tamaño.
—Ay, qué rico la chupas… ya sabía —le susurró Mateo en un gemido sordo, manteniendo la vista fija hacia el pasillo por si alguien se acercaba—. Ya sabía que eras una putita caliente. Desde que te conocí lo supe. La foto que nos enseñó tu novio de tu culo me hizo perder la razón… quería cogerte y de aquí no te me vas a escapar.
Daniela no negaba nada; con la boca llena, solo asentía con la cabeza mientras aceleraba el ritmo de la succión. A un par de metros, apoyada en la pared, Valeria miraba la escena totalmente fascinada. Sacó el celular disimuladamente y empezó a grabar en video sin flash. La luz ambiental apenas alcanzaba a registrar el bulto y la silueta de Daniela arrodillada frente a él, pero el encuadre captaba a la perfección la capitulación total de la cumpleañera.
Poco después, la música se detuvo. Daniela se puso de pie a toda prisa, acomodándose la ropa con las manos temblorosas, atrapada en un punto de no retorno: no quería que aquello continuara por el pánico a ser descubierta, pero su cuerpo entero exigía más.
Aprovechando el estado de vulnerabilidad de Daniela y el estado vegetal en el que yo me encontraba, Mateo tomó el mando. Sacó las llaves de la camioneta de mi bolsillo, me cargó del brazo y caminamos hacia el estacionamiento. El trayecto en la camioneta fue un martirio de silencio y tensión. Mateo al volante manejaba con soltura y calma absoluta, mientras yo descansaba en el asiento trasero, roncando levemente y sumido en un sopor profundo por la mezcla del alcohol y el medicamento. Valeria venía de copiloto, mirando de reojo por el retrovisor hacia Daniela, que venía sentada atrás conmigo, con la mirada perdida en la ventana, el pulso acelerado y las piernas apretadas.
Al llegar al edificio de departamentos, Mateo estacionó en el cajón asignado. Mover mi cuerpo inerte resultaba complicado.
—Está en el avión este cabrón —dijo Mateo apagando el motor—. Si lo subimos así, se nos cae en las escaleras.
Valeria, con la sonrisa cómplice de quien guardaba un secreto en la galería de su teléfono, propuso la solución:
—Yo me quedo aquí en la entrada cuidándolo en lo que espabila. Suban ustedes, abran el departamento y dejen las cosas listas. Luego bajamos por él.
Daniela no tuvo voluntad para oponerse. Subieron las escaleras exteriores y entraron al departamento en penumbra. El eco de los tacones de Daniela sobre los escalones flotantes de madera marcaba el ritmo de su nerviosismo. Mateo venía un paso atrás, devorándose con la mirada el bamboleo de sus nalgas bajo la minifalda.
Llegaron a la recámara principal. Daniela encendió la lámpara del buró y se giró hacia la cama para fingir que acomodaba las cobijas. Pero Mateo ya había cerrado la puerta con seguro. Avanzó en silencio, la tomó de la cintura y la lanzó sobre el colchón.
La sentó a la orilla, la acostó boca arriba y le abrió las piernas de par en par. Él se acomodó boca abajo entre sus muslos, dejando la pucha de Daniela pegada a su rostro. Sin preámbulos, metió la lengua directamente en su humedad. Usaba dos dedos para entrar y salir despacio mientras con el pulgar le buscaba el clítoris. Daniela se arqueó en la cama, soltando gemidos entrecortados, agarrándose de las sábanas.
De vez en cuando, Mateo interrumpía el ritmo para darle una cachetada firme en una teta o soltarle una mordida en la parte interna del muslo, dejándole la marca de sus dientes.
—Ay, sí… despacio… ay, qué rico, no pares, por favor —suplicaba ella fuera de sí.
—No voy a parar, putita, aunque me lo pidas —respondió él sin levantar la cara de su entrepierna.
Estuvo así casi veinte minutos, alternando la lengua y los dedos hasta que las piernas de Daniela empezaron a temblar convulsivamente, exhausta de pura fijación física. Necesitaba sentir la penetración; la espera la estaba desquiciando.
—Mateo… —murmuró ella con el aliento entrecortado.
—¿Qué dices, perrita? —preguntó él levantando la vista.
—Que ya me cojas… —soltó en un susurro cargado de sometimiento.
—Ok, perra. Ponte como lo que eres.
Daniela se giró y se colocó en cuatro sobre el colchón, levantando la cadera. Mateo se acomodó detrás de ella, sacó su miembro totalmente erguido y le apoyó la cabeza en la entrada.
—Chúpala un poco para que entre, aunque no creo que batallemos porque estás escurriendo —le dijo él pasándole la mano por la espalda—. ¿Así te pone tu novio o así eres con todos?
Daniela guardó silencio. Se giró ligeramente, tomó la punta con los labios, la mojó con su propia saliva y volvió a acomodarse en cuatro. Mateo posicionó la cabeza de la verga y empezó a empujar poco a poco.
Daniela sintió un calor brutal que la iba abriendo a la fuerza. Ese miembro denso, grueso como un brazo, le estiraba las paredes internas de una forma que jamás había experimentado. Mordió la almohada para ahogar el impacto, sintiendo cómo la carne de Mateo la llenaba centímetro a centímetro.
Mateo, disfrutando la opresión de las paredes de Daniela, le dejó caer una nalgada sonora en la pompa derecha.
—Ay, putita… no sabes cuántas veces quise tenerte así, en cuatro, rendida ante mi verga. Estas súper apretada
Ufff que ricas estas murmuraba Mateo mientras la metía y sentía el calor junto con la humedad de Daniela
Cuando logró meter la mitad, la agarró con fuerza del cabello, jalándola hacia atrás para levantarle el torso. Daniela no pudo contenerse más y empezó a gritar de dolor y placer mezclados.
—¿La quieres? —la desafió Mateo, deteniendo el empuje.
Al no recibir respuesta inmediata, Mateo empezó a deslizarse hacia afuera, dejándola vacía. La sensación de pérdida fue tan violenta que Daniela perdió el último rasgo de dignidad que le quedaba.
—¡Dámela! ¡Por favor! ¡Dámela toda! —gritó desesperada, echando la cadera hacia atrás.
Mateo respondió metiéndosela de un solo golpe hasta el fondo, haciendo que su pelvis chocara sonoramente contra las nalgas de ella. Daniela soltó un aullido seco, ahogado en la cobija, temblando por completo mientras intentaba adaptarse al volumen.
—No… espera… está muy… ahh… me va a romper… me estás llenando demasiado… —murmuró Daniela débilmente, sin fuerzas para defenderse.
Mateo avanzó con un movimiento lento pero constante, dándole unos segundos de pausa para dejar que su cuerpo se amoldara. Luego, comenzó un embate fluido y profundo que hacía retumbar la cabecera contra la pared.
El observaba fijamente como entraba su verga y salía como se movían las nalgas de Daniela con cada metida que le daba.
Fueron los 5 minutos mas placenteros que había tenido Daniela sin saber que lo mejor aun empezaba Daniela estaba aturdida totalmente entregada se dejaba manejar al antojo de Mateo
Pasaron unos minutos mientras fluía y Mateo esperaba con ansias que Daniela se acomodara a su tamaño cuando de pronto Daniela empezó a mover las nalgas hacia atrás, esa respuesta fue la señal para Mateo de intensificar la tremenda cogida que le iba a dar
Mmmmmmm!!!! Siiiiiii — gemía Daniela
Mateo no aceleró de inmediato; en su lugar, empezó a darle estocadas profundas, lentas y con todo el peso de su cuerpo. Cada embestida retumbaba en el vientre de Daniela Plaz Plaz Plaz sacándole solo quejidos ahogados entre las sábanas: mmmgh… aaahhh… haa… haa
Plaz plaz plaz sonaba por el cuarto en seco con las estocadas que mateo proporcionaba
Sssíí… mmmgh…
El cuerpo de Daniela entró en un estado de shock. Sus muslos, vencidos por la intensidad, temblaban en un espasmo incontrolable incapaz de sostener la embestida, mientras una parálisis de puro placer e impacto le recorría la columna. Solo las manos de mateo la mantenían en 4 mientras jugaba con ella dándole cada vez mas fuerte
Mateo -: Así te gusta perrita? Mientras aceleraba sus caderas para llegar mas dentro disfrutando
Plazzz se escucho una nalgada en la habitación
Gimió Daniela – aaahhh. Siii, me encanta
La vista se le nubló en un manchón de sombras y algunas luces difusas y el entorno desapareció en un apagón auditivo absoluto; los sonidos de la habitación se volvieron un murmullo lejano y su propia voz se redujo a alaridos secos, ahogados, que se le escapaban del pecho de forma puramente involuntaria.
Mateo la levantó jalándola de los hombros hacia atrás para agarrarse firmemente de ella, dejando su torso suspendido mientras sus pechos botaban al ritmo del vaivén más fuerte y violento que Daniela había experimentado.
Daniela estaba suspendida de rodillas mientras sus pechos votaban con cada metida que mateo le daba con tanta fuerza con los ojos cerrados e inerte solamente disfrutaba
Mateo aceleró sus embestidas extasiado fuera de sí mientras veía y sentía como se movían las tetas de Daniela
-Qué deliciosa estás putita!!!!!!
Vaciándose dentro. Al instante el cuerpo de Daniela reaccionó con la máxima intensidad que jamás había experimentado. Un espasmo involuntario le recorrió las piernas, dejando los muslos temblando en una vibración incontrolable mientras una descarga de calor y un escalofrío helado le subían a toda prisa por la columna vertebral. La respiración se le cortó en un aire pesado y, con la piel de gallina y las extremidades totalmente adormecidas, soltó un último grito ahogado contra la cama antes de que la fuerza se le vaciara por completo y cayera rendida en un sueño profundo.
Daniela abrió los ojos con una pesadez aplastante. La luz del sol filtrándose por la ventana le lastimó la vista, mientras la cabeza le retumbaba en las sienes con un latido sordo y seco
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