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El cupleaños de Bart

La penumbra del bar de Moe olía a una mezcla rancia de cerveza derramada, tabaco viejo y el aroma metálico de la desesperación. Las luces amarillentas parpadeaban sobre la barra de madera pegajosa, proyectando sombras alargadas que parecían bailar al ritmo del zumbido eléctrico del refrigerador. Era una tarde espesa en Springfield, de esas donde el aire se siente como una manta húmeda sobre la piel.
Homero entró al local arrastrando a Bart, quien ya no era el niño travieso de los pantalones cortos, sino un joven de dieciocho años con una mirada que oscilaba entre el aburrimiento y una curiosidad peligrosa. El chico caminaba con una confianza nueva, consciente de que la ley ahora lo consideraba un adulto, aunque para Homero siempre sería el pequeño demonio que le causaba migrañas.
Moe, detrás de la barra, limpiaba un vaso con un trapo que probablemente había visto mejores décadas. Sus ojos pequeños y cansados se clavaron en el joven.
—Vaya, el mocoso finalmente puede beber legalmente sin que yo tenga que preocuparme por la policía —gruñó Moe, su voz sonando como grava siendo triturada.
—¡Hoy es el gran día, Moe! —exclamó Homero, golpeando la barra con entusiasmo—. ¡Mi hijo es un hombre! ¡Trae la cerveza más fuerte que tengas, que vamos a celebrar que ya no tengo que fingir que no lo saco a pasear por la noche!
Barney, desplomado en un rincón, soltó un eructo que hizo vibrar las botellas de la repisa superior. Lenny y Carl, sentados en sus taburetes habituales, asintieron con sonrisas cómplices. El ambiente estaba cargado, no solo por el alcohol, sino por una tensión masculina espesa que flotaba en el aire, una camaradería tosca que rozaba lo prohibido.
Después de un par de rondas de Duff, la conversación derivó, como suele suceder en aquel antro, hacia terrenos absurdos y oscuros. Alguien mencionó una noticia sobre una prisión estatal y, en cuestión de minutos, el grupo se encontraba sumergido en un debate hipotético y delirante.
—Yo lo digo en serio —sentenció Lenny, apoyando el codo en la barra—. Entre pasar cinco años en una celda fría comiendo papilla de avena y que un hombre me dé una buena follada, elijo el sexo. Al menos el sexo te deja una sensación cálida en el cuerpo.
Carl soltó una carcajada, negando con la cabeza.
—Estás loco, Lenny. Prefiero el calabozo. Prefiero pelearme con un convicto por un trozo de pan que sentir una polla en mi trasero. Jamás. Ni muerto.
—¡Yo estoy con Lenny! —intervino Barney, con la voz pastosa—. He probado cosas raras en los callejones después de beber demasiado. El sexo es mucho más divertido que las rejas.
Homero frunció el ceño, cruzando los brazos sobre su pecho prominente.
—¡Qué asco! ¡Yo prefiero ir preso! Podría dormir doce horas al día y alguien me traería la comida. No hay forma de que yo deje que alguien entre ahí abajo.
Bart, que había estado escuchando en silencio mientras giraba su vaso, sonrió con malicia. Sus ojos brillaron bajo la luz tenue.
—No sean tan cerrados. Yo elegiría que me follaran. Me parece una aventura mucho más interesante que estar encerrado mirando una pared gris. Además, dicen que la próstata es el punto G masculino.
Moe soltó una risita seca, una expresión depredadora cruzando su rostro.
—Vaya, el chico tiene agallas. Yo también prefiero el sexo. La cárcel es demasiado aburrida y no hay nadie que me quiera allí.
El debate se prolongó durante una hora. Los gritos, las risas y los insultos llenaron el local. No llegaban a un acuerdo. La tensión sexual, disfrazada de discusión absurda, comenzó a manifestarse en la forma en que se miraban, en la manera en que sus piernas se rozaban bajo la mesa.
—¡Ya basta de hablar! —gritó Homero, poniéndose de pie bruscamente—. ¡Esto es ridículo! Si tanto insisten en que es preferible, ¡actuemos la situación! Veamos quién de ustedes es realmente tan valiente.
Moe no perdió un segundo. Con un movimiento rápido y coordinado, caminó hacia la puerta y giró el cerrojo con un clic metálico que resonó en todo el bar. Se acercó a las cortinas y las cerró, sumergiendo el lugar en una oscuridad más íntima, solo rota por la luz ámbar de las lámparas.
—Tengo justo lo que necesitamos —dijo Moe con una sonrisa torcida.
El barista comenzó a mover los pesados sillones de cuero hacia el centro del local, creando una especie de arena improvisada. Bart observó la eficiencia con la que Moe organizaba el espacio. La rapidez con la que movía los muebles y la forma en que ya tenía el terreno preparado le revelaron una verdad evidente: esto no era la primera vez que ocurría. El bar de Moe había sido escenario de orgías similares en el pasado. Lejos de asustarlo, la revelación encendió una chispa de excitación en la entrepierna del joven.
—Muy bien, reglas claras —ordenó Moe—. Los que eligieron ser follados se visten de mujer. Los que follan, se quedan como están.
Moe desapareció en un cuarto trasero y regresó cargando un montón de ropa que claramente había sido hurtada de alguna tienda de lencería barata. Eran prendas diminutas, telas sintéticas que brillaban bajo la luz.
Bart, Lenny y Barney se desnudaron sin vacilar. El aire frío del bar golpeó sus pieles desnudas mientras dejaban caer sus pantalones y camisas. Bart se quedó allí, joven y firme, mientras Moe le entregaba una tanga de encaje negro tan pequeña que apenas cubría la hendidura de su ano y una falda plisada extremadamente corta que dejaba sus glúteos casi al descubierto. Para completar el atuendo, Moe le entregó unos tacones de punta alta.
Lenny y Barney hicieron lo mismo. Lenny lucía una falda rosa neón que se subía con cada movimiento, y Barney, con su volumen corporal, hacía que la lencería se hundiera en sus pliegues, creando una imagen grotesca y excitante.
—Ahora, el sorteo —dijo Moe, escribiendo nombres en trozos de servilletas sucias.
El azar decidió los destinos. Bart fue asignado a Moe. Lenny quedaría con Carl. Y Barney, el gigante borracho, sería el juguete de Homero.
Moe encendió un equipo de sonido viejo que empezó a reproducir una música lenta, con bajos profundos que hacían vibrar el suelo. Era un ritmo hipnótico, cargado de erotismo.
—A bailar, preciosos —ordenó Moe, sentándose en uno de los sillones y abriendo las piernas, dejando que su erección, ya marcada en el pantalón, se hiciera evidente.
Bart comenzó a moverse. Sus caderas se balanceaban con una gracia natural, el roce de la falda contra sus muslos creando una fricción eléctrica. Se acercó a Moe con pasos lentos, el sonido de los tacones golpeando la madera rítmicamente. El joven se giró y, con un movimiento fluido, se sentó sobre la falda del barista.
En cada movimiento de su pelvis, el trasero de Bart impactaba directamente contra la polla dura de Moe. El joven gemía suavemente, sintiendo la presión del miembro del hombre a través de la fina tela de la tanga. Moe soltó un gruñido, sus manos grandes y callosas apretando los muslos de Bart, hundiéndose en la carne blanda.
A su lado, la escena era igualmente intensa. Barney se había arrodillado frente a Homero. El hombre gordo respiraba agitadamente mientras Barney pasaba sus manos por sus piernas, subiendo lentamente hasta rozar la protuberancia en sus pantalones. Barney lamió sus propios labios, mirando a Homero con ojos nublados por el deseo y el alcohol.
Lenny, por su parte, no perdió tiempo en bailes. Se había acercado a Carl y, con una complicidad que sugería que ya habían hecho esto antes, deslizó la mano dentro de los pantalones de su amigo. Comenzó a masturbar a Carl con lentitud, sus dedos envolviendo la carne caliente y dura, moviéndose con un ritmo pausado que hacía que Carl echara la cabeza hacia atrás y soltara un gemido ronco.
—Maldita sea, Bart... no puedo más —gruñó Moe.
El barista agarró a Bart por la cintura y lo bajó del sillón con brusquedad. Lo obligó a ponerse en cuatro sobre el cuero negro, con la espalda arqueada y el trasero elevado, exponiendo la pequeña tanga que apenas ocultaba el orificio rosado y apretado.
Moe se desnudó rápidamente, liberando un pene grueso y venoso que palpitaba con ganas. Se posicionó detrás del joven y, antes de penetrarlo, bajó la prenda íntima de Bart. El aire frío golpeó el ano del chico, que se contrajo instintivamente. Moe se inclinó y comenzó a lamer el ano de Bart con una lengua áspera y húmeda.
—¡Ahhh! ¡Mierda! —gritó Bart, sintiendo la saliva caliente inundando su esfínter.
Moe succionó el orificio, usando su lengua para dilatar la entrada, creando un sonido de succión húmeda, un slurp constante que llenaba el silencio entre las notas de la música. Bart arqueaba la espalda, sus dedos clavándose en el cuero del sillón, mientras sentía cómo su entrada se abría, lubricada por la saliva del barista.
Al mismo tiempo, Homero se había liberado de su ropa. Su pene, grueso y pálido, buscó la boca de Barney. El borracho abrió la boca con ansia, envolviendo el miembro de Homero con sus labios. El sonido del shlick se produjo cuando Barney succionó con fuerza, moviendo la lengua alrededor del glande mientras sus manos bajaban para masajear su propio ano, preparándose para lo que vendría.
Carl, ya completamente erecto gracias a las caricias de Lenny, no esperó más. Empujó a Lenny contra el sillón y, con un movimiento decidido, penetró su trasero. No hubo resistencia; Lenny se abrió con facilidad, soltando un grito de placer puro. El sonido del impacto de la pelvis de Carl contra las nalgas de Lenny era rítmico y fuerte, un clap, clap, clap que se sincronizaba con la música.
Moe decidió que Bart estaba listo. Colocó la punta de su polla contra el ano dilatado del joven y empujó lentamente.
—¡Dios! —exclamó Bart, sintiendo cómo su interior se expandía para dar paso al miembro.
Moe entró centímetro a centímetro, disfrutando de la resistencia del músculo joven. Una vez que estuvo completamente hundido, se detuvo un momento, dejando que Bart procesara la plenitud. Luego, comenzó a moverse. Las estocadas empezaron siendo lentas, profundas, haciendo que el aire fuera expulsado del ano de Bart con un sonido de pop húmedo cada vez que Moe salía parcialmente.
—Eres tan apretado, niño... —susurró Moe al oído de Bart, mientras aumentaba la velocidad.
El ritmo se volvió frenético. El sonido del sexo llenó el bar: el squelching de los fluidos, los gemidos guturales y el golpe seco de la carne chocando. Moe embestía a Bart con una fuerza salvaje, haciendo que el cuerpo del joven saltara sobre el sillón.
A su lado, Homero se había sentado cómodamente. Barney, ya lubricado y excitado, se montó sobre él. El gigante se dejó caer sobre la polla de Homero, enterrándola hasta la base. Barney comenzó a cabalgar, moviéndose arriba y abajo con un ritmo torpe pero delicioso.
—¡Sigue así, Barney! ¡No pares! —gritaba Homero, agarrando las caderas del otro hombre y ayudándolo a bajar con más fuerza.
Carl, mientras tanto, había acostado a Lenny. Le levantó las piernas, apoyándolas sobre sus propios hombros, dejando el ano de Lenny totalmente expuesto y vulnerable. Carl penetraba con una complicidad absoluta, besando a Lenny efusivamente, sus lenguas entrelazándose mientras el intercambio de saliva se mezclaba con los gemidos de placer. Carl empujaba profundamente, golpeando la próstata de Lenny en cada embestida, haciendo que este último temblara violentamente.
La atmósfera estaba saturada de feromonas y olor a sexo. El sudor brillaba en las pieles, y los jadeos se volvieron más erráticos.
—¡Voy a acabar! ¡Voy a acabar! —rugió Moe.
El barista aceleró el ritmo, sus estocadas volviéndose cortas y violentas. Con un último empujón que enterró su pene hasta el fondo, Moe soltó un gemido fuerte y prolongado. El semen caliente disparó en ráfagas dentro del trasero de Bart, inundando sus paredes internas. Bart, sintiendo la descarga térmica y la presión, tuvo un orgasmo violento que lo dejó temblando, eyaculando sobre el cuero del sillón sin siquiera tocarse.
Casi al mismo tiempo, Homero soltó un grito gutural mientras Barney colapsaba sobre él, sintiendo cómo la polla de Homero se contraía y llenaba su interior de semen espeso. Carl también alcanzó el clímax, enterrándose profundamente en Lenny y vaciándose por completo, soltando un suspiro de agotamiento.
El silencio regresó al bar, solo interrumpido por la respiración agitada de los seis hombres. Se quedaron así unos minutos, conectados por el fluido y el cansancio. Lentamente, se separaron, dejando que los penes resbalaran fuera de los anos con un sonido húmedo y succionante.
Moe se levantó y, con la naturalidad de quien hace esto cada martes, fue a la barra y sirvió seis cervezas heladas. Se sentaron en círculo, aún parcialmente desnudos o con la ropa interior puesta, bebiendo en un silencio reflexivo.
Sin embargo, Bart, cuya juventud le otorgaba una energía inagotable, miró a los hombres con una expresión de insatisfacción. Se limpió el semen que goteaba de su ano con la falda y miró a Homero.
—¿Esto es todo? —preguntó Bart con un tono desafiante—. Es mi cumpleaños, maldita sea. Me siento increíble, pero quiero más. Quiero sentir que realmente me han dado la bienvenida a la adultez. Deberían agasajarme.
Los hombres se miraron entre sí. La chispa de la lujuria, que apenas se había apagado, volvió a encenderse ante la provocación del chico. Homero terminó su cerveza de un trago y dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—Tienes razón, hijo. Un cumpleaños solo ocurre una vez al año —dijo Homero con una sonrisa depredadora.
—Hagámosle un gangbang —propuso Carl, ya sintiendo cómo su miembro despertaba nuevamente.
Moe asintió, sus ojos brillando.
—Ubíquenlo en el centro.
Colocaron a Bart en medio de los sillones, tumbado de espaldas. De inmediato, el joven se vio rodeado por cinco hombres excitados. Varias manos comenzaron a recorrer su cuerpo simultáneamente. Una mano apretaba sus pezones, otra masajeaba su pene, y otras dos exploraban la entrada de su ano, que aún estaba lubricada por el semen de Moe.
—¡Ahhh! ¡Sigue... más! —gemía Bart, cerrando los ojos mientras el placer lo bombardeaba desde todos los ángulos.
Carl se posicionó detrás de él, levantándole las piernas. Sin previo aviso, introdujo su pene en el ano de Bart con una estocada poderosa. Bart soltó un grito que resonó en todo el bar, pero no era de dolor, sino de una intensidad abrumadora. Mientras Carl lo follaba salvajemente desde atrás, Homero se colocó frente a él.
—Abre la boca, campeón —ordenó Homero.
Bart obedeció, envolviendo la polla de su padre con sus labios, succionando con fuerza mientras, al mismo tiempo, usaba sus manos para masturbar a Moe y a Barney, que estaban a sus costados. El chico estaba en el centro de un torbellino de carne y deseo, sintiendo la presión en su garganta y el estiramiento en su trasero.
Carl y Homero se movían en sincronía, uno empujando dentro y el otro siendo succionado. El sonido era ensordecedor: el shlick-shlick de la boca de Bart y el splat de la pelvis de Carl contra el chico. Después de unos minutos de frenesí, ambos hombres alcanzaron el clímax. Homero eyaculó profundamente en la garganta de Bart, obligándolo a tragar, mientras Carl disparaba ráfagas de semen caliente dentro del ano del joven.
Bart estaba jadeando, con los ojos en blanco, pero su hambre de placer no había desaparecido.
—¡Más! ¡Quiero más! —gritó, casi delirando.
Lenny se sentó en el sillón y abrió las piernas. Bart, impulsado por una libido descontrolada, se montó sobre él, cabalgando su pene con fuerza. Mientras Bart subía y bajaba, sintiendo la plenitud de Lenny, Moe vio un espacio vacío. El barista se posicionó detrás de Bart y, sin pedir permiso, penetró el ano del chico que ya estaba dilatado por Carl.
—¡¡AHHH!! —gritó Bart, arqueando la espalda—. ¡Dos! ¡Tengo dos adentro!
El joven gritaba de placer puro, sintiendo cómo dos penes grandes luchaban por espacio dentro de su pequeño cuerpo. La presión era casi insoportable, pero la sensación de estar completamente lleno lo llevaba al borde de la locura. El sonido del aire siendo empujado fuera de su orificio con cada movimiento era constante, un ritmo animal y vulgar.
A su lado, Barney, viendo la escena, se sintió sobreexcitado.
—¡Yo también quiero! ¡Hagan lo mismo conmigo! —suplicó el borracho, abriendo las piernas.
Homero y Carl, que aún tenían energía, se lanzaron sobre Barney. Lo pusieron en la misma posición que a Bart, penetrándolo simultáneamente. El bar se convirtió en una sinfonía de carne chocando, fluidos deslizándose y gritos de éxtasis. Era una orgía caótica donde las identidades se borraban y solo quedaba la necesidad biológica de placer.
Bart tuvo múltiples orgasmos, su pene disparando chorros de semen sobre su propio pecho y la barriga de Lenny. Finalmente, cuando el joven ya no podía más y sus músculos empezaron a fallar, Lenny y Moe se retiraron de su cuerpo con un sonido succionante y húmedo.
—Arrodíllate —ordenó Moe con voz ronca.
Bart, exhausto y tembloroso, se puso de rodillas frente a ellos. Lenny y Moe, al borde de su propio límite, comenzaron a masturbarse rápidamente.
—Abre la boca y mira —dijo Lenny.
Ambos hombres eyacularon al mismo tiempo, lanzando chorros espesos y blancos directamente sobre la cara de Bart. El semen cubrió sus ojos, su nariz y su boca. Moe lo agarró del cabello, obligándolo a abrir la boca para que tragara cada gota que caía.
—Trágatelo todo, cumpleañero —gruñó Moe.
Bart tragó con avidez, saboreando la salinidad del fluido mientras Homero y Carl, que acababan de salir del ano de Barney, se acercaron para terminar la tarea. Ambos eyacularon sobre el pecho y los hombros de Bart, dejándolo completamente cubierto de una capa brillante y pegajosa de semen.
El silencio volvió a caer sobre el bar de Moe, pero esta vez era un silencio de satisfacción absoluta. Los hombres, agotados y vacíos, comenzaron a limpiar el lugar con una eficiencia mecánica. Usaron trapos viejos y agua para quitar las manchas de fluido del cuero y la madera, como si estuvieran borrando las huellas de un crimen.
Minutos después, estaban todos sentados nuevamente en sus taburetes, con la ropa puesta y una cerveza fresca en la mano. No se mencionaron los actos, ni los gemidos, ni la lencería. Volvieron a ser el grupo de amigos taciturnos de siempre, bebiendo en la penumbra.
Sin embargo, Bart, mientras sentía la ligera humedad que aún persistía en su interior y el sabor del semen en su garganta, miró a los amigos de su padre. Una sonrisa maliciosa volvió a dibujarse en su rostro. En su cabeza, ya estaba planeando la próxima vez que tendría que iniciar una discusión sobre ir a la cárcel o ser follado. Sabía que, en aquel bar oscuro y rancio, había encontrado un tipo de celebración que ninguna fiesta convencional podría superar jamás.

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